Conocí a un general a quien, después de hallarse largos años

obscurecido, se le confió de pronto un mando importante. Rebosando de

alegría y entusiasmo se viste el uniforme para dar las gracias a la

reina. Mas de pronto observa que apenas puede marchar: una viva

molestia en los pies le advierte de que la gota le tiene encadenado.

--¡Oh, Dios mío!--exclama, dejándose caer en un sillón--. ¡Qué

desgracia! ¡Mi carrera ha concluído!, ¡Pobre de mí, que vivía confiado

sin saber que tenía ya al enemigo dentro de la plaza!

Y maldice de su suerte, vomita imprecaciones contra la gota fatal, y se

lamenta en altas y terribles voces.

La familia desolada rodea su sillón sin atreverse a proferir una

palabra. De pronto uno de sus ayudantes, que tiene la vista fija en sus

pies, exclama:

--¡Pero, mi general, si lleva usted las botas cambiadas!

En efecto; el general se descalza, pone las botas en su sitio, y se

siente de nuevo feliz y triunfante.

A todos los hombres nos pasa en la vida algunas veces lo que a este

general. Cualquier circunstancia adversa nos abate, nos sume en la

desesperación o en el tedio. Pero cambiamos de postura, nos vamos a otro

lugar, hablamos con un amigo que nos demuestra que nuestra desgracia es

pura aprensión, depende de la fantasía, y repentinamente el tedio se

disipa, y nos encontramos otra vez satisfechos y activos.

* * * * *

Para estimar a un hombre, es menester que él no se estime demasiado a sí

mismo.

* * * * *

El principio de variedad en el Universo, considerado en sí mismo, no

sólo es una desgracia, sino que resulta odioso. No de otro modo podemos

explicarnos la vergüenza que acompaña siempre a los placeres venéreos.

Considerado como medio de volver a la unidad y producir la armonía, es

infinitamente bello y amable. El niño, que apenas parece desprendido de

las manos del Único, nos conmueve, nos interesa de extraña manera: su

egoísmo nos causa alegría. Unido todavía irremediablemente a las

fuerzas generales de la Naturaleza, se considera el ser total y

absoluto. Mas cuando averiguamos que no somos todo, sino partes

infinitamente pequeñas y despreciables, seguir amándonos a nosotros

mismos eso es lo ridículo y lo odioso. Por eso el egoísmo del viejo nos

parece repulsivo. A éste le exigimos que sacrifique su independencia

volviendo los ojos a la eterna Unidad. El niño es la melodía que se

lanza al espacio pura y vibrante. El viejo es el acorde que resuelve el

sublime contraste volviendo al tono fundamental.

* * * * *

Toda música, en el fondo, no es más que la expresión de un sentimiento

religioso. Si no lo expresa, no merece llamarse música; y si lo expresa

y le añaden palabras impuras, como en ciertas óperas, se realiza una

triste profanación. Es una vestal a quien por fuerza se introduce en un

lupanar.

* * * * *

En los momentos críticos de la vida una manía puede salvarnos.

Fuí a visitar en cierta ocasión a un personaje político que acababa de

perder a su hijo. Era hombre sensible y cariñosísimo padre: su dolor,

inmenso, desesperado. Le rodeaban en aquellos momentos aciagos amigos

íntimos y compañeros de Parlamento. Pues, sin saber cómo, llegó a

entablarse una discusión política, y le vi tomar parte en ella con

extraordinario calor, olvidándose en un punto de que el cadáver de su

hijo aún no había salido de casa.

Conocí otro hombre de negocios que, aunque tenía para ellos disposición

maravillosa, perdió en una operación bursátil toda su fortuna. El día en

que se declaró la quiebra se hallaba por la noche en el comedor de su

casa con su familia y los pocos amigos que fuimos a verle. Se comentaba

el amargo suceso. Los individuos de su familia se mostraban abatidos y

silenciosos; él estaba locuaz y quería a todo trance persuadirnos de

que el negocio estaba perfectamente calculado, y que él había tomado

todas las disposiciones conducentes para que saliese bien. Sacó papel y

un lápiz, y por más de una hora estuvo trazando cifras y ejecutando

operaciones matemáticas. Cuando nos hubo demostrado que no había habido

equivocación por parte suya, y que el negocio había fallado únicamente

por un cúmulo de circunstancias fortuitas, su faz resplandecía de

satisfacción: pidió la cena, y nunca le vi comer con más apetito.

