a cuyas reiteradas súplicas el sabio no tuvo valor de resistir,
aguijoneado a su vez por el orgullo patrio. El Anacronópete quedó
suspendido en la atmósfera merced a un ligero movimiento en el
graduador.
Escritos estos renglones veintiún años después de aquel memorable
acontecimiento, paréceme que su relato, aunque hecho a vuela pluma, no
ha de carecer de atractivo para la generación que nos está acabando de
reemplazar. Copio aquí, pues, la narración del diario de don Sindulfo,
en la que sin duda se ha inspirado el pintor Castellani para reproducir
con el pincel aquella jornada, y que también ha servido a la prensa de
la corte para describir el panorama que se exhibe en Madrid frente a la
casa de la Moneda. Dice así:
«Estamos en el centro del campamento marroquí de Muley-Ahmed. Las
tropas españolas llegan hacia él persiguiendo de cerca al enemigo,
cuyas posiciones corona simultáneamente. Tenemos en frente el mar,
Tetuán a la espalda, el río Martín a la derecha, y a la izquierda la
torre de Geleli y la Casa Blanca.
»El general O’Donnell dispone que sus fuerzas ejecuten un movimiento
envolvente sobre el campamento de Muley-Ahmed, con objeto de atacarlo
por dos puntos distintos con las tropas de los generales Prim y Ros
de Olano, entre las que se sitúa la artillería protegida por los
ingenieros. Rómpese el fuego de cañón por cuarenta piezas que avanzan
gradualmente hasta colocarse a cuatrocientos metros de las trincheras
marroquíes.
»En primer término se destaca el general en jefe a caballo con su
estado mayor, dando órdenes al comandante Ruiz Dana y teniendo a su
lado al coronel Jovellar y al jefe del Estado mayor, general García.
Detrás las baterías españolas cañonean los reductos. En el fondo a lo
lejos el mar y la escuadra.
»A la derecha el general Ros de Olano, dando instrucciones a su hijo
y dirigiendo el movimiento de la primera división del tercer cuerpo,
mandada por el general Turón, consigue que sus soldados penetren por
distintos puntos en las trincheras. El regimiento de Albuera con su
coronel Alaminos; Ciudad-Rodrigo con el teniente coronel Cos-Gayón, y
el brigadier Cervino al frente de los batallones de Zamora y Asturias,
invaden a la vez el campamento a pesar de la tenaz resistencia de los
enemigos; uno de los cuales en las ansias de la muerte, encuentra
fuerzas suficientes en su fanatismo para arrastrarse hasta un cañón
abandonado, y dispararlo causando horroroso estrago en las primeras
filas de nuestras tropas.
»Por la izquierda el general Prim ataca las trincheras seguido del
coronel Gaminde; penetra por una tronera rodeado de catalanes, soldados
de Alba de Tormes, Princesa, Córdoba y León; forma confuso tropel con
los enemigos y sostiene cuerpo a cuerpo una lucha encarnizada. A su
lado veo caer moribundos al comandante Sugrañes y al teniente Moxó,
tremolando el primero en sus manos la bandera de los intrépidos tercios
catalanes. Don Enrique O’Donnell apoya enérgicamente el ataque de su
jefe el general Prim, y se dirige luego al campamento de Muley-Abbas en
la torre de Geleli, que los moros abandonan precipitadamente.
»Muley-Ahmed intenta en vano con enérgico valor detener la fuga de sus
soldados, que huyen despavoridos ante las aguerridas huestes de Prim y
abandonan la Casa Blanca. Llenos de terror, desoyen el mandato de su
jefe, le arrastran en su huida y dejan en poder de nuestras tropas,
como trofeo de tan señalado triunfo, el campamento con ochocientas
tiendas, ocho cañones, armas, municiones, camellos, caballos y bagajes.
»En el fondo, hacia Tetuán, el sultán de Marruecos contempla
consternado la derrota de su ejército numeroso.
»Durante la marcha de nuestros soldados, los enemigos amenazan atacar
la retaguardia; pero el general O’Donnell, sin detenerse, destaca hacia
Tetuán dos batallones del tercer cuerpo a las órdenes del general
Makenna, quien adelantando rápidamente a lo largo del río Martín
protegido por la brigada de coraceros del general Alcalá Galiano,
rechaza al enemigo sobre la plaza después de breve lucha y paraliza sus
esfuerzos.
