--Pero, en fin--dije yo, volviendo a la carga--, si la mujer no tiene

capacidad para las artes bellas, la tiene muy grande para las artes

útiles. Esas labores tan necesarias en las casas, el arreglo y la

comodidad del nido, a ella está encomendado. ¿Qué sería de nosotros si

las mujeres no se encargasen de coser, de planchar, de bordar nuestra

ropa, de mantener en orden y dignidad nuestra vivienda?

--El amigo Jiménez, como se halla en vísperas de casarse, ambiciona ya

una _petite ménagère_--dijo doña Carmen sonriendo; y añadió en seguida

poniéndose seria:--¿Qué sería de ustedes?... Pues lo pasarían a las mil

maravillas, porque los hombres cosen, y planchan, y bordan, y guisan, y

limpian, y lavan mejor que las mujeres. No hay oficio de los

encomendados ordinariamente a la mujer que el hombre no llegue a poseer

con mayor perfección. Hasta en la confección de los mismos trajes

femeninos nos aventajan. Ya saben ustedes que las grandes modistas de

París no son _modistas_, sino _modistos_.

Pareja soltó una estridente y pedagógica carcajada.

--No cabe duda; nuestra insigne poetisa odia a su propio sexo, y no le

encomienda otro empleo que el de la perpetuidad de la especie.

--Pues sí cabe duda, amigo Pareja--replicó doña Carmen un poco picada--.

Su profunda intuición en este caso ha hecho quiebra. No sólo amo a mi

sexo, sino que su suerte futura es mi constante preocupación desde que

he renunciado a la literatura.

--Pero si no sirve para nada, ¿qué quiere usted que hagan los hombres

con ese sexo más que perpetuar la especie?

--Yo no he dicho que no sirviese para nada.

--No tiene aptitud para las ciencias, para la literatura y las artes; no

la tiene tampoco para la industria, ni aun para los menesteres de la

casa: ¿qué clase de tarea quiere usted encomendar a la mujer?

--Una sola, pero muy importante.

--¿Cuál?

--La política.

Don Sinibaldo dió un salto en su butaca. Pareja abrió los brazos como un

derviche de la India, y yo no pude menos de dar muestras de sobresalto.

Tan sólo Raimunda permaneció inmóvil y en estado de perfecta calma.

--No se asusten ustedes... ¿Qué es la política en el fondo? El arte de

relacionarse los hombres unos con otros sin perjudicarse. Pues yo

sostengo que este arte lo conoce la mujer por intuición mejor que el

hombre.

--¡Oh, Carmita!--exclamó don Sinibaldo--, me es imposible suponer que

habla usted en serio. La mujer, por su naturaleza, por la historia del

género humano, por las palabras de las Santas Escrituras, por la opinión

de los Santos Padres y la de los grandes filósofos que la Humanidad

respeta, es un ser subordinado, se halla destinado a obedecer, y no a

mandar.

--Pues yo creo todo lo contrario, que es el hombre quien está destinado

a obedecer... Y de hecho así sucede en cuanto ustedes dejan de ser

bárbaros. Esta ley natural convengo en que se ha contrariado hasta ahora

casi sistemáticamente, pero es una ley, y así que se apartan los

obstáculos que se oponen a su libre funcionamiento, se pone en marcha de

nuevo.

--No se ofenderá usted, Carmita, si le digo que San Juan Damasceno

afirma que «la mujer es una mula traidora, una horrible tenia que busca

su guarida en el corazón del hombre».

--A mí no me ofenden las citas, me aburren.

--Y de que San Juan Crisólogo la llame fuente del mal, autor del pecado,

piedra del sepulcro, puerta del infierno..., y San Gregorio el Magno la

niegue el sentido del bien.

--Tampoco.

--Platón, el divino Platón, tiene tan en poco el sexo femenino que

trueca en mujer en la otra vida al hombre que haya pecado en ésta.

--Platón ha dicho cosas muy sublimes, pero ha dicho también enormes

tonterías. Que me diga el amigo Pareja, gran autoridad en la materia,

qué concepto tiene formado de la sociología de Platón.

El ilustre Pareja se esponjó y arqueó el espinazo como un gato a quien

se acaricia.

--Señora, la sociología de Platón se halla perfectamente desacreditada

entre los sabios. Su concepto del Estado, que es el mismo de toda la

antigüedad, no resiste al más somero análisis...

