IV

Doña Bernarda mostrábase contenta de su Rafael. Se acabaron las miradas

feroces, los gestos severos, las mudas escenas entre madre e hijo, que

presenciaban con temor los íntimos de la casa.

Ya no iba a la casa azul; lo sabía con gran certeza, gracias al

espionaje gratuito con que la servían las gentes afectas a la familia.

Apenas salía de casa; un rato al casino por las tardes, y el resto del

día en el comedor con ella y los amigos, o encerrado en su cuarto, a

vueltas sin duda con sus libros, que la austera señora miraba con el

respeto supersticioso de su ignorancia.

Don Andrés, el consejero, se mostraba triunfante al comentar aquel

cambio. ¿Qué había dicho él, siempre que doña Bernarda, en las íntimas

confidencias de aquella amistad que casi tomaba el carácter de una

pasión senil, tranquila y respetuosa, se quejaba de la rebeldía del

muchacho? Aquello pasaría: era un capricho de la edad; había que dar a

la juventud lo suyo. Rafael no había estudiado para cartujo. ¡Otros a su

edad y aun con más años eran peores!... Y el viejo señor pensaba

sonriendo en sus fáciles conquistas de los almacenes, entre el rebaño

despeinado, miserable y de sucios zagalejos que empapela la naranja. La

buena doña Bernarda, después de sufrir tanto de su marido era demasiado

exigente con su hijo. ¡Que se divirtiera! ¡que gozara! Ya se cansaría de

la artista con ser tan hermosa, y entonces sería fácil volverle a la

buena senda.

Doña Bernarda admiraba una vez más el talento del consejero, viendo

cumplidas sus predicciones, hechas con un cinismo que enrojecía a la

devota señora.

Ella también lo creía acabado todo. Su hijo era menos ciego que el

padre. Se había cansado del amor de una mujer perdida como aquella; no

quería reñir con su madre por tan poca cosa, ni que los enemigos le

desacreditasen y volvía a su deber con gran alegría de la buena señora

que le rodeaba de solícitas atenciones.

—¿Y de _aquello_?—le preguntaban misteriosamente sus amigas.

—Nada—respondía con una sonrisa de orgullo.—Han pasado tres semanas,

y ni asomos de querer volver allá. Mi Rafael es bueno. Lo ocurrido no

fue más que una distracción de muchacho. ¡Si le vierais por las tardes

haciéndome compañía en la sala! Un ángel, un verdadero ángel. Se pasa

las horas hablando conmigo y con la hija de Matías.

Y añadía, extremando su sonrisa y con ojos maliciosos:

—Creo que hay algo.

Algo había, sí; o por lo menos apariencia de haberlo. Rafael, cansado de

vagar por la casa fatigado de los libros ante los cuales pasaba horas

enteras volviendo hojas, sin darse cuenta de lo que decían, refugiábase

en el salón donde cosía su madre, vigilando un complicado bordado de la

hija de don Matías.

Rafael gustaba de la mansa sencillez de aquella muchacha. Su simplicidad

producía en él una impresión de frescura y descanso. La veía como una

cuevecita angosta y oculta en la cual dormitaba tranquilo después de una

tempestad. La sonrisa satisfecha de su madre le animaba a permanecer

allí. Jamás la había visto tan bondadosa y comunicativa. El goce de

tenerle otra vez seguro y sumiso modificaba su carácter austero hasta la

rudeza.

Remedios, con la cabeza inclinada sobre su bordado, enrojecía

intensamente cada vez que Rafael alababa su obra o la decía que era la

muchacha más bonita de Alcira. La ayudaba a enhebrar las agujas; con las

manos extendidas servía de devanadera a las madejas que ovillaba la

joven, y más de una vez la pellizcaba por debajo del bastidor, con la

confianza de haberla conocido niña, lo que no evitaba sus gritos

escandalizados.

—Rafael, no seas loco—decía la madre amenazándole bondadosamente con

sus secas manos.—Deja trabajar a Remedios; si te portas tan mal no te

permitiré entrar en la sala.

Y por la noche, a solas en el comedor con don Andrés, cuando llegaba la

hora de las confidencias, doña Bernarda olvidaba los asuntos de la casa

y del partido para decir con satisfacción:

—Eso marcha.

—¿Se enamora Rafaelito?...

—Cada día más. La cosa va a todo vapor. Ese chico es en esto el vivo

retrato de su padre. Crea usted que conviene que no les pierda de vista.

Si no estuviera yo aquí, ese diablillo sería capaz de una locura que

desacreditase la casa.

Y la buena señora, estaba segura de que para Rafael no existía ya la

hija del doctor Moreno, criatura abominable, cuya belleza había sido su

pesadilla durante algunos meses.

Sabía por sus espías que una mañana de mercado se habían encontrado los

dos en las calles de Alcira. Rafael volvió la mirada como si buscase un

sitio por donde huir; ella palideció y siguió adelante fingiendo no

verle. ¿Qué significaba esto?... La ruptura para siempre. Ella, la buena

pieza, palidecía de rabia, tal vez porque no podía atrapar de nuevo a su

Rafael, porque éste, cansado de inmundicia, la abandonaba para siempre.

¡Ah, la perdida! ¡la ramera!

¿Pues qué no había más que educar un hijo en las más sanas y virtuosas

creencias y hacer de él un personaje, para que después llegase una

correntona peor mil veces que las que por dinero hacen porquerías en un

callejón para llevársele con sus manos sucias? ¿Qué había creído la hija

del descamisado?... ¡Rabia! ¡Palidece de pena, al ver que se te va para

siempre!

En la alegría de su triunfo, comenzaba a pensar en la boda de su hijo

con Remedios, y levantando una punta de su reserva de gran señora,

trataba a don Matías como de la familia, ensalzando el afecto cada vez

más vivo que unía a los chicos.

—Pues si se quieren—decía el burdo ricachón,—por mí que sea la boda

cuanto antes. Remedios hace mucho papel a mi lado: una mujercita como

hay pocas para el gobierno de la casa; pero esto que no sea obstáculo

para el casorio. Muy satisfecho, doña Bernarda, de que seamos parientes.

Sólo siento que don Ramón no pueda ver estas cosas.

Y era verdad que lo único que empañaba la alegría del rústico

millonario, era que no viviese el alto e imponente señor para darse el

gusto de tratarle como un igual, coronando así el éxito de su asombrosa

fortuna.

Doña Bernarda también veía en aquella unión la cúspide de sus ensueños;

el dinero unido al poder; los millones de un comercio cuyos éxitos

maravillosos parecían golpes de juego, viniendo a vivificar con savia de

oro el árbol de los Brulls, algo resquebrajado y viejo por largos años

de lucha.

Comenzaba la primavera. Algunas tardes doña Bernarda llevaba los chicos

a sus huertos o a las ricas fincas del padre de Remedios. Había que ver

con qué aire de bondad vigilaba a la joven pareja, gritando alarmada si

en sus correrías permanecían algunos minutos ocultos tras los naranjos.

—¡Este Rafael!—decía a su consejero con aquella confianza que le había

hecho relatar más de una vez las tristezas de la intimidad con su

esposo.—¡Qué pillo es! ¡De seguro que la estará besando!

—Déjelos usted, doña Bernarda. Cuanto más se meta en harina, menos

peligro de que vuelva a la otra.

¿Volver?... No había cuidado. Bastaba contemplar a Rafael cómo cogía las

flores y las colocaba riendo en la cabeza o el pecho de Remedios, que se

resistía débilmente, con un rubor de colegiala, conmovida por tales

homenajes.