»Formidables fuerzas enemigas, bajando a la vez de la torre de Geleli,
amagan atacar nuestra derecha con sus infantes y tres mil jinetes; pero
el general en jefe, atento a todas las peripecias del combate, hace
adelantar la brigada de lanceros del conde de Balmaseda. Las tropas
cargan vigorosamente sobre el enemigo y le ponen en precipitada fuga
protegidas en su movimiento por el cuerpo de reserva del general Ríos,
situado en el reducto de la Estrella.
»La jornada ha sido completa. Tetuán no tardará en abrir sus puertas al
vencedor, y el emperador de Marruecos debe ya empezar a arrepentirse de
haber excitado el justo enojo de la nación española.»
El entusiasmo a bordo no reconocía límites. Todos suplicaban a don
Sindulfo que les permitiese bajar para dar un abrazo a aquellos héroes,
inclusa Juanita que pretextaba haber reconocido los pulmones de su
familia en un paso de ataque tocado por su tío con la trompeta. El
sabio que, además de estar poseído de la admiración general, tenía
un carácter vengativo impropio de sus luces intelectuales, vio en
aquella circunstancia una ocasión de desembarazarse del torcedor de
su fregatriz, y accedió a la demanda decidido a volver a emprender la
marcha en cuanto Juanita traspusiese los umbrales del Anacronópete
en busca del supuesto pariente. Eligióse pues para el descenso un
bosquecillo que les garantizase de una bala perdida, y con gran
contentamiento de todos y una sencillísima manipulación, el vehículo
tocó tierra.
Pero ¡ay! que no comete el hombre acción mala sin recibir tarde o
temprano por ella el condigno castigo. Saboreando estaba cada cual la
realización de sus propósitos, cuando Benjamín, que, asomado al disco
contemplaba el horizonte, dio un grito y retrocedió involuntariamente.
--¿Qué es eso? --le preguntó su inseparable, corriendo a su lado.
--¡Friolera! --contestó el políglota perdiendo el color--. Que sin duda
hemos caído en una emboscada tendida por los marroquíes a nuestras
tropas.
Un sudor frío circuló por la frente de todos los viajeros.
--¡Huyamos! --fue la opinión general.
--Mire usted los kabilas que se dirigen hacia aquí.
--No hay más remedio que apelar a la fuga --adujo el sabio corriendo
al regulador y poniendo en movimiento la máquina, mientras Benjamín
cerraba los discos y restablecía el alumbrado eléctrico, exclamando:
--Pronto, que nos alcanzan.
Aún no había acabado de pronunciar la frase cuando:
--¡Un moro! --articuló con voz ahogada una de las viajeras.
--¡Dos! --prorrumpió Juanita parapetándose detrás de su amo.
--¡Veinte! --profirieron todos poseídos de un terror pánico cobijándose
en un rincón del laboratorio en compacto grupo.
Eran en efecto dos docenas de fugitivos del campamento de Muley-Ahmed
que, buscando su salvación en el bosque, presenciaron el descenso del
vehículo y tomándolo por arma de guerra habían resuelto atacarlo;
pero, no encontrándole entrada franca, se valieron de sus cuerpos
salientes y, escalándolos con la entereza que da el fanatismo, lograron
introducirse por los tubos de desalojamiento antes de que el coloso
emprendiese la marcha.
[Ilustración]
Pasado el primer momento de estupor, en que nadie osaba levantar los
ojos ante aquellos morazos de seis pies de altura provistos de gumías
y espingardas y llevando escrito en el rostro el vengativo ceño del
enemigo derrotado, Naná se resolvió a preguntar a don Sindulfo:
--Diga usted. ¿Nos harán algo?
--A nosotros rebanarnos el pescuezo; y a ustedes llevárselas al harem
en calidad de odaliscas.
--¿Con los eunucos? ¡Qué horror! --articularon las aludidas por lo bajo.
--Pues lo que es al harem --interpuso Juana encarándose con su señor--
creo que también podría usted venir.
--¡Insolente!
--Para hacernos compañía y enseñarnos ciencias en los ratos de ocio.
El tutor no se había equivocado acerca del propósito de los invasores,
según la traducción que Benjamín le hizo de las órdenes dictadas por
el jefe de la fuerza. Los expedicionarios estaban irremisiblemente
perdidos. Una idea luminosa brotó sin embargo en el cerebro del
atribulado don Sindulfo.
