desmayarse ante la gravedad de las circunstancias. Y todos se
abalanzaron a la escalera; pero Benjamín, apercibiéndose de que don
Sindulfo trataba de cortarles el paso subiendo por otra escala espiral
que había en el fondo, aconsejó a las tres cadavéricas mujeres que
le esperasen allí; y trepando como un gamo por los salientes de la
maquinaria, se introdujo por la claraboya del techo en el laboratorio,
paró en seco el Anacronópete, interpuso previsoramente el aislador,
descendió por el mismo conducto y, abriendo la puerta, abandonó con sus
compañeras de infortunio aquel lugar de muerte antes de que el loco se
apercibiera de su fuga.
La suerte les favorecía en medio de tantas contrariedades. Habían
arribado a Pompeya.
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO XVII
Panem et circenses
Pocos meses hacía que, sucediendo a su progenitor, imperaba Tito en
Roma. Este príncipe generoso, que llamaba día perdido a aquel en que
no había dispensado algún bien, empezaba a borrar con su clemencia el
sangriento recuerdo de Nerón y la sórdida avaricia de Vespasiano su
padre.
El triunfador de Jerusalén, _las delicias del género humano_ como le
apellidaban, había proscrito las persecuciones contra los sectarios del
Nazareno, iniciadas por Tiberio y sobrepujadas por el hijo de Agripina.
Ello no obstante, los suplicios no cesaron completamente.
Las provincias, gobernadas por prefectos arbitrarios revestidos de una
autoridad suprema y escudados en una irresponsabilidad absoluta, se
libraban a cruentos espectáculos, ora para satisfacer los naturales
instintos de la plebe, ya para secundar los ocultos planes de los
pretores. En este caso se hallaba Pompeya.
Residencia de estío de las familias patricias de la Campania y del
Lacio, sus habitantes más que de luchas políticas se ocupaban del
embellecimiento de su ciudad con el fin de atraer a la población
flotante que tan buenos rendimientos les daba. Y tal era su fanatismo
para la conservación del ornato público que, cuando a la caída de
Nerón la Italia entera destruyó las estatuas de este monstruo, ellos
respetaron, sin deificarlas, todas las que erigidas en sus calles
encerraban alguna notoriedad artística. Pero así que el caliginoso
aliento del verano empujaba hacia aquella vertiente del Vesubio a los
levantiscos ciudadanos de Neápolis y Salerno, las pasiones se encendían
y Pompeya era durante cuatro meses émula en discordias civiles de Roma
su metrópoli.
Tenían los pompeyanos a la sazón por _Præfectus urbis_ un senador
vendido a la causa de Domiciano, aquel segundo Calígula que dos años
después debía precipitar la muerte de su hermano Tito, colocándole en
la fila de los dioses mientras le denigraba entre los simples mortales.
Fingiendo pues someterse a los designios del emperador, el prefecto
no desperdiciaba coyuntura de atizar el fuego de la indisciplina para
favorecer, bajo mano, los ambiciosos planes del Caín su protector.
Habían dado comienzo las _vindemiales_, ferias de las vendimias que
desde el tres de septiembre al tres de octubre se celebraban en toda la
Italia agrícola. La época de los grandes juegos se aproximaba y con
ella el descontento público; no solo porque su terminación era la señal
de desfile para los veraneantes impelidos mal de su grado a consagrarse
a sus tareas ordinarias, sino porque desde el advenimiento de Tito las
circenses no eran ya las lúgubres hecatombes en que el pueblo romano
bebía su bélica inspiración. Reducidos a la carrera, al salto, al disco
y al pugilato, echaban de menos los _gladiadores_, los _bestiarios_,
los _secutores_ y los _dimaqueres_ con su polvo, sus rugidos, su
sangre y sus cadáveres.
Pero a las ya expuestas uníase aún otra circunstancia. Habiendo
consumido un incendio en Roma el Capitolio, el Panteón, la Biblioteca
de Augusto y el Teatro de Pompeyo, amén de otros monumentos menos
importantes, Tito prometió que todo sería reedificado a sus expensas;
y, rehusando los donativos que le ofrecían así las ciudades del imperio
como los príncipes sus aliados, vendió hasta los muebles de su palacio
para cumplir su palabra. El entusiasmo público desbordó en todas partes
organizándose festejos con que solemnizar la largueza del emperador.
