coraje--. Se acabaron los amorcillos de colegiala: y ya que a buenas no
has querido aceptar mi mano, yo te sabré conducir a países y edades en
que la voluntad del tutor siendo ley para su pupila, mal que te pese
tendrás que llamarte mi esposa.
--Eso jamás. Primero la muerte; antes la tortura. Y pues agotada la
persuasión recurre usted a la violencia, yo le probaré que tengo valor
para afrontarlo todo.
Y dirigiendo una mirada de connivencia a Juanita, añadió:
--En marcha cuando usted guste.
--Sí, señor. Arre; que en el primer cambio de tiro ya nos apearemos
para quejarnos a la autoridad.
El sabio no se hizo repetir la orden; juntó los polos y el Anacronópete
comenzó su marcha ascensional, no sin cierta emoción de parte de las
reclusas que veían desaparecer por instantes los contornos de la ciudad
bajo sus plantas.
En el cuarto de las agregadas, la impresión fue más viva por estar
esperando con más impaciencia los resultados del viaje. En la cala, el
silencio era absoluto. Solo Pendencia se permitió decirle en voz baja a
su jefe, al apercibirse de la oscilación:
--Mi capitán: el botacilla.
De repente el coloso tomó rumbo y empezó a desalojar atmósfera sin que
nadie se apercibiera de que viajaban con una velocidad de dos vueltas
al mundo por segundo; pues la locomoción, verificándose en el vacío,
falta de capas con que rozar no producía movimiento alguno sensible.
--Ya andamos --exclamó don Sindulfo con el orgullo paternal que le
inspiraba su invención.
--Adelante --prorrumpió resueltamente su sobrina.
--¡Loor al genio! --balbuceó Benjamín abrazando a su protector.
--¡Jesús! --decía Juana--. Si esto es más soso que un cocido sin sal.
Ni se ve un campanario, ni una lechuga, ni _ná_ que le pueda alegrar
a una el corazón. Prefiero el ordinario de mi pueblo. Vamos, don
Sindulfo, _sóoo_... En llegando a los Inválidos pare usted.
La pobrecilla no calculaba que había empezado su frase en París el diez
de julio de mil ochocientos setenta y ocho y que la estaba acabando en
treinta y uno de diciembre del año anterior sobre la cordillera de los
Andes.
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO VIII
Efectos retroactivos
Las suertes estaban echadas y no había medio de retroceder, o mejor
dicho, de avanzar, si queremos ser lógicos con la situación. Clara
y Juanita se retiraron al gabinete, confiadas en la vecindad de sus
defensores y dispuestas a exhibirlos en el primer alto que hicieran;
pues en marcha les parecía aventurado sacarlos de su escondite,
temerosas de que don Sindulfo, por vengarse, los condenara a todos a
movimiento continuo.
El sabio por su parte no se saciaba de saborear su triunfo con
Benjamín; y verdaderamente no le faltaba razón para ello, pues jamás
experimento alguno había tenido éxito tan satisfactorio.
--¡_Eureka_! --exclamó en un arranque de entusiasmo aquel segundo
Arquímedes que, sin el auxilio de una palanca, removía el mundo hasta
en sus cimientos.
--¿A qué altura estamos? --preguntó el políglota.
--Hace veintiún minutos que salimos de París --le contestó su amigo
consultando el cronómetro--; por consiguiente hemos desandado siete
años y nos hallamos en diez de julio de mil ochocientos setenta y uno.
--¿Estudiemos la situación?
--Sea.
--Rumbo a oriente --dijo Benjamín clavando los ojos en su compás.
--Fijo --asintió el sabio mirando el suyo.
--Latitud 50° N.
--Exacto.
--No hay más que inclinar los catalejos un grado al Sur y dirigir
nuestras observaciones sobre el punto de partida.
Y asestando los anteojos al disco meridional, cuyas puertas se abrieron
de una descarga, ambos profesores se pusieron a sondear el espacio. Por
supuesto que previamente apagaron las luces eléctricas que constituían
el alumbrado constante de aquella hermética clausura donde siempre era
de noche; pues como el vacío solo se hacía alrededor del Anacronópete,
las capas atmosféricas inmediatas a él conducían los rayos del sol; y
de no haber tenido cerrado el vehículo, nadie hubiera podido resistir
las vertiginosas intermitencias de luz y sombra ocasionadas por la
violenta transición del día a la noche en una velocidad de cuarenta y
ocho horas por segundo.
