I
—Don Rafael; los señores de la Comisión de Presupuestos aguardan a usía
en la sección segunda.
—Voy al momento.
Y el diputado siguió inclinado sobre su pupitre en el gabinete de
escritura del Congreso, terminando su última carta, añadiendo un sobre
más al montón de correspondencia que se apilaba en el extremo de la
mesa, junto al bastón y el sombrero de copa.
Era la tarea diaria, la pesada corbea de la tarde, que junto a él
cumplían con gesto aburrido un gran número de representantes del país.
Contestar peticiones y consultas, ahogar las quejas y entretener las
locas pretensiones que llegaban del distrito, el clamoreo sin fin del
rebaño electoral, que no tropezaba con el más leve obstáculo sin acudir
inmediatamente al diputado como el devoto apela al milagroso patrón.
Recogió sus cartas, entregándolas a un ujier para que las llevase a la
estafeta, y contoneando su cuerpo voluminoso, con una falsa gallardía
juvenil, salió al pasillo central, prolongación del gran mentidero del
salón de Conferencias.
El Excmo. Sr. D. Rafael Brull sentíase como en su propia casa al entrar
en aquel corredor; lóbrega garganta cargada de humo de tabaco, llena de
trajes negros que se agolpaban en corrillos o se movían abriéndose paso
trabajosamente con los codos.
Ocho años estaba allí. Casi había perdido la cuenta de las veces que le
declararon el acta limpia en el caprichoso vaivén de la política
española, que da a los parlamentos una vida fugaz. Los ujieres, el
personal de secretaría, todos los dependientes de la casa le miraban con
respetuosa confianza, como un compañero superior, unido cual ellos para
siempre a la vida del Congreso. No era de los que pescan milagrosamente
un acta en el oleaje de la política y no repiten la suerte, quedando
adheridos por toda la vida a los divanes del salón de Conferencias,
tristes, con la nostalgia de la perdida grandeza, siendo los primeros
todas las tardes a entrar en el Congreso para conservar su carácter de
exdiputados, deseando con vehemencia que vuelvan los suyos para sentarse
otra vez allá dentro en los escaños rojos. Era un señor con distrito
propio: llegaba con su acta pura e indiscutible, lo mismo si mandaban
los suyos que si el partido estaba en la oposición. A falta de otros
méritos decían de él los de la casa: «Ese es de los pocos que vienen
aquí de verdad». Su nombre no figuraba gran cosa en el extracto de las
sesiones, pero no había empleado, periodista o tertuliano de la clase de
caídos que al ver el apellido de Brull invariablemente en la lista de
todas las comisiones que se formaban, no dijera «¡Ah! sí: Brull el de
Alcira».
Ocho años de servicios al país; de vivir en una mediana casa de
huéspedes, teniendo allá abajo su aparatoso caserón adornado con una
suntuosidad que había costado una fortuna a su madre y a su suegro.
Largas temporadas de alejamiento de su mujer y sus hijos, aburriéndose
con la vida monótona del que no quiere gastar mucho para que la familia
ausente no suponga locuras y olvidos del deber. ¡Qué de sacrificios en
los ocho años de diputación! El estómago estragado por la incalculable
cantidad de vasos de agua con azucarillo apurados en la cantina del
Congreso; callos en los pies por los interminables plantones en el
pasillo central, rompiendo distraídamente con la contera del bastón el
barniz de los azulejos del zócalo; una cantidad incalculable de pesetas
gastadas en coches de punto por culpa de los entusiastas del distrito
que le hacían ir todas las mañanas de ministerio en ministerio pidiendo
la luna, para contentarse al fin con algunos granos de arena.
Hacía su carrera con lentitud, mas según los maldicientes del salón de
Conferencias, era un joven serio y discreto, de pocas palabras, pero
seguras, que acabaría por llegar a alguna parte. Y él, satisfecho del
papel de hombre serio que le asignaban, reía pocas veces, vestía
fúnebremente, sin el menor color disonante sobre sus negras ropas;
prefería oír pacientemente cosas que no le importaban a aventurar una
opinión, y estaba contento de engordar prematuramente, de que su cráneo
se despoblara, brillando con venerable luz bajo las lámparas del salón
de sesiones, y de que en el vértice de sus ojos se fuera marcando la
pata de gallo de la vejez prematura. Tenía treinta y cuatro años y
parecía estar más allá de los cuarenta. Al hablar se calaba los lentes
con un movimiento de altivez cuidadosamente imitado del difunto jefe del
partido, y nunca manifestaba su opinión sin decir antes: «Yo
entiendo»... o «sobre ese asunto tengo mis ideas particulares y
propias»... ¡Lo que había aprendido en aquellos ocho años de abono
parlamentario!...
