En esto un hombre, que con una linterna encendida en la mano doblaba la

esquina, desembocó en el _quadrivium_.

[Ilustración]

--¡El loco! --gritó Benjamín reconociendo a don Sindulfo, que en efecto

venía en busca de los fugitivos; a cuya voz despertáronse los tres

durmientes como si hubiesen sentido un sacudimiento galvánico.

--¡Favor! --exclamaron las infelices, abrazándose en defensa mutua.

Pero Benjamín, para quien aquella luz era como el relámpago para

el caminante perdido en las tinieblas, antes de que su amigo les

apercibiese, corrió a su encuentro vociferando como el sabio de

Siracusa cuando al dar con la teoría del peso específico dicen que

salió desnudo del baño repitiendo: ¡Eureka!

--¿De qué se trata? ¿Ha vuelto a la vida mi rival? --preguntó el

demente persiguiendo su manía.

--No. He hallado el secreto de la inmortalidad. Leamos, alúmbreme usted.

Y consultando los cordelillos, su pecho se dilató al ver que la

disposición de los nudos correspondía a la escritura armenia en la que

creía poder alardear sus conocimientos.

--Y bien: ¿Qué dice?

Benjamín con no poca dificultad leyó lo que sigue:

--«Si quieres ser inmortal, anda a la tierra de Noé y...» ¡Maldición!

--¿Qué es ello?

--Que no puedo interpretar el sentido de los demás caracteres. No

importa --continuó en su delirio--. Volaremos a la región del Patriarca

y daremos solución a este enigma indescifrable.

--Si usted en cuestión de lenguas no conoce más que la estofada

--se permitió argüir la intemperante Juanita; a cuya voz el loco

fijando mientes en el grupo de las tres gracias, crispó los puños, y

dirigiéndose a Sun-ché:

--Tú también me estorbas --dijo-- pero pronto no serás más que un

cadáver.

E iba a abalanzarse sobre ella, cuando por dicha suya el sabio tropezó

en uno de los poyos y cayó al suelo de bruces. Benjamín acudió en su

auxilio mientras la trinidad femenina se replegaba con espanto hacia la

fuente.

--Esto no se hace entre cristianos --gritó la de Pinto con toda la

fuerza que le prestaba la indignación.

--¡Cristianos han dicho! --murmuró por lo bajo a su gente el ceryx, que

atraído por la linterna de don Sindulfo, acechaba a los viajeros y que,

por la relación de la palabra española con la latina dedujo una verdad

funesta para los anacronóbatas.

--¿Qué? --se preguntaron todos al verse rodeados de los _vigiles_.

--Apoderaos de ellos.

El terror fue general.

--Yo soy inocente --aducía Clara.

--Respetad a la emperatriz --ordenaba Sun-ché en chino.

--¡Prenda usted a ese, señor guindilla! --balbuceaba la maritornes

señalando al tutor.

[Ilustración]

Pero como los gritos fuesen en aumento, les aplicaron unas mordazas

y maniatados los condujeron a la presencia del prefecto que en

desenfrenada orgía saboreaba en el pretorio el motín tan favorable a la

causa de Domiciano.

--¡Piedad! --articularon todos, libertados de sus ligaduras y cayendo a

los pies del ebrio senador.

--No le excitéis con vuestros ayes --observó el políglota--. Reparad

que no entiende más que el latín.

--Pues bien: _In nomine Domini nostri Jesu-Cristi_ --dijo Juanita

muerta de miedo y recordando la salutación con que el cura de su lugar

daba los buenos días a sus feligreses.

--¿Quién pronuncia aquí el nombre del impostor de Galilea? --rugió el

prefecto pudiendo apenas mantenerse en equilibrio.

--Estos cristianos que acaban de profanar la estatua de Nerón.

--¿Cuál es el jefe?

--Este, el más viejo --contestó Juanita impuesta por la traducción de

Benjamín.

--Subidlo al cráter y arrojadlo en las entrañas del Vesubio.

Una explosión de lágrimas y lamentos sucedió a tan bárbara orden;

pero antes de que las excursionistas pudieran dirigir una palabra de

consuelo a don Sindulfo, este había desaparecido entre un grupo de

_vigiles_ encargados de la ejecución del decreto.

--Los demás --prosiguió el togado beodo-- apréstense a servir de

bestiarios en los circenses de mañana.

--¡Horror! Nos destinan al circo --tradujo el arqueólogo, cubriéndose

el rostro con las manos, mientras Clara perdía el sentido y Sun-ché

interrogaba con ojos extraviados sin obtener contestación.

--¿Al circo? Pues no se apuren ustedes --objetó Juana-- que si es en el

de _Price_ yo tengo allí un primo aposentador.

--No: se nos condena a ser devorados por las bestias feroces.

Amordazados de nuevo, nadie pudo proferir una queja. Los _vigiles_

sacaron del pretorio a los reos, y el _Præfectus urbis_, tambaleándose,

volvió a la sala del festín gritando a sus comensales con feroz

alegría:

--El pueblo tendrá bestiarios: la paz de Pompeya queda por ahora

asegurada.

Y en efecto; unas horas después, al resplandor del sol naciente, el

pobre tutor con los pies ensangrentados por la penosa ascensión del

Vesubio rodaba a los profundos abismos del volcán, al mismo tiempo que

sus compañeros de viaje penetraban en las mazmorras del anfiteatro para

servir de pasto a las fieras y de diversión a la más soez de las plebes.

[Ilustración]

[Ilustración]

CAPÍTULO XVIII

«Sic transit gloria mundi»

No me detengo a describir el anfiteatro porque, exceptuando los ciegos

de nacimiento, todos en España han visto una plaza de toros, con la

que aquel guarda una completa analogía. Baste saber que los veinte mil

espectadores, de que era capaz el de Pompeya, invadieron desde muy

temprano aquel día los asientos que los _locarios_ les designaban en

los _cunei_ o secciones previamente dispuestas por los _designatores_ o

maestros de ceremonias, según el rango y circunstancias de cada uno.

El _podium_, que era como si dijéramos la meseta del toril con gradines

y extendiéndose por todo el círculo de la plaza, estaba destinado a

los funcionarios de alta jerarquía. En él campeaba el _cubiculum_ o

palco del prefecto, a imitación del _suggestum_ o trono del emperador

en Roma, cubierto con un dosel a manera de pabellón; distintivo

que, aunque menos suntuoso, ostentaban asimismo las localidades

accidentalmente ocupadas por una vestal, un senador o algún enviado de

las naciones extranjeras.

A continuación del _podium_ venían las filas de gradas para los

caballeros; y tras de ellas la _popularia_, el tendido, el sol por

decirlo así; aunque la comparación no es fiel, pues maldito si los

rayos del rubicundo Febo molestaban al público. Y no es porque nubes

lo empañasen, que esplendente brillaba en mitad del firmamento, y con

alientos tales que, no por ser el octavo día del mes de septiembre,

pudieron prescindir de refrescar el ambiente, como lo verificaban

en canícula, merced a un licor odorífero compuesto de agua, vino y

azafrán, conducido por unos tubos hasta el espacio cubierto, consagrado

a las mujeres en la parte superior del edificio, para desde allí

hacerlo caer en lluvia cernida sobre el concurso. Tampoco obedecía

el eclipse al capricho de ninguna empresa niveladora de clases en

beneficio de sus intereses, como la de Casiano, que en Madrid y en

el año de gracia de 1874, se permitió fijar este anuncio célebre la

víspera de una corrida extraordinaria: _De orden de la autoridad mañana

no hay sol_. Consistía sencillamente en que por encima de las cabezas

de los circunstantes corrían unos toldos de lona que en los grandes

circenses romanos solían ser de seda y púrpura bordados de oro.

Bajo el podio, en derredor de la arena, estaban las _caveæ_, bóvedas

o casetas poco elevadas, con sus _posticæ_ o compuertas cerradas por

los _ferreis clathris_ --grifos de hierro-- en las que se metía a los

gladiadores y las fieras destinados al combate. En frente se hallaba

situada la puerta _libitinensis_, por donde se sacaba a los bestiarios

muertos para ser conducidos al _spoliarium_, en el que se les despojaba

completamente de lo que sobre sí tenían.

Los ecos de los clarines anunciaron la aproximación de los gladiadores;

y en efecto, no tardaron en presentarse en la arena todos juntos para

saludar al auditorio; siendo recibidos por este con un batir de palmas

que no parecía sino que Frascuelo y Lagartijo habían cambiado de

traje y que el público de los barrios altos y bajos de Madrid estaba

veraneando en Pompeya. Porque hay que tener presente que aplaudir y

silbar ha sido en todas épocas el modo más admitido por el pueblo

de expresar su satisfacción o su desagrado; y cuando esta última

manifestación tenía lugar en un teatro, el actor que de ella era

objeto, estaba en el deber de quitarse la máscara como para acusar

recibo de la silba.

Despejado el redondel después del paseo, un nuevo punto de clarín echó

al anillo a los _essedarios_; luchadores que combatían sobre carros, a

ejemplo de los galos y bretones. Vinieron en seguida los _hoplomacos_,

armados de pies a cabeza y antagonistas de los _provocadores_. Ni unos

ni otros consiguieron hacerse sangre, quedando todo reducido, con gran

descontentamiento de la muchedumbre, a unos cuantos chichones sin

consecuencia. Tras estos exhibiéronse los _mirmillones_ o _gallos_, que

usando de lanza y escudo a la manera de los originarios de la Galia,

reñían con los _retiarios_; los cuales al perseguirlos con la red y

el tridente les gritaban: «_Galle, non te peto; piscem peto_». Es

decir: «_Gallo, no a ti; a tu pescado quiero_». Con lo que aludían a

un pez de metal que en la cimera de sus cascos ostentaban los opuestos

combatientes. O el gallo había perdido los espolones o el pescador lo

era más de caña que de red, ello es lo positivo que en una de las

intentonas tuvieron la mala suerte de tropezar, cayendo cada cual

por su lado, y sobre los dos una rechifla que ni cuando el concejal

presidente deja pasar un toro de varas.

Por fin sonó la hora de los _meridianos_, gladiadores que peleaban a

la de medio día, y cuyo espectáculo era, para hablar técnicamente, el

bicho de la tarde, el _quinto_ escogido a pulso: una circunstancia

excepcional venía a hacerlos más interesantes; ambos luchadores

eran _rudiarii_; o lo que es igual, que habiendo servido tres años

consecutivos, tenían ganado el _rudis_, grueso bastón con nudos,

símbolo de retiro o licenciamiento en los circenses, donde ya no debían

volver a presentarse sino, como en la ocasión aquella, por un acto de

su voluntad omnímoda.

Aplaudidos y otorgada la venia por el gobernador o prefecto

presidente, empuñaron las _arma lusoria_; espadas de madera recibidas

en premio en varios ejercicios; y con ellas empezaron a ejercitarse

cruzándolas en continuos choques: especie de proemio, como cuando los

picadores prueban las puyas sobre la valla, al que daban el nombre de

_præludere_, _ventilare_. Pero era necesario andar muy listos en esta

operación; porque, en cuanto el clarín sonaba, deponían los juguetes;

y, echando mano de los verdaderos trastos de matar, propinábanse cada

linternazo que era una bendición de Dios.

Así lo hicieron; y como los dos eran _mataores_ de fama, costó gran

trabajo al más afortunado --pues no sé si era el más fuerte-- derribar

de un _volapié_ a su antagonista que cayó a plomo revolcándose en la

arena.

A la vista de la sangre, el pueblo lanzó un rugido de entusiasmo. El

vencedor consultó con la mirada al auditorio que, teniendo derecho de

vida o muerte sobre el vencido, podía otorgarle gracia presentando la

palma de la mano con el pulgar encogido; pero la sed de matanza era

tal, que los jueces, tendiendo por el contrario el pólice y cerrando

el puño, prorrumpieron unánimemente en voces de: _recipere ferrum_;

lo que equivalía a exigir que se le diera el cachete. Solo faltaba la

ratificación del prefecto al clamor popular; pero el presidente, sea

por lástima o por capricho autoritario de oposición, agitó un lienzo

blanco en señal de conceder el _missio_ o perdón por aquella vez en

nombre del monarca augusto. Clemencia estéril entonces porque el

herido acababa de ascender a cadáver. Retirado su cuerpo de la arena

con unos garfios de que tiraban cuatro esclavos, dos ediles salieron a

ofrecer al victorioso atleta la palma de plata otorgada a su valor. Los

espectadores no creyendo justa la recompensa, pusiéronse a gritar:

--_¡Lemnisci! ¡Lemnisci!_

Y el prefecto, a fin de no herir susceptibilidades, accedió a la

demanda disponiendo entregar al gladiador, en sustitución de la

palma, las guirnaldas de flores sujetas por cintas de lana, símbolo

de los _lemniscati_; con lo que el agraciado quedaba manumitido de

la esclavitud, entrando desde aquel instante en la categoría de los

_libertos_.

