Los dos amigos no tuvieron tiempo de rectificar ni de ratificar sus

impresiones, porque la impaciencia de los rebeldes desbordada por

el entusiasmo, les hizo prorrumpir en un viva a Sun-ché; y antes

de que los secuaces del emperador pudieran apercibirse al combate,

volvieron contra ellos sus armas. Por desgracia para los generosos

libertadores, la previsión de Tsao-pi había hecho frotar las cuerdas

con una sustancia corrosiva; de modo que al tender los arcos aquellas

se rompieron; y las flechas en vez de salir disparadas por la tensión

cayeron a sus pies dejándolos inermes.

--¡A ellos! --gritó el calado a los suyos; y sin respetar jerarquías ni

condiciones, la emperatriz, los anacronóbatas y los insurrectos fueron

ceñidos por estrechas ligaduras y sus gritos ahogados por mordazas de

cuero.

--¿Tenéis más cómplices? --preguntó el emperador a Clara, que con

desesperados esfuerzos protestaba de su inocencia.

--Advierte --añadió Hien-ti-- que mis bodas no han sido más que un

pretexto para descubrir vuestros planes. Solo la delación puede

salvarte la vida. Responde.

[Ilustración]

Clara hizo un gesto negativo.

--¿Y bien? ¿Vuestras órdenes? --dijo Tsao-pi al tirano.

--Cumple con tu deber --repuso este tras breve pausa--. Y para que

mi pueblo vea que nada me hace retroceder ante la salud del estado,

comienza el sacrificio por la emperatriz rebelde y por los encubiertos

partidarios de los gorros amarillos.

Y mientras obligaban a los reos a arrodillarse delante del dragón,

un pelotón de arqueros destacándose de las fuerzas se aprestó

espontáneamente a consumar la hecatombe.

Apuntaron en efecto; pero al dar el emperador la voz de tirar,

volvieron contra este sus armas y el feroz Hien-ti cayó sin vida en

el suelo atravesado por las flechas y bañado en sangre. Sus soldados,

poseídos de la superstición de que cuando el jefe muere, sus legiones

no alcanzan jamás la victoria, emprendieron despavoridos la fuga sin

que los esfuerzos de Tsao-pi los pudieran detener, y perseguidos por

los defensores de Sun-ché que libertados de sus trabas por los arqueros

corrieron a coronar su obra.

Entretanto las inocentes víctimas restituidas a la existencia, se

abrazaban entre sí, lloraban de emoción; y por señas, pues la voz no

salía del pecho, daban gracias a sus salvadores.

--¿A quién debemos la vida? --pudo por fin articular Clara.

--¡Viva España! --gritaron diecisiete voces. Y los arqueros

despojándose de sus vestiduras dejaron ver a los hijos de Marte en toda

la plenitud de su desarrollo.

--¡Ellos! --exclamaron sus compatriotas ante aquel espectáculo más

fenomenal que los anteriores.

--¡Tú! ¡Y de tamaño natural! --repetía Juanita sin cansarse de mirar a

su Pendencia y midiéndole la caja del cuerpo con los brazos.

--¡Pues qué! ¿Crees tú que a mí ze me encoge el corazón ante el peligro?

Clara estuvo a punto de desmayarse de alegría; pero como las mujeres

tienen el talento de la oportunidad, no perdió el sentido más que lo

estrictamente necesario para tener que apoyarse en el hombro de Luis.

Benjamín discurría sobre las causas del fenómeno, y don Sindulfo echaba

espumarajos por la boca vociferando:

--¿Cómo estáis aquí?

--¡Toma! ¿Puz no viajamos juntoz?

--Yo os lo explicaré --repuso la emperatriz--. Al dirigirme a palacio

los vi rondando la poterna; conocí por sus trajes que eran de los

vuestros; y ellos, comprendiendo por mis señas mis intenciones, se

acomodaron a ejecutar mis planes que eran velar por vosotros.

--Pero no es eso --gritaba el tutor cada vez más exaltado--. ¿En qué

consiste que después de evaporarse en el camino reaparecen en China en

toda su integridad?

--No es este el momento de las explicaciones --adujo Benjamín, temiendo

alguna nueva complicación--. ¿Traéis las pruebas de la inmortalidad?

--Sí --repuso Sun-ché.

--Pues lo que urge es ponernos en salvo.

--¡Al Anacronópete! --propusieron todos.

--¡Si no funciona!

