--Es grave esa objeción, la más grave tal vez que se haya formulado

contra el Cristianismo. Los que la hacen, sin embargo, no sueñan con que

su argumento implica una reclamación. Están pidiendo, sin darse cuenta

de ello, un poder regulador y ponderador de la doctrina evangélica. La

palabra de Jesús es eterna, pero su aplicación se realiza en el tiempo y

el espacio, o lo que es igual, se desenvuelve, no es instantánea. El

poder divino y humano a la vez que regula este desenvolvimiento se llama

Iglesia. La Iglesia admite entre sus preceptos la legítima defensa, y

nos estimula a reivindicar nuestros derechos y nuestra libertad cuando

han sido hollados por algún tirano. Cuantas herejías han aparecido en la

Historia se apoyaron en el Evangelio, pero, si prevaleciesen, hubieran

dado al traste con él. Estas herejías no han cesado ni cesarán. Hoy

mismo, aunque parezca increíble, un novelista ruso, apoyándose en el

precepto evangélico que nos prohibe juzgar a nuestros hermanos, pide que

se supriman los tribunales de justicia.

--Y ¿cómo concilia la Iglesia, querido Jiménez, la legítima defensa y la

reivindicación de nuestros derechos con los preceptos categóricos y

apremiantes del Evangelio?

--Todos los preceptos del Evangelio pueden reducirse a uno solo: la

caridad. El hombre que se ve injustamente acometido por otro puede, por

amor mismo de su enemigo, dejarse maltratar y aun matar. Sabe que este

acto de amor y abnegación se registra en el cielo. Mas al proceder en

caridad con su enemigo falta a la que debe a todos sus hermanos, puesto

que aquel hombre criminal, si quedase impune, seguiría ejecutando con

ellos otros crímenes. Aun por amor mismo de nuestro enemigo debemos

desear y contribuir con nuestras fuerzas a que se le castigue, pues la

pena es necesaria para nuestra regeneración.

--Pensando algunas veces en la posibilidad de que el Cristianismo llegue

a imperar, no en las palabras, como ahora, sino prácticamente entre los

hombres, no puedo menos de imaginar que la vida perdería mucho de su

atractivo. Supongamos que todos los hombres lleguen a ser igualmente

buenos, generosos, humildes, etc., y que ya no exista conflicto alguno

entre ellos. ¿No te parece que ese mundo estable, beato y de una pieza,

sería un poco aburrido? La vida es una lucha entre el principio del bien

y el del mal, entre nuestro ser espiritual y el corporal, entre el ángel

y la bestia. Esta lucha engendra en todos los tiempos y países un drama

que la hace interesante. Temo que el día en que el drama se termine la

vida pierda su sabor. Cerrado el teatro, los espectadores desean

entregarse al sueño.

--¡Esa es una objeción de literato!--exclamó Jiménez ríendo--. Tienes

miedo de que el mundo llegue a tal estado de perfección que ya no se

preste para llevarlo a la escena, y no encuentres en la vida argumentos

para escribir tus novelas, ¿no es cierto?... Yo no sé si sería una gran

desgracia que desapareciesen los dramas y las novelas. Presumo que no.

¡Perdona, amigo, este supuesto! Lo único que puedo decirte es que,

cuando en mis cortos viajes he hallado en un pueblo amigos cordiales y

generosos, pasé algunos días bien felices reducido exclusivamente a su

trato. Aquel estrecho círculo de seres buenos duraba después largo

tiempo en mi memoria como un paraíso. No me ha acaecido otro tanto

cuando me vi obligado a residir entre hombres violentos o apasionados y

tuve que asistir a sus luchas. Y es porque el drama es bueno para ser

visto, pero no para ser vivido. Además, tú como yo, y como todos los

hombres que poseen alguna imaginación, habrás sentido la dulzura

inexplicable de ciertos instantes en que la Naturaleza y la sociedad se

nos ofrecen como una visión celeste. ¡Instantes de embriaguez en que

todo brilla a nuestros ojos con luz irisada! Un vago rumor agita el

aire, y un perfume misterioso se esparce por él. ¡Qué frescura en el

cielo!, ¡qué luz dorada en las crestas de las montañas!, ¡qué llanura

risueña cubierta de flores! La Naturaleza resplandece luminosa, los

hombres se agitan vibrantes de amor y de dicha, la creación entera surge

ante nosotros como una esfera de luz. Nadie como nuestro Espronceda

alcanzó a expresar con más felicidad ese momento de gozosa embriaguez:

Gorjeaban los dulces ruiseñores,

el sol iluminaba mi alegría,

el aura susurraba entre las flores,

el bosque mansamente respondía.