Pero los secuaces de Domiciano, valiéndose de ocasión tan propicia
para tomar en ridículo la clemencia del soberano, indujeron a la
plebe a reclamar con tal insistencia la restitución de su espectáculo
predilecto, que Tito debió ceder ante el clamor general y, al inaugurar
su célebre anfiteatro, otorgó gladiadores, _naumaquias_ o combates
navales y hasta cinco mil fieras. Los pompeyanos no fueron los que
contribuyeron en menor parte a esta dolorosa reconquista instigados por
el _Præfectus urbis_.
Era el anochecer del día 7 de septiembre del año 79 de Jesucristo. El
_ceryx_ encargado de la conservación del orden, recorría presuroso
todos los puestos recomendando a sus _vigiles_ que atendieran a la
seguridad pública, sin oponerse no obstante al torrente popular que,
desbordando de las termas, de la Basílica, de los templos de Júpiter
y Hércules, de las tiendas de la avenida de la Abundancia y de los
tugurios de la calle de la Fortuna, se dirigía en tropel a la morada
del Pretor, llevando teas encendidas y gritando como en la Roma cesárea:
--¡Panem et circenses!...
El prefecto, queriendo cubrir con cierto velo de legalidad su propia
obra, presentóse en la puerta de palacio, rodeado de la guardia
pretoriana; y, precedido de seis lictores que vestidos con el _sagum_
descansaban los _fasces_ sobre el hombro izquierdo mientras con la
_virga_ en la opuesta mano separaban los grupos:
--Al foro, dijo --y tomó el camino de las asambleas generales seguido
de la multitud que tras él continuaba vociferando:
--¡Panem et circenses!...
En aquel santuario de la opinión pública, una representación verbal le
fue elevada en nombre de todos los ciudadanos de Pompeya.
--¿Sabéis --arguyó-- que las leyes lo prohíben?
--Entiende tú --repuso el tribuno que llevaba la voz-- que si se enerva
el pueblo en la molicie, el día de la lucha no tendrá fuerzas para
abrir las puertas del templo de Jano.
--¡No más _quadriga_!...
--No más disco.
--¡Luchadores!... --fue el grito unánime.
Y como la exasperación amenazara convertirse en motín, el prefecto les
concedió los _andabates_ que, peleando con una venda en los ojos o
cubiertos con una armadura, ofrecían menos riesgo.
--No: ¡gladiadores! --repitió la turba.
Y el demandado fingiendo doblegarse a las circunstancias, asintió a los
clamores de la plebe; pero como la debilidad de parte de la fuerza es
la señal del abuso en el oprimido:
--¡Bestiarios! --prorrumpieron unos pocos; lo que no tardó en
hacerse el eco general. Y de concesión en concesión, los pompeyanos
consiguieron que les restituyesen no solo los _laquearios_ (que por un
lazo escurridizo tirado con destreza procuraban detener y cazar a los
adversarios) y los _retiarios_ que, con una mano armada de un tridente
y llevando en la otra una red, envolvían con ella a su antagonista
para darle muerte una vez vencido, sino el repugnante espectáculo
de las bestias feroces, desgarrando entre los aplausos de la abyecta
muchedumbre las carnes de los prisioneros de guerra, o abriendo con sus
dientes el camino de la gloria a los mártires sublimes de la religión
cristiana.
La impaciencia popular señaló el día siguiente para renovar el
derramamiento de sangre en el anfiteatro. La premura de la exigencia
no permitiendo que se restablecieran los abolidos gladiadores
_fiscales_, que eran los que el Fisco suministraba a sus expensas, ni
los _postulatitii_, o sea los que por más hábiles el pueblo reclama
preferentemente, hubo de recurrirse a los _privados_, sostenidos por
empresas particulares que los alquilaban mediante una retribución
pecuniaria.
En cuanto a los _bestiarios_, a falta de prisioneros de guerra y
de delincuentes condenados a este género de lucha, se determinó
substituirlos con esclavos o con gente ya acusada de impiedad, ya
sospechosa de seguir la doctrina del que llamaban impostor de Galilea.
Restituido el prefecto en triunfo al pretorio y agotados los vítores
al emperador, la ebria muchedumbre se retiró a sus hogares a esperar
el mañana, quedando sumida Pompeya en esa calma precursora de toda
tempestad horrible.