--¿Quién sabe? Allá veremos --objetó Benjamín, seguro de lo que

anticipaba--; lo principal es parapetarnos en sitio seguro.

Y la emperatriz, cobijándose en don Sindulfo:

--Partamos --añadió--, que ya libres del monstruo, la que fue dueña de

un imperio podrá abandonarse a la irresistible atracción que por ti

siente y tendrá orgullo en llamarse tu esclava.

No le faltaba al sabio más que aquella declaración a quemarropa para

acabar de perder el juicio; y hubiera cometido alguna inconveniencia

en el estado en que se hallaba su razón, si el chocar de las armas

no hubiera acusado la proximidad del enemigo y la precisión de huir.

Colocaron pues a las damas entre las filas del sexo fuerte, y unos

abandonados a su legítimo gozo y alguno a su desesperación, tomaron

todos el camino del Anacronópete al que llegaron sin contratiempo.

Para terminar los anales de la contienda civil entre los _Tao-sse_ y los

letrados, diremos, que vueltas de su estupor las huestes de Hien-ti,

concluyeron por vencer a los parciales de Sun-ché desanimados ante

la desaparición de su soberana y sin un jefe que los condujera al

combate. Tsao-pi, viendo huérfano el trono, subió sus gradas, se ciñó

el sombrerete y fundó la séptima dinastía de los emperadores, conocida

en la historia con el nombre de los _Ouei_.

[Ilustración]

[Ilustración]

CAPÍTULO XVI

En que todo se explica complicándose todo

La situación a bordo había cambiado completamente. Las muchachas

bailaban en un pie ante un aumento de tripulación tan inesperado como

de su gusto, y la misma emperatriz no ocultaba a nadie el contento

que le producía su viudez. Los mílites arrullados por Cupido perdían

la memoria de sus pasadas desventuras; y Benjamín, próximo a tocar su

_desideratum_, bendecía las circunstancias que le colocaban en el caso

de dar cima a su obra sin entorpecimiento alguno, puesto que de hecho

él se hallaba convertido en jefe de la expedición.

Y efectivamente; desde el punto en que entraron en el Anacronópete,

don Sindulfo, que no había desplegado sus labios por el camino, se

dejó caer en una silla víctima de un abatimiento alarmante. Tan pronto

su mirada se clavaba en el suelo en la actitud del hombre que medita,

como sus ojos desencajados erraban de uno a otro de sus compañeros,

brillando con el siniestro resplandor de la amenaza. Cien ideas

confusas se disputaban el paso por las inyectadas venas de su frente,

en cuyas pulsaciones, alternativamente regulares y febriles, podía

leerse ya el planteamiento de un teorema en demanda de una explicación

científica para tantos fenómenos incomprensibles, ya los arrebatos de

la ira caminando ciega de los celos a la venganza.

--Me parece que a don _Pichichi_ se le ha aflojado algún tornillo del

Capitolio; --dijo Pendencia observando como los demás el estado del

tutor.

--Y a usted también se le desmorona el cimborio --adujo Juanita

encarándose con Benjamín--. Figúrense ustedes que hace poco, cuando los

chinos querían mecharnos, estos dos señores han creído reconocer a la

difunta de don Sindulfo que _requiescat_. ¿Habráse visto despropósito

mayor?

--En cuanto a eso, hablaremos más tarde --contestó el políglota un

sí es no es picado. No por desconocer las causas hemos de negar los

efectos de las cosas.

--¿Cómo?

--En este viaje inverosímil lo lógico es tal vez lo absurdo. Demos

tiempo al tiempo.

En aquel momento oyeron un penetrante grito y vieron a Sun-ché que,

asida por el brazo, hacía esfuerzos para desprenderse de las férreas y

convulsas manos de don Sindulfo. La infeliz, llevada de su instintivo

amor hacia el sabio, había querido prodigarle una caricia, y el pobre

loco la había recibido como algunos cuerdos reciben a la mujer propia,

por la sola razón de serlo. Pero la víctima, cediendo a una convulsión

nerviosa, agitaba los remos que le quedaban libres, con tan mala

suerte para el presunto marido, que a más de algunos puntapiés en las

espinillas se llevó desde la boca a la nuca una colección de redobles

a puño cerrado, en que las narices, como punto más saliente, no fueron

las menos favorecidas.