--Si logramos ganar tiempo --dijo al políglota-- nos hemos salvado.
--¿De qué modo?
--Dando al vehículo la velocidad máxima y consiguiendo que estos
kabilas, que no están sometidos a la inalterabilidad, se vayan
empequeñeciendo hasta que concluyan por desaparecer una vez traspuesto
el instante de su natalicio.
--¡Sublime idea!
Y forzando el graduador, la máquina se puso a funcionar con una rapidez
vertiginosa.
--¡A ellos! --gritó el capitán; y los moros se aprestaron a consumar
su obra; pero los ayes y las lamentaciones del sexo débil eran tan
repetidos y penetrantes, que, no logrando restablecer el silencio,
les pusieron a todos a guisa de mordaza un lienzo atado en la boca y,
oprimiendo sus brazos con fuertes ligaduras, los arrastraron tras sí
para conducir los esclavos al asilo del disperso campamento.
Cerca de un cuarto de hora anduvieron buscando los riffeños inútilmente
la salida, con gran satisfacción de los cautivos que, si bien no podían
pedir socorro ni fugarse maniatados como estaban, veían en cambio que
sus opresores se rejuvenecían rápidamente y acariciaban la esperanza de
hallarse en breve libres de su yugo.
Pero los caracteres meridionales son impetuosos y no tienen la
paciencia por virtud. Agotada la de los hijos del desierto al sospechar
que estaban siendo los prisioneros de sus rehenes, se conformaron con
salir por donde entraran; mas, convencidos de la imposibilidad de
hacerlo con su presa, adoptaron la extrema resolución de exterminar a
los viajeros.
Encontrábanse a la sazón en la cala y las mujeres se desesperaban al
pensar que cuando una sola voz les bastaría para llamar en su auxilio
a sus salvadores, tenían que sucumbir al mutismo. Colocados los reos
en un ángulo de la bodega, los moros ocuparon el centro y apercibieron
sus espingardas. Ya no les quedaba duda a aquellos infelices acerca de
la triste suerte que les deparaba el destino. Apiñados y confundidos
revolvíanse los desgraciados en la desesperación de la impotencia y
ya los cañones estaban apuntados hacia su pecho, cuando el tiempo,
ejerciendo su poderoso influjo, convirtió de repente la cuerda que
sujetaba al tutor en finísimos filamentos de cáñamo que le dejaron
libre el ejercicio de sus músculos. Apercibirse de tan providencial
beneficio y emplearlo en poner en contacto los conductores que junto a
él descendían por las paredes de la cala, fue operación tan rápida como
el pensamiento. Acto continuo las compuertas se abrieron y los hijos de
Agar desaparecieron para siempre en el espacio insondable.
La alegría que sucedió a aquellos minutos de angustia no hay quien la
describa. Restituidos a la libertad abrazábanse todos sin distinción de
sexos ni condiciones; y hasta la misma Juanita no pudo prescindir de
decir a su amo, en un arranque de gratitud:
--Si no fuera usted tan feo, me casaba con usted.
Saboreando estaba el sabio su triunfo muy convencido de haber
conquistado con él un lugar preferente en el corazón de su pupila,
cuando esta temiendo ver surgir nuevos contratiempos,
--Ya es ocasión de revelárselo todo --exclamó, pidiendo consejo a
Juanita.
--¿Qué duda cabe? --respondió la resuelta asesora.
Y añadiendo:
--¡A mí, valientes! --incitó a salir de su guarida a los soldados
españoles, riéndose con descaro del asombro del buen tío que
intuitivamente comprendió la asechanza de que le habían hecho objeto.
--¡Cómo! ¿Están aquí? --prorrumpió lívido de coraje.
--¡Perdón! --repetía Clara.
--Ni para ti ni para ellos --proseguía el celoso tutor dando golpes en
cuantos objetos tenía a tiro.
--Pues, ea --arguyó Juanita--. Guerra a muerte; y el sabio que sea
hombre, que salga. Don Luis, Pendencia, melitares: ¡Mueran las
matemáticas!
