Como el oxígeno del aire mantiene por medio de la respiración el calor
en nuestro cuerpo así la oración perseverante mantiene el calor en
nuestra alma y la impide que se hiele. Este retorno del alma al centro
de su vida, esta conversación amorosa de la criatura con su Creador, es
el momento más sublime que puede aparecer en el tiempo y el espacio; es
ya, por sí mismo, una imagen de la eternidad. Los indios, con admirable
instinto, hacían de la oración el hecho capital de la existencia,
aunque, extraviados luego, confundían a Dios con la oración. Brahma es
la palabra santa, y por esta palabra se ha hecho y se conserva el mundo.
Si el hombre comprende que en este insondable abismo de la creación no
se encuentra solo, ya está salvado. Le basta volver los ojos al sol de
su espíritu, y este sol se encarga, con el magnetismo de sus rayos, de
traerle a la dicha.
--El momento sublime de que acabas de hablar, ¡cuántas veces, doctor, se
convierte en un momento ridículo y despreciable! Los unos se postran
ante Dios y le piden dinero, los otros le piden fama, otros le invitan a
que extermine a sus enemigos, y hasta ha habido bandidos en Andalucía
que oraban para que Dios les deparase viajeros ricos a quien poder
desvalijar.
--El hombre manifiesta en esas oraciones su depravación y las reliquias
del pecado en que fué engendrado. Ese desorden es inherente a la
Humanidad, y aparece en todas las regiones del globo, en todos los
tiempos y en todas las clases sociales. El cielo de nuestra conciencia
sólo puede teñirse de dos colores: el rojo del egoísmo y el azul de la
caridad. Estas dos tintas se mezclan y confunden en él de tal manera que
parece imposible a veces distinguirlas. Las almas verdaderamente
cristianas, por humilde que sea su inteligencia, no se equivocan. En
cada momento de la existencia apuntan sin vacilar al sitio donde se
halla Dios y al sitio donde se esconde el diablo. Pero los demás
encontramos una dificultad insuperable para arrancar las plantas
malditas que hace crecer el egoísmo entre la cosecha celestial de
nuestras ideas. Unidos en el mismo dogma, cada cual se forma de Dios la
idea que le permite el grado de espiritualidad o de elevación moral que
haya podido alcanzar. De aquí que el nombre de Dios haya servido en la
Historia de salvaguardia a las acciones más execrables derivadas del
odio, del orgullo y la venganza. En nombre de Dios, que es caridad, se
han infligido los tormentos más espantosos. El nombre de Dios nos sirve
todavía para proteger los extravíos de nuestro interés, ignorancia y
sensualidad... Recuerdo que era yo adolescente, y en la comarca
montañosa en que nací y solía pasar el verano, había un molinero cuyo
hijo, espigado, majadero, vicioso y tumbón, era su castigo. En el pueblo
se le trataba con el desdén que merecía. Su padre adelantaba poco o nada
calentándole de vez en cuando las espaldas con un garrote. A despecho
del mío, que no le miraba con buenos ojos, trabé amistad con él.
Corríamos a todas horas los caminos y senderos, los bosques y los
caseríos, jugábamos a los naipes, jugábamos también malas tretas a los
vecinos: en fin, aquel zángano nada bueno me enseñaba. Mas he aquí que
la guerra carlista, iniciada en las provincias vascas, prendió también
en la nuestra. Alzáronse algunas partidas de gente armada, y nuestro
valle comenzó a ser el centro de conciliábulos y preparativos. Un día,
estando yo en el balcón de mi casa, veo aparecer por el camino de la
fuente a mi compañero, con boina blanca y un enorme fusil sobre el
hombro. Como cruzaba serio y arrogante sin decirme nada yo le grité:
«¿Adónde vas, Pachín?» Sin levantar la vista ni detener el paso, me
respondió con una severidad que me dejó helado: «Voy a poner a Dios en
su santo trono.»