Este fue el instante en que los fugitivos del Anacronópete,
deslizándose como sombras sobre el empedrado de lava de sus rectas y
elegantes avenidas, penetraron en la ciudad.
Benjamín, que en medio de las mayores contrariedades perseguía su fin
científico con la terquedad de un sabio aragonés, se había provisto en
su fuga de un zapapico y caminaba consultando al resplandor de la luna
creciente el plano del teatro de sus operaciones. Sun-ché, que además
de haber asistido a la trágica desaparición de los militares había sido
impuesta por el políglota en la locura del doctor, se apoyaba en el
brazo izquierdo de su intérprete rendida de cansancio y entregada a
tristes pensamientos. Pendida del derecho arrastrábase mejor que andaba
la más digna de compasión de todos: la desventurada pupila que por
breves horas había tocado el séptimo cielo de sus ilusiones para ser
precipitada desde más alto en los últimos abismos de la desesperación.
Juana era la única que, no obstante la gravedad de las circunstancias,
no se abandonaba al desaliento.
--Verá usted --decía-- cómo a lo mejor nos los vemos aparecer por ahí
vestidos como judíos del monumento.
--No, esta vez los hemos perdido para siempre.
--¡Quiá! Si ellos son como el ave _Félix_ que según cuentan renace
después de hecha _cecina_.
--Por fin llegamos --exclamó Benjamín deteniéndose en un _quadrivium_ o
desembocadura de cuatro avenidas, en cuyo centro se alzaba la estatua
de Nerón dando frente a la puerta de Herculano situada en la extremidad
de la calle Domiciana.
Invitados los viajeros por el impaciente sabio a tomar algún reposo
mientras él se libraba a sus excavaciones, Clara y Sun-ché se
recostaron en los poyos de una fuente que junto a ellas corría con
manso murmullo; y, entregadas a sus reflexiones, quedáronse pronto, si
no dormidas, aletargadas.
Juanita, en la esperanza de ver aparecer a Pendencia en la forma de
centurión o de _draconarius_, se quedó haciendo compañía al arqueólogo
amenizándole la tarea con sus aceradas pullas.
La situación del tesoro estaba tan perfectamente señalada en el plano,
que a la media hora escasa de remover la tierra, el zapapico tropezó en
un cuerpo resistente.
Benjamín, con el corazón hecho un molino de viento, desenterró una
pequeña caja de metal que, sin inscripción alguna, revelaba servir solo
de estuche a algún objeto precioso. Abierta por fin en medio de la
mayor ansiedad, sacó a luz el políglota unos manojos de cordelillos
en los que de distancia en distancia había nudos que a primera vista
dejaban comprender por sus combinaciones que no habían sido hechos al
azar. El sabio dio un grito de asombro.
[Ilustración]
--¡Cordeles! --dijo Juanita--. ¿Hombre, y no le dan a usted ganas de
ahorcarse?
--Silencio, profana.
--Siquiera propínese usted con ellos una docena de disciplinazos.
--¿Sabes tú lo que es esto?
--A que salimos ahora con que es alguna libra de fideos del tiempo de
Salomón...
--Esta es la primera escritura que usaron los hombres sobre la tierra,
legada a la humanidad por _Fo hi_, como le llaman los chinos, o según
nosotros por Noé a su salida del arca. Este es el prototipo de la
palabra escrita revelado al mundo sabio en la academia de inscripciones
por el paleógrafo Shuckford.
Y con verdadera hidrofobia científica Benjamín se dispuso a interpretar
el enigma. Desgraciadamente una densa nube le eclipsó el tenue rayo
de la luna próxima ya a desaparecer en el horizonte occidental; y no
bastándole el simple tacto, tuvo que diferir su empresa.
--Pero diga usted: ¿qué tintero empleaban esos _potrotipos_? Pues qué:
¿siempre no se ha escrito del mismo modo?
--Ni por soñación. Que sepamos, hasta ahora son tres las maneras
conocidas de trazar la escritura: Por línea perpendicular, por
orbicular o redonda y por horizontal; y aun así estas tres grandes
ramas se subdividen en muchas variantes.
--¡Jesús! Y yo que no sé poner una carta más que con falsilla, porque,
si no, me tuerzo.
