profundo, que un grito unánime salió de todos los labios en demanda de
socorro; y las viajeras, dejando a Clara en el gabinete al cuidado de
Juanita, echáronse en busca de los sabios encontrando felizmente en el
laboratorio a Benjamín que consiguió a duras penas imponer silencio a
aquella rebelde turba.
--¿Qué significa esto? --preguntó la más osada--. ¿Tratáis de volvernos
a envejecer?
--Que se nos admita a libre plática --argumentaba otra--. Ya hemos
pasado la cuarentena.
--¡No más lazareto! --vociferaban a coro.
Benjamín, que no acertaba a darse razón de lo que veía, estudiaba el
caso con los ojos fijos en el suelo; y maquinalmente al notar un objeto
que relucía, lo recogió y dio con un ochavo moruno.
--Alguna moneda que se le ha caído a un kabila --dijo Niní llamándole
la atención hacia lo más urgente--, no haga usted caso de eso.
--Pero si esta moneda --repuso el políglota-- procede de un marroquí,
¿cómo, no estando sometida a la inalterabilidad, subsiste todavía?
Debería haberse descompuesto toda vez que viajamos hacia atrás.
--Acaso sea más antigua que el año en que nos hallamos.
--No. Su fecha es del 1237; y como el cómputo árabe principia en 622,
época de la Hégira, este ochavo corresponde al 1859 de nuestra era
o sea al año anterior en que fuímos atacados por los riffeños y que
debimos trasponer tres minutos después de la invasión.
--¿Entonces?... --interrogaron las atónitas viajeras con la mirada.
Y como Benjamín dirigiese la suya hacia el cuarto de los relojes:
--¡Maldición! --dijo al consultar el cronómetro del tiempo relativo.
E inmediatamente hizo parar en seco el Anacronópete.
--¿Qué es ello?
--Que al querer moderar hace poco la locomoción, he rebasado sin duda
la línea de la aguja y caminábamos hacia adelante. Hemos deshecho lo
andado. Estamos sobre Versalles a 9 de julio o sea en la víspera del
día que salimos de París.
La alegría que se pintó en el rostro de las viajeras al convencerse de
que, sin detrimento de su juventud, eran restituidas al teatro de sus
operaciones, no hay quien la describa. Todas suplicaron a Benjamín que
las desembarcase; y aunque este temía las iras de don Sindulfo, pudo
más en él la idea del ridículo de que iba a cubrirse cuando su colega
advirtiese su ineptitud. Así es que confiado en el seguro del secreto,
toda vez que ni Clara ni Juanita eran testigos de su derrota; y en la
persuasión de cohonestar con una medida de buen gobierno el abandono
de las agregadas, determinóse a darles gusto, lo que le valió una
abundante y envidiable cosecha de abrazos y besos.
El vehículo descendió majestuoso en el parque contiguo al Trianon; las
viajeras lo abandonaron sigilosamente, y Benjamín, dando la velocidad
máxima se echó por el espacio a desquitarse de lo perdido diciendo:
--Ahora a China en busca del secreto de la inmortalidad.
Al día siguiente los periódicos de París traían dos noticias: una que
fue comentada por todos los desocupados de los bulevares; otra que solo
conmovió al mundo sabio.
Decía la primera, que habían sido reducidas a prisión doce jóvenes
que, valiéndose de las circunstancias, querían explotar la credulidad
pública haciéndose pasar por las expedicionarias del Anacronópete;
siendo así que en ninguna de ellas se encontraban trazos que acusasen
ser las agraciadas por la Prefectura, donde constaba su filiación y
se les había entregado pasaportes de que las impostoras no venían
provistas a su regreso.
La segunda era más lacónica aunque más trascendental para la ciencia,
en cuyos anales sigue constando como artículo de fe: se reducía a dar
cuenta de que a las nueve y cuarenta y cinco minutos de la mañana
el observatorio astronómico había presenciado la caída de un enorme
aereolito en las inmediaciones de Versalles.
¡Así se escribe la historia!
