II

—Orden del día: continúa la discusión del presupuesto de obligaciones

eclesiásticas.

En el salón de sesiones se marcó un movimiento de fuga; el mismo pánico

que desbanda los ejércitos y disuelve las multitudes. Se levantaban los

más resueltos para escapar y les seguían en su huida grupos enteros,

aclarándose por momentos los escaños.

La Cámara estaba llena desde primera hora. Era día de emociones: una

discusión entre el jefe del gobierno y un antiguo compañero que ahora

estaba en la oposición; un antagonismo de viejos compadres, en el que

salían a luz los secretos de la intimidad, todas las antiguas artimañas

en común para sostenerse en el poder. Y el silencioso público que se

deleitaba con este pugilato, los diputados que llenaban los escaños, las

dos masas que se estrujaban a ambos lados de la presidencia,

emprendieron la fuga al ver terminado el incidente, sabiéndoles a poco

las dos horas de alusiones y punzantes recuerdos.

El nombre del orador que iba a hablar sobre las obligaciones

eclesiásticas, contuvo un poco aquella fuga; produjo el efecto de un

gran recuerdo histórico lanzado en medio de una dispersión. Algunos

diputados volvieron a sus asientos, mirando a los bancos más extremos de

la izquierda, donde asomaba tras el rojo respaldo una gran cabeza

blanca, en la que brillaban las gafas con luz semejante a la de una

sonrisa dulcemente irónica.

Púsose en pie el anciano. Era tan pequeño, tan débil de cuerpo, que aún

parecía estar sentado. Toda la fuerza de su vida se había concentrado en

la cabeza, enorme, de nobles líneas, sonrosada en la cúspide, entre los

blancos mechones echados atrás. Su cara pálida tenía esa transparencia

de cera de una vejez sana y vigorosa, a la que añadían nueva majestad

las barbas plateadas, brillantes, luminosas como las que el arte da

siempre al Todopoderoso.

Aguardaba con los brazos cruzados a que cesase el rumor de colmena

revuelta que zumbaba en el salón y los últimos fugitivos hubiesen

traspuesto las puertas de salida. Por fin, comenzó a hablar ante la

Cámara casi vacía, entre los siseos de los periodistas, que asomados a

su tribuna como un gran racimo de cabezas, imponían silencio para no

perder palabra.

Era el patriarca de la Cámara. Representaba la revolución no sólo

política, sino social y económica; era el enemigo de todo lo existente;

sus teorías causaban profunda irritación como una música nueva e

incomprensible que alterase el oído adormecido. Pero se le escuchaba con

respeto, con la veneración que inspiraban sus años y su historia

irreprochable. Su voz tenía el sonido débil y dulce de una lejana

campanilla de plata; y en el silencio del salón se desarrollaba su

palabra con cierta unción evangélica, como si al hablar pasase ante sus

ojos la visión de un mundo mejor, de la sociedad perfecta del porvenir

sin opresión ni tristezas, tantas veces soñadas en la soledad de su

gabinete de estudio.

Rafael estaba a la cabeza del banco de la comisión, algo separado de sus

compañeros. Le dejaban espacio libre como los toreros al camarada que va

a matar. Había apilado en su asiento legajos y volúmenes por si le

ocurría citar textos en su contestación al venerable orador.

Le contemplaba en silencio, admirándole. Aquel sí que era fuerte, con la

dureza y la frialdad del hielo. Habría tenido sus pasiones como todos;

en ciertos momentos se escapaba a través de su exterior inmutable y

tranquilo un arranque de vehemencia. Sus ardores de poeta perdido en la

política delatábanse algunas veces, como esos volcanes ocultos bajo una

sima de nieve se revelan con lejano trueno. Pero había sabido ajustar su

existencia al deber, y sin creer en Dios, sin otro apoyo que la

filosofía, la fuerza de su virtud era tal, que desarmaba a los más

apasionados enemigos.