—Quieto, Rafaelito—murmuraba con una voz que parecía un balido

suplicante.—No me toques; no seas atrevido.

Y su emoción la traicionaba de tal modo, que parecía estar pidiendo que

el joven volviese a poner en su cuerpo aquellas manos que la trastornaba

desde los pies a la raíz de los cabellos. Se replegaba por educación,

huía de él porque este es el deber de una joven cristiana y bien

educada; escapaba como una cabrita con graciosos saltos por entre las

filas de naranjos, y el señor diputado salía detrás a todo galope con

las narices palpitantes y los ojos ardorosos.

—¡Que te coge, Remedios!—gritaba la mamá, riendo.—¡Corre; que te

coge!

Don Andrés contraía su cara arrugada con una sonrisa de viejo fauno.

Aquellos juegos le rejuvenecían.

—¡Hum, señora! Sí que va la cosa a todo vapor. Está que arde. Cáselos

usted pronto; mire que si no, podemos dar mucho que reír a Alcira.

Y todos se engañaban. Ni la madre ni el amigo veían la expresión de

desaliento y tristeza de Rafael cuando quedaba solo, encerrado en un

cuarto en cuyos obscuros rincones seguía viendo aquellos ojos verdes y

misteriosos de que había hablado a Leonora.

¿Volver a ella? Nunca. Duraba en él la vergüenza y el anonadamiento por

lo de aquella mañana. Se veía en toda su trágica ridiculez, apelotonado

en el suelo, oprimido por el pie de la viril amazona, manchado de

tierra, humilde y confuso como un delincuente que no acierta a

disculparse. Y después la palabra terrible como un latigazo: «¡Vete!»;

como a un lacayo que osa atreverse a su señora, y la verja, cerrándose a

sus espaldas con estrépito cayendo como una losa de tumba entre él y la

artista.

No volvería: le faltaba valor para arrostrar su mirada. La mañana en que

la encontró casualmente cerca del mercado, creyó morir de vergüenza; le

temblaron las piernas, vio que la calle se obscurecía como si

repentinamente llegase la noche. Había desaparecido ella, y todavía le

zumbaban los oídos y buscaba apoyarse en algo, como si el suelo se

balanceara bajo sus pies.

Necesitaba olvidar su vergonzosa torpeza aquel recuerdo tenaz como un

remordimiento, y, se aturdía cerca de la protegida de su madre. Era una

mujer, y sus manos, que parecían desatadas desde aquella mañana

dolorosa, iban a ella; su lengua libre, después de la vehemente

confesión de amor a la puerta del huerto, hablaba ahora con ligereza,

expresando una adoración que parecía resbalar sin huella alguna por la

cara inexpresiva de Remedios, yendo lejos, muy lejos, donde permanecía

oculta y ofendida la otra.

Se aturdía cerca de Remedios para caer en una estúpida tristeza apenas

se veía sólo. Era una embriaguez de espuma que se evaporaba en la

soledad. Remedios le parecía uno de esos frutos sin sazonar, sanos, con

la película de la virginidad, limpios de picaduras y manchas, pero sin

el sabor que deleita ni el perfume que embriaga.

En su extraña situación, viviendo durante el día de jugueteos infantiles

con una muchacha que no despertaba en él más que el regocijo de la

camaradería fraternal y durante la noche de tristes recuerdos, lo único

que le placía era la confianza de su madre, la tranquilidad de la casa,

el poder ir y venir sin sentir fijos en él unos ojos irritados y

escuchar palabras de indignación ahogadas entre dientes.

Don Andrés y los amigos del casino le preguntaban cuándo sería la boda;

su madre hablaba en presencia de los chicos de las grandes

trasformaciones que se tendrían que hacer en la casa. Ella, con las

criadas abajo, y todo el primer piso para el matrimonio, con

habitaciones nuevas que habían de ser asombro de la ciudad, y para cuyo

adorno vendrían los mejores decoradores de Valencia. Don Matías le

trataba familiarmente, como cuando se presentaba en el patio a recibir

órdenes, y le veía niño, jugueteando en torno del imponente don Ramón.

—Todo cuanto tengo, para vosotros será. Remedios es un ángel, y el día

que yo muera tendrá más que el pillo de mi hijo. Sólo te ruego que no te

la lleves a Madrid: ya que abandona mi casa, al menos que la pueda ver

todos los días.

Y Rafael oía todas estas cosas como en sueños. Realmente él no había

manifestado ningún deseo de casarse; pero allí estaba su madre que lo

arreglaba todo, que le imponía su voluntad, que aceleraba aquel afecto

tenue y ligero, empujándole hacia Remedios. Su boda era cosa decidida,

un tema de conversación para toda la ciudad.

Sumido en su tristeza, agarrotado por la tranquilidad que ahora le

rodeaba y que temía romper, débil y sin voluntad, encontraba un consuelo

pensando que la solución preparada por su madre era la mejor.

Su amistad con Leonora se había roto para siempre. Cualquier día

levantaría ella el vuelo; lo había dicho muchas veces, se marcharía

pronto, cuando terminase la primavera. ¿Qué le quedaba a él?... Obedecer

a su madre; se casaría y tal vez esto le distrajese. Poco a poco iría

creciendo su afecto por Remedios y tal vez llegase a amarla con el

tiempo.

Estas reflexiones le daban un poco de tranquilidad; le sumían en una

inconsciencia agradable. Quería ser como de niño; que su madre se

encargase de todo, él se dejaría llevar sin resistencia ni movimiento

por la corriente de su destino.

Pero esta resignación se rasgaba a veces con arranques de protesta, con

palpitaciones violentas de pasión.

Comenzaban a florecer los naranjos. La primavera hacía densa la

atmósfera. El azahar como olorosa nieve, cubría los huertos y esparcía

su perfume por los callejones de la ciudad. Al respirar se mascaban

flores.

Rafael no podía dormir. Por las rendijas de las ventanas, por debajo de

las puertas, al través de las paredes parecía filtrarse el perfume

virginal de los inmensos huertos; aquel olor que evocaba la visión de

carnales desnudeces, acosaba con agudas punzadas su joven virilidad. Era

el aliento embriagador que venía de allá abajo, después de haber pasado

tal vez por los pulmones de ella agitando su mórbido pecho.

¡Ah, los terribles recuerdos! Rafael se revolvía en la cama, creyendo

sentir todavía en sus manos el contacto sedoso de las misteriosas

interioridades tanteadas ávidamente en la fiebre de la lucha; se

imaginaba tener ante sus ojos aquella rápida visión de nieve sonrosada,

entrevista como a la luz de un relámpago, mientras el iracundo pie le

oprimía el pecho... y revolviéndose furioso entre las sábanas rugía de

pasión, mordiendo la almohada:

—¡Leonora! ¡Leonora!

Una noche, a fines de Abril, Rafael se detuvo en la puerta de su cuarto

con el mismo temor que si fuese a entrar en un horno. Estremecíase al

pensar en la noche que le esperaba. La ciudad entera parecía desfallecer

en aquel ambiente cargado de perfume. Era un latigazo de la Primavera,

acelerando con su excitación la vida, dando mayor potencia a los

sentidos.

No soplaba ni la más leve brisa; los huertos impregnaban con su olorosa

respiración la atmósfera encalmada; dilatábanse los pulmones como si no

encontrasen aire, queriendo aspirar de un golpe todo el espacio. Un

estremecimiento voluptuoso agitaba la ciudad, adormecida bajo la luz de

la luna.

