capacidad para las artes bellas, la tiene muy grande para las artes
útiles. Esas labores tan necesarias en las casas, el arreglo y la
comodidad del nido, a ella está encomendado. ¿Qué sería de nosotros si
las mujeres no se encargasen de coser, de planchar, de bordar nuestra
ropa, de mantener en orden y dignidad nuestra vivienda?
--El amigo Jiménez, como se halla en vísperas de casarse, ambiciona ya
una _petite ménagère_--dijo doña Carmen sonriendo; y añadió en seguida
poniéndose seria:--¿Qué sería de ustedes?... Pues lo pasarían a las mil
maravillas, porque los hombres cosen, y planchan, y bordan, y guisan, y
limpian, y lavan mejor que las mujeres. No hay oficio de los
encomendados ordinariamente a la mujer que el hombre no llegue a poseer
con mayor perfección. Hasta en la confección de los mismos trajes
femeninos nos aventajan. Ya saben ustedes que las grandes modistas de
París no son _modistas_, sino _modistos_.
Pareja soltó una estridente y pedagógica carcajada.
--No cabe duda; nuestra insigne poetisa odia a su propio sexo, y no le
encomienda otro empleo que el de la perpetuidad de la especie.
--Pues sí cabe duda, amigo Pareja--replicó doña Carmen un poco picada--.
Su profunda intuición en este caso ha hecho quiebra. No sólo amo a mi
sexo, sino que su suerte futura es mi constante preocupación desde que
he renunciado a la literatura.
--Pero si no sirve para nada, ¿qué quiere usted que hagan los hombres
con ese sexo más que perpetuar la especie?
--Yo no he dicho que no sirviese para nada.
--No tiene aptitud para las ciencias, para la literatura y las artes; no
la tiene tampoco para la industria, ni aun para los menesteres de la
casa: ¿qué clase de tarea quiere usted encomendar a la mujer?
--Una sola, pero muy importante.
--¿Cuál?
--La política.
Don Sinibaldo dió un salto en su butaca. Pareja abrió los brazos como un
derviche de la India, y yo no pude menos de dar muestras de sobresalto.
Tan sólo Raimunda permaneció inmóvil y en estado de perfecta calma.
--No se asusten ustedes... ¿Qué es la política en el fondo? El arte de
relacionarse los hombres unos con otros sin perjudicarse. Pues yo
sostengo que este arte lo conoce la mujer por intuición mejor que el
hombre.
--¡Oh, Carmita!--exclamó don Sinibaldo--, me es imposible suponer que
habla usted en serio. La mujer, por su naturaleza, por la historia del
género humano, por las palabras de las Santas Escrituras, por la opinión
de los Santos Padres y la de los grandes filósofos que la Humanidad
respeta, es un ser subordinado, se halla destinado a obedecer, y no a
mandar.
--Pues yo creo todo lo contrario, que es el hombre quien está destinado
a obedecer... Y de hecho así sucede en cuanto ustedes dejan de ser
bárbaros. Esta ley natural convengo en que se ha contrariado hasta ahora
casi sistemáticamente, pero es una ley, y así que se apartan los
obstáculos que se oponen a su libre funcionamiento, se pone en marcha de
nuevo.
--No se ofenderá usted, Carmita, si le digo que San Juan Damasceno
afirma que «la mujer es una mula traidora, una horrible tenia que busca
su guarida en el corazón del hombre».
--A mí no me ofenden las citas, me aburren.
--Y de que San Juan Crisólogo la llame fuente del mal, autor del pecado,
piedra del sepulcro, puerta del infierno..., y San Gregorio el Magno la
niegue el sentido del bien.
--Tampoco.
--Platón, el divino Platón, tiene tan en poco el sexo femenino que
trueca en mujer en la otra vida al hombre que haya pecado en ésta.
--Platón ha dicho cosas muy sublimes, pero ha dicho también enormes
tonterías. Que me diga el amigo Pareja, gran autoridad en la materia,
qué concepto tiene formado de la sociología de Platón.
El ilustre Pareja se esponjó y arqueó el espinazo como un gato a quien
se acaricia.
--Señora, la sociología de Platón se halla perfectamente desacreditada
entre los sabios. Su concepto del Estado, que es el mismo de toda la
antigüedad, no resiste al más somero análisis...