--Conozco otros casos más curiosos aún del concepto del amor divino. Oí
contar que allá en la isla de Cuba un sacerdote, al instruir a los
negros en la doctrina cristiana, tratando de acomodarse a su rudísima
inteligencia, les decía: «Escuchad, hijos míos: Dios es muy bueno, y en
el cielo los pobrecitos negros no trabajan, viven contentos, nadie les
azota y comen tocino. El diablo es muy malo, y en el infierno el trabajo
es mucho más duro que aquí, se les azota con varillas de hierro, se les
quema la carne con carbones encendidos y se les da una ración muy corta
de harina de maíz. De suerte, amados hijos, que ¿dónde quisiérais ir
mejor, al cielo o al infierno?» Y los negros respondían a coro:
«¡Queremos tocino!»... Otro ejemplo. Aquí no se trata de infelices
negros, sino de una persona de gran categoría. Existía en Madrid hace
algunos años una condesa ya vieja, a quien acompañaba constantemente un
sacerdote. Y manifestaba a sus íntimos que mantenía a este clérigo y le
asignaba un pequeño sueldo para que, si la muerte la sobrecogiese,
hubiera a su lado quien le diese la absolución de sus pecados. Y
exclamaba con lástima alzando los ojos al cielo: «¡Dios mío, no
comprendo cómo hay personas de buena posición y tan avaras que por tres
pesetas cincuenta céntimos diarios se exponen a ir al infierno!»... Otro
ejemplo todavía. Y aquí ya no se trata ni de seres rudimentarios ni de
ricos egoístas, sino de una mujer excepcional por su alta inteligencia.
Hace poco leía en una novela de Jorge Sand estas palabras edificantes
que una esposa infiel dirigía a su amante: «¡Oh, mi querido Octavio!,
jamás dormiremos una noche juntos sin arrodillarnos antes y orar por
Santiago.» Este Santiago era el esposo engañado.
--¡Gracioso!, ¡gracioso de verdad!--exclamó Jiménez soltando una
carcajada--. Se había hecho a Dios soberbio, susceptible, estúpido,
cruel, sobornable y hasta almacenista de comestibles. Estaba reservado a
la famosa novelista el hacerlo alcahuete.
Se puso grave al fin, y profirió con firmeza:
--No hay más que una oración. Esta oración es la espiritual, la que se
resume en una petición de fuerza para obrar el bien. Pedir que la
voluntad de Dios se cumpla, porque sabemos que esta voluntad es idéntica
al bien; pedir que por esta razón el nombre de Dios sea santificado;
pedir el sustento corporal necesario para trabajar por el advenimiento
del reino de Dios sobre la tierra; pedir el perdón de nuestros pecados y
que nos libre del mal: he aquí la substancia de toda nuestra
conversación con el Altísimo.
--Pero ¿cómo pensar, Jiménez, que los planes divinos se modifiquen por
nuestras peticiones? ¿No es un puro antropomorfismo suponer que Dios
está esperando nuestra ofrenda para decidirse a obrar en un sentido o en
otro? ¿Por ventura Dios ha dejado en suspenso su obra? ¿No es eterna su
voluntad? ¿No es invariable? Desde el comienzo del mundo todo está
fijado, y no nos pertenece a nosotros, miserables criaturas, la facultad
de alterar el curso de la voluntad divina.
--El mundo ha sido creado y se conserva por la fuerza omnipotente de
Dios. Si esta fuerza le pudiera faltar, el mundo volvería en el mismo
instante a la nada. Pues bien, desde el comienzo del mundo está para
siempre fijado también que las criaturas libres creadas por Dios,
uniéndose a Él, se unen a su fuerza y participan de ella. No se trata,
como supones, de hacer cambiar por medio de la oración el curso de los
sucesos, sino de ver en ellos el curso mismo de la voluntad divina,
aceptarla y amarla cual si fuese nuestra propia voluntad. Y en realidad
lo es. El hombre santo es el que identifica su querer con el de Dios.
Desde este momento queda libre ya de todo mal, se deifica y pone un pie
en la eternidad.
--Vamos a cuentas, sin embargo, doctor, y no seamos hipócritas con
nosotros mismos. En resumen, lo que pedimos siempre en nuestras
oraciones es nuestra felicidad. Ya sea por medio de los goces
corporales, ya por virtud de los éxtasis místicos, ansiamos obtener la
dicha. Nuestro individuo asoma siempre la cabeza; el fondo de todo,
absolutamente de todo en el mundo, es el egoísmo.