[Ilustración]
CAPÍTULO XI
Un poco de erudición fastidiosa aunque necesaria
El día 14 del noveno mes del año 604 (antes de J. C.) en la aldea de
Li, estado feudal de Tsou, hoy provincia de Hou-nan, nacía con los
cabellos blancos después de ochenta y un años de gestación (al decir
de sus sectarios) el gran metafísico de la China, apellidado por esta
circunstancia Lao-tseu o sea el viejo niño.
Hasta su aparición, la filosofía más remota del Celeste Imperio estaba
reducida al _Y-King_, enciclopedia puesta en orden por _Fo-hi_, en
quien los historiadores creen reconocer a Noé después que salió del
Arca e hizo su viaje a la provincia de _Xen-si_ cerca del monte Ararat
en la parte opuesta de la Bactriana. Su fundamento es enseñar el
origen de las cosas y las transformaciones sufridas en el curso de las
edades. Dios es considerado en ella como la piedra angular sobre que
todo descansa. Es a un tiempo mismo _Ly_ y _Tao_ (razón y ley) y como
tal se revela a la inteligencia humana.
Lao-tseu, guiado por una sabiduría apacible, enseñó a despreciar las
pasiones, a elevarse sobre todos los intereses, grandezas y glorias
terrenales, recomendando hacer abnegación de sí propio en beneficio de
los demás y humillarse para ser enaltecido: lenguaje que recuerda la
humildad y la caridad de la doctrina del Salvador.
Todo el tesoro de su inteligencia lo encerró en su obra titulada
_Tao-te-King_. _King_ significa que el libro es clásico: _Tao_ y _Te_
son las palabras porque empiezan las dos partes de que consta su
tratado y que, como sucede con el Pentatéuco, le han servido para darle
el nombre. Ambos títulos reunidos quieren decir _Libro de la razón
suprema y de la virtud_.
He aquí un fragmento que confirma que, ante el espectáculo de las
desgracias de su patria, en vez de aspirar a una reforma, como Confucio
lo hizo más tarde, Lao-tseu se aisló, exhortando al hombre a buscar el
bien supremo en la soledad ascética y haciéndolo consistir en la calma
absoluta:
«El hombre, dice, debe esforzarse en obtener el último grado de
_incorporeidad_ a fin de conservarse tan inalterable cuanto le sea
posible. Los seres aparecen en la vida y cumplen sus destinos: nosotros
contemplamos su renovación sucesiva por la cual cada uno de ellos
vuelve a su origen. Volver a su origen significa ponerse en reposo;
ponerse en reposo es restituir su mandato; restituir su mandato es
hacerse eterno. El que sabe hacerse eterno es iluminado; el que no, se
convierte en víctima del error y de todas las calamidades.»
Esta moral, que podemos llamar pasiva, fue exagerada por sus
prosélitos que se apellidaron _Tao-sse_ o sean doctores celestes. Y
en efecto, mientras Lao-tseu no asentaba el bien público y el privado
sino en el ejercicio de la virtud y en la identificación con la razón
suprema para dominar los sentidos y alcanzar la impasibilidad, sus
sectarios abusaron de esta inacción para abandonarse a un rígido
ascetismo; y, proclamando que la sabiduría engendra los desórdenes,
recomendaron al pueblo la ignorancia más absoluta, reservándose no
obstante las artes cabalísticas y adivinatorias a fin de embaucar con
ellas a las masas cuando, a la aparición del budismo en China, los
_Tao-sse_ se confundieron con los bonzos.
Las dos sectas de los _Yang_ y los _Me_ no son sino ramas del mismo
tronco: sus diferencias son tan insignificantes que no merecen ser
reseñadas sino comprendidas en el principio fundamental de la religión
de los _Tao-sse_, cuya consecuencia fue elevar a dogma la ociosidad entre
las clases ignorantes.
El año 551 antes de la era vulgar, hacia el solsticio de invierno del
año vigésimo segundo del reinado de _Ling-uan_, nació en la aldea de
_Tseu_, reino feudal de _Lu_ (hoy provincia de _Chan-tung_), el gran
_Kun-fu-tseu_ o Confucio como le llamamos en Europa.
