Acababan de almorzar entre las maletas y las cajas, que ocupaban una
gran parte de la habitación de Leonora en el hotel de Roma.
Por primera vez se sentaban en la mesa juntos en familiar intimidad, sin
otro testigo que Beppa, la fiel doncella, acostumbrada por la azarosa
vida de su señora a toda clase de sorpresas, y que contemplaba a Rafael
con respetuosa sonrisa, como un ídolo nuevo con el que debía compartir
la devota sumisión que sentía por Leonora.
Era el primer momento de tranquilidad y alegría que había tenido el
joven en algunos días. El antiguo hotel con sus habitaciones grandes, de
alto techo; sus corredores en discreta penumbra y su calma conventual,
le parecía un lugar de delicias, un ameno retiro en el que se
consideraba libre ya de las murmuraciones y luchas que le habían
oprimido como un círculo infernal. Además, sentía allí ese viento
exótico que parece soplar en los puertos y las grandes estaciones de
ferrocarril. Todo le hablaba de la fuga, de la incógnita y deliciosa
ocultación en aquel país tan calurosamente descrito por Leonora, desde
los macarrones del almuerzo y el Chianti en empajada y ventruda redoma,
hasta el castellano defectuoso y musical de los dueños del hotel,
carnosos hombretones con enormes bigotes que recordaban los
tradicionales mostachos de la casa de Saboya.
Leonora le había citado allí, en el refugio predilecto de los artistas,
que aislado de la circulación, ocupa todo un lado de una plaza
solitaria, señorial y tranquila, sin más ruidos que los gritos de los
cocheros de alquiler y las patadas de los caballos.
Había llegado en el primer tren de la mañana, sin equipaje alguno, como
un colegial que se fuga con solo lo puesto. Los dos días transcurridos
desde que Leonora abandonó la ciudad, habían sido de tormentos para él.
La gente comentando la huida de la cantante; escandalizándose de su
inmenso equipaje que, agrandado por la imaginación de los murmuradores,
llenaba no se sabía cuántos carros.
Esto quien lo sabía bien era el barbero Cupido, que, cual de costumbre,
había corrido con todo el servicio del equipaje. Sabía a dónde había
dirigido su vuelo aquella mujer peligrosa, y lo decía a todos. Volvía a
Italia. El mismo había facturado para la frontera todo el equipaje
grueso, mundos enormes como casas, cajones donde podía ocultarse
cómodamente él con sus pelados mancebos. Y las mujeres, oyéndole,
celebraban aquella huida como si las librase de un gran peligro. ¡Vaya
bendita de Dios!
Rafael, después de la partida de su amante, apenas salió a la calle. Le
molestaba la curiosidad de la gente, la conmiseración burlona de los
amigos que envidiaban su pasada felicidad y permaneció dos días en su
casa, seguido por la mirada interrogante de su madre. Doña Bernarda
mostrábase más tranquila al verle libre de la maléfica influencia de la
artista, pero sin abandonar por esto su gesto ceñudo, como avisada por
el instinto maternal que aún presentía el peligro.
El joven estaba agitado por la impaciencia de la fuga. Le parecía
intolerable permanecer allí mientras ella estaba sola, aislada en un
cuarto de hotel, aguardando con igual impaciencia el momento de la
reunión.
¡Qué amanecer el de la partida! Rafael se avergonzaba viéndose descalzo;
caminando de puntillas, como un ratero, por la sala donde su madre
recibía a los hortelanos y ajustaba las cuentas del cultivo. Avanzaba a
tientas, sin otro guía que los luminosos resquicios de las cerradas
ventanas. Su madre dormía en una habitación inmediata: oía su
respiración, el fatigado estertor de un sueño pesado, con el que se
reponía de aquellas noches en vela espiando su regreso de las citas de
amor. Creía aún sentir el estremecimiento que le producía el suave
tintineo de las llaves, abandonadas con la confianza de una autoridad
sin límites en la cerraja de un mueble antiguo donde guardaba Doña
Bernarda sus ahorros. Así ocultó con mano trémula en sus bolsillos todos
los billetes guardados en los pequeños cajones.