Rafael, sin darse cuenta de lo que hacía, bajó a la calle y poco

después, se vio en el puente, donde algunos noctámbulos, con el sombrero

en la mano, respiraban con avidez, contemplando el haz de reflejos

sueltos, como fragmentos de espejo, que la luna proyectaba sobre las

aguas del río.

Siguió adelante Rafael por las calles del arrabal, solitarias,

silenciosas, resonantes bajo sus pasos con una hilera de casas blancas y

brillantes bajo la luna, y la otra sumida en la sombra. Se sentía

subyugado por el misterioso silencio del campo.

Su madre dormía descuidada; él estaba libre hasta el amanecer y seguía

adelante, como atraído por aquellos caminos, serpenteantes entre los

huertos, donde tantas veces había soñado y esperado.

Para Rafael no era una novedad el espectáculo. Todos los años

presenciaba la germinación primaveral de aquella tierra, cubriéndose de

flores, impregnando el espacio de perfume, y, sin embargo, aquella

noche, al ver sobre los campos el inmenso manto de nieve del azahar

blanqueando a la luz de la luna, sintiose dominado por una dulce

emoción.

Los naranjos, cubiertos desde el tronco a la cima de blancas florecillas

con la nitidez del marfil, parecían árboles de cristal hilado:

recordaban a Rafael esos fantásticos paisajes nevados que tiemblan en la

esfera de los pisapapeles. Las ondas de perfume, sin cesar renovadas,

extendíanse por el infinito con misterioso estremecimiento,

transfigurando el paisaje, dándole una atmósfera sobrenatural, evocando

la imagen de un mundo mejor, de un astro lejano donde los hombres se

alimentasen con perfumes y vivieran en eterna poesía. Todo esto

transfigurado por aquel ambiente de gabinete de amor iluminado por un

inmenso fanal de nácar. Los crujidos secos de las ramas sonaban en el

profundo silencio como besos; el murmullo del río le parecía a Rafael el

eco lejano de una de esas conversaciones sostenidas con voz

desfallecida, susurrando junto al oído palabras temblorosas de pasión.

En los cañaverales cantaba un ruiseñor débilmente como anonadado por la

belleza de la noche.

Se deseaba vivir más que nunca; la sangre parecía correr por el cuerpo

más aprisa, los sentidos se afinaban y el paisaje imponía silencio con

su belleza pálida, como esas intensas voluptuosidades que se paladean

con un recogimiento místico. Rafael seguía el camino de siempre, iba

hacia la casa azul.

Aún duraba en él la vergüenza de su torpeza; si hubiese visto a Leonora

en medio del camino, habría retrocedido con infantil terror; pero la

seguridad de que a aquella hora no podría encontrarla, le daba fuerzas

para seguir adelante. A sus espaldas, sobre los tejados de la ciudad,

habían sonado las doce. Llegaría hasta las tapias de su huerto, entraría

en él si le era posible y permanecería algunos minutos recogido y

silencioso al pie de la casa, adorando las ventanas tras las cuales

dormía la artista.

Era su despedida. Un capricho de romántico sentimentalismo que se le

había ocurrido al salir de la ciudad y ver los primeros naranjos

cubiertos de aquella flor cuyo perfume había retenido en paciente espera

a la artista durante muchos meses. Leonora no sabría que había estado

cerca de ella, en el huerto silencioso inundado de luna, adorándola por

última vez, despidiéndose con el dolor mudo con que se dice adiós a la

ilusión que se pierde en el horizonte.

Vio ante él la verja de verdes barrotes, aquella que se había cerrado a

sus espaldas con el estrépito de una injuriosa despedida. Buscó en la

cerca de espinos una brecha que conocía de la época en que rondaba la

casa. La pasó, y sus pies se hundieron en la tierra fina y arenisca de

las calles de naranjos. Sobre las copas de estos aparecía la casa

blanquecina bajo la luna, brillando como plata las canales del tejado y

los antepechos de las ventanas. Todas estaban cerradas: la casa dormía.

Al ir a avanzar, saltó de entre dos naranjos un bulto negro, cayendo

junto a él con sordo rugido. Era el perro de la alquería, un animal feo

y torvo que mordía antes de ladrar.

Rafael dio un paso atrás, sintiendo el vaho de aquella boca anhelante y

rabiosa que buscaba hacer presa en sus piernas, pero se tranquilizó al

ver que el perro, tras una corta indecisión, movía bondadosamente la

cola y se limitaba a husmear los pantalones para convencerse de la

identidad de la persona. Le había conocido: agradecía sus caricias;

recordaba la mano pasada automáticamente por el lomo, mientras

conversaba con Leonora en el banco de la plazoleta.

Le pareció un buen presagio aquel encuentro, y siguió adelante mientras

que el perro volvía a agazaparse en la sombra.

Avanzaba tímidamente, al amparo de la ancha faja de obscuridad que

proyectaban los naranjos, casi arrastrándose, como un ladrón que teme

caer en una emboscada.

Salió a la avenida cerca de la plazoleta, y cuando entró en ella

experimentó una impresión de sorpresa al ver la puerta entreabierta, al

mismo tiempo que cerca de él sonaba un grito.

Se volvió, y en el banco de azulejos, envuelta en la sombra de las

palmeras y los rosales, vio una figura blanca, una mujer que al

incorporarse quedó con el rostro en plena luz: Leonora.

El joven hubiera querido desaparecer, que se lo tragara la tierra.

—¡Rafael! ¿Usted aquí?...

Y los dos quedaron silenciosos frente a frente; él avergonzado, mirando

al suelo; ella contemplándole con cierta indecisión.

—Me ha dado usted un susto que no se lo perdono—dijo por fin:—¿A qué

viene usted aquí?...

Rafael no sabía qué contestar. Balbulceaba con una timidez, que

impresionó a Leonora, pero a pesar de su turbación, notó un brillo

extraño en los ojos de la artista, una veladura misteriosa en la voz,

que la transfiguraba.

—Vamos—dijo Leonora bondadosamente;—no busque usted esas excusas tan

raras... ¿Que venía usted a despedirse sin querer verme? ¿Qué galimatías

es ese? Diga usted sencillamente que es una víctima de esta noche

peligrosa; yo también lo soy.

Y abarcaba con sus ojos de un brillo lacrimoso, la plazoleta blanca por

la luna; los nevados naranjos y los rosales y palmeras que parecían

negros, destacándose sobre el espacio azul, en el que vibraban los

astros como granos de luminosa arena. Su voz temblaba, tenía una

opacidad suave; acariciaba como terciopelo.

Rafael, animado por aquella tolerancia, quiso pedir perdón, habló de la

locura que le había expulsado de allí; pero la artista le atajó.

—No hablemos de aquella infamia, me hace daño recordarla. Queda usted

perdonado, y ya que cae aquí como llovido del cielo, quédese un momento.

Pero... nada de audacias. Ya me conoce usted.

Y recobrando su viril apostura de amazona, segura de sí misma, volvió al

banco, indicando a Rafael que se sentara al otro extremo.

—¡Qué noche!... Estoy ebria sin haber bebido. Los naranjos me

emborrachan con su aliento. Hace una hora sentía que mi habitación daba

vueltas, que la cabeza se me iba; la cama me parecía un barco en plena

tempestad. He bajado como otras veces y aquí me tiene usted hasta que el

sueño pueda más que la hermosura de la noche.

