exarcas que dirigían los destinos de la parte de Italia sometida al
poder de Bizancio. Gobernada por las instituciones municipales del
Bajo-Imperio, estaba distribuida en escuelas para las milicias urbanas;
pero una bárbara costumbre tenía allí lugar. Los días de fiesta,
jóvenes y viejos, niños y mujeres, cualquiera que fuese su condición,
salían de la ciudad y, divididos en bandos, se libraban a unas pedreas
de que resultaban siempre heridos y muertos. Gozoso volvía Benjamín
de un convento en que, gracias a los harapos de mendigo que se había
colgado, recibiera abundantes provisiones; y dirigiéndose iba hacia su
vehículo, cuando una desaforada gritería y una multitud de gente que
avanzaba en precipitada fuga le dieron a comprender, compulsando fechas
y según lo que en Agnelli había leído, que atravesaba aquel histórico
momento en que los de la puerta Tiguriana, vencedores de los de la
poterna de Sommovico, los persiguieron hasta dar cuenta de la mitad del
opuesto campo.
--Esto no reza conmigo --dijo para su capote el viajero, y se echó a
correr a campo traviesa; pero los guijarros llovían con tal profusión
que a fin de acelerar su marcha no titubeó en apoderarse de un burro
lombardo que pacía en una pradera y cuyos lomos oprimiendo sacó al
escape. Desgraciadamente una piedra salida de una honda tiguriana
hirió con tan mala suerte a su cabalgadura que, dándole de lleno en un
corvejón, le rebanó la pata por entero sin que al reponerse de la caída
pudiera el jinete dar con el miembro mutilado que deseaba conservar
como recuerdo de aquel drama cuyo fin, según diremos de paso, fue el
siguiente: Vencidos los de la poterna simularon una reconciliación; e
invitando a un festín a los de la escuela Tiguriana, los degollaron
a todos arrojando sus cadáveres en las cloacas. Los traidores fueron
ahorcados, sus muebles consumidos por el fuego; y, allanadas sus
viviendas, el área en que se alzaban fue conocida en adelante con el
nombre del _barrio de los asesinos_.
Restituido milagrosamente Benjamín al Anacronópete, compartió su
pitanza con Clara y con Juanita que desde la desaparición del ejército
no salían de su cuarto en el que la aflicción las tenía relegadas;
propinó algunas yerbas saludables que había cogido para don Sindulfo y
emprendió su marcha hacia el celeste imperio. Pero al abrir su armario
para hacer unas apuntaciones en el diario de bordo ¿qué creerán mis
lectores que encontró dentro? Pues nada menos que la pata del burro
hirsuta y sanguinolenta ocupando en el casilicio el lugar del famoso
hueso que el desgraciado comprara en Madrid a peso de oro tomándolo
por una canilla de hombre fósil descubierta en las inmediaciones de
Chartres.
Por fin sonó el año 220 en el cuadrante del tiempo relativo y, haciendo
alto el coloso en los arrabales de Ho-nan, la esperanza de hacerse
dueño del secreto de la inmortalidad borró el desengaño antropológico
de que jamás hizo mención Benjamín a sus compañeros de viaje.
Repuesto ya don Sindulfo de su acceso, aunque con la razón no muy
conforme, como se verá por el curso de los acontecimientos, y
entregadas las muchachas a esa obediencia pasiva que es la indiferencia
del dolor, dispusiéronse todos a penetrar en la corte de Hien-ti, no
sin que previamente cohonestara el políglota la desaparición de las
francesas con una insurrección a bordo que le había puesto en el caso
de desembarcarlas según sus deseos.
Nadie le hizo observación alguna sobre el particular.
Clara y Juanita sentían el corazón muy lacerado para ocuparse de otra
cosa que de su desgracia, y el sabio por su parte, silencioso como
un marmolillo, solo tenía puesta su imaginación en su proyecto, que
era desembarcar en una época de oscurantismo y de autocracia donde la
arbitrariedad de las leyes le permitiera obligar a su pupila a llamarse
su esposa.
La ciudad estaba desierta. La primera emperatriz había fallecido
la noche antes, y el luto nacional, según el edicto del emperador,
prohibía a todo hijo del celeste Imperio salir de sus viviendas ni
abrir puertas ni ventanas en el transcurso de cuarenta y ocho horas.
