--La suprema justicia es la suprema piedad. El mundo moral, como el

mundo físico, se reduce a leyes simplicísimas: amor y odio, atracción y

repulsión. El secreto del amor lo posee la mujer; a ella pertenece,

pues, el mundo moral; ella es quien debe juzgar.

--También hay en el mundo mujeres despiadadas, doña Carmen--apuntó el

conde de Sobeyana dirigiendo una mirada maliciosa a Raimunda.

Doña Carmen no observó esta mirada, y replicó vivamente:

--El sentimiento de la piedad no se extingue jamás en el corazón de la

mujer por degradada que se halle, por bárbaro y feroz que sea el medio

en que viva. Entre los negros antropófagos de la Australia y del Africa,

allí donde la mujer no es más que una bestia de carga, que el hombre

considera inferior al ganado, allí donde las golpean, las mutilan y las

matan a su capricho, allí donde un viajero blanco afirma que en los

muchos años que pasó en Africa jamás ha visto a un negro mostrar la

menor ternura, hacer la más leve caricia a una mujer, allí, sin embargo,

los viajeros han encontrado corazones femeninos tiernos y compasivos. La

crueldad de que eran víctimas desde largos siglos no había podido

sofocar la llama del amor. ¿No es ésta una prueba irrecusable de que en

la mujer es donde reside el principio moral? El hombre es,

principalmente, un ser intelectual; la mujer, un ser moral. Por tanto,

repito, la dirección de las costumbres y la política a ella debe ser

encomendada.

--¡Usted lo ha dicho, ilustre amiga!--exclamó Pareja con sonrisa

mefistofélica--. Desde el punto de vista intelectual, la mujer es un ser

inferior. Forzoso es acudir a la ciencia antropológica para resolver el

problema de la superioridad intelectual del hombre sobre la mujer. Hay

que interrogarla con confianza, porque sólo la ciencia puede darnos

respuestas categóricas. Ahora bien, la ciencia responde con implacable

precisión que el cerebro del hombre pesa, aproximadamente, ciento

treinta gramos más que el de la mujer.

--Yo no he negado la superioridad intelectual del hombre en muchos

aspectos. La prueba es que no reconozco a la mujer grandes aptitudes

para las artes, para la literatura y aun para la filosofía. Lo único que

sostengo es que la mujer es más apta para la política, esto es, para

todo lo que se relaciona con la moral y las costumbres. Tal superioridad

la puede poseer aunque su cerebro pese menos que el del hombre... Pero

¿es seguro, amigo Pareja, que el peso del cerebro sea causa de

superioridad intelectual?

--Ignoro si es causa o efecto, pero son dos fenómenos correlativos.

--Voy a demostrarle a usted que no son tan correlativos.

La poetisa se alzó con algún trabajo de su butaca, fué derecha a una de

las bibliotecas, sacó de allí un folleto, y, después de sentarse de

nuevo, se caló las gafas y comenzó a hojearlo.

--Aquí tiene usted los últimos datos respecto al peso cerebral; el del

gato, veintiocho gramos; el del perro, ochenta; la oveja, ciento veinte;

el león, doscientos cincuenta; el gorila, cuatrocientos; el buey,

quinientos; el caballo, seiscientos cincuenta; el hombre, mil

trescientos sesenta; la ballena, dos mil ochocientos; el elefante,

cuatro mil seiscientos... ¡Me parece que estos datos no necesitan

comentarios!

--Observe usted, querida amiga, que no es en absoluto el peso del

cerebro lo que determina la capacidad intelectual, sino más bien la

riqueza de sus circunvoluciones.

--Tampoco es un criterio exacto. Cierto que, en general, el cerebro de

los animales superiores presenta más circunvoluciones que el de los

inferiores; pero existen algunos de inteligencia notable, como el

castor, que tienen un cerebro absolutamente liso, sin circunvolución

alguna... ¡Y el del elefante presenta más circunvoluciones que el

nuestro!

--Tiene razón doña Carmen. ¿Qué nos importan esas

circunvoluciones?--exclamó el conde--. La mujer se puede pasar muy bien

sin ellas. Usted, amigo Pareja, creería una desgracia irreparable si

perdiese algunas; pero yo, cuando amo y admiro a una mujer, no intento

averiguar el número de sus circunvoluciones. Es un asunto que no me

concierne.