Murmuraban las fuentes sus amores,

ilusiones que llora el alma mía.

¡Oh, cuán suave resonó en mi oído

el bullicio del mundo y su rüído!

Dime, ¿no quisieras prolongar ese instante? ¿No quisieras vivir

eternamente ese sueño de oro? Y, sin embargo, en nuestros sueños de oro

no existe el drama.

Hubo una pausa. Al cabo, le dije bruscamente:

--Todo eso está bien, Jiménez, pero hablemos claro, y no seamos

hipócritas con nosotros mismos. Tú eres cristiano católico en la

actualidad, porque has nacido en una nación católica; si hubieses nacido

en Inglaterra, serías protestante, si nacieses en Turquía, musulmán, y

en la India, budhista.

Jiménez sonrió dulcemente y repuso:

--Soy un soldado, y no discuto los planes del general en jefe... Pero,

en fin--añadió poniéndose serio--, yo sé muy bien que habiendo nacido en

una nación musulmana, budhista o idólatra, si me hubiese instruído

convenientemente, si mi entendimiento alcanzase el grado de desarrollo

que hoy posee cualquier europeo culto, estoy absolutamente seguro de que

notaría la superioridad de la doctrina evangélica. Por tanto, si

permaneciese adherido a la religión de mi país, sería por ignorancia

invencible, y no sería de ello responsable... En cuanto a las sectas

cristianas disidentes sólo te diré que la Iglesia cristiana es una, y

que todos los que creen en Cristo pertenecen al alma de esta Iglesia, si

no a su cuerpo. Yo soy feliz por pertenecer, no sólo a su alma, sino

también a su cuerpo. Amo mi religión como he amado a mi madre, sin ver

en ella sombra ni mancha. Donde algunos pretenden advertir errores o

deficiencias, yo contemplo grandezas y perfecciones. El culto de la

Virgen María, la confesión auricular, la autoridad espiritual del Sumo

Pontífice, que tanto se critica por los disidentes, para mí son signos

de su divinidad y medios poderosos para nuestra salvación.

--No hace muchos días que he leído un libro ascético del famoso

novelista ruso a que antes aludías, en el cual se examina con gran

minuciosidad los pecados, o sea, los obstáculos que impiden al hombre

alcanzar la virtud evangélica y, entre las seducciones que nos mantienen

en el pecado, incluye el culto externo y aun la creencia en cualquier

dogma.