Un murmullo de satisfacción que con el arrellanarse en los asientos es

en toda asamblea precursor del espectáculo preferente, indicó el turno

de los bestiarios.

Clara y Sun-ché, agobiadas bajo el peso de tan espantosa situación,

eran casi conducidas en vilo por unos soldados, pues su abatimiento

las impedía caminar. Benjamín, sacando fuerzas de flaqueza, procuraba

mostrarse hombre y filósofo, avanzando serenamente. Juanita era la que

con una resolución impropia de las circunstancias, entró en la arena

emulando en desenvoltura a los chicos que se echan al redondel a correr

novillos embolados. Habiendo escapado ya a tan varios como inminentes

peligros, creíase _impermeable_, valiéndonos de su propia expresión

para traducir la idea de invulnerabilidad. El éxito que obtuvo su

porte no se puede comparar sino a las ovaciones que alcanzan en Madrid

las malas comedias.

Vestían los reos calzón y túnica corta y llevaban los brazos y piernas

liados con unas tiras de cuero como los primitivos guerreros de la

Lombardía. Blandiendo con la mano derecha una espada corta, pendía de

su izquierda un paño rojo destinado a excitar a las fieras, de lo que

acaso ha tomado origen nuestra suerte de matar en el arte de Pepe-Hillo.

Llevados ante el _cubiculum_ del prefecto, les obligaron a entonar

por tres veces el _morituri te salutant_; pero Juanita, amiga siempre

de chacota, queriendo patentizar sus conocimientos en el latín de su

uso, tomó los trastos con la extremidad del siniestro remo anterior y,

simulando descubrirse con el brazo libre:

--_Dominus vobiscum_ --le dijo al senador--. _Brindo para que usiam

reventatur como un perri de una indigestionem de morcillam. Salutem y

sarnam._

Concluida la peroración y diseminados los luchadores por el anillo,

los guardias se retiraron y el prefecto hizo la señal de que soltasen

las fieras. Juanita, cuadrándose delante de las _caveæ_, se dispuso

a _recibir_ y las puertas giraron sobre sus goznes. Pero en vez de

los leones del desierto de Lybia, Luis y Pendencia con sus quince

compañeros de armas desembocaron en el circo apercibiendo los

revólveres ya habilitados por el sistema de la _desinalterabilidad_, de

que el malogrado don Sindulfo les enseñó a hacer uso en su primer rapto

de locura.

Verlos y arrojarse cada una sobre su cada cual, inclusa Sun-ché aunque

no tenía cuyo, y Benjamín que simpatizaba con todos, obra fue de un

mismo instante.

--¿No se lo decía yo a usted? --gritaba la de Pinto--. Si son como los

espárragos, perdonando el modo de señalar; que les corta usté la cabeza

y en seguida les vuelve a salir otra.

Pero la ocasión no era la más propicia para entretenerse con símiles.

Los espectadores, defraudados en sus esperanzas y comprendiendo por lo

que veían, que estaban siendo víctimas de un engaño, prorrumpieron en

voces de:

--¡Traición!

Y abandonando las gradas, echaron fuera sus aceros y se aprestaron a

hacer irrupción en la arena, para tomarse venganza por su mano.

Luis, que todo lo tenía previsto, formó el cuadro con su fuerza,

y, colocando en el centro a las mujeres, antes de que la turba

transpusiese el podio, le envió una descarga de la que ni un solo tiro

quedó por aprovechar. Sucedió una pausa producida por el asombro;

mas como el valor de los pompeyanos era incontestable y no habían

tenido aún tiempo de encontrar la explicación del fenómeno, trataron

de insistir con más vehemencia, siendo detenidos en su empuje por una

segunda hecatombe. Los pusilánimes se detuvieron; los más esforzados

solo tuvieron un grito:

--¡Adelante!

