Al salir del palacio la vio en la acera, disponiéndose a subir en una
berlina. Un ujier del Congreso sostenía la portezuela con el respeto que
inspira el coche oficial, el galón de oro brillante en el sombrero de
los cocheros.
Rafael se aproximaba, creyendo todavía a la vista de aquel carruaje en
una asombrosa semejanza. Pero no, era ella; la misma; ¡como si no
hubiesen transcurrido ocho años!
—¡Leonora! ¡Usted aquí!...
Ella sonrió como si aguardara el encuentro.
—Le he visto y le he oído. Muy bien, Rafael: acabo de pasar un rato
delicioso.
Y estrechando su mano con un franco apretón de amistad, entró en el
carruaje, con estrépito de sedas y finos lienzos.
—Vamos, ¿no sube usted?—preguntó sonriendo.—Acompáñeme; daremos un
paseo por la Castellana. La tarde es magnífica; un poco de oxígeno
sienta bien después de ese ambiente tan pesado.
Rafael subió, seguido por la mirada de asombro del ujier, admirado al
verle en tan seductora compañía.
Comenzó a rodar la berlina; los dos, en íntimo contacto, sintiendo el
calor de sus cuerpos, chocando dulcemente con el suave movimiento de los
muelles.
Rafael no sabía qué decir. Le turbaba la sonrisa irónica y fría de su
antigua amante; sentíase avergonzado por el recuerdo de su brutal
despedida. Quería hablar, y sin embargo, no sabía qué decir; le pesaba
aquel _usted_ ceremonioso con que se habían tratado al subir al coche.
Por fin se atrevió a decir tímidamente, hablando en tercera persona:
—Encontrarnos aquí, ¡qué sorpresa!
—Llegué ayer, mañana salgo para Lisboa. Una corta detención: hablar dos
palabras con el empresario del Real; tal vez venga el próximo invierno a
cantar _La Walkyria_. Pero hablemos de usted, ilustre orador... más bien
dicho de ti, porque nosotros creo que aún somos amigos.
—Sí: amigos, Leonora... yo no he podido olvidarte.
Pero el entusiasmo con que dijo estas palabras, se desvaneció ante la
fría sonrisa de la artista.
—Amigos; eso es—dijo con lentitud:—amigos nada más. Entre nosotros
hay un muerto que nos impide aproximarnos.
—¿Un muerto?—preguntó Rafael no comprendiendo a la artista.
—Sí; aquel amor que mataste... Amigos nada más; camaradas unidos con la
complicidad del crimen.
Y reía con su irónica crueldad, mientras el carruaje corría por una de
las avenidas de Recoletos. Leonora miraba distraídamente el paseo
central; sus filas de sillas de hierro, llenas de gente; los grupos de
niños, que vigilados por las criadas, corrían alborozados bajo la luz
dorada y dulce de la tarde primaveral.
—Leí esta mañana en los periódicos que don Rafael Brull, de la
_comisión_, se encargaría de contestar en eso de los presupuestos, y
rogué a un antiguo amigo, el secretario de la embajada inglesa, que
viniese a recogerme para acompañarme al Congreso. Este coche es el
suyo... Pobre muchacho; no te conoce, pero apenas vio que te levantabas,
emprendió la fuga... Una injusticia, porque tú no has estado mal. Estoy
asombrada. Y di, Rafael, ¿de dónde sacas todas esas cosas?
Pero Rafael no aceptaba el elogio, mirando con inquietud aquella sonrisa
cruel. Además, ¿qué le importaba su discurso? Creía estar años enteros
dentro de aquel coche; le parecía haber transcurrido toda una vida desde
que salió del Congreso: el recuerdo de la sesión se borraba de su
memoria. La contemplaba con admiración, paseando una mirada de asombro
por su rostro y su cuerpo.
—¡Qué hermosa estás!—murmuró con arrobamiento.—La misma que entonces.
Parece imposible que hayan transcurrido ocho años.
—Sí; reconozco que no estoy del todo mal. El tiempo no me muerde. Un
poco más de tocador, he ahí todo. Yo soy de las que mueren de pie, sin
sacrificar a la edad nada de su exterior. Antes que entregarme me
mataría. Quiero eclipsar a Ninon de Lenclos.
Era verdad. Los ocho años no habían marcado su paso por ella. La misma
frescura, igual esbeltez, robusta y fuerte; idéntico fuego de arrogante
vitalidad en sus ojos verdes. Parecía que al arder en incesante llama de
pasión, en vez de consumirse se endurecía, haciéndose más fuerte.