Temblaba de emoción al consumar el acto audaz. Se llevaba lo suyo; no
había pedido nada de la herencia de su padre. Leonora era rica; con una
delicadeza admirable había rehuido hablar de dinero al discutir los
preparativos del viaje; pero él no iba a ser un entretenido, no quería
vivir como aquel Salvatti que explotó la juventud de la artista. Estos
pensamientos le dieron fuerzas para llevarse el dinero y abandonar la
casa; pero en el tren aún duraba su inquietud, y el personaje, el
diputado experimentaba un miedo instintivo al ver en las estaciones los
tricornios de la guardia civil. Palidecía pensando en el despertar de su
madre si casualmente se daba cuenta del despojo.
La confianza y la alegría renacieron al entrar en el hotel como si
entrase en un lugar de asilo. La encontró en la cama, la cabellera
esparcida sobre la almohada como una ola de oro, los ojos entornados, la
boca sonriente como si la sorprendiera en mitad de un ensueño saboreando
sus recuerdos de amor. A medio día se levantaron para almorzar en el
cuarto, pálidos, fatigados, proponiéndose emprender su viaje cuanto
antes. No más locuras; sensatez hasta que se viesen fuera de España. Al
anochecer saldrían en el correo de Barcelona hacia la frontera. Y
tranquilamente como un matrimonio que discute en la calma placentera del
hogar los detalles de la vida material, pasaban revista de los objetos
necesarios para el viaje.
Rafael no tenía nada. Había huido como quien escapa de un incendio, con
el traje que primero encontró al saltar de la cama. Necesitaba muchas
cosas indispensables y pensaba salir a comprarlas: asunto de un
momento.
—¿Pero vas a ir tú?—preguntaba Leonora con cierta angustia, como si su
instinto femenil adivinase en el peligro.—¿Vas a dejarme sola?...
—Un momento nada más. No te haré esperar mucho.
Se despidieron en el corredor con la ruidosa y descuidada alegría de su
pasión; sin fijarse en los camareros que iban y venían al otro extremo
del largo pasadizo.
—Adiós, Rafael... Uno; uno nada más.
Y cuando él salió a la plaza, con el sabor en los labios del último
beso, todavía le saludó desde un balcón una mano cubierta de pedrería.
El joven andaba apresuradamente. Quería volver cuanto antes, y pasó con
rapidez por entre la nube de cocheros que le ofrecían sus servicios
frente al gran palacio de Dos Aguas, cerrado, silencioso, dormido como
los dos gigantes que guardan su portada, desarrollando bajo la lluvia de
oro del sol la suntuosidad recargada y graciosa del estilo rococó.
—Rafael, Rafael...
El diputado volviose al oír su nombre, y palideció como en presencia de
una aparición. Era don Andrés quien le llamaba.
—¿Usted aquí?
—He llegado en el correo de Madrid. Hace dos horas que te busco por
todas las fondas de Valencia. Ya sabía que estabas aquí... Pero vámonos,
tenemos que hablar; este no es buen sitio.
Y lanzaba una intensa mirada de odio al hotel, como si quisiera
aniquilar al enorme caserón con todos los seres que encerraba.
Se alejaron, caminando lentamente sin saber dónde iban, errando a la
ventura, doblando esquinas, pasando varias veces por la misma calle, con
el pensamiento concentrado, los nervios estremecidos, prontos a gritar y
haciendo esfuerzos por que su voz fuese débil, apagada, y no llamase la
atención de los transeúntes que pasaban rozándoles por las estrechas
aceras.
Don Andrés comenzaba, como era de esperar.
—¿Te parece bien lo que has hecho?
Al ver que él, cobardemente intentaba mostrarse asombrado, asegurando
que nada había hecho, que había venido a Valencia por un asunto
insignificante, el viejo se indignó.