¡Y a un hombre así había de contestarle él!... Comenzaba a sentir miedo,

y para recuperar el ánimo, paseaba su mirada por el salón. Lo que

llamaban una media entrada los familiares de la casa. En los escaños

veíanse esparcidos algunos grupos de diputados; la tribuna pública llena

de gente popular quieta y en recogimiento, como si bebiese la palabra

del viejo republicano. En las otras tribunas, poco antes repletas de

curiosos para contemplar el pugilato de primera hora, sólo quedaban los

forasteros, mirando abajo con expresión de asombro, deslumbrados por los

fantásticos trajes de los maceros y con el propósito firme de no moverse

hasta que los despidieran. Algunas señoras de la clase de

_parlamentarias_, que acudían todas las tardes de bronca, rumiaban

caramelos y miraban con extrañeza a aquel viejo de terrible fama, cuyo

nombre jamás se pronunciaba en sus tertulias, admirando su aspecto

bondadoso y la natural distinción con que llevaba la levita. ¡Parecía

imposible!... En la tribuna diplomática sólo quedaba una señora

lujosamente vestida, con un gran sombrero de plumas negras, tras el cual

casi desaparecía un joven rubio, peinado en _bandós_, correcto y

estirado. Sería alguna extranjera. Rafael la tenía frente a su banco y

veía su mano enguantada apoyándose en el antepecho de la tribuna,

agitando el abanico con escandaloso crujido. El resto de su cuerpo se

confundía en la penumbra de la tribuna al echarse atrás para cuchichear

y reír con su acompañante.

Distraído por aquella revista, Rafael apenas atendía al orador. Había

adivinado todo lo que estaba diciendo y esto le satisfacía. Así no

quedaba desbaratado el andamiaje de la larga contestación que traía

preparada.

Aquel hombre era inflexible e inmutable. Llevaba treinta años diciendo

lo mismo. Aquel discurso lo había leído Rafael un sinnúmero de veces.

Estudiando atentamente los males nacionales, los abusos imperantes en el

país, había formulado una crítica completa y despiadada, en la que

resaltaban los absurdos por el efecto del contraste. Con la convicción

de que la verdad sólo es una y nada tan nuevo como ella, venía

repitiendo su crítica todos los años en un estilo puro, conciso, sonoro,

que parecía esparcir en el ambiente el maduro perfume de los clásicos.

Hablaba en nombre de la España del porvenir, de un pueblo que no tendría

reyes, porque se gobernaría por sí mismo; que no pagaría sacerdotes,

porque respetando la conciencia nacional permitiría todos los cultos sin

privilegiar alguno. Y con sencilla amenidad, como si construyese y

juntase versos, emparejaba cifras, haciendo resaltar la manera absurda

con que la nación se despedía de un siglo de revoluciones, durante el

cual todos los pueblos habían conseguido más que el nuestro.

En el mantenimiento de la casa real se gastaba más que en enseñanza

pública. El sostenimiento de una sola familia resultaba de más valía que

el despertar a la vida moderna de todo un pueblo. En Madrid, en la

capital, a la vista de todos ellos, las escuelas instaladas en inmundos

zaquizamíes; iglesias y conventos surgiendo de la noche a la mañana como

palacios encantados en las principales calles. En veintitantos años de

restauración, más de cincuenta edificios religiosos completamente

nuevos, estrechando la capital con una cintura de construcciones

flamantes; y en cambio una sola escuela moderna como la de cualquier

población pequeña de Inglaterra o Suiza. La juventud débil, apagada,

egoísta y devota, contrastando con sus padres, que adoraban los

generosos ideales de la libertad y la democracia y hacían revoluciones.

El hijo, envejecido, con el pecho lleno de medallas, sin más vida

intelectual que las reuniones de cofradía, confiando su porvenir y su

voluntad al jesuita introducido en la familia por la madre, mientras el

padre sonríe amargamente, reconociendo que es de otro mundo, de una

generación que se va: la que logró galvanizar la nación por un momento

con la protesta revolucionaria.