--Dejemos a Platón--interrumpió doña Carmen, sin permitirle comenzar su

análisis, por si no era tan somero como anunciaba--. Hablemos de los

Santos Padres, a quienes respeto más en estos asuntos de moral... Para

mí es absolutamente seguro que los Santos Padres, al hablar en términos

tan duros y despreciativos de la mujer, sólo se referían a las mujeres

que la depravada sociedad griega y romana ofrecían a su vista. Si

hablasen en un sentido general, si sus dardos acerados fuesen

directamente al corazón del sexo femenino, a la mitad del género humano,

se pondrían en abierta contradicción con el pensamiento y la doctrina

del divino fundador del Cristianismo. En el Evangelio la mujer es

perdonada, es respetada, es iniciada en los misterios de la religión,

sigue a Jesús como los hombres en sus peregrinaciones, escucha sus

palabras y las propaga. Muerto Jesús, ella es la que se encarga de

revelar su gloriosa resurrección. Después..., después..., cuando llega

el momento de confesar su fe ante los verdugos, a pesar de su naturaleza

frágil y sensible, sufre crueles martirios con idéntico valor que los

hombres, y sabe morir como ellos. ¿Es posible que los Santos Padres,

teniendo en la memoria a las santas María Magdalena y Verónica, a Santa

Olimpia, a Santa Paula, a Santa Mónica y a tantas otras sublimes

mujeres, hablasen de nuestro sexo con tanta ira? La Iglesia católica no

distingue entre santos y santas, y en sus oficios celebra con igual

veneración el día de una humilde doncella que el de un sabio doctor. Y,

por fin, mi querido amigo la Puente, no olvide usted que por encima de

todos los santos la Iglesia ha colocado una mujer.

--¡Sí, ya sabemos que el Catolicismo tiene una diosa!--exclamó Pareja en

un tono burlón, que contrajo fuertemente el rostro de don Sinibaldo.

--Una diosa, no--repuso doña Carmen--. Eso queda para la gentilidad.

Dios es algo incomprensible e inefable que se halla a infinita distancia

de la separación de los sexos. Pero lo que la humana inteligencia puede

concebir de más puro y de más excelente después de Dios, está encarnado

en la Virgen María, esto es, en una mujer.

--Considere usted, Carmita, que Dios ha hecho a la mujer más débil de

cuerpo, y también de inteligencia, indicándole con esto su papel

subordinado.

--Dios no la ha hecho más débil ni de cuerpo ni de alma; han sido

ustedes.

--¡Nosotros!--exclamó don Sinibaldo, en el colmo de la estupefacción.

--¡Sí, ustedes!... Dirija usted una mirada al mundo de la animalidad,

del cual, según se afirma, proceden, los seres humanos, cosa que yo no

discuto ahora. Si la subordinación de la hembra al macho fuese una ley

universal y esencial a la separación de los sexos, en este mundo

debiéramos encontrarla. Nada de eso acontece. En un gran número de

especies animales la hembra es superior al macho por el tamaño y por la

fuerza, en otras es igual, en otras inferior, pero en ninguna el macho

considera a la hembra como subordinada, sino que viven en un estado de

perfecta igualdad. Las hembras no son oprimidas y maltratadas

sistemáticamente; al contrario, los machos las ayudan, las protegen

cuando necesitan protección, las respetan, las miman y las seducen, no

por la fuerza, sino por la estética.

--Sin embargo, considere usted, mi buena amiga--manifestó el señor de la

Puente--, que apenas aparece en la tierra la Humanidad, se inicia esta

subordinación.

--Tampoco es exacto. Tratándose de tiempos prehistóricos, necesitamos

atenernos a las conjeturas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo

animal podemos conjeturar que en la Humanidad primitiva, tan próxima a

él, debiera pasar algo semejante. La mujer primitiva, por la agilidad y

por la fuerza no debiera ceder mucho al hombre.

--Y, entonces, ¿cómo explica usted su inferioridad actual?

--No es otra cosa que una consecuencia de la guerra. Mientras los

hombres vivieron en paz...

--Pero ¿cree usted, señora, que los hombres vivieron alguna vez en

paz?--pregunté yo.