Su mirada abarcaba al diputado con una curiosidad irónica.
—¡Pobre Rafael! siento no poder decirte lo mismo. ¡Cuán cambiado estás!
Pareces un señor casi venerable. En el Congreso me costó trabajo
reconocerte. Grueso, calvo, con esos lentes que trastornan tu antigua
cara de moro de leyenda. ¡Pobrecito mío! ¡Si ya tienes arrugas!...
Y reía, como si le causara intenso gozo el placer de la venganza, ver a
su antiguo amante anonadado y cabizbajo por el retrato de su decadencia.
—No eres feliz, ¿verdad? y sin embarga debías serlo. Te habrás casado
con aquella muchacha que te ofrecía tu madre; tendrás hijos... no
intentes negarlo para hacerte el interesante: lo adivino en tu persona,
tienes el aire de padre de familia; a mí no se me escapan estas cosas...
¿Y por qué no eres feliz? Tienes todo el aspecto de un personaje y lo
serás muy pronto; de seguro que usas faja para disimular el vientre;
eres rico, hablas en esa cueva lóbrega y antipática; tus amigos de allá
se entusiasmarán leyendo el discurso del señor diputado, y estarán ya
preparando los cohetes y la música para recibirte. ¿Qué te falta?
Y con los ojos entornados, sonriendo maliciosamente, esperaba la
respuesta, adivinándola.
—¿Qué me falta? El amor; lo que tenía contigo.
Y con la vehemencia de otros tiempos, como si aún estuvieran entre los
naranjos de la casa azul, el diputado daba salida a sus melancolías de
ocho años.
La ofrecía la imagen inspirada por su tristeza. El amor, que pasa una
sola vez en la vida coronada de flores con su cortejo de besos y risas.
Quien le sigue obediente, encuentra la felicidad al fin de la dulce
carrera. El que por orgullo o egoísmo se queda al borde del camino, ese
llora su torpeza, la expía con una existencia de tedio y dolor. El había
pecado, lo reconocía e imploraba su perdón; había purgado su falta con
ocho años monótonos, abrumadores como una noche sofocante y sin fin:
pero ya que volvían a encontrarse, aún era tiempo, Leonora, aún podía
hacer retoñar la primavera de su vida, obligar al amor a que volviese
sobre sus pasos, a que pasase de nuevo, tendiéndoles sus dulces manos.
La artista le escuchaba sonriendo, con los ojos cerrados, reclinada en
el fondo del carruaje, con un gesto de placer, como si paladease con
fruición aquel fuego de amor que aún ardía en Rafael y que era su
venganza.
Los caballos marchaban al paso por la Castellana. Pasaban junto a ellos
otros carruajes en los que brillaban curiosas miradas, sondeando el
interior de la berlina y admirando aquella mujer hermosa y desconocida.
—¿Qué contestas, Leonora? Aún podemos ser felices. Olvida mi falta, el
tiempo pasado; imagínate que ayer fue nuestra despedida en aquel
huerto, que hoy nos encontramos para vivir eternamente unidos.
—No—dijo fríamente la artista.—Tú lo has dicho, el amor sólo pasa una
vez en la vida. Lo sé por cruel experiencia y he procurado olvidarlo.
Para nosotros pasó ya, y es una locura pretender que nos busque de
nuevo. Ese no retrocede nunca. Si le buscásemos, sólo a costa de
esfuerzos encontraríamos su sombra. Le dejaste escapar; llora tu culpa
como yo lloré tu torpeza... Además, tú no te das cuenta de la situación.
Acuérdate de lo que hablábamos en nuestra primer noche a la luz de la
luna: «El arrogante mes de Mayo, el joven guerrero con armadura de
flores busca a su amada la Juventud». ¿Y dónde está en nosotros la
juventud? La mía búscala en mi tocador; se la compro al perfumista, y
aunque sabe disfrazarme bien, oculta una vejez de ánimo, un desaliento
en el que no quiero pensar porque me asusta. La tuya ¡pobre Rafael! no
existe ya, ni aun exteriormente. Mírate bien: estás muy feo ¡hijo mío!
Has perdido aquella esbeltez interesante de la juventud. Me haces reír
con tus ensueños. ¡Una pasión a estas horas! ¡el idilio de una jamona
retocada y un padre de familia calvo y con abdomen! ¡Ja, ja, ja!
¡Cruel! ¡Cómo reía! ¡cómo se vengaba! Rafael irritábase ante aquella
resistencia punzante e irónica; se exaltaba al hablar de su pasión...