--Dejemos a Platón--interrumpió doña Carmen, sin permitirle comenzar su
análisis, por si no era tan somero como anunciaba--. Hablemos de los
Santos Padres, a quienes respeto más en estos asuntos de moral... Para
mí es absolutamente seguro que los Santos Padres, al hablar en términos
tan duros y despreciativos de la mujer, sólo se referían a las mujeres
que la depravada sociedad griega y romana ofrecían a su vista. Si
hablasen en un sentido general, si sus dardos acerados fuesen
directamente al corazón del sexo femenino, a la mitad del género humano,
se pondrían en abierta contradicción con el pensamiento y la doctrina
del divino fundador del Cristianismo. En el Evangelio la mujer es
perdonada, es respetada, es iniciada en los misterios de la religión,
sigue a Jesús como los hombres en sus peregrinaciones, escucha sus
palabras y las propaga. Muerto Jesús, ella es la que se encarga de
revelar su gloriosa resurrección. Después..., después..., cuando llega
el momento de confesar su fe ante los verdugos, a pesar de su naturaleza
frágil y sensible, sufre crueles martirios con idéntico valor que los
hombres, y sabe morir como ellos. ¿Es posible que los Santos Padres,
teniendo en la memoria a las santas María Magdalena y Verónica, a Santa
Olimpia, a Santa Paula, a Santa Mónica y a tantas otras sublimes
mujeres, hablasen de nuestro sexo con tanta ira? La Iglesia católica no
distingue entre santos y santas, y en sus oficios celebra con igual
veneración el día de una humilde doncella que el de un sabio doctor. Y,
por fin, mi querido amigo la Puente, no olvide usted que por encima de
todos los santos la Iglesia ha colocado una mujer.
--¡Sí, ya sabemos que el Catolicismo tiene una diosa!--exclamó Pareja en
un tono burlón, que contrajo fuertemente el rostro de don Sinibaldo.
--Una diosa, no--repuso doña Carmen--. Eso queda para la gentilidad.
Dios es algo incomprensible e inefable que se halla a infinita distancia
de la separación de los sexos. Pero lo que la humana inteligencia puede
concebir de más puro y de más excelente después de Dios, está encarnado
en la Virgen María, esto es, en una mujer.
--Considere usted, Carmita, que Dios ha hecho a la mujer más débil de
cuerpo, y también de inteligencia, indicándole con esto su papel
subordinado.
--Dios no la ha hecho más débil ni de cuerpo ni de alma; han sido
ustedes.
--¡Nosotros!--exclamó don Sinibaldo, en el colmo de la estupefacción.
--¡Sí, ustedes!... Dirija usted una mirada al mundo de la animalidad,
del cual, según se afirma, proceden, los seres humanos, cosa que yo no
discuto ahora. Si la subordinación de la hembra al macho fuese una ley
universal y esencial a la separación de los sexos, en este mundo
debiéramos encontrarla. Nada de eso acontece. En un gran número de
especies animales la hembra es superior al macho por el tamaño y por la
fuerza, en otras es igual, en otras inferior, pero en ninguna el macho
considera a la hembra como subordinada, sino que viven en un estado de
perfecta igualdad. Las hembras no son oprimidas y maltratadas
sistemáticamente; al contrario, los machos las ayudan, las protegen
cuando necesitan protección, las respetan, las miman y las seducen, no
por la fuerza, sino por la estética.
--Sin embargo, considere usted, mi buena amiga--manifestó el señor de la
Puente--, que apenas aparece en la tierra la Humanidad, se inicia esta
subordinación.
--Tampoco es exacto. Tratándose de tiempos prehistóricos, necesitamos
atenernos a las conjeturas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo
animal podemos conjeturar que en la Humanidad primitiva, tan próxima a
él, debiera pasar algo semejante. La mujer primitiva, por la agilidad y
por la fuerza no debiera ceder mucho al hombre.
--Y, entonces, ¿cómo explica usted su inferioridad actual?
--No es otra cosa que una consecuencia de la guerra. Mientras los
hombres vivieron en paz...
--Pero ¿cree usted, señora, que los hombres vivieron alguna vez en
paz?--pregunté yo.