—No mientas: o somos hombres o no lo somos. Tú debes sostener lo hecho,
si te figuras haber obrado bien. No creas que vas a engañarme para echar
a correr con esa señora, Dios sabe dónde. Te he encontrado y no te dejo.
Quiero que lo sepas todo: tu madre en cama; yo, avisado por ella de lo
ocurrido, saliendo en el primer tren a encontrarte; toda la casa en
revolución, creyendo en el primer instante en un robo, y la ciudad
llevándote en lenguas tal vez a estas horas. Qué... ¿estás contento?
¿deseas matar a tu madre? Pues la matarás... ¡Dios mío! ¡y estos son los
hombres de talento! ¡los señoritos con carrera! Cuánto mejor que fueses
un bruto como yo o como tu padre; sin estudios, pero sabiendo vivir y
divertirse sin compromiso.
Después relataba minuciosamente lo ocurrido. La madre teniendo que
visitar su viejo mueble para hacer un pago a los jornaleros; el grito
de horror y alarma que puso en conmoción la casa; la llegada de Don
Andrés, avisado apresuradamente; la sospecha contra la fidelidad
doméstica, pasando revista a todas las sirvientes, que lloraban
protestando con indignación, hasta que doña Bernarda cayó en una silla,
casi desmayada, murmurando al oído de su consejero:
—Rafael no está en casa. Se ha ido... tal vez para no volver. Lo
adivino; él tiene el dinero.
Y mientras metían en la cama a la madre sollozante y avisaban al médico,
él salía hacia la estación para coger el tren, y leía en las miradas
curiosas el presentimiento de lo ocurrido, la prontitud con que los
maldicientes unían aquella agitación sorda en la casa de Brull con la
subida de Rafael en el primer tren, presenciada por algunos, a pesar de
sus precauciones.
—Rafael; señor diputado, ¿está usted contento?... ¿Quiere usted dar que
reír más aún a sus enemigos?
El viejo hablaba con voz temblona; parecía próximo a llorar. La obra de
toda su vida, las grandes victorias ganadas al lado de Don Ramón, aquel
poder político tan cuidadosamente pulido y aguzado, todo iba a quebrarse
y perderse por culpa de un chiquillo ligero, vehemente; que al adorar a
una mujer arrojaba a sus pies lo suyo y lo de los demás.
Rafael, que en el primer momento se sentía agresivo, dispuesto a
contestar con la violencia si el viejo camarada extremaba la reprensión,
mostrábase ablandado y un tanto conmovido por el sincero dolor de aquel
hombre, sin otro sentimiento que la dominación, semejante a su padre,
como el gato se parece al tigre, y casi sollozante al ver en peligro el
prestigio de la casa.
Cabizbajo, aterrado por la imagen de aquella escena, después de su
huida, Rafael no sabía por dónde marchaban. Le sorprendió de pronto un
perfume de flores. Atravesaban un jardín, y al levantar la cabeza vio
brillando al sol la arrogante figura del conquistador de Valencia sobre
su nervudo caballo de guerra.
Siguieron adelante. El viejo hablaba con acento plañidero de la
situación de la casa. Aquel dinero que tal vez llevaba en el bolsillo,
más de treinta mil pesetas, representaba los últimos esfuerzos de su
madre para sacar a flote la fortuna de la familia, puesta en peligro por
las genialidades de don Ramón. Suyo era el dinero, nada tenía él que
decir; podía derrocharlo por el mundo: pero no hablaba a ningún niño,
hablaba a un hombre que tenía corazón y sólo le pedía como preceptor de
su infancia, como su más antiguo amigo, que pensase en los sacrificios
de su madre, en su exagerada y ruda economía, en las privaciones que se
había impuesto, vestida de hábito en todo tiempo, peleándose por un
céntimo con las criadas, a pesar de sus aires de gran señora, privándose
de esas golosinas y regalos que tanto gustan en la vejez, todo para que
su señor hijo se gastara alegremente con una mujer aquella cantidad de
la que hablaba don Andrés con respeto, pensando en lo que había costado
reunir. ¡Vamos, hombre, que era para morirse el ver tales cosas!...
