que en sánscrito significa _brillante_, por ser la luz el atributo que
mejor les convenía en la imaginación de los poetas védicos. La reforma
de Zoroastro hizo empalidecer el brillo de estos dioses; aún más, los
obscureció por completo para dar paso a Ormuz, divinidad más pura y
espiritual. En el Zend-Avesta la palabra _dêva_ significa _espíritu
maligno_. Los sectarios de Zarathustra miraron con horror los dioses del
Rig-Veda. Pero llega al cabo la reforma del Budha, más profunda, más
serena, más piadosa, y los _dêvas_ ya no son dignos de horror, sino
seres legendarios, héroes fabulosos, a quienes se mira con tranquila
benevolencia, porque no son ya ni temidos ni adorados.
Tal acaeció a mi corazón. Alcé en la juventud ídolos brillantes, ante
los cuales me prosterné desfallecido de amor y entusiasmo. Luego, en la
edad madura, miré con horror y desprecio estos ídolos, porque mi
espíritu, depurado de la sensualidad juvenil, tendía a elevarse a
regiones más altas. Ahora llega ya la vejez, y, volviendo tranquilamente
la vista atrás, dejo de avergonzarme de aquellos _dêvas_ radiantes y
falaces de mi juventud. Un sentimiento de piedad hacia ellos invade mi
alma. Mis ojos, fatigados, se iluminan con una sonrisa, y después de
contemplarlos un instante sin amor y sin miedo, los guardo de nuevo en
el corazón como héroes legendarios de la aurora de mi vida.
* * * * *
Vivo contigo, y tus palabras, tus gestos, tus caprichos, tus caricias y
tus cóleras brotan tan espontáneas, que vivo en éxtasis profundo, como
si asistiese a la perpetua creación de un alma.
* * * * *
Hay una pequeña iglesia en el ensanche de Madrid adonde suelo encaminar
mis pasos cuando el sol declina. Es pequeña, recogida, solitaria. En el
fondo, una estrella de luces alumbra la Sagrada Hostia. Postrado de
rodillas, la adoro en silencio. Cerca de mí, a la tenue claridad,
distingo algunas figuras también postradas: una señora lujosamente
ataviada, un obrero, un caballero joven, otro anciano, una pobre mujer
del pueblo con su cesta delante. Son los de siempre. Suena una hora en
el reloj. Déjanse oir desde el coro las notas suaves de un pequeño
órgano, y una voz de timbre claro, dulcísimo, eleva una plegaria al
Señor. El anciano sacerdote, allá junto al altar, responde con voz
apagada. Un coro entona el himno del Sacramento. El sacerdote lo exhibe
con manos temblorosas. Suena la campanilla. Todo queda de nuevo en
silencio. Nos alzamos; salimos del templo cuando la noche ha cerrado ya,
y nos apartamos en distintas direcciones. La gran metrópoli nos traga.
No nos conocemos: apenas nos vemos. Sin embargo, seres desconocidos, a
la hora de mi muerte quisiera teneros al lado de mi lecho.
* * * * *
«En los viajes que he realizado--dice Confucio--no he hallado ningún
objeto precioso: la piedad y el amor de los padres ha sido lo único que
encontré de precioso.»
Yo he hallado además otra cosa preciosa. ¿Te acuerdas de aquel beso que
te robé mientras tapaba los ojos a tu hermanito?
* * * * *
La hostilidad, la envidia y hasta la aversión de los hombres,
manifestada en los pormenores más insignificantes de la vida, me han
causado mucha pena. El único pensamiento que pudo aliviarla es el de que
todos los hombres padecemos desde la cuna una enfermedad crónica, _la
enfermedad del yo_. En unos aparece con más gravedad que en otros, pero
a todos nos atormenta y amarga durante los cortos días de nuestra
existencia. Los pinchazos del envidioso son caprichos de enfermo que
debemos perdonar.
* * * * *
Mi fe, mi esperanza y mi caridad penden de un hilo bien delgado; pero si
Dios lo tiene, es bastante fuerte.
* * * * *
Como la aguja imantada señala al Polo Norte, así mi alma señala al bien.
Pero, ¡ay!, la proximidad de una insignificante raspadura de acero la
perturba y la hace cambiar de dirección.
* * * * *
Pasé por la vida pidiendo con afán la felicidad a cuantos tropezaba en
mi camino. Como ninguno podía dármela, me enfurecía, me desesperaba, los
llenaba de injurias.