La iglesia cobrando todos sus servicios a los fieles y cobrando al mismo

tiempo del Estado. La Hacienda demandando economías, mientras se crean

nuevos obispados y las obligaciones eclesiásticas aumentan en provecho

del alto clero, sin beneficio alguno para el populacho de sotana, para

los de abajo, que necesitan entregarse a la más despiadada codicia,

explotando sin escrúpulos la casa de Dios. Y mientras tanto, sin dinero

para las obras públicas, poblaciones sin caminos, regiones enteras sin

haber oído jamás el silbato del ferrocarril que resuena en regiones

salvajes de Asia y Africa, campiñas pereciendo de sed mientras los ríos

pasan junto a ellas llevando al mar sus inútiles aguas.

El estremecimiento de la convicción pasaba por la Cámara silenciosa,

anhelante para no perder nada de aquella voz débil, lejana, como salida

de una tumba. Todos sentían en el ambiente el paso de la verdad, y

cuando terminó con una invocación al porvenir, en el cual no existirían

absurdos ni injusticias, se hizo más profundo el silencio, como si un

viento glacial, una brisa de muerte hubiese aleteado sobre aquellas

cabezas que creían estar deliberando en el mejor de los mundos.

Al terminar el venerable orador se levantó Rafael, pálido, tirando de

los puños de la camisa, dejando pasar algunos minutos para que se

calmara la agitación de la Cámara, ansiosa de expansionarse, de murmurar

después del largo recogimiento a que la había obligado la palabra tenue

y concisa del anciano.

Si a Rafael le había de animar la benevolencia del auditorio, buen

principio tenía. El salón se vaciaba por momentos. Era la fuga prevista

apenas se levantaba el señor de la comisión a contestar a las

oposiciones, teniendo al lado un rimero de papeles. Una _lata_,

¡huyamos! Y pasaban por enfrente de Rafael, atravesando el hemiciclo,

los grupos de compañeros; mientras arriba en las tribunas la dispersión

era general, como si el edificio se incendiase. Las señoras, mascando el

último caramelo y viendo terminado por aquel día el desfile de hombres

ilustres, abandonaban las tribunas. Abajo las aguardaba el coche para

dar un paseo por la Castellana. Aquella extranjera de la tribuna

diplomática también se movía para irse. Pero no; daba la mano a su

acompañante, le despedía y se quedaba, moviendo aquel abanico que con su

revoloteo turbaba a Rafael. Muchas gracias, señora. Aunque él, por su

gusto, hubiera querido que se marchasen todos, que no quedasen en el

salón otras personas que el presidente y los maceros para hablar con

menos miedo. Le atemorizaba la tribuna pública, donde no se había movido

nadie, aguardando sin duda la rectificación del venerable orador: toda

aquella aglomeración de blusas blancas y pecheras sin corbata, rematadas

por cabezas morenas que le miraban con fija frialdad como

diciendo:—Ahora veremos lo que contesta ese tío.

Rafael comenzó por un elogio a la historia intachable, a la consecuencia

política, a la sabiduría de aquel venerable septuagenario que todavía

tenía fuerzas para batallar por los ideales de su juventud. Era de

rúbrica un exordio como este; así lo hacía el jefe. Y al hablar, su

vista se fijaba angustiosamente en el reloj. Quería ser largo, muy

largo. Si no hablaba hora y media o dos horas, estaba deshonrado. Era el

tiempo que correspondía a un hombre de su importancia. Había visto a los

jefes de partido, a los caudillos de grupo, hablar toda una tarde, desde

las cuatro hasta las ocho, roncos y congestionados, sudando como

cavadores, con el cuello de la camisa hecho un trapo sucio y mirando el

gran reloj del salón con angustia de condenados. «Aún falta una hora

para levantar la sesión», decían los amigos. Y el gran orador, como un

caballo cansado, pero de buena sangre, sacaba nuevas fuerzas y emprendía

otra vez la carrera, falto de espacio para galopar, volviendo sobre sus

pasos, repitiendo lo que ya había dicho un sinnúmero de veces,

resumiendo la media docena de ideas desenvueltas en cuatro horas de

sonora charla. Los buenos discursos se apreciaban reloj en mano. El rey

de la casa era un señor rubio que desde los bancos de la oposición se

divertía molestando al jefe del gobierno: un diputado eterno con fuerzas

para hablar tres días seguidos.

Rafael había oído ponderar la concisión y la claridad de la oratoria

moderna en los parlamentos de Europa. Los discursos de los jefes de

gobierno en París o Londres llenaban media columna de un periódico.