Nada importaban los desgastes del tiempo. ¿No podía obrar milagros el
amor? El la amaba más aún que en otros tiempos; sentía hambre loca por
su cuerpo; la pasión les daría el fuego de la juventud. El amor era
como la primavera que vivifica los troncos aletargados por el invierno,
cubriéndolos de flores. ¡Que ella dijera _sí_, y vería al instante el
milagro, la resurrección de su vida entumecida; el despertar de su alma
a la vida del amor!
—¿Y la mujer? ¿y los hijos?—preguntó Leonora brutalmente, como si le
quisiera despertar con este recuerdo, cruel como un latigazo.
Pero Rafael estaba ebrio de pasión. Le trastornaba el contacto tibio de
aquel cuerpo tantas veces deseado en su aislamiento; las emanaciones
perfumadas de voluptuosidad con que impregnaba el interior del carruaje.
Todo lo olvidaría por ella; familia, porvenir, posición. El sólo la
necesitaba a ella para vivir y ser feliz.
—Huiré contigo; todos me son extraños cuando pienso en ti. Tú sola eres
mi vida.
—Muchas gracias—contestó Leonora con gravedad.—Renuncio a ese
sacrificio... ¿Y la santidad de la familia de que hace poco hablabas en
aquel salón? ¿Y la moral cristiana sin la cual sería imposible la vida?
¡Cómo reía yo escuchándote! ¡Qué de mentiras decís allí para los
bobos!...
Y volvía a reír cruelmente, regocijada por el contraste entre las
palabras del discurso y aquella loca proposición de abandonarlo todo
para seguirla en su correría por el mundo. ¡Ah, farsante!
Ya había presentido ella en su solitaria tribuna que todo eran mentiras,
convencionalismos, frases hechas; que el único que hablaba allí con la
firmeza de la virtud, era aquel viejecito, al que contemplaba con
veneración por haber sido de los ídolos de su padre.
Rafael se sentía avergonzado. La rotunda negativa de Leonora; la burla
despiadada de su hipocresía le hacían darse cuenta de la enormidad de su
deseo. Se vengaba haciéndole revolcarse en la abyección de su amor loco
y desesperado, capaz de las mayores vergüenzas.
Comenzaba el crepúsculo. Leonora dio orden al cochero para volver a la
plaza de Oriente. Vivía en una de las casas inmediatas al teatro Real,
que sirven de alojamiento a los artistas. Tenía prisa; había de comer
con aquel joven de la embajada y dos críticos musicales cuya
presentación le había anunciado.
—¿Y yo, Leonora? ¿No nos veremos más?
—Tú me dejarás en la puerta, y ¡hasta que volvamos a encontrarnos!
—Quédate unos días. Al menos que te vea; que tenga el consuelo de
hablarte, de sentir el amargo placer de tus burlas.
¡Quedarse!... Tenía sus días contados; iba de un extremo a otro del
mundo, arreglando su vida con la exactitud de un reloj. De allí a dos
días cantaría en el San Carlos de Lisboa tres representaciones de Wagner
nada más; y después de un salto a Stokolmo y luego no sabía con certeza
donde; a Odessa o al Cairo. Era el Judío Errante, la walkyria galopando
entre las nubes de una tempestad musical, pasando a través de las más
diversas temperaturas, saltando sobre los más distintos países,
arrogante y victoriosa, sin sufrir el más leve menoscabo en su salud y
su hermosura.
—¡Ah, si tú quisieras! ¡Si me permitieses seguirte! ¡Como amigo nada
más! ¡Como criado, si es preciso!
Y la cogía una mano, oprimiéndola con pasión; hundía sus dedos en la
manga, acariciando el brazo por debajo del guante.
—¿Lo ves?—decía ella sonriendo con frialdad.—Es inútil; ni el más
leve estremecimiento. Para mí eres un muerto. Mi carne no despierta a tu
contacto; se encoge como al sentir un roce molesto.
Rafael lo reconocía así. Aquella piel que en otros tiempos se estremecía
locamente bajo sus caricias, era ahora insensible; tenía la frialdad
indiferente con que se acoge lo desconocido.
—No te esfuerces, Rafael. Esto se acabó. El amor que dejaste pasar está
lejos, tan lejos que aunque corriéramos mucho, nunca le daríamos
alcance. ¿A qué cansarnos? Al verte ahora, siento la misma curiosidad
que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo fueron nuestra
alegría. Veo fríamente los defectos, las ridiculeces de la moda pasada.