--Sí que lo creo. Para mí ha existido en la historia del género humano
un largo período de inocencia y de paz. Las tradiciones de todos los
pueblos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras así nos lo
asegura. El hombre ha comenzado por ser fructífero, y los animales
fructíferos no se pelean. Además, si, como la ciencia antropológica
afirma, la _ontogenia_ no es otra cosa que un resumen de la
_philogenia_, el género humano debió de haber atravesado un largo
período de infancia.
--¡Bravo!, ¡bravo!--gritó Pareja batiendo las palmas--. Me siento
inundado de gozo al ver que nuestra ilustre amiga, a la par que a las
musas, rinde culto a la ciencia contemporánea. Permítame, sin embargo,
hacerle observar que el período de infancia es un período de
iniciación, y, por tanto, deficiente e incompleto.
--¡Quién sabe!, ¡quién sabe!--murmuró la poetisa con melancolía--. Por
lo pronto, fisiológicamente, el niño está más alejado del animal que el
hombre.
--De todos modos, mi querida amiga, es un hecho demostrado que en los
_clans_ más rudimentarios, aquellos que se han hallado en la Australia y
en la Paupasia, los cuales lindan estrechamente con la animalidad, y que
por su posición aislada no han debido ser alterados por otras
influencias, la condición de la mujer es subordinada, y aun puede
decirse horriblemente subordinada.
--¡Los _clans_ de la Australia y la Paupasia! Y ¿quién es capaz de
demostrar que ése es el comienzo del género humano? Como usted sabe
mejor que yo, todo en este mundo evoluciona o cambia, para bien o para
mal, espontáneamente, por virtud de una fuerza interior y automotora.
Esos _clans_ pueden muy bien no ser los tipos primitivos de la sociedad
humana, pueden haber degenerado y ser más bien residuos o excrecencias,
tipos rezagados, y no primitivos. Si la teoría de usted fuese exacta,
como quiera que en la mayor parte de las islas del Pacífico hemos
hallado la antropofagia, debemos deducir lógicamente que el hombre ha
empezado siempre por ser antropófago, lo cual es una monstruosidad que a
nadie se le ocurre sostener.
--Tiene usted razón, señora--manifesté yo--; la Geografía y la Historia
proporcionan armas para todas las causas. Los negros del Africa
meridional maltratan a las mujeres, las convierten en bestias de carga.
La condición de la mujer allí es horrible. Los negros del Africa
septentrional, los etiópicos, muy superiores a ellos como raza, respetan
y consideran de tal modo a la mujer, se le otorga allí tales
privilegios, que a las más ardientes de nuestras feministas les
parecerían excesivos. No sólo disponen de su persona y de sus bienes
libremente, sino que no están obligadas a contribuir al sostenimiento de
la familia en el matrimonio. Son, por tanto, más ricas que los hombres.
En tiempo de guerra son intangibles, circulan por el campo de batalla y
por los pueblos enemigos sin que nadie ose poner la mano sobre ellas.
En Madagascar, una isla también como esas que cita el amigo Pareja, los
franceses, al conquistarla, hallaron que en el código malgache el
adulterio del hombre se castigaba con ocho meses de prisión; el de la
mujer, con cuatro.
--Tanto es cierto lo que usted dice, amigo Jiménez--observó doña
Carmen--, que no hace muchos días leía yo que los exploradores que
descubrieron en el siglo pasado los archipiélagos de la Polinesia, se
encontraron allí con seres humanos que vivían todavía en la edad de la
piedra pulimentada. Pues bien, en estas sociedades rudimentarias la
mujer era igual al hombre. Existía allí un feudalismo grosero, pero la
mujer ejercía el poder lo mismo que el hombre. Según los relatos de los
viajeros, cuando una de estas señoras se presentaba, los hombres se
ponían en cuatro patas..., lo mismo que hacen ustedes ahora cuando ven
al ministro de Fomento.
--¡Señora, yo no me pongo en cuatro patas cuando veo al ministro de
Fomento!
--Bueno; quien dice usted, dice el señor Pareja.
--¡Oh, doña Carmen; bien se conoce que ha nacido usted en
Málaga!--exclamó Pareja.
--¿Qué?... ¿No se pone usted, así? Pues adelantará poco en su carrera.
--¿De modo que el amigo Jiménez no cree en la Geografía, ni en la
Historia, ni en la Etnografía?--manifestó el sabio antropólogo echándose
atrás en la silla y dirigiéndome una mirada entre arrogante y compasiva.
--No siempre.
