—Dice usted bien, Andrés. Rafael no es mi hijo; me lo han cambiado. Esa
perdida ha hecho de él otro hombre. Peor, mil veces peor que su padre.
Loco por esa mujer; capaz de pasar por encima de mí si le separo de
ella. Usted se queja de su falta de respeto; ¿pues y yo?... Se hubiera
avergonzado usted viéndole. La otra mañana al entrar en casa me trató
igual que a usted. Pocas palabras, pero buenas. El hará lo que quiera, o
lo que es lo mismo, seguirá con esa mujer hasta que se canse o reviente
de una indigestión de pecados como su padre... ¡Dios mío! ¿y para esto
he sufrido yo? ¿para esto me he sacrificado años y más años queriendo
hacer de él un grande hombre?
La austera doña Bernarda, vencida en su autoridad por la rebeldía tenaz
del hijo, lloraba hablando con su íntimo confidente. En sus lágrimas de
dolor maternal había también algo del despecho de mujer autoritaria, al
ver en la propia casa una voluntad que se rebelaba, colocándose por
encima de la suya.
Relataba a don Andrés entre suspiros la vida de su hijo en aquellos
días, desde que había adquirido su independencia. Ya no se recataba
para pasar la noche fuera de casa. Volvía después de amanecer, y por la
tarde con el bocado en la boca, como ella decía, emprendía de nuevo el
camino de la casa azul apresuradamente, como si le faltase el tiempo
para ver a aquella condenada.
La misma fiebre de su padre, el mismo ardor loco que consumiría
rápidamente su cuerpo. No había más que verle, descolorido, con una
palidez amarillenta, tirante la piel de la cara como si fuese a marcar
con fidelidad enfermiza los relieves del hueso; sin más animación que
aquel fuego que brillaba en sus ojos como una chispa de loca alegría.
¡Oh familia desgraciada! ¡todos iguales!...
La madre hacía esfuerzos para ocultar la verdad a Remedios. ¡Pobre
muchacha! Triste, cabizbaja, sin poder explicarse el repentino
alejamiento de Rafael.
Convenía ocultar el suceso, y esto es lo que limitaba la cólera de doña
Bernarda en sus rápidas entrevistas con el hijo.
Tal vez podría sobrevenir un arreglo, algo inesperado que deshiciese
aquella maléfica influencia sobre Rafael, y con esta esperanza hacía
esfuerzos para que Remedios y su padre no se dieran cuenta de lo que
ocurría; fingía contento en presencia de ellos, inventaba mil pretextos
de estudios, preocupaciones y hasta enfermedades para justificar la
conducta de su hijo.
Pero la desconsolada señora temía a la gente que la rodeaba; aquella
curiosidad de ciudad pequeña, aburrida en su monotonía, siempre alerta,
a la caza de un nuevo suceso para gozar el placer de la murmuración.
Se esparcía rápidamente la noticia de aquellos amores: circulaba de boca
en boca, considerablemente aumentado, el relato de la expedición por el
río, los paseos por entre los naranjos; las noches que pasaba Rafael en
la casa de doña Pepita, entrando a obscuras y descalzo como un ladrón;
las siluetas de los amantes, destacándose en la ventana del dormitorio,
abrazados por el talle, contemplando la noche: todo visto por gentes
dedicadas por voluntad al espionaje, para poder decir «yo lo he
presenciado» y que pasaban la noche ocultos en un ribazo, emboscados
tras una cerca para sorprender al diputado, a la ida o la vuelta de sus
citas de amor.
Los hombres, en los cafés o en el casino envidiaban a Rafael, comentando
con ojos brillantes su buena suerte. Aquel chico había nacido de pie.
Pero luego en sus casas unían su voz severa al coro de mujeres
indignadas. ¡Qué escándalo! ¡Un diputado, un personaje que debía dar
ejemplo! Aquello era burlarse de la ciudad. Y cuando el general rumor de
protesta llegaba hasta doña Bernarda, ésta elevaba las manos con
desesperación. ¿Dónde irían a parar? Su hijo quería perderse.
Don Matías, el rústico millonario, callaba, y en presencia de doña
Bernarda fingía ignorarlo todo. Su interés por emparentar con la familia
Brull le hacía ser prudente. El también esperaba que pasaría aquello,
una ceguera de joven, y creyéndose investido de la autoridad de padre,
intentó dar algunos consejos a Rafael al encontrarle en la calle. Pero
tuvo que desistir a las pocas palabras, intimidado por la mirada altiva
del joven. Creyó por un momento que aún era el pobre cultivador de
naranjos de otro tiempo y que se hallaba en presencia de aquel Don Ramón
majestuoso como un gran señor.
Rafael se defendía con el silencio y la altivez. No necesitaba consejos,
pero ¡ay! cuando llegaba por la noche a la casa de su amada, cuando se
veía en aquel dormitorio que parecía exhalar el mismo perfume de
Leonora, como si hubiera absorbido en sus muebles y cortinas la esencia
de su cuerpo, sentía los efectos de aquella murmuración encarnizada, de
la curiosidad de toda una población fija en ellos.
Eran solos los dos contra mucha gente; se abandonaban con el plácido
impudor de los antiguos idilios en medio de la monotonía de una vida
estrecha, en la que la murmuración era el más apreciado de los talentos.
Leonora estaba triste. Sonreía como siempre, le halagaba con la misma
adoración que si fuese un ídolo, se mostraba juguetona y alegre, pero en
los momentos de calma, cuando creía no ser observada, sorprendía Rafael
en su boca una contracción de amargura, veía pasar por sus ojos obscuros
relámpagos, como reflejo de penosos pensamientos.
Una noche le habló con regocijo de lo que la gente decía de ellos. Todo
se sabía en aquella ciudad. Hasta la casa azul llegaba el eco de las
murmuraciones. La hortelana la había recomendado bondadosamente que no
pasease mucho por el río: podía pillar unas tercianas. En el mercado
sólo se hablaba de aquel paseo nocturno por el Júcar; el diputado,
sudoroso, encorvado sobre los remos, y ella despertando con sus
canciones extrañas a la gente de las alquerías. ¡Lo que decían aquellos
maldicientes!... Y ella reía, pero con risa ruidosa, agitada por
estremecimientos nerviosos; con una risa que sonaba a falsa; sin una
palabra de queja.
Rafael sufría recordando que ya había adivinado ella esta situación
cuando se resistía a su amor. Admiraba su resignación viendo que no
profería ninguna palabra de queja, que fingía regocijo, ocultando lo que
la gente decía. ¡Ah, los miserables! ¿Qué mal les había hecho aquella
mujer? Amarle, entregarse a él haciéndole la regia limosna de su cuerpo.
Y el diputado comenzaba a odiar su ciudad, viendo que devolvía con
infames insultos el bien y la felicidad que él gozaba.
Otra noche Leonora le recibió con una sonrisa que daba miedo. Se
esforzaba por parecer alegre, intentaba aturdirse, abrumando a su amante
con una charla graciosa y ligera; pero de repente se abandonó, no pudo
más, y en mitad de una caricia rompió a llorar, cayó en un diván agitada
por los sollozos.
—¿Qué tienes? ¿Qué ocurre?...
Pero ella no podía contestar, sofocada por el llanto, hasta que por fin,
con las palabras sacudidas por un hipo doloroso, comenzó a hablar,
abatida, inerte, ocultando en un hombro de su amante su rostro bañado en
lágrimas.
No podía más; el martirio resultaba abrumador, le era imposible fingir
por más tiempo. Conocía como él lo que hablaban en la ciudad de aquellas
entrevistas. Les espiaban tal vez a todas horas; en los caminos
inmediatos al huerto había gente emboscada con la esperanza de ver algo
nuevo. Su amor, tan dulce, tan joven, era motivo de risa, tema de
diversión para las malas lenguas que la escarnecían como a una
mujerzuela de la acera, porque había sido buena con él, porque la había
faltado crueldad para presenciar impasible las torturas de una juventud
apasionada... Pero con ser tan molesto este odio de la gran masa
escandalizada, ella no sentía miedo ni indignación: lo despreciaba.
¡Ay!, pero quedaban los otros, los íntimos de Rafael, sus amigos, su
familia... su madre.
Leonora calló un momento, como esperando el efecto de sus últimas
palabras, intimidada un poco al hablar a Rafael de su familia,
mezclándola en sus lamentaciones. El joven temblaba, presintiendo algo
terrible. Doña Bernarda no era capaz de permanecer inactiva y resignada
ante la rebeldía de su hijo.