A la única persona que pudiera hacerme ese favor la he dejado tranquila.
* * * * *
Ayer, pasando por delante de una tienda de estampas, vi en el escaparate
una que representaba a Jesús yacente sobre blanco sudario. A sus pies
estaban la corona de espinas y el cetro de caña.
Una mujer lujosamente ataviada, que, sin duda, quería representar a la
santa María Magdalena, se inclinaba sobre él y le daba un beso
apasionado en los labios.
Sentí un vivo estremecimiento de horror y de pena. Y vi como a la luz de
un relámpago que mi alma no podría jamás dejar de ser cristiana.
Entré en la iglesia más próxima, me hinqué delante de una imagen del
Dios-Hombre crucificado, y le dije con el corazón, más que con los
labios:
--Clavaron tus manos, Señor, clavaron tus pies; pero faltaba clavar tu
boca. Ya ves que también lo han hecho. Clavado a la cruz estás, y bien
clavado. Gracias, Señor. Tú guiaste mis pasos para que hoy te viese en
lo más profundo de tu abyección. Jamás te olvidaré ya. Ese beso maldito
clavó mi alma a la tuya para siempre.
* * * * *
Cuando pienso en utilitario, me digo: «Los amigos son como las ramas de
los árboles: en cuanto dan la más leve señal de sequía, hay que
apresurarse a podarlas para que salgan otras nuevas y mejores.»
Cuando pienso en cristiano, exclamo: «¡Tu hermano se hiela, tu hermano
está en peligro; corre a salvarlo; caliéntale a tu pecho, y acaso le
vuelvas a la vida!»
* * * * *
Alma mía, ya que no puedes otra cosa, pon la proa al bien, que Dios se
encargará de hinchar las velas.
* * * * *
La razón nos conduce hasta la puerta del santuario; la virtud da la
vuelta a la llave; el amor nos cierra dentro.
[imagen decorativa]
El gobierno de las mujeres
I
Si el domingo llueve, suelo pasar la tarde en el teatro, y si en los
teatros no se representa nada digno de verse, me encamino a casa de mi
vieja amiga doña Carmen Salazar, la famosa poetisa que todo el mundo
conoce.
Habita un principal amplio y confortable de la plaza de Oriente, en
compañía de su único hijo Felipe y de su nuera. No tiene nietos, y puede
creerse que ésta es la mayor desventura de su vida, porque adora a los
niños.
Nadie ignora en España que la Salazar (como se la llama siempre) ha
obtenido algunos triunfos en el teatro y que sus poesías líricas merecen
el aplauso de los doctos, que se aproxima a los ochenta años, y que hace
más de treinta que ha dejado de escribir. Pero sólo los amigos sabemos
que a pesar de su edad y de ciertas rarezas, por ella disculpables,
conserva lúcida su inteligencia, y que esta lucidez, en vez de mermar,
aumenta gracias a la meditación y al estudio, que su conversación es
amenísima, y nadie se aparta de ella sin haber aprendido algo.
Hice sonar la campanilla de la puerta y ladró un viejo perro de lanas
que siempre afectó no conocerme, aunque estuviese harto de verme por
aquella casa. Salió a abrirme una doméstica, reprimió con trabajo los
ímpetus de aquel perro farsante, que amenazaba arrojarse sin piedad
sobre mis piernas, y con sonrisa afable me introdujo sin anuncio en la
estancia de la señora. Era un gabinete espacioso con balcón a la plaza;
los muebles, antiguos, pero bien cuidados; librerías de caoba charolada,
butacas de cuero, una mesa en el centro, otra volante cerca del balcón,
arrimada a la cual leía doña Carmen.
Al sentir ruido, alzó la cabeza, dejó caer las gafas sobre la punta de
la nariz, y una sonrisa benévola dilató su rostro marchito.
--El amigo Jiménez no desmiente jamás su galantería--dijo tendiéndome su
mano; y añadió en seguida:--Es galantería que por recaer en una vieja
setentona traspasa lo bello y toca en lo sublime.
--¡Doña Carmen, por Dios!--respondí yo confundido--. Los seres
privilegiados como usted no tienen edad.
--Ni sexo, ¿verdad?
--Sexo, sí, y el sexo arroja sobre el privilegio del talento destellos
que le hacen aún más envidiable.