--Pues yo le aseguro que todas esas bellas cosas en que él cree, virtud,
trabajo, valor, inteligencia, amor, no son, en el fondo, más que
cuestión de longitud y latitud.
--Permítame mi ilustre amigo que lo dude. En todas las longitudes y
latitudes se encuentran los mismos vicios y las mismas virtudes. Los
árabes, hombres del Mediodía, fueron obreros activos, industriales
inteligentísimos; los rusos, hombres del Norte, han sido hasta ahora
perezosos y rudos. Los romanos fueron los guerreros y legisladores del
mundo viviendo en un país cálido; los chinos son dulces y tímidos y
obedientes en un país frío... Pero dejemos estos asuntos, porque me
interesa saber cómo doña Carmen explica que los hombres hayamos hecho a
la mujer más débil de cuerpo y de inteligencia...
--Perdone usted, Jiménez; yo no he dicho que fuese más débil de
inteligencia. La inteligencia de la mujer, aun actualmente, es distinta,
pero no inferior a la del hombre. Su inferioridad física depende de que
los hombres han vivido en perpetua guerra desde hace muchos miles de
años, mientras la mujer se mantuvo apartada de la lucha; no porque la
mujer no fuese apta para ella...
--¿Opina usted que la mujer es apta para la guerra?
--Mucho más apta que el hombre; tanto, que si las guerras no se
suprimiesen, a ellas debieran encomendarse. Pero se suprimirán, porque
la mujer quiere que se supriman, y no ejerceremos otro oficio militar
que el de la seguridad y el orden público.
Los ojos de don Sinibaldo se abrieron desmesuradamente.
--¡Oh, querida amiga! Usted delira.
--No delira, no--exclamó Pareja riendo--; es que doña Carmen se acuerda
esta tarde más que nunca de aquella región feliz donde florecen los
limoneros.
--Hablo completamente en serio. Aun en la actualidad, al cabo de miles
de años de vida sedentaria, que ha producido nuestra evidente
inferioridad física, si ustedes toman mil niñas de cuatro o cinco años,
si las fortifican con una gimnasia adecuada, si las obligan a sufrir los
rigores de la intemperie, el frío, el calor, el hambre, la sed, las
marchas forzadas, a escalar las montañas y a atravesar los ríos a nado,
si las adiestran ustedes en todos los ejercicios militares, cuando
lleguen a los veinticinco años habrán ustedes obtenido un batallón tan
fuerte y tan ligero como si estuviese formado de hombres, y desde luego
mucho más intrépido.
--¿La mujer es más valiente que el hombre?
--¡Muchísimo más! La mujer es valiente por naturaleza: ustedes lo son
por vanidad. La mujer es valiente a tiempo: ustedes lo son a destiempo.
Cuando se trata de salvar su hogar, de defender a sus hijos y a sus
ancianos padres, cuando corre peligro la independencia de la Patria, las
mujeres luchan con denuedo y mueren con la sonrisa en los labios, sin
esperar condecoraciones y galones ni sueltos en los periódicos. Ahí
están las mujeres de Zaragoza y Gerona para probarlo. Aun en el día
existen ejemplos notables de amazonismo. No ignorarán ustedes que en el
Dahomey el nervio de su ejército lo componen dos cuerpos de amazonas.
Cuantos viajeros y misioneros los han visto aseguran que no es posible
llevar más alto el espíritu militar, esto es, la disciplina ciega, la
fuerza, la agilidad, el valor intrépido. No hay quien no les reconozca
ventaja sobre el ejército masculino: y estas mujeres se hallan tan
persuadidas de su superioridad, que si en medio del combate alguna de
ellas flaquea, las otras le gritan con desprecio: «¡Quita allá, que no
vales más que un hombre!»
--¡Carambita; cuán dulces esposas harán esas señoras!--exclamó don
Sinibaldo.
--¡Ahí está el toque de todo!--respondió doña Carmen dejando escapar un
suspiro--. A esas mujeres les está prohibido el matrimonio mientras no
queden inútiles para el servicio militar. La maternidad es nuestra dicha
y nuestro tormento, nuestra emancipación y nuestra cadena. La hembra del
animal sólo por algunos días prodiga cuidados a sus hijuelos, que pronto
se pueden valer por sí mismos. La infancia del hombre se prolonga
bastantes años, y en esta prolongación de la infancia ven algunos
filósofos el origen causal de la familia, y, por consecuencia, de toda
sociedad humana y de la civilización. Pero esta prolongación ha
ocasionado la subordinación física de la mujer, y después la
subordinación moral. Para que el hombre existiese, fué necesario que la
mujer abandonase la caza y la guerra y se hiciese sedentaria y casera.