Tan distante este filósofo de la ciega credulidad como de las mágicas
ficciones de los _Tao-sse_, jamás se ocupó ni de la naturaleza humana, ni
del principio divino, ni de la metafísica en fin. Su carácter no es el
de un innovador; limítase tan solo a restablecer las bases de la moral
práctica de las sociedades primitivas.
«Lo que yo os enseño, decía él, lo podéis aprender por vosotros mismos
haciendo un legítimo uso de las facultades de vuestro espíritu. Nada
tan natural ni tan sencillo como la moral cuyas prácticas saludables
trato de inculcaros. Todo lo que yo os predico, los sabios de la
antigüedad lo han ejecutado ya. Su práctica se reduce a tres leyes
fundamentales: de relación entre vasallos y señores, entre padre e
hijo y entre marido y mujer, y el ejercicio de estas cinco virtudes
capitales: la humanidad, es decir, el amor de todos sin distinción
ninguna; la justicia, que da a cada uno lo que le pertenece; la
observancia de las ceremonias y usos establecidos, a fin de que
todos los que viven juntos sigan una misma regla y participen de
las mismas ventajas y de los mismos inconvenientes; la rectitud de
juicio y de sentimiento para buscar y desear lo verdadero en todo,
sin alucinaciones egoístas para sí, ni apasionadas para los otros;
la sinceridad, o sea un corazón abierto que excluya la ficción y el
disimulo, así en las palabras como en las obras. Estas son las virtudes
que han valido el dictado de venerables a los primeros institutores del
género humano, en vida, y los han conducido después a la inmortalidad:
Tomémoslos por modelo y esforcémonos en imitarlos.»
Tal es en resumen la moral de Confucio, cuyo carácter distintivo es
hacer derivar todos los deberes de los de la familia, y reducir las
virtudes a una sola: la piedad filial. Su dogma es la obediencia del
inferior al superior.
En cuanto a metafísica, he aquí lo que al padre Pedranzini decía un
mandarín sectario de Confucio:
«Nosotros nos guardamos mucho de decidir sobre cosas que no son
evidentes y que los sabios antiguos tenían por inciertas. El axioma
de los hombres santos consiste en la partícula si, puesto que dicen:
Si hay un paraíso, los virtuosos gozarán en él mil delicias; si hay
un infierno, los malvados serán precipitados en él; pero ¿quién puede
afirmar que existan o no? Abstenerse del mal y hacer bien, he aquí
el punto importante. El _Tai-hio_ recomienda que lo principal es la
virtud y lo accesorio las riquezas y el bienestar. El _Liun-in_ encarga
que no hagas a otro lo que no quieras para ti. Todo estriba en esto.
Procédase así y basta; las felicidades del paraíso, si hay uno, vendrán
como consecuencia.»
Esta moral fue la que dominó en las clases ilustradas cuyos sectarios,
hostiles a los preceptos oscurantistas de los _Tao-sse_, tomaron el
nombre de _letrados_ y su comunión el de _academia_.
Entre los discípulos de Confucio el más notable es Meng-tseu o Mencio,
muerto en 314 (a. de J. C.). Afligido de ver triunfantes las dos sectas
de _Tao-sse_, o sean la de _Yang_ que predicaba el egoísmo como el
principal regulador de las acciones humanas, y la de _Me_ que sostenía
que el afecto debía extenderse a todos por igual sin distinción de
parentesco, propagó una filantropía generosa basada en la moral de
Confucio cuyo resumen es este: «_Sirve bien al cielo quien sigue la
recta razón._» Su libro reunido a los tres de apotegmas de Confucio, es
aún hoy de texto entre los que aspiran a los cargos públicos.