--Sí que lo creo. Para mí ha existido en la historia del género humano

un largo período de inocencia y de paz. Las tradiciones de todos los

pueblos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras así nos lo

asegura. El hombre ha comenzado por ser fructífero, y los animales

fructíferos no se pelean. Además, si, como la ciencia antropológica

afirma, la _ontogenia_ no es otra cosa que un resumen de la

_philogenia_, el género humano debió de haber atravesado un largo

período de infancia.

--¡Bravo!, ¡bravo!--gritó Pareja batiendo las palmas--. Me siento

inundado de gozo al ver que nuestra ilustre amiga, a la par que a las

musas, rinde culto a la ciencia contemporánea. Permítame, sin embargo,

hacerle observar que el período de infancia es un período de

iniciación, y, por tanto, deficiente e incompleto.

--¡Quién sabe!, ¡quién sabe!--murmuró la poetisa con melancolía--. Por

lo pronto, fisiológicamente, el niño está más alejado del animal que el

hombre.

--De todos modos, mi querida amiga, es un hecho demostrado que en los

_clans_ más rudimentarios, aquellos que se han hallado en la Australia y

en la Paupasia, los cuales lindan estrechamente con la animalidad, y que

por su posición aislada no han debido ser alterados por otras

influencias, la condición de la mujer es subordinada, y aun puede

decirse horriblemente subordinada.

--¡Los _clans_ de la Australia y la Paupasia! Y ¿quién es capaz de

demostrar que ése es el comienzo del género humano? Como usted sabe

mejor que yo, todo en este mundo evoluciona o cambia, para bien o para

mal, espontáneamente, por virtud de una fuerza interior y automotora.

Esos _clans_ pueden muy bien no ser los tipos primitivos de la sociedad

humana, pueden haber degenerado y ser más bien residuos o excrecencias,

tipos rezagados, y no primitivos. Si la teoría de usted fuese exacta,

como quiera que en la mayor parte de las islas del Pacífico hemos

hallado la antropofagia, debemos deducir lógicamente que el hombre ha

empezado siempre por ser antropófago, lo cual es una monstruosidad que a

nadie se le ocurre sostener.

--Tiene usted razón, señora--manifesté yo--; la Geografía y la Historia

proporcionan armas para todas las causas. Los negros del Africa

meridional maltratan a las mujeres, las convierten en bestias de carga.

La condición de la mujer allí es horrible. Los negros del Africa

septentrional, los etiópicos, muy superiores a ellos como raza, respetan

y consideran de tal modo a la mujer, se le otorga allí tales

privilegios, que a las más ardientes de nuestras feministas les

parecerían excesivos. No sólo disponen de su persona y de sus bienes

libremente, sino que no están obligadas a contribuir al sostenimiento de

la familia en el matrimonio. Son, por tanto, más ricas que los hombres.

En tiempo de guerra son intangibles, circulan por el campo de batalla y

por los pueblos enemigos sin que nadie ose poner la mano sobre ellas.

En Madagascar, una isla también como esas que cita el amigo Pareja, los

franceses, al conquistarla, hallaron que en el código malgache el

adulterio del hombre se castigaba con ocho meses de prisión; el de la

mujer, con cuatro.

--Tanto es cierto lo que usted dice, amigo Jiménez--observó doña

Carmen--, que no hace muchos días leía yo que los exploradores que

descubrieron en el siglo pasado los archipiélagos de la Polinesia, se

encontraron allí con seres humanos que vivían todavía en la edad de la

piedra pulimentada. Pues bien, en estas sociedades rudimentarias la

mujer era igual al hombre. Existía allí un feudalismo grosero, pero la

mujer ejercía el poder lo mismo que el hombre. Según los relatos de los

viajeros, cuando una de estas señoras se presentaba, los hombres se

ponían en cuatro patas..., lo mismo que hacen ustedes ahora cuando ven

al ministro de Fomento.

--¡Señora, yo no me pongo en cuatro patas cuando veo al ministro de

Fomento!

--Bueno; quien dice usted, dice el señor Pareja.

--¡Oh, doña Carmen; bien se conoce que ha nacido usted en

Málaga!--exclamó Pareja.

--¿Qué?... ¿No se pone usted, así? Pues adelantará poco en su carrera.

--¿De modo que el amigo Jiménez no cree en la Geografía, ni en la

Historia, ni en la Etnografía?--manifestó el sabio antropólogo echándose

atrás en la silla y dirigiéndome una mirada entre arrogante y compasiva.

--No siempre.