Perdió sus aptitudes guerreras, y cayó en la esclavitud. ¡Oh, qué
historia tan triste la historia de la mujer! ¡Cuánto dolor, cuánta
lágrima, cuánta infame depravación! Es un largo martirologio que ha
durado miles de años y que aún no ha concluído. Somos madres antes que
nada, y los hombres se han aprovechado cobardemente de nuestro amor
maternal para hacernos descender a la categoría de animal doméstico.
Pero esta monstruosa villanía no ha quedado sin castigo. Las mujeres han
derramado muchas lágrimas, pero los hombres también las derraman por
ellas. Los dolores más agudos de vuestra alma la mujer es quien los
causa, los dolores sin nombre, las noches de insomnio, la agonía que
lleva a la sien el cañón de una pistola. El alma femenina, desconocida,
ultrajada, se venga de vosotros. ¡Pagad, cobardes, pagad nuestras
lágrimas, pagad nuestra esclavitud!...
La voz de doña Carmen vibraba con indignación: sus pálidas mejillas se
tiñeron de carmín.
--No es constante, mi ilustre amiga, la esclavitud de la
mujer--manifestó Pareja, sin duda para calmarla--. La noble raza
berebere, la que primero pobló las costas del Mediterráneo, hasta que no
sufrió la influencia del Islamismo, se mostró siempre extremadamente
respetuosa con la mujer. Y en el antiguo Egipto, la más grande
civilización que conocemos, cuna de todas las otras mediterráneas, el
predominio de la mujer ha sido evidente.
--¡Oh noble pueblo, maestro de todos los otros! Sí, ya sé que durante
miles de años la mujer fué venerada a las orillas del Nilo como el ser
más próximo a la divinidad. Los hombres buscaban en ella la inspiración,
el honor, la felicidad de su vida. Su alma era respetada desde la
infancia, y nadie osaba tocar a su independencia. «Ama a tu
mujer--repetían sin cesar los padres y los maestros--, aliméntala,
adórnala, perfúmala, hazla feliz durante toda tu vida: es un tesoro que
debe ser digno de su poseedor.» ¡Cuán infieles han sido sus discípulos
los griegos, y sobre todo los romanos, a estas nobles enseñanzas!
--Los romanos, mi buena amiga--manifestó el señor de la Puente--, han
sido los fundadores de todo el derecho. Nadie hasta ahora ha superado,
ni aun igualado, a sus jurisconsultos...
--¿Sabe usted lo que le digo, amigo la Puente?--profirió con vehemencia
la Salazar--. ¡Que no me hable usted de esos bandidos! Han sido el
pueblo más frío, más sistemáticamente brutal que se registra en la
Historia. ¡Los detesto! Ellos son los que impusieron a la Europa ese
negro fantasma que se llama _pater familias_, ese odioso tirano que
absorbe en sí todos los poderes, que dispone de la suerte y de la vida
de sus hijos, que mantiene a la mujer en degradante tutela.
--Degradante, no, Carmita; necesaria, ¡absolutamente necesaria! La mujer
salía de la _manus_ del padre y entraba in _manu_ de su marido y,
gracias a ello, se hallaba constantemente protegida. La mujer, por su
naturaleza, no es apta, como el hombre, para dirigir las relaciones
exteriores de la familia, para sostener sus derechos cuando son
vulnerados. ¿Cómo quiere usted que una mujer desenrede la madeja de un
pleito? ¿Cómo quiere usted que se presente sola ante los tribunales?
--¡Ya lo creo que quiero! Quiero que la mujer sea quien únicamente se
presente en los tribunales, que éstos se hallen formados exclusivamente
por mujeres, que sean mujeres los abogados y procuradores..., y quiero
que, mientras tanto, se queden ustedes en casa, sin meterse en cosas que
no les incumben.