Por último, tropecé una vez en la calle con un amigo mío, famoso

escritor y trabajador infatigable. Venía conducido por un criado, pues

había tenido la inmensa desgracia de perder la vista hacía poco tiempo.

Pensé hallarle afligidísimo y desalentado; mas con verdadera

estupefacción observé que estaba tranquilo y contento. La razón era

porque había averiguado que podía dictar sus libros, y que eso, en vez

de producirle molestia, le facilitaba el trabajo.

Sin embargo, por mi parte, en las grandes tristezas de la vida no

apetezco que me consuelen la política, ni los negocios, ni el arte. Otro

numen más alto quisiera que guardase mi alma de la desesperación.

* * * * *

Con el corazón podemos unirnos a todos los hombres. Cualquier ser humano

puede ser amado. Aun podríamos decir que cualquier ser creado, pues nos

encariñamos con las bestias. Mas con la inteligencia sólo podemos

unirnos a un número reducidísimo de personas. Los juicios de la inmensa

mayoría de los hombres son absolutamente despreciables.

Y, sin embargo, por un misterio inescrutable, de todos estos juicios

despreciables se forma al cabo el único juicio apreciable. Así la

sabiduría divina transforma sin cesar el lodo en hombre y el hombre en

lodo.

* * * * *

Marcho por el áspero camino sombreado de hayas de la campiña vasca con

un periódico en la mano. ¡Un periódico bien provisto de crímenes y de

interviúes! Suena una carreta: levanto la cabeza. Delante de las vacas

uncidas marcha un hombre con la aijada en la mano: a su lado la esposa

con una cesta al brazo. ¡Oh, qué bien cargado va el carro de hierba

crujiente y olorosa, tesoro del labrador! Pero no; el tesoro del

labrador está más arriba. Allá en lo alto, medio hundidos en el heno,

aparecen dos niños que inclinan sus cabecitas para verme. «¡Adiós!», me

dicen. «¡Adiós!», respondo. La carreta pasa rechinando y deja en pos de

sí una estela perfumada. Me detengo y la miro alejarse. Mi corazón va

con ella.

Es la hora del crepúsculo. La campana de la iglesia lejana deja escapar

un tañido melancólico. El padre detiene la carreta y se despoja de la

boina: la madre deposita su cesta en el suelo: los niños se arrodillan

sobre la hierba y rezan el _Angelus_.

--He aquí--me digo--el emblema de la dicha humilde: paz, salud, trabajo,

esperanza, amor. He aquí los seres amados de Dios y necesarios a los

hombres.

El periódico bien repleto de crímenes y de interviúes se desprende de

mis manos. No me bajo a cogerlo.

* * * * *

Los contemporáneos se ponen siempre del lado de los enfáticos. Pero la

posteridad pertenece a los sinceros.

* * * * *

Los moralistas nos dicen que debemos perdonar las ofensas y ser

tolerantes y pacíficos, porque nuestro ejemplo influirá favorablemente

en los demás, y, por tanto, en la obra de la civilización.

No se puede aceptar esto de un modo absoluto. Para que el ejemplo de un

hombre tolerante y pacífico influya beneficiosamente en la sociedad, es

necesario que se le considere _capaz de obrar el mal_; y cuantos mayores

medios se le supongan para realizarlo, tanto más influirá en los demás

su ejemplo. Un hombre bondadoso, pacífico, humilde, pero débil, esto

es, sin medios interiores ni exteriores para hacer daño, influye más

bien perniciosamente, porque se le desprecia, y al despreciarle a él se

desprecia el bien que reside en su persona. Además, por arcano y

horrible misterio se observa que en el mundo los hombres buenos, pero

débiles, provocan la crueldad de sus semejantes. ¿No recordáis todos que

en la escuela siempre había un pobrecito niño sobre el cual caían las

burlas más pesadas y odiosas de sus compañeros? Pues eso mismo acaece en

el mundo.

Esto hace pensar desde luego que la libertad es el don precioso sin el

cual nada valen los otros en el hombre. San Bernardo decía: «Sin la

libertad nada puede ser salvado.» Nosotros podemos afirmar también: «Sin

la libertad nada puede ser estimado.»

* * * * *

Si quieres ser feliz, aparenta ser desgraciado.

* * * * *

Cuando vuelvo la vista atrás, y repaso el tejido de mi existencia,

observo con sorpresