En cuanto los servidores se hubieron retirado y los centinelas

esparcido por los alrededores del coloso, a distancia respetuosa, don

Sindulfo tocando el regulador y soltando una carcajada:

--No dirán que no los engañamos como a chinos --exclamó.

Pero de pronto quedóse pálido; el engañado era él. El aparato eléctrico

no funcionaba. Estaban reducidos a prisión.

[Ilustración]

[Ilustración]

CAPÍTULO XIV

Un huésped inesperado

Triste, como la misma noche triste de Hernán Cortés en la víspera de

la batalla de Otumba, fue la pasada a bordo del Anacronópete por los

expedicionarios. Clara, la más digna de compasión sin duda, no hacía

sino llorar y preguntarse, en su situación desesperada, qué delito

había cometido para ser directa o indirectamente la víctima expiatoria

de todos los caprichos del destino inexorable. El tutor protestaba de

su buena fe en las circunstancias presentes, puesto que su plan al

acceder había sido burlar los designios del emperador emprendiendo la

fuga; pero sus buenos propósitos, que no encerraban más que una mira

egoísta, se estrellaban contra una fuerza mayor que los reducía a la

inmovilidad contra todas las previsiones de sus cálculos científicos.

--Una solución de continuidad no es la causa de la paralización, puesto

que las corrientes circulan sin impedimento; decía el sabio fundándose

en las observaciones que él y su amigo habían hecho repetidas veces en

el vehículo y sin sospechar que Benjamín pudiera hacerle traición.

--Me juego la cabeza de usted --argüía Juana a su señor-- a que si

llamamos a un herrero chino nos dice en seguida en qué consiste la

atascadura del carro. ¡Vaya! Que han quedado ustedes lucidos delante de

su majestad. Alumbre usted su inteligencia, hombre, ya que, según le

ha probado a usted el emperador, lleva usted una fábrica de gas en su

persona.

Don Sindulfo miraba a su amigo en demanda de consejo; pero Benjamín

permanecía mudo como todo el que tiene sobre su conciencia algún delito

de que no se arrepiente y cuya responsabilidad procura eludir con el

silencio. Y en efecto, la culpa de aquella situación era exclusivamente

del políglota. Verdad es que él ignoraba los proyectos de Hien-ti sobre

la parte masculina de la tripulación y confiaba en que un subterfugio

cualquiera restituiría a Clara al Anacronópete a fin de escapar apenas

terminase la ceremonia, pero la ciencia es tan egoísta que todo lo

juzga _anima vili_ cuando se trata de un experimento; y la idea de

perder el secreto de la inmortalidad, si abandonaban la China del

siglo III, podía más en él que las contingencias a que, si se

quedaban, exponía a sus compañeros de infortunio. Así es que entrando

el primero en el Anacronópete, como hemos visto, colocó capciosamente

una jícara de porcelana entre los conductores del fluido y el volante,

con cuyo aislador perdida la corriente eléctrica, el aparato dejaba

de funcionar. Cada vez que don Sindulfo, sin sospechar la asechanza

de su correligionario, verificaba con él un reconocimiento, Benjamín,

afectando oficiosidad, se adelantaba y escabullía el pocillo con un

hábil escamoteo, volviéndolo a ingerir en cuanto el sabio, convencido

de que no había ningún obstáculo, pasaba adelante para poner en

actividad el mecanismo.

Agotados todos los recursos técnicos se pensó seriamente en desertar;

pero ni era posible realizarlo con éxito, toda vez que la guardia

afecta a su servicio tenía la orden de no abandonar un instante a los

viajeros sospechosos, ni aun suponiendo posible la evasión mejoraban su

precaria suerte; pues advirtiendo su ausencia, poco habían de tardar en

dar alcance a los fugitivos. Además existía otra razón poderosa para

oponerse; y era que no podían abandonar el Anacronópete sin correr el

riesgo de permanecer indefinidamente a más de mil seiscientos años de

distancia de su edad; cosa que hubiera sonreído a don Sindulfo si las

circunstancias locales le hubieran permitido realizar su desideratum de

imponer a la pupila su conyugal yugo.

Tomóse pues la resolución de esperar a que la Providencia les enviara

con la luz del nuevo día algún rayo de esperanza, y rendidos por la

fatiga se recostaron en sus lechos.