III
Esta bomba explosiva no produjo todos los efectos desastrosos que eran
de esperar por la entrada súbita de dos caballeros. El uno era Felipe,
hijo de la poetisa, hombre que frisaba en los cuarenta años, corpulento
al tenor de su esposa, de fisonomía franca y jovial, un poco torpe en
sus movimientos, como si se hubiese criado en el campo, y no muy
esmerado en el aliño de su persona. Pasaba por arquitecto distinguido,
ganaba mucho dinero y respetaba de tal modo a su madre que apenas se
atrevía a emitir una opinión en su presencia.
El otro era su amigo íntimo Roberto Medina, conde de Sobeyana, que
contaba algunos más años que él, disimulados con maravilloso arte. Alto,
delgado, de noble porte y desenvueltos modales, vistiendo con refinada
pulcritud, era el reverso aparente de su amigo, y quizás por esta
oposición se mantenía firme su amistad. Antiguo diplomático, hombre de
mundo, de palabra irónica y temperamento disimulado, procurando siempre
hacerse agradable, y consiguiéndolo sólo a medias.
Doña Carmen le recibió con afectada cortesía, no con la franqueza
cariñosa que usaba con sus amigos predilectos. Se sentaron formando
círculo con nosotros, y observé que el conde maniobró hábilmente para
colocarse al lado de Raimunda.
--La insigne poetisa--manifestó Pareja así que hubieron cesado los
saludos--acaba de estremecernos con una de sus habituales e ingeniosas
paradojas. Decía que los tribunales de justicia debieran hallarse
formados exclusivamente por mujeres. Escuchemos su explicación, que
seguramente nos sorprenderá y nos encantará, como todo lo que sale de
sus labios.
--No trato de asustar ni sorprender a nadie, querido amigo. Estoy
persuadida de que eso que usted califica de paradoja, en el transcurso
del tiempo será un hecho, porque debe serlo. El espíritu de justicia le
ha sido otorgado por el Cielo a la mujer con mayor abundancia que al
hombre: la práctica de la justicia en este mundo a ella debe ser
encomendada. Un jurado compuesto de mujeres sería siempre más
clarividente que si lo fuese de hombres, porque el alma femenina,
inspirada por el soberano Espíritu de Sabiduría, sabe penetrar más
profundamente en los abismos de la conciencia, y distingue con mayor
claridad en ella lo responsable de lo irresponsable. ¡Oh!, si nosotras
juzgásemos, ¡cuántos hombres y mujeres que gimen en las cárceles
andarían sueltos por la calle! ¡Cuántos que andan sueltos por la calle
gemirían en las cárceles!
--Desde luego--profirió el conde sonriendo irónicamente--. Si ustedes
juzgasen, ya se sabe, no quedaría un seductor por la calle.
--Es posible--respondió doña Carmen mirándole fijamente.
Luego, quedando un instante pensativa, añadió:
--Este verano, en la aldea de Asturias donde acostumbro a pasar los
calores, una pobre mujer que yacía en la miseria, desesperada oyendo a
sus hijos pedirle pan, hace saltar la cerradura de una casa, y, en la
ausencia de sus dueños, hurta un pan y algunas viandas. Pues bien,
acabo de saber que esta mujer ha sido condenada a tres años de presidio.
Este verano también se habrán ustedes enterado de que un hombre tenía
secuestrada a su mujer y a sus hijos desde hacía algunos años, que les
obligaba a vivir en una atmósfera mefítica, y que, entregado al juego y
a la crápula, descargaba el mal humor que le causaban sus reveses o sus
hastíos sobre la infeliz esposa, atormentándola refinadamente con las
más extrañas y crueles torturas, arrojando sobre ella cubos de agua fría
en las noches de invierno, obligándola a dormir sobre los ladrillos del
pavimento, privándola de alimento durante días enteros, etc., etc. Pues
bien, acabo de saber, igualmente, que este hombre ha sido condenado a
unos meses de prisión. ¿Son éstas justicias de Dios? No; son justicias
de los hombres; mejor dicho, son justicias del diablo.
--Es deplorable, en efecto--respondió el señor de la Puente--, que sobre
esa infeliz mujer haya caído todo el peso de la ley, pero era forzoso
que así acaeciese. Se trataba de un robo con fractura, se trataba de un
allanamiento de morada. ¿Dónde iríamos a parar si la sociedad no
castigase esta clase de crímenes?
--¿Crímenes?... Yo no conozco más que un crimen en este mundo... ¡La
crueldad!
--Pero la justicia, Carmita...