Benjamín, a quien la nube se empeñaba en velar el astro de la noche,
tanto para distraer su inacción, como cediendo a sus naturales
aficiones, tomó así la palabra creyendo asistir a un curso de
paleografía:
En la _Mitología_ de Carrasco se lee que los indios de la
isla Trapobana, según Diodoro de Sicilia, escriben por líneas
perpendiculares rectas. Du-Halde consigna que los chinos y japoneses,
aunque usan la escritura perpendicular, la trazan como los hebreos de
derecha a izquierda; así es que sus libros comienzan por donde los
nuestros tienen su fin. Los septentrionales o Escitas grababan en
las rocas sus letras llamadas Runas o Rúnicas en renglones curvos,
reuniendo las líneas de alto abajo y vice-versa; pero oblicuamente
o en espiral. Los tártaros, según Nienhoff, cuyas consonantes son
parecidas a las de los etíopes porque las enlazan con sus vocales,
escriben en línea perpendicular de derecha a izquierda; y los mogoles,
de alto abajo en opinión de Treveux. Los habitantes de las Islas
Filipinas y de Malaca, refiere Giró del Mundo que comienzan, por el
contrario, de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha. Y los
mejicanos, según Acosta, lo verifican por línea perpendicular ocupando
de alto abajo toda la página. Conocieron también el uso de unas
cuerdecitas teñidas de diversos colores anudadas y entrelazadas de
varios modos según la importancia del suceso que debía referirse; esta
costumbre era común en todos los salvajes de la América septentrional.
Las grandes poblaciones del Perú, dice Baltasar Bonifacio, usaron
como las de la América del Norte las mencionadas cuerdecitas, que
conservaban en archivos (establecidos y custodiados por personas
instruidas) para consulta de todos los sucesos dignos de ser
transmitidos a la posteridad.
--Aguarde usted --interrumpió Juanita--. ¿Va a ser muy larga la
procesión?
--Si te molesta la dejaremos.
--Nada de eso; a mí no me incomoda, porque lo que no entiendo, por
un oído me entra y por otro me sale; pero si usted me lo permite me
sentaré. Con que quedamos en los salvajes de la _Habana serpentrional_.
Benjamín la miró con lástima y prosiguió así:
--Entrando en el segundo sistema, aseguran Pausanias y Bimard de la
Bastie, que los griegos conocieron la escritura orbicular como se
desprende de la inscripción del disco de Ífito que se reputa posterior
en 300 años al sitio de Troya. También se sirvieron de ella, según
Maffei, los etruscos o antiguos toscanos. Los más remotos pueblos
septentrionales enlazaron la escritura de alto abajo y vice-versa; pero
también en líneas oblicuas o en espiral. Y no ofreciendo dificultad
el que estos caracteres sean los verdaderos runos, resultan legítimas
las inscripciones que cita el mismo Pausanias por tener sus líneas
mucha semejanza y aun identidad con las de los pueblos del Norte.
Las inscripciones griegas del monumento erigido en Olimpia por los
cipsélidas, eran difíciles de leerse a causa de sus multiplicadas
curvas.
--Lo mismo me pasaba a mí con las cartas de Pendencia; y eso que venían
en papel rayado; pero cada renglón parecía un _via-crucis_: aquello sí
que a estar en latín, lo cree usted escritura _articular_.
--Tomemos la horizontal --continuó el sabio.
Y Juanita, creyendo que se trataba de una orden que empezaba a
lisonjearla, se tendió cuan larga era en el arroyo, como lo pudiera
hacer en el más mullido lecho.
--No me duermo, no señor --adujo al comprender por el movimiento de
extrañeza de Benjamín que se había equivocado--. Siga usted, que si me
aburro ya le diré a usted que se pare.
Benjamín buscó la luna; pero como ella no se dejase ver, reanudó su
discurso con desaliento.
--Pues bien: la escritura por línea horizontal abraza varias especies.
La _bustrofedona_ de la primera edad, de derecha a izquierda; la
del segundo hasta el cuarto período, de izquierda a derecha; y la
_aratoria_ que reúne las precedentes yendo y volviendo por líneas
paralelas y frente por frente del punto de partida.
--¡Vaya un trajín! ¿Sabe usted que una plana de esas parecerá un
ejercicio de bomberos?