Tardó algunos instantes en responder Jiménez: luego dijo con la vista
fija en la mesa:
--Es una objeción ésta que jamás ha dejado ni dejará de hacerse un
hombre sincero. Ese fantasma sarcástico y cruel que tú evocas, también
lo he evocado yo, y me ha causado en la vida vivos tormentos. Cuando en
otro tiempo doblaba las rodillas, y me ponía en oración, solía sentarse
a mi lado. Era un pálido demonio de ojos penetrantes. Mientras duraba la
plegaria no los apartaba de mí. Y unas veces aquellos ojos de
indescriptible fulgor expresaban hondo y provocativo regocijo, otras una
compasión infinita. Al levantarme me ponía su mano descarnada sobre el
hombro, y me decía en voz apenas perceptible: «¿Sabes lo que has hecho?»
«Sí; elevé mi corazón a Dios.» «Y ¿sabes por qué lo has hecho?» «Porque
deseo ser bueno.» «Y ¿sabes por qué deseas ser bueno?» «Porque ésa es
la aspiración profunda de mi alma; porque sólo siendo bueno podré unirme
a Dios en la hora de la muerte.» Los ojos de aquel diablo chispeaban
maliciosamente, y sus labios se plegaban con sonrisa desdeñosa. «Eres un
hipócrita, o, por lo menos, tratas de engañarte a ti mismo. Escruta los
senos más recónditos de tu alma, y dime _sinceramente_ si en esa tu
oración no hay un deseo egoísta. La Naturaleza te ha dotado de un
sistema nervioso excesivamente delicado. Tienes un temperamento
reflexivo y ardoroso a la vez. Quieres descubrir el enigma de la
existencia, como todos los hombres que se inclinan a la meditación; pero
tu querer es violento, mordaz, rabioso. La duda no sólo te causa
tormentos morales, sino físicos. Apeteces con ansia el reposo, y por un
acto de voluntad, no de inteligencia, afirmas a Dios, en quien piensas
hallarlo. Cuando crees, pues, unirte a Dios místicamente, obedeces a un
grosero instinto de conservación. Por otra parte, los sentimientos
dulces de piedad y de amor a que la religión os invita, cuadran
admirablemente a tu naturaleza sensible. Fuera de ellos te sería
imposible encontrar felicidad ni sosiego. ¿Qué hay, pues, en tus
oraciones y en tus lágrimas de arrepentimiento que no sea el amor de ti
mismo, un deseo vivo de conservarte y de ser feliz?» Estas crueles
palabras contristaban mi alma. Alzábame turbado y confuso; vivía después
en perpetua inquietud; nada me aprovechaban las pobres oraciones que
elevaba al cielo. Pero llegó un día en que osé rebelarme. Alcé la
frente, y miré cara a cara a aquel despiadado demonio. Y, poseído de una
cólera que hacía vibrar todo mi cuerpo, le dije: «Tienes razón, sí.
Quiero mi felicidad. Por ventura, ¿no la quiere Dios también? El interés
personal es un sentimiento que ni Dios mismo puede arrancar de nuestra
alma mientras exista, porque es, en último término, lo que constituye su
ser. Suprimir el interés, el anhelo de la dicha, es suprimir la misma
forma individual. Y esto puede apetecerlo un brahmán o un budhista, no
el cristiano. En la doctrina evangélica, que es la palabra de Dios, no
se habla de semejante supresión. Lo que he visto es una dislocación del
interés. Cristo nos ordena cifrar nuestro interés en otra cosa que en la
satisfacción de los apetitos carnales, porque la carne no es la esencia
de nuestra persona. Los animales son carne, tienen forma corporal, pero
no son personas. La intensidad de la nuestra se halla en razón directa
del grado de espiritualidad que hayamos alcanzado. San Francisco,
abrasado en el amor divino, es más hombre, tiene más personalidad que su
padre, negociante abrasado de codicia. Dios, en el Evangelio, no nos
exige que renunciemos a _nuestra felicidad_; al contrario, nos intima a
que la busquemos con todas las fuerzas de nuestro ser. Lo único que nos
dice es que no la busquemos en los goces efímeros del mundo, en la
satisfacción de nuestras mezquinas pasiones, porque no la hallaremos. Y
ésta es una verdad tan evidente que no hay hombre en el mundo, cristiano
o no cristiano, que, al cabo, no la reconozca en el fondo de su corazón.
