contra el Cristianismo. Los que la hacen, sin embargo, no sueñan con que
su argumento implica una reclamación. Están pidiendo, sin darse cuenta
de ello, un poder regulador y ponderador de la doctrina evangélica. La
palabra de Jesús es eterna, pero su aplicación se realiza en el tiempo y
el espacio, o lo que es igual, se desenvuelve, no es instantánea. El
poder divino y humano a la vez que regula este desenvolvimiento se llama
Iglesia. La Iglesia admite entre sus preceptos la legítima defensa, y
nos estimula a reivindicar nuestros derechos y nuestra libertad cuando
han sido hollados por algún tirano. Cuantas herejías han aparecido en la
Historia se apoyaron en el Evangelio, pero, si prevaleciesen, hubieran
dado al traste con él. Estas herejías no han cesado ni cesarán. Hoy
mismo, aunque parezca increíble, un novelista ruso, apoyándose en el
precepto evangélico que nos prohibe juzgar a nuestros hermanos, pide que
se supriman los tribunales de justicia.
--Y ¿cómo concilia la Iglesia, querido Jiménez, la legítima defensa y la
reivindicación de nuestros derechos con los preceptos categóricos y
apremiantes del Evangelio?
--Todos los preceptos del Evangelio pueden reducirse a uno solo: la
caridad. El hombre que se ve injustamente acometido por otro puede, por
amor mismo de su enemigo, dejarse maltratar y aun matar. Sabe que este
acto de amor y abnegación se registra en el cielo. Mas al proceder en
caridad con su enemigo falta a la que debe a todos sus hermanos, puesto
que aquel hombre criminal, si quedase impune, seguiría ejecutando con
ellos otros crímenes. Aun por amor mismo de nuestro enemigo debemos
desear y contribuir con nuestras fuerzas a que se le castigue, pues la
pena es necesaria para nuestra regeneración.
--Pensando algunas veces en la posibilidad de que el Cristianismo llegue
a imperar, no en las palabras, como ahora, sino prácticamente entre los
hombres, no puedo menos de imaginar que la vida perdería mucho de su
atractivo. Supongamos que todos los hombres lleguen a ser igualmente
buenos, generosos, humildes, etc., y que ya no exista conflicto alguno
entre ellos. ¿No te parece que ese mundo estable, beato y de una pieza,
sería un poco aburrido? La vida es una lucha entre el principio del bien
y el del mal, entre nuestro ser espiritual y el corporal, entre el ángel
y la bestia. Esta lucha engendra en todos los tiempos y países un drama
que la hace interesante. Temo que el día en que el drama se termine la
vida pierda su sabor. Cerrado el teatro, los espectadores desean
entregarse al sueño.
--¡Esa es una objeción de literato!--exclamó Jiménez ríendo--. Tienes
miedo de que el mundo llegue a tal estado de perfección que ya no se
preste para llevarlo a la escena, y no encuentres en la vida argumentos
para escribir tus novelas, ¿no es cierto?... Yo no sé si sería una gran
desgracia que desapareciesen los dramas y las novelas. Presumo que no.
¡Perdona, amigo, este supuesto! Lo único que puedo decirte es que,
cuando en mis cortos viajes he hallado en un pueblo amigos cordiales y
generosos, pasé algunos días bien felices reducido exclusivamente a su
trato. Aquel estrecho círculo de seres buenos duraba después largo
tiempo en mi memoria como un paraíso. No me ha acaecido otro tanto
cuando me vi obligado a residir entre hombres violentos o apasionados y
tuve que asistir a sus luchas. Y es porque el drama es bueno para ser
visto, pero no para ser vivido. Además, tú como yo, y como todos los
hombres que poseen alguna imaginación, habrás sentido la dulzura
inexplicable de ciertos instantes en que la Naturaleza y la sociedad se
nos ofrecen como una visión celeste. ¡Instantes de embriaguez en que
todo brilla a nuestros ojos con luz irisada! Un vago rumor agita el
aire, y un perfume misterioso se esparce por él. ¡Qué frescura en el
cielo!, ¡qué luz dorada en las crestas de las montañas!, ¡qué llanura
risueña cubierta de flores! La Naturaleza resplandece luminosa, los
hombres se agitan vibrantes de amor y de dicha, la creación entera surge
ante nosotros como una esfera de luz. Nadie como nuestro Espronceda
alcanzó a expresar con más felicidad ese momento de gozosa embriaguez:
Gorjeaban los dulces ruiseñores,
el sol iluminaba mi alegría,
el aura susurraba entre las flores,
el bosque mansamente respondía.