Pocos llevaban de observación los anacronóbatas sin apercibir en su
carrera más que el vapor iluminado con que como aliento fosforescente,
les anunciaban su presencia las ciudades en el período nocturno, o
las grandes siluetas de las mismas bañadas por el sol y recortadas
sobre el fondo oscuro del terreno durante el día, cuando de repente los
dos observadores lanzaron un grito tan rápido como fugaz había sido
la sensación que experimentaran. En medio de las tinieblas y sobre el
meridiano de París, el reflejo de una inmensa hoguera acababa de herir
su retina.
--¡La _Commune_! --exclamaron ambos.
Y en efecto, aquel resplandor era el petróleo de los pozos
norteamericanos oponiendo en vano su devastadora influencia al
sentimiento de civilización de la vieja pero noble Europa.
Los sabios no se movieron de su observatorio hasta dar con otro hecho
ostensible que ratificara sus deducciones cronológicas; pocos segundos
les bastaron para transponer la primavera y cruzar aquel riguroso
invierno teatro de la más espantosa de las luchas internacionales, y
digno campo de la locura humana. La tierra era una inmensa sábana de
nieve, como si el frío del terror sembrado en las campiñas hubiera
germinado en cosechas de hielo. El astro rey no se reflejaba sino
en mortíferas superficies de acero y bronce, y las parábolas de los
proyectiles parecían arcos de fuego levantados en las sombras para
impedir que se desplomase la bóveda sideral. Globos aerostáticos
confiando a una corriente atmosférica la salvación de la patria,
palomas mensajeras volviendo al arca sin el ramo de olivo, París
capitulando, Metz cediendo, Sedán dejando huérfana una corona... ¿A
qué más efemérides? El cómputo era exacto. Estaban en el año de los
castigos.
Cerradas las compuertas y vuelta a iluminar la estancia:
--Maestro; una duda --exclamó Benjamín.
--¿Cuál?
--Puesto que nosotros nos dirigimos al ayer y vamos a llegar al pasado
con la experiencia de la historia, ¿no nos sería dable cambiar la
condición humana evitando los cataclismos que tamañas dislocaciones han
producido en la sociedad?
--Aclare usted su pensamiento.
--Supongamos que caemos sobre el Guadalete en las postrimerías del
imperio godo.
--¿Y bien?
--¿No cree usted que dando un curso de moral a la Cava y a don Rodrigo,
o haciendo ver al conde don Julián por medio de la lectura de Cantú,
Mariana y Lafuente, las consecuencias de su traición, lograríamos
torcer el rumbo de los acontecimientos e impedir que hubiera tenido
lugar la dominación árabe en España?
--De ningún modo. Nosotros podemos asistir como testigos presenciales
a los hechos consumados en los siglos precedentes; pero nunca destruir
su existencia. Más claro; nosotros desenvolvemos el tiempo, pero no lo
sabemos anular. Si el hoy es una consecuencia del ayer y nosotros somos
ejemplares vivos del presente, no podemos, sin suprimirnos, aniquilar
una causa de que somos efectos reales. Un símil le patentizará a usted
mi teoría. Figúrese usted que usted y yo somos una tortilla hecha con
huevos puestos en el siglo VIII. ¿No existiendo los árabes, que son las
gallinas, existiríamos nosotros?
Benjamín recapacitó un momento, después de lo cual repuso:
--¿Y por qué no? Aun admitiendo la hipótesis de que ambos seamos
descendientes del moro Muza, el evitar que este y los suyos penetren
en España no impide nuestra existencia. Yo no destruyo las gallinas;
lo que hago es obligarlas a que sigan poniendo en África. Luego la
tortilla puede subsistir sin otra diferencia que tener el Atlas por
hornillo en lugar del Guadalete.
[Ilustración]
Don Sindulfo se mordió los labios no encontrando refutación al
argumento de su amigo que él calificó de paradójico, y cortó la
conversación abriendo el pupitre y disponiendo a anotar en su diario
las observaciones de la derrota. Benjamín a su vez dirigióse al armario
en que encerraba los más preciados ejemplares de su museo arqueológico
y se entretuvo en comprobar las clasificaciones.