Doña Carmen reprimió un gesto de desagrado que aquella insolente ayuda

le produjo, y continuó, dirigiéndose a Pareja:

--Demos por sentada esa inferioridad. ¿Qué implica para el acto de

juzgar de la bondad o de la maldad de las acciones? Cuando forman

ustedes la lista de jurados, ¿escogen ustedes en una ciudad los hombres

más sabios y más inteligentes? Los llaman ustedes a todos por igual, y

puede acaecer, y de hecho acaece muchas veces, que un tribunal se

componga de hombres zafios y majaderos... Y quien dice un tribunal, dice

también un parlamento.

--¿Cómo?, ¿cómo?--exclamó don Sinibaldo--. Va usted demasiado lejos,

Carmita.

--No rebaso los límites de la verdad. ¿Por ventura eligen ustedes

diputados a los hombres más cultos de la nación? Cuando voy a la tribuna

del Congreso y echo una mirada a los escaños, no puedo menos de

estremecerme. Yo estoy segura, absolutamente segura, de que el día en

que nosotras nos encarguemos de la política no elegiremos representantes

a las necias, a las disipadas, a las tramposas, a las perdidas...

Nosotras guardamos siempre en el fondo del alma respeto a lo que debe

respetarse. La mujer no cae jamás por completo en la abyección como el

hombre. Diríase que permanece sobre ella suspendida, sin que sus manos

ni sus pies la toquen. La mujer impura ama y venera en el fondo de su

corazón la pureza. El ideal de bondad, de belleza y de justicia jamás se

desvanece delante de sus ojos. Al contrario de lo que sucede con el

hombre, aun sumida en la más profunda degradación, cree siempre en su

propia alma. Quizás por eso las mujeres se absuelven tan pronto de sus

pecados, porque saben que estos pecados no atentan al pudor inmaculado

de su ser.

--Esas últimas palabras son una preciosa confesión, ilustre amiga--dijo

Pareja--. La mujer se absuelve pronto de sus pecados porque es un ser

tornadizo en el cual las impresiones no arraigan. ¿Me perdonará usted si

le digo que tiene además un entendimiento superficial? Observe usted que

las mujeres, salvo rarísimas excepciones, sólo aprecian el talento por

el éxito que alcanza en el mundo...

--¿Y los hombres no?

--La mujer es ínepta para los negocios delicados y para la política,

porque carece, en general, de reflexión. Es un ser impulsivo, casi

infantil...

--Mejor que sea infantil. Ustedes no son amables más que de niños.

Jesucristo lo ha dicho: «O niños, o como niños.» Me alegro de que

aumente la inteligencia, y de que aumente hasta lo infinito, que se

apodere de todas las fuerzas de la Naturaleza, y de todos los secretos

del Universo; pero dejad que el corazón permanezca niño, que sea dulce,

espontáneo, inocente y libre. Entonces la Humanidad habrá tocado a la

meta del más alto progreso que se pueda realizar en esta vida, el

reinado de Dios habrá bajado a este mundo, el cielo y la tierra se

habrán confundido.

--Todo eso es fascinador y romántico--manifestó el señor de la Puente

con amable sonrisa de condescendencia--. Nuestra amiga no puede

sustraerse al fuego de la inspiración poética, que, a pesar de sus años,

arde todavía en el fondo de su alma. De ello debemos felicitarnos y

felicitar al mundo, que aun puede esperar de este sol que se acuesta

muchas esplendorosas llamaradas... Pero la política, querida amiga... la

política es una cosa muy seria.

--Precisamente por eso debe encomendarse a la mujer, que es el ser serio

por excelencia, el único que sabe poner toda el alma en su actividad, el

único que cree en los resultados de ella... Una fila de señores con

levita y sombrero de copa será un espectáculo muy serio en la

apariencia; en realidad es bien cómico.

--Encuentro esas observaciones exactas--hube yo de manifestar--; pero,

al mismo tiempo, teniendo en cuenta la atracción irresistible que sobre

la mujer ejerce el círculo de la familia, ¿no sería de temer que,

dedicada a la política, trabajase más por el bien de su hogar que por el

público?

--Y los hombres, ¿no hacen otro tanto, amigo Jiménez?...

Efectivamente--añadió con sonrisa maliciosa y bajando la voz--, a veces

no trabajan por su hogar, sino por el de sus queridas.