Llegados los viajeros a los muros de Ho-nan e interrogados por el jefe
de la guardia acerca de sus designios, Benjamín, que era el intérprete
de la expedición, le expuso sus deseos de ser recibidos en audiencia
por el emperador Hien-ti. El traje de los excursionistas, los rasgos
fisonómicos de la raza europea, la vigilancia que se le tenía prescrita
y la sospecha de que los anacronóbatas pudieran ser sectarios de los
_Tao-sse_, tan perseguidos a la sazón por el partido de los letrados
dueños del poder, hicieron parar mientes al oficial, y creyendo servir
con ello la causa de su monarca, dispuso que, escoltados por su gente y
con los ojos vendados, fueran conducidos a la presencia del emperador.
Obtenida la venia del monarca, los viajeros, no sin gran susto
aunque tranquilizados por la erudición de Benjamín que se esforzaba
en persuadirles de que en la conducta del jefe de guardia no había
malevolencia sino cumplimiento del ritual observado en la corte china,
se encontraron delante de Hien-ti.
Era este soberano un hombre corrompido, de condición viciosa, en quien
la sed de placeres no bastaba a saciar el insultante lujo de que se
rodeaba a costa de sus abyectos vasallos. El palacio o _yamen_ que
habitaba y del que tomó copia el príncipe _Tchao_ para construir el
suyo en _Yé_ un siglo más tarde, era de una suntuosidad indescriptible.
En sus muros no se veía sino mármol y en sus techos resbalaban los
rayos del sol sobre la tersa superficie de los barnices y las lacas.
Las campanillas que colgaban de los cornisamentos eran de oro; de plata
las columnas que sostenían el entablamento, y toda suerte de piedras
preciosas esmaltaban los cortinajes que cubrían las puertas.
Las más hermosas mujeres, así de la clase mandarina como de la plebe,
lo habitaban con más de diez mil personas que entre astrólogos y
artistas formaban el séquito del emperador. Mil doncellas montadas en
corceles ricamente enjaezados le servían de guardia y le acompañaban en
sus excursiones, cuando no se hacía llevar en un ligero carruaje tirado
por corderos adiestrados que se paraban allí donde una de las cinco
mil actrices destinadas a la voluptuosidad de Hien-ti, ofrecía a los
rumiantes pastos frescos para detener su carrera y lograr la insigne
honra de que el monarca se reposase en sus brazos.
Apenas los viajeros se presentaron en la estancia en que los aguardaba
Hien-ti, este no pudo reprimir un movimiento de sorpresa, arrancado
por la hermosura de Clara. Dominándose no obstante por el decoro que
le imponía su condición de viudo, contentóse con cruzar una mirada de
inteligencia con su primer ministro Tsao-pi; quien a su vez, y tal vez
por adulación hacia su amo, hizo un gesto significativo contemplando a
Juanita como quien dice: «Pues esta otra tampoco me parece a mí costal
de paja.»
Nos llevaría tan lejos la descripción del ceremonial empleado en la
entrevista y el extraño estilo usado por los interlocutores que, para
dar una idea de ambos, haremos un resumen de lo que el historiador
Cantú y otros sinólogos cuentan sobre el particular; advirtiendo
de paso que estos usos siguen practicándose hoy en China casi en
absoluto, pues sabido es que el estacionamiento constituye la base de
su carácter.
«La cortesía artificial de los chinos --dicen los que de relatar
estas ceremonias se han ocupado-- se manifiesta en todos sus actos,
en sus visitas sujetas a reglamentación, en el modo de colocarse en
ellas según la categoría, en su manera de andar y en sus interminables
cumplimientos. Jamás emplean el _yo_ personal en la conversación;
dicen, sí, _vuestro criado_; o si el rango lo exige, _vuestro indigno
y humilde esclavo_. No dirigen la palabra a nadie sin tratarle de
_muy noble señor_. Su país es _vil, miserable y abyecto_, lo mismo
que sus presentes por suntuosos que los hagan; al paso que cuanto
pertenece al _señor_ a quien hablan es _digno de la consideración
más elevada_. En sus visitas todo esta prescrito por el código de la
etiqueta, que tiene fuerza de ley, y el que descuidase la menor de sus
prescripciones inferiría al otro un insulto, quedaría deshonrado y
hasta se haría acreedor a un castigo. Los embajadores europeos quedaban
antes sometidos a cuarenta días de aprendizaje y eran examinados por
el tribunal de los ritos; transcurridos los cuales, si cometían algún
yerro ante el emperador, eran responsables de él sus institutores.»