¿Y si el padre, si don Ramón levantase la cabeza? ¿Si viese cómo su hijo
por un amor destruía de golpe lo que tantos años había costado
levantar?...
Pasaban un puente. Abajo, en el seco cauce, se destacaban las manchas
rojas y azules de un grupo de soldados y sonaba el redoble de los
tambores como el zumbido de una enorme colmena. Aquel estrépito belicoso
acompañaba dignamente la evocación del padre hecha por el viejo. Rafael
creía ver delante de sus pasos aquel enorme cuerpo de hombre de lucha,
sus grandes bigotes, su fiero entrecejo de conquistador, de aventurero
nacido para guiar hombres e imponerles su voluntad.
—¡Si don Ramón viese esto!... El era capaz de dar toda su fortuna por
una mujer, pero no hubiera tomado juntas las más hermosas del mundo a
cambio de perder un solo voto.
Y su hijo, aquel retoño en el que había puesto sus esperanzas, el
destinado a elevar la casa a su mayor gloria, el que había de ser
personaje en Madrid, y al nacer encontraba el camino hecho, arrojaba por
la ventana todo el trabajo del padre con el fácil abandono con que se
pierde lo que no costó nada de ganar. ¡Bien se veía que no había
conocido los tiempos malos! La época de la Revolución, cuando estaban
caídos y había que hacerse respetar escopeta en mano; las desesperadas
batallas electorales, en las que se alcanzaba el triunfo pasando sobre
algún muerto; los galopes audaces en víspera de escrutinio, a través de
los campos, envueltos en la sombra de la noche, sabiendo que por cerca
estaba emboscado el _roder_ de carabina certera, que había jurado su
muerte; los procesos interminables por coacción y violencias que hacían
vivir en perpetua angustia, esperando de un momento a otro la catástrofe
final, el presidio con la pérdida de los bienes. Todo esto lo había
arrastrado su padre por él; por labrarle un pedestal, por crearle un
distrito propio, abriéndole camino para llegar lejos, muy lejos. Y él lo
perdía todo, se despojaba para siempre de un poder formado a costa de
años y peligros, si aquella misma noche no volvía a casa, destruyendo
con su presencia las suposiciones de la gente escandalizada.
Rafael movía la cabeza negativamente, conmovido por el recuerdo de su
padre, convencido por las razones del viejo, pero resuelto a resistir.
No, y no; la suerte estaba echada; él seguiría su camino.
Estaban bajo los árboles de la Alameda. Pasaban los carruajes formando
una inmensa rueda en el centro del paseo; brillantes los arreos de los
caballos y los faroles del pescante con el reflejo del sol; viéndose a
través de las ventanillas los sombreros de las señoras y las blancas
blondas de los niños.
Don Andrés se indignaba ante la tenacidad del joven. Enseñábale aquellas
familias, de exterior tranquilo y feliz, paseando dentro de sus
carruajes, con la plácida calma de una abundancia sedentaria y exenta de
emociones. ¡Cristo! ¿Tan mala era aquella vida? Pues así podía vivir él
si era bueno, si no volvía la espalda al deber; rico, influyente,
respetado, envejeciendo rodeado de hijos; lo único que en este mundo
puede desear una persona honrada.
Todo esto del amor sin trabas ni leyes, del amor que se hurta de la
sociedad y sus costumbres, bastándose a si mismo y, despreciando el que
dirán, eran mentiras de poetas, músicos y danzantes, gente perdida y
loca como aquella mujer que le arrebataba lejos, muy lejos, rompiendo
para siempre sus lazos con la familia y con su país.
El viejo parecía animarse con el silencio de Rafael. Creía llegado el
momento de atacar su amor audazmente.
