TERCERA PARTE

I

—Don Rafael; los señores de la Comisión de Presupuestos aguardan a usía

en la sección segunda.

—Voy al momento.

Y el diputado siguió inclinado sobre su pupitre en el gabinete de

escritura del Congreso, terminando su última carta, añadiendo un sobre

más al montón de correspondencia que se apilaba en el extremo de la

mesa, junto al bastón y el sombrero de copa.

Era la tarea diaria, la pesada corbea de la tarde, que junto a él

cumplían con gesto aburrido un gran número de representantes del país.

Contestar peticiones y consultas, ahogar las quejas y entretener las

locas pretensiones que llegaban del distrito, el clamoreo sin fin del

rebaño electoral, que no tropezaba con el más leve obstáculo sin acudir

inmediatamente al diputado como el devoto apela al milagroso patrón.

Recogió sus cartas, entregándolas a un ujier para que las llevase a la

estafeta, y contoneando su cuerpo voluminoso, con una falsa gallardía

juvenil, salió al pasillo central, prolongación del gran mentidero del

salón de Conferencias.

El Excmo. Sr. D. Rafael Brull sentíase como en su propia casa al entrar

en aquel corredor; lóbrega garganta cargada de humo de tabaco, llena de

trajes negros que se agolpaban en corrillos o se movían abriéndose paso

trabajosamente con los codos.

Ocho años estaba allí. Casi había perdido la cuenta de las veces que le

declararon el acta limpia en el caprichoso vaivén de la política

española, que da a los parlamentos una vida fugaz. Los ujieres, el

personal de secretaría, todos los dependientes de la casa le miraban con

respetuosa confianza, como un compañero superior, unido cual ellos para

siempre a la vida del Congreso. No era de los que pescan milagrosamente

un acta en el oleaje de la política y no repiten la suerte, quedando

adheridos por toda la vida a los divanes del salón de Conferencias,

tristes, con la nostalgia de la perdida grandeza, siendo los primeros

todas las tardes a entrar en el Congreso para conservar su carácter de

exdiputados, deseando con vehemencia que vuelvan los suyos para sentarse

otra vez allá dentro en los escaños rojos. Era un señor con distrito

propio: llegaba con su acta pura e indiscutible, lo mismo si mandaban

los suyos que si el partido estaba en la oposición. A falta de otros

méritos decían de él los de la casa: «Ese es de los pocos que vienen

aquí de verdad». Su nombre no figuraba gran cosa en el extracto de las

sesiones, pero no había empleado, periodista o tertuliano de la clase de

caídos que al ver el apellido de Brull invariablemente en la lista de

todas las comisiones que se formaban, no dijera «¡Ah! sí: Brull el de

Alcira».

Ocho años de servicios al país; de vivir en una mediana casa de

huéspedes, teniendo allá abajo su aparatoso caserón adornado con una

suntuosidad que había costado una fortuna a su madre y a su suegro.

Largas temporadas de alejamiento de su mujer y sus hijos, aburriéndose

con la vida monótona del que no quiere gastar mucho para que la familia

ausente no suponga locuras y olvidos del deber. ¡Qué de sacrificios en

los ocho años de diputación! El estómago estragado por la incalculable

cantidad de vasos de agua con azucarillo apurados en la cantina del

Congreso; callos en los pies por los interminables plantones en el

pasillo central, rompiendo distraídamente con la contera del bastón el

barniz de los azulejos del zócalo; una cantidad incalculable de pesetas

gastadas en coches de punto por culpa de los entusiastas del distrito

que le hacían ir todas las mañanas de ministerio en ministerio pidiendo

la luna, para contentarse al fin con algunos granos de arena.

Hacía su carrera con lentitud, mas según los maldicientes del salón de

Conferencias, era un joven serio y discreto, de pocas palabras, pero

seguras, que acabaría por llegar a alguna parte. Y él, satisfecho del

papel de hombre serio que le asignaban, reía pocas veces, vestía

fúnebremente, sin el menor color disonante sobre sus negras ropas;

prefería oír pacientemente cosas que no le importaban a aventurar una

opinión, y estaba contento de engordar prematuramente, de que su cráneo

se despoblara, brillando con venerable luz bajo las lámparas del salón

de sesiones, y de que en el vértice de sus ojos se fuera marcando la

pata de gallo de la vejez prematura. Tenía treinta y cuatro años y

parecía estar más allá de los cuarenta. Al hablar se calaba los lentes

con un movimiento de altivez cuidadosamente imitado del difunto jefe del

partido, y nunca manifestaba su opinión sin decir antes: «Yo

entiendo»... o «sobre ese asunto tengo mis ideas particulares y

propias»... ¡Lo que había aprendido en aquellos ocho años de abono

parlamentario!...