«Cuéntase que un duque de Moscovia rogó al emperador en sus
credenciales que dispensara a su enviado si, falto de práctica, caía
en alguna falta venial; y que el Hijo del cielo dando sus pasaportes
al plenipotenciario, contestó en estos términos al soberano moscovita:
_Legatus tuus multa fecit rústice._»
«Pero no es solamente en la corte donde se procede así; todo chino que
desea hacer una visita a otro, sea letrado o mercader, hace presentar
por el criado que le precede una tarjeta (_tie tsée_) con su nombre y
sus cumplidos, en la que se lee por ejemplo: _El amigo tierno y sincero
de su señoría, o el discípulo perpetuo de su doctrina se presenta para
hacerle su reverencia hasta el suelo._
»Si el visitado le recibe, la silla o litera entra a través de los
patios hasta la sala de recepción. Llegado a ella el ceremonial marca
uno por uno los saludos que deben hacerse, las conversiones a derecha
y a izquierda, las cabezadas, la súplica de pasar el primero y el
no aceptarlo, la reverencia que el amo de la casa tributa al sitial
destinado al huésped que este no ocupa sin que aquel le limpie antes
el polvo con sus vestidos. Siéntanse por fin con la cabeza cubierta,
pues lo contrario sería irreverente, y empieza la conversación cuidando
mucho de llamarse viejos, refinamiento exquisito de amabilidad y
buena educación. En seguida se sirve el té para el cual hay también
su manera de ofrecerlo, de aceptarlo, de llevárselo a la boca y
de devolvérselo al criado. Al despedirse, media hora bien contada
se pierde en palabrería vana de la que tienen a provisión un buen
repuesto. Si uno dice una galantería, _fei-sin_ responde el otro, es
decir: _Prodiga usted su corazón._ El menor servicio le vale a uno
un _Sie-putsin_. (_Mi gratitud no puede tener fin._) Favor pedido va
siempre acompañado del indispensable _te-tsui_ (_¡Qué gran pecado
tomarme tamaña libertad!_) La alabanza no se recibe sin protestar _Ki
can_. (_¿Cómo poder creerlo?_) Y el postre de toda comida es esta frase
del anfitrión: _Yeu-mau, tai-man_. (_Mal te hemos recibido, mal te
hemos tratado._)»
«El amo de la casa sale a la puerta para ver subir en la silla a su
amigo. Este asegura que no lo hará nunca en su noble presencia: y
después de un cange de instancias y de negativas, aquel se retira y el
otro se mete en la litera; pero aún no se ha sentado cuando el primero
llega a la carrera para desearle feliz viaje. El huésped le devuelve
sus saludos, insiste en no marcharse sin que el amigo se retire, y
aunque el amigo dice que allí permanecerá clavado hasta perderle de
vista, el buen tono aconseja que al cabo sea él quien después de muchas
dificultades ceda y se aleje. Parte el huésped, y apenas ha dado
unos pasos, cuando el que lo recibió sale a la puerta para darle el
adiós último al que el otro responde por gestos sacando la cabeza por
la ventanilla; hasta que al fin logra llegar a su casa, y a los dos
minutos un criado del anfitrión viene a enterarse de su salud de parte
de su amo, a darle las gracias por su visita y a hacer votos para que
se repita en breve.»
Enterados de estas minuciosidades, demos cuenta en nuestro estilo usual
de la interesante entrevista que los cuatro viajeros tuvieron con el
emperador Hien-ti y con su primer _calado_, en el palacio de la corte
de Ho-nan.
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO XIII
La Europa del siglo XIX ante la China del siglo III
El espectáculo de tantas maravillas acumuladas no pudo menos de sacar
de su estupor a Clara y a Juanita; especialmente a la última que, si
bien no logró reconquistar su buen humor, empezó a hacer uso de la
palabra.
--Oiga usted --preguntó dirigiéndose a su amo--. ¿Pues no dicen que
los chinos llevan coleta? ¿Cómo es que estos son rabones?
--Porque los celestiales --le contestó don Sindulfo-- conservaron
su integridad capilar hasta el siglo XVII en que, vencidos por los
tártaros manchures, estos les obligaron a dejarse crecer en la cabeza
un _como rabo de perro_ en señal de esclavitud.
--Me lo estudiaré --dijo gravemente la de Pinto, sentándose a una
indicación del calado.