El nuevo jefe del partido, viendo en él a un compañero seguro que se
buscaba por sí mismo la entrada en el Congreso, le tenía alguna
consideración. Era un soldado que no faltaba a la lista. Llegaba
puntualmente al formarse un nuevo parlamento; presentábase con su acta
limpia, lo mismo si el partido ocupaba los amplios bancos de la derecha
con la insolencia del vencedor, que si se apelotonaba en la izquierda,
reducido, recortado, con la rabiosa ansia de volver a sentarse enfrente
y el loco deseo de encontrarlo todo mal. Dos legislaturas pasadas en la
izquierda del salón, le habían hecho adquirir cierta confianza con el
jefe; le permitían esa franca camaradería de la oposición, donde desde
el _leader_ hasta el que calla, todos viven igualados por su cualidad
común de simples diputados. Además, en aquellas temporadas de desgracia;
para ayudar a la obra destructora de los suyos, podía permitirse sus
preguntitas al gobierno a primera hora de las sesiones, y más de una vez
escuchó de la boca sonriente y descolorida del jefe: «Muy bien, Brull;
ha estado usted intencionado». Y la felicitación llegaba hasta el
distrito, agrandada por el popular asombro.
Junto con esto, los honores parlamentarios, la gran cruz que le habían
dado como esas gratificaciones que se conceden por años de servicios y
el formar en todas las comisiones encargadas de representar el poder
legislativo en las solemnidades públicas. Si había que llevar a Palacio
la contestación del Mensaje, él era de los designados y temblaba de
emoción pensando en su madre, en su mujer, en todos los de allá al verse
en los carruajes de gala, precedido de brillantes jinetes y saludado por
las trompetas que entonaban la regia marcha. También era él de los que
salían a la escalinata del Congreso a recibir las reales personas en la
sesión inaugural, y en una legislatura fue de la comisión de gobierno
interior, lo que le dio gran realce ante los ujieres.
—Ese Brull—decían en el salón de Conferencias—será algo el día en que
suban los suyos.
Ya habían subido; ocupaba su partido el poder en uno de aquellos cambios
de rumbo previstos y ordenados a que vivía sometida la nación por la
política de balancín, y Rafael era de la Comisión de Presupuestos, para
que se soltase a hablar con algo más que preguntas. Había que hacer
méritos; justificar su llegada a uno de aquellos puestos, que según
decían, le guardaba el jefe.
Los diputados nuevos (la juventud, que componía la mayoría, escogida y
triunfante desde el ministerio de la Gobernación) le respetaban y
atendían como los alumnos atienden a un pasante que recibe directamente
las órdenes del maestro. Era la supeditación de los novatos ante el
discípulo viejo habituado a los usos de la casa.
Cuando llegaba una votación y se agitaban las oposiciones creyendo en la
posibilidad de la victoria, el ministro de la Gobernación le buscaba en
los bancos con mirada ansiosa:
—A ver, Brull, traiga usted a esa gente; somos pocos.
Y Brull, orgulloso del mandato, salía como un rayo entre el estrépito de
los timbres que llamaban los diputados a votar y las correrías de los
ujieres. Pasaba por entre los pupitres del gabinete de escritura, se
asomaba a la cantina, subía a las comisiones, deshacía a codazos los
grupos de los pasillos y ensoberbecido con la autoridad conferida,
empujaba rudamente el rebaño ministerial hacia el salón, refunfuñando
con el enfado de un viejo, asegurando que en _sus tiempos_, cuando él
comenzaba, había más disciplina. Al ganarse la votación, suspiraba
satisfecho como quien acaba de salvar al gobierno y al país.
Muchas veces, lo que quedaba en él de sincero y franco, un resto del
carácter de la juventud, le sorprendía, levantando una duda cruel en su
pensamiento. ¿No estaban allí representando una comedia engorrosa y sin
brillo? Realmente, ¿le importaba al país cuanto hacían y decían?