--¡Idea extravagante! Según eso, los innumerables santos y mártires del

Cristianismo lo fueron a pesar de haber creído en los dogmas y haber

tributado culto externo a Dios; y si no hubieran creído en los dogmas,

ni hubieran asistido a los templos, sin duda hubieran sido más santos y

más mártires de lo que fueron... Existen espíritus generosos y

penetrantes, como el de ese escritor, que, aceptando todas las verdades

del Evangelio, y considerando como único fin de esta vida el amor y la

fraternidad entre los hombres, se esfuerzan, no obstante, en destruir la

fe positiva y las prácticas del culto. ¿Acaso no se manifiesta esta

fraternidad mejor que en parte alguna en el templo? Ancianos y niños,

humildes y poderosos, todos confundidos, doblan la rodilla y elevan su

plegaria al Dios de los cielos. Además, ¿cómo alzarle de un vuelo a la

virtud evangélica, a esa vida de amor que constituye la paz y la

felicidad del alma? Hasta ahora no he conocido hombre alguno que haya

reformado de un modo notable su conducta, que se haya transformado

moralmente, convirtiéndose de soberbio en humilde, de egoísta en

caritativo, por medio de la filosofía. Desde que Espinosa ha dicho

aquello de vivir _sub specie aeternitatis_, y los filósofos germánicos

lo parafrasearon elocuentemente, son muchos los que hablan de vivir para

la eternidad, muy pocos los que lo consiguen. Estos pocos se esconden en

los templos, no envían artículos a los periódicos, ni se dejan retratar

descalzos. Nuestra flaqueza exige un apoyo, nuestra fuga un áncora de

sostén. Los hombres necesitamos prácticas constantes, una disciplina, un

culto, algo, en suma, que enderece nuestra imaginación y mantenga alerta

nuestra conciencia, las cuales, de otro modo, se disiparían presto en el

torbellino de las sensaciones mundanas. Al lado de estos espiritualistas

extraviados, como el novelista ruso que has citado, hay otros hombres,

partidarios de la ciencia positiva, que aceptan y defienden las teorías

de Darwin y su escuela, que se creen perfectos experimentalistas, y, sin

embargo, en el fondo de su corazón son ardientes cristianos. En cuanto

observan una injusticia o un atentado contra la caridad, allá corren a

sostener la ley divina con su alma y con su vida. Un gran novelista

francés nos acaba de dar ejemplo de ello lanzándose al socorro de un

condenado injustamente, y sacrificando por él su gloria, su hacienda y

la seguridad de su vida.

--Pero ese novelista profesa la religión de la Humanidad.

--¡La religión de la Humanidad!--exclamó Jiménez con acento

sarcástico--. La religión de la Humanidad ha sido siempre para mí el

libro de los siete sellos. ¿Qué es la Humanidad si Dios no existe? Un

conjunto de seres efímeros, débiles, ignorantes y enemigos, como es

lógico, los unos de los otros. ¿Por qué nos hemos de sacrificar a la

Humanidad actual si somos seres radicalmente distintos que venimos de la

nada y marchamos a la nada? Más absurdo aún sacrificarnos a la Humanidad

futura, que no conocemos, y cuya existencia tampoco está asegurada. A

los que ahora pisamos la tierra poco puede interesarnos el bienestar de

los que la han de pisar dentro de mil años. Ni hay seguridad de que los

hombres, dentro de mil años, gocen siquiera de mayor bienestar que

nosotros, porque eso mismo pudieron pensar los griegos, y, sin embargo,

mil años después de Pericles los hombres vivían peor. Y aunque gracias a

nuestros esfuerzos gozasen de mayores comodidades, no por eso les

habríamos hecho más felices. Todos sabemos por experiencia que, apenas

acostumbrados a cualquier regalo, ya no lo apreciamos, ni siquiera lo

sentimos, sino al perderlo. Mientras no se aplaque el resquemor que nos

causan la vanidad, la ambición y la envidia, mientras no se disipe el

dolor de ver sufrir y desaparecer a los seres más queridos, nada hemos

adelantado.

--Eso es de lo que se trata precisamente; de hallar un medio dentro de

la esfera del poder humano para que se respete la justicia, para que los

hombres no nos atormentemos los unos a los otros y vivamos en paz.

--Ese medio no existe sino dentro de la fe. Montones de libros se han

escrito para enseñarnos cómo debemos proceder con los hombres, cómo

podemos evitar los efectos de su malquerencia y sus asechanzas. Entre

ellos los hay prodigiosamente escritos, y no son los menos admirables

_Los proverbios morales_ de nuestro rabbí don Sem Job y el _Criticón_ de

Baltasar Gracián. He leído con ansiedad muchos de estos tratados. Poco

me han aprovechado. Figúrate que a un hombre cuyas entrañas se abrasan

le dices: «Estése usted tranquilo. Muévase usted a compás. No grite

usted. No arrugue la frente.» Tú comprenderás que sería inútil. Pero

estos efectos los conseguirías prontamente si sobre la hoguera en que se

abrasa vertieses caritativamente algunos jarros de agua fresca. Es lo

que hace el Cristianismo... Pero, en fin, quiero concedértelo todo,

quiero convenir en que, merced al trabajo incesante de las generaciones,

llegue un momento en que la Humanidad sea feliz, no sólo física, sino

también moralmente. ¡Ay!, como nuestro planeta es un individuo, y todo

individuo está destinado a perecer, esta felicidad morirá también. El

calor del sol, que sostiene la vida, disminuye sin cesar. La tierra

perderá al cabo, en plazo más o menos largo, sus condiciones de

habitabilidad. El género humano, si no fenece de golpe, irá

desapareciendo lentamente, arrojado por el frío y la esterilidad. Quizás

volverá al estado de barbarie antes de morir. Y cuando, al fin,

concluya, y esta pobre tierra, sin un ser pensante que la habite, gire

solitaria y triste en torno de un sol moribundo, ¿para qué habrán

servido nuestros esfuerzos?, ¿dónde habrán ido a parar tantas lágrimas

como se han derramado?