--¡Es ella! ¡Es ella! --exclamó don Sindulfo soltándola por fin, y

corriendo despavorido al lado de su familia--. ¡Es Mamerta! ¿Recuerda

usted que tampoco podíamos contrariarla sin que sufriésemos las

consecuencias de sus crispaciones, con lo que conseguía hacer siempre

su voluntad?

--Calma, amigo mío, calma --repetía Benjamín no menos absorto que

el tutor ante la analogía de la soberana con la hija del banquero

zamorano. Mientras no nos expliquemos racional o científicamente cómo

una mujer española y del estado llano, ahogada en el siglo XIX, puede

ser una emperatriz china del siglo tercero, estamos en el caso de

suponerlo todo pura coincidencia.

--Pero, hombre de Dios --arguyó Juana--: si eso es achaque de cada hija

de vecino; la gramática parda del sexo. Y yo misma, si no hubiera usted

sido mi señor, del primer ataque que me tomo cuando nos sacó usted de

París, le deshago a usted el depósito de la sabiduría.

--¡Y los cazcoz zon para ello! --repuso Pendencia haciendo notar los

puños que Juanita crispaba.

--¿No tendría la difunta alguna especialidad más marcada a cuyo cotejo

someter a la emperatriz por vía de prueba? --preguntó el capitán de

húsares participando de la extrañeza general.

--Piénselo usted bien --insistió Clara.

Don Sindulfo recogió un momento sus ideas, y después de reiterados

esfuerzos:

--Sí --exclamó dándose un golpe en la frente y sacando del reverso

de la solapa una aguja que enhebrada tenía siempre a prevención para

ensartar papeletas del catálogo.

Y antes de que los circunstantes pudieran inquirir su propósito,

dirigióse a donde Sun-ché se hallaba descansando del accidente.

--Cósame usted esto --dijo arrancándose bruscamente un botón de la

levita, y presentándoselo a la emperatriz, a quien miraba de hito en

hito para no perder detalle del experimento.

La buena señora que, no entendiendo nada de lo que ocurría en torno

suyo, comenzaba a aburrirse, echó mano al botón considerándolo un

objeto de curiosidad; pero al ver el arma de costura dio un penetrante

grito, y doblando la cabeza sobre el pecho quedó desmayada en la

silla; circunstancia que, como dijimos al comienzo de este relato,

era peculiar de la organización de la muda y que Benjamín, lívido de

estupor, refirió a los atónitos viajeros.

--No hay duda, no --gritaba don Sindulfo retorciéndose como una

culebra--; el mismo horror a las agujas enhebradas que no la permitió

zurcirme nunca un par de calcetines.

--Se conoce que la banquera era catedrática en holgazanería --arguyó

en voz baja la doméstica; mientras el atribulado don Sindulfo,

pronunciando frases incoherentes, golpeando cuanto en el camino

encontraba, y echando espuma por la boca y fuego por los ojos, se

dirigió frenético a su gabinete en busca de una solución para aquel

problema.

Todos se precipitaron tras él; pero la puerta, cerrada con estrépito,

les cortó el paso. Entonces se resolvieron a prestar algún auxilio a

la emperatriz; precaución que fue inútil, porque la augusta dama, como

si se lo hubiesen soplado al oído, en cuanto la aguja desapareció, se

quedó más buena que antes.

--Supongo --dijo Luis al políglota-- que en el estado en que está mi

tío no le confiará usted el rumbo de la expedición.

--¡Dios me libre! Podría hacernos víctimas de su enojo --adujo Clara.

--Con ece arriero eztamoz ceguroz de volcar.

--Descuiden ustedes --objetó Benjamín--. Me interesa demasiado el

asunto para confiar la derrota a un demente.

--¡Cómo! ¿Ha perdido el juicio? --preguntaron los demás.

--Mucho me lo temo. Con todo, no desespero de salvarle. Confíen ustedes

en mí.

E invitando a Sun-ché a acercarse al aparato de la inalterabilidad,

en tanto que los viajeros hacían comentarios sobre la situación, la

descargó unas corrientes que debieron contrariarla también a juzgar

por las sacudidas nerviosas que llovieron sobre el occipucio del

anticuario. Acto continuo separó el aislador que entorpecía la acción

del volante; y elevando el vehículo a la zona atmosférica en que

debía tener efecto la locomoción, hizo parar en seco el Anacronópete

exclamando:

--Ahora sepamos a dónde nos dirigimos.

--¡A París! --fue el grito unánime.