También el venerable orador a quien iba a contestar, por ser original en

todo, hablaba con esta concisión: cada período encerraba tres o cuatro

ideas. Pero él no se dejaba tentar por la austeridad oratoria; creía que

el peso y la medida sin tasa eran cualidades indispensables en la

elocuencia, y deseando llenar todo un cuaderno del _Diario de sesiones_

para que allá en su distrito se asombraran ante el interminable batallón

de columnas impresas, hablaba y hablaba sin más preocupación que no

soltar idea alguna; guardándolas todas con avaro celo, con la certeza de

que cuanto más las conservara prisioneras, más larga y solemne

resultaría su oración.

Llevaba hablando un cuarto de hora sin contestar a nada del anterior

discurso, llenando de flores al ilustre personaje. «Su señoría era

respetable por esto o aquello, había hecho lo otro y lo de más allá...

pero», y al llegar por fin al _pero_ comenzó a soltar algo de lo que

traía preparado. Su señoría era un ideólogo de inmenso talento, pero

siempre fuera de la realidad; quería gobernar los pueblos con arreglo a

las teorías adquiridas en los libros, sin atenerse a la práctica, al

carácter propio e indestructible que tiene cada nación.

Y había que oír con qué ligero tono de desprecio marcaba aquello de

_ideólogo_ y lo de sabiduría adquirida en los libros y lo de vivir fuera

de la realidad.

Muy bien; así, así,—le decían los compañeros de comisión, moviendo sus

cabezas peinadas, lustrosas e indignadas contra todos los seres que

quisieran vivir fuera de la realidad. Había que cantarles las verdades a

los _ideólogos_.

Y el ministro, amigo de Rafael, el único que ocupaba el banco azul,

abrumando con su enorme tronco el pupitre, volvía su cabeza de búho

gordo, pelado y con agudo pico para sonreír benévolamente al joven.

El orador continuaba cada vez más sereno, fortalecido por aquellas

muestras de aprobación. Hablaba de los detenidos y profundos estudios

que la comisión había hecho de los presupuestos. El era el más modesto,

el último, pero allí estaban sus compañeros—todos aquellos señores con

levita inglesa y pelo partido de la frente a la nuca,—jóvenes

estudiosos que le habían ilustrado con sus profundas apreciaciones, y

cuando ellos no habían hecho más economías, era porque resultaba

imposible.

Y las cabezas de la comisión se movían para murmurar el optimismo del

agradecimiento:—¡Pero este Brull habla muy bien!...

El gobierno estaba dispuesto a cuantas economías fuesen prudentes y

factibles, sin menoscabo de la dignidad y del país; pero era el gobierno

de una nación eminentemente religiosa; favorecida por Dios en todos sus

trances, y no tocaría un céntimo de las obligaciones eclesiásticas.

¡Jamás! ¡Jamás!

Su voz resonaba con ese triste eco que conmueve las casas vacías. Miró

el reloj con angustia. Media hora; ya llevaba media hora hablando y aún

no había comenzado de veras el discurso. Ahora lamentaba que la Cámara

estuviese vacía. ¡Tan bien que marchaba aquello!... Frente a él, en la

penumbra de la tribuna diplomática, seguía moviéndose el abanico,

distrayéndole con su aleteo. ¡Diablo de señora! Bien podía estarse

quieta.

El presidente, siempre con la campanilla en la mano, inquieto y

vigilante cuando hablaba alguien de las oposiciones, descansaba ahora

con los ojos entornados y la cabeza en el respaldo del sillón,

dormitando con la confianza de un director que no teme desafinaciones.

Los vidrios de la claraboya tomaban un tinte acaramelado con los rayos

del sol, pero abajo solo descendía una luz verde y difusa, una claridad

de bodega, discreta y dulce, que parecía sumir la Cámara en una calma

monástica. Por las ventanas del techo, encima de la presidencia, veíanse

pedazos de cielo azul impregnados de la suave luz de una tarde de

primavera. Un palomo blanco revoloteaba a lo lejos en estos cuadros

azules.

Rafael sintió un desmayo de la voluntad, una invasión de entorpecedora

pereza. Aquella sonrisa dulce de la naturaleza asomando a los tragaluces

de la lóbrega cripta parlamentaria le hizo pensar en sus campos de

naranjos, y por un capricho de la imaginación vio praderas cubiertas de

flores, damas vestidas de pastoras como en los abanicos antiguos

bailando sobre la punta de sus tacones al son de juguetones violines, y

sintió un impulso de acabar en cuatro palabras, de tomar el sombrero y

huir para perderse en las arboledas del Retiro. Existiendo el sol y las

flores ¿qué hacía allí, hablando de cosas que no le importaban?... Pero

se repuso pronto de aquella rápida crisis. Cesó de buscar entre los

legajos amontonados en el escaño, de hojear papeles para disimular su

turbación, y tremolando el primer pliego que encontró a mano, continuó

su discurso.

No se le ocultaba la intención que guiaba a su señoría al combatir aquel

presupuesto. Sobre este punto tenía él ideas particulares y propias. «Yo

entiendo que su señoría, proponiendo economías, busca también combatir

las instituciones religiosas, de las que es enemigo».

Y al llegar a este punto Rafael se lanzó en loca carrera, pisando

terreno firme y conocido. Toda esta parte del discurso la tenía

preparada, párrafo por párrafo; una apología del catolicismo, de la fe

religiosa unida íntimamente a la historia de España, con arranques

líricos y estremecimientos de entusiasmo, como si predicase una nueva

cruzada.

Veía en los bancos de enfrente el brillo irónico de unas gafas, el

estremecimiento de una barba blanca sobre los brazos cruzados, como si

una sonrisa bondadosa e indulgente saludase el desfile de tantos lugares

comunes, mustios y descoloridos como flores de trapo. Pero Rafael no se

intimidaba. Ya le faltaba poco para llegar a una hora de discurso.

Adelante, adelante, a soltar todos sus arranques líricos sobre la gran

epopeya nacional y cristiana. Y desfilaban por el oratorio

cinematógrafo, la cueva de Covadonga; un árbol fantástico de la

Reconquista «donde el guerrero colgaba su espada, el poeta su arpa,

etc., etc.», pues todos acudían a colgar cualquier cosa; los siete

siglos de batallas por la cruz, plazo algo largo, mediante el cual fue

expulsada del suelo español la impiedad sarracena. Y a continuación los

grandes triunfos de la unidad católica. España dueña de casi todo el

mundo, el sol obligado a alumbrar eternamente la tierra española; las

carabelas de Colón llevando la cruz a las tierras vírgenes; la luz del

cristianismo saliendo de entre los pliegues de la bandera nacional para

esparcirse por toda la tierra.

Y como si hubiera sido una señal aquel himno a la luz cristiana entonado

por el orador casi invisible en la penumbra del salón, comenzaron a

encenderse las lámparas eléctricas, saliendo de la obscuridad los

cuadros, los dorados, los escudos, las figuras duras y chillonas

pintadas en la cúpula.

Rafael se sentía trémulo, fuera de sí, embriagado por la facilidad con

que desenvolvía su discurso. Aquella ola de luz que se derramaba por el

salón, en plena tarde, mientras en la claraboya aún brillaba el sol,

parecíale la repentina entrada en la gloria que venía hacia él, para

darle el espaldarazo del renombre.

Arrebatado por su verbosidad seguía soltando cuanto había almacenado

aquellos días en su pensamiento. «En vano se cansaba su señoría: España

era profundamente religiosa, su historia era la del catolicismo: se

había salvado en todos sus conflictos abrazada a la cruz». Y abarcaba

todas las grandes luchas nacionales; desde las batallas en que la piedad

popular veía a Santiago en su caballo blanco, cortando las cabezas de la

morisma con alfanje de oro, hasta el levantamiento de los pueblos contra

Napoleón, tras el pendón de la parroquia y con el escapulario al pecho.