Hablaba con languidez, abandonándose, con temblores de voz y

estremecimientos del pecho, como si la angustiase aquel perfume,

comprimiendo su poderosa vitalidad. Rafael la veía a corta distancia,

blanca, escultural, envuelta en el jaique en que se cubría al pasar de

la cama al baño; lo primero que había encontrado a mano al bajar al

huerto.

Y bajo la fina lana, delatábanse las tibias redondeces con un perfume de

carne sana, fuerte y limpia que, atravesando la tela, se confundía con

la virginal respiración del azahar.

—He tenido miedo al verle—continuó con voz lenta y apagada,—un poco

de miedo nada más; la natural sorpresa, y, sin embargo, estaba pensando

en usted en aquel momento. Se lo confieso. Me decía: «¿Qué hará aquel

loco a estas horas?»; y repentinamente se presenta usted aquí como un

aparecido. No podría usted dormir excitado por ese ambiente, y ha venido

a tentar de nuevo la suerte con la misma esperanza que le guiaba otras

veces.

Hablaba sin su ironía habitual, quedamente, como si conversase con ella

misma. Descansaba con abandono su busto en el respaldo del banco con un

brazo cruzado tras la cabeza.

Rafael quiso hablar otra vez de su arrepentimiento, de aquel deseo de

arrodillarse ante la casa para pedir mudamente perdón a la que dormía

arriba, pero Leonora le atajó de nuevo.

—Cállese usted; habla muy fuerte y podrían oírle. Mi tía duerme al otro

lado de la casa, tiene el sueño ligero... Además, no quiero oír nada de

remordimiento y perdón. Eso me trae a la memoria la vergüenza de aquella

mañana. ¿No le dice a usted bastante que yo le permita estar aquí? De

nada quiero acordarme... ¡A callar, Rafael! En silencio se paladea mejor

la belleza de la noche; parece que el campo habla con la luna y el eco

de sus palabras son estas olas de perfume que nos envuelven.

Y quedó inmóvil y silenciosa con los ojos en lo alto, reflejándose en

sus córneas la luz de la luna con una humedad lacrimosa. Rafael veía de

vez en cuando agitarse su cuerpo con misteriosos estremecimientos,

extenderse sus brazos, cruzándose tras la dorada cabellera con

desperezos que hacían crujir la blanca envoltura, poniendo en voluptuosa

tensión todos sus miembros. Parecía trastornada, enferma, su respiración

anhelante tomaba a veces el estertor del sollozo; inclinaba la cabeza

sobre un hombro y desahogaba su pecho con suspiros interminables.

El joven callaba obediente, temiendo que el recuerdo de su torpe audacia

surgiera de nuevo en la conversación, sin ánimo para acortar la

distancia que les separaba en el banco. Ella, como si adivinase el

pensamiento de Rafael, hablaba con lentitud del estado anormal en que se

hallaba.

—No sé qué tengo esta noche. Quiero llorar sin saber por qué; siento en

mí una inexplicable felicidad, y sin embargo prorrumpiría en sollozos.

Es la primavera; ese maldito perfume que es un latigazo para mis

nervios. Creo que estoy loca... ¡La primavera! ¡Mi mejor amiga y no le

debo más que rencores! Si alguna locura he hecho en mi vida, ella ha

sido la consejera... Es la juventud que renace en nosotros; la locura

que nos hace la visita anual... ¡Y yo, fiel siempre a ella; adorándola;

aguardando su llegada cerca de un año en este rincón para verla aparecer

con su mejor traje, coronada de azahar como una virgen, una virgen

malvada que paga mi cariño con golpes!... Mire usted cómo me ha puesto.

Estoy enferma no sé de qué: enferma de exceso de vida; me empuja no sé

dónde; seguramente donde no debo ir... Si no fuese por mi fuerza de

voluntad, caería tendida en este banco. Estoy como los ebrios que hacen

esfuerzos por mantenerse sobre las piernas y marchar rectos.

Era verdad, estaba enferma. Cada vez sus ojos aparecían más lacrimosos;

su cuerpo, estremecido, parecía encojerse, desplomarse sobre si mismo,

como si la vida, cual un fluido dilatado, buscase escape por todos los

poros.

Calló de nuevo por mucho rato con la mirada vaga y perdida en el

infinito, y de pronto murmuró como contestando a sus recuerdos:

—Nadie como él conoció esto. Lo sabía todo, sentía como nadie el

misterio de las ocultas fuerzas de la Naturaleza, y cantó la primavera

como un dios. Hans me lo dijo muchas veces y es verdad.

Y añadió sin volver la cabeza, con la voz vaga de una sonámbula.

—Rafael, usted no conoce _La Walkyria_, ¿verdad?; no ha oído el canto

de la primavera.

No; el diputado no sabía lo que le preguntaban. Y Leonora, siempre con

los ojos en la luna, la nuca apoyada en sus brazos, que escapaban

nacarados, fuertes y redondos de las caídas mangas, hablaba lentamente,

evocando sus recuerdos, viendo pasar ante su imaginación la escena de

intensa poesía, la glorificación y el triunfo de la Naturaleza y el

amor.

La cabaña de Hunding, bárbara, con salvajes trofeos y espantosas pieles,

revelando la brutal existencia del hombre apenas posesionado del mundo,

en lucha perpetua con los elementos y las fieras. El eterno fugitivo,

olvidado de su padre; Sigmundo, que así mismo se da por nombre

_Desesperación_, errante años y años a través de las selvas, acosado por

los animales feroces, que le creen una bestia al verle cubierto de

pieles, descansa por fin al pie del gigantesco fresno que sostiene la

cabaña, y al beber el hidromiel en el cuerno que le ofrece la dulce

Siglinda conoce por primera vez la existencia del Amor, mirándose en sus

cándidos ojos.

El marido, Hunding, el feroz cazador, se despide de él al terminar la

rústica cena «Tu padre era el Lobo y yo soy de la raza de los cazadores.

Hasta que apunte el día mi casa te protege, eres mi huésped; pero así

que el sol se remonte, serás mi enemigo y combatiremos... Mujer, prepara

la bebida de la noche y vámonos al lecho».

Y el desterrado queda solo junto al fuego, pensando en su inmensa

soledad. Ni hogar, ni familia, ni la espada milagrosa que le prometió su

padre el Lobo. Y cuando apunte el día, de la cabaña que le cobija,

saldrá el enemigo que ha de darle muerte. El recuerdo de la mujer que

apagó su sed, la chispa de aquellos ojos cándidos, envolviéndole en una

mirada de piedad y amor, es lo único que le sostiene... Ella llega,

después de dejar dormido al feroz compañero. Le enseña en el fresno la

empuñadura de la espada que hundió el dios Wotan: nadie puede

arrancarla; sólo obedecerá a la mano de aquel para quien la ha destinado

el dios.

Y mientras ella habla, el salvaje errante la contempla extasiado, como

blanca aparición que le revela la existencia en el mundo de algo más que

la fuerza y la lucha. Es el amor que le habla. Lentamente se aproxima;

la abraza, la estrecha contra su pecho, y la puerta se abre a impulsos

de la brisa, y aparece la selva verde y olorosa a la luz de la luna, la

primavera nocturna, radiante y gloriosa, envuelta en su atmósfera de

rumores y perfumes.