--Pues yo le aseguro que todas esas bellas cosas en que él cree, virtud,

trabajo, valor, inteligencia, amor, no son, en el fondo, más que

cuestión de longitud y latitud.

--Permítame mi ilustre amigo que lo dude. En todas las longitudes y

latitudes se encuentran los mismos vicios y las mismas virtudes. Los

árabes, hombres del Mediodía, fueron obreros activos, industriales

inteligentísimos; los rusos, hombres del Norte, han sido hasta ahora

perezosos y rudos. Los romanos fueron los guerreros y legisladores del

mundo viviendo en un país cálido; los chinos son dulces y tímidos y

obedientes en un país frío... Pero dejemos estos asuntos, porque me

interesa saber cómo doña Carmen explica que los hombres hayamos hecho a

la mujer más débil de cuerpo y de inteligencia...

--Perdone usted, Jiménez; yo no he dicho que fuese más débil de

inteligencia. La inteligencia de la mujer, aun actualmente, es distinta,

pero no inferior a la del hombre. Su inferioridad física depende de que

los hombres han vivido en perpetua guerra desde hace muchos miles de

años, mientras la mujer se mantuvo apartada de la lucha; no porque la

mujer no fuese apta para ella...

--¿Opina usted que la mujer es apta para la guerra?

--Mucho más apta que el hombre; tanto, que si las guerras no se

suprimiesen, a ellas debieran encomendarse. Pero se suprimirán, porque

la mujer quiere que se supriman, y no ejerceremos otro oficio militar

que el de la seguridad y el orden público.

Los ojos de don Sinibaldo se abrieron desmesuradamente.

--¡Oh, querida amiga! Usted delira.

--No delira, no--exclamó Pareja riendo--; es que doña Carmen se acuerda

esta tarde más que nunca de aquella región feliz donde florecen los

limoneros.

--Hablo completamente en serio. Aun en la actualidad, al cabo de miles

de años de vida sedentaria, que ha producido nuestra evidente

inferioridad física, si ustedes toman mil niñas de cuatro o cinco años,

si las fortifican con una gimnasia adecuada, si las obligan a sufrir los

rigores de la intemperie, el frío, el calor, el hambre, la sed, las

marchas forzadas, a escalar las montañas y a atravesar los ríos a nado,

si las adiestran ustedes en todos los ejercicios militares, cuando

lleguen a los veinticinco años habrán ustedes obtenido un batallón tan

fuerte y tan ligero como si estuviese formado de hombres, y desde luego

mucho más intrépido.

--¿La mujer es más valiente que el hombre?

--¡Muchísimo más! La mujer es valiente por naturaleza: ustedes lo son

por vanidad. La mujer es valiente a tiempo: ustedes lo son a destiempo.

Cuando se trata de salvar su hogar, de defender a sus hijos y a sus

ancianos padres, cuando corre peligro la independencia de la Patria, las

mujeres luchan con denuedo y mueren con la sonrisa en los labios, sin

esperar condecoraciones y galones ni sueltos en los periódicos. Ahí

están las mujeres de Zaragoza y Gerona para probarlo. Aun en el día

existen ejemplos notables de amazonismo. No ignorarán ustedes que en el

Dahomey el nervio de su ejército lo componen dos cuerpos de amazonas.

Cuantos viajeros y misioneros los han visto aseguran que no es posible

llevar más alto el espíritu militar, esto es, la disciplina ciega, la

fuerza, la agilidad, el valor intrépido. No hay quien no les reconozca

ventaja sobre el ejército masculino: y estas mujeres se hallan tan

persuadidas de su superioridad, que si en medio del combate alguna de

ellas flaquea, las otras le gritan con desprecio: «¡Quita allá, que no

vales más que un hombre!»

--¡Carambita; cuán dulces esposas harán esas señoras!--exclamó don

Sinibaldo.

--¡Ahí está el toque de todo!--respondió doña Carmen dejando escapar un

suspiro--. A esas mujeres les está prohibido el matrimonio mientras no

queden inútiles para el servicio militar. La maternidad es nuestra dicha

y nuestro tormento, nuestra emancipación y nuestra cadena. La hembra del

animal sólo por algunos días prodiga cuidados a sus hijuelos, que pronto

se pueden valer por sí mismos. La infancia del hombre se prolonga

bastantes años, y en esta prolongación de la infancia ven algunos

filósofos el origen causal de la familia, y, por consecuencia, de toda

sociedad humana y de la civilización. Pero esta prolongación ha

ocasionado la subordinación física de la mujer, y después la

subordinación moral. Para que el hombre existiese, fué necesario que la

mujer abandonase la caza y la guerra y se hiciese sedentaria y casera.