Murmuraban las fuentes sus amores,
ilusiones que llora el alma mía.
¡Oh, cuán suave resonó en mi oído
el bullicio del mundo y su rüído!
Dime, ¿no quisieras prolongar ese instante? ¿No quisieras vivir
eternamente ese sueño de oro? Y, sin embargo, en nuestros sueños de oro
no existe el drama.
Hubo una pausa. Al cabo, le dije bruscamente:
--Todo eso está bien, Jiménez, pero hablemos claro, y no seamos
hipócritas con nosotros mismos. Tú eres cristiano católico en la
actualidad, porque has nacido en una nación católica; si hubieses nacido
en Inglaterra, serías protestante, si nacieses en Turquía, musulmán, y
en la India, budhista.
Jiménez sonrió dulcemente y repuso:
--Soy un soldado, y no discuto los planes del general en jefe... Pero,
en fin--añadió poniéndose serio--, yo sé muy bien que habiendo nacido en
una nación musulmana, budhista o idólatra, si me hubiese instruído
convenientemente, si mi entendimiento alcanzase el grado de desarrollo
que hoy posee cualquier europeo culto, estoy absolutamente seguro de que
notaría la superioridad de la doctrina evangélica. Por tanto, si
permaneciese adherido a la religión de mi país, sería por ignorancia
invencible, y no sería de ello responsable... En cuanto a las sectas
cristianas disidentes sólo te diré que la Iglesia cristiana es una, y
que todos los que creen en Cristo pertenecen al alma de esta Iglesia, si
no a su cuerpo. Yo soy feliz por pertenecer, no sólo a su alma, sino
también a su cuerpo. Amo mi religión como he amado a mi madre, sin ver
en ella sombra ni mancha. Donde algunos pretenden advertir errores o
deficiencias, yo contemplo grandezas y perfecciones. El culto de la
Virgen María, la confesión auricular, la autoridad espiritual del Sumo
Pontífice, que tanto se critica por los disidentes, para mí son signos
de su divinidad y medios poderosos para nuestra salvación.
--No hace muchos días que he leído un libro ascético del famoso
novelista ruso a que antes aludías, en el cual se examina con gran
minuciosidad los pecados, o sea, los obstáculos que impiden al hombre
alcanzar la virtud evangélica y, entre las seducciones que nos mantienen
en el pecado, incluye el culto externo y aun la creencia en cualquier
dogma.
--¡Idea extravagante! Según eso, los innumerables santos y mártires del
Cristianismo lo fueron a pesar de haber creído en los dogmas y haber
tributado culto externo a Dios; y si no hubieran creído en los dogmas,
ni hubieran asistido a los templos, sin duda hubieran sido más santos y
más mártires de lo que fueron... Existen espíritus generosos y
penetrantes, como el de ese escritor, que, aceptando todas las verdades
del Evangelio, y considerando como único fin de esta vida el amor y la
fraternidad entre los hombres, se esfuerzan, no obstante, en destruir la
fe positiva y las prácticas del culto. ¿Acaso no se manifiesta esta
fraternidad mejor que en parte alguna en el templo? Ancianos y niños,
humildes y poderosos, todos confundidos, doblan la rodilla y elevan su
plegaria al Dios de los cielos. Además, ¿cómo alzarle de un vuelo a la
virtud evangélica, a esa vida de amor que constituye la paz y la
felicidad del alma? Hasta ahora no he conocido hombre alguno que haya
reformado de un modo notable su conducta, que se haya transformado
moralmente, convirtiéndose de soberbio en humilde, de egoísta en
caritativo, por medio de la filosofía. Desde que Espinosa ha dicho
aquello de vivir _sub specie aeternitatis_, y los filósofos germánicos
lo parafrasearon elocuentemente, son muchos los que hablan de vivir para
la eternidad, muy pocos los que lo consiguen. Estos pocos se esconden en
los templos, no envían artículos a los periódicos, ni se dejan retratar
descalzos. Nuestra flaqueza exige un apoyo, nuestra fuga un áncora de
sostén. Los hombres necesitamos prácticas constantes, una disciplina, un
culto, algo, en suma, que enderece nuestra imaginación y mantenga alerta
nuestra conciencia, las cuales, de otro modo, se disiparían presto en el
torbellino de las sensaciones mundanas. Al lado de estos espiritualistas
extraviados, como el novelista ruso que has citado, hay otros hombres,
partidarios de la ciencia positiva, que aceptan y defienden las teorías
de Darwin y su escuela, que se creen perfectos experimentalistas, y, sin
embargo, en el fondo de su corazón son ardientes cristianos. En cuanto
observan una injusticia o un atentado contra la caridad, allá corren a
sostener la ley divina con su alma y con su vida. Un gran novelista
francés nos acaba de dar ejemplo de ello lanzándose al socorro de un
condenado injustamente, y sacrificando por él su gloria, su hacienda y
la seguridad de su vida.