Inmóvil en el corredor, sentía en torno de él el revoloteo nervioso de
los periodistas, aquella juventud pobre, inteligente y simpática, que se
ganaba el pan duramente, y desde su tribuna les contemplaba como los
pájaros miran desde el árbol las miserias de la calle; riendo ante los
disparates de las solemnes calvas, como ríe en los teatros el público
sano y alegre de la galería. Parecían traer con ellos el viento de la
calle a una atmósfera densa y viciada por muchos años de aislamiento;
eran el pensamiento exterior, la idea sin padre conocido, el
estremecimiento de la gran masa, que se introducía como un aire colado
en aquel ambiente denso semejante al de una habitación donde agoniza,
sin llegar a morir, un enfermo crónico.
Su opinión era siempre distinta de la de los representantes del país. El
excelentísimo señor Tal, era para ellos un _congrio_; el ilustre orador
Cual, que ocupaba con su prosa más de una resma de papel en el _Diario
de Sesiones_, era un _percebe_; cada acto del parlamento les parecía un
disparate, aunque por exigencias de la vida dijeran lo contrario en sus
periódicos, y lo más extraño era que el país, con misteriosa
adivinación, repetía lo mismo que ellos pensaron en el primer impulso de
su ardor juvenil.
¿Tendrían que bajar de su tribuna a los bancos para que por primera vez
se dejase oír allí la opinión nacional?
Y el diputado acababa por reconocer que también estaba la opinión entre
ellos, pero como la momia está en el sarcófago; inmóvil, dormida,
agarrotada por duras vendas, ungida con el ungüento de la retórica y el
correcto bien decir que considera como pecados de mal gusto el arrebato
de la fe, el tumulto de la indignación.
En realidad, todo iba bien. La nación callaba, permanecía inmóvil;
luego estaba contenta. Terminada ya para siempre la era de las
revoluciones, aquel era el sistema infalible de gobernar, con sus crisis
concertadas y sus papeles cambiados amistosamente por los partidos,
marcando con toda suerte de detalles lo que cada cual había de decir en
el poder y en la oposición.
En aquel palacio, de extravagante arquitectura, adornado con el mismo
mal gusto que la casa de un millonario improvisado, debía pasar Rafael
su existencia para realizar el sueño de los suyos, aspirando una
atmósfera densa, cálida y entorpecedora, mientras afuera sonreía el
cielo azul y se cubrían de flores los jardines. Debía pasar gran parte
del año lejos de sus naranjos, pensando melancólicamente en el ambiente
tibio y perfumado de los huertos, mientras se subía el cuello del gabán
o se envolvía en la capa, saltando de un golpe del ardor de los
caloríferos del Congreso al frío seco y cruel del invierno en las calles
de Madrid.
Nada notable había ocurrido para él durante aquellos ocho años. Su vida
era un río turbio, monótono, sin brillantez ni belleza, deslizándose
sordamente como el Júcar en invierno. Al repasar su existencia, la
resumía en pocas palabras. Se había casado; Remedios era su mujer, don
Matías su suegro. Era rico, disponía por completo de una gran fortuna,
mandando despóticamente sobre el rudo padre de su esposa, el más
ferviente de sus admiradores. Su madre, como si los esfuerzos para
emparentar con la riqueza hubiesen agotado la fuerza de su carácter,
había caído en un marasmo senil rayano en la idiotez, sin más
manifestaciones de vida que la permanencia en la iglesia hasta que la
despedían cerrando las puertas, y el rosario, continuamente murmurado
por los rincones de la casa, huyendo de los gritos y los juegos de sus
nietos. Don Andrés había muerto, dejando con su desaparición árbitro y
señor absoluto del partido a Rafael. El nacimiento de sus tres hijos,
las enfermedades propias de la infancia, el diente que apunta con
rabioso dolor, el constipado que obliga a la madre a pasar la noche en
vela y las estúpidas travesuras de su cuñado—aquel hermano de Remedios
que le temía a él más que a su padre, influenciado por el respeto que
infundía su majestuosa persona—eran los únicos sucesos que habían
alterado un poco la monotonía de su existencia.