Nuestra pasión murió porque debía morir. Tal vez fue un bien que
huyeses. Para romper después, cuando yo me hubiese amoldado para siempre
a tu cariño, mejor fue que lo hicieses en plena luna de miel. Nos
aproximó el ambiente, aquella maldita primavera, pero ni tú eras para
mí, ni yo para ti. Somos de diferente raza. Tú naciste burgués, yo llevo
en las venas el ardor de la bohemia. El amor, la novedad de mi vida te
deslumbraron; batiste las alas para seguirme, pero caíste con el peso de
los afectos heredados. Tú tienes los apetitos de tu gente. Ahora te
crees infeliz, pero ya te consolarás viéndote personaje, contemplando
tus huertos cada vez más grandes y tus hijos creciendo para heredar el
poder y la fortuna del papá. Esto del amor por el amor, burlándose de
leyes y costumbres, despreciando la vida y la tranquilidad, es nuestro
privilegio, la única fortuna de los locos a los que la sociedad mira con
desconfianza desdeñosa. Cada uno a lo suyo. Las aves de corral a su
pacífica tranquilidad, a engordar al sol; los pájaros errantes a cantar
vagabundos, unas veces sobre un jardín, otras tiritando bajo la
tempestad.
Y riendo de nuevo como arrepentida de estas palabras dichas con gravedad
y convicción, en las que resumía toda la historia de aquel amor, añadió
con expresión burlona:
—Qué parrafito, ¿eh? ¡Qué efecto hubiese hecho al final de tu discurso!
El carruaje entraba ya en la plaza de Oriente: iba a detenerse ante la
casa de Leonora.
—¿Subo?—preguntó el diputado con angustia, con la entonación del niño
que implora un juguete.
—¿Para qué? Te aburrirías; seré la misma que aquí. Arriba no hay luna
ni naranjos en flor. Es inútil esperar una borrachera como la de aquella
noche. Además, no quiero que te vea Beppa. Se acuerda mucho de aquella
tarde en el hotel de Roma al recibir tu carta, y me creería una mujer
sin dignidad al verme contigo.
Le invitaba a bajar con un gesto imperioso. Cuando partió el carruaje,
los dos quedaron un momento en la acera, contemplándose por última vez.
—Adiós, Rafael. Cuídate, no envejezcas tan aprisa. Cree que he tenido
un verdadero gusto en volver a verte; el gusto de convencerme de que
aquello acabó.
—¡Pero así te vas!... ¡Así acaba para ti una pasión que aún llena mi
vida!... ¿Cuándo volveremos a vernos?
—No sé: nunca... tal vez cuando menos lo esperes. El mundo es grande,
pero rodando por él como yo ruedo, hay encuentros inesperados, como
este.
Rafael señalaba al inmediato teatro.
—¿Y si vinieras a cantar ahí?... ¿Si yo volviera a verte?...
Leonora sonreía con altivez, adivinando su pregunta.
—Si vuelvo, serás uno de mis innumerables amigos; nada más. Y no creas
que soy ahora una santa. La misma que antes de conocerte; pero de todos,
¿sabes? del portero del teatro, si es preciso, antes que de ti. Tú eres
un muerto... Adiós, Rafael.
La vio desaparecer en el portal, y permaneció aún mucho rato en la acera
dominado por el anonadamiento; abstraído en la contemplación de los
últimos resplandores del crepúsculo que palidecían más allá de los
tejados del Palacio real.
Las bandadas de pájaros piaban sobre los árboles del jardín,
estremeciendo las hojas con sus aleteos juguetones como enardecidos por
la primavera que llegaba para ellos fiel y puntual como todos los años.
Emprendió la marcha hacia el interior de la ciudad, lentamente, con
desaliento, pensando morir; diciendo adiós a todas las ilusiones que
aquella mujer parecía haberse llevado consigo al volverle implacable la
espalda. Sí; era un muerto que paseaba su cadáver bajo la luz triste de
los primeros faroles de gas que comenzaban a encenderse. ¡Adiós, amor!
¡adiós juventud! Para él ya no había primavera. La alegre locura le
rechazaba como un desertor indigno; su porvenir era engordar dentro del
hábito de hombre serio.
En la calle del Arenal oyó que le llamaban. Era un diputado, un camarada
de banco que volvía de la sesión.
—Compañero; deje usted que se le felicite: estuvo usted
archimonumental. El ministro ha hablado con gran entusiasmo de su
discurso al presidente del Consejo. Cosa hecha; a la primera combinación
es usted director general o subsecretario. ¡Mi enhorabuena, compañero!