Vemos, pues, dos grandes grupos disputándose el dominio de las
conciencias: la metafísica de Lao-tse, relajada por los mágicos
procedimientos de los _Tao-sse_, sus sectarios, dueña de las masas
ignorantes y perezosas: la moral de Confucio, observada por los
letrados, alumbrando las inteligencias privilegiadas y siendo,
por decirlo así, la religión del estado, patrocinada y seguida
por los emperadores, indiferentes más que tolerantes de todas las
demás prácticas y creencias. Hubo sin embargo una época en que los
cabalísticos amenazaron invadirlo todo. Fue en el siglo II (antes
de J. C.) cuando los _Tao-sse_, separándose de la pura doctrina de
Lao-tse, empezaron a librarse a extrañas especulaciones y pretendieron
haber descubierto el secreto de la inmortalidad contenido en un
misterioso brebaje. En vano fue que los sectarios de Confucio quisieran
desenmascararlos; protegidos por el emperador Wu-ti hubieran sin duda
alguna triunfado de los letrados, si uno de estos, tomando la copa
que sus rivales destinaban al monarca, no la hubiese apurado de un
sorbo desafiando el enojo del augusto personaje que, en su ceguedad, le
condenó a morir en su presencia.
--Si la eficacia de este licor es verdadera --le dijo el confucista--
la orden que acabáis de dar es inútil: si por el contrario es falsa,
con mi muerte destruiréis vuestro error.
El engaño descubierto, Wu-ti volvió su crédito a los letrados, y
los _Tao-sse_ continuaron ejerciendo su influencia tan solo entre los
ignorantes y amigos de la ociosidad. Estos siguiendo la religión de los
espíritus, como ya se ha visto; aquellos predicando el escepticismo y
la indiferencia y consignando que la muerte no tiene más objeto que
hacer pasar el alma a otro cuerpo o descomponerla en aire, sin que
quede nada del hombre a no ser la sangre en sus hijos y el nombre en su
patria.
Ello no obstante, como en sus libros consignase Confucio que él no
trataba sino de restablecer la doctrina primitiva y que no era más que
_el precursor de un ilustre personaje que vendría de Occidente_, el
rey Ming-ti envió en el siglo primero de nuestra era una flota hacia
aquella parte, en busca del gran reformador. Las naves fueron bastante
lejos; pero no atreviéndose a ir más allá, abordaron una isla en que
encontraron una estatua de Buda que, trasladada a China en el año
65 de Jesucristo, fue desde entonces adorada bajo el nombre de _Fo_
y sigue compartiendo el culto con los prosélitos de Lao-tse y los
letrados.
Algunos cristianos, huyendo por esta época de las persecuciones de
Nerón, llegaron hasta el Celeste Imperio; pero cohibidos por la escasez
del número y por las condiciones del país, quedaron oscurecidos hasta
que en 635 de nuestra era, bajo el reinado de _Tai-tsung_, fue recibido
en _Chang-ngan_ el sacerdote nestoriano _O-lo-pen_ del _Ta-tsin_,
es decir del imperio romano. El emperador envió a su encuentro los
principales dignatarios que le condujeron al palacio; hizo traducir sus
santos libros y, persuadido de que encerraban una doctrina verdadera
y saludable, decretó que fuese erigido un templo a la nueva religión
y que veintiún sacerdotes se consagrasen a su servicio. El hecho está
consignado en un monumento levantado en _Si ngan fu_, en el cual la
doctrina cristiana se encuentra expuesta sucintamente, y se dice que
los misioneros llamados por _O-lo-pen_ llegaron en 636 a la corte de
_Tai-tsung_; que este publicó un edicto en favor del cristianismo; que
_Kao-tsung_ hizo construir iglesias en todas las ciudades; que _Vu-heu_
persiguió a sus sectarios y que Kuo-tsé iba siempre seguido de un
sacerdote cristiano en las batallas.
Las revueltas políticas, que a principios del siglo tercero de nuestra
era (en que va a tener lugar este relato) agitaban la China, no podían
por menos de transmitir su influencia a los antagonismos religiosos que
entre sí despertaban los tres principios de Lao-tse, Confucio y Fo o
Buda.
El emperador _Ho-ti_ fue el primero que en el año 120, era cristiana
como todo lo que a seguir va, concedió honores y dignidades a los
eunucos de palacio, en detrimento del ascendiente que los letrados
habían tenido hasta entonces en la corte. Unos y otros continuaron
disputándose el poder hasta el año 187 en que los eunucos hicieron
sospechosa a los ojos del monarca la academia, presentándole la unión
de los hombres instruidos como un peligro contra su tiranía. El
emperador _Chung-ti_ desterró a los doctores y libró a los tribunales
a los más ilustres proclamándose él a su vez amigo de la ciencia por
haber hecho grabar sobre cuarenta y seis lápidas de mármol y en tres
clases de caracteres los cinco libros clásicos del _I-King_.