--Juzto; a Pariz para encerrar al zabio en un _manucordio_ y hacer que

a nozotroz noz eche el cura el garabato _nuncial_.

--Antes --objetó Benjamín-- veamos si el principal objeto de nuestra

expedición se ha logrado satisfactoriamente.

--¿Cuál?

--La posesión del secreto de la inmortalidad que nos ha ofrecido la

emperatriz.

Instada esta a explicarse, sacó un pergamino en el que había trazado

por una mano experta el plano de una ciudad.

--¿Qué es esto? --preguntó el ansioso arqueólogo temiendo un desengaño.

--Algún pellejo de zambomba de la adoración de los pastores en el

Portal de Belén --dijo Juanita.

--Pero, ¡la fórmula!... --volvió a insistir impaciente Benjamín

apremiando a Sun-ché.

--El occidental no tuvo ocasión de iniciarme en ese misterio,

sorprendido como fue por mi tirano esposo; pero al encarecerme

la eficacia de su principio, me manifestó que las pruebas de la

inmortalidad habían sido enterradas por uno de sus antecesores en

Pompeya, debajo de la estatua de un emperador, marcada en el pergamino

con un círculo rojo.

--Sí, aquí está --interpuso Benjamín señalando en el papiro una mancha

circular bajo la que en correcto latín se leía: «Efigie pétrea de

Nerón.»

--Parece ser --prosiguió la emperatriz-- que el conocimiento de esta

circunstancia pasó tradicionalmente por varias generaciones sin que

nadie se atreviera a evidenciarlo; hasta que el intrépido mártir

cuya muerte sentimos, se resolvió a sacarlo a luz; pero acusado

de profanación por habérsele sorprendido en el instante en que se

disponía a zapar la estatua, consiguió a duras penas evadirse de la

prisión y llegar a mis dominios donde tuve la fortuna de conocerle.

Una expedición secreta a su patria estaba ya decidida para hacerse con

el misterioso talismán, cuando el fin que todos sabéis ha venido a

destruir nuestros proyectos.

--Aún vive quien los secundará --dijo Benjamín con los ojos

centelleantes de entusiasmo. Y dirigiéndose a los suyos--: A Pompeya

--añadió.

Algunas protestas levantó aquel grito; pero la felicidad es tan

complaciente y era tan natural el deseo de los viajeros de hacer una

excursión por el pasado, libres ya de los riesgos que hasta entonces

habían corrido, que aplacados los murmullos, Benjamín orientó el

vehículo y poniéndolo en movimiento, hizo rumbo hacia la hija tan feliz

como mimada del risueño golfo de _Neápolis_.

Las siete horas que habían de tardar en recorrer los ciento cuarenta

y un años que separaban a los anacronóbatas del principio del tercer

siglo al último tercio del primero, no eran intervalo para que se

aburriesen unas personas que tanto tenían que contarse y tantas

curiosidades que admirar. Capitaneados pues por Juanita, los neófitos

pusiéronse a girar una visita de inspección al Anacronópete en tanto

que Benjamín, normalizada relativamente la situación, buscaba la causa

de aquellos efectos fenomenales.

Lo primero que trató de explicarse es la aparición de los mílites

evaporados. Retrogradó por consiguiente en sus pensamientos, y a

fuerza de hombre lógico, se dijo que si la consecuencia era anómala,

el origen tenía que ser necesariamente irregular. Ahora bien: ¿qué

circunstancia extraordinaria había ocurrido durante la navegación?

Al momento le vino a las mientes el impulso retroactivo que él mismo

imprimió al Anacronópete poco después de la catástrofe de los riffeños,

cuando creyendo caminar hacia el pasado estuvo haciendo rumbo al

presente hasta llegar a Versalles en la víspera del día de partida.

La luz estaba hecha y las tinieblas disipadas: la deducción no tenía

vuelta de hoja.

Y en efecto, si mis lectores recuerdan el incidente del ochavo moruno

(que, perdido por un kabila, se aniquiló en cuanto traspuso el

instante en que fue acuñado, pero que volvió a cobrar forma apenas

el Anacronópete, marchando hacia el presente, rebasó el minuto de la

acuñación), comprenderán que el fenómeno de la resurrección de los

hijos de Marte obedecía a la misma causa. Evaporados al retrogradar,

habían perdido su forma humana, obra del tiempo; pero su espíritu

inmortal no había abandonado el Anacronópete, como el grano de trigo

oculto en la gleba no deja de existir en el terruño aunque invisible

hasta la germinación. Así es que, cuando en su marcha hacia el hoy,

sonó en el vehículo la hora del nacimiento de los soldados, la

envoltura de carne acudió al llamamiento cronológico; y el germen,

rompiendo la tierra, dejó ver el tallo para ser robusta caña y volver a

tomar las proporciones de su espiga.