Todos los años adquiría nuevas propiedades; sentía el estremecimiento
del orgullo contemplando desde la montaña de San Salvador—aquella
ermita ¡ay! de tenaz recuerdo—los grandes pedazos de tierra aquí y
allá, cercados de verdes tapias, sobre los cuales extendíanse los
naranjos en correctas filas. Todo era suyo; la dulzura de la posesión,
la borrachera de la propiedad subíansele a la cabeza.
Al entrar en el antiguo caserón, rejuvenecido y transformado,
experimentaba idéntica impresión de bienestar y poder. El viejo mueble
donde su madre guardaba el dinero estaba en el mismo sitio; pero ya no
ocultaba cantidades amasadas lentamente a costa de sacrificios y
privaciones para alzar hipotecas y suprimir acreedores. Ya no llegaba a
él de puntillas; palpando en la sombra; ahora lo abría a raíz de la
cosecha y sus manos se perdían con temblores de felicidad en los fajos
de billetes entregados por su suegro a cambio de las naranjas, y pensaba
con fruición en lo que este guardaba en los Bancos y algún día vendría a
su poder.
El ansia de la riqueza, el delirio de la tierra se había apoderado de él
como una pasión deleitosa, la única que honestamente podía tener en su
vida monótona, siempre igual, marcándose por la noche hora por hora todo
lo que haría al día siguiente. En aquella pasión por la riqueza había
algo de contagio matrimonial. Ocho años de dormir juntos, en casto
contacto de cabeza a pies, confundiendo el sudor de sus cuerpos y la
respiración de sus pulmones, habían acabado por infiltrar en Rafael una
gran parte de las manías y aficiones de su esposa.
La cabrita mansa y asustadiza que correteaba perseguida por él, y le
miraba con ojos tristes en sus días de alejamiento, era una mujer con
toda la firmeza imperiosa y la superioridad dominante de las hembras de
los países meridionales. La limpieza y el ahorro tomaban en ella el
carácter de intolerables tiranías. Reñía a su marido si con sus pies
trasladaba la más leve pella de barro de la calle al salón, y revolvía
la casa haciendo ir de cabeza a todos los domésticos apenas descubría en
la cocina unas gotas de aceite derramadas fuera de la vasija o un pedazo
de pan abandonado en un rincón.
—Una perla para la casa: ¿no lo decía yo?—murmuraba el padre
satisfecho.
Su virtud era intolerable. Rafael había querido amarla en los primeros
tiempos de su matrimonio. Deseaba olvidar; sentía los mismos arrebatos
apasionados y juguetones de aquellos días en que la perseguía por los
huertos. Pero ella, pasada la primera fiebre de amor, satisfecha su
curiosidad de doncella ante el misterio del matrimonio, opuso en
adelante una pasividad fría y grave a las caricias del marido. No era
una mujer lo que encontraba; era una hembra fríamente resignada con los
deberes de la procreación.
Sobre esto tenía ella sus «ideas particulares y propias» como su marido
allá en las Cortes. El querer mucho a los hombres no era de mujeres
buenas; eso de entregarse a la caricia con estremecimientos de pasión y
abandonos de locura, era propio de las _malas_, de las perdidas. La
buena esposa debía resignarse para tener hijos... y nada más; lo que no
fuese esto eran porquerías, pecados y abominación. Estaba enterada por
personas que sabían bien lo que se decían. Y orgullosa de aquella virtud
rígida y áspera como el esparto, se ofrecía a su esposo con una frialdad
que parecía pincharle, sin otro anhelo que lanzar al mundo nuevos hijos
que perpetuasen el nombre de Brull y enorgulleciesen al abuelo don
Matías, que veía en ellos un plantel de personajes, destinados a las
mayores grandezas.
Rafael vivía envuelto en aquel mismo ambiente tibio y suave del hogar
honrado, que una tarde, paseando por Valencia, le mostró don Andrés como
esperanza risueña si quería volver la espalda a la locura. Tenía mujer e
hijos; era rico. Sus escopetas las encargaba el suegro a los
corresponsales de Inglaterra; en la cuadra tenía cada año un caballo
nuevo, encargándose el mismo don Matías de comprar lo mejor que se
encontraba en las ferias de Andalucía. Cazaba, galopaba por los caminos
del distrito, distribuía justicia en el patio de la casa lo mismo que su
padre; sus tres pequeños, intimidados por sus largos viajes a Madrid y
más familiarizados con los abuelos que con él, colocábanse cabizbajos en
torno de sus rodillas, aguardando en silencio el beso paternal; todo
cuanto le rodeaba estaba al alcance de su deseo, y, sin embargo, no era
feliz.