--Los orientales siempre han escrito de derecha a izquierda como los
etruscos; menos los armenios y los habitantes del Indostán que lo hacen
de izquierda a derecha. En los griegos se ha observado que, bien sea
por los métodos de Pelasgo, de Cécrope o de Cadmo, participa aunque a
lo oriental de las dos especies; porque cuando escriben muchas líneas
vuelven de derecha a izquierda. Esta dirección es la que empleaban los
hunos.
--¿Y los otros?
--Hablo de los hunos, hoy _zikulos_ de la parte de la Transilvania.
--¡Ah! sí. Adelante, no los conozco.
--Los etíopes o abisinios, los siameses y los tibetanos escriben
de izquierda a derecha, y estos últimos casi horizontalmente. Dos
inscripciones notables presenta la escritura _bustrofedona_ de la
primera edad, admitida también entre los galos y los francos; la una
se halló en las ruinas del templo de _Apolo Amyclæus_ en Amycles,
villa de la Laconia, hacia el año 1400 antes de J. C.; la segunda, que
refiere Muratori, consta en el mármol de Nointel o Baudelot descubierto
en 1672 en una iglesia de Atenas, cuyo mármol fija la época por los
años 457 antes de la era cristiana. Las pieles de los cuadrúpedos
preparadas de diversas maneras, las de los pescados, los intestinos de
las serpientes y de otros animales, las telas de lienzo y de seda, las
hojas, la corteza y la madera de los árboles, la borra de las plantas y
su corazón, el hueso, el marfil, las piedras comunes y preciosas, los
metales, el vidrio, la cera, el ladrillo, la greda y el yeso, han sido
las materias sobre las que en todos tiempos y en el día se escriben los
caracteres.
--Pues en cuestión de caracteres, aunque el mío no es de los peores,
como don Sindulfo no nos devuelva los militares, aún ha de ver usted a
las criadas escribir con las uñas sobre pellejo de sabio.
--Los mármoles, los bronces y las planchas o láminas de metal han
sido de uso común entre los griegos y romanos: el de las pieles
data del tiempo de Job. En planchas de madera y tablitas de bambú
escribieron los chinos, dice Du-Halde, antes de la invención del papel.
Las pirámides, los obeliscos y las columnas de las observaciones
astronómicas de los babilonios, que refiere Flavio Josefo, fueron de
mármoles, piedras y ladrillo. Las leyes de Solón estaban escritas
en madera; las de los romanos en bronce, de las que tres mil se
perdieron en el incendio del Capitolio. Los pueblos septentrionales
grababan sus inscripciones rúnicas en las piedras y en las rocas. La
escritura en plomo sube al tiempo del Diluvio. La hecha en marfil se
ha conservado en las tablas llamadas _dípticas_ o de dos hojas, porque
las _polípticas_ son las que exceden de este número. Se escribía
también, según Plinio, en las hojas de palmera y de ciertas malvas; así
es que en algunas comarcas de las Indias orientales, afirma Alfonso
Costadan, escriben en las hojas del Macareguo, hojas que tienen seis
pies de largo por uno de ancho. Lo propio hacen, dice Michael Boim, los
habitantes del fuerte de Mieu, junto a Bengala y Pegú, sirviéndose del
Areca, especie de palmera, y de la corteza del árbol llamado Avo. Los
del reino de Siam y Camboya y los insulares de Filipinas (aunque estos
últimos siguen el método de los españoles) se valen de las hojas de
plátano, de palmera o de la parte lisa de las cañas en las que trazan
sus caracteres con un punzón o cuchillo. Los siracusanos lo hacían en
hojas de olivo y los atenienses en conchas. En Atenas, cuenta Suidas,
que se consignaban los nombres de los valientes que habían sucumbido en
defensa de la patria, sobre el velo de Minerva.
--Pues buena la pondrían la mantilla a la pobre señora. ¡Vamos! sería
de casco y lo escribirían por el revés.
--Los indios, según Filostrato, hacían su escritura en los _Syndones_,
que así llamaban a sus telas o vestidos.
--¡Ay! Pues yo siempre los he visto en cueros; es decir, en las
estampas.