Siglinda se estremece, «¿Quién ha entrado?» Nadie, y sin embargo, un

nuevo ser acaba de penetrar en la cabaña, abatiendo la puerta con su

invisible rodillazo. Y Sigmundo, con la inspiración del amor, adivina

quién es el recién llegado. «Es la Primavera que ríe en el aire en torno

de tus cabellos. Se acabaron las tempestades; terminó la obscura

soledad. El luminoso mes de Mayo, joven guerrero con armadura de flores,

se presenta a dar caza al negro invierno, y en medio de la fiesta de la

Naturaleza regocijada, busca a su amante: la Juventud. Esta noche, en

que te veo por vez primera, es la noche de bodas infinita de la

Primavera y de la Juventud».

Y Leonora se estremecía, escuchando internamente el murmullo de la

orquesta al acompañar el canto de ternura inspirado por la Primavera; la

vibración de la selva agitando sus ramas entumecidas por el invierno, al

recibir la nueva savia como torrente de vida; y en medio de la iluminada

plazoleta, creía contemplar a Sigmundo y Siglinda, estrechándose en

eterno abrazo, formando un solo cuerpo como cuando los veía desde los

bastidores, vestida de walkyria, esperando la hora de despertar el

entusiasmo del público con su alarido _¡Hojotoho!_

Sentía la misma tristeza de Sigmundo en la cabaña de Hunding. Sin

familia, sin hogar, errante, buscaba algo en que apoyarse, algo que

estrechar cariñosamente, y sin darse cuenta de sus movimientos, era ella

la que se aproximaba a Rafael, la que había puesto una mano entre las

suyas.

Estaba enferma. Sollozaba quedamente con una timidez suplicante de niña,

como si la intensa poesía de aquel recuerdo artístico hubiese

quebrantado el débil resto de voluntad que la había mantenido dueña de

sí.

—No sé qué tengo... Me siento morir... pero con una muerte ¡tan dulce!

¡tan dulce!... ¡Qué locura Rafael! ¡qué imprudencia haberme visto esta

noche!...

Y abarcaba con una mirada suplicante, como pidiendo gracia, la noche

majestuosa, en cuyo silencio parecía agitarse la vibración de una nueva

vida.

Adivinaba que algo iba a morir en ella. La voluntad yacía inánime en el

suelo, sin fuerzas para defenderse.

Rafael también se sentía trastornado. La tenía apoyada en su pecho, una

mano entre las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz de

resistencia, y, sin embargo, no sentía el ardor brutal de aquella

mañana, no osaba moverse por el temor de parecer audaz y bárbaro. Le

invadía una inmensa ternura; sólo ambicionaba pasar horas y horas en

contacto con aquel cuerpo, estrechándolo fuertemente, cual si quisiera

abrirse y encerrar dentro de él a la mujer adorada, como el estuche

guarda la joya.

La hablaba misteriosamente al oído, sin saber casi lo que decía;

murmuraba en su sonrosada oreja palabras acariciadoras que le parecían

dichas por otro y le estremecían al decirlas con escalofríos de pasión.

Sí, era verdad; aquella noche era la soñada por el gran artista: la

noche de bodas del arrogante Mayo con su armadura de flores y la

sonriente Juventud. El campo se estremecía voluptuosamente bajo la luz

de la luna; y ellos, jóvenes, sintiendo el revoloteo del amor en torno

de sus cabellos estremecidos hasta la raíz, ¿qué hacían allí, ciegos

ante la hermosura de la noche, sordos al infinito beso que resonaba en

torno de sus cabezas?

—¡Leonora! ¡Leonora!—gemía Rafael.

Se había deslizado del banco: estaba casi sin saberlo, arrodillado ante

ella, agarrado a sus manos y avanzaba el rostro, sin atreverse a llegar

hasta su boca.

Y ella, echando atrás el busto con desmayo, murmuraba débilmente con un

quejido de niña:

—No, no: me haría daño... me siento morir.

—Los dos en uno—continuaba el joven, con sorda exaltación,—unidos

para siempre; mirándose en los ojos como en un espejo; repitiendo sus

nombres con la entonación de una estrofa; morir así si era preciso para

librarse de la murmuración de la gente. ¿Qué les importaba a ellos el

mundo y sus opiniones?

Y Leonora, cada vez más débil, seguía negándose.

—No, no;... tengo vergüenza. Un sentimiento que no puedo definir.

Y así era. El dulce estertor de la naturaleza bajo el beso primaveral,

aquel intenso perfume de la flor emblema de la virginidad, la

transfiguraba. La loca, la aventurera de accidentada historia, entrada

en el placer por el empujón de la violencia, sentía por primera vez

rubor en los brazos de un hombre; experimentaba la alarma de la virgen

al contacto del macho, la misma agitación que impulsa a la doncella a

entregarse entre estremecimientos de miedo a lo desconocido. La

naturaleza, al embriagarla abatiendo su resistencia, parecía crear una

virginidad extraña en aquel cuerpo fatigado por el placer.

—¡Dios mío! ¿qué es esto?... ¿Qué me pasa? Debe ser el amor; un amor

nuevo que no conocía... Rafael... ¡Rafael mío!

Y llorando dulcemente, oprimía entre sus manos la cabeza del joven,

apretaba su boca contra la suya, echándose después atrás, con los ojos

extraviados, enloquecida por el contacto de los labios.

Estrechamente abrazados habían caído sobre el banco. El jardín rumoroso

les servía de cámara nupcial: la luna les dejaba en la discreta sombra.

—¡Por fin!—murmuró ella—lograste tu deseo. Tuya... pero para siempre.

Te quería antes, pero ahora te adoro... Por primera vez lo digo con toda

mi alma.

Rafael, impulsado por la dicha, tuvo un arranque de generosidad.

Necesitaba darlo todo.

—Sí; mía para siempre. No temas entregarte, hacerme feliz... Me casaré

contigo.

En medio de su embriaguez vio cómo la artista abría con extrañeza sus

ojos, cómo pasaba por su boca una sonrisa triste.

—¡Casarnos! ¿y para qué?... Eso es para otros. Quiéreme mucho, niño

mío, ámame cuanto puedas... Yo sólo creo en el Amor.

V

—Pero bebé, ¿cuándo llegamos a la isla?... Me fatiga estar en este

banco, lejos de ti, viendo esos bracitos míos, cómo se cansan de tanto

darle a los remos. ¡Un beso!... ¡aunque te enfades! Eso te refrescará.

Y poniéndose en pie, Leonora dio dos pasos en la blanca barca,

imprimiéndola un fuerte balanceo, y besó varias veces a Rafael, que

soltando los remos se defendía entre risas.

—¡Loca! Así no llegaremos nunca. Con descansos como estos se hace poco

camino, y yo te he prometido llevarte a la isla.

Volvió a encorvarse sobre los remos bogando por el centro del río, sobre

las aguas que temblaban reflejando la luna, como si quisiera que la

arboleda de ambas orillas gozase por igual en la contemplación de la

amorosa escapatoria.

Había sido un capricho de la artista, un deseo repetido en sus visitas a

la casa azul, unas veces por la tarde en presencia de doña Pepa y la

doncella, y todas las noches pasando por la brecha de la cerca, donde ya

le esperaban en la obscuridad los desnudos brazos de Leonora, aquella

boca fresca que se adhería con furor a la suya como si quisiera

absorberle.