La noche fue larga como de dolor: cada cuarto de hora el grito de los

centinelas cortaba la monotonía del silencio interrumpido además a

intervalos por unos golpes secos como los que da el martillo sobre el

clavo. El ruido parecía subir de la cala y, temiendo alguna invasión

de los celestiales, don Sindulfo y Benjamín bajaron a la bodega; pero

aunque permanecieron allí más de quince minutos, no volvieron a oír los

martillazos que no obstante se reprodujeron apenas restituidos a sus

habitaciones.

--Es por este otro lado sin duda --exclamó Benjamín.

--Sí --interpuso el sabio--. Algún arco de triunfo que nos preparan.

Y absortos en sus pensamientos quedáronse ambos aguardando la aurora

que no tardó en venirlos a saludar con una sonrisa que parecía feliz

augurio de esperanza. Pero el día, sin detenerse en su carrera,

seguía su curso no solo desprovisto de todo medio de salvación, sino

devorando en cada minuto una ilusión de los viajeros.

Al anochecer espiraba el plazo de las cuarenta y ocho horas prescrito

por la ley para el luto nacional, y acto continuo la nueva emperatriz

debía dirigirse al _yamen_ a compartir el trono con el soberano.

Desde muy temprano fue visitado el Anacronópete por la servidumbre de

Hien-ti, que, con opíparos manjares, ricos presentes y trajes de boda,

a la usanza china, para todos los expedicionarios, estaba presidida por

_King-seng_, maestro de ceremonias de la corte y joven simpático, de

gallarda apostura, a quien todos otorgaron una preferencia espontánea,

no sé si por el sello de tristeza que llevaba en el semblante o por las

atenciones que guardaba a los cautivos.

Por fin al declinar la tarde llegaron las esclavas y los eunucos

encargados de vestir y aderezar el tocado, así de la contrayente

como de su séquito, lo que quería decir que la hora había sonado

de abandonar toda esperanza. La desesperación, último baluarte del

impotente, se apoderó de los expedicionarios. Clara y Juanita abrazadas

en un rincón se resistían heroicamente a entregar sus cuerpos a aquel

para ellas fúnebre atavío. Don Sindulfo con los ojos extraviados

incitaba a su amigo a que protestase de aquella violencia en el idioma

de Confucio, como él lo hacía en el más enérgico aragonés. Benjamín,

sin arrepentirse de lo hecho, empezaba a experimentar cierta compasión

por sus correligionarios; y todo era lamentos, confusión y desorden

cuando el maestro de ceremonias, mandando salir del laboratorio a la

servidumbre y tomando aparte a los viajeros:

--Desgraciados --les dijo-- no temáis; yo os salvaré.

Júzguese de la sorpresa y de la alegría de los cuatro ante las palabras

de King-seng, cuya traducción les iba haciendo Benjamín. Clara le

estrechaba las manos, don Sindulfo le daba gracias en latín por si las

humanidades habían llegado hasta el celeste Imperio, y Juanita le

largó un abrazo a la usanza de Pinto que casi lo derriba.

--Silencio, imprudentes --prosiguió el ángel tutelar de los

desahuciados--. Evitad que nos oigan. El emperador os ha tomado

por _Tao-sse_ venidos a Ho-nan para renovar las luchas de los gorros

amarillos y se propone exterminaros apenas verificada la ceremonia

nupcial. Esta boda no la lleva a cabo más que para saciar un grosero

apetito, toda vez que una ley reciente le prohíbe aumentar el número de

sus concubinas.

--¡Qué horror! --balbucearon los reos.

--Sí; pero aquí estoy yo que lo sé todo.

--¿Cómo? --inquirieron los circunstantes estrechando el grupo.

--Hace como diez lunas que llegó de Occidente un hombre fugitivo.

Oculto en Ho-nan encontró medio de ponerse en contacto con la

emperatriz _Sun-ché_, la esposa mártir del opresor. Lo que le dijo lo

ignoro; pero la augusta señora, que me honraba con sus confidencias,

me dio a comprender que aquel hombre era el que en sus apotegmas dice

Confucio que traería de Occidente la revelación de su doctrina y que,

en efecto, le había ofrecido la inmortalidad.