Dejémosles entregados a tan sabia tarea y veamos lo que en el ínterin
ocurría en el cuarto de las colecciones, donde esperaban impacientes su
transformación las doce hijas de Eva en que el gobierno francés fundaba
la regeneración moral de su país.
A aquellos de mis lectores que hayan visitado la Francia, y lo serán
todos probablemente, no hay para qué hacerles la descripción de los
trajes de las viajeras. Teniendo el lujo por cebo y el arte de agradar
por oficio, fácilmente se colige que las tales señoras habían puesto
a contribución para adornarse todo el ingenio de la industria sedera
de Lyon, agotado los maravillosos recursos que posee la fabricación de
encajes en Cluny y Valenciennes y engarzado en el oro de California los
diamantes del Brasil, las esmeraldas de Colombia y las perlas del golfo
de Bengala.
--Y bien, Niní; ¿qué tal va eso? --preguntó a una esbelta rubia
otra que acusaba haber sido incitante morena en sus mocedades y que
respondía al nombre de Naná, pues todas tenían el suyo artístico.
--Por ahora no puede decirse nada; pero si la prefectura me vuelve a
mis quince años, le juro no casarme sino con un hombre que vote siempre
por el gobierno. Hay que ser agradecida.
--Cualquier día me uncen a mí --repuso desde su rincón una nerviosilla
que con una carta se estaba entreteniendo en doblar pajaritas de papel.
--¿Pues cuáles son tus propósitos, Emma?
--Hacer que me desembarquen en la corte de Luis XV y pedir que me
presenten a S. M.
--Lo que es yo --dijo otra que se llamaba Sabina-- primero me dejo
robar por los romanos que volver a París a vestirme de percal y dormir
sobre un felpudo.
--Pero hemos dado nuestra palabra --insistió Niní.
--Pensad que la regeneración de la Francia depende de nosotras.
--Para la que se fíe de promesas oficiales --arguyó Emma--. En cuanto
nos viesen jóvenes y bonitas, los mismos que hoy nos toman por
instrumentos de rehabilitación serían los primeros en querer venir a
turbar nuestra paz doméstica. ¡Ah! ¡Los hombres! ¡Los hombres!...
Y como siguiese jugueteando con la pajarita, observó que se le
pulverizaba sin que sus dedos la triturasen.
--Aquí tenéis la prueba --añadió explicando a su modo el fenómeno y
dando cima a su pensamiento--. Escriben sus protestas de amor sobre
papel podrido para que duren poco.
--Eso es el fuego de la pasión que calcina el papel --objetó la
optimista Niní.
--O la humedad del recinto que lo deshace --adujo una nueva
interlocutora--. No brilla el Anacronópete por su limpieza: desde que
hemos entrado en él, no hago otra cosa más que quitarme velloncitos de
lana y borrillas de toda especie que sin duda caen del techo.
--Es verdad. Lo mismo he notado yo --dijo Sabina--. No te muevas,
aguarda.
--¿Qué es?
--Una mariposa que tienes en el lazo del sombrero. ¡Una polilla!
--¡Ay! ¡y yo un gusano! --gritó otra corriendo en busca de una mano
benéfica que la libertara de él.
Emma quiso volar en su auxilio; pero se detuvo al ver sus dedos
impregnados de una sustancia viscosa que había sustituido a la
pajarilla. Instintivamente produjo con el brazo un sacudimiento
nervioso; pero al quererse mirar de nuevo la mano, la pasta había
desaparecido y en su lugar pendían de sus falanges pedacitos de trapo y
filamentos de todos tamaños y matices.
Un grito de asombro resonó en el cuarto y la algarada se hizo general
cuando Sabina, que consultaba con la mirada a Niní, vio que de la boca
de esta, abierta por la sorpresa, salía un diente postizo disparado
por el empuje de otro verdadero que tomaba su lugar. Simultáneamente
el rubio añadido de Naná, perdido el color y falto del cordón que le
sujetara, caía en el suelo mientras su cabeza se cubría de sedosas
hebras capaces de causar envidia a la Margarita del Fausto.
--Mirad a Emma --vociferaba una--. Ya no tiene pata de gallo.
--Y Coralia ha perdido su verruga --exclamaba otra.
--¡Qué tersura la de mi cutis!
--¡Qué morbidez la de mis hombros!