Llevaba más de una semana de dulce embriaguez. Jamás había creído que la

vida fuese tan hermosa. Vivía en una dulce inconsciencia. La ciudad no

existía para él. Le parecían fantasmas todos los que le rodeaban; su

madre y Remedios eran como seres invisibles a cuyas palabras contestaba

sin tomarse el trabajo de levantar la cabeza para verlas.

Pasaba los días agitado por el vehemente deseo de que llegase pronto la

noche, que terminase la cena en familia, para subir a su cuarto y salir

después cautelosamente, apenas quedaba silenciosa la casa, con la calma

del sueño.

No adivinaba la extrañeza que esta conducta debía producir en su madre,

al ver cerrado su cuarto toda la mañana mientras él dormía con la fatiga

de una noche de amor. No se fijaba en el rostro ceñudo de doña Bernarda,

cansada ya de preguntarle si estaba enfermo y de oír la misma respuesta:

—No, mamá; es que trabajo de noche; un estudio importante.

La madre tenía que contenerse para no gritar: ¡Mentira! por dos noches

había subido a su cuarto, encontrando cerrada la puerta y obscuro el ojo

de la cerradura. Su hijo no estaba allí. Le vigilaba, y todos los días

poco antes del amanecer, escuchaba cómo abría suavemente la puerta de la

calle y subía las escaleras quedamente, tal vez descalzo.

La austera señora callaba amontonando en silencio su indignación,

lamentándose ante don Andrés de aquel retoñamiento de locura que

trastornaba sus planes. El consejero vigilaba al joven por medio de sus

numerosos devotos que le seguían cautelosamente por la noche hasta la

casa azul.

—¡Qué escándalo!—exclamaba doña Bernarda.—¡De noche también! ¡Acabará

por traerla a esta casa! ¿Pero es que esa boba de doña Pepita no ve nada

de esto?

Y Rafael, insensible al ambiente de indignación que se formaba en torno

de él; sin dignarse siquiera dirigir una palabra, una mirada a la pobre

Remedios que, cabizbaja como una cabrita enfurruñada, parecía llorar el

recuerdo de aquellos paseos regocijados bajo la vigilancia de doña

Bernarda.

El diputado no veía nada fuera de la casa azul; le cegaba su felicidad.

Lo único que le molestaba era tener que ocultarla, no poder hacer

pública su dicha para que se enterasen de ella todos sus admiradores.

Hubiera querido transportarse de un golpe a la decadencia romana, donde

los amores de los poderosos tomaban la majestad de la pública adoración.

—¡Qué me importa lo que murmuren!—decía una noche en el dormitorio de

Leonora a donde subía cautelosamente todas las noches.—Mira si te

quiero, que desearía ver a toda esa gente prestándote adoración.

Quisiera poder cogerte en brazos así como estás, casi desnuda, y en

pleno mediodía presentarme en el puente del Arrabal ante la muchedumbre

embobada por tu belleza: «¿Soy o no soy vuestro jefe? Pues si lo soy,

adorad a esta mujer que es mi alma y sin la cual no puedo vivir. El

afecto que me tengáis a mí, partidlo para que también sea de ella». Y lo

haría, a ser posible, tal como lo digo.

—Loco... nene adorable—decía ella cubriéndole la cara de besos,

acariciando la negra barba con su boca suave y estremecedora.

Y en una de estas entrevistas, donde las palabras se interrumpían con

repentinos impulsos de pasión y las frases se cortaban con un salto de

bestia en celo, ahogándose entre las bocas juntas y los pechos oprimidos

por el abrazo, fue cuando Leonora manifestó su capricho.

—Me ahogo aquí dentro. Me repugna acariciarte entre cuatro paredes,

junto a una cama vulgar, como un amante de momentáneo capricho. Esto es

indigno de ti. Eres el amor que vino a buscarme en la más hermosa de las

noches. Al aire libre me gusta más; el amor es fresco y puro en medio

del campo. Te veo más hermoso y yo me siento más joven.

Y recordando las expediciones río abajo que tantas veces le había

relatado Rafael en sus conversaciones de amigo, aquella isleta con sus

cortinas de juncos, los sauces inclinándose sobre el agua y el ruiseñor

cantando oculto, le preguntaba, ansiosa:

—¿Qué noche me llevas? Es un capricho, una locura; pero ¿para qué

existe el Amor, sino para hacer alegres disparates que endulcen la

vida?... Llévame en tu barca; ella que te condujo aquí nos trasladará a

esa isla encantada; nos amaremos toda una noche al aire libre.

Y Rafael, que se sentía halagado por la idea de pasear su amor río

abajo, al través de la campiña dormida, desamarró su barca a media noche

bajo el puente del Arrabal, llevándola hasta un cañar inmediato al

huerto de Leonora.

Una hora después atravesaban la brecha, cogidos del brazo, riendo de

aquella escapatoria de colegiales traviesos, estrechándose el uno contra

otro, turbando con besos ruidosos e insolentes el majestuoso silencio

del campo.

Se embarcaron, y la lancha, impulsada por la corriente, guiada por los

remos de Rafael, comenzó a descender el Júcar arrullada por el susurro

de las aguas al deslizarse por las altas riberas de barro, cubiertas de

cañaverales que se inclinaban formando misteriosos escondrijos.

Leonora palmoteaba de alegría. Se echaba sobre la nuca la blonda con que

había cubierto su cabeza, desabrochaba su ligero gabán de viaje y

aspiraba con delicia el airecillo húmedo y algo pegajoso que rizaba la

superficie del río. Su mano se estremecía acariciando el agua.

¡Qué hermosa resultaba la escapatoria! Solos y errantes, como si el

mundo no existiera; como si toda la naturaleza fuese para ellos; pasando

por cerca de las alquerías dormidas, dejando atrás la ciudad, sin que

nadie se diera cuenta de aquel amor que, en su entusiasmo, se

desbordaba, saliendo del misterioso escondrijo para tener por testigos

el cielo y el campo. Leonora hubiese querido que la noche no terminase

nunca; que aquella luna menguante, que parecía partida de un sablazo, se

detuviera eternamente en el cielo para envolverles en su luz difusa y

mortecina; que el río no tuviese fin y la barca flotase y flotase hasta

que anonadados ellos de tanto amar, exhalasen el resto de su vida en un

beso tenue como un suspiro.

—¡Si supieras cuánto te agradezco este paseo!... Rafael, estoy

contenta. Nunca he tenido una noche como esta. ¿Pero dónde está tu isla?

¿Nos hemos extraviado como en la noche de la inundación?

No; llegaban a la isla donde muchas veces había pasado las tardes

Rafael, oculto en los matorrales, aislado por el agua, soñando con ser

uno de aquellos aventureros de las praderas vírgenes o de los inmensos

ríos americanos, cuyas peripecias seguía en las novelas de Fenimore

Cooper y Maine Reid.

Un pequeño río tributario se unía al Júcar desembocando mansamente bajo

una aglomeración de cañas y árboles; un arco triunfal de follaje. Y en

la confluencia de las dos corrientes emergía la isla, una pequeña

extensión de terreno casi al ras del agua, pero fresca, verde y

perfumada como un ramillete acuático, con espesos haces de juncos sobre

los cuales zumbaban de día los insectos de oro, y unos cuantos sauces

que inclinaban sobre el agua sus finas cabelleras formando bóvedas

sombrías, bajo las cuales se deslizaba la barca.

Los dos amantes entraron en la obscuridad. La cortina de ramas les

ocultaba el río; la luna apenas si podía filtrar alguna lágrima de luz

por entre el ramaje de los sauces.