--Pero ese novelista profesa la religión de la Humanidad.
--¡La religión de la Humanidad!--exclamó Jiménez con acento
sarcástico--. La religión de la Humanidad ha sido siempre para mí el
libro de los siete sellos. ¿Qué es la Humanidad si Dios no existe? Un
conjunto de seres efímeros, débiles, ignorantes y enemigos, como es
lógico, los unos de los otros. ¿Por qué nos hemos de sacrificar a la
Humanidad actual si somos seres radicalmente distintos que venimos de la
nada y marchamos a la nada? Más absurdo aún sacrificarnos a la Humanidad
futura, que no conocemos, y cuya existencia tampoco está asegurada. A
los que ahora pisamos la tierra poco puede interesarnos el bienestar de
los que la han de pisar dentro de mil años. Ni hay seguridad de que los
hombres, dentro de mil años, gocen siquiera de mayor bienestar que
nosotros, porque eso mismo pudieron pensar los griegos, y, sin embargo,
mil años después de Pericles los hombres vivían peor. Y aunque gracias a
nuestros esfuerzos gozasen de mayores comodidades, no por eso les
habríamos hecho más felices. Todos sabemos por experiencia que, apenas
acostumbrados a cualquier regalo, ya no lo apreciamos, ni siquiera lo
sentimos, sino al perderlo. Mientras no se aplaque el resquemor que nos
causan la vanidad, la ambición y la envidia, mientras no se disipe el
dolor de ver sufrir y desaparecer a los seres más queridos, nada hemos
adelantado.
--Eso es de lo que se trata precisamente; de hallar un medio dentro de
la esfera del poder humano para que se respete la justicia, para que los
hombres no nos atormentemos los unos a los otros y vivamos en paz.
--Ese medio no existe sino dentro de la fe. Montones de libros se han
escrito para enseñarnos cómo debemos proceder con los hombres, cómo
podemos evitar los efectos de su malquerencia y sus asechanzas. Entre
ellos los hay prodigiosamente escritos, y no son los menos admirables
_Los proverbios morales_ de nuestro rabbí don Sem Job y el _Criticón_ de
Baltasar Gracián. He leído con ansiedad muchos de estos tratados. Poco
me han aprovechado. Figúrate que a un hombre cuyas entrañas se abrasan
le dices: «Estése usted tranquilo. Muévase usted a compás. No grite
usted. No arrugue la frente.» Tú comprenderás que sería inútil. Pero
estos efectos los conseguirías prontamente si sobre la hoguera en que se
abrasa vertieses caritativamente algunos jarros de agua fresca. Es lo
que hace el Cristianismo... Pero, en fin, quiero concedértelo todo,
quiero convenir en que, merced al trabajo incesante de las generaciones,
llegue un momento en que la Humanidad sea feliz, no sólo física, sino
también moralmente. ¡Ay!, como nuestro planeta es un individuo, y todo
individuo está destinado a perecer, esta felicidad morirá también. El
calor del sol, que sostiene la vida, disminuye sin cesar. La tierra
perderá al cabo, en plazo más o menos largo, sus condiciones de
habitabilidad. El género humano, si no fenece de golpe, irá
desapareciendo lentamente, arrojado por el frío y la esterilidad. Quizás
volverá al estado de barbarie antes de morir. Y cuando, al fin,
concluya, y esta pobre tierra, sin un ser pensante que la habite, gire
solitaria y triste en torno de un sol moribundo, ¿para qué habrán
servido nuestros esfuerzos?, ¿dónde habrán ido a parar tantas lágrimas
como se han derramado?