El cómo se sustrajeron a una segunda disolución cuando, apercibido

de la falta, Benjamín reconquistó el verdadero rumbo, tiene una

explicación muy sencilla. Los soldados, que alternativamente se

habían visto reducirse y desarrollarse, al recobrar sus proporciones

quisieron no volverlas a perder y escalaron el laboratorio decididos a

implorar el amparo de la ciencia; pero al llegar al pasillo, oyeron

las explicaciones que sobre la inalterabilidad estaba dando Benjamín

a las parisienses; y como el capitán de húsares tenía sus rudimentos

de física, propinóse con sus compañeros unas corrientes del fluido

y opinó muy sabiamente que permaneciendo ocultos servirían mejor la

causa de las reclusas doncellas que exponiéndose, si se exhibían, a

ignotas contingencias provocadas por los celos del tutor. Y así es cómo

ocultos en sus gazaperas llegaron a China oportunamente para evitar una

catástrofe.

Apuntó Benjamín estas observaciones en su memorandum particular; pero

abstúvose muy mucho de divulgarlas, prefiriendo dejar a todos en la

persuasión de lo maravilloso a confesarse reo de ineptitud.

El segundo problema era más difícil de resolver. ¿Cómo a través de

dieciséis siglos una emperatriz china se presentaba a sus ojos con

tan señaladas diferencias físicas, pero con analogías de organización

tan evidentes con aquella Mamerta ahogada en las playas de Biarritz?

Ensimismado estaba el políglota en tan metafísicos conceptos y ya el

trayecto casi tocaba a su fin sin que hubiese podido coordinar dos

ideas afines, cuando unos gritos desaforados que partían del gabinete

de don Sindulfo le sacaron de su abstracción.

--¡El loco! ¡El loco! --exclamaron los excursionistas, que al oír las

voces acudieron precipitadamente en busca de Benjamín.

--Sí. ¿Qué podrá ser?

--Algún calambre en la mollera --dijo el andaluz.

E instintivamente todos se dirigieron al cuarto; pero apenas iniciado

el movimiento, la puerta se abrió; y don Sindulfo con el traje en

desorden, las manos crispadas y la púrpura de la ira en el semblante,

hizo irrupción en el laboratorio vociferando:

--¡Maldición! --Ya dí con la clave del enigma. Ya comprendo cómo

Sun-ché puede ser mi difunta Mamerta.

--¿Cómo?

--¡Por la metempsicosis!...

Los profanos no entendían ni una palabra; pero el políglota se quedó

pensativo luchando entre la fe y la duda.

--Diga uzté; ¿y ezo ce come con cuchara o con tenedor?

--¡La metempsicosis! --prosiguió el sabio sin atender a

observaciones--. La transmigración de las almas, por la cual el

espíritu de los que mueren pasa al cuerpo de otro animal racional o

inmundo según sus merecimientos en vida.

--¡Ay! --arguyó Juanita--. Pues lo que es ustedes dos, por lo chinches

que han sido con nosotros, van a parar al Rastro.

--¿Es decir --interrogó el sobrino, a quien el asunto empezaba a

interesar-- que la emperatriz por una serie de transmigraciones llegó

en su última evolución a ser la esposa de usted?

--Justamente. Y al retrogradar en el tiempo se nos presenta bajo la

envoltura real que tenía en esta época, como en el alto que hicimos en

África pudimos --a haber tropezado con ella-- hallarla convertida en

vegetal o en acémila entre los bagajes.

--Permítame usted --objetó Benjamín--. Nosotros somos cristianos y

nuestro dogma rechaza esas teorías.

--¿Y qué importa? --replicaba el demente exaltándose por grados.

--Nosotros somos católicos; pero ella es china, sectaria de Buda;

luego bien puede transmigrar según prescribe su religión. Porque ¿quién

le dice a usted que la Providencia no impone sus castigos con arreglo a

las creencias que profesa cada uno?