--Eso ya no es galantería. Veo que participa usted de la opinión
corriente. Las mujeres son seres destinados a no tener sentido común.
Cuando Dios les otorga un poco, hay que caer en éxtasis como delante de
una maravilla.
--No he querido expresar tal cosa. Para mí los espíritus tienen sexo
como los cuerpos. El talento en la mujer es más amable que en el hombre.
--¿Ama usted el talento femenino?
--Amo lo femenino en el talento.
Me había sentado frente a ella en otra butaca, y teníamos la mesa entre
los dos. Doña Carmen se despojó enteramente de sus gafas y me miró con
expresión de sorpresa.
--¡Cuán grande el contraste entre lo que usted dice y lo que estaba
leyendo hace un instante! Schopenhauer, que es el autor de este libro,
dice que somos el sexo de las caderas anchas, de los cabellos largos y
las ideas cortas, y añade que en vez de llamarnos el bello sexo debieran
decir el sexo inestético. Esto en cuanto a lo físico. En lo moral,
asegura que la inclinación a la mentira y la picardía instintiva e
invencible es lo que nos caracteriza. No perdona al Cristianismo por
haber modificado el feliz estado de inferioridad en el cual la
antigüedad mantenía a la mujer. Los pueblos del Oriente estaban en lo
cierto y se daban mejor cuenta del papel que debe representar que
nosotros con nuestra galantería y nuestra estúpida veneración, resultado
del desarrollo de la historia germanocristiana... Lindos piropos los que
nos echa este filósofo, ¿verdad, amigo?
--Señora, deploro que Schopenhauer haya caído en tal aberración. Es uno
de los escritores que más admiro y respeto por la sinceridad y el vigor
de su pensamiento. Este caso es una advertencia saludable para los que
buscan la verdad en los libros, y no en su propio espíritu; porque las
opiniones de los autores no sólo vienen teñidas por su temperamento
físico, por inclinaciones invencibles de su ser, sino que muchas veces,
y esto es lo peor, se producen determinadas por los azares de su vida.
--¿Acontece ahora lo que usted dice?
--¡Ya lo creo! Schopenhauer, hombre de razón poderosa, sincero y sin
preocupación de ninguna clase, rehusa a las mujeres toda capacidad
superior, las considera destinadas por la Naturaleza a vivir en perpetua
domesticidad; es el _sexus sequior_, el sexo segundo bajo todos los
aspectos, creado para mantenerse siempre aparte y en segundo término. El
respeto que en la sociedad actual se le tributa es ridículo y hasta
degradante. Abomina, como usted habrá visto, de la monogamia, y hace la
apología del concubinato... Pues bien, Stuart Mill, hombre de razón
poderosa también, y sincero, y aún más despreocupado que Schopenhauer,
aboga con calor por la igualdad de los sexos, se prosterna ante la
superioridad espiritual de la mujer, y la tributa un culto casi
quijotesco. Pero la causa de tan encontradas opiniones es bien conocida.
Schopenhauer tuvo una madre sin ternura, pedante, enloquecida por una
ridícula vanidad literaria; y, como célibe y libertino, pasó toda su
vida entre cortesanas. Stuart Mill, por el contrario, alcanzó la dicha
de unirse a una esposa nobilísima, tierna, inteligente...
--¡Graciosísima razón!, es cosa de exclamar parodiando a Pascal, que un
encuentro en una tertulia o en un teatro hace variar por completo de
rumbo.
--No hay que maldecir de la razón, doña Carmen. La verdad, como está
desnuda, exige que nos presentemos desnudos delante de ella para obtener
sus favores.
--¡Pero lo que usted dice es una obscenidad! Gracias a que una anciana
es quien le escucha--exclamó doña Carmen riendo.
--El eterno espíritu de verdad vive en nosotros. Si a Él nos entregamos
de corazón, si no escuchamos la voz de nuestro _yo_ inferior y ponemos
siempre el oído a la que mora en la altura de nuestro propio ser,
alcanzaremos la suprema sabiduría.
--Eso ya es demasiado sublime. Pasa usted, amigo Jiménez, de un extremo
a otro en los abismos cerúleos con la velocidad del relámpago.
--Observará usted que a los hombres de genio los juzgamos los hombres
sin genio, y los juzgamos con justicia, y vemos más claro que ellos. ¿No
prueba esto que la verdad reside en todos?