El nuevo jefe del partido, viendo en él a un compañero seguro que se

buscaba por sí mismo la entrada en el Congreso, le tenía alguna

consideración. Era un soldado que no faltaba a la lista. Llegaba

puntualmente al formarse un nuevo parlamento; presentábase con su acta

limpia, lo mismo si el partido ocupaba los amplios bancos de la derecha

con la insolencia del vencedor, que si se apelotonaba en la izquierda,

reducido, recortado, con la rabiosa ansia de volver a sentarse enfrente

y el loco deseo de encontrarlo todo mal. Dos legislaturas pasadas en la

izquierda del salón, le habían hecho adquirir cierta confianza con el

jefe; le permitían esa franca camaradería de la oposición, donde desde

el _leader_ hasta el que calla, todos viven igualados por su cualidad

común de simples diputados. Además, en aquellas temporadas de desgracia;

para ayudar a la obra destructora de los suyos, podía permitirse sus

preguntitas al gobierno a primera hora de las sesiones, y más de una vez

escuchó de la boca sonriente y descolorida del jefe: «Muy bien, Brull;

ha estado usted intencionado». Y la felicitación llegaba hasta el

distrito, agrandada por el popular asombro.

Junto con esto, los honores parlamentarios, la gran cruz que le habían

dado como esas gratificaciones que se conceden por años de servicios y

el formar en todas las comisiones encargadas de representar el poder

legislativo en las solemnidades públicas. Si había que llevar a Palacio

la contestación del Mensaje, él era de los designados y temblaba de

emoción pensando en su madre, en su mujer, en todos los de allá al verse

en los carruajes de gala, precedido de brillantes jinetes y saludado por

las trompetas que entonaban la regia marcha. También era él de los que

salían a la escalinata del Congreso a recibir las reales personas en la

sesión inaugural, y en una legislatura fue de la comisión de gobierno

interior, lo que le dio gran realce ante los ujieres.

—Ese Brull—decían en el salón de Conferencias—será algo el día en que

suban los suyos.

Ya habían subido; ocupaba su partido el poder en uno de aquellos cambios

de rumbo previstos y ordenados a que vivía sometida la nación por la

política de balancín, y Rafael era de la Comisión de Presupuestos, para

que se soltase a hablar con algo más que preguntas. Había que hacer

méritos; justificar su llegada a uno de aquellos puestos, que según

decían, le guardaba el jefe.

Los diputados nuevos (la juventud, que componía la mayoría, escogida y

triunfante desde el ministerio de la Gobernación) le respetaban y

atendían como los alumnos atienden a un pasante que recibe directamente

las órdenes del maestro. Era la supeditación de los novatos ante el

discípulo viejo habituado a los usos de la casa.

Cuando llegaba una votación y se agitaban las oposiciones creyendo en la

posibilidad de la victoria, el ministro de la Gobernación le buscaba en

los bancos con mirada ansiosa:

—A ver, Brull, traiga usted a esa gente; somos pocos.

Y Brull, orgulloso del mandato, salía como un rayo entre el estrépito de

los timbres que llamaban los diputados a votar y las correrías de los

ujieres. Pasaba por entre los pupitres del gabinete de escritura, se

asomaba a la cantina, subía a las comisiones, deshacía a codazos los

grupos de los pasillos y ensoberbecido con la autoridad conferida,

empujaba rudamente el rebaño ministerial hacia el salón, refunfuñando

con el enfado de un viejo, asegurando que en _sus tiempos_, cuando él

comenzaba, había más disciplina. Al ganarse la votación, suspiraba

satisfecho como quien acaba de salvar al gobierno y al país.

Muchas veces, lo que quedaba en él de sincero y franco, un resto del

carácter de la juventud, le sorprendía, levantando una duda cruel en su

pensamiento. ¿No estaban allí representando una comedia engorrosa y sin

brillo? Realmente, ¿le importaba al país cuanto hacían y decían?