--Los judíos tenían una particular habilidad en unir los diferentes
trozos del pergamino, haciéndolo en términos de no poderse distinguir
señal alguna. Con este motivo, añade Flavio Josefo que Tolomeo
Filadelfo se llenó de admiración cuando los setenta ancianos, enviados
por el gran sacerdote, desdoblaron en su presencia los rollos de la ley
toda escrita con caracteres de oro. No obstante, el grabado en seco,
sin auxilio de la tinta ni de otro color, parece haber sido el primer
procedimiento: los montañeses de _Kuei-cheu_ en China, así lo ejecutan
sobre unas tablitas de madera muy tierna. Los parthos hacían en sus
vestidos las letras con aguja, no usando del _papyrus_ que podrían
haber hallado en abundancia en Babilonia.
--Ya que me vuelve usted loca con tanto nombre extranjero, explíqueme
usted siquiera alguno de esos terminachos que como guijarros de punta
me están levantando chichones en la cabeza.
--El _papyrus_ es una especie de caña parecida a la _typha_ propia
de los parajes bajos y húmedos. Sus raíces leñosas tienen por lo
regular diez pies de longitud: su tallo triangular no excede de dos
codos en tanto que no se eleva sobre la superficie de las aguas;
pero en su totalidad alcanza hasta cuatro o cinco. Después de varios
procedimientos llegaba a ser papel, no excediendo nunca de la marca que
se le tenía asignada, que era dos pies de longitud. Los instrumentos
empleados para escribir han sido con corta diferencia los mismos que
usamos en el día, a saber: la regla, el compás, el plomo, las tijeras,
el cortaplumas, la piedra para afilar, la esponja, el estilo o punzón,
la pluma o caña, el tintero o escribanía, el atril y las ampolletas
o botellitas de vidrio, conteniendo una el líquido para volver más
suelta la tinta espesada, y otra el bermellón o rojo para escribir los
principios de los capítulos. El estilo, _stylus graphium_, y el buril,
_cælum celtes_, sirvieron para la escritura en seco o sin tinta; de
consiguiente se empleaban en los mármoles, metales y en las tablas
preparadas con cera y yeso, y eran de varios tamaños y formas. La caña,
_arundo_; el junco, _juncus_ y el _calamus_ usáronse en la escritura
que se hacía con tinta; pero antes de conocerse la aplicación de las
plumas. El Egipto, Gnido y el lago Amais en Asia, según Plinio, daban
profusión de estos juncos o cálamos que los griegos se hacían llevar de
Persia y que, cogidos en el mes de marzo en Aurac, dejaban endurecer
por espacio de seis meses entre el fiemo o estiércol, tomando de este
modo un hermoso barniz jaspeado de negro y amarillo oscuro.
En aquel instante sonó un ronquido; pero Benjamín embriagado en su
peroración, no se detuvo hasta terminar su relato.
--El uso de las plumas de ánsares, cisnes, pavos y grullas --continuó
disparado-- no data al parecer sino del siglo quinto. Los siameses
se valían del lápiz. Los chinos emplean actualmente, como en la
antigüedad, el pincel de pelo de conejo por mejor y más suave. La
tinta de los tiempos remotos no tenía de común con la nuestra sino el
color y la goma que entraba en su composición: Se llamaba _atramentum
scriptorium_ o _librarium_, para distinguirla del _atramentum sutorium_
o _calchantum_. El negro lo hacían con el humo de la resina, de pez,
de tártaro, marfil quemado y carbones triturados; cuyos ingredientes
en fusión se sometían a la acción solar. Los pueblos orientales
empleaban la gibia y el alumbre que los africanos substituían a veces
con la adormidera o el jugo del calamar. Refiere Allatius haber visto
la tinta de pelo de cabra quemado que, aunque un poco roja, tenía las
propiedades de no perder su color, ser lustrosa y adherirse muy bien
al pergamino; de modo que era muy difícil borrarla. La tinta china,
conocida 1120 años antes de J. C., se extrae de varias materias y
especialmente de los pinos o del aceite quemado. Entre los indios la
decocción de las ramas de un árbol llamado _aradranto_ les suministra
este licor tan...
Aquí llegaba Benjamín en su afluente desbordamiento, cuando un
--«Mátame al sabio», de Juanita que soñaba, le hizo comprender que su
erudición era inútil y dio por terminada la conferencia.