tierno infante soportaba pacíficamente, agradeciéndolos en el fondo de
su corazoncito, pero sin manifestarlo de un modo ostensible. Y cuanto
más reservado se mostraba el infante, más arreciaba la madre con sus
gritos y zarandeos. Cruzó a nuestro lado sin vernos; tal era su
entusiasmo. Jiménez y yo nos detuvimos y la seguimos con la vista
sonrientes y satisfechos. A larga distancia todavía se escuchaban sus
gritos amorosos.
--Contempla a esa madre con su hijo entre los brazos--profirió
Jiménez--. ¡Qué fuerte magnetismo los atrae! ¡Cómo suenan sus besos!
¡Cuán ciertos están de su amor!... ¡Ah!, si en esta breve y mísera
existencia sólo estamos ciertos de lo que amamos, amando a Dios, no
dudaríamos de que existe.
--Pero ¿cómo amar a Dios, Jiménez, suponiéndole autor o causa de
nuestros dolores?
--Esa es la pregunta que acude a los labios de todo el que no siente el
amor de Dios. ¿No es posible amar a lo que es causa de algún dolor?
Entonces, ¿por qué se ama a un hijo inválido, que desde su nacimiento no
ha causado a su padre más que constante aflicción, noches en vela y
lágrimas abundantes? ¿No suelen decir sus padres que porque les ha hecho
verter tantas lágrimas, por eso le aman? Estudia el amor en todas sus
manifestaciones, desde la más alta a la más baja, y te penetrarás de que
siempre va acompañado de la idea de sacrificio, esto es, de una
negación, pequeña o grande, de nuestra individualidad. El ser amado,
llámese esposa, o hijo, o amigo, exige siempre esta negación.
--Mas esos seres amados, aunque son causa de nuestros dolores, no son
causa voluntaria.
--También pueden serlo. Véamoslo. Un padre envía voluntariamente a su
hijo a lejanas tierras, y le obliga a permanecer allí trabajando algunos
años. Sufre el padre y sufre el hijo con esta separación, pero, lejos de
enfriarse su amor, crece y se afirma. Para que el amor se afirme, ¿será
inevitable la separación? Esta pregunta envuelve un profundo problema
metafísico, que, siendo la base del Cristianismo, es al propio tiempo la
clave y la razón de la existencia del Universo. Por último, aparece la
grave y suprema objeción de que hablamos otro día. Si Dios existe, puede
habernos hecho felices desde luego. ¿Por qué no lo ha hecho? Antes de
preguntarlo debiéramos saber qué es o en qué consiste la felicidad. La
experiencia nos la presenta siempre como la satisfacción de una
necesidad. De tal suerte, que si todas ellas, inmediatamente sentidas y
transformadas por el alma en deseos, fuesen satisfechas, seríamos
felices. Pero la necesidad es un dolor. Luego para conocer la felicidad
es necesario conocer el dolor. O lo que es igual, para ser felices
precisa ser antes desgraciados. Toda nuestra existencia temporal es así.
Para gozar la suprema felicidad, o sea la unión con Dios, es necesario
estar antes separados de Dios... Sumerge una mirada profunda en el
océano de nuestros males. ¡Penetra dentro!, ¡muy adentro!, ¡más adentro
todavía! Entonces percibirás que nuestros males tienen su causa en una
separación, una misteriosa separación que es el misterio de los
misterios, la separación del individuo y del Unico. La verdadera
desgracia del hombre es no ser Dios. Pero Dios concluye con nuestra
desgracia sumándonos a su felicidad. No nos hace felices de una vez,
porque esto concluiría también de una vez con nuestra felicidad, sino
felices _eternamente_. ¡Medita y saborea esta palabra! El Unico no
quiere la separación: es el individuo quien la quiere; es el individuo
quien se encarga de ensanchar cada vez más el abismo entre él y Dios...
Permanecí silencioso meditando como él me pedía. Aquellas palabras
despertaron el enjambre de pensamientos que dormitaban hacía tiempo en
mi cerebro, apercibidos a salir al menor toque. Comenzaron a revolotear
por él furiosamente, se cruzaban, se atropellaban y se combatían.
Marchaba, sin embargo, tranquilamente. Jiménez, a mi lado, parecía que
me observaba con el rabillo del ojo. Una paz extraordinaria, una dulzura
penetrante y deliciosa reinaba en aquel momento en el ambiente.