—Sí; mi madre—dijo sordamente.—Adivino que algo habrá hecho contra
nosotros. Habla, no temas. Tú estás para mí por encima de todo el mundo.
Leonora habló de su tía, aquella pobre señora resignada y casi imbécil,
que al ver a Rafael en su casa con tanta asiduidad, creía en el probable
casamiento de su sobrina. Por la tarde una escena dolorosa entre Leonora
y ella. Doña Pepa había ido a la ciudad por sus devociones, y a la
salida de la iglesia encontró a doña Bernarda. ¡Pobre vieja! Sus ojos
aterrados, su cabeza temblorosa, delataban la intensa emoción que en su
alma simple había sabido despertar la madre de Rafael, a quien ella
respetaba mucho. Su sobrina, su ídolo yacía por el suelo, despojada de
aquella fe entusiasta y cariñosa que hasta entonces la había inspirado.
Todas las historias pasadas, los ecos de su vida de aventuras, llegados
hasta ella débilmente y que jamás quiso creer considerándolos obra de la
envidia, se los repitió doña Bernarda con su autoridad de señora formal
y buena cristiana, incapaz de mentir. Y a continuación, el escándalo con
que conmovían a toda la ciudad su sobrina y su hijo; las entrevistas
nocturnas, los paseos a través de los campos con una audacia del
demonio, haciendo gala de su pecado; todos los atrevimientos y locuras
que convertían su santa casa, la casa de doña Pepa, en un antro de
vicios, en una mancebía del diablo.
Y la pobre vieja lloraba como una niña en presencia de su sobrina, se
esforzaba en convencerla para que «abandonase la mala senda del pecado»;
estremecíase de horror pensando en su inmensa responsabilidad ante Dios.
«Toda una vida de devoción para tener limpia el alma, creerse casi en
estado de gracia y despertar de repente en pleno pecado _sin comerlo ni
beberlo_, por causa de su sobrina, que convertía su santa casa en una
sucursal del infierno, haciéndola vivir rodeada del pecado». Y el miedo
de la pobre señora, el escrúpulo y el terror de aquella alma sencilla,
eran lo que más profundamente hería a Leonora.
—Me han robado mi única familia—murmuraba con desaliento.—Me han
quitado el cariño del único ser que me quedaba. Ya no soy para ella la
niña de antes; no hay más que ver cómo me mira, cómo se aparta temiendo
mi contacto... Y todo por ti, por amarte, por no haber sido cruel. ¡Ay,
aquella noche! ¡cómo la he de llorar!... ¡cómo presentía yo estas
tristezas!...
Rafael estaba aterrado. Sentía vergüenza y remordimiento viendo lo que
sufría aquella mujer por haberse entregado a él. ¿Cómo remediarlo? Se
sentía humillado; quería ser hombre fuerte, la mano enérgica que protege
en el peligro a la mujer amada. Pero ¿sobre quién había de caer para
defenderla?...
Leonora abandonó el hombro de su amante, se desasió de sus brazos;
limpiaba sus lágrimas y se erguía con la firmeza del que ha adoptado una
resolución irrevocable.
—Estoy decidida a todo. Me hace mucho daño lo que voy a decirte, pero
no retrocederé: será inútil que protestes. Ya no puedo estar bajo este
techo; comprendo que he acabado para mi tía: ¡pobre vieja! Mi ilusión
era verla morir entre mis brazos como una lucecita que se apaga; ser
para ella lo que no fui para mi padre... Pero la venda ha caído de sus
ojos; yo no soy más que una pecadora que con mi presencia turbo su
vida... Me voy, pues. Ya he dicho a Beppa que mañana arregle los
equipajes... Rafael, dueño mío, esta es la última noche... Pasado mañana
ya no me verás.
El joven retrocedió asombrado, como si repentinamente acabasen de
herirle en medio del pecho.
—¿Irte? ¿Y lo haces con esa frialdad?... ¿Irte tú, así, así, en plena
dicha?
Se tranquilizaba a los pocos momentos. Aquello no era más que la
resolución momentánea en un arranque de indignación. No se iría,
¿verdad? Debía reflexionar, ver con claridad las cosas. ¡Qué disparate!