Todos, menos Sun-ché, que estaba como en el limbo sin saber lo que

pasaba, comprendieron que el pobre doctor tenía el juicio extraviado.

Solo Benjamín, a fuer de hombre de ciencia, entusiasmado con el

descubrimiento de aquella especie de metafísica experimental, concluyó

por dar al loco la razón; que era como perder la suya.

--Es indudable. ¡Eureka! --gritó como Arquímedes abrazando a su amigo.

--Pero si aquella no hablaba --insistió Juanita-- y esta echa cada

discurso como un diputado.

--Ezo no; porque ci zu marido no entiende lo que dice, para él ez lo

mismo que ci fuese muda.

--Además --dijo Luis sonriendo-- que si entonces perdió el uso de la

palabra, tal vez fue un castigo del dios Buda por el abuso que de ella

hizo acaso en una existencia anterior.

--De modo --argumentó Clara aprovechando aquella ocasión de romper sus

cadenas-- que ya cesará usted de perseguirme; porque ligado como está

usted a esta señora por los vínculos del matrimonio, ¿no pretenderá

usted casarse conmigo cuando nuestra religión proscribe la bigamia?

El doctor, al sentirse hostigado en lo que precisamente constituía su

preocupación desde que sorprendido hubo la afinidad de la emperatriz

con Mamerta, estalló al ser argüido de aquel modo por Clara, y de la

monomanía pacífica pasó al vértigo furioso.

--¿Desistir yo de un cariño al que he consagrado todas las fuerzas de

mi vida, mi actividad, mi inteligencia? --decía apretando los puños y

haciendo rodar los ojos en sus órbitas--. ¡Oh, nunca!

--¡Que muerde! --interrumpió Pendencia separándose por precaución, como

los demás, del delirante sabio que persiguiéndolos añadía:

--No. Si el destino me es adverso, lucharé contra el destino; pero

serás mi mujer aunque para ello tenga que ir hasta el crimen.

--Es inútil --repuso la atrevida maritornes--. Si aunque nos degüelle

usted, aquí los muertos resucitan.

--Pues bien, pereceremos todos. Es preciso acabar con esta situación.

--¿Cómo?

--En la cala hay diez barriles de pólvora; les aplicaré una mecha, y ni

rastro quedará del Anacronópete.

--No cea uzté bárbaro.

--Tranquilícense ustedes --exclamó Benjamín recordando el incidente

que en diversas ocasiones le obligó a descender a tierra en busca

de vitualla en su trayecto de África a China--. Las provisiones,

sometidas a la inalterabilidad, resultan ineficaces para su uso, según

prácticamente he observado.

--¡Ignorante! --interrumpió el loco recobrando por un momento su

lucidez.

--¿Qué?

--Arrojando nuevo fluido sobre los cuerpos para que las corrientes

anteriores se pongan en contacto con las nuevas y formen una sola, no

hay más que dar vueltas a la inversa al disco del aparato transmisor

para recogerlas todas y, neutralizadas, devolver a las provisiones sus

propiedades específicas.

--Bueno es saberlo; pero estamos perdidos.

--Hay que inundar la Zanta Bárbara.

--Corramos.

--No, no temáis --interpuso el tutor pasando, para detenerlos, de la

amenaza a la súplica--. Una voladura acabaría con todos, y yo no quiero

que ella muera. Respetaré sus días. Pero vosotros --añadió dirigiéndose

a los militares y a la emperatriz, y volviendo a la exaltación con más

fuerza que nunca-- preparaos a sufrir mi venganza. Sois el obstáculo de

mi dicha y os exterminaré a fin de realizar mis designios, aunque para

llegar con Clara al altar tenga que cruzar ríos de sangre. ¡Ah! ¡Ya sé

cómo!...

Y así diciendo traspuso la puerta y se dirigió frenético a la cala. Sus

compañeros, recelando no sin razón algún inminente peligro, corrieron

tras él con intención de detenerle.

Luis, capitaneando a los suyos, fue el primero en llegar a la

bodega; pero el doctor, que acariciando su plan se había ocultado

capciosamente, apenas vio a los hijos de Marte y a su sobrino en medio

de la estancia, hizo girar el portón de la limpieza, y los diecisiete

héroes desaparecieron en el espacio entre los gritos de las enamoradas

doncellas y de Benjamín, que al ir en su seguimiento solo alcanzaron a

ser testigos de tan horrorosa catástrofe.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 9 / 24 段