--Pero, doña Carmen--repliqué yo--, ¡esas ideas trastornan y hacen

cambiar radicalmente la dirección de la sociedad contemporánea!...

Cuando todos los pensadores convienen en la necesidad de vigorizar el

organismo social, cuando no se escucha otro grito que el de: «¡Hay que

virilizar la raza!»...

--¿Virilizar la raza? ¿Para qué? Lo que hay que hacer es afeminarla. O

lo que es igual, hay que volverla un poco menos brutal y egoísta; hay

que infundirla las cualidades femeninas de la fe, de la piedad y del

valor...

--¿Del valor?--exclamó el conde--. ¿No habíamos convenido en que la

mujer es un ser tímido?

--Doña Carmen no cree en la timidez de la mujer--respondió Pareja

riendo.

--Siempre he pensado lo mismo, pero no es esa la opinión general. La

mujer es tímida por coquetería. Que se trate de aparecer bella, y será

capaz de arrojarse desde la Giralda de Sevilla.

--¿Quién tiene la culpa de esa coquetería?--profirió doña Carmen con

viveza--. Desde hace largos siglos, ustedes no le han asignado otro

papel que el de agradar. O agradar al hombre, o vivir y morir

despreciada: tal es su destino. El mundo, para la mujer, no es más que

un vasto harén disfrazado.

--Y ¿cuál destino más noble, señora, que el de amar y el de ser amada?

Mientras los hombres, espoleados por la necesidad y la ambición, nos

fatigamos hasta caer rendidos, luchamos hasta perder la vida, la mujer,

en el recinto de su gabinete, sigue con mirada ansiosa nuestra carrera y

se ofrece como premio a nuestros esfuerzos. La mujer es la estrella que

nos guía en las lóbregas noches de nuestra existencia, es la flor

perfumada que guardamos en el jardín de nuestra alma. ¿Cómo quiere

usted, señora, que la expongamos a los vendavales furiosos de la

política? Sus bellas manos delicadas no están hechas para mezclarse en

esos juegos, muchas veces sucios y casi siempre peligrosos.

--Sea usted franco, conde, la mujer ha sido, es y debe ser siempre la

eterna odalisca.

--No la quiero odalisca, pero tampoco la quiero transformada en senador

vitalicio como mi amigo la Puente. ¡Es demasiado prosaico!... Perdón,

don Sinibaldo: no he querido decir que sea usted prosaico... Pero las

tareas encomendadas a un senador no son, en verdad, de las más poéticas.

Figúrese usted, señora, que una hermosa mujer dijese a su marido:

«Perdona, hijo; hoy no puedo entretenerme demasiado contigo, porque

necesito prepararme para una interpelación que tengo mañana en el

Congreso sobre la reforma del arancel...» ¡Es horrible!

--¿Por qué horrible? Encuentran ustedes horriblemente prosaico que las

mujeres discutan la cuestión de tarifas o la conversión de la Deuda. ¿Es

más poética cuando toma la cuenta a la cocinera: tanto de arroz, tanto

de chorizos? ¿O cuando llama a la lavandera y apunta la ropa sucia:

tantas enaguas, tantos calzoncillos? En cuestión de estética, no veo

gran diferencia. Por el contrario, la administración del Tesoro

público, por su magnitud y por su transcendencia, imagino que es una

tarea más elevada.

--¡Oh cielos! El día en que sean ustedes diputados y senadores, será un

espectáculo bien divertido el presenciar cómo se arrancan los moños.

--No lo será más que cuando ustedes alzan los puños en el Congreso y se

dirigen injurias soeces acompañadas de frases de carretero... Pero no,

las mujeres, si no respetamos los recintos, respetamos los sentimientos

justos y los nobles proyectos. Recientemente se ha organizado una magna

asamblea de señoras en Versalles. Pues bien, aquella asamblea celebró

varias sesiones con la mayor mesura, discutió sus acuerdos y llegó a

formular sus conclusiones con perfecta corrección. Sólo unos cuantos

caballeros feministas allí admitidos desentonaron, y fueron llamados al

orden por la presidenta... Y sin ir tan lejos, todos los días en Madrid

se reúnen en asamblea muchas señoras con objetos benéficos, se organizan

en comisiones, discuten, ponen en práctica sus decisiones, y todo pasa

sin los lamentables incidentes que suelen ocurrir en las asambleas

masculinas. No les hablo de los institutos religiosos, porque demasiado

saben ustedes que los de mujeres, por el espíritu de abnegación, de

disciplina y de armonía, son muy superiores a los de los hombres, y lo

serían aún mucho más sin la inoportuna intervención de los clérigos que

las dirigen.