Terminado el ritual de las salutaciones, el emperador interrogó a
los viajeros acerca de su origen y del objeto que los conducía a su
presencia; a lo que Benjamín respondió que eran habitantes de la región
occidental; que vivían en una época mil seiscientos años posterior a
la suya, y que, poseedores del secreto de retrogradar en los siglos,
acudían a Ho-nan para inquirir el principio de la inmortalidad
predicado por los _Tao-sse_ y poder, perfeccionándolo, abrir al hombre
las puertas del porvenir como ya le tenían abiertas las del pasado.
Hien-ti cruzó con su valido una mirada de inteligencia. Para ellos era
indudable que los excursionistas pertenecían a la secta derrotada de
los embaucadores que con tan inverosímiles relatos trataban sin duda
de alucinar a la corte y al pueblo, para renovar las luchas de los
_gorros amarillos_. Su sentencia de muerte estaba tácitamente dictada
desde aquel instante, si bien el arrobamiento con que contemplaba
las facciones de ambas doncellas parecía presagiar en su favor una
conmutación de la pena capital.
--¿Y qué pruebas podéis aducir que nos den testimonio de vuestra
veracidad? --adujo el monarca a fin de conocer los subterfugios de que
los impostores pensaban servirse para cohonestar sus afirmaciones.
--Señor --repuso Benjamín--. Tarea fácil ha de sernos la de
convencer a V. M. con solo presentarle alguna pequeña muestra de los
progresos operados por la civilización en los dieciséis siglos
que nos separan, y de que tan buen uso puede hacer el imperio, ya
apropiándose los realizados en otras naciones, o ya anteponiéndose en
su descubrimiento a los que, en centurias muy posteriores a la que
atravesamos, llevó a cabo la China.
--En efecto --dijo Hien-ti con una sonrisa de incredulidad--. Si la
cosa es como aseguras, bien merece tomarse en cuenta. Haznos admirar
esas maravillas de la civilización.
Benjamín no se hizo repetir la orden; y, echando mano a un saquito de
noche que a prevención llevaba provisto de multitud de zarandajas,
empezó a vaciarlo con el orgullo de un hijo del siglo XIX que, engreído
con las conquistas de su época, cree poder burlarse impunemente de
sus antecesores, a quienes, después de todo, debe la base de unos
conocimientos que él no ha hecho las más veces sino perfeccionar.
--Aquí tenéis --dijo exhibiéndolo con paternal solicitud-- un vaso de
bronce, imitación del ánfora griega. Sustancia fusible desconocida en
vuestro imperio, cuyas aplicaciones os será grato saber.
--Poco a poco --replicó el emperador cortándole el discurso y llevando
a Benjamín a una puerta, ante cuyas antas se erguían dos colosales
jarrones del mismo metal.
--¡Cómo! --preguntó el políglota aturdido--. ¿No solo tenéis idea de la
fusión sino que sabéis aplicarla a trabajos artísticos monumentales?
Hien-ti no pudo reprimir una carcajada; y poniendo el dedo sobre unos
caracteres chinos que por los adornos corrían:
--Lee aquí --añadió.
El atribulado viajero dio un paso atrás, producido por el asombro,
al ver sobre el cuello del vaso esta máxima: _A fin de mejorar tu
condición purifícate cada día_; lema perteneciente a todos los enseres
del uso del emperador _Chang_ fundador de la segunda dinastía, y de
cuya autenticidad no dejaba duda el sello de su reinado que campeaba en
el centro.
--Señores --gritó Benjamín dirigiéndose a los suyos--. Estos jarrones
han sido fundidos en el año 1766 antes de la era cristiana.
--De modo --interpuso el tutor-- que según nuestra cuenta, tienen de
existencia casi treinta y seis siglos y medio.
Mordiéndose los labios por despecho arqueológico estaba aún Benjamín,
cuando descubriendo, a través de la pedrería que lo ocultaba, el fondo
del cortinaje:
--¿Qué es esto? ¿También os es familiar el arte de tejer la seda?
--Tu ignorancia me asusta --le contestó el calado--. ¿No sabes que
ese descubrimiento tuvo lugar en el año sesenta y uno del reinado de
_Hoang-ti_, época en que dan principio para los letrados los tiempos
históricos de la China y el ciclo de sesenta años divididos estos en
365 días y 6 horas, base de nuestro cómputo?
--Y apuesto --dijo Juanita al oír la traducción-- que ese don _Juan
Tic_ era ya viejo en tiempo de Jesucristo.