Y ya empezaban a descolgarse en la arena cuando Luis, mandando hacer

fuego graneado sobre ellos, dispuso una especie de caza, cuyos efectos

los dejó consternados. Aquellos pequeños útiles de guerra que a tal

distancia enviaban la muerte arrojando proyectiles sin interrupción,

tomaron a sus ojos un carácter sobrenatural que no titubearon en

atribuir al implacable enojo de sus dioses: el pánico sobrevino y la

dispersión se hizo general.

¡Poder del progreso que permitía a un puñado de hombres ver correr en

su presencia a veinte mil legionarios conquistadores del mundo entero!

[Ilustración: Antes que la turba transpusiese el podio, le envió una

descarga...]

El anfiteatro se quedó vacío. Entonces comenzaron las expansiones, el

deplorar la suerte adversa del tutor para cuyo rescate toda tentativa

se juzgó inútil, pues debía haberse ya cumplido la sentencia; y

por último las explicaciones y muy particularmente la que con la

reaparición de los hijos de Marte se relacionaba. Esta no podía ser más

sencilla.

Mis lectores recordarán sin duda unos martillazos que don Sindulfo

y Benjamín oyeron mientras recorrían el Anacronópete la noche que

pernoctaron en China. Pues bien, dábanlos los mílites que, buscando

asilo más seguro para hacer la travesía aérea que los parapetos de las

provisiones, se confeccionaron, con unas lonas embreadas que había en

la cala, un enorme zurrón o hamaca tendida en el espacio hueco del

podio, con la que comunicaban merced a una abertura, provista para

mayor disimulo de su correspondiente compuerta, practicada junto a la

guillotina de la descarga, y donde el gas respirable entraba por un

tubo de goma a través de un simple agujero.

--De modo --concluyó Pendencia-- que cuando don Pichichi, que

requiezcat, creyó arrojarnos en el _dezpacio_, no hizo más que abrirnos

la puerta prencipal de nuestra propia caza.

Dadas gracias a Dios y celebrada la ocurrencia:

--Ahora escapemos; la tierra de Noé nos aguarda --dijo Benjamín

sacándose del pecho los cordeles que había conservado en medio de tanta

tribulación.

Embriagados todos en su felicidad le siguieron automáticamente; pero

al llegar a la puerta la encontraron cerrada; y, por los alaridos

que daba el populacho al exterior, dedujeron que forzarla sería

imprudencia. Y efectivamente, todo el pueblo acarreando muebles,

canastas, maderos y cuantos utensilios pudieran servirles para formar

barricadas, levantaban una colosal alrededor del edificio en el que los

anacronóbatas iban a ser sitiados por hambre.

La situación era grave. Restituidos al redondel, ya se habían puesto

a discutir en consejo de familia, cuando un estampido horroroso

retumbó en todos los ámbitos de la ciudad y una luz cárdena iluminó el

espacio. El susto fue de padre y muy señor mío, porque, sin pensar

en el anacronismo que cometían, los expedicionarios atribuyeron la

detonación a la pólvora de alguna mina con que los indígenas querían

volar el edificio.

--Piensen ustedes en la fecha relativa de hoy --decía Benjamín--. ¿En

qué día creen ustedes que vivimos?

--Lo que es para nosotros siempre es martes --repuso Juanita.

Una segunda conmoción aumentó la alarma. El arqueólogo se puso pálido

como la muerte y, aspirando el olorcillo de azufre de que estaba

impregnada la atmósfera:

--¡Maldición! --gritó mesándose los cabellos.

--¿Qué pasa? --interrogaron los excursionistas.

--¡Sí... eso es... día 8 de septiembre del año setenta y nueve de la era

cristiana!... ¡La erupción del Vesubio!... ¡¡¡Nos hallamos en el último

día de Pompeya!!!...

Aún no había concluido la frase, cuando un calambre geológico,

una sacudida del suelo volcánico, sacando al circo de su asiento,

derribó gran parte de sus muros haciendo rodar por la arena a los

interlocutores sin que, felizmente, ninguno de ellos fuera alcanzado

por los escombros. La lava caía a torrentes, la ceniza embargaba la

respiración.