--¿De dónde procede, entonces, que en tertulias, en bailes, en teatros y

conciertos armen ustedes insoportable algarabía? ¿Cuál es la causa de

que ustedes se detesten tan cordialmente, y en los paseos se miren

ustedes como se miraban los güelfos y gibelinos?--manifestó el conde.

--Por la razón que antes he dicho, por el miserable papel que hasta

ahora nos han obligado ustedes a representar. La mujer viene de la

esclavitud, y viene con todos los defectos que la esclavitud engendra,

la timidez, la mentira, la hipocresía, la ligereza. Pero levantadla a

otros destinos más altos, y su alma recobrará su celestial herencia, se

abrirá al espíritu de justicia. La mujer es un ser nacido para la

política, porque la política toca a las costumbres, y en todos aquellos

pueblos que han alcanzado cierto grado de cultura es la reina de las

costumbres. De hecho bien saben ustedes que ha intervenido siempre de un

modo capital en ella...

--Ahí está la historia para mostrarnos que no lo ha hecho bien--dijo

Pareja.

--Ni mejor ni peor que los hombres. ¿Desean ustedes saber por qué ha

intervenido algunas veces perniciosamente en los negocios públicos?

Porque carecía de responsabilidad, porque la política ha sido hasta

ahora para ella un juego. Le está vedado pensar en la transcendencia de

sus actos, pero se le permite, como a los niños, satisfacer sus

caprichos. La du Barry hacía saltar sobre la mesa, delante de Luis XV,

unas naranjas, gritando y riendo: «¡Salta, Choiseul!, ¡salta, Praslin!»

Y con estas travesuras hizo caer al primer ministro, su enemigo. Aquella

pobre mujer era considerada como un animal hermoso destinado al recreo.

Pero aquella mujer guardaba en el fondo del alma un tesoro de bondad

admirable; era noble, generosa, inocente. Si en vez de degradarla se la

hubiese elevado con una educación adecuada, si en vez de un ser

irresponsable la hubieran hecho un ser responsable, no haría saltar a

Choiseul por capricho o por venganza..., aunque tal vez le hubiera

destituído por traidor.

--De todos modos, mi querida amiga, yo no puedo resignarme a ver la

política y las leyes en manos de las mujeres. Son harto frágiles para

cosas tan pesadas--apuntó don Sinibaldo.

--¿No se resigna usted? Pues parece usted bien resignado. Al frente de

la política y las leyes españolas se encuentra hoy una mujer, y usted la

obedece y la acata, y no duda, como nadie duda en Europa, de que su

juicio sereno, sus rectas intenciones, el amor que siente por su país

adoptivo, son prenda segura de paz y prosperidad para la nación. Largo

tiempo ha que nuestra Patria no ha sido regida con tal claridad y

justicia, y que una mano tan suave y firme a la vez haya empuñado el

cetro español. El prestigio de esta augusta señora aleja del Trono toda

sospecha odiosa, la intriga política huye avergonzada, los malvados se

esconden, y el ciudadano laborioso vive tranquilo y confiado en su

hogar.

--¡Oh Carmita, por Dios!--saltó don Sinibaldo con síntomas de

sofocación--. Nadie más que yo admira las dotes incomparables de nuestra

Reina Regente. A ella he dedicado mi obra sobre el «censo enfitéutico en

Asturias y Galicia», y tuve la dicha de escuchar de sus augustos labios

frases de aliento que no se borrarán jamás de mi corazón.

--Pues si usted no duda de que una mujer, no escogida, sino llevada por

la casualidad del nacimiento a la dirección política de un país, es apta

para gobernarlo, tiene discernimiento bastante para decidir nada menos

que de la paz y de la guerra, para poner su veto a las leyes que los

representantes del país han votado, para elegir a todos los funcionarios

públicos, ¿por qué no quiere usted otorgar a las mujeres elegidas entre

las mejores del país aptitud suficiente para contribuir a la elaboración

de las leyes y para decidir de lo justo y de lo injusto?