--Probará lo que usted quiera, pero en este caso concreto estoy tentada
a colocarme del lado de Schopenhauer. Abrigo bastantes dudas en lo que
se refiere al talento femenino.
--¡Cómo!--exclamé, en el colmo de la sorpresa--. ¿Duda usted del talento
de la mujer, usted que es una prueba viviente, irrecusable de que
existe?
Doña Carmen dejó escapar un suspiro, y quedó un momento pensativa y
seria.
--Sí, amigo mío; precisamente el examen imparcial y desinteresado de
todo cuanto yo he producido me ha conducido al borde del desencanto. Mis
obras fueron aplaudidas y celebradas más de lo justo, y lo fueron por lo
mismo que soy una mujer.
--Y si hubiesen sido escritas por un hombre, igual--proferí yo
impetuosamente.
Doña Carmen alzó los hombros, y respondió melancólicamente:
--No me forjo esa ilusión. Convengo en que me encuentro por encima del
término medio de los que actualmente manejan la pluma, pero he respirado
siempre lejos de la atmósfera en que alientan los grandes escritores...
Y lo que digo de mí, lo digo de todas, absolutamente de todas mis
compañeras antiguas y modernas. No se asombre usted de esta afirmación
paradójica, ni la crea hija de un rapto de mal humor o de un deseo
vanidoso de singularizarme. Está bien meditada. El arte no ha sido, ni
es, ni será jamás, patrimonio de la mujer. Se supone que, siendo la
sensibilidad la propiedad más desarrollada en el ser femenino, está
llamada la mujer al cultivo del arte. Es un profundo error, desmentido
por la historia del género humano. ¿Dónde está el Shakespeare, el Dante,
el Cervantes o el Goethe femenino? ¿Dónde está el Miguel Angel, el
Rembrandt, el Tiziano? Se citan algunas rarísimas excepciones; Safo, por
ejemplo. Ignoramos el mérito de Safo. Hay que creer en él bajo la fe de
las tradiciones, no siempre dignas de crédito. Los fragmentos que de
ella se conservan no me parece que tienen gran valor; son gritos
eróticos más que sana e inspirada poesía. En cambio, conocemos
perfectamente a las literatas de nuestros tiempos...
--¿Y qué? Madame Stael...
--Madame Stael... Toda la obra literaria de madame Stael es de reflejo,
y hoy la encontramos de una afectación insoportable. ¿Quién lee
actualmente la _Delfina_ y la _Corina_? Su talento era muy grande, pero
de un orden distinto.
--¿Y madame Sand?
--Un buen estilista que no ha producido obras duraderas. Sus novelas son
declamatorias, inverosímiles, sin caracteres y sin interés. Tampoco se
leen actualmente.
--¡Qué dureza, doña Carmen!
--Eso mismo exclamaba Camila Seldem oyendo a Enrique Heine llamar a la
autora de _Indiana_ «_bas bleu_», a lo cual replicó el gran poeta
sonriendo: «Bueno, _bas rouge_, si usted lo prefiere.» El talento de
Jorge Sand era inmenso también; pero, lo mismo que el de madame Stael,
era más adecuado a otra cosa que a la literatura... Pero, en fin, aun
concediendo que lo fuese, ¿cuántos nombres de artistas femeninos puede
usted citarme? ¿Qué originalidad ha ofrecido su talento?
--Observe usted que la mujer no ha tenido jamás una educación adecuada
para que sus facultades intelectuales y sus aptitudes artísticas se
desenvolviesen. Se la ha obligado a vivir apartada de la alta cultura
intelectual.
--Sí, ése es el razonamiento de Stuart Mill. Para mí tiene poco valor.
Cierto que hasta ahora no se ha dado a la mujer una educación literaria
y artística; pero muchos de los grandes poetas que el mundo admira
tampoco la han tenido. Cuando el alma está preparada para beber, con
pocas gotas basta. Además, advierta usted que en la antigüedad, y
también en la Edad Media, han existido mujeres muy instruídas, tanto en
filosofía como en literatura. ¿Por qué, pues, si encontramos en todas
las épocas mujeres sabias, no se cita entre ellas poetas inspirados o
filósofos originales?... Por lo demás, usted sabe perfectamente que,
desde hace ya mucho tiempo, a la mujer se le da una educación
intelectual semejante a la del hombre, y en cuanto a la artística, más
esmerada aún. Apenas hay niña bien educada a quien no se enseñe la
música, el dibujo, la pintura, y a algunas la escultura también. ¿Piensa
usted que si naciese entre nosotras un Beethoven o un Rossini, se
contentarían con teclear el piano o sacudir las cuerdas del arpa?