De vez en cuando surgía en su memoria el recuerdo de aquella aventura de
la juventud. Los ocho años transcurridos le parecían un siglo. Rafael se
sentía alejado de aquellos sucesos por toda una vida. El rostro de
Leonora se había esfumado poco a poco en su memoria hasta perderse. Sólo
recordaba los ojos verdes, la cabellera brillante como un casco de oro.
Hacía tiempo que había muerto la tía, aquella doña Pepita, sencilla y
devota, dejando sus bienes para la salvación del alma. El huerto y la
casa azul eran ahora de su suegro, que había trasladado a su domicilio
todo lo mejor, los muebles y los adornos comprados por Leonora en su
época de aislamiento, mientras Rafael estaba en Madrid y soñaba ella en
quedarse allí para siempre.
Rafael evitó con gran cuidado volver a la casa azul. Temía despertar
cierta susceptibilidad de su esposa. Bastante le pesaba en ciertos
momentos el silencio de ella; su prudencia extraña que jamás le
permitió hacer la más leve alusión al pasado, mientras que en su mirada
fría y en la entereza con que abominaba de las locuras del amor
adivinábase el recuerdo tenaz de aquella aventura que todos habían
querido ocultar y que turbó profundamente los preparativos de tu
matrimonio.
Cuando el diputado estaba solo en Madrid, libre, como en su época de
soltero, el recuerdo de Leonora surgía en su memoria con entera
libertad, sin aquella coacción que parecía turbarle allá abajo, en el
ambiente de la familia.
¿Qué sería de ella? ¿A qué locuras se habría entregado después de aquel
rompimiento que aún hacía enrojecer a Rafael, como si en su oído
murmurasen atroces insultos? Los periódicos españoles hablan poco de las
cosas de fuera de casa, y sólo dos veces encontró en ellos el nombre de
guerra de Leonora, al dar cuenta de sus triunfos artísticos. Había
cantado en París, como una artista francesa, asombrando la pureza de su
acento; había estrenado en Roma una ópera de un joven maestro, preparada
por el reclamo editorial como un gran acontecimiento. La obra había
gustado poco, pero la artista había sido aclamada por el público,
enloquecido y lacrimoso ante su patética desesperación en el acto final,
al llorar el amor perdido.
Después nada: ninguna noticia; se había eclipsado, impulsada, sin duda,
por el amor, dominada, por aquella vehemencia que le hacía seguir al
hombre preferido como una esclava. Y Rafael, al pensar en esto, sentía
celos, cual si tuviera algún derecho sobre aquella mujer, olvidando la
crueldad con que le había dicho adiós. Aquella despedida era su
remordimiento. Comprendía que Leonora había sido para él la única
pasión; el amor que pasa una sola vez en la vida al alcance de la mano.
Y él en vez de apresarle, lo había espantado para siempre con un acto
villano, con una despedida cruel, cuyo recuerdo le avergonzaba.
Coronado del azahar de los huertos, el amor había pasado ante él,
cantando el himno de la juventud loca, sin escrúpulos ni ambiciones,
invitándole a ir tras sus pasos, y él le había contestado con una
pedrada en las espaldas.
Ya no volvería a pasar, lo presentía. Aquel ser misterioso, risueño y
juguetón sólo se presentaba una vez en el camino. Había que cerrar los
ojos y seguirle agarrado a la mano de la mujer que ofrecía. Si era una
virgen, bueno; si era una mujer como Leonora, bien; había que
conformarse ciegamente, y el que se detenía como él, el que retrocedía
estaba perdido; veía en torno una noche sin fin, y jamás volvía a pasar
ante sus ojos el risueño amor coronado de flores, entonando esa canción
que sólo se oye una vez en la vida.
Eran vanos todos sus esfuerzos por salir de la monomanía de su
existencia, por rejuvenecerse sacudiendo la vejez de ánimo. Se convencía
con tristeza de que era imposible la repetición de la aventura.