De pronto las campanas de la iglesia del barrio sonaron suaves y
melancólicas con el toque de la oración. Jiménez se despojó del sombrero
y avanzó algunos pasos delante de mí. Comprendí que iba orando, y no le
interrumpí. Pocos minutos después nos hallábamos frente a la verja del
jardín de su hotelito. Era éste, si no lujoso, elegante y cómodo. Las
flores estaban cuidadas con esmero; había también algunos árboles
crecidos en el jardín, y en uno de los rincones un bello cenador
guarnecido de viña virgen y madreselva. Jiménez tenía por servidumbre un
ama de gobierno, una cocinera y un criado.
Antes de tirar de la cadenita de la campanilla me invitó para que
entrase a descansar un rato. Acepté de buen grado, porque me hallaba
hondamente preocupado y aspiraba a obtener de él algunas ideas y
explicaciones de las cuales estaba, en verdad, necesitado. No quise,
sin embargo, entrar en la casa; preferí que nos sentásemos unos momentos
en el cenador. Entonces Jiménez hizo que el criado nos trajese una
botella de cerveza, y nos sentamos cómodamente en unos sillones rústicos
de mimbre a la mesa de piedra que allí había. Mi amigo sacó un cigarro,
y me ofreció otro diciendo:
--El médico me prohibe fumar; pero hoy he ganado bien este cigarrillo,
¿no te parece?
--¡Ya, ya!--repuse yo distraído; y entrando sin preámbulos en materia,
en la materia que ocupaba mi mente en aquel instante, comencé a decir
lentamente, sin mirarle a la cara--: Allá en los comienzos del siglo
pasado, al cual tú y yo tenemos la honra de pertenecer, apareció en
Francia una escuela de poetas o de cristianos sentimentales. Estos
poetas, a cuyo frente se hallaba el célebre Chateaubriand, por la
nobleza del sentimiento y por la elevación del espíritu, tanto como por
la brillantez de su estilo, despertaron en su tiempo férvidos
entusiasmos, y aun hoy merecen, en mi opinión, el sufragio de la
posteridad. Pero el Cristianismo de que estaban empapados sus poemas y
novelas, a ciertos críticos descontentadizos les parecía sobrado dulzón
y teatral; y como en muchos de estos poemas y novelas se echaba mano del
recurso de las campanas sonando en la campiña en la hora del crepúsculo,
dió en llamarse a su religión _la religión de las campanas_.
--¡Te veo, amigo, te veo!--exclamó Jiménez riendo.
Permaneció luego unos instantes silencioso, dió algunos profundos
chupetones al cigarro, y comenzó a hablar de esta manera:
* * * * *
--Desde que Rousseau, por boca del Vicario _saboyano_, ha dicho: «Dios
no pide otro culto que el del corazón; no quiere ser adorado más que en
espíritu y en verdad; no se cuida ni de las vestiduras del sacerdote, ni
de las palabras, ni de los gestos, ni de las genuflexiones; el culto
externo es puramente un asunto de policía», no han cesado de repetirse
las mismas ideas en una o en otra forma, engendrando otra escuela frente
a la que tú mencionas, y que ha sido llamada la escuela de la _religión
natural_. Quiero creer que todos los que la siguen proceden con absoluta
buena fe. Yo mismo he repetido muchas veces esas ideas, y no me remuerde
la conciencia de haber faltado a la sinceridad. Pero al cabo he llegado
a persuadirme de que casi ninguno de los que así hablan, empezando por
Rousseau y concluyendo por mí, han dedicado a Dios el culto del corazón,
le han adorado en espíritu y en verdad, como aquél aconseja.
Prescindimos del culto externo, pero no practicamos tampoco el interno.
Sólo nos acordamos de Dios cuando tenemos que hablar de Él, o acaso
cuando nos aflige alguna desgracia. Esto me hizo dudar si lo que
manifestaba el famoso vicario sería toda la verdad, o nada más que una
parte. El culto externo, en efecto, parece algo material y, por tanto,
indigno de la Divinidad. Pero ¿hay algo en el hombre que no se exprese
de un modo material? Cierto que la existencia de Dios se nos revela en
la conciencia, pero esta conciencia, ¿existiría sin nuestro cuerpo, esto
es, si no fuésemos individuos, partes separadas del todo? El Universo
entero no es más que el símbolo infinito que oculta una verdad infinita.