Para dar a nuestra felicidad una base firme es preciso colocarla en lo
único que existe firme. ¡Razón tienes, sí! El desinterés no existe.
Cuando me dices que ser desinteresado es no tener más que un interés
ideal, y que el que se sacrifica es el que subordina todo a una
voluntad, a una pasión, estás en lo cierto. Es cierto, sí, que toda
pasión es interior, y, por tanto, no hay acto alguno que pueda llamarse
totalmente desinteresado. Pero el fin de la pasión unas veces es
interior, cuando lo constituye el sujeto mismo, esto es, su goce
exclusivo, individual; otras veces es exterior, cuando lo constituye un
ideal independiente, Dios, la Humanidad, la ciencia, etc. Y entonces es
cuando puede llamarse el hombre desinteresado. Cuando oro, pues, cuando
aspiro con ansia a la bondad y a la santidad, no dejo de amar mi bien y,
si tú quieres, mi persona. Mas, por lo mismo que la amo, no quiero
dedicarla a la muerte. Quiero ensancharla más y más; aspiro a hacerla
vivir en la Eternidad. Para ello no veo otro camino que el que Jesús me
ha trazado con su palabra y con su vida: el amor de Dios y del prójimo.»
Desde aquel día el fantasma no vino ya a sentarse a mi lado.
--De todos modos, doctor, cuesta trabajo pensar que esta Naturaleza,
donde todo se halla fatalmente determinado, pueda alterarse por nuestro
deseo, o que por la oración cambien los designios de Dios.
--Ya te he dicho que por la oración no se trata de cambiar los designios
de Dios. Dios, creándonos libres, nos ha hecho partícipes de su poder,
quiere que «seamos obreros con Él», como afirma el apóstol San Pablo. Lo
mismo cuando oramos que cuando trabajamos no modificamos sus planes,
sino que los cumplimos. Así como al aplicar nuestra actividad a la
Naturaleza no alteramos sus leyes, sino que las aprovechamos, de igual
modo cuando oramos no cambiamos la voluntad de Dios, sino que bebemos la
fuerza en la fuente de donde mana. La oración es un poder, y todos los
hombres tienen el instinto de la oración, como tienen el instinto de la
eficacia de su actividad. Es cierto que hay muchos hombres que no oran,
como los hay también que no trabajan, pero no debemos dudar que el
hombre está organizado para la oración, como lo está para el trabajo.
--Pero si el hombre se halla dotado de ese poder, como afirmas, si puede
ponerse en comunicación directa con Dios, y de El extraer la fuerza que
necesita, entonces la mediación de Jesucristo, en quien crees, resulta
inútil.
--Has puesto el dedo en nuestra llaga--replicó sonriendo--, que es, al
mismo tiempo, la llaga de Jesucristo. Para creer en Él no basta la
razón, es preciso elevarse por encima de ella a otro conocimiento
superior que la complete sin contrariarla. El que posee ese conocimiento
superior contempla con lástima a los que yacen prisioneros en las redes
del razonamiento discursivo. Por éste jamás llegaremos a una convicción
perfecta; su término ordinario es el escepticismo, mejor o peor
disfrazado. La razón común nos ordena elegir, pero esa otra razón
suprema que se llama fe rechaza la elección, porque la elección supone
la posibilidad de otra creencia. La fe no elige, se precipita con amor
sobre la idea que a sus ojos brilla, de tal modo, que obscurece cuanto
se encuentra en torno suyo. La fe es esencial a la vida. Sin ella, ni
podríamos pensar, ni podríamos existir. Lo demostrable según las leyes
lógicas es muy poco. Además, queda siempre por demostrar la
demostración.
--¿De modo que crees en los dogmas?
--Y tú también, y todos los humanos. El mundo vive y se sostiene por
los dogmas, o sea, por aquellas verdades que no pueden ser objeto de una
demostración lógica, ni comprobadas inmediatamente por la experiencia.