Inmóvil en el corredor, sentía en torno de él el revoloteo nervioso de

los periodistas, aquella juventud pobre, inteligente y simpática, que se

ganaba el pan duramente, y desde su tribuna les contemplaba como los

pájaros miran desde el árbol las miserias de la calle; riendo ante los

disparates de las solemnes calvas, como ríe en los teatros el público

sano y alegre de la galería. Parecían traer con ellos el viento de la

calle a una atmósfera densa y viciada por muchos años de aislamiento;

eran el pensamiento exterior, la idea sin padre conocido, el

estremecimiento de la gran masa, que se introducía como un aire colado

en aquel ambiente denso semejante al de una habitación donde agoniza,

sin llegar a morir, un enfermo crónico.

Su opinión era siempre distinta de la de los representantes del país. El

excelentísimo señor Tal, era para ellos un _congrio_; el ilustre orador

Cual, que ocupaba con su prosa más de una resma de papel en el _Diario

de Sesiones_, era un _percebe_; cada acto del parlamento les parecía un

disparate, aunque por exigencias de la vida dijeran lo contrario en sus

periódicos, y lo más extraño era que el país, con misteriosa

adivinación, repetía lo mismo que ellos pensaron en el primer impulso de

su ardor juvenil.

¿Tendrían que bajar de su tribuna a los bancos para que por primera vez

se dejase oír allí la opinión nacional?

Y el diputado acababa por reconocer que también estaba la opinión entre

ellos, pero como la momia está en el sarcófago; inmóvil, dormida,

agarrotada por duras vendas, ungida con el ungüento de la retórica y el

correcto bien decir que considera como pecados de mal gusto el arrebato

de la fe, el tumulto de la indignación.

En realidad, todo iba bien. La nación callaba, permanecía inmóvil;

luego estaba contenta. Terminada ya para siempre la era de las

revoluciones, aquel era el sistema infalible de gobernar, con sus crisis

concertadas y sus papeles cambiados amistosamente por los partidos,

marcando con toda suerte de detalles lo que cada cual había de decir en

el poder y en la oposición.

En aquel palacio, de extravagante arquitectura, adornado con el mismo

mal gusto que la casa de un millonario improvisado, debía pasar Rafael

su existencia para realizar el sueño de los suyos, aspirando una

atmósfera densa, cálida y entorpecedora, mientras afuera sonreía el

cielo azul y se cubrían de flores los jardines. Debía pasar gran parte

del año lejos de sus naranjos, pensando melancólicamente en el ambiente

tibio y perfumado de los huertos, mientras se subía el cuello del gabán

o se envolvía en la capa, saltando de un golpe del ardor de los

caloríferos del Congreso al frío seco y cruel del invierno en las calles

de Madrid.

Nada notable había ocurrido para él durante aquellos ocho años. Su vida

era un río turbio, monótono, sin brillantez ni belleza, deslizándose

sordamente como el Júcar en invierno. Al repasar su existencia, la

resumía en pocas palabras. Se había casado; Remedios era su mujer, don

Matías su suegro. Era rico, disponía por completo de una gran fortuna,

mandando despóticamente sobre el rudo padre de su esposa, el más

ferviente de sus admiradores. Su madre, como si los esfuerzos para

emparentar con la riqueza hubiesen agotado la fuerza de su carácter,

había caído en un marasmo senil rayano en la idiotez, sin más

manifestaciones de vida que la permanencia en la iglesia hasta que la

despedían cerrando las puertas, y el rosario, continuamente murmurado

por los rincones de la casa, huyendo de los gritos y los juegos de sus

nietos. Don Andrés había muerto, dejando con su desaparición árbitro y

señor absoluto del partido a Rafael. El nacimiento de sus tres hijos,

las enfermedades propias de la infancia, el diente que apunta con

rabioso dolor, el constipado que obliga a la madre a pasar la noche en

vela y las estúpidas travesuras de su cuñado—aquel hermano de Remedios

que le temía a él más que a su padre, influenciado por el respeto que

infundía su majestuosa persona—eran los únicos sucesos que habían

alterado un poco la monotonía de su existencia.

Todos los años adquiría nuevas propiedades; sentía el estremecimiento

del orgullo contemplando desde la montaña de San Salvador—aquella

ermita ¡ay! de tenaz recuerdo—los grandes pedazos de tierra aquí y

allá, cercados de verdes tapias, sobre los cuales extendíanse los

naranjos en correctas filas. Todo era suyo; la dulzura de la posesión,

la borrachera de la propiedad subíansele a la cabeza.

Al entrar en el antiguo caserón, rejuvenecido y transformado,

experimentaba idéntica impresión de bienestar y poder. El viejo mueble

donde su madre guardaba el dinero estaba en el mismo sitio; pero ya no

ocultaba cantidades amasadas lentamente a costa de sacrificios y

privaciones para alzar hipotecas y suprimir acreedores. Ya no llegaba a

él de puntillas; palpando en la sombra; ahora lo abría a raíz de la

cosecha y sus manos se perdían con temblores de felicidad en los fajos

de billetes entregados por su suegro a cambio de las naranjas, y pensaba

con fruición en lo que este guardaba en los Bancos y algún día vendría a

su poder.

El ansia de la riqueza, el delirio de la tierra se había apoderado de él

como una pasión deleitosa, la única que honestamente podía tener en su

vida monótona, siempre igual, marcándose por la noche hora por hora todo

lo que haría al día siguiente. En aquella pasión por la riqueza había

algo de contagio matrimonial. Ocho años de dormir juntos, en casto

contacto de cabeza a pies, confundiendo el sudor de sus cuerpos y la

respiración de sus pulmones, habían acabado por infiltrar en Rafael una

gran parte de las manías y aficiones de su esposa.

La cabrita mansa y asustadiza que correteaba perseguida por él, y le

miraba con ojos tristes en sus días de alejamiento, era una mujer con

toda la firmeza imperiosa y la superioridad dominante de las hembras de

los países meridionales. La limpieza y el ahorro tomaban en ella el

carácter de intolerables tiranías. Reñía a su marido si con sus pies

trasladaba la más leve pella de barro de la calle al salón, y revolvía

la casa haciendo ir de cabeza a todos los domésticos apenas descubría en

la cocina unas gotas de aceite derramadas fuera de la vasija o un pedazo

de pan abandonado en un rincón.

—Una perla para la casa: ¿no lo decía yo?—murmuraba el padre

satisfecho.

Su virtud era intolerable. Rafael había querido amarla en los primeros

tiempos de su matrimonio. Deseaba olvidar; sentía los mismos arrebatos

apasionados y juguetones de aquellos días en que la perseguía por los

huertos. Pero ella, pasada la primera fiebre de amor, satisfecha su

curiosidad de doncella ante el misterio del matrimonio, opuso en

adelante una pasividad fría y grave a las caricias del marido. No era

una mujer lo que encontraba; era una hembra fríamente resignada con los

deberes de la procreación.

Sobre esto tenía ella sus «ideas particulares y propias» como su marido

allá en las Cortes. El querer mucho a los hombres no era de mujeres

buenas; eso de entregarse a la caricia con estremecimientos de pasión y

abandonos de locura, era propio de las _malas_, de las perdidas. La

buena esposa debía resignarse para tener hijos... y nada más; lo que no

fuese esto eran porquerías, pecados y abominación. Estaba enterada por

personas que sabían bien lo que se decían. Y orgullosa de aquella virtud

rígida y áspera como el esparto, se ofrecía a su esposo con una frialdad

que parecía pincharle, sin otro anhelo que lanzar al mundo nuevos hijos

que perpetuasen el nombre de Brull y enorgulleciesen al abuelo don

Matías, que veía en ellos un plantel de personajes, destinados a las

mayores grandezas.

Rafael vivía envuelto en aquel mismo ambiente tibio y suave del hogar

honrado, que una tarde, paseando por Valencia, le mostró don Andrés como

esperanza risueña si quería volver la espalda a la locura. Tenía mujer e

hijos; era rico. Sus escopetas las encargaba el suegro a los

corresponsales de Inglaterra; en la cuadra tenía cada año un caballo

nuevo, encargándose el mismo don Matías de comprar lo mejor que se

encontraba en las ferias de Andalucía. Cazaba, galopaba por los caminos

del distrito, distribuía justicia en el patio de la casa lo mismo que su

padre; sus tres pequeños, intimidados por sus largos viajes a Madrid y

más familiarizados con los abuelos que con él, colocábanse cabizbajos en

torno de sus rodillas, aguardando en silencio el beso paternal; todo

cuanto le rodeaba estaba al alcance de su deseo, y, sin embargo, no era

feliz.