De esto se deduce que el símbolo penetra en toda la existencia, como que
es el fondo mismo de ella. El saludo que hago en la calle a un amigo, ya
le dirija una sonrisa, o le diga adiós con la mano, o le quite el
sombrero, no es, en la apariencia, más que un acto corporal, un
movimiento de la materia; pero este movimiento es el revelador necesario
de un estado de amor, de amistad o de respeto en mi alma.
--Dios no necesita revelador, porque aprecia directamente el estado de
tu alma.
--Pero si Dios no lo necesita, lo necesito yo; lo necesitan los demás
para vivir unidos a mí en una creencia. Si no exteriorizásemos lo que
pasa por nuestra conciencia seríamos espíritus puros; el Universo
dejaría de existir. Esto sucederá el día en que rompamos las cadenas con
que el tiempo y el espacio nos tienen sujetos. Mientras permanezcamos en
ellas, nuestros actos obedecerán a la ley del símbolo que preside a la
existencia. Por otra parte, siendo el hombre un ser espiritual y
corporal a la vez, y llevando cada uno de sus actos el sello de ambas
procedencias, nadie ignora la influencia que ejercen unos sobre otros.
El espíritu ordena..., pero el cuerpo también. Para que la calma renazca
en nuestra alma agitada basta muchas veces adoptar una posición cómoda y
tranquila y permanecer en ella algún tiempo. Para agitarnos y
enfurecernos repentinamente sólo es necesario ejecutar algunos
movimientos corporales violentos y descompasados. Del mismo modo, sólo
los que han pasado por ello se dan cuenta de lo que influyen los actos
corporales del culto externo en la animación de nuestros sentimientos
piadosos. Esos que sonríen y exclaman: «¿para qué?», cuando ven a un
hombre besar con éxtasis los pies de un crucifijo de madera o tocar con
la frente en el suelo al levantarse la Hostia santa en el templo, ¿no
han abierto jamás con mano trémula el cajón donde se guardan los
recuerdos de un ser querido?, ¿no los han besado repetidas veces?, ¿no
los han mojado con sus lágrimas?... ¿Para qué? Ni esos pedazos de lienzo
o de oro significan nada por sí mismos, ni el ser adorado a quien
pertenecieron puede escuchar ya sus besos... Si este mundo es, pues, un
puro símbolo de algo mucho más alto, ¡déjame, déjame que en las horas de
angustia me abrace a un crucifijo de madera, déjame que allá en el campo
el tañido de una campana me haga llevar la mano al sombrero y me acuerde
de Dios!
* * * * *
Jiménez había dejado caer el cigarro al suelo; sus ojos brillaban; sus
pálidas mejillas se habían teñido de carmín. Repuesto instantáneamente,
prosiguió con calma:
--La vida es un combate: no ese combate bestial de que tanto se habla, y
que, más que lucha por la vida, debiera llamarse lucha por la muerte.
Hablo del combate por el bien, que es la verdadera vida del hombre. Es,
más que combate, una liberación, una ascensión, la conquista del cielo.
Todo hombre aspira, consciente o inconscientemente, a despojar su ser
espiritual de la piel de la bestia. Así como al poner el oído al tronco
del árbol en la época propicia escuchamos los repetidos golpes de la
crisálida, que trabaja anhelante por salir a la luz transformada en
mariposa, así los habitantes del cielo escuchan el buceo de nuestra
alma, que se remueve buscando la luz. La Humanidad sale algunas veces de
la onda obscura y baña su frente con los rayos de la belleza y el bien,
pero, ¡ay!, no tarda en sumergirse de nuevo. Quiero decir que su
ascensión no es continua. «El mundo--decía Goethe en los últimos años de
su vida a su confidente Eckermann--no debe alcanzar su objeto tan pronto
como lo pensamos y lo deseamos. La Humanidad jamás dejará de encontrar
obstáculos que la embaracen y miserias que la impidan desenvolver sus
fuerzas. Llegará a ser más prudente, más sabia, pero mejor y más feliz,
eso no lo esperemos más que por momentos.» Así hablaba el gran optimista
de los tiempos modernos.