—Y luego, ¡qué mujer! Yo he sido joven como tú; es verdad que no he
conocido señoras como esa, pero, ¡bah! todas son iguales. He tenido mis
debilidades; pero te digo que por una mujer como esa no hubiese perdido
ni una uña. Cualquier muchacha de las que tenemos por allá vale más.
Mucho traje, mucha palabra, polvos y pinturas a puñados... No es que yo
diga que sea fea, no señor; ¡pero hijo, poco necesitas para volverte
loco; las sobras de los demás!...
Y habló del pasado de la artista; de aquella historia galante y
tormentosa, exagerada por la leyenda; los amantes a docenas, su cuerpo
desnudo reproducido en estatuas y cuadros; la mirada de toda Europa
corriendo sobre su belleza, con la confianza del que entra en su casa,
conociendo hasta el último rincón. ¡Vaya una virginidad para volverse
loco! ¿Y por esa conquista lo iba a perder todo?
El viejo sintió miedo al ver la punta de brasa que la ira encendió en
los ojos de Rafael. Acababan de pasar otro puente; entraban de nuevo en
la ciudad, y don Andrés en su miseria de viejo malicioso y cobarde,
retrocedió como si quisiera ocultarse tras la casilla de los guardias de
consumos, librándose de la bofetada que ya veía cortando el aire.
El diputado, tras breve indecisión, siguió adelante, desalentado,
cabizbajo, sin fijarse en el viejo que había vuelto a colocarse a su
lado.
¡Ah, el maldito! ¡Qué bien había sabido herirle! El pasado de Leonora;
su amor repartido con loca generosidad por los cuatro puntos de la
tierra; todos los pueblos pasando sobre su cuerpo, domándola un instante
con el atractivo de la elegancia o el encanto del arte; sus entrañas
estremeciéndose hoy en un palacio y mañana en un cuarto de hotel; su
boca repitiendo en diversos idiomas aquellas mismas frases de amor,
entrecortadas por el espasmo, que le enardecían, como si fuese el
primero en oírlas. ¿Y por estos restos que aún sobrevivían
milagrosamente después del loco derroche, iba él a perderlo todo, a huir
dejando a sus espaldas el escándalo, el descrédito y tal vez el cadáver
de su madre? ¡Ah, terrible don Andrés! ¡Y cómo después de herirle metía
los dedos en el sangriento desgarrón agrandando la herida! La lógica
llana y vulgar del viejo había desvanecido su ensueño. Aquel hombre,
había sido el Sancho rústico y malicioso que aconsejaba a su quijotesco
padre, y ahora seguía su misión cerca del hijo.
Recordaba de un golpe toda la historia de Leonora, las francas
confidencias de su época de pura amistad, cuando se lo contaba todo para
impedir que la siguiese deseando. Por mucho que ella le adorase no
sería más que un sucesor del conde ruso, del músico alemán, o de alguno
de aquellos amantes de pocos días, apenas mencionados, pero que algo
habían dejado en su memoria. ¡Un sucesor! ¡el último que llega con
algunos años de retraso y se contenta mordiendo en la cálida madurez que
ellos conocieron con la frescura y la suave película de la juventud! Los
besos que tan profundamente le turbaban tenían algo más que la caricia
de la mujer: era el perfume embriagador y malsano de todas las
corrupciones y locuras de la tierra; el olor concentrado de un mundo que
había corrido loco hacia su belleza como los pájaros nocturnos se
agolpaban a la luz del faro.
¡Abandonarlo todo por ella! ¡Correr la tierra, libres y orgullosos de su
amor!... Y en ese mundo encontraría a muchos de sus antecesores
contemplándole con mirada curiosa e irónica; sobrevivientes de las
pasadas aventuras que, en su presencia, la desnudarían con la mirada,
adivinando de antemano las frases entrecortadas que ella había de decir
por la noche, los extravíos de su pasión nunca satisfecha.