Tú sabes que ha existido un emperador que se llamó Caracalla, y una
reina que se llamó María Estuardo, pero no lo sabes ni por la razón ni
por la experiencia, sino bajo la fe de un testimonio ajeno... Pero
dejemos estas sutilezas. La fe, en último término, acaso no sea otra
cosa que la confianza que el hombre presta a su razón cuando su razón le
revela de un modo inmediato la verdad, no por medio de una serie de
silogismos. Así creo yo en Jesucristo. Mi razón me dice que esta pobre
Humanidad envilecida necesita un ser puro que la represente ante Dios, y
esto que me dice mi razón se lo dice también a todos los hombres si
prestasen el oído a ella. «Yo veo venir--decía Goethe a Eckermann en los
últimos días de su vida--, yo veo venir el tiempo en que Dios no
encontrará ya ninguna alegría en la Humanidad, y en que le será preciso
de nuevo destruirla y rejuvenecer la creación.» Es lo mismo que afirma
el Cristianismo, añadiendo que este rejuvenecimiento se opera sin cesar
por medio de la sangre y de la palabra de Cristo. Ya ves que no cito a
ningún santo padre de la Iglesia, sino a un filósofo pagano que, por
confesión propia, aborrecía la Cruz.
--Pero la doctrina evangélica no ha sido una revelación para la
Humanidad. Antes que Cristo viniese al mundo se expresaba y se
reverenciaba esa misma moral en la filosofía y en algunas religiones,
como la budhista.
--Desde luego; la moral evangélica está escrita en el corazón de los
hombres como ley natural, aunque sólo en la palabra de Cristo se haya
expresado de un modo perfecto. Jesucristo no ha venido al mundo para
revelar la moral, sino para reanudar la alianza entre el hombre y Dios,
rota por el pecado, para revelar la doctrina del Padre y nuestra unión
amorosa con Él. Esta doctrina del Padre Celeste jamás había acudido a la
mente de los hombres, ni hubiera podido venir sin la aparición de
Jesucristo sobre la tierra. Su revelación, pues, no es una revelación
moral, sino metafísica. «Ningún conocimiento ha venido a Jesús--dice
Fichte--ni de la especulación ni de la tradición: esto quiere decir que
recibía de su ser mismo toda su doctrina.» Ya ves que tampoco cito otro
santo padre, sino a un filósofo racionalista ajeno a toda religión
positiva... Y, sin embargo, esta gran revolución operada en la vida de
la Humanidad, ¡qué comienzos tan humildes ha tenido! Lo primero que
llama la atención, cuando se estudian los orígenes del Cristianismo, es
la perfecta insignificancia del punto inicial. No aparece, como el
budhismo, o como la religión de Zoroastro, o como el socratismo, o como
la filosofía de Confucio, en medio de un pueblo poderoso y como
resultado de una civilización brillante. El fenómeno histórico de más
importancia que registran los anales del mundo se produce en un rincón
de la tierra, en medio de un pueblo, no dominador como los otros, sino
casi siempre dominado, extraño a las ciencias y a las artes y a los
regalos de la vida civilizada. Su fundador no se distingue por nada de
lo que suele seducir a los hombres: no es un filósofo, no es un
conquistador, no es un héroe, no es un iluminado, no es un asceta. En la
apariencia es un hombre como todos los demás. En los rasgos de su vida
exterior, apenas se separa del común de los mortales. Con razón pudo
decir Rousseau que Jesús «era un hombre de buena sociedad; no huía ni
los placeres ni las fiestas; iba a las bodas, hablaba con las mujeres,
jugaba con los niños, gustaba de los perfumes, comía con los hombres de
negocios; su austeridad no era enfadosa». En suma, esto quiere decir que
nuestro Redentor, durante su vida temporal, no tuvo lo que los franceses
llaman _pose_. ¿La tuvo a la hora de morir? Tampoco. En el comienzo de
su pasión confiesa a sus discípulos que _su alma estaba triste hasta la
muerte_. Más tarde, clavado ya en la cruz, exclama: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?» Compara esta muerte con la de Sócrates. El
filósofo concluye su vida haciendo prodigiosos alardes de serenidad,
pronunciando discursos, profiriendo sentencias. ¿No hay para todo
espíritu observador en la famosa escena descrita por Platón un poco de
afectación? ¡Sí; la hay! La hay en la vida y en la muerte de cuantos han
pretendido difundir una doctrina e influir en los destinos de la
Humanidad; la hay hasta en las torturas sufridas por algunos mártires.