--He leído, doctor, que el feto humano recorre en el claustro materno
todas las etapas de la animalidad, o, como expresan los naturalistas,
«la _ontogenia_ no es más que un resumen de la _filogenia_». ¿Sucederá
algo análogo por lo que se refiere a nuestro ser espiritual? El hombre,
en los primeros años de su infancia, es un ser en quien obran solamente
las fuerzas generales de la Naturaleza. Cuando se desprende del mundo
exterior y afirma su personalidad, lucha irreflexivamente por alcanzar
todo lo que cree adecuado para su existencia; apetece los espectáculos,
los ejercicios corporales, ama la Naturaleza y el Arte. El enigma de su
ser se le aparece envuelto en sueños poéticos, con cierta misteriosa
sensualidad. Con la juventud llega el amor, y a menudo éste le arrastra
a la depravación. En la edad madura ama el dinero, para obtener con él
las comodidades y el lujo, y satisfacer la pasión más irresistible de su
ser, la que compendia y resume de una vez la afirmación de la vida, la
pasión de la dominación... Pero asoma al cabo la vejez, y entonces se
convence de que la dicha es imposible en este mundo. Aquella afirmación,
a la cual se asía con todas las fuerzas de su cuerpo y de su alma, no
tiene otro paradero que la tristeza, la debilidad y, por fin, la muerte.
Los seres vulgares luchan todavía, se desesperan y se rinden al cabo
estúpidamente. Los espíritus elevados comprenden que han errado el
camino, vuelven los pasos atrás, se niegan a sí mismos, y afirman a Dios
como única raíz de su existencia... Estas mismas etapas, que todo
hombre recorre, son las de la Humanidad. Cualquiera puede convencerse
leyendo su historia. Hoy parece que el género humano sale de la juventud
y entra en la madurez. Quiere gozarlo todo, y acude a la ciencia, al
industrialismo, a la diplomacia. Acaso dentro de algunos centenares o
millares de años, convencido de que no ha dado un paso en el camino de
la dicha, se produzca una gran reacción religiosa, esto es, acuda al
centro de toda vida y toda felicidad, y concluya santificándose.
--No es una pura fantasía de tu mente lo que acabas de decir. Hay en
ello mucho de cierto, pero hay también bastante de falso. La idea que
acabas de verter es un teorema que da por sentado el axioma de la
fatalidad. El desenvolvimiento del hombre es necesario en tal sentido;
el de la Humanidad, lo mismo. Al hablar así, acaso no te des cuenta de
que proscribes la libertad, aún más, de que la asestas un golpe mortal.
Volvemos al _fatum_ inflexible de la antigüedad pagana. No puede ser. La
moral del Destino ha expirado el día en que nació Jesús. La libertad es
nuestro patrimonio, constituye la esencia misma del hombre, sin ella no
existiría la Humanidad. Ni el hombre sigue esas etapas inflexiblemente,
ni la Humanidad tampoco. Hay muchos hombres, en efecto, que sólo se
desengañan en la vejez, pero los hay también que convierten su corazón
en la edad madura, y también quienes parecen nacer ya desengañados, y
desde su infancia apartan su espíritu de las cosas efímeras y se dirigen
a las eternas. Y en la historia del género humano hay épocas en que éste
se acerca más a Dios, y respira su vida infinita, y goza de su
felicidad, y las hay en que se aparta voluntariamente de Él, marcha
apresuradamente hacia la nada, y se siente desgraciado. Porque cuando la
Humanidad pierde de vista el centro de su existencia y, obedeciendo a la
fuerza centrífuga, se aleja del sol que la ilumina, por más que haya
alcanzado un alto grado de civilización, y haya sometido a su imperio
las fuerzas de la Naturaleza, y se embriague con una actividad febril, y
parezca gozar de sus conquistas, en el fondo se siente desgraciada.