Lo extraño era que nada de esto se le había ocurrido antes. La ceguera
de la felicidad jamás le había dejado pensar que no era él el primero
que pasaba por sus brazos, que aquellas palabras que le mecían como
dulce música podían haber sido oídas por otros y otros antes que él...
¿Cuánto tiempo iban por las calles de Valencia?... Le temblaban las
piernas, estaba desfallecido, apenas veía. Los aleros de las casas aún
estaban bañados de sol, y a él le parecía andar a tientas en la
penumbra del crepúsculo.
—Tengo sed, Don Andrés. Entremos en cualquier sitio.
El viejo le encaminaba al café de España, su refugio favorito. Tenía la
mesa al pie de los cuatro relojes que sustenta el ángel de la Fama en el
centro del gran salón cuadrado, con sus enormes espejos de fantásticas
perspectivas y sus dorados, obscurecidos por el humo y la luz
crepuscular que desciende por la alta linterna como una inmensa cripta.
Rafael bebió, sin saber ciertamente el contenido del vaso; un veneno tal
vez que le helaba el corazón. Don Andrés contemplaba sobre el mármol de
la mesa el recado de escribir; la cartera de roto hule y el mísero tarro
de tinta, golpeándolos con el rabo de la pluma, una pluma de café,
engrasada, torcida de puntas, instrumento de tortura para desesperar la
mano.
—Falta una hora para el tren. Rafael, sé hombre; aún es tiempo. Vente y
remediaremos esta chiquillada.
Y le tendía la pluma, a pesar de no haberse mencionado en la
conversación el propósito de escribir a persona alguna.
—No puedo, don Andrés. Soy un caballero, tengo mi palabra dada y no
retrocedo venga lo que venga.
El viejo sonreía con sarcasmo.
—Sé todo lo caballero que quieras. Lo serás para esa mujer. Pero cuando
rompas con ella, cuando te deje o la abandones tú no vuelvas a Alcira.
Tu madre no existirá: yo estaré no sé dónde, y los que te hicieron
diputado te mirarán como un ladrón que robó y mató a su madre...
Enfurécete, pégame si quieres; ya nos miran de las otras mesas... da un
escándalo en el café; no por esto dejará de ser verdad lo que te digo...
Mientras tanto Leonora se impacientaba en su cuarto del hotel. Habían
transcurrido tres horas. Para calmar su inquietud se sentó en el balcón,
tras la verde persiana, siguiendo con distraídos ojos el paso de los
escasos transeúntes que atravesaban la plaza.
Encontraba en ella un recuerdo de las plazoletas de Florencia, rodeadas
de mansiones señoriales, cerradas e imponentes, con su pavimento de
guijarros ardientes por el sol, entre los cuales crece la hierba y que
despiertan de su modorra al paso tardo de una mujer, de un cura o un
viajero, repitiendo sus pisadas cuando ya están lejos.
Miraba los viejos caserones de la plaza, un ángulo del palacio de Dos
Aguas, con sus tableros de estucado jaspe entre las molduras de follaje
de los balcones; escuchaba las conversaciones de los cocheros, agrupados
en la puerta del hotel, en torno de los dueños y los criados, todos
aquellos italianos bigotudos que sacaban sillas a la acera como en una
calle de pueblo. De vez en cuando miraba los tejados de enfrente, de los
cuales iba retirándose la luz del sol, cada vez más pálida y
dulcificada.
Miró su reloj. Las seis. ¿Pero dónde se había metido aquel hombre? Iban
a perder el tren, y para aprovechar hasta el último minuto, daba
órdenes a Beppa, queriendo que todo estuviese en orden y dispuesto para
la marcha. Recogía sus objetos de tocador, cerraba las maletas después
de pasear su mirada interrogante por todo el cuarto con la inquietud de
una partida rápida, y colocaba en una butaca, junto al balcón, el abrigo
de viaje, el saco de mano, el sombrero y el velo para arreglarse sin
tardanzas ni vacilaciones, apenas se presentase Rafael, jadeante y
cansado por el retraso.