Casi siempre, acompañando al heroísmo, aparece unas veces la locura,
otras la rigidez, otras la exaltación caprichosa; en todas partes creo
descubrir la _pose_ maldita, signo de nuestra flaqueza nativa. Sólo en
Jesús veo una grande, una santa, una perfecta sinceridad. Jesús no es un
hombre expresando la verdad, es la verdad misma expresada. Por eso es el
ideal. «Por la sinceridad es por lo que el hombre se hace semejante a
Dios», decían los antiguos persas. Pero esta sinceridad perfecta y
divina no puede ser comprendida por los espíritus llenos de sí mismos.
Voltaire habla con desprecio «del sabio que antes de morir había tenido
sudores de sangre». Voltaire, a los ochenta y cuatro años, vivía aún
atormentado por la sed de gloria y escupiendo hiel contra sus enemigos.
Sólo cuando el hombre deja reposar un poco su inquieta voluntad ve con
claridad en el alma de los otros y en la suya. Tal impresión de sorpresa
me produjo el planeta que habitamos cuando estudiaba Astronomía. Nuestra
tierra, dentro del sistema solar, no se distingue por nada. Ni es el
planeta más grande ni es el más chico, ni el más lejano ni el más
próximo al sol, ni su eje de rotación es el más inclinado sobre el plano
de su órbita ni el menos; ni su atmósfera es la más densa ni la más
fluida, ni sus mares y sus tierras se hallan mejor distribuídos que en
los otros ni peor, ni es el más veloz en caminar por el espacio ni el
más tardo. El globo en que habitamos tampoco tiene _pose_. ¡Y, sin
embargo, pudiera tenerla! Acaso sea el único recinto habitado en el
vasto Universo que contemplan nuestros ojos. Los sabios empiezan a
sospecharlo después de haberse entregado largo tiempo a la creencia
contraria. «¿Por qué tal sorpresa?--me pregunté al cabo--. Dentro del
orden divino, todo el Universo es un símbolo: la apariencia no tiene
realidad en sí misma. La caída de una hoja suena lo mismo no habiendo
oídos que las explosiones del sol. Dios todo entero se halla en todas
partes. Este grande y bello Universo no es más que una idea suya, y por
Él, nuestra también.
--Como a ti, la insignificancia del punto inicial en el Cristianismo me
ha sorprendido siempre. Me acordaré de la estupefacción con que leí por
primera vez en el Evangelio aquellas palabras de San Mateo: «Los
príncipes de los sacerdotes y los fariseos fueron juntos a Pilatos al
otro día, y le dijeron: Nos acordamos, señor, que dijo aquel impostor
cuando vivía: Resucitaré después de tres días.» Jesús, para aquella
gente, no era más que un vulgar impostor a quien se ejecuta como a otro
criminal cualquiera, y al cual se olvida pocos días después.
-Sí; ¡quién les diría a aquellos notables de Jerusalén la revolución que
iba a operar en el mundo! ¡Quién les diría que, después de muerto, iba a
conquistar el imperio colosal de Roma! ¡Quién les diría que la
pesadumbre de los siglos no ha logrado desplomar su obra, y que lo mismo
los reyes que los mendigos, los sabios que los ignorantes, siguen
postrándose para besar los pies ensangrentados de aquel impostor
ejecutado una tarde en las afueras de Jerusalén!
--Amable es, en efecto, la doctrina contenida en la palabra de Jesús, y
es la única que parece conciliarse con las necesidades de nuestro
corazón; pero nuestro entendimiento, que jamás deja de hacer objeciones
a cuanto se presenta en el campo de sus dominios, formula la siguiente:
la moral de la humildad y la resignación es incompatible con el progreso
del género humano. Si los hombres estuviesen todos dispuestos a
acatarla, el mundo se convertiría en un paraíso; pero como los hay entre
ellos perversos, éstos, aun hallándose en minoría, conseguirían
fácilmente la dominación, aprovechándose de la pasividad resignada de
sus hermanos. Siguiendo a la letra el precepto evangélico que nos ordena
ofrecer la mejilla izquierda, cuando nos hayan herido en la derecha, la
tierra caería prontamente en la barbarie.