Quedamos silenciosos después de estas palabras. Jiménez me miró a los

ojos largamente, y, como si penetrase en mis pensamientos, comenzó a

decir con lentitud solemne:

-Algunas veces llama Dios a las puertas de nuestro corazón. Escuchamos

distintamente su voz; aspiramos con ansia a reformar nuestra conducta;

queremos ser buenos, castos, generosos y gozar de la alegría de una

buena conciencia. Y nos encaminamos al templo. Mas al llegar a sus

umbrales nos detenemos, vacilamos, nos preguntamos llenos de zozobra:

«Este templo donde voy a penetrar, ¿alojará al verdadero Dios, o

solamente un ídolo? ¿Quién me asegura que es ésta la Iglesia que se

halla en posesión de la verdad, y no otra?...» Preguntas tan impías como

estériles. Lo único que debemos preguntarnos es: «La religión en que

Dios ha querido hacerme nacer, ¿me ofrece medios para lograr lo que

deseo, para ser justo, para santificarme? ¿Sí? ¡Pues adentro!»

--¡Pero doctor!--exclamé con angustia--, ¿piensas que es cosa fácil

pasar de la incredulidad a la fe?

--Sí, para los hombres en quienes aún no se ha extinguido por completo

la llama de la vida espiritual. _Donde está tu corazón_, _allí está tu

tesoro_, dice la palabra divina; o lo que es igual, donde está tu amor,

allí está tu creencia. Dime lo que amas, y te diré lo que crees. Quien

ame el goce de los sentidos, sólo creerá en los sentidos. Quien ame los

goces del espíritu, creerá en el espíritu. No es el género humano

solamente quien se divide para marchar en estas dos opuestas

direcciones: en cada hombre existe la misma división. Hay horas en que,

entregados al placer sensual, sólo creemos en la vida de la materia: las

hay también en que, heridos por el sufrimiento de un semejante, por las

caricias de una madre, por una sinfonía de Beethoven, entramos en el

mundo moral y lo amamos. En la historia de la Humanidad, a toda

revolución intelectual ha precedido una revolución moral. A la

revolución filosófica que engendró la sofística en Grecia precedió el

relajamiento de las costumbres y la invasión del egoísmo. En los tiempos

del Imperio romano acaeció otro tanto. Lo mismo en el siglo XV. Lo mismo

en el siglo XVIII. Lo que se observa en el mundo se encuentra también en

este mundo abreviado que se llama hombre. Al período de escepticismo en

cada uno de nosotros precede indefectiblemente otro período de

depravación moral, de egoísmo. Si no le precede, será porque el hombre

es de natural perverso. Nuestro ser intelectual nunca será otra cosa que

el reflejo de nuestro ser moral. En el hombre no hay más que un

desenvolvimiento, que es el desenvolvimiento de su alma. Este

desenvolvimiento es una ascensión. A medida que vamos subiendo,

descubrimos nuevos paisajes. Pensamos que los ojos de nuestra

inteligencia se esclarecen. No; sólo vemos más porque estamos más altos.

Los hombres no pensamos con la razón solamente, sino con todo nuestro

ser. El orgulloso piensa con el orgullo, el lujurioso con la lujuria, el

iracundo con la ira. Por eso, mientras no se rompa nuestro orgullo o se

amortigüe nuestra lujuria, no podemos entender ni creer en la caridad.