--Como que floreció 2698 años antes --replicó don Sindulfo.
--Lo que yo decía; contemporáneo de usted.
--Pase por el bronce y vaya en gracia la seda --insistió Benjamín, que
no se acomodaba a ser vencido en el certamen--. Pero a fe que esto no
sabrá V. M. para lo que sirve.
Y desdoblando un papel presentó al emperador una brújula.
Hien-ti se sonrió con el ministro; y, conduciendo al políglota a una
ventana que sobre el río caía,
--¿Ves esos barcos? --le preguntó.
--¡Con casco de hierro! --exclamó el interpelado atónito, pudiendo
distinguir las planchas del forro a través de la luz crepuscular.
--Sí; hace ya seiscientos años que no nos servimos de los buques de
madera; y más de doce siglos que hacemos uso en ellos de ese aparato
que tú nos presentas como una maravilla y cuya invención sabe el cielo
a quién pertenece.
Absortos estaban los dos sabios sin acertar a darse la explicación de
lo que veían, cuando un confuso tropel de gente que, gritando para
abrirse camino, precedía a unos carromatos de extraña forma, les sacó
de su atolondramiento.
--¿Qué ocurre? --inquirió don Sindulfo.
--Nada importante --repuso Tsao-pi--. Algún incendio. Eso son las
bombas que van a sofocarlo.
--¡Las bombas! --prorrumpieron todos.
--Que le echen a usted un roción --dijo la de Pinto a su amo-- a ver si
le calman a usted esos ardores de la juventud.
--Pero esa invención --añadió Benjamín oponiéndose aún a la evidencia--
como la de los pozos artesianos, la porcelana, los puentes colgantes,
los naipes y el papel moneda, no datan en China, según nuestros
historiógrafos, sino de los siglos octavo al trece, y estamos a
principios del tercero. Pues si bien es cierto que el sabio sinólogo
Estanislao Julien comunicó en 1847 a la academia de ciencias de París
la fecha de ciertos descubrimientos de los chinos, las épocas que cita
parecen tan fabulosas que el orgullo europeo se resiste a aceptarlas.
--¿Y qué dice de nosotros ese buen señor?
--Supone que en el siglo X de nuestra era ya poseíais el grabado y la
litografía.
El emperador por toda respuesta le enseñó su retrato y el de su
difunta, que, hechos por ambos procedimientos, pendían de los muros con
siete siglos de antelación a la hipótesis de Julien.
--¿Y qué más refiere? --añadió Hien-ti.
El políglota, bajando la voz, repuso:
--Que en el siglo XI erais dueños de la maravillosa invención de
Gutenberg.
Y así diciendo le alargó un periódico al monarca, explicándole al
propio tiempo la misión que venía a llenar la prensa periódica.
--¡Ah! Sí. Mi predecesor trató de permitir la publicación de una
gaceta con el fin de que todos sus vasallos pudieran convertirse en
censores de los abusos del poder; pero en vez de utilizarla ellos como
instrumento de censura, la convirtieron en palenque de diatribas e
insultos, y fue preciso derogar la autorización y limitar el permiso de
imprimir a la publicación de nuestros libros sagrados.
E hizo ver a los viajeros un ejemplar de los apotegmas de Confucio que,
ricamente encuadernado, yacía sobre un velador.
Los dos sabios se abalanzaron a él con hidrofobia bibliómana; pero
las sombras de la noche eran ya tan espesas que no lo hubieran podido
examinar si Tsao-pi, dando la orden de encender las luces, no hubiera
mandado entrar a unos esclavos que con unas esponjas, empapadas en
cierta substancia inflamable, llenaron de claridad el recinto con solo
aplicar la llama a unos mecheros salientes en el muro.
--¡Gas! --fue el grito unánime.
--Sí, gas --dijo tranquilamente el emperador.
--¿Pero de dónde lo extraen?
--Del seno de la tierra; de las materias fecales, cuyas emanaciones
conducimos a donde queremos merced a unos tubos subterráneos.
--Eso también lo dice Julien; pero se lo atribuye al siglo VIII. No os
admire, señor, nuestra extrañeza; pues aunque teníamos vagos indicios
de vuestros adelantos, son estos tales y tan en abierta contradicción
con la decadencia y el atraso de la China del siglo XIX, que no
nos atrevíamos a dar crédito a la civilización del pasado por el
estacionamiento y hasta retroceso del presente.