¡partir abandonando a su Rafael! Nunca: era imposible.
Leonora sonreía con tristeza. Aguardaba aquellas protestas. También ella
había sufrido mucho, mucho, antes de decidirse a adoptar tal resolución.
Sentía frío hasta en la raíz de los cabellos al pensar que antes de dos
días se vería sola, vagabunda por Europa, cayendo de nuevo en aquella
vida agitada y loca a través del arte y del amor. Después de haber
gozado la dulzura de la pasión más fuerte de su existencia, lo que ella
creía _su primer amor_, resultaba cruel lanzarse de nuevo en una
navegación sin rumbo a través de las tempestades. Le quería más que
nunca: le adoraba con nuevo ardor, ahora que iba perderle.
—¿Entonces por qué te vas?—pregunta el joven.—Si me amas ¿por qué me
dejas?
—Porque te quiero, Rafael... Porque deseo tu tranquilidad.
Quedarse allí era perderle. Para defenderla a ella, para seguir a su
lado, tendría que luchar con su madre, que era el más encarnizado
enemigo, perder su cariño, atropellarla tal vez. ¡Oh, no! ¡qué horror!
Ya había bastante con aquella crueldad filial que entenebrecía su
pasado. ¿Era acaso un ser funesto, nacido para corromper con su nombre
lo más santo, lo más puro?
—No, resígnate, corazón mío. Es preciso que parta; es imposible que
sigamos amándonos aquí. Yo te escribiré, te daré cuenta exacta de mi
vida... todos los días sabrás de mí aunque esté en el polo; pero
quédate, no desesperes a tu madre, cierra los ojos ante sus injusticias,
que al fin obedecen a lo mucho que te quiere... ¿Crees que yo no sufro
al dejarte? ¿Te imaginas que es poco huir dejando aquí la mayor
felicidad de mi existencia?...
Y para dar más fuerza a sus ruegos se abrazaba a Rafael, acariciaba su
cabeza caída y pensativa, dentro de la cual se agitaban tempestuosas las
ideas, removiendo profundamente su voluntad.
Instintivamente, las manos del joven recorrían la desnudez de su amante,
marcando sus tesoros bajo la tela blanca y fina; sentía el suave calor,
la palpitación misteriosa de aquella carne que había infiltrado en su
cuerpo algo de su propia vida en los espasmos de la pasión, en el dulce
arrobamiento de la comunión amorosa. Y los lazos que él creía eternos
¿iban a romperse? ¿tan fácilmente podía perder aquel cuerpo admirado por
el mundo y cuya posesión le hacía considerarse el primero de los
hombres? Ella le hablaba del amor a distancia, persistente a través de
los viajes y los azares de una existencia errante, le prometía
escribirle todos los días... ¡escribirle! tal vez al mismo tiempo que su
cuerpo divino sentiría el contacto de otra mano que no fuese la suya...
No; él no perdía aquello; estaba resuelto.
—No te irás, Leonora—afirmaba con energía.—Un amor como el nuestro no
puede terminar de este modo. La fuga sería una ofensa para mí, huir como
afrentada por la tristeza de haberme amado.
Sentía en su ánimo un afán de protesta caballeresco: se avergonzaba de
pensar que ella huyese por haberle querido y que él quedase allí, triste
e inerte como una doncella a la que abandona su amante convencido de que
con su amor la causa grave daño. ¡Ira de Dios! El era un hombre y no
podía tolerar que aquella mujer le abandonase en un arranque de
abnegación, por devolverle la tranquilidad de la familia, la calma
dentro de su casa, la sonrisa satisfecha de su madre. Huían muchas veces
las muchachas, olvidando padres y hogar, cuando se sentían dominadas por
el amor; y él, un hombre, un personaje ¿había de quedarse allí, viendo
como se alejaba Leonora, triste y llorando, todo porque no perdiese él
el respeto de aquella ciudad en la que se ahogaba, y el afecto de una
madre que jamás había sabido bajar hasta su corazón con una sonrisa de
cariño? Además, ¿qué amor era el suyo que retrocedía ante una resolución
enérgica; siempre cobarde e indeciso cuando se trataba de conservar una
mujer por la cual se habían muerto o arruinado hombres más ricos, más
poderosos, ligados a la vida por atracciones que él jamás había gozado
en su monótona existencia?...