Aunque los _Tao-sse_ hacían aparentemente causa común con los eunucos,
no tardaron, aprovechando las circunstancias, en utilizarlas en su
provecho. La peste, habiendo desolado el imperio durante once años, un
_Tao-sse_ llamado _Chang-kio_ halló contra ella un remedio seguro en
cierta agua preparada con unas palabras misteriosas. Este charlatán
obtuvo fácilmente crédito entre las masas. Seguido por una turba
de empíricos, los disciplinó, y en breve encontróse a la cabeza de
un partido numeroso. Su doctrina era que el _cielo azul_, o sea la
dinastía de los _Han_ dominante a la sazón en la persona del emperador
Hien-ti, tocaba a su término para dejar paso al _cielo amarillo_.
Descubiertos sus propósitos y viendo su pérdida segura, se echó al
campo en abierta rebelión. Cincuenta mil hombres secundaron su grito,
y tomando un gorro amarillo por insignia, se aprestaron a devastar
el país. Sus expediciones fueron favorecidas por el levantamiento de
muchos ambiciosos que aspiraban a repartirse la China en diversos
estados; pero la prudencia y el valor del general _Tsao-tsao_, jefe
del partido de los letrados a quienes el monarca llamó en su auxilio,
sofocaron la insurrección y los vencidos se acogieron a su bandera.
Hien-ti le nombró su primer ministro; pero enorgullecido por su
triunfo, pronto se vio a _Tsao-tsao_ ceñirse el sombrerete de doce
colgantes, adornado con cincuenta y tres piedras preciosas --atributo
distintivo de la majestad-- y hacerse llevar en el coche de eje de oro
con tiro de seis caballos. No hubiera tardado mucho en apoderarse del
sello imperial si la muerte no le hubiera atajado el camino. Su obra
no obstante fue consumada por su hijo _Tsao-pi_, primer _calado_ o
ministro de _Hien-ti_ a quien arrebató la corona en el año 220 dando
fin a la dinastía de los _Han_ para dar comienzo a la de los _Ouei_.
Pero, no adelantemos los sucesos toda vez que vamos a hacer asistir
a los lectores a este acontecimiento memorable; y dejemos consignado
para su mayor inteligencia que el Anacronópete llegó a _Ho-nan_,
corte entonces del imperio chino, en el año 220, bajo el reinado de
_Huen-ti_ y en sazón en que la revuelta dominada, muerto _Tsao-tsao_
y elevado a la dignidad de _Calado_ su hijo _Tsao-pi_, el poder había
sido reconquistado por los letrados, quienes perseguían sin piedad así
a los sectarios de Fo, por lo que tenía de nuevo la religión búdica
importada del Indostán, como a los _Tao-sse_ por la grosería de sus
empíricos recursos.
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO XII
Cuarenta y ocho horas en el Celeste Imperio
Miente como un bellaco el refrán, cuando asegura que no hay mal que
dure cien años; pues sus dieciséis centurias bien contadas se pasó
don Sindulfo en el lecho del dolor, desde que arrojó a los hijos
de Mahoma en el espacio y a los de Marte en la nada, hasta que el
Anacronópete se posó en los alrededores de Ho-nan, capital a la sazón
del imperio chino.
En los tres días y medio que duró el viaje, Benjamín, aprovechándose
del sopor del sabio y del sueño de las muchachas, hizo sus
correspondientes altos y salió sigilosamente del vehículo para
proveerse de las indispensables municiones de boca; pues ya hemos
visto que las que a bordo llevaban eran inútiles. El primer festín se
lo debió a la piadosa munificencia de la reina Isabel la Católica; y
por cierto que estuvo a punto de costarle la vida porque llegado al
campamento de Santa-Fe, donde el ejército castellano se desesperaba
ante la tenaz resistencia de los moros de Granada, fue tomado por
espía de Boabdil, a lo que contribuía no poco el extraño disfraz que
para aquella época constituían su americana y sus pantalones con boca
de trabuco. Afortunadamente el políglota no perdió la serenidad; y
acordándose de lo beneficiosos que podían serle los conocimientos
adquiridos en la cátedra de historia, pidió ser conducido a presencia
de la reina a fin de hacerle revelaciones importantes. Acompañada
estaba doña Isabel de su esposo don Fernando, del cardenal Ximénez y de
sus primeros capitanes; y todos, menos la augusta señora, sostenían el
parecer de levantar un sitio en que se enterraban la paciencia de los
sitiadores y los fondos del erario, cuando Benjamín haciendo irrupción
en la tienda:
--¿Qué es levantar el sitio? --exclamó con alientos de profeta.