Por dos meses fue el amante de Cora, una muchacha popular en los
entresuelos de Fornos; una gallega alta, esbelta y fuerte (¡ay, como la
otra!) que había pasado algunos meses en París y al volver de allá con
el pelo teñido de rubio, recogiéndose el vestido con la misma gracia
que si hiciera el _trottoir_ en los boulevares, mezclando con dulzura en
la conversación palabras francesas, llamando _mon cher_ a todo el mundo
y dándosela de entendida en la organización de una cena, brillaba como
una gran _cocotte_ entre sus amigas, sin más alardes que el lamentable
flamenco y la palabra desvergonzada de brutal gracia.
Pero se cansó pronto de aquellas relaciones. El labio superior de Cora,
sudoroso bajo los polvos de arroz, siempre cubierto de un rocío de
salud, le disgustaba como el hocico de una hermosa bestia de grosera
vitalidad; su empalagosa charla, siempre girando sobre las modas, los
apuros pecuniarios o las ridiculeces de las amigas, acabó por causarle
náuseas. Además, en aquello no había amor, ni capricho siquiera. Le
costaban dinero y no poco tales relaciones, y él se alarmaba en sus
mezquindades de rico; pensaba con remordimiento en el porvenir de sus
hijos como si estuviera arruinándoles, en lo que diría ante los gastos
considerablemente aumentados aquella Remedios tan económica, tan
dispuesta a la defensa del céntimo, sin otros despilfarros que el manto
nuevo para la virgen o la fiesta estruendosa con gran orquesta y bosques
de cirios.
Rompió sus relaciones con la gallega del boulevar, sintiendo un dulce
descanso al no tener que comparar sus recuerdos de la juventud con
aquella pasión mercenaria en la que terminaban los arrebatos de amor con
la presentación de alguna cuenta que había que pagar a la mañana
siguiente.
Terminó la vergonzosa alianza de la que se afrentaba Rafael, justamente
cuando su partido ocupaba de nuevo el poder y volvía él a sentarse en
los escaños de la derecha, cerca del banco ministerial, en su calidad de
diputado antiguo. Había llegado el momento de trabajar; a ver si de un
buen empujón lograba abrirse paso. Le nombraron de la Comisión de
presupuestos y tomó sobre sí la obligación de contestar a varias
enmiendas presentadas por las oposiciones al presupuesto de Gracia y
Justicia. El ministro era amigo suyo: un marqués respetable y solemne
que había sido absolutista y cansado de _platonismos_, como él decía,
acabó por reconocer el régimen liberal aunque conservando sus antiguas
ideas.
Le agitaba el temblor del muchacho en vísperas de exámenes. Estudiaba en
la biblioteca lo que habían dicho sobre la materia innumerables
generaciones de diputados en un siglo de parlamentarismo.
Sus amigos del Salón de Conferencias, todos aquellos derrotados y
caídos, la bohemia parlamentaria, que le quería a cambio de papeletas
para las tribunas, animábale profetizando un triunfo. Ya no se
aproximaban a él para decirle: «Cuando yo era gobernador...»
embriagándose a sí mismos con el esplendor de sus glorias muertas; ya no
le preguntaban sobre lo que pensaba don Francisco de esto o de aquello,
para sacar locas deducciones de sus respuestas.
Le aconsejaban, dábanle indicaciones con arreglo a lo que ellos habían
dicho o pensado decir al discutirse el presupuesto en tiempos de
González Bravo, y acababan por murmurar con una sonrisa que le causaba
escalofríos:—Allá veremos: que quede usted bien.
Y todo aquel rebaño de malhumorados que esperando un acta jamás llegada,
corrían como viejos caballos al olor de la pólvora a aglomerarse en dos
masas al lado de la presidencia, apenas en el salón se armaba bronca con
campanillazos, no podían imaginarse que el joven diputado muchas noches
interrumpía su lectura con la tentación de arrojar contra la pared los
gruesos tomos de las sesiones, y acababa pensando con escalofríos de
intensa voluptuosidad en lo que habría sido de él corriendo el mundo
tras unos ojos verdes cuya luz dorada creía ver temblar entre los
renglones de la amazacotada prosa parlamentaria.