—No te irás—repetía con sorda firmeza.—Yo no pierdo mi felicidad tan
fácilmente... Y si te empeñas en irte, partiremos juntos.
Leonora se irguió estremecida. Esperaba aquello; se lo decía el corazón.
¿Escapar juntos los dos? ¿aparecer ella como una aventurera que se lleva
tras si a Rafael después de enloquecerle de amor arrancándole de los
brazos de su madre? ¡Oh, no! muchas gracias. Ella tenía conciencia; no
quería cargar su vida con la execración de todo un pueblo. Le suplicaba
a Rafael con calma; le rogaba que arrastrase valientemente la desgracia.
Debía partir sola; después, más adelante ya vería; buscarían ocasión
para verse; tal vez podría ser en Madrid, cuando abiertas las Cortes
estuviera allá solo, ella cantaría en el Real gratuitamente si era
preciso.
Pero Rafael se revolvía furioso contra su resistencia. ¡No verla!
¡transcurrir meses y meses en mortal espera! Una sola noche sin sentir
su cuerpo confundido con el suyo, sería la desesperación. Acabaría por
entregarse a la mortal tristeza de Maquia; se pegaría un tiro como el
poeta italiano.
Y lo decía con convicción, mirando al suelo con ojos extraviados, como
si se viera ya sobre el pavimento, inerte, ensangrentado, con el
revólver en la crispada diestra.
—¡Oh, no! ¡qué horror! ¡Rafael! ¡Rafael mío!—gemía Leonora abrazándose
a su cuello, colgándose de él, estremecida por la sangrienta visión.
El amante seguía protestando. Era libre. Si fuese casado, si dejara tras
su fuga una mujer que llorase su traición, hijos que le llamaran en
vano, aún comprendería aquella resistencia; la repugnancia de un corazón
bueno que no quiere que su amor deje tras sí la maldición de una familia
dispersa. Pero ¿a quién abandonaba en su fuga? A su madre nada más, que
se consolaría al poco tiempo sabiendo que estaba sano y era feliz. A su
madre, que se oponía con ese ciego cariño maternal que no quiere
encontrar rivalidades en el amor al hijo y por celos estorba muchas
veces su felicidad. El mal que causase siguiéndola a ella no sería
irreparable. Huirían juntos; pasearían su amor por el mundo.
Y Leonora, cabizbaja, repetía débilmente:
—No; estoy resuelta. Partiré mañana sola. No tengo fuerzas para
arrostrar el odio de una madre.
Rafael se indignaba.
—Entonces di que no me amas. Te has cansado de mí. Quieres levantar las
alas; te impulsa la locura de otros tiempos; deseas volar de nuevo
locamente por tu mundo.
La artista fijaba en él sus grandes ojos empañados por las lágrimas. Su
mirada era de ternura y de lástima.
—¡Cansarme de ti!... ¡Cuando jamás me he sentido tan triste como esta
noche!... Crees que ansío mi antigua vida, y al alejarme siento lo mismo
que si entrase en un lugar de tormento... ¡Ay, dueño mío, mi alma!... Tú
no comprenderás nunca hasta donde he llegado en mi amor.
—¿Pues entonces?
Y en su afán irresistible de decirlo todo, de no perdonar el relato de
ninguno de los peligros que sobrevendrían tras la separación, Rafael
habló de su madre, de lo que ocurriría al quedar solo con ella sumido en
la monotonía de la ciudad. ¿Creía ella que todo era cariño en la
indignada oposición de su madre? Le quería, sí; era su hijo único; pero
en sus cálculos entraba por mucho la ambición, aquel afán por el
engrandecimiento de la casa, que había ocupado toda su existencia. Le
tenía destinado, sin consultar su voluntad, a servir de rehén en la
alianza que meditaba con una gran fortuna. Quería casarle: y si ella
partía, si se veía solo, abandonado, la tristeza y el tiempo que todo lo
pueden, morderían su voluntad, hasta hacerle caer inerte, entregándose
como una víctima que en su aturdimiento no abarca la importancia del
sacrificio.
Ella le escuchaba estremecida; con los ojos desmesuradamente abiertos
por el terror. Acudían en tropel a su memoria palabras sueltas que en
días anteriores habían llegado hasta ella y la demostraban ahora la
certeza de lo que decía su amante... ¡Rafael destinado por su madre a
otra mujer!... ¡encadenándose para siempre si ella partía!...