Sospecho que durante la Edad Media los hombres fueron más felices en
Europa que en la edad presente... ¿Te asombras? Pues eres el último que
debiera hacerlo porque te he oído algunas veces decir que si se
inventase un termómetro o graduador que, introducido por la boca de los
hombres, acusase exactamente el grado de su dicha, se observarían cosas
que nos dejarían estupefactos. Tal hombre rico, joven y robusto, no
haría subir la columna termométrica hasta el cero; tal otro, mendigo
andrajoso, la mantendría muchos grados por encima. Pues bien, la
Humanidad, durante la Edad Media, es con respecto a nosotros un mendigo
andrajoso; carecía de toda comodidad para la vida del cuerpo, se hallaba
expuesta constantemente, como el mendigo, a las inclemencias de la
Naturaleza y de los hombres..., pero tenía la fe. No todos la tenían,
porque ya creo haberte dicho que la mayoría de los hombres ha sido, es y
acaso sea siempre, sensualista; mas aquellos en quienes había prendido,
la poseían plenamente y la gozaban. Y la alegría de la fe, querido
amigo, no puede compararse con ninguna otra; «si los hombres de mundo la
sospechasen--dice el Kempis--, se estremecerían de envidia»... Tienes
razón, sin embargo, al afirmar que el pecado ha llegado en la época
actual a su período de madurez. En épocas anteriores, en los pueblos
antiguos y también en la Edad Media reinaba la violencia, pero a su lado
reinaba el heroísmo. El hombre era un niño no desprendido bien todavía
de la Naturaleza. La fuerza sorda de la animalidad le tenía sumergido en
una atmósfera espesa de pecado y miseria. Pero luchaba ardientemente por
salir de ella; alguna vez asomaba la cabeza, sentía alegría, y entonaba
el cántico sublime del espíritu emancipado. Ahora el hombre no es mejor.
El hombre, en la edad madura, no mejora generalmente; se hace más
cobarde. El egoísmo impera como nunca, pero se ha hecho más refinado,
más hipócrita. Conocemos la verdad, nos hemos asomado a la luz, pero nos
volvemos voluntaria y complacientemente a sumergir en la atmósfera
espesa del pecado. Ésta, sin embargo, no es una etapa fatal de la
Humanidad, como pretendes. Yo también he vivido deslumbrado por esas
grandes síntesis que nos daban nuestros maestros en la cátedra y que se
admiran en algunos libros que han alcanzado inmensa boga. No hay duda
que son seductoras, que nos ahorran el trabajo de pensar más en nuestra
suerte, que las hay para todos los gustos, unas materialistas, otras
idealistas, furiosamente reaccionarias y desesperadamente anarquistas;
en unas se nombra la Providencia, en otras la vida integral o la
felicidad del género humano; de todos modos, es la fatalidad quien
preside a la marcha del género humano: la libertad del hombre
desaparece. Desde el momento en que nuestro destino se halla trazado de
antemano, no hay más que lanzarse a la corriente y dejar que las cosas
paren donde deben parar... Por fortuna, mi cerebro ha vivido poco tiempo
de esas síntesis. Pronto he comprendido que, a pesar de su idealismo
aparente, nos precipitan en el panteísmo, y más tarde en el pesimismo.
La esencia de la Humanidad es la libertad, y el mismo Dios no prevé sus
destinos en el tiempo: lo que hace es verlos en la actualidad, porque el
Ser Supremo se halla por encima del tiempo. La Humanidad, como el
hombre, puede subir y bajar o estacionarse, empeora unas veces, otras
mejora, se eleva, se degrada, y, al fin, puede salvarse, pero puede
también condenarse.
--Entonces, ¿para qué ha servido la sangre de Cristo?
--La sangre de Cristo nos da la posibilidad de salvarnos, pero no nos da
la seguridad de salvarnos.
* * * * *
En aquel instante Jiménez fué atacado de un violento acceso de tos. A la
escasa luz que allí había, le vi ponerse pálido. Tristemente
impresionado, porque el estado de su salud era verdaderamente
deplorable, le dije:
--Retírate, doctor: el fresco de la noche te está haciendo daño para la
tos.
--No hablemos de mi tos--repuso sonriendo--. O ella concluye, o concluyo
yo. Ambos somos cosas temporales. Sigamos hablando de las eternas... La
vida es un combate por el bien, te he dicho. En este combate, ¿marchamos
solos a la pelea?, ¿podemos por nosotros mismos y sin ayuda alcanzar la
victoria? Eso nos asegura el estoicismo. Pero sus promesas son vanas,
porque sólo en un número reducido de hombres la voluntad es poderosa
para no desviarles del recto camino. Y si examinas de cerca esa
voluntad, observarás que está compuesta en muchos casos de orgullo y
terquedad. Alguien ha dicho que la filosofía estoica no es más que «el
heroísmo romano reducido a sistema». Acaso se pudiera sustituir la
palabra orgullo a la de heroísmo en innumerables ocasiones. La serenidad
estoica está hecha de egoísmo: es el arte de ser feliz en medio de la
desgracia de los otros. El estoicismo excluye el amor, y el amor es el
alma y el motor del mundo, es el único medio de hallar felicidad en esta
vida. Cierto que alguna vez, por virtud o bajo el impulso de un
sentimiento exaltado, puede el hombre obrar cosas maravillosas, pero
esos estados no son normales, son patológicos; son, como dice Pascal,
movimientos febriles que la salud no puede imitar. Para obrar de ese
modo se necesitaría hallarse agitado siempre por el entusiasmo, y la
razón, por sí sola, no produce el entusiasmo; las ideas no operan como
móviles de nuestra conducta si no se transforman previamente en
sentimientos. No basta afirmar que el dolor físico o el dolor moral no
son males para dejar de sentirlos. El hombre no es todo razón ni todo
sensibilidad. Los estoicos, como los epicúreos, mutilan la naturaleza
humana.