La Providencia nos ha dado el pensamiento para _comprender_ lo que

existe dentro de nosotros, no para _crearlo_. O lo que es igual, el acto

primordial de nuestra naturaleza no es el pensamiento, sino la

tendencia, la inclinación, el amor hacia alguna cosa. En el orden de los

fenómenos vitales, el corazón precede a la cabeza. Se cree lo que se

quiere creer, y se piensa lo que se quiere pensar. Detrás de todo

sistema filosófico se esconde siempre un acto de voluntad. Por eso no

estoy de acuerdo con los que suponen que las opiniones (cuando son

sinceras) nada dicen respecto al valor moral de la persona, y que es

indiferente tener _buenas o malas ideas_ para el aprecio que nos

merezca. Las ideas son, por el contrario, la expresión fiel de nuestro

ser moral. El que se ama a sí mismo por encima de todas las cosas, es

pagano. El que guarda en su corazón un tesoro de amor para los demás, es

cristiano. Lo que hay es que no pocas veces nos equivocamos respecto a

nuestras propias ideas. Cuando juzgamos poseer unas, las que poseemos en

el fondo de nuestra alma son las contrarias. Tal le ha sucedido al

famoso novelista de que antes hablamos. Pero el tiempo se encarga de

desengañarnos. Así acaece que hombres que en sus actos y sus palabras

hacían gala de escépticos y materialistas, repentinamente se convierten

a la fe de Cristo, y han sido el resto de su vida modelos de virtud. Por

el contrario, hemos visto con dolor algunos sacerdotes cristianos

abandonar su religión y convertirse a las ideas de la filosofía

materialista. En el fondo, no se trata aquí para nada de ideas ni hay

cambio alguno, sino un retorno a la normalidad. Por eso, cuando tengamos

noticia de una de estas conversiones, debemos preguntar, parodiando a

nuestro rey Carlos III: «¿Quién es _él_?»

Un nuevo golpe de tos acometió a Jiménez al terminar estas palabras. Le

vi, con profunda pena, ponerse más pálido aún que antes y llevarse la

mano al pecho. Cuando terminó el acceso, sonrió tristemente, exclamando:

--¡Mal anda esto!

Yo debiera levantar la sesión en aquel momento y obligarle a retirarse,

pero me hallaba turbado hasta lo indecible; quería escuchar más, quería

saber más. Cuando se hubo sosegado por completo, le dije:

--Lo que acabas de decirme me consuela y me desconsuela al mismo

tiempo. Es un consuelo suponer que se halle en el radio de nuestra

voluntad la creencia religiosa, pero es un desconsuelo el pensar que tal

vez por nuestro perverso natural o por nuestros vicios arraigados, nos

está vedado el obtenerla. Y desarraigar los vicios es empresa difícil,

aunque no imposible; pero ¡transformar el natural! ¿Quién será osado a

creerlo?

--¡Yo lo creo; yo! No sólo creo que nuestro carácter puede modificarse

lentamente por los esfuerzos repetidos e incesantes de nuestra voluntad,

sino que puede transformarse repentinamente por obra de la gracia

divina. La vida nos ofrece numerosos ejemplos. Algunos lo atribuyen a la

explosión repentina de los combustibles almacenados en el campo de esa

_conciencia inconsciente_ que llaman _subliminal_, otros al

aniquilamiento súbito de nuestra voluntad de vivir bajo el golpe de una

desgracia irreparable. Para mí es un rayo de luz que Dios envía a

nuestra alma a fin de esclarecerla. De todos modos, ha existido y

existe, y lo que existe para unos puede existir para otros.

--Y ¿crees sinceramente que hay otra vida más que ésta?

--Lo creo como creo en mi propia alma; lo creo, porque si no hubiese

otra vida, ésta me sería absolutamente incomprensible. Como Espinosa, yo

no puedo concebir que ningún ser pueda caer en la nada. El mundo de la

belleza, el del bien, el de la verdad, se hallan truncados en este

suelo, necesitan un complemento. La hora de la verdad y de la justicia

debe sonar alguna vez y en alguna parte. Si no sonase, debiéramos

retorcer el cuello a nuestros hijos al nacer, para que no viesen este

absurdo bestial, esta infame mentira que se llama mundo. Y ¿cómo

sabríamos que es absurdo, y que es infamia y mentira, si no existiese en

alguna parte la justicia y la verdad? Nuestro destino no se cumple aquí

abajo. Todo hombre lo siente dentro de su corazón, y apela, en presencia

de los horrores que se ve obligado a contemplar, a otro mundo más alto,

donde se restañan las heridas y se enjugan las lágrimas. ¡Ah, si no

existiese! Si no existiese, yo te juro que no sería un cobarde como los

hombres que no creen en él y viven; yo te juro que no aguardaría los

pocos días que me quedan de vida: ahora mismo subiría a mi cuarto en

busca del libertador de seis tiros que tengo en la mesa de noche.

--Pero ¿crees en la persistencia individual después de la muerte? Porque

ésta choca con la experiencia sensible de todos los días; pero hay otra

clase de inmortalidad perfectamente compatible con ella. En el vasto

Universo nada perece, todo se transforma...