Perdió sus aptitudes guerreras, y cayó en la esclavitud. ¡Oh, qué

historia tan triste la historia de la mujer! ¡Cuánto dolor, cuánta

lágrima, cuánta infame depravación! Es un largo martirologio que ha

durado miles de años y que aún no ha concluído. Somos madres antes que

nada, y los hombres se han aprovechado cobardemente de nuestro amor

maternal para hacernos descender a la categoría de animal doméstico.

Pero esta monstruosa villanía no ha quedado sin castigo. Las mujeres han

derramado muchas lágrimas, pero los hombres también las derraman por

ellas. Los dolores más agudos de vuestra alma la mujer es quien los

causa, los dolores sin nombre, las noches de insomnio, la agonía que

lleva a la sien el cañón de una pistola. El alma femenina, desconocida,

ultrajada, se venga de vosotros. ¡Pagad, cobardes, pagad nuestras

lágrimas, pagad nuestra esclavitud!...

La voz de doña Carmen vibraba con indignación: sus pálidas mejillas se

tiñeron de carmín.

--No es constante, mi ilustre amiga, la esclavitud de la

mujer--manifestó Pareja, sin duda para calmarla--. La noble raza

berebere, la que primero pobló las costas del Mediterráneo, hasta que no

sufrió la influencia del Islamismo, se mostró siempre extremadamente

respetuosa con la mujer. Y en el antiguo Egipto, la más grande

civilización que conocemos, cuna de todas las otras mediterráneas, el

predominio de la mujer ha sido evidente.

--¡Oh noble pueblo, maestro de todos los otros! Sí, ya sé que durante

miles de años la mujer fué venerada a las orillas del Nilo como el ser

más próximo a la divinidad. Los hombres buscaban en ella la inspiración,

el honor, la felicidad de su vida. Su alma era respetada desde la

infancia, y nadie osaba tocar a su independencia. «Ama a tu

mujer--repetían sin cesar los padres y los maestros--, aliméntala,

adórnala, perfúmala, hazla feliz durante toda tu vida: es un tesoro que

debe ser digno de su poseedor.» ¡Cuán infieles han sido sus discípulos

los griegos, y sobre todo los romanos, a estas nobles enseñanzas!

--Los romanos, mi buena amiga--manifestó el señor de la Puente--, han

sido los fundadores de todo el derecho. Nadie hasta ahora ha superado,

ni aun igualado, a sus jurisconsultos...

--¿Sabe usted lo que le digo, amigo la Puente?--profirió con vehemencia

la Salazar--. ¡Que no me hable usted de esos bandidos! Han sido el

pueblo más frío, más sistemáticamente brutal que se registra en la

Historia. ¡Los detesto! Ellos son los que impusieron a la Europa ese

negro fantasma que se llama _pater familias_, ese odioso tirano que

absorbe en sí todos los poderes, que dispone de la suerte y de la vida

de sus hijos, que mantiene a la mujer en degradante tutela.

--Degradante, no, Carmita; necesaria, ¡absolutamente necesaria! La mujer

salía de la _manus_ del padre y entraba in _manu_ de su marido y,

gracias a ello, se hallaba constantemente protegida. La mujer, por su

naturaleza, no es apta, como el hombre, para dirigir las relaciones

exteriores de la familia, para sostener sus derechos cuando son

vulnerados. ¿Cómo quiere usted que una mujer desenrede la madeja de un

pleito? ¿Cómo quiere usted que se presente sola ante los tribunales?

--¡Ya lo creo que quiero! Quiero que la mujer sea quien únicamente se

presente en los tribunales, que éstos se hallen formados exclusivamente

por mujeres, que sean mujeres los abogados y procuradores..., y quiero

que, mientras tanto, se queden ustedes en casa, sin meterse en cosas que

no les incumben.