De vez en cuando surgía en su memoria el recuerdo de aquella aventura de

la juventud. Los ocho años transcurridos le parecían un siglo. Rafael se

sentía alejado de aquellos sucesos por toda una vida. El rostro de

Leonora se había esfumado poco a poco en su memoria hasta perderse. Sólo

recordaba los ojos verdes, la cabellera brillante como un casco de oro.

Hacía tiempo que había muerto la tía, aquella doña Pepita, sencilla y

devota, dejando sus bienes para la salvación del alma. El huerto y la

casa azul eran ahora de su suegro, que había trasladado a su domicilio

todo lo mejor, los muebles y los adornos comprados por Leonora en su

época de aislamiento, mientras Rafael estaba en Madrid y soñaba ella en

quedarse allí para siempre.

Rafael evitó con gran cuidado volver a la casa azul. Temía despertar

cierta susceptibilidad de su esposa. Bastante le pesaba en ciertos

momentos el silencio de ella; su prudencia extraña que jamás le

permitió hacer la más leve alusión al pasado, mientras que en su mirada

fría y en la entereza con que abominaba de las locuras del amor

adivinábase el recuerdo tenaz de aquella aventura que todos habían

querido ocultar y que turbó profundamente los preparativos de tu

matrimonio.

Cuando el diputado estaba solo en Madrid, libre, como en su época de

soltero, el recuerdo de Leonora surgía en su memoria con entera

libertad, sin aquella coacción que parecía turbarle allá abajo, en el

ambiente de la familia.

¿Qué sería de ella? ¿A qué locuras se habría entregado después de aquel

rompimiento que aún hacía enrojecer a Rafael, como si en su oído

murmurasen atroces insultos? Los periódicos españoles hablan poco de las

cosas de fuera de casa, y sólo dos veces encontró en ellos el nombre de

guerra de Leonora, al dar cuenta de sus triunfos artísticos. Había

cantado en París, como una artista francesa, asombrando la pureza de su

acento; había estrenado en Roma una ópera de un joven maestro, preparada

por el reclamo editorial como un gran acontecimiento. La obra había

gustado poco, pero la artista había sido aclamada por el público,

enloquecido y lacrimoso ante su patética desesperación en el acto final,

al llorar el amor perdido.

Después nada: ninguna noticia; se había eclipsado, impulsada, sin duda,

por el amor, dominada, por aquella vehemencia que le hacía seguir al

hombre preferido como una esclava. Y Rafael, al pensar en esto, sentía

celos, cual si tuviera algún derecho sobre aquella mujer, olvidando la

crueldad con que le había dicho adiós. Aquella despedida era su

remordimiento. Comprendía que Leonora había sido para él la única

pasión; el amor que pasa una sola vez en la vida al alcance de la mano.

Y él en vez de apresarle, lo había espantado para siempre con un acto

villano, con una despedida cruel, cuyo recuerdo le avergonzaba.

Coronado del azahar de los huertos, el amor había pasado ante él,

cantando el himno de la juventud loca, sin escrúpulos ni ambiciones,

invitándole a ir tras sus pasos, y él le había contestado con una

pedrada en las espaldas.

Ya no volvería a pasar, lo presentía. Aquel ser misterioso, risueño y

juguetón sólo se presentaba una vez en el camino. Había que cerrar los

ojos y seguirle agarrado a la mano de la mujer que ofrecía. Si era una

virgen, bueno; si era una mujer como Leonora, bien; había que

conformarse ciegamente, y el que se detenía como él, el que retrocedía

estaba perdido; veía en torno una noche sin fin, y jamás volvía a pasar

ante sus ojos el risueño amor coronado de flores, entonando esa canción

que sólo se oye una vez en la vida.

Eran vanos todos sus esfuerzos por salir de la monomanía de su

existencia, por rejuvenecerse sacudiendo la vejez de ánimo. Se convencía

con tristeza de que era imposible la repetición de la aventura.