--¡No más canas!
--¡Ya somos jóvenes!
--¡Viva!
Y todas consultaban los espejos de sus estuches o se miraban en
cualquiera superficie bruñida, distribuyéndose besos y abrazos en el
vértigo de su admiración.
La causa de tan maravillosos efectos se explica muy fácilmente. El
tiempo empujado hacia atrás verificaba su obra de destrucción; las
viajeras no habían sido sometidas a la inalterabilidad; pero sus trajes
tampoco. Así es que cada minuto que transcurría dejaba lo mismo en su
organización física que en su tocado la huella del retroceso; pues
todo en ellas caminaba hacia su origen; y del mismo modo el papel
pasaba de la consistencia del billete a la trituración del batán y a
la primera forma de guiñapo, que el raso se metamorfoseaba en mariposa
para degenerar en larva y reducirse a semilla. Nada más encantador que
aquellas turgentes formas mal cubiertas por racimos de capullos de seda
entretejidos con vellones de finísima lana y contrastando el dorado
color de sus tenues filamentos con el nácar de las ostras a medio
abrir que servían de lecho a las perlas embrionarias. ¡Qué artística
agrupación la de aquellos minerales incrustados en fragmentos de rocas,
rodeados de copos de algodón en rama, ceñidos por verdes aristas de
cáñamo y cruzados por residuos de cintas que, de confección anterior a
aquel momento histórico, conservaban su integridad como un anacronismo
de la moda en la armonía de descomposición de la naturaleza!
La estupefacción era unánime; el entusiasmo indescriptible; pero
el tiempo no se detenía en su carrera y el fenómeno empezó a tomar
proporciones alarmantes. Los productos transformados en primeras
materias dejaron en breve de adornar los contornos de aquellas humanas
esculturas. Traspuesto el período en que cada porción de materia había
sido arrancada de su asiento, las fracciones comenzaron a desertar
en busca de sus matrices. El vellón desaparecía para adherirse a
la oveja; la ostra atraída por el banco corría a sepultarse en las
costas de Malabar; el algodón huía a hundir sus raíces en las llanuras
norteamericanas y la cabritilla de los borceguíes despojada del
curtido, volaba a revestir el esqueleto de la inocente res de los
Alpes, mientras por los huecos que dejaba la deserción asomaban trazos
dignos de inspirar el desnudo a los clásicos escoplos de Miguel Ángel,
Praxíteles y Fidias.
Las viajeras al contemplar su desnudez se taparon el rostro con las
manos, que el pudor es algo inherente a la hermosa mitad de la especie
humana, y prorrumpieron en tan desaforados gritos, que don Sindulfo
y Benjamín, dejando aquel sus apuntes y este sus clasificaciones,
corrieron en averiguación del alboroto.
--No se puede entrar --decían unas al apercibirse de que los sabios
trataban de abrir la puerta.
--Ya tenemos bastante --exclamaban otras.
--¡Ay! Mi corsé... --gritaba una tercera.
Clara y Juanita, a quienes los sabios al verlas llegar despavoridas
pusieron al corriente de la situación, penetraron en la estancia; y
asustadas ante tan insólito espectáculo volvieron a salir pidiendo
auxilio a la ciencia.
--¡Hombre de Dios! Que se van a constipar esas señoras --vociferaba la
maritornes.
En esto Benjamín que ya había comprendido la situación, llegó con
unos transmisores del fluido de la inalterabilidad; y pasándolos por
la puerta entornada, aconsejó a las excursionistas que se agarrasen a
ellos. Hiciéronlo así ellas, y con cuatro vueltas al aparato y otras
tantas docenas de quejidos de las víctimas, quedaron estas fijadas y
remediado el mal.
--Prestadles unos vestidos vuestros --dijo don Sindulfo a su pupila y
a Juana, en tanto que él y Benjamín desternillándose de risa tornaban
a reanudar su tarea en el laboratorio, comentando el incidente. Pero
apenas el políglota se había dejado caer en su asiento, cuando con los
cabellos de punta y lanzando un grito desgarrador volvió a levantarse
como si un sacudimiento galvánico le hubiese arrancado de la silla.
--¿Qué ocurre? --le preguntó el sabio acudiendo en su socorro.