Y el amante sin venir... Sintió impulsos de salir en su busca; pero
¿dónde encontrarle? Desde niña no había estado en la ciudad, desconocía
sus calles, podía cruzarse, sin saberlo, con Rafael, vagar errante
mientras él la esperase en el hotel. Mejor era aguardar.
Acababa el día. En el cuarto extendíase la sombra del crepúsculo,
confundiendo los objetos. Volvió al balcón trémula de impaciencia,
triste, como la luz violeta que se difundía por el cielo, con vetas
rojas que reflejaban el sol poniente. Iban a perder el tren; tendrían
que aguardar hasta el día siguiente. Un contratiempo que trastornaba la
seguridad de su huida.
Volviose con nervioso movimiento al oír que la llamaban desde la puerta
de la habitación:
—_Signora_, _una lettera_.
¡Una carta para ella!... La tomó febril de la mano del camarero, ante la
mirada vaga y sin expresión de la doncella, sentada sobre las maletas.
Le temblaban las manos. El recuerdo de Hans Keller, el artista ingrato
surgió repentinamente en su memoria. Buscó una bujía en su alcoba y
acabó por volver al balcón, examinando la carta a la luz del crepúsculo.
Su letra en el sobre; pero portentosa, penosa, como arrancada con
esfuerzo. Sentía toda su sangre replegarse en el corazón; leía con el
ansia del que quiere apurar de un golpe toda la amargura y saltaba
renglones, adivinándolos.
«Mi madre muy enferma... voy allá por unos días nada más... mi deber de
hijo... pronto nos veremos»; y las cobardes excusas de costumbre para
suavizar la rudeza de la despedida; la promesa de reunirse con ella tan
pronto como le fuese posible; los juramentos apasionados, afirmando que
era la única mujer que amaba en el mundo.
Pasó como un relámpago por su voluntad el propósito de salir en seguida
para Alcira aunque fuese a pie; quería avistarse con Rafael, arrojarle
al rostro aquella carta, abofetearle, batirse.
—¡Ah, el miserable! ¡el infame!—rugía.
Y la doncella, que acababa de encender luz, vio a su señora pálida, con
una blancura mate, los ojos desmesuradamente abiertos, los labios
lívidos, andando erguida con dolorosa tensión, como si no moviese los
pies, como si la empujara una mano invisible.
—Beppa—gimió.—¡Se ha ido! ¡me deja!...
La doncella, insensible ante la fuga del señorito, sólo atendía a
Leonora, adivinando la próxima crisis, contemplando con sus ojos de vaca
mansa el desencajado rostro de la señora.
—¡El miserable!—rugía yendo de un lado a otro de la habitación.—¡Cuán
loca he sido! ¡Entregarme a él, creerle un hombre, confiarme a su amor,
perder la tranquilidad y la única familia que me resta!... ¿Por qué no
me dejó marchar sola? Me hizo soñar en una primavera eterna de amor y me
abandona... Ha jugado conmigo... se burla de mí... y no puedo
aborrecerle. ¿Por qué me despertó cuando yo estaba allá abajo recogida,
tranquila, insensible, en un egoísta aislamiento?... Embustero,
miserable... ¿Pero por qué lloro?... Se acabó. Alégrate, Beppa; otra vez
a cantar, correremos el mundo; jamás volverás a este rincón de todos,
donde he querido educar niños. ¡A vivir! ¡A tratar a puntapiés al
hombre! ¡así! ¡así! ¡como el peor de los animales! Me río al pensar en
mi estupidez; ¡qué locura, creer en ciertas cosas! ¡Ja, ja, ja!
Y desde la plaza se oyeron las carcajadas. Una risa loca, aguda,
acerada, que parecía rasgar las carnes y puso en conmoción todo el
hotel, mientras la artista, con los labios espumeantes caía al suelo y
se revolvía furiosa, volcando los muebles, hiriéndose con las metálicas
aristas de sus maletas.