--Todas las naciones que alcanzan un gran desenvolvimiento, suelen ver
desaparecer su grandeza, que utilizan otros estados nacientes --arguyó
Hien-ti, no creyendo prudente, en razón de los planes que abrigaba,
decir a los viajeros que eran unos impostores vulgares que querían
hacer pasar por prodigios de supuestas edades futuras las nociones más
rudimentarias de la ciencia practicada a la sazón.
[Ilustración]
--¿De modo que habrá que tomar por artículo de fe el aserto de Julien
que, con la tinta y el papel de trapo, coloca la pólvora entre los
descubrimientos del siglo segundo, anterior a Jesucristo?
--¿La pólvora?
--Sí. Esa composición de setenta y cinco partes de sal de nitro con
quince y media de carbón y nueve y media de azufre, atribuida en la
Edad media al monje alemán Schwartz, y que el sinólogo en cuestión cree
que fue introducida en Europa, de la China, donde el nitrato de potasa
lo da ya preparado la naturaleza.
--Como no te refieras a los cañones, no sé qué quieres decir. A ver si
es esto.
Y tomando el emperador de una panoplia una flecha embadurnada de
un polvo negro (que no era otra cosa sino pólvora), a cuyo extremo
inferior había un cohete amarrado, prendió fuego a la corta mecha que
de este pendía, apoyó el rehilete en la cuerda del arco y disparándolo
por la ventana se incendió en el espacio como una lengua de fuego,
acrecentando su marcha con la nueva fuerza impulsiva que le prestaba la
explosión del petardo en la atmósfera.
El monje alemán quedó relegado desde aquel momento a la categoría de
los seres fabulosos.
--No dudo --prosiguió Hien-ti-- que todos estos procedimientos
se perfeccionarán con la marcha de los siglos; pero ya veis que
esencialmente no podéis enseñarnos nada nuevo; y la prueba es que
venís a nuestros dominios en busca del secreto de la inmortalidad que
se tiene por dogma entre los sectarios de los espíritus del celeste
imperio. Pues bien; no quiero que vuestro viaje sea infructuoso. Yo os
descubriré ese arcano con una condición.
--¿Cuál?
--Ayer he perdido a la emperatriz mi compañera; las leyes me autorizan
a tomar nueva esposa transcurridas que sean las cuarenta y ocho horas
del luto nacional. Mañana vence el plazo. Concededme que comparta el
trono con esta linda joven.
Y acompañando la acción a la frase puso entre las suyas la mano de
Clara que, asustada, la retiró, pidiendo que la explicaran tan brusca
acometida. La traducción que Benjamín les hizo de la exigencia del
monarca sublevó a la pupila y exasperó a don Sindulfo, que en vano
había puesto en las autoritarias leyes del imperio la esperanza de ser
el esposo de su sobrina.
--Dígale usted que no se ha hecho la miel para la boca del asno
--argumentaba la maritornes. Y todos, menos el políglota, se disponían
a protestar tumultuosamente, cuando la idea de poder perder la vida si
se obstinaban en rehusar, sugirió a don Sindulfo un plan conciliador.
--Finjamos ceder --dijo por lo bajo a los suyos--, y una vez
restituidos al Anacronópete, a donde pediremos que se nos conduzca
para disponer los trajes de ceremonia, nos ponemos en movimiento y que
nos echen galgos.
Las muchachas asintieron a la proposición; pero Benjamín se resistía
porque la fuga le privaba del secreto de la inmortalidad tan codiciado.
Sin embargo, no tardó en avenirse aparentemente, pues abrigaba el
proyecto que más tarde se verá.
[Ilustración]
Entre tanto el emperador organizaba con su ministro la manera de
desembarazarse de los embaucadores, en cuanto la autoridad del jefe de
la familia (tan ineludible en China para el matrimonio) le concediese
el honor a que aspiraba.
El ritual chino prescribe que la novia quede en su casa hasta que la
comitiva nupcial vaya en su busca para transportarla a la del marido.
Determinóse, pues, que los viajeros volviesen a su morada de donde al
día siguiente por la noche iría a sacarla el cortejo imperial.
Despidiéronse todos de Hien-ti y de su ministro; y, acompañados de
una guardia de honor, para custodiar exteriormente el Anacronópete,
y de multitud de esclavos cargados de provisiones y presentes, se
encaminaron los anacronóbatas al vehículo cuya puerta abrió Benjamín
entrando en él el primero.