--¡La inmortalidad! --repitieron todos escuchando con interés creciente

un relato que justificaba la monomanía de Benjamín.

--Sí --prosiguió King-seng--; para ella y para los suyos. La emperatriz

me encargó de crear prosélitos y ordenó al misterioso personaje

que hiciese venir de sus apartadas regiones algunas familias que

alimentaran y propagasen sus luces. Vosotros sois sin duda los primeros

en acudir al llamamiento y yo os brindo con mi protección.

La oferta tenía demasiada importancia para que nadie se atreviera a

destruir la suposición del maestro de ceremonias; así es que viendo en

ello su salvación, se convinieron en seguirle la corriente, y sobre

todo el políglota que tocaba la meta de sus aspiraciones.

--¿Y ese occidental dónde encontrarle? --preguntó Benjamín.

--La desgracia os persigue --adujo King-seng--. Ha muerto.

--¡Muerto! --exclamaron todos fingiendo una profunda aflicción.

--Pero vosotros proseguiréis su obra. Hace dos días el emperador,

que ya miraba a su esposa con malos ojos por creerla sectaria de los

_Tao-sse_, sorprendió al extranjero en conferencia con la emperatriz;

y al oír que la brindaba con la inmortalidad, acabó por convencerse

de que ambos pertenecían a la secta de los embaucadores. Tsao-pi, su

primer ministro y jefe del partido de los letrados, pidió venganza; y,

mientras el occidental era aserrado en la plaza de las ejecuciones,

anunciábase al pueblo, para el que es un arcano cuanto en palacio

ocurre, que Sun-ché había sucumbido repentinamente; pero la infeliz

había sido enterrada viva en las mazmorras del yamen por orden de su

despiadado esposo.

--¡Qué inhumanidad! --arguyeron los oyentes a excepción de Benjamín que

parecía absorto en profundas reflexiones.

--La indignación ha dado un grito en el pecho de todos los parciales

de la emperatriz, que aún es posible que exista, porque ese género de

muerte es lento. Pero animada o cadáver la sacaremos de su tumba, para

lo cual, mis secuaces reunidos, harán que estalle la rebelión mientras

se celebre el banquete nupcial. Vosotros desechad todo temor; yo me

encargo de protegeros con mis tropas; pero disponeos al ceremonial

secundando así mis planes, pues la menor sospecha puede perdernos.

Confiad en la gente que he traído para vuestro servicio. Me obedecen

con absoluta abnegación. Andad, que la hora avanza.

La idea de una lucha con resultados desconocidos no era en verdad

halagüeña para gentes pacíficas, ajenas a los intereses del imperio;

pero su situación particular se presentaba tan erizada de peligros

insuperables, que no titubearon en decidirse por el término del dilema

que les ofrecía alguna probabilidad de éxito.

Llamada la servidumbre dejáronse ataviar con todo el esplendor debido

a su rango, y aun sazonada estuvo la tarea con algunos chistes,

pues no hay que olvidar que eran españoles los que corrían tamañas

contingencias.

Concluido el tocado, un ruido infernal de tamboriles, címbalos y el

obligado _gong_ o campana china, además de multitud de linternas

de caprichosa estructura que por los abiertos discos divisaron,

les anunció que la comitiva imperial llegaba a las puertas del

Anacronópete, donde se detuvo, pues el ritual prescribe que no se

invada el domicilio de la virgen.

--Adelante --exclamó King-seng tomando de la mano a Clara para

conducirla a la litera en nombre del emperador.

--¡Adelante! --gritaron todos poseídos del entusiasmo que infunde la

esperanza.

Y atravesando estaban la bodega para ganar el portón, cuando unos

golpes secos y repetidos obligaron al séquito a pararse en medio de la

estancia.

--¿Qué es ello? --preguntó el maestro.

--¿No habéis oído? --repuso Benjamín.

--Sí. Parece que alguien llama.

Y como todos prestasen atención, los golpes se reprodujeron con mayor

insistencia.

--¿No advertís? --hizo notar Clara--. Resuenan por este lado.

--En la caja --añadió Juanita consultando con los ojos al anticuario.

--¡Cómo! ¿En la de la momia? --balbuceó don Sindulfo tan asombrado como

sus compañeros.