Escribirían, como es justo, óperas y sinfonías. En todo el siglo XIX a
la mujer no le ha faltado pluma y papel. Si no ha escrito _Las noches_,
de Musset, _Las meditaciones_, de Lamartine, ni las _Leyendas_, de
Zorrilla, es porque no ha podido.
--Quizás exista, doña Carmen, una razón metafísica para ello. Así como
el conocimiento puede conocerlo todo, menos a sí mismo, de igual modo la
actividad de la mujer se puede aplicar a cualquier cosa, menos a la
poesía, porque ella misma es la poesía. La mujer es la primera materia
para el trabajo poético. ¿No parece absurdo que actúe de poeta? Es como
si un paisaje se pusiese a hacer el boceto del pintor.
--Bueno--replicó doña Carmen riendo--, esos piropos metafísicos no me
los diga usted a mí. Déjelos para las jóvenes y hermosas..., como esta
que ahora entra.
II
La que entraba en aquel momento era su hija política, una hermosa mujer,
en efecto, aunque tallada en colosal, y, por tanto, no enteramente de mi
gusto. Alta y corpulenta, con grandes ojos de ternera como la Juno
homérica, la nariz aquilina, los cabellos negros y ondeados, los labios
rojos y un poco colgante el inferior, dondequiera que iba lograba atraer
sobre sí la atención de los hombres. Yo encontraba su fisonomía
demasiado inmóvil, una falta de expresión en ella que acusaba
desproporción entre el cuerpo y el alma. Pasaba ya de los treinta años,
y, no obstante, su ingenuidad era proverbial, rayaba en la tontería.
Doña Carmen la adoraba, tal vez por esto mismo, porque tenía un espíritu
enteramente infantil. Dentro de aquel cuerpo gigante latía el corazón de
una niña de doce o catorce años.
Se acercó a su suegra y la besó cariñosamente después de saludarme. En
pos de ella entraron dos caballeros. Uno de ellos, muy conocido mío y de
todo el mundo, era el ilustre Pareja, el sabio antropólogo y sociólogo,
cuya levita le ha hecho famoso en todo Madrid. El sombrero de copa viejo
y despeinado en la mano, el alto y huesudo torso inclinado
ceremoniosamente hacia adelante, el rostro contraído por una sonrisa de
suficiencia condescendiente, dejando caer sus palabras como otras tantas
piedras preciosas destinadas a enriquecer y adornar la existencia del
género humano.
--Embargado de emoción al poner el pie en el templo del arte, saludo a
la estrella más brillante del firmamento poético, y hago votos porque su
luz no se extinga jamás.
La voz era resonante; el ademán, pedagógico; la sonrisa antropológica;
el acento, sociológico; la forma de retorcer el cuerpo, dejando
inmóviles las piernas, completamente evolucionista.
Doña Carmen le tendió la mano con sonrisa donde se traslucía más burla
que satisfacción.
--Esta estrellita de octava magnitud saluda con tímido centelleo al
Júpiter de la sociología étnica y de la pedagogía evolucionista.
Con esto las contorsiones del sabio antropólogo fueron tantas y tan
variadas, que doña Carmen se vió obligada al cabo a preguntarle si había
sufrido recientemente algún ataque a los riñones.
Detrás de él vino a estrechar la mano de la poetisa su gran amigo y
contemporáneo don Sinibaldo de la Puente, abogado eminente, senador por
no recuerdo qué Universidad, a quien el Pontífice Romano había otorgado
un título hacía poco tiempo.
Los dos visitantes se habían encontrado casualmente en la escalera. Sus
ideas eran demasiado contrapuestas para que fuesen amigos.
Raimunda (que así se llamaba la nuera de doña Carmen) se despojó del
sombrero y vino a sentarse en una butaquita, formando con nosotros
círculo.
--Y bien, ¿qué hay de nuevo?--preguntó Pareja apoyando sus manos
huesudas en las huesudas rodillas y encarándose con doña Carmen en tono
de protectora admiración y disponiéndose a bajar de su pedestal, aunque
sólo por breves momentos--. Esa flor de poesía, que España guarda como
su más preciado tesoro, ¿se niega todavía a embalsamar el ambiente
literario con su perfume?