--Salvémonos --gritó Benjamín apenas pudo ponerse en pie; y todos se

precipitaron por la abertura, pasando por encima de cadáveres abrasados

por la erupción y desatendiendo los ayes de los moribundos y la

desesperación de los vivos.

La inalterabilidad a que estaban sujetos haciéndolos insensibles a

la influencia de cualquiera acción física, les permitió llegar al

Anacronópete sin obstáculo alguno; pues las sustancias en fusión

resbalaban sobre sus carnes sin adherirse.

Instalados en él, Benjamín elevó el vehículo a la zona de locomoción.

Un ruido como el de una piedra chocando en un tubo de desalojamiento,

produjo un sonido campanudo; pero ya el coloso había emprendido su

vertiginosa marcha y, devorando tiempo, se lanzaba a enriquecer la

ciencia con el descubrimiento del pasado, mientras a sus pies dejaba

una dolorosa enseñanza para el porvenir.

[Ilustración]

[Ilustración]

CAPÍTULO XIX

Los náufragos del aire

El trayecto que tenían que recorrer, pues determinaron no detenerse en

ningún punto, era el más largo que se había llevado a efecto en toda

la expedición. Se encontraban en el año 79 de la era cristiana; y el

Diluvio Universal corresponde como nadie ignora al 3308 antes de J. C.

Aunque la zona en que viajaba el Anacronópete estuviese muy por encima

de la región en que se forman las tempestades y no tuvieran nada que

temer por consiguiente del cataclismo provocado por la maldad de los

hombres, creyeron no obstante deber dar oídos a la prudencia y se

convino en hacer alto en un período posterior, históricamente hablando;

lo que caminando hacia atrás equivale a tocar tierra antes de llegar a

aquella gran catástrofe.

Su objeto era avistarse con Noé; y como este repoblador del mundo vivió

todavía 350 años después de salir del arca, no solamente podían evitar

las contingencias del Diluvio, sino hacerse más pronto dueños del

secreto de la inmortalidad desembarcando en el 2958 (a. de J. C.) en

que acaeció su muerte; o sea a 3037 años de la destrucción de Pompeya

añadiendo los 79 que les faltaba trasponer del siglo primero.

Con todo; como no era cosa de irle a entretener de semejante asunto

en las postrimerías de su existencia, y teniendo tiempo a mano de que

disponer, se votaron un par de lustros más para imprevistos, y se

fijó el descenso en el año 3050 del día de la fecha; trece antes del

fin del patriarca, a los 937 de su edad y con 258 de antelación al

desquiciamiento del globo.

Contando pues en números redondos una marcha de cinco siglos diarios,

necesitaban siete días (incluyendo las paradas de las comidas en plena

atmósfera) para tragarse las treinta centurias y media en cuestión.

Pero el humor no faltaba, si bien turbado a intervalos por el recuerdo

de don Sindulfo, y había provisiones para dos meses; de modo que, si

nada es más largo que una semana de hambre, ellos parafraseando el

axioma, presentían que nada iba a ser más corto que otra de felicidad.

La expedición tuvo principio en las mejores condiciones. Los ocios

se mataban ora explicando a Sun-ché las maravillas del invento y

narrándole las peripecias del viaje (si bien haciendo caso omiso de su

parentesco con el inventor para evitarle las amarguras de la viudez),

ora fundando planes sobre el porvenir, todos por supuesto de color de

rosa y perfumados con el incienso de la vicaría.

Poco más de la mitad del camino tenían ya andado, cuando en la hora

meridiana del cuarto día y en sazón en que el vehículo cortaba la más

limpia y transparente de las atmósferas, el aparato dejó repentinamente

de funcionar.

--¿Qué ocurre? --se preguntaron todos con extrañeza.

--Algún cambio de tiro --repuso Juanita.

Pero la actitud alarmante de Benjamín no permitió a nadie saborear el

chiste.

--Tal vez una solución de continuidad... --dijo este meditabundo.

--Entonces vamos a despeñarnos sobre la tierra si la corriente no se

establece --adujo Luis.

--Sin embargo --objetó el políglota-- no nos movemos.

--¡Cómo! ¿Ezto ni zube ni baja?

--No.

--Puez ací ce quedó Quevedo.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 11 / 24 段