Un ay de espanto reemplazó a tan enérgico apóstrofe. Los diecisiete
hijos de Marte aparecieron en la cala trepando por los sacos de harina
y los barriles de provisiones; pero, como no habían sido sometidos a la
inalterabilidad y el mayor de ellos no contaba veinticinco primaveras,
los cuatro lustros desandados en el tiempo desde la salida de París los
habían reducido a la condición de tiernos parvulillos.
--¡Esto es espantoso! --murmuraban las francesas que se las habían
prometido muy felices de la galantería española.
--¡Yo desfallezco! --articulaba la pupila no dando crédito a la
realidad, mientras Juanita hecha un basilisco exclamaba enseñándole los
puños a su amo:
--Si es _usté_ el sabio más animal que conozco.
El tutor se bañaba en agua de rosas al contemplar la venganza que le
servía el azar. Entre tanto el vehículo caminaba y los infantes se
achicaban hasta el extremo de no poderse tener ya en pie.
--Pero, hombre de Dios, ¿no ve usted que se nos deshacen como la sal en
el agua? --argüía la maritornes echando espuma por la boca.
--Mejor --contestaba aquel segundo Otelo--. Así acabaremos de una vez.
Y los angelitos yacían tendidos en el suelo agitando brazos y piernas
en la inacción de los primeros meses y llorando a pulmón lleno.
Compadecidas de su situación, cada hija de Eva tomó en brazos al suyo
y se puso a pasearlo por la cala viéndolos mermarse progresivamente,
en tanto que el implacable tío se frotaba las manos con satisfacción y
sonreía con satánico gesto.
--¡Luis mío! --repetía Clara anegada en llanto y tributando sus
caricias a aquel residuo de su capitán de húsares.
--¿Ya no tienes una gracia para tu Juanita? --preguntaba a su
microscópico Pendencia la de Pinto.
Y el bribón del asistente, como si aún quisiera darle una prueba de su
travesura, le mordió el vestido por la parte en que a los niños de su
edad se les sirven los alimentos.
De pronto aquellas mujeres se quedaron pálidas con los brazos cruzados
sobre el pecho; ya no abarcaban objeto alguno: el ejército se les había
disuelto entre las manos.
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO X
En que tiene lugar un incidente que parece insignificante y es, sin
embargo, de mucha importancia
La pérdida de un ser querido es una de las más terribles pruebas a que
puede exponerse la sensibilidad humana: y aun así la aflicción pasa por
distintas gradaciones según las circunstancias que han acompañado al
hecho.
--Al menos ha muerto en su cama y rodeado de los suyos --le dicen al
atribulado pariente los encargados de consolarle.
--Y ha tenido usted la satisfacción de que Dios se lo conserve hasta
una edad avanzada --añaden otros.
Y efectivamente, todas estas reflexiones son un lenitivo al dolor que,
resultado de una máquina pensante y contante, paga la situación en su
justo precio reservándose para las grandes catástrofes el máximum de
intensidad.
Ahora bien: imagínense los lectores cuál sería la disposición de ánimo
de los viajeros ante aquel quinto acto de una tragedia para cuyo
desenlace no había _Deus ex machina_ posible. Porque un novio es algo
más que un pariente a los ojos del objeto de su cariño; y además de la
amargura de separarse para siempre del suyo, las enamoradas doncellas
sufrían el vejamen de ver que, siendo el amor un numen que engrandece
cuanto toca, a ellas al revés, se les achicaba todo entre las manos.
Clara perdió el sentido ante la inmensidad de su infortunio y tuvo que
ser conducida al gabinete en brazos de las expedicionarias. Juana, más
entera aunque no menos herida, se desahogaba dando gritos contra el
opresor y llamando a la guardia en su socorro.
Pero la situación más grave era sin duda la de don Sindulfo. Por malo
que tuviese el genio, por mezquina que fuera su condición, por miras
estrechas que lo alentasen, distaba mucho de ser un malvado: y la
muerte de los veinticuatro moros, aunque llevada a cabo en legítima
defensa propia, eran dos docenas de puñales que tenía hundidos en el
corazón. Agréguese a esto la aparición de los hijos de Marte, en la
que veía no solo una desobediencia a sus mandatos sino la inutilidad
de haber agotado su ciencia y sus recursos para desembarazarse de un
rival, y se comprenderá fácilmente que su razón trastornada le indujese
a permitir que el tiempo devorase a aquellos infelices, sin prestarles
el menor auxilio. Primer paso suyo en la senda del crimen por la que
hemos de verle avanzar presa de los celos, la desesperación y la
locura. No adelantemos empero el discurso.