--Sí, sí, no digas más; esa es la inmortalidad que poéticamente ofrecía

un brahmán a su esposa: «Lo mismo que el agua se convierte en sal, y la

sal se convierte en agua, así nacemos nosotros del Espíritu divino y

volvemos a Él.» Hoy se explica la misma doctrina más prosaicamente, por

medio de la circulación de la materia. Respondo a esa doctrina lo que la

esposa respondía al brahmán: «¡Qué me importa lo que no puede hacerme

inmortal!» Fuera de la conciencia, nada tiene valor alguno.

--Todavía hay otra inmortalidad que nos ofrecen algunos de los más

grandes metafísicos modernos. Nuestro ser individual no perece, porque

no ha nacido; nuestras almas son manifestaciones de la existencia de

Dios, fuera del cual nada existe. La luz divina se refracta en infinitos

rayos, y nuestras existencias son esos rayos de luz increada y eterna.

Esta vida terrestre no es más que una de las infinitas formas en que

nuestro espíritu se objetiva. El alma asciende o desciende según

adquiere o pierde la conciencia de su unidad con Dios. La muerte es una

apariencia; no significa otra cosa que una transformación de nuestro

ser; y el alma, principio de la vida, no hace más que cambiar de

condición exterior. En virtud de esto, al morir, subimos o descendemos

según el valor que por nuestro esfuerzo espiritual hemos adquirido.

Nosotros fabricamos nuestra propia suerte: los males sensibles que nos

afligen no son más que la consecuencia inevitable del mal moral cometido

en una existencia anterior.

--Reconozco de buen grado la grandeza de esa concepción, que, en el

fondo, no es otra cosa que la antigua metempsícosis un poco

perfeccionada y también un poco disfrazada. Aquí ya no circula la

materia, sino la vida. Aunque no choca directamente con la razón, como

el escueto materialismo, tampoco la satisface. Si nuestra existencia

individual no ha sido creada, o lo que es igual, no ha tenido principio,

si detrás de nosotros hay un infinito, no ofrece duda que hemos agotado

ya todas las formas posibles de vida. Si hemos dispuesto de un tiempo

infinito para perfeccionarnos, no debiéramos ser tan imperfectos. Se

dirá que el hombre sube y baja sin cesar al través de las existencias

infinitas. Entonces no hay más que cruzarse de brazos y renunciar a toda

actividad, ya que nuestros esfuerzos jamás pueden impedir que nos

degrademos. Pero aún más que la razón, vulnera esa teoría nuestros

sentimientos. Estamos dedicados a la muerte: si nacemos infinitas veces,

morimos infinitas veces. Estamos destinados a anudar infinitas

relaciones de amor con otros seres, y otras tantas a romperlas

bruscamente. La muerte nos separará sin tregua por toda la eternidad de

los seres más queridos. Esa esposa que adoras, ese padre que veneras,

ese hijo que duerme dulcemente entre tus brazos, morirán para ti

infinitas veces. ¡Qué horrible pesadilla, querido amigo! Comprendo el

ansia y la alegría con que la muchedumbre se agolpaba en torno del

Budha, allá en la India. «¡Alegraos!, ¡alegraos!--gritaban sus

apóstoles--, ¡la muerte está vencida!» El Nirvana, que es el reposo

absoluto, rompía la cadena de las existencias temporales y las libertaba

para siempre de la esclavitud de la muerte. No; el amor exige la

eternidad: cuando amamos, queremos amar siempre. Ese cielo cristiano

extático y beato, que sirve de burla a los escépticos, es el único que

da satisfacción a nuestros más hondos sentimientos. El hombre, desde

cualquier punto que se contemple, no es más que un caso de amor. En el

amor queremos lo inmutable. Por eso en cada criatura que amamos queremos

ver a Dios. Nuestra alma huye con horror de lo efímero; en todo ser

finito buscamos con ansia el principio inmutable que le ha de hacer

eterno. «¡Nunca más--exclama el duque de Gandía en presencia del cadáver

de la Emperatriz--, nunca más servir a un amo que se puede morir!» El

ser finito que no puede saciar el amor en sí mismo, que no puede

saciarlo tampoco en las criaturas finitas como él, se arroja a la gran

aventura; se arroja en busca de Dios.

¡Ay, quién podrá sanarme!

Acaba de entregarte ya de vero.

No quieras enviarme

de hoy más ya mensajero

que no saben decirme lo que quiero,

Papeles del doctor Angélico · 第 22 / 23 段