--¡Mire usted... mire usted!... --balbuceaba el infeliz, señalándole la
célebre medalla conmemorativa comprada en la almoneda del arqueólogo
madrileño y atribuida según el catálogo a Servio Cayo, prefecto de
Pompeya, en honor de Júpiter.
Don Sindulfo tomó el disco que reluciente como una chapa de aguador
brillaba sobre la mesa. El objeto en cuestión no había sido fijado aún,
esperando para hacerlo el instante cronológico que pudiese acusarles
su autenticidad; pero este había ya llegado y, destruida la acción
del tiempo, los caracteres campeaban sobre el bruñido fondo con una
elocuencia aterradora.
SERV... C. POMP... PR...
JO... HONOR
era el anuncio sobre latón de una empresa de coches de muerto fundada
en París por la época que ellos atravesaban y que restituida a su
integridad decía así:
SERVICE DE POMPES FUNÈBRES
RUE D’ANJOU SAINT HONORÉ.
[Ilustración]
CAPÍTULO IX
Reducción gradual del ejército hasta su supresión definitiva
[Ilustración]
Reparadas las averías causadas por la retrogradación en el indumento,
las viajeras corrieron al laboratorio en busca de don Sindulfo y
empezaron a darle múltiples pruebas de su gratitud.
Los dos sabios no habían vuelto aún del estupor que les produjera
la metamorfosis del disco; y en verdad que no les faltaba motivo
para renegar de la ciencia que en tal ocasión los había tratado como
madrastra. Ello no obstante hicieron de tripas corazón, disimularon su
enojo y, cerrando los armarios, consagraron su atención preferente a
la contemplación de aquellos tan variados ejemplares de la más hermosa
mitad del género humano. La colección era completa: creeríase uno
transportado al paraíso de Mahoma o al _foyer de la danse_ en la grande
ópera de París.
Aunque la conducta de las agregadas a bordo era irreprochable, don
Sindulfo, temeroso de alguna imprudencia, quiso evitar a Clara su
contacto y la exhortó a que con Juanita se retirara al gabinete.
--Como que nos vamos a quedar encerradas allí dentro --dijo la de
Pinto-- ahora que hemos encontrado que la casa está habitada por
_presonas_.
--No importa --repuso el tutor tragando bilis--. No os conocéis, no
habláis el mismo idioma.
--Mi señorita entiende el francés, y estas señoras conocen todas las
lenguas. Ya nos han dicho que viajan por gusto y eso que andan a repelo.
Y efectivamente: en los pocos minutos que habían tenido disponibles
para conferenciar, no solo Juanita las había impuesto en la situación,
sino que se había conquistado el concurso de las expedicionarias para
obligar con ardides a don Sindulfo a hacer un alto que les permitiera
sacar de su escondite a la fuerza armada y emprender juntos la fuga;
pues hay que advertir que, al verse rejuvenecidas las doce hijas de
Eva, ya no tenían más que una aspiración: ser libres.
Comprendiendo el tutor que la lucha era desigual y tranquilizado con
la falsa idea de que, restituidas a la edad del candor relativo, las
parisienses solo abrigarían sentimientos puros e inocentes, puso en
olvido aquello de «lo que entra con el capillo sale con la mortaja»
y las dejó a todas juntas, si bien bajo la custodia de su inspección
inquisitorial.
--En este momento entramos en el año 1860 --exclamó Benjamín
consultando el derrotero.
--¡Ay! El día en que perdí a mi novio en Constantina --interpuso Niní
poniendo en juego la sensibilidad para mover el corazón de don Sindulfo
y auxiliar los planes de Clara.
--Y el mismo en que yo abandoné el hogar materno en Bona, por los
excesivos rigores de mi padrastro --adujo Sabina mojándose los ojos con
saliva para fingir que lloraba.
El sabio tomó oportunamente la palabra, pues de tardar unos segundos
más, todas aquellas jóvenes hubiesen resultado oriundas de la Argelia.
--Poco a poco --objetó don Sindulfo--. Se están ustedes enterneciendo
prematuramente. Recapaciten ustedes que andamos hacia atrás; y que por
lo tanto el año principia para nosotros en 31 de diciembre, o lo que
es lo mismo, que entramos en él cuando en la vida real se sale. De
modo que aún les quedan a ustedes tres minutos para consagrarse a su
doloroso aniversario.