Los mahometanos, aunque hombres, eran enemigos de Dios y habían
atentado contra su vida; por consiguiente, bien muertos estaban. ¿Pero
aquellos diecisiete infantes, a quienes había servido de implacable
Herodes, qué daño le habían hecho? ¿Merecía tan horroroso castigo una
travesura de la juventud? ¿No era su sobrino una de las víctimas? ¿No
hubiera sido más humano, pues no estaban sometidos a la acción del
fluido, hacer rumbo hacia el presente y, una vez reconquistadas sus
naturales proporciones, desembarcarlos en los alrededores de su edad?
Todas estas y otras muchas observaciones se hacía don Sindulfo, pero la
imagen de su pasión desatendida, y su amor propio sublevado concluían
por vencer, y resultado de tan acerba lucha fue que delirante cayese en
los brazos de su amigo bajo los efectos de una continua convulsión.
¿Pues no estaba garantizado por la inalterabilidad? me objetará
alguien. Ciertamente, pero la acción del fluido, penetrando por la
membrana epidérmica, atravesando el dermis e infiltrándose por los
tejidos musculares, solo alcanza a la superficie de los huesos, que
petrifica como las demás vías por donde circula. Así pues el ejemplar
influido por sus corrientes, ni pierde la tersura del cutis, o sea
la juventud, ni sufre de erupciones cutáneas, ni está expuesto a las
inflamaciones producidas por la acción atmosférica: pero experimenta
hambre, sed y sueño y no se exime de padecimientos viscerales,
productos las más veces del sistema moral al que la ciencia no ha
llegado a dar todavía la osificación que a un tegumento.
Cargó pues Benjamín con aquel cuerpo inanimado y lo condujo a su
dormitorio para ver de provocar la reacción metiéndolo en la cama;
pero, al pasar por el laboratorio, recordó la velocidad vertiginosa
que habían impreso al aparato en el momento de la invasión marroquí,
y temeroso de alguna catástrofe por imprudencia, dio un golpe a la
aguja del graduador, reduciendo el Anacronópete, a su entender, a la
locomoción media.
¡Qué pequeños incidentes son origen de los más grandes acontecimientos!
Don Sindulfo, acurrucado en el lecho, daba diente con diente de
continuo y alguna que otra sacudida por intervalos a Benjamín.
--Juanita --dijo este saliendo al encuentro de la de aparejo redondo--.
Calienta un poco de agua para hacer una infusión a tu amo que se siente
mal.
--¿Quién? ¿Yo? Pues como no sea para escaldarle vivo, que se aguarde a
que encienda fuego.
--¡Vamos! Deja a un lado el enojo y recapacita que si él se muere nadie
podrá llevarnos a puerto de salvación.
--¿Pues usted no entiende la maquinaria?
--Muy poco. Además, la caridad te aconseja ser compasiva. Prepara la
lumbre mientras yo saco el té y el azúcar de la despensa.
Sea el miedo a permanecer indefinidamente en el espacio o la compasión
inherente a su sexo, Juanita no replicó e hizo rumbo a la cocina.
--Ya sabes. Con un par de chispazos eléctricos alumbras una hoguera en
un decir Jesús.
--A mí déjeme usted de _telégrafos_, que yo me las compondré a la moda
antigua.
Y, así diciendo, llegó al hornillo, colocó en él unos carbones y
tomando unos fósforos frotó uno tras otro sobre la lija, sin conseguir
encender ninguno; pero lo más notable del caso era que ni dejaba huella
la cerilla en el raspador ni la cabeza del de Cascante se gastaba.
--Es claro. Las babas de don Sindulfo que lo reblandecen todo
--murmuró, y echóse en busca de otra caja y de algunas virutas y trapos
con qué facilitar la combustión. No encontrando nada a propósito, dio
al pasar por el cuarto de las agregadas con unos fragmentos de telas y
pieles que, aunque acusaban una rica procedencia, eran retales al fin y
muy del caso en circunstancias tan apremiantes. Dispuso los residuos en
el fogón y, haciendo una nueva e inútil tentativa con los fósforos:
--A ver si usted tiene más gracia --dijo a Benjamín que acudía cargado
con un pilón de azúcar y un bote de té Hulón.