--Pero, en suma, mi ilustre amiga--manifestó Pareja--, si es verdad que

hasta ahora han representado ustedes un papel miserable, ¿cuál es el que

usted quiere que representemos nosotros el día en que el Parlamento, los

Tribunales de justicia y la Hacienda pública se hallen en manos de

ustedes?

--¡Ahí me duele, amigo Pareja, ahí me duele!--exclamó doña Carmen

dejando escapar un suspiro--. Quizás piense usted, como todos los

hombres, que, al arrebatarles esas cosas, les privamos del mayor tesoro

de la existencia. Vive usted engañado. La política no es un tesoro, sino

una carga. El progreso la hará cada día más ligera, pero hoy es bien

pesada. La política no es algo substancial, no pertenece al fondo y a la

esencia de la vida, a ese fondo divino que la presta sentido y valor.

Sólo es un medio para que la Humanidad pueda gozar de ese tesoro los

breves días que el Cielo nos permite alentar sobre la tierra. Al

entregarnos la política, ustedes son quienes nos arrebatan el fruto

verdaderamente sabroso de la existencia, nos condenan irremisiblemente a

un papel secundario. El culto a la Divinidad, el arte, la ciencia, la

industria, eso es lo que ennoblece la vida, no la gestión de los

presupuestos ni la policía de las calles... Observen ustedes la vida de

un sabio o de un artista. Si Dios les ha concedido una esposa prudente,

a ella entregan la administración de sus intereses, y sus días se

deslizan serenos y felices en la evocación de hermosas imágenes o en la

investigación de las sublimes leyes de la Naturaleza... Ahí tienen

ustedes a mi hijo... No sabe el dinero que hay en la casa, ni lo que en

ella gastamos. Entregado a sus proyectos y dibujos, se ha desentendido

de tal modo de todo lo demás que ni de su ropa de vestir se ocupa.

¿Querrán ustedes creer que para que se haga un traje es necesario que

Raimunda llame al sastre, escoja el paño y le tomen las medidas por

sorpresa? Pues eso que hacen muchos de ustedes dentro de su casa

particular, con el tiempo lo harán todos dentro de la casa pública.

Entonces no seremos nosotras las esclavas que se arrastran temblando a

los pies de su señor, ni tampoco esos ídolos caprichosos a quienes en el

norte de América se rinde un culto que resulta irónico, esas máquinas

imponentes de gastar dinero que necesitan los millonarios anglosajones

para deslumbrar a la muchedumbre. Queremos solamente el papel que la

providencia de Dios nos ha asignado en este mundo; la guarda de la casa

y el cetro de la justicia. Ustedes, a debatir los altos problemas de la

metafísica, a sondear las profundidades de la teología, a escribir

poemas inspirados, a modelar estatuas y pintar lienzos inmortales, a

conquistar las fuerzas de la Naturaleza y hacerlas esclavas sumisas de

nuestro bienestar. Nosotras, pobrecitas, a cuidar de la hacienda, a

perseguir a los malvados, a recompensar a los buenos, a dar a cada uno

lo que le pertenece, a limpiar de abrojos el camino del sabio, del

explorador y del artista. Para vosotros, el goce inefable de la

conquista; para nosotras, el trabajo y el peligro sin la gloria. Una

bella aurora luce en el horizonte. El eje del mundo, desviado de sus

polos diamantinos, se endereza. La claridad desciende al cabo del cielo,

y una felicidad desconocida inunda a los mortales. Un nuevo imperio se

descubre a nuestra vista, el imperio de la paz y la justicia. Luchemos

hasta morir por conseguirlo; esperemos que el Espíritu de Infinita Paz

nos lo conceda...

Doña Carmen se interrumpió súbitamente, y sus ojos, que parecían

arrobados en delicioso éxtasis, cambiaron de expresión. Comprendí la

causa, porque los míos no se habían apartado desde hacía algún tiempo

del conde de Sobeyana. Le había visto estrechar la distancia que le

separaba de Raimunda, había observado sus miradas insistentes y las

palabras que en voz baja le dirigía alguna vez, como si quisiera trabar

íntima conversación con ella. Por fin, le vi extender el brazo, apoyarlo

en el respaldo de la butaquita donde la hermosa nuera de la poetisa se

sentaba, y acercar demasiadamente la mano a su cabeza.