Quedamos silenciosos después de estas palabras. Jiménez me miró a los
ojos largamente, y, como si penetrase en mis pensamientos, comenzó a
decir con lentitud solemne:
-Algunas veces llama Dios a las puertas de nuestro corazón. Escuchamos
distintamente su voz; aspiramos con ansia a reformar nuestra conducta;
queremos ser buenos, castos, generosos y gozar de la alegría de una
buena conciencia. Y nos encaminamos al templo. Mas al llegar a sus
umbrales nos detenemos, vacilamos, nos preguntamos llenos de zozobra:
«Este templo donde voy a penetrar, ¿alojará al verdadero Dios, o
solamente un ídolo? ¿Quién me asegura que es ésta la Iglesia que se
halla en posesión de la verdad, y no otra?...» Preguntas tan impías como
estériles. Lo único que debemos preguntarnos es: «La religión en que
Dios ha querido hacerme nacer, ¿me ofrece medios para lograr lo que
deseo, para ser justo, para santificarme? ¿Sí? ¡Pues adentro!»
--¡Pero doctor!--exclamé con angustia--, ¿piensas que es cosa fácil
pasar de la incredulidad a la fe?
--Sí, para los hombres en quienes aún no se ha extinguido por completo
la llama de la vida espiritual. _Donde está tu corazón_, _allí está tu
tesoro_, dice la palabra divina; o lo que es igual, donde está tu amor,
allí está tu creencia. Dime lo que amas, y te diré lo que crees. Quien
ame el goce de los sentidos, sólo creerá en los sentidos. Quien ame los
goces del espíritu, creerá en el espíritu. No es el género humano
solamente quien se divide para marchar en estas dos opuestas
direcciones: en cada hombre existe la misma división. Hay horas en que,
entregados al placer sensual, sólo creemos en la vida de la materia: las
hay también en que, heridos por el sufrimiento de un semejante, por las
caricias de una madre, por una sinfonía de Beethoven, entramos en el
mundo moral y lo amamos. En la historia de la Humanidad, a toda
revolución intelectual ha precedido una revolución moral. A la
revolución filosófica que engendró la sofística en Grecia precedió el
relajamiento de las costumbres y la invasión del egoísmo. En los tiempos
del Imperio romano acaeció otro tanto. Lo mismo en el siglo XV. Lo mismo
en el siglo XVIII. Lo que se observa en el mundo se encuentra también en
este mundo abreviado que se llama hombre. Al período de escepticismo en
cada uno de nosotros precede indefectiblemente otro período de
depravación moral, de egoísmo. Si no le precede, será porque el hombre
es de natural perverso. Nuestro ser intelectual nunca será otra cosa que
el reflejo de nuestro ser moral. En el hombre no hay más que un
desenvolvimiento, que es el desenvolvimiento de su alma. Este
desenvolvimiento es una ascensión. A medida que vamos subiendo,
descubrimos nuevos paisajes. Pensamos que los ojos de nuestra
inteligencia se esclarecen. No; sólo vemos más porque estamos más altos.
Los hombres no pensamos con la razón solamente, sino con todo nuestro
ser. El orgulloso piensa con el orgullo, el lujurioso con la lujuria, el
iracundo con la ira. Por eso, mientras no se rompa nuestro orgullo o se
amortigüe nuestra lujuria, no podemos entender ni creer en la caridad.