No hablaba una palabra del presente: dejaba en pie aquella crítica

despiadada del viejo revolucionario, despreciándola como un sueño de

_ideólogo_, y se enfrascaba en su canto al pasado, afirmando por

centésima vez que habíamos sido grandes por ser católicos, que en el

momento no lo fuimos, todos los males del mundo cayeron sobre nosotros,

y hablaba de los excesos de la revolución, de la tormentosa república

del 73, cruel pesadilla de las personas sensatas, y del Cantón de

Cartagena, el supremo recurso de la oratoria ministerial, una verdadera

fiesta de caníbales, un horror jamás conocido en la tierra de los

pronunciamientos y guerras civiles. Se esforzaba por hacer sentir al

auditorio el terror de aquellas revoluciones, cuyo principal defecto era

no haber revolucionado nada... Y a continuación una apología entusiasta

de la familia cristiana, del hogar católico, nido de virtudes y

dulzuras, con tal fervor, que no parecía sino que en los países donde no

imperaba el catolicismo, eran todas las casas repugnantes lupanares u

horrorosas cuevas de bandidos.

—Muy bien, Brull muy bien—mugía el ministro, de bruces en su pupitre,

oyendo con delicia sus propias ideas en la boca del joven.

El orador descansó un instante, paseando su mirada por las tribunas,

iluminadas ahora por las lámparas. La dama de la tribuna diplomática

había cesado de abanicarse, mirándole fijamente.

Faltó poco para que Rafael se sentara de golpe, anonadado por la

sorpresa. ¡Aquellos ojos!... ¡tal vez una asombrosa semejanza! Pero no;

era ella, le sonreía con la misma sonrisa burlona de los primeros

tiempos.

Sentía la turbación del pájaro que se revuelve en el árbol sin poder

librarse de la mirada magnética de la serpiente encogida junto al

tronco. Aquellos ojos que se burlaban de él trastornaban todas sus

ideas. Quiso acabar; callarse pronto: cada minuto le parecía un

suplicio; creía oír los mudos chistes que aquella boca estaría haciendo

a costa suya.

Miró otra vez el reloj; con quince minutos más redondeaba el discurso. Y

emprendió una carrera loca, con voz precipitada, olvidando su economía

de ideas para prolongar la peroración, soltándolas todas de golpe, con

el deseo de terminar cuanto antes. «El Concordato... obligaciones

sagradas con el clero... sus antiguos bienes... compromisos de estrecha

amistad con el Papado, padre generoso de España... en fin, que no podían

hacerse economías ni por valor de un céntimo y que la comisión sostenía

el presupuesto sin reforma alguna».

Al sentarse, sudoroso, conmovido, restregándose con fuerza el

congestionado rostro, los compañeros del banco le felicitaron,

tendiéndole las manos. «Era todo un orador; debía lanzarse; hablar más;

tenía condiciones».

Y del banco de abajo venía el mugido del ministro:

—Muy bien, muy bien. Ha dicho usted lo mismo que hubiera dicho yo.

El viejo revolucionario se levantaba para hacer una corta rectificación,

repitiendo las mismas afirmaciones de antes que no habían sido

contestadas.

—Me he cansado mucho—suspiraba Rafael contestando a las

felicitaciones.

—Salga usted si quiere—dijo el ministro.—Yo pienso contestar la

rectificación. Es un deber de cortesía con un diputado tan antiguo.

Rafael levantó la cabeza y vio vacía la tribuna diplomática. Aún creyó

distinguir en su lóbrego fondo las grandes plumas del sombrero.

Salió del banco apresuradamente y se lanzó al pasillo, donde le

detuvieron muchos para felicitarle.

Ninguno le había oído, pero todos le daban la enhorabuena, le

estrechaban la mano, impidiéndole avanzar.

De nuevo creyó ver al extremo del corredor, al pie de la escalera de las

secciones, destacándose sobre la vidriera de salida, aquellas plumas

negras y ondulantes.

Se abrió paso entre los grupos, sordo a las felicitaciones, empujando a

los que le tendían la mano y tropezó en la cancela de cristales con dos

compañeros que miraban hacia fuera con ojos de entusiasmo.

—¡Qué hembra! ¿eh?

—Parece extranjera. Será mujer de algún diplomático.

Entre naranjos · 第 18 / 25 题