Leonora se sintió intimidada por aquel ambiente de cueva lóbrego y

húmedo. Invisibles animales caían en el agua con sordo chapoteo al

sentir la proa de la barca cabeceando sobre el barro de la ribera. La

artista se agarraba nerviosamente al brazo de su amante.

—No tengas miedo—murmuró Rafael.—Apóyate y salta... Poco a poco. ¿No

querías oír al ruiseñor? Ahí le tenemos, escucha.

Era verdad. En uno de los sauces, al otro lado de la isla, el misterioso

pájaro oculto lanzaba sus trinos, sus vertiginosas cascadas de notas,

deteniéndose en lo más vehemente del torbellino musical, para filar un

quejido dulce e interminable como un hilo de oro que se extendía en el

silencio de la noche sobre el río que parecía aplaudirle con su sordo

murmullo.

Los amantes avanzaban entre los juncos, encorvándose, titubeando antes

de dar un paso, temiendo el chasquido de las ramas bajo sus pies. La

continua humedad había cubierto la isla de una vegetación exuberante.

Leonora hacía esfuerzos por contener su risa de niña, al sentirse con

los pies apresados por las marañas de juncos y recibir las duras

caricias de las ramas que se encorvaban al paso de Rafael, y recobrando

su elasticidad la golpeaban el rostro.

Pedía auxilio con apagada voz, y Rafael, riendo también, la tendía la

mano, arrastrándola hasta el pie del árbol donde cantaba el ruiseñor.

Calló el pájaro adivinando la presencia de los amantes. Oyó sin duda el

ruido de sus cuerpos al caer al pie del árbol, las palabras tenues

murmuradas al oído.

Reinaba el gran silencio de la naturaleza dormida, ese silencio

compuesto de mil ruidos que se armonizan y funden en la majestuosa

calma: susurro del agua, rumor de las hojas, misteriosas vibraciones de

seres ocultos, imperceptibles, que se arrastran bajo el follaje o abren

pacientemente tortuosas galerías en el tronco que cruje.

El ruiseñor volvió a cantar con timidez, como un artista que teme ser

interrumpido. Lanzó algunas notas sueltas con angustiosos intervalos,

como entrecortados suspiros de amor; después fue enardeciéndose poco a

poco, adquiriendo confianza, y comenzó a cantar, acompañado por el

murmullo de las hojas agitadas por la blanda brisa.

Embriagábase a sí mismo con su voz; sentíase arrastrado por el vértigo

de sus trinos; parecía vérsele en la obscuridad hinchado, jadeante,

ardiente, con la fiebre de su entusiasmo musical. Entregado a sí mismo;

arrebatado por la propia belleza de su voz, no oía nada, no percibía el

incesante crujir de la maleza, como si en la sombra se desarrollara una

lucha, los bruscos movimientos de los juncos, agitados por misterioso

espasmo, hasta que un doble gemido brutal, profundo, como arrancado de

las entrañas de alguien que se sintiera morir, hizo enmudecer asustado

al pobre pájaro.

Un largo espacio de silencio. Abajo despertaban los dos amantes

estrechamente abrazados en el éxtasis todavía de aquel canto de amor.

Leonora apoyaba su despeinada cabeza en el hombro de Rafael. Acariciaba

su cuello con la anhelante y fatigada respiración que agitaba su pecho.

Murmuraba junto a su oído frases incoherentes, en las que aún vibraba la

emoción.

¡Qué feliz se sentía allí! Todo llega para el amor. Muchas veces en su

época de resistencia, al contemplar por la noche desde su balcón aquel

río que serpenteaba a través de la campiña dormida, había pensado con

delicia en un paseo por el inmenso jardín del brazo de Rafael, en

deslizarse por el Júcar, llegando hasta la isla.

—Mi amor es ya antiguo—murmuraba al oído de Rafael.—¿Crees tú que

sólo te quiero desde la otra noche? Te adoro desde hace mucho tiempo,

mucho... ¡Pero no vaya usted a ponerse por esto orgulloso, señorito

mío!... No sé como comenzó: creo que fue cuando estabas en Madrid. Al

verte de nuevo comprendí que estaba perdida. Si me resistí, es porque

estaba en mi sana razón; porque veía claro. Ahora estoy loca y lo he

echado todo a rodar. Dios sea con nosotros... Pero aunque venga lo que

venga, quiéreme mucho, Rafael; júrame que me querrás. Sería una crueldad

huir después de haberme despertado.

Y se apretaba con cierto terror contra el pecho de Rafael, hundía las

manos en el cabello del joven, echaba atrás su cabeza para pasear su

boca ávida por toda la cara, besándole en los ojos, en la frente, en la

boca, mordiéndole la nariz y la barba suavemente, pero con una

vehemencia cariñosa que arrancaba ligeros gritos a Rafael.

—¡Loca!—murmuraba sonriendo.—¡Que me haces daño!

Leonora le miraba fijamente con aquellos ojazos que brillaban en la

sombra con el fulgor de una fiera en celo.

—Te devoraría—murmuraba con voz grave que parecía un rugido

lejano.—Siento impulsos de comerte, mi cielo, mi rey, mi dios... ¿Qué

me has dado, di, niño? ¿cómo has podido enloquecerme, haciéndome sentir

lo que nunca había sentido?

Y de nuevo caía sobre él agarrando su cabeza, oprimiéndola con furia

sobre su robusto y firme pecho, en cuyas desnudeces se perdía la

anhelante boca de Rafael, poseído también de avidez rabiosa.

—Ya no canta el ruiseñor—murmuraba el joven.

—¡Ambicioso!—decía riendo quedamente la artista.—¿Ya quieres oírle de

nuevo?...

Callaban los dos, estrechamente abrazados, formando un solo cuerpo,

trastornados por el ambiente de poesía con que les rodeaba la noche.

Otra vez comenzaron a resonar entre las altas ramas las notas sueltas,

los lamentos tiernos del solitario pájaro, llamando al amor invisible. Y

familiarizado con los extraños rumores que aquella noche poblaban la

isla y que llegaban de nuevo hasta él como bocanadas de lejano incendio,

se lanzó en una carrera loca de trinos, cual si se sintiera espoleado

por la voluptuosidad de la noche y fuese a reventar de fatiga, cayendo

del árbol su envoltura de pluma como un saco vacío después de haber

derramado su tesoro de notas.

Rafael se estremeció en los brazos de su amante como si despertase.

—Debe ser tarde. ¿Cuántas horas estamos aquí?

—Sí, muy tarde—contestó Leonora con tristeza.—Las horas de placer van

siempre al galope.

La obscuridad era densa: había desaparecido la luna. Cogidos de la mano,

guiándose a tientas, llegaron a la barca y el chapoteo de los remos

comenzó a sonar río arriba sobre la negra corriente.

El ruiseñor cantaba en el sauce melancólicamente, como saludando una

ilusión que se aleja.

—Mira, mi vida—dijo Leonora.—El pobrecito nos despide. Oye como nos

dice adiós.

Y súbitamente, en su fatigado desaliento, anonadada y muelle por la

noche de amor, sintió la llama del arte, estremeciéndola de pies a

cabeza.