Raimunda no parecía darse cuenta de tal asedio galante. El caso no era

raro tratándose de aquella Juno colosal, cuya alma se paseaba demasiado

a sus anchas por el cuerpo.

Por fin, creí notar que el conde rozaba con sus dedos los cabellos de la

joven, y temblé pensando que su marido, que se hallaba del otro lado,

podía volver hacia allí los ojos y observarlo. Era mucha la osadía de

aquel hombre.

Pero aun fué mayor. Hábil y rápidamente, como un perfecto escamoteador,

vi que tiraba de un peinecillo de concha que sujetaba por detrás los

cabellos de la hermosa, lo tenía un instante entre los dedos, y lo metía

con pasmoso disimulo en el bolsillo. Esto fué lo que hizo cambiar de

expresión instantáneamente los ojos de doña Carmen. Raimunda sintió que

el adorno se le desprendía de la cabeza, se incorporó, y se llevó la

mano a ella, exclamando en voz baja:

--¡Se me ha caído un peinecillo!

Se puso en pie, corrió la butaca y comenzó a buscar.

--No lo busques: ya parecerá mañana--dijo doña Carmen con voz un poco

cambiada.

--¿Por qué no? Si debe de estar aquí. En este momento se me ha caído.

Su marido se puso en pie para ayudarla. Otro tanto hicieron el conde,

don Sinibaldo y Pareja. Yo les imité, y comenzamos a buscar encendiendo

cerillas.

--No muevan ustedes las sillas. ¡Si tiene que estar aquí! ¡Qué cosa más

extraña!--repetía Raimunda.

--Déjalo, hija mía. Esos señores se están molestando. Ya parecerá

después--dijo doña Carmen, cuyo rostro había empalidecido.

--Es que si lo pisan, se romperá, de seguro, y es un regalo que me ha

hecho Felipe hace unos días.

--Bueno, ya te regalará otro.

--Si ha caído, aquí tiene que estar. No es un objeto tan pequeño para

ocultarse en el pelo de la alfombra--profirió Felipe en tono desabrido

que me hizo temblar.

Seguíamos buscando, y comenzaba a invadirnos a todos un extraño

malestar. El rostro de doña Carmen se iba poniendo cada vez más pálido,

y sus ojos expresaban una viva inquietud. Vi que el de su hijo se iba

obscureciendo, y temí las consecuencias. Por un impulso irreflexivo me

incliné hacia el conde, que aparentaba buscar con el mayor afán, y le

dije en voz muy baja, pero en tono imperativo:

--Déme usted ese peinecillo.

Le vi ponerse pálido también, llevó la mano al bolsillo, y dejó en el

suelo el objeto que buscábamos. Yo me apoderé de él, y exclamé

enderezándome:

--¡Ya pareció!

Celebróse el hallazgo, y los semblantes de doña Carmen y su hijo se

serenaron. Prosiguió la conversación, pero yo me despedí por si el conde

quería seguirme y exigirme satisfacción del atrevimiento. Felizmente, no

lo hizo. Sin duda, comprendió que yo no había tenido intención de

ofenderle, sino de evitar a aquella familia y a él mismo un disgusto. Al

despedirme, doña Carmen me apretó con fuerza la mano.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]

Último paseo del doctor Angélico

Aunque la enfermedad había hecho ya progresos terribles, y era grande su

debilidad, todavía se obstinaba Jiménez en pasear. En uno de los últimos

días fuí a su casa, y, como siempre, me invitó a dar una vuelta por los

contornos. Era ya bastante tarde; así que no pudimos alejarnos mucho.

Cuando regresamos, la noche estaba cerrando: sólo allá en el horizonte

se advertía una débil claridad crepuscular que hacía más negra la

llanura. Nos aproximábamos a las casas del barrio habitado por mi amigo,

cuando vimos venir hacia nosotros una mujer que con grandes voces

festejaba a un niño de pocos meses que llevaba entre los brazos: «¿Quién

es el sol de mi vida? ¿Quién es el rey de la tierra? ¡Di, lucero!, ¡di,

clavel! ¿A quién adora su madre? ¿Quién es la alegría?, ¿quién es la

gloria?»

Papeles del doctor Angélico · 第 19 / 23 段