En esto, Benjamín que había permanecido en la actitud de la meditación:

[Ilustración]

--Sí; eso es --articuló, dándose un golpe en la frente.

--¿El qué? --prorrumpieron todos en coro.

--Que retrogradando hemos llegado al período en que la emperatriz

aún vivía, si bien enterrada, y mi momia no es sino la desgraciada

consorte del emperador Hien-ti.

Y dirigiéndose estaba ya al sarcófago, cuando un nuevo golpe más

formidable que los otros hizo saltar los goznes de la caja, y una

hermosa mujer en toda la lozanía de la juventud salió de aquel lecho de

muerte.

--¡Sun-ché! --gritaron todos los chinos reconociéndola y prosternándose

ante la maravillosa aparición.

--¡La emperatriz! --repitieron los atónitos expedicionarios.

Juanita no decía nada; pero en conciencia empezaba a sospechar que los

sabios no eran tan estúpidos como ella se figuraba.

[Ilustración]

[Ilustración]

CAPÍTULO XV

La resurrección de los muertos antes del Juicio final

Venganza! --fue la primera frase que articuló la emperatriz al verse

rodeada de los suyos.

--¡Venganza! --repitieron sus parciales aclamando a Sun-ché.

--Dejad --prosiguió la egregia dama-- que bese las rodillas de la

criatura que ha velado por mi existencia.

Y sus ojos arrasados de lágrimas se posaron con gratitud en King-seng.

--No es mía desgraciadamente la honra de haber salvado vuestros

preciosos días --replicó el maestro de ceremonias que, no explicándose

de otro modo la presencia de la emperatriz en el Anacronópete, supuso

desde luego que sus tripulantes, más felices que él, habían logrado con

astucia sacar de las mazmorras a la víctima inocente de Hien-ti.

Los viajeros, aunque sabían que la momia encerrada en un sarcófago de

alcanfor de época harto remota para poder resistir victoriosamente la

acción retrógrada del tiempo, debía su resurrección a la circunstancia

de no estar sometida a la inalterabilidad, dejaron al mandarín en

su creencia, tanto por lo que tenía de racional, cuanto por lo que

favorecía sus planes.

--¡Cómo! ¿Son estos? --adujo la emperatriz al enterarse de la situación

y besando con transportes de gozo a Clara y a Juanita; con gran

contentamiento de la última que por primera vez se veía objeto de las

caricias de una soberana.

--Sí; estos son los que han roto vuestras cadenas. Desgraciadamente

llegaron tarde para librar de la muerte al occidental su hermano, que

como no ignoráis os precedió en el suplicio.

--¡Pobre mártir! --articuló Sun-ché tributando un triste recuerdo al

que fue su mejor amigo.

Pero de pronto, levantando sus hermosas pupilas negras y fijándolas en

don Sindulfo y en Benjamín que, con fruición arqueológica, saboreaban

aquel triunfo de la ciencia,

--Es extraño --repuso--. Yo os he visto antes de ahora. Vuestras

facciones despiertan en mí un recuerdo vago y confuso que no acierto a

precisar.

--¡Ca! No lo crea Usía --interrumpió Juana--. Si estos moscones no se

separan de nuestro lado. Son dos granos malignos que nos han salido a

la señorita y a mí.

El políglota, buscando la lógica de tamaño fenómeno, supuso, y así se

lo comunicó a su amigo, que la momia al volver a la vida los había

visto en la bodega a través de algún resquicio de la caja; pero que,

expuesta a síncopes frecuentes antes de entrar en la plenitud de la

existencia, había perdido la noción del tiempo en sus alternativas de

insensibilidad, atribuyendo así a épocas remotas sucesos recientes.

Error craso, como se probará en el curso de esta inverosímil historia.

--¿Pero qué significa esta música? ¿Qué anuncian estos aprestos de

fiesta? --preguntó Sun-ché al oír unos golpes de gong con los que se

daba a entender a la comitiva que la hora avanzaba y que la paciencia

del emperador tocaba a su término.

Entonces King-seng narró lo ocurrido y puso al corriente a su soberana

de cómo Hien-ti, pretextando al pueblo su muerte por accidente natural,

se disponía a celebrar segundas nupcias con la extranjera a cuyos

parientes había ofrecido, en cambio del consentimiento, el secreto de

la inmortalidad.