Por dos meses fue el amante de Cora, una muchacha popular en los

entresuelos de Fornos; una gallega alta, esbelta y fuerte (¡ay, como la

otra!) que había pasado algunos meses en París y al volver de allá con

el pelo teñido de rubio, recogiéndose el vestido con la misma gracia

que si hiciera el _trottoir_ en los boulevares, mezclando con dulzura en

la conversación palabras francesas, llamando _mon cher_ a todo el mundo

y dándosela de entendida en la organización de una cena, brillaba como

una gran _cocotte_ entre sus amigas, sin más alardes que el lamentable

flamenco y la palabra desvergonzada de brutal gracia.

Pero se cansó pronto de aquellas relaciones. El labio superior de Cora,

sudoroso bajo los polvos de arroz, siempre cubierto de un rocío de

salud, le disgustaba como el hocico de una hermosa bestia de grosera

vitalidad; su empalagosa charla, siempre girando sobre las modas, los

apuros pecuniarios o las ridiculeces de las amigas, acabó por causarle

náuseas. Además, en aquello no había amor, ni capricho siquiera. Le

costaban dinero y no poco tales relaciones, y él se alarmaba en sus

mezquindades de rico; pensaba con remordimiento en el porvenir de sus

hijos como si estuviera arruinándoles, en lo que diría ante los gastos

considerablemente aumentados aquella Remedios tan económica, tan

dispuesta a la defensa del céntimo, sin otros despilfarros que el manto

nuevo para la virgen o la fiesta estruendosa con gran orquesta y bosques

de cirios.

Rompió sus relaciones con la gallega del boulevar, sintiendo un dulce

descanso al no tener que comparar sus recuerdos de la juventud con

aquella pasión mercenaria en la que terminaban los arrebatos de amor con

la presentación de alguna cuenta que había que pagar a la mañana

siguiente.

Terminó la vergonzosa alianza de la que se afrentaba Rafael, justamente

cuando su partido ocupaba de nuevo el poder y volvía él a sentarse en

los escaños de la derecha, cerca del banco ministerial, en su calidad de

diputado antiguo. Había llegado el momento de trabajar; a ver si de un

buen empujón lograba abrirse paso. Le nombraron de la Comisión de

presupuestos y tomó sobre sí la obligación de contestar a varias

enmiendas presentadas por las oposiciones al presupuesto de Gracia y

Justicia. El ministro era amigo suyo: un marqués respetable y solemne

que había sido absolutista y cansado de _platonismos_, como él decía,

acabó por reconocer el régimen liberal aunque conservando sus antiguas

ideas.

Le agitaba el temblor del muchacho en vísperas de exámenes. Estudiaba en

la biblioteca lo que habían dicho sobre la materia innumerables

generaciones de diputados en un siglo de parlamentarismo.

Sus amigos del Salón de Conferencias, todos aquellos derrotados y

caídos, la bohemia parlamentaria, que le quería a cambio de papeletas

para las tribunas, animábale profetizando un triunfo. Ya no se

aproximaban a él para decirle: «Cuando yo era gobernador...»

embriagándose a sí mismos con el esplendor de sus glorias muertas; ya no

le preguntaban sobre lo que pensaba don Francisco de esto o de aquello,

para sacar locas deducciones de sus respuestas.

Le aconsejaban, dábanle indicaciones con arreglo a lo que ellos habían

dicho o pensado decir al discutirse el presupuesto en tiempos de

González Bravo, y acababan por murmurar con una sonrisa que le causaba

escalofríos:—Allá veremos: que quede usted bien.

Y todo aquel rebaño de malhumorados que esperando un acta jamás llegada,

corrían como viejos caballos al olor de la pólvora a aglomerarse en dos

masas al lado de la presidencia, apenas en el salón se armaba bronca con

campanillazos, no podían imaginarse que el joven diputado muchas noches

interrumpía su lectura con la tentación de arrojar contra la pared los

gruesos tomos de las sesiones, y acababa pensando con escalofríos de

intensa voluptuosidad en lo que habría sido de él corriendo el mundo

tras unos ojos verdes cuya luz dorada creía ver temblar entre los

renglones de la amazacotada prosa parlamentaria.

Entre naranjos · 第 17 / 25 题