Venía a su memoria el himno que en _Los Maestros Cantores_ entona el

buen pueblo de Nuremberg viendo en el estrado del certamen a Hans Sachs,

su cantor popular, bondadoso y dulce como el Padre Eterno. Era la

canción que el poeta menestral, el amigo de Alberto Durero, escribió en

honor de Lutero al iniciarse la gran revolución: y la artista, puesta de

pie en la popa, saludando con su sonrisa al ruiseñor, comenzó a cantar:

_Sorgiam, che spunta il dolce albor,_

_Cantar ascolto in mezzo ai fior_

_Voluttuoso un usignuol_

_Spiegando a noi l’amante vol!..._

Su voz ardorosa y fuerte parecía hacer temblar la negra superficie del

río; se extendía en ondas armoniosas por los campos, perdíase en la

frondosidad de la lejana isla, desde donde contestaba como un suspiro

lejano el trino del ruiseñor. Imitaba, esforzándose, la majestuosa

sonoridad del coro wagneriano; remedaba con murmullos a flor de labio el

rumoroso acompañamiento de la orquesta, y Rafael batía el agua con sus

remos al compás de la melodía piadosa y entusiasta con que el gran

maestro había impetrado el favor de la poesía popular, saludando la

aparición de la Reforma.

Iban río arriba, luchando contra la corriente. Rafael se doblaba sobre

los remos, moviendo sus brazos nerviosos como resortes de acero. Llevaba

la barca por cerca de la orilla, donde la corriente era menos viva y las

ramas rozaban las cabezas de los amantes, mojando la cara de la artista

con el rocío depositado en sus hojas. Muchas veces se hundía la barca en

una de aquellas bóvedas de verdura, abriéndose paso lentamente entre las

plantas acuáticas, y el follaje temblaba con el impulso armonioso de

aquella voz vibrante y poderosa como gigantesca campana de plata.

Aún no llegaba el día, no _spuntaba il dolce albor_ de la canción de

Hans Sachs, pero se adivinaba que de un momento a otro comenzaría a

clarear en el cielo la faja sonrosada del amanecer.

Rafael hacía esfuerzos para llegar cuanto antes, animado por la voz de

Leonora, que marcaba el compás a los remos. Su canto sonoro parecía

despertar la campiña. En una alquería se iluminaba una ventana. Rafael

creyó varias veces oír en la ribera, a lo largo de los cañaverales,

ruido de cañas tronchadas, pasos cautelosos de gente que les seguía.

—Calla, alma mía. No cantes; te van a conocer. Adivinarán quién eres.

Llegaron al ribazo donde habían embarcado. Leonora saltó a tierra;

quería ir sola hasta casa; se separarían allí. Y la despedida fue dulce,

lenta, interminable.

—Adiós, amor; un beso. Hasta mañana... no, hasta luego.

Se alejaba algunos pasos ribazo arriba, y volvía de repente buscando los

brazos de su amante.

—Otro, príncipe mío... el último.

Era la eterna despedida de amor; arrancarse con nervioso impulso de los

brazos para volver al momento con la angustia de la separación.

Comenzaba a clarear el día. No cantaba la alondra, como en el jardín de

Verona anunciando el alba a los amantes de Shakespeare; pero comenzaba a

oírse el chirrido lejano de los carros en los caminos de la campiña, y

una canción perezosa y soñolienta entonada por una voz infantil.

—Adiós, Rafael... Ahora sí que es el último. Nos van a sorprender.

Y recogiéndose el abrigo subió de un salto al ribazo, saludándole por

última vez con el pañuelo.

Rafael remó río arriba hacia la ciudad. Aquel viaje a solas, cansado y

luchando contra la corriente, fue lo peor de la noche.

Cuando amarró su barca cerca del puente era ya de día. Se abrían las

ventanas de las casas vecinas al río; pasaban por el puente los carros

cargados de vituallas para el mercado y las filas de hortelanas con

grandes cestas en la cabeza. Toda aquella gente miraba con interés al

diputado. Vendría de pasar la noche pescando. Se lo decían unos a

otros, a pesar de que en la barca no se veía ningún útil de pesca.

Envidiaban a la gente rica que puede dormir de día y entretener su

tiempo como mejor le parece.

Rafael saltó a tierra molestado por la curiosidad de los grupos. Pronto

estaría enterada su madre.

Al subir al puente con paso tardo y perezoso, muertos los brazos por sus

esfuerzos de remero, oyó que le llamaban.

Don Andrés estaba allí mirándole con sus ojillos de color de aceite que

brillaban entre las arrugas con una expresión de autoridad.

—Me has dado la gran noche, Rafael. Sé dónde has estado. Vi anoche cómo

te embarcaste con esa mujer, y no han faltado amigos que os han seguido

para saber dónde ibais. Habéis estado en la isla toda la noche; esa

mujer cantaba sus cosas como una loca... Pero ¡rediós! ¿es que no hay

casas en el mundo? ¿es que os divertís así más, paseando a cielo abierto

vuestro enredo para que todo Cristo se entere?

Y el viejo se indignaba de veras, como libertino rústico y ducho que

adoptaba toda clase de precauciones para no comprometerse en sus

_debilidades_ con la chiquillería de los almacenes de naranja. Sentía

furor y tal vez envidia al ver aquella pareja sin miedo a la

murmuración, inconsciente ante el peligro, burlándose de toda prudencia,

ostentando su pasión con la insolencia de la dicha.

—Además, tu madre lo sabe todo. Estas noches ha sorprendido tus

escapatorias, ha visto que no estabas en tu cuarto. La vas a matar de un

disgusto.

Y con la severidad de un padre, hablaba de la desesperación de doña

Bernarda; el porvenir de la casa en peligro, el compromiso con Don

Matías, la palabra dada, la hija esperando la prometida boda.

Rafael callaba, caminando como un autómata, irritado por aquella charla

que le traía a la memoria todas las obligaciones molestas de su vida.

Sentía el enojo del que se ve despertado por un criado torpe en mitad de

un dulce ensueño. Aún llevaba en sus labios la huella de los besos de

Leonora; todo su cuerpo estaba impregnado de su dulce calor; ¡y aquel

viejo venía a hablarle del deber, de la familia, del qué dirán, sin

acordarse para nada del amor! ¡como si el amor no fuese nada en la vida!

Aquello era un complot contra su dicha, y sentía que un impulso de lucha

y de revuelta agitaba su voluntad.

Habían llegado frente a la gran casa de Brull. Rafael buscaba con su

llave la cerradura.

—Y bien—dijo el viejo irritado,—¿qué dices tú a todo esto? ¿Qué

piensas hacer? Contesta; pareces mudo.

—Yo—repuso el joven con energía—yo haré lo que mejor me parezca.

Don Andrés se estremeció. ¡Ay, cómo le habían cambiado a su Rafael!...

Aquella chispa agresiva, arrogante, belicosa, que brillaba en sus ojos,

no la había visto nunca.

—Rafael, ¿así me contestas? ¡A mí, que te he visto nacer! ¡A mí, que

te quiero como te quería tu padre!

—Soy ya mayor de edad. No quiero tolerar más esta comedia de ser

personaje en la calle y un chiquillo en casa. Guárdese los consejos para

cuando los pida. Buenos días.

Al subir la escalera vio en el primer rellano en la penumbra de la casa

cerrada, sin otra luz que la de las rendijas de las ventanas, a su

madre, erguida, ceñuda, tempestuosa, como una imagen de la justicia.

Pero Rafael no vaciló. Siguió subiendo los peldaños, sin recatarse, sin

temblar cual otras veces; como el señor que ha estado ausente mucho

tiempo y entra arrogante en la casa que es suya.

Entre naranjos · 第 14 / 25 题