--Miente el infame --exclamó con voz de trueno la emperatriz--. Lo que

medita es vuestro exterminio; pero no lo conseguirá.

Y por un instintivo movimiento se abrazó a don Sindulfo como para

defenderle de toda asechanza.

--No hay más; la ha flechado --dijo Juana a su señorita--. A ver si así

la deja a usted de mortificar ese sinapismo.

--No lo conseguirá --replicó el maestro de ceremonias--; porque

presintiendo que aún no habíais exhalado el postrer suspiro, vuestros

parciales solo aguardan a que dé principio la ceremonia para provocar

la rebelión.

--Pues bien, marchemos; yo os guiaré al combate.

--Poco a poco --objetó Benjamín, a quien el bélico entusiasmo de la

augusta señora cercenaba las probabilidades de éxito si, vencidos en la

refriega, no podía hacerse dueño del talismán que tanto ambicionaba--.

La prudencia dicta meditar bien el caso antes de abandonarse a una

aventura peligrosa.

--Sí --adujo King-seng--. Vuestra egregia persona no debe exponerse.

Todo está ya previsto para caer oportunamente sobre el tirano cuando

menos lo presuma. No por anticipar el triunfo lo convirtamos en derrota.

--Esperemos a que nos libre el arcano de la inmortalidad.

--¿La inmortalidad? --inquirió con cierto orgullo la emperatriz--. ¿Y

qué sabe él de ella? Os ha mentido. Yo sola poseo las pruebas que me

dio el occidental y que he sabido sustraer a las requisas de Hien-ti

ocultándolas en lo más recóndito del palacio.

--Con doble motivo debéis proceder con cautela si vuestro objeto es

recuperarlas; pues no imagino que queráis dejar ignorada tan preciosa

conquista.

--¡Oh! No. Decís bien. Es preciso aclarar ese enigma cuya solución

parece hallarse en Occidente.

--¡Cómo! --interrogaron todos.

--No es este el momento de las explicaciones --continuó Sun-ché--. La

noche avanza y el tirano debe estar impaciente. Seguid a la comitiva;

fingid doblegaros a los proyectos del emperador. Yo os precedo a

palacio para hacerme con las pruebas; y en cuanto la ceremonia comience

en el patio del Dragón, me presento a mis secuaces; tras breve lucha

os apoderáis de Hien-ti y, libertando al pueblo de un opresor, yo os

indicaré quién debe compartir conmigo el trono de Fo-hi.

Y así hablando, lanzó una mirada a don Sindulfo que heló a este la

sangre en las venas, y le valió el que su criada le dijese al oído:

--La suerte no es para el que la busca sino para el que la encuentra.

¡Viva don Pichichi primero! ¡Valiente rey de bastos va usted a hacer!

Todos iban a prorrumpir en una aclamación; pero Sun-ché imponiéndoles

silencio, vistióse, para no ser reconocida, las túnicas de una

esclava; y seguida de dos eunucos de su confianza absoluta, salió del

Anacronópete. King-seng llevando de la mano a Clara la condujo al

palanquín; y cerrado este con llave, la música hirió el espacio y el

cortejo nupcial tomó lentamente, entre la apiñada multitud, el camino

del _yamen_.

Catorce patios había que atravesar para dirigirse a las habitaciones

imperiales, siendo el llamado de honor el inmediato al cuerpo del

edificio. En el centro se hallaba el dragón sagrado, monstruo fundido

en bronce con las fauces abiertas rasantes al suelo y la cola enroscada

perdida en las alturas. Limitaban el área innumerables kioskos que

servían de tribuna en las grandes solemnidades para los mandarines y

dignatarios de alto rango y que formaban, por decirlo así, escolta

al templete imperial al que solo el monarca, su familia y su primer

ministro podían tener acceso.

Todas estas fábricas, como el _yamen_ que abierto a cuatro vientos

se erguía en el fondo sobre una suntuosa escalinata de mármol con

adornos de jade sanguíneo, estaban profusamente iluminadas con miles de

linternas de múltiples formas y dimensiones: ya un tulipán y una rosa

robaban sus colores a la naturaleza, ya un enorme globo a través de sus

paredes hechas de arroz con toda la transparencia del cristal, lucía

figuras de movimiento. Junto a un pez de luz que agitaba sus natatorias

y coleaba, veíanse dos gallos que libraban entre sí descomunal combate.