--En efecto, doctor--respondí--; los estoicos atribuyen a nuestra
voluntad un poder incontrastable, lo cual es evidentemente falso:
nuestra voluntad, por sí sola, no puede hacernos felices. Pero los
cristianos, ¿no merman demasiado el imperio de esta voluntad? Si todo
cuanto de bueno poseemos, si todas nuestras disposiciones para seguir el
camino del bien dependen de la gracia de Dios, ¿qué se ha hecho de
nuestra libertad?
Jiménez tardó unos instantes en responder. Luego dijo gravemente:
--En el fondo, mi buen amigo, la libertad del hombre sólo se manifiesta
de un modo: acercándose a Dios, o alejándose de Dios. En nuestra alma
existen dos fuerzas, una centrífuga y otra centrípeta, y, al revés de lo
que pasa en la naturaleza corporal, disponemos libremente de ambas
fuerzas. Pero así como los cuerpos celestes que llamamos cometas al
acercarse al sol ganan vida y velocidad, y cuando se alejan decaen y se
amortiguan y andan cerca de caer en la nada, así nuestro espíritu,
cuando se aproxima al Soberano Ser y vive de su vida, se ilumina como
los cometas y participa de su felicidad y de su poder. Por eso afirma el
Cristianismo que la verdadera libertad del hombre consiste en marchar
hacia Dios, porque éste es su aspecto positivo; el otro es negativo. He
dicho que nuestro espíritu ganaba poder, y he aquí la clave de nuestra
existencia y del Universo entero. El fin de todo cuanto existe no es
otro que ganar poder. Repara cómo súbitamente me pongo de acuerdo, al
menos por un instante, con los positivistas, con los materialistas y con
los llamados espíritus libres. ¡Ganar poder! Este es el deseo que
palpita en el corazón de todos los seres creados, éste es el hecho
capital de nuestra existencia; todos deseamos el poder, que es la
alegría y es la paz. Ahora bien, ¿dónde se halla este poder? ¿En
nosotros mismos? No, porque no podemos menos de reconocernos como seres
finitos, débiles, sujetos a la necesidad y al dolor. La fuente del poder
no mana en nuestro cuerpo ni en nuestro espíritu, ambos limitados, sino
en el Ser Infinito, autor y causa de todo cuanto existe. En Él se cifra
la plenitud del poder, y a Él debemos dirigirnos para obtenerlo. En el
grado en que logremos acercarnos a Él y recibamos su influjo, en ese
grado seremos poderosos, libres y felices, porque Él es «la salud, la
paz y la vida, y el que le sigue no anda en tinieblas». Son las mismas
palabras que el sol podría dirigir a sus cometas cuando empiezan a
helarse allá en los lejanos y obscuros abismos del cielo. Y el cometa
escucha, y acude al principio perezoso, luego raudo, a esta voz que le
llama. Pero el hombre, ¡ay!, no pocas veces permanece sordo, y concluye
por helarse enteramente.
--Tú lo has dicho. El hombre está sordo muchas veces. ¿Y cómo abrirle
los oídos? He aquí el problema, Jiménez. Suponiendo que el hombre se
dirija al bien, libremente, por medio del ejercicio, puede fortificar su
voluntad. En el ambiente que le rodea flotan ideas generosas que le
confirman en su resolución, existen amistades que le solicitan a
perseverar en ella, suenan palabras que exaltan y acaloran sus
sentimientos... Pero cuando no existe esa voluntad, ¿quién se la presta?