III

Esta bomba explosiva no produjo todos los efectos desastrosos que eran

de esperar por la entrada súbita de dos caballeros. El uno era Felipe,

hijo de la poetisa, hombre que frisaba en los cuarenta años, corpulento

al tenor de su esposa, de fisonomía franca y jovial, un poco torpe en

sus movimientos, como si se hubiese criado en el campo, y no muy

esmerado en el aliño de su persona. Pasaba por arquitecto distinguido,

ganaba mucho dinero y respetaba de tal modo a su madre que apenas se

atrevía a emitir una opinión en su presencia.

El otro era su amigo íntimo Roberto Medina, conde de Sobeyana, que

contaba algunos más años que él, disimulados con maravilloso arte. Alto,

delgado, de noble porte y desenvueltos modales, vistiendo con refinada

pulcritud, era el reverso aparente de su amigo, y quizás por esta

oposición se mantenía firme su amistad. Antiguo diplomático, hombre de

mundo, de palabra irónica y temperamento disimulado, procurando siempre

hacerse agradable, y consiguiéndolo sólo a medias.

Doña Carmen le recibió con afectada cortesía, no con la franqueza

cariñosa que usaba con sus amigos predilectos. Se sentaron formando

círculo con nosotros, y observé que el conde maniobró hábilmente para

colocarse al lado de Raimunda.

--La insigne poetisa--manifestó Pareja así que hubieron cesado los

saludos--acaba de estremecernos con una de sus habituales e ingeniosas

paradojas. Decía que los tribunales de justicia debieran hallarse

formados exclusivamente por mujeres. Escuchemos su explicación, que

seguramente nos sorprenderá y nos encantará, como todo lo que sale de

sus labios.

--No trato de asustar ni sorprender a nadie, querido amigo. Estoy

persuadida de que eso que usted califica de paradoja, en el transcurso

del tiempo será un hecho, porque debe serlo. El espíritu de justicia le

ha sido otorgado por el Cielo a la mujer con mayor abundancia que al

hombre: la práctica de la justicia en este mundo a ella debe ser

encomendada. Un jurado compuesto de mujeres sería siempre más

clarividente que si lo fuese de hombres, porque el alma femenina,

inspirada por el soberano Espíritu de Sabiduría, sabe penetrar más

profundamente en los abismos de la conciencia, y distingue con mayor

claridad en ella lo responsable de lo irresponsable. ¡Oh!, si nosotras

juzgásemos, ¡cuántos hombres y mujeres que gimen en las cárceles

andarían sueltos por la calle! ¡Cuántos que andan sueltos por la calle

gemirían en las cárceles!

--Desde luego--profirió el conde sonriendo irónicamente--. Si ustedes

juzgasen, ya se sabe, no quedaría un seductor por la calle.

--Es posible--respondió doña Carmen mirándole fijamente.

Luego, quedando un instante pensativa, añadió:

--Este verano, en la aldea de Asturias donde acostumbro a pasar los

calores, una pobre mujer que yacía en la miseria, desesperada oyendo a

sus hijos pedirle pan, hace saltar la cerradura de una casa, y, en la

ausencia de sus dueños, hurta un pan y algunas viandas. Pues bien,

acabo de saber que esta mujer ha sido condenada a tres años de presidio.

Este verano también se habrán ustedes enterado de que un hombre tenía

secuestrada a su mujer y a sus hijos desde hacía algunos años, que les

obligaba a vivir en una atmósfera mefítica, y que, entregado al juego y

a la crápula, descargaba el mal humor que le causaban sus reveses o sus

hastíos sobre la infeliz esposa, atormentándola refinadamente con las

más extrañas y crueles torturas, arrojando sobre ella cubos de agua fría

en las noches de invierno, obligándola a dormir sobre los ladrillos del

pavimento, privándola de alimento durante días enteros, etc., etc. Pues

bien, acabo de saber, igualmente, que este hombre ha sido condenado a

unos meses de prisión. ¿Son éstas justicias de Dios? No; son justicias

de los hombres; mejor dicho, son justicias del diablo.

--Es deplorable, en efecto--respondió el señor de la Puente--, que sobre

esa infeliz mujer haya caído todo el peso de la ley, pero era forzoso

que así acaeciese. Se trataba de un robo con fractura, se trataba de un

allanamiento de morada. ¿Dónde iríamos a parar si la sociedad no

castigase esta clase de crímenes?

--¿Crímenes?... Yo no conozco más que un crimen en este mundo... ¡La

crueldad!

--Pero la justicia, Carmita...

Papeles del doctor Angélico · 第 18 / 23 段