Ora eran dos medias sandías las que luciendo su rojiza pulpa pendían

de un arquitrabe, ora una langosta la que contrayendo y dilatando sus

articulaciones coronaba el vértice de un frontón. Gomas odorantes se

consumían en centenares de pebeteros; escudos de flores simulando

mariposas e insectos alados embalsamaban el ambiente. La entrada

estaba custodiada por los dioses porteros: dos gigantescas figuras de

siniestra faz, de musculatura titánica y de una riqueza indumentaria

solo comparable con su candor artístico. La guardia de doncellas

rodeaba el templete del emperador; las demás fuerzas militares con sus

arcos terciados y sus partesanas en reposo ocupaban el segundo término.

La baja servidumbre del palacio invadía el graderío.

--¿Estás seguro de lo que dices? --murmuró por lo bajo el monarca a

Tsao-pi para evitar el ser oído por sus tres concubinas oficiales que

detrás de él tomaban asiento.

[Ilustración: --¡Sun-ché! --exclamó toda la corte]

--No tardaréis en convenceros ante la evidencia. La rebelión debe

estallar esta misma noche en el _yamen_; pero será sofocada, yo os lo

juro. Los rebeldes me son conocidos y mis precauciones están tomadas.

--¿De modo que esos impostores eran realmente sectarios de los gorros

amarillos?

--Y parciales de la emperatriz.

Aquí llegaban en su diálogo cuando la comitiva nupcial empezó a

trasponer con solemne paso el patio de honor, y a la voz de alerta cada

cual se aprestó a llenar su cometido. Linternas y banderolas componían

el fondo de esta procesión terminada por el palanquín de la desposada,

a cuya puerta caminaba de vigía el maestro de ceremonias delegado por

el augusto consorte para la presentación. Don Sindulfo, Benjamín y

Juana hacían uso de su derecho de rodear la litera como miembros de

la familia. Los cortesanos y la servidumbre venían detrás. Fuerzas de

caballería cerraban la marcha.

Depuesta la preciosa carga en mitad del patio, previas las rituales

genuflexiones, King-seng entregó la llave del palanquín al monarca

que, saliendo al encuentro de su futura, la condujo al templete. Acto

continuo el jefe de los letrados leyó los preceptos de Confucio sobre

los deberes que contrae la mujer para con el marido; y a felicitar

a Hien-ti comenzaba en nombre de la academia cuando una melancólica

canción de ritmo particular hizo volver la cabeza a los circunstantes

que, atónitos, vieron aparecer a la emperatriz por entre las abiertas

fauces del dragón sagrado.

--_¡Sun-ché!_ --exclamó toda la corte presa de sentimientos distintos.

--¡Traición! --gritó Hien-ti ante la resurrección de su víctima.

Pero la extrañeza de los celestiales al recuperar a su soberana era

juego de niños ante la que experimentó Juanita al sentirse cogida de

los brazos como con tenazas por don Sindulfo y Benjamín que, con

los ojos fuera de las órbitas y el pelo de punta balbuceaban entre

sacudidas nerviosas:

--¡Mamerta!...

--¡Mi mujer!...

Juanita creyó que estaban locos; pero no; era en efecto que los sabios

habían reconocido en las modulaciones de aquella cantinela el célebre

e ininteligible estribillo con que, en vida, les destrozaba el tímpano

constantemente la hija del banquero, la muda de los garbanzos, la

esposa del inventor ahogada con su padre, como recordarán mis lectores,

al tomar un baño en las playas de Biarritz.

En vano buscaban en los rasgos fisonómicos de la emperatriz trazos que

acusasen alguna afinidad con la difunta. Empezando por que hablaba,

todo en ella era diametralmente opuesto; mas no obstante, aquella rara

melodía ¿era posible que fuese calcada con tan asombrosa exactitud

de pausas e inflexiones por otro ser humano nacido a más de tres mil

leguas de distancia y a dieciséis siglos de separación del primitivo

ejemplar?

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 8 / 24 段