—Y yo no quiero, ¿sabes Leonora?—continuó el amante con tranquila
firmeza—Yo sólo soy tuyo, sólo te amo a ti. Prefiero seguirte por el
mundo, aunque no quieras; ser tu criado, verte... hablarte, mejor que
enterrar aquí mi desesperación bajo millones.
—¡Ah, niño! ¡niño mío!... ¡Cómo me quieres! ¡Cómo te adoro!
Y cayó sobre él frenética de pasión, impetuosa, loca, apresándole entre
sus brazos como una fiera. Rafael se sintió acariciado con un ardor que
casi le dio miedo; envuelto en una espiral de placer que no tenía fin.
Estremeciose empujado, descoyuntado, arrollado por una ola tan
voluptuosa, tan inmensa que le hacía daño. Creyó morir desmenuzado,
hecho polvo sobre aquel cuerpo que le agarrotaba, absorbiéndole con la
fiera voracidad de esas simas lóbregas donde desaparecen de un golpe los
torrentes sin dejar una gota de su avalancha tumultuosa. Y
desfalleciendo sus sentidos en aquel tembloroso ofuscamiento, cerró los
ojos.
Cuando volvió a abrirlos vio la habitación en la obscuridad, sintió en
sus espaldas la blandura del lecho y bajo su nuca un brazo mórbido que
le sostenía cariñosamente. Leonora le hablaba al oído con la lentitud
del cansancio.
Convenidos. Huirían juntos, irían a continuar su dúo de amor donde nadie
les conociera, donde la envidia y la vulgaridad no turbasen su dulce
existencia. Leonora conocía todos los rincones del mundo. Nada de Niza
ni de las otras ciudades de la Costa Azul, bonitas, coquetas, empolvadas
y pintadas como una dama que sale del tocador. Encontrarían en ellas
demasiada gente. Venecia les convenía más. Pasearían por los estrechos
canales, solitarios y silenciosos, tendidos en la camareta de la
góndola, acariciándose entre risas, compadeciendo a los que pasasen los
puentes sin adivinar que por bajo de sus pies se deslizaba el amor...
Pero Venecia es triste; cuando la lluvia se decide a caer, no se cansa
nunca. Mejor era Nápoles; sí, Nápoles. ¡Viva! Y Leonora agitaba las
manos como queriendo aplaudir su idea. La vida al sol, la libertad,
amarse con el mismo impudor sublime de los _lazaronis_ que viven
desnudos y se reproducen en la acera. Ella tenía allá en el Posilippo
una pequeña casa, un _villino_ de color de rosa, una bicoca con un
jardín de higueras nopales y pinos parasoles, que bajaba en rápida
pendiente desde el promontorio hasta el mar. Pescarían en el golfo terso
y azul como un inmenso espejo, y a la caída de la tarde, mientras él
volviese los remos, ella cantaría mirando el mar inflamado por el sol al
hundirse en las aguas, el penacho del Vesubio de tonos morados, la
inmensa ciudad blanca con sus infinitas vidrieras como placas de oro,
reflejando el crepúsculo.
Corretear como dos bohemios por los innumerables pueblecillos blancos de
la ribera del golfo; besarse en pleno mar entre las barcas pescadoras,
de las que salen romanzas apasionadas; pasar la noche al aire libre,
abrazados sobre la arena, oyendo a lo lejos la risa de perlas de las
mandolinas como aquella noche escuchaban al ruiseñor... ¡Dios mío! ¡qué
hermoso!
Y hasta el amanecer estuvieron fantaseando sobre el porvenir, arreglando
todos los detalles de la fuga.
Ella partiría cuanto antes; él iría a su encuentro dos días después
cuando hubiese renacido la confianza y todos la creyeran lejos, muy
lejos. ¿Dónde se encontrarían? Primero pensaron en Marsella, pero era
demasiado lejos. Después en Barcelona. Regateaban las horas y los
minutos. Les parecía intolerable pasar varios días sin verse. Cuanto
antes se reuniesen, mejor, lo importante era salir de la ciudad. Y
acabaron por decidir que se reunirían lo más cerca posible: en Valencia.
El amor gusta de la audacia.