--Tanto mejor --prorrumpió Niní en un arranque de alegría--. Así
podré verle vivo. Pídame usted lo que quiera; pero restitúyame usted
a sus brazos y empezará una era de ventura para mí que solo he tocado
humillaciones.
--Por piedad --vociferaba Sabina--. Ya que se ha encargado usted de
nuestra rehabilitación, que se la debamos completa.
--Lo que solicitan es imposible. Yo las restituiré a ustedes a
Francia al regreso de nuestro viaje; pero el tiempo es oro y no puedo
permitirme un alto. De hacer uno en África lo verificaría sobre Tetuán
para asistir a la memorable jornada que tan alto puso el honor de las
armas españolas.
--¡Cómo! --arguyó Juanita tomando parte en la trama--. ¿Vamos a pasar
por el Riff, donde murió de un balazo, antes de nacer yo, mi tío el
trompeta de cazadores, y será usted tan cruel que no le deje dar un
abrazo a su sobrina predilecta?
--¿Pues no acabas de decir que no le conociste?
--Eso no importa. Tenemos en casa su retrato al _garrotipo_.
--Creo --balbuceó Clara, empleando todos sus medios de seducción--
que mi tío considera lo bastante el nombre castellano para no dejar
de rendir este justo tributo de admiración al heroísmo de nuestros
compatriotas; y es harto amable para no acceder al ruego de su pupila.
--Sea, pues tú lo quieres --respondió el tutor vencido--. Asistiremos a
aquella epopeya; pero sin bajar.
--¿A vista de pájaro? --preguntó Juanita tratando de insistir; pero
un gesto de su ama la hizo comprender que puesto en el camino de las
concesiones, don Sindulfo no tardaría en rendirse.
El sabio torció el rumbo hacia el 35° de latitud N.; y, al marcar el
cronómetro el crepúsculo vespertino del 4 de febrero de 1860, redujo la
marcha a paso de carreta y dejó que el Anacronópete se deslizara sobre
Tetuán, fuera del alcance de los proyectiles; pero bastante cerca del
teatro de la lucha para poder apreciar los menores detalles de aquella
memorable batalla.
Todos los corazones nacidos de la vertiente meridional de los Pirineos
a la punta de Tarifa, palpitaban con violencia. Abierto el disco, cada
cual asestó su instrumento óptico al campo de operaciones y un grito de
entusiasmo resonó en la estancia.
--Allí se divisan los combatientes --exclamó Naná, arreglándose el
tocado por si levantaba los ojos alguno de los oficiales de Estado
Mayor, mientras Juanita atónita balbuceaba:
--¡Jesús! Si parece un _titirimundi_.
--¡Pero, es extraño!... --adujo Clara, fijándose en el fenómeno que se
desarrollaba a sus ojos--. Yo no me explico sus movimientos.
--Es verdad --prorrumpieron todos parando mientes en caso tan original.
--¿Qué es ello? --preguntó el sabio.
--Mire usted. Lo hacen todo a la inversa.
--¡Ah! sí --repuso el sabio dándose cuenta de lo que para él carecía
de importancia, pues ya lo tenía previsto--. Eso consiste en que, como
nosotros vamos viajando hacia atrás en el tiempo, empezamos a ver la
batalla por el fin.
--¡Ya! --interpuso Juanita--. ¡Cosas de usted, que lo principia todo
por la cola!...
Y efectivamente, los viajeros observaban la batalla de Tetuán con el
orden cronológico invertido; como el héroe de _Lumen_ de Flammarión
veía la de Waterloo, al remontarse en espíritu a la estrella Capella,
teniendo que pasar antes por los rayos luminosos de la Tierra que
alumbraban en el espacio hechos posteriores.
--Observen ustedes --proseguía don Sindulfo-- cómo lo primero que se
advierte es que los cadáveres se incorporan.
--Es verdad --asentía Benjamín--. Y luego disparan sus fusiles.
--Y después cargan.
--¿_Cargan_? Porque serán sabios --argüía la maritornes, no
desperdiciando ocasión de zaherir a su víctima.
--¿Qué es eso? ¿Huyen?
--No. Es que retroceden, porque caminamos hacia el momento en que
están ocupando las posiciones que tenían antes de avanzar. Es decir,
que ahora llegamos propiamente al principio de la batalla. De modo que
parándonos podríamos asistir a ella por su orden.