E inclinándose al oído de la reina añadió en voz baja:
--Hoy 2 de enero de 1492, día de viernes, como aquel en que el Redentor
de los hombres derramó en el Calvario su preciosa sangre, y a las tres,
hora precisa en que el Verbo encarnado exhaló su postrer suspiro, el
pendón de Santiago y el estandarte real ondearán en la torre de la
Alhambra.
Doña Isabel palideció; los cortesanos que la rodeaban, recelando
algún desafuero, echaron mano a sus espadas; y no lo hubiera pasado
muy bien el maestro de lenguas si los añafiles moros mezclándose con
la trompetería cristiana no hubieran traído con sus ecos una pausa
salvadora.
--¿Qué ocurre? --preguntó el rey al ver aparecer en la tienda al conde
de Cifuentes llevando en el semblante impresa la alegría.
--Ocurre, señor --dijo el noble caballero-- que Boabdil acaba de
rendirse; y que para que los vencedores puedan entrar en Granada con
entera seguridad, el vencido envía en rehenes al campo de Castilla a
sus hijos con seiscientos hombres de armas al mando de dos de sus más
esclarecidos jefes.
Un grito de asombro se escapó de todos los pechos.
--¿Quién eres tú? --preguntó la reina casi prosternándose atónita ante
el que en su fe bendita tomaba por aparición celeste.
--Un pobre mortal --respondió Benjamín-- que os pide por toda
recompensa que le dejéis seguir libremente su camino suministrándole un
bocado de pan con que aplacar su hambre.
Tan limitada exigencia acabó de ratificar el juicio que doña Isabel
formara del profeta; y sin atreverse a insistir en premiarle con
dádivas humanas, ella por sus propias manos le aderezó unas alforjas
henchidas de rico jamón de las Alpujarras y rebosando de pan del mejor
candeal de Castilla, amén de una cantimplora de vino de Aragón del que,
para el servicio de la mesa de don Fernando, custodiaban en el repuesto
los despenseros de campaña.
Ya se disponía Benjamín a abandonar la tienda, cuando la soberana
llamándole aparte y con las manos cruzadas en ademán de súplica:
--¿Qué puedo hacer --le dijo-- para felicidad de mis vasallos y
esclarecimiento de mi trono?
--Dad oídos, señora --le contestó el políglota-- a un genovés que
vendrá a ofreceros un mundo.
--¿A Colón? --preguntó la reina admirada--. Ya le he visto; ¡pero si
aseguran que es un loco!... Además, mi tesoro está exhausto.
--Vended vuestras joyas si es preciso. Él centuplicará su valor creando
vicios para la humanidad.
Y así diciendo entregó a la reina una breva de Cabañas a la que la
pobre señora daba vueltas entre sus dedos sin explicarse su virtud.
--¿Y qué es esto? --se resolvió a inquirir al cabo.
--¡Humo! --exclamó Benjamín, y desapareció.
Y en efecto, dos años después, corriendo en busca de otro rumbo para
las Indias orientales, volvía Colón de América con un nuevo mundo para
España y una infinidad de estancos para las viudas de militares pobres.
[Ilustración: --¿A Colón? --preguntó la reina admirada]
El segundo descenso que en busca de vitualla hizo Benjamín a la
tierra, veinte horas más tarde o sea en las postrimerías del siglo
XI, no ofreció nada de notable. No así el que después de un período
equivalente verificó en el año 696 a la ciudad de Rávena al declinar la
tarde de un domingo.