La Providencia nos ha dado el pensamiento para _comprender_ lo que
existe dentro de nosotros, no para _crearlo_. O lo que es igual, el acto
primordial de nuestra naturaleza no es el pensamiento, sino la
tendencia, la inclinación, el amor hacia alguna cosa. En el orden de los
fenómenos vitales, el corazón precede a la cabeza. Se cree lo que se
quiere creer, y se piensa lo que se quiere pensar. Detrás de todo
sistema filosófico se esconde siempre un acto de voluntad. Por eso no
estoy de acuerdo con los que suponen que las opiniones (cuando son
sinceras) nada dicen respecto al valor moral de la persona, y que es
indiferente tener _buenas o malas ideas_ para el aprecio que nos
merezca. Las ideas son, por el contrario, la expresión fiel de nuestro
ser moral. El que se ama a sí mismo por encima de todas las cosas, es
pagano. El que guarda en su corazón un tesoro de amor para los demás, es
cristiano. Lo que hay es que no pocas veces nos equivocamos respecto a
nuestras propias ideas. Cuando juzgamos poseer unas, las que poseemos en
el fondo de nuestra alma son las contrarias. Tal le ha sucedido al
famoso novelista de que antes hablamos. Pero el tiempo se encarga de
desengañarnos. Así acaece que hombres que en sus actos y sus palabras
hacían gala de escépticos y materialistas, repentinamente se convierten
a la fe de Cristo, y han sido el resto de su vida modelos de virtud. Por
el contrario, hemos visto con dolor algunos sacerdotes cristianos
abandonar su religión y convertirse a las ideas de la filosofía
materialista. En el fondo, no se trata aquí para nada de ideas ni hay
cambio alguno, sino un retorno a la normalidad. Por eso, cuando tengamos
noticia de una de estas conversiones, debemos preguntar, parodiando a
nuestro rey Carlos III: «¿Quién es _él_?»
Un nuevo golpe de tos acometió a Jiménez al terminar estas palabras. Le
vi, con profunda pena, ponerse más pálido aún que antes y llevarse la
mano al pecho. Cuando terminó el acceso, sonrió tristemente, exclamando:
--¡Mal anda esto!
Yo debiera levantar la sesión en aquel momento y obligarle a retirarse,
pero me hallaba turbado hasta lo indecible; quería escuchar más, quería
saber más. Cuando se hubo sosegado por completo, le dije:
--Lo que acabas de decirme me consuela y me desconsuela al mismo
tiempo. Es un consuelo suponer que se halle en el radio de nuestra
voluntad la creencia religiosa, pero es un desconsuelo el pensar que tal
vez por nuestro perverso natural o por nuestros vicios arraigados, nos
está vedado el obtenerla. Y desarraigar los vicios es empresa difícil,
aunque no imposible; pero ¡transformar el natural! ¿Quién será osado a
creerlo?
--¡Yo lo creo; yo! No sólo creo que nuestro carácter puede modificarse
lentamente por los esfuerzos repetidos e incesantes de nuestra voluntad,
sino que puede transformarse repentinamente por obra de la gracia
divina. La vida nos ofrece numerosos ejemplos. Algunos lo atribuyen a la
explosión repentina de los combustibles almacenados en el campo de esa
_conciencia inconsciente_ que llaman _subliminal_, otros al
aniquilamiento súbito de nuestra voluntad de vivir bajo el golpe de una
desgracia irreparable. Para mí es un rayo de luz que Dios envía a
nuestra alma a fin de esclarecerla. De todos modos, ha existido y
existe, y lo que existe para unos puede existir para otros.
--Y ¿crees sinceramente que hay otra vida más que ésta?
--Lo creo como creo en mi propia alma; lo creo, porque si no hubiese
otra vida, ésta me sería absolutamente incomprensible. Como Espinosa, yo
no puedo concebir que ningún ser pueda caer en la nada. El mundo de la
belleza, el del bien, el de la verdad, se hallan truncados en este
suelo, necesitan un complemento. La hora de la verdad y de la justicia
debe sonar alguna vez y en alguna parte. Si no sonase, debiéramos
retorcer el cuello a nuestros hijos al nacer, para que no viesen este
absurdo bestial, esta infame mentira que se llama mundo. Y ¿cómo
sabríamos que es absurdo, y que es infamia y mentira, si no existiese en
alguna parte la justicia y la verdad? Nuestro destino no se cumple aquí
abajo. Todo hombre lo siente dentro de su corazón, y apela, en presencia
de los horrores que se ve obligado a contemplar, a otro mundo más alto,
donde se restañan las heridas y se enjugan las lágrimas. ¡Ah, si no
existiese! Si no existiese, yo te juro que no sería un cobarde como los
hombres que no creen en él y viven; yo te juro que no aguardaría los
pocos días que me quedan de vida: ahora mismo subiría a mi cuarto en
busca del libertador de seis tiros que tengo en la mesa de noche.
--Pero ¿crees en la persistencia individual después de la muerte? Porque
ésta choca con la experiencia sensible de todos los días; pero hay otra
clase de inmortalidad perfectamente compatible con ella. En el vasto
Universo nada perece, todo se transforma...