--No hable usted de literatura en estos momentos a doña Carmen--dije
yo--. Precisamente cuando ustedes llegaron, estaba poniendo verdes a las
literatas antiguas y modernas de todos los tiempos y países.
--¿Cómo?
--Doña Carmen no cree en la literatura de las mujeres.
--¡Oh, querida amiga!--exclamó el ilustre Pareja echándose hacia
atrás--. Nadie menos que usted tiene motivo a dudar de ella. Si es
cierto que en el curso de la evolución literaria la mujer no ha
contribuído a ella con un copioso contingente, no es menos seguro que
desde sus orígenes se señalan en ella esas dotes. Entre los _papues_ del
África negra oceánica, que representan un tipo de sociedad primitiva, se
suele encontrar en cada pueblecillo una poetisa, a la cual se acude
para embellecer con sus cantos las fiestas o cualquier acontecimiento de
importancia, como la llegada de un extranjero o la botadura de una
canoa.
--Pues soy de opinión de que dejemos que las poetisas canten en la
Paupasia las botaduras de las canoas. Acá en Europa las mujeres tenemos
otras cosas más serias que hacer.
--Mucho me complace, Carmita, escuchar en labios de usted semejantes
palabras--manifestó don Sinibaldo, hombre grave, correcto, melifluo--.
Dejando a salvo su prodigioso talento literario, que es una excepción,
no hay que dudar que, por su naturaleza misma, la mujer no está
destinada al cultivo de las letras y las bellas artes, sino al
embellecimiento de nuestro hogar, a formar el tierno corazón de sus
hijos, inspirándoles el temor de Dios, a consolar las tristezas de su
marido, a alegrar sus triunfos, a suavizar sus reveses, a ayudarnos, en
suma, a tirar del carro de la vida, que muchas veces es demasiado
pesado...
--A reproducir eternamente el viejo _cliché_ del _ángel del hogar_,
¿verdad?--interrumpió impetuosamente doña Carmen--. Ya estamos al tanto
de lo que eso significa. En el fondo no es otra cosa, hablando en los
términos claros en que se expresa un filósofo contemporáneo, que debemos
ser para siempre lo que hemos sido al comienzo de las civilizaciones,
_el descanso y el recreo del guerrero_. Hoy también se lucha y se
combate en la vida, y a estos modernos luchadores, la mujer, con su
gracia y su belleza, debe indemnizarles de sus fatigas. Hablemos en
términos más claros aún; la mujer debe seguir siendo el consabido
instrumento de placer.
--¡Oh, Carmita, por Dios!--exclamó el pudibundo don Sinibaldo poniéndose
rojo--. Usted interpreta de un modo torcido mis palabras. Cuanto he
dicho, ha sido para honrar a la mujer, no para denigrarla.
--Pero, en fin--apunté yo--, si la mujer no tiene capacidad para las
artes bellas y la poesía...
--Puede usted darlo por seguro. La mujer es un ser esencialmente
prosaico--interrumpió doña Carmen.
--¡Cómo!, ¡cómo!... Eso que está usted diciendo es una abominable
herejía--exclamó don Sinibaldo.
--Es una verdad que todo el mundo puede comprobar. En el fondo, a la
mujer le interesan poco o nada las bellezas de la Naturaleza o del Arte.
Cuando se encuentra frente a un paisaje, o una estatua, o un cuadro,
hace lo que puede por entusiasmarse, pero no lo consigue, y sus
alabanzas suenan a falso. ¡Cuán diferente su actitud estudiada y frívola
de la profunda emoción que se advierte en los hombres!
--Pues, querida amiga, yo he observado siempre que las mujeres se
conmueven en el teatro más fuertemente que los hombres.
--No es la belleza lo que las conmueve, sino el principio moral, más o
menos humillado o amenazado en el curso de la obra. De aquí que las
mujeres lloren más con los melodramas que con los dramas, con las
antiguas novelas sentimentales que con las realistas de ahora. Crean
ustedes que las bellezas de una obra de arte, sus proporciones, su
elegancia, su pureza de dicción, no le importan. Lo que le tiene con
muchísimo cuidado son los eclipses pasajeros que la bondad y la justicia
experimentan en ella.
--Acaso esté en lo cierto--dijo en tono concentrado don Sinibaldo.
--Eso es otra cosa. Yo no quiero discutir ahora la primacía de la bondad
sobre la belleza: sólo hago constar un hecho.