--Esto es más breve --arguyó el políglota comunicando la chispa
eléctrica al hornillo a merced de la cual los trapos se encendieron
pero no los carbones; siendo de notar, por más que ninguno de ambos
observase el fenómeno, que las suplentes virutas iban tomando extrañas
formas parecidas a lazos, mangas de vestido, tacones de bota y objetos
de mercería.
--Parte un poco de azúcar --ordenó Benjamín a Juanita en tanto que él,
puestas las hojas en la tetera, derramaba encima el agua hirviendo.
--¡El demonio que pueda con esta pirámide de Egipto! Si es más dura que
la cabeza de un sabio --repetía Juanita dando golpes en el pilón con un
martillo sin conseguir levantar una arista.
--Déjate; aquí hay azúcar molido --exclamó el interpelado poniendo una
cucharada en la taza de otro paquete que para el uso ordinario había en
el vasar y sirviendo en ella el licor benéfico.
--Pero aguarde usted... ¡si eso no está aún! Todavía no ha tomado color.
Un sudor frío circuló por la frente de Benjamín, en quien la
resistencia del pilón, la incombustibilidad de los carbones y la
inalterabilidad del agua vinieron a darle la llave del enigma. Presa de
una agitación nerviosa se puso a disolver el azúcar en la infusión; y
al llevarse una cucharada a los labios:
--¡Horror! --dijo palideciendo.
--¿Qué ocurre? --preguntó la doncella mirándole de hito en hito
temerosa de que también empezara él a reducirse como los otros.
--¿Qué ha de ser? Que hemos vuelto inalterables para su conservación
los artículos de consumo, y ahora nos encontramos con que son
resistentes a toda influencia física.
--¿Es decir?...
--Que ni el azúcar endulza, ni el carbón se enciende, ni el pilón se
parte, ni habrá quién le pueda hincar el diente a una patata.
--¿De modo que nos vamos a morir de hambre? --balbuceó Juanita con los
ojos desencajados.
--No; pero tendremos que apearnos a cada comida y tomar los alimentos
propios de la época y de la localidad; pues de fijarlos ya ves lo que
sucede; y de abandonarlos a la acción retrógrada del tiempo, en tres
minutos el pan se nos convertiría en espigas y el vino en cepas.
--¿Y dónde tomaremos hoy la pitanza? --repuso la lugareña a quien la
idea de un alto sonreía por lo que encerraba de salvador para las
reclusas.
--En los infiernos --salió murmurando Benjamín con la taza del agua
caliente en la mano; la que propinada a su amigo le produjo las
consecuencias de un emético sumiéndole después en una dulce y agradable
somnolencia.
Entretanto Juanita volaba a dar parte de lo ocurrido a sus compañeras
de infortunio, quienes rodeando el lecho de la pupila, presenciaban una
escena no menos digna de admiración que la precedente.
Es pues el caso que mientras prodigaban sus consuelos a la pobre
huérfana, Niní, que no sin profunda aflicción había visto desaparecer
de sus lóbulos, antes de ser fijada, las dos hermosas perlas que
llevaba por pendientes, dio un grito de alegría al llevarse las manos
hacia los desheredados cartílagos y encontrarse con la restitución de
sus preciadas joyas.
--Mirad, esto es milagroso...
--En efecto --exclamaron todas. Y al tender en torno suyo una mirada
de asombro, este creció de punto al observar que todos los objetos
arrebatados por la acción retrógrada del tiempo les eran devueltos sin
saber cómo. Ya un girón del vestido de Naná, cubriéndose de larvas,
tomaba la forma de capullos para metamorfosearse en tupido raso de
Lyon; ya una tira de becerro, curtiéndose repentinamente y modelándose
al pie de Sabina se llenaba de pespuntes y lazos hasta elevarse a la
categoría de un borceguí Carlos IX.
--¡Mi chal! --gritaba una...
--¡Mis encajes! --decían otras.
Y todas se libraban al más expansivo arranque de entusiasmo, cuando la
más razonadora de ellas:
--Poco a poco --les arguyó--. Moderad vuestro júbilo. Cierto es que
reconquistamos nuestro ajuar; pero ¿quién os asegura que la devolución
no será completa?
--¡Cómo!
--¿No teméis que por este fenómeno, cuya explicación ignoramos, cada
perla que creemos ganada nos devuelva la arruga que juzgamos perdida?