--Sí, sí, no digas más; esa es la inmortalidad que poéticamente ofrecía
un brahmán a su esposa: «Lo mismo que el agua se convierte en sal, y la
sal se convierte en agua, así nacemos nosotros del Espíritu divino y
volvemos a Él.» Hoy se explica la misma doctrina más prosaicamente, por
medio de la circulación de la materia. Respondo a esa doctrina lo que la
esposa respondía al brahmán: «¡Qué me importa lo que no puede hacerme
inmortal!» Fuera de la conciencia, nada tiene valor alguno.
--Todavía hay otra inmortalidad que nos ofrecen algunos de los más
grandes metafísicos modernos. Nuestro ser individual no perece, porque
no ha nacido; nuestras almas son manifestaciones de la existencia de
Dios, fuera del cual nada existe. La luz divina se refracta en infinitos
rayos, y nuestras existencias son esos rayos de luz increada y eterna.
Esta vida terrestre no es más que una de las infinitas formas en que
nuestro espíritu se objetiva. El alma asciende o desciende según
adquiere o pierde la conciencia de su unidad con Dios. La muerte es una
apariencia; no significa otra cosa que una transformación de nuestro
ser; y el alma, principio de la vida, no hace más que cambiar de
condición exterior. En virtud de esto, al morir, subimos o descendemos
según el valor que por nuestro esfuerzo espiritual hemos adquirido.
Nosotros fabricamos nuestra propia suerte: los males sensibles que nos
afligen no son más que la consecuencia inevitable del mal moral cometido
en una existencia anterior.
--Reconozco de buen grado la grandeza de esa concepción, que, en el
fondo, no es otra cosa que la antigua metempsícosis un poco
perfeccionada y también un poco disfrazada. Aquí ya no circula la
materia, sino la vida. Aunque no choca directamente con la razón, como
el escueto materialismo, tampoco la satisface. Si nuestra existencia
individual no ha sido creada, o lo que es igual, no ha tenido principio,
si detrás de nosotros hay un infinito, no ofrece duda que hemos agotado
ya todas las formas posibles de vida. Si hemos dispuesto de un tiempo
infinito para perfeccionarnos, no debiéramos ser tan imperfectos. Se
dirá que el hombre sube y baja sin cesar al través de las existencias
infinitas. Entonces no hay más que cruzarse de brazos y renunciar a toda
actividad, ya que nuestros esfuerzos jamás pueden impedir que nos
degrademos. Pero aún más que la razón, vulnera esa teoría nuestros
sentimientos. Estamos dedicados a la muerte: si nacemos infinitas veces,
morimos infinitas veces. Estamos destinados a anudar infinitas
relaciones de amor con otros seres, y otras tantas a romperlas
bruscamente. La muerte nos separará sin tregua por toda la eternidad de
los seres más queridos. Esa esposa que adoras, ese padre que veneras,
ese hijo que duerme dulcemente entre tus brazos, morirán para ti
infinitas veces. ¡Qué horrible pesadilla, querido amigo! Comprendo el
ansia y la alegría con que la muchedumbre se agolpaba en torno del
Budha, allá en la India. «¡Alegraos!, ¡alegraos!--gritaban sus
apóstoles--, ¡la muerte está vencida!» El Nirvana, que es el reposo
absoluto, rompía la cadena de las existencias temporales y las libertaba
para siempre de la esclavitud de la muerte. No; el amor exige la
eternidad: cuando amamos, queremos amar siempre. Ese cielo cristiano
extático y beato, que sirve de burla a los escépticos, es el único que
da satisfacción a nuestros más hondos sentimientos. El hombre, desde
cualquier punto que se contemple, no es más que un caso de amor. En el
amor queremos lo inmutable. Por eso en cada criatura que amamos queremos
ver a Dios. Nuestra alma huye con horror de lo efímero; en todo ser
finito buscamos con ansia el principio inmutable que le ha de hacer
eterno. «¡Nunca más--exclama el duque de Gandía en presencia del cadáver
de la Emperatriz--, nunca más servir a un amo que se puede morir!» El
ser finito que no puede saciar el amor en sí mismo, que no puede
saciarlo tampoco en las criaturas finitas como él, se arroja a la gran
aventura; se arroja en busca de Dios.
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero.
No quieras enviarme
de hoy más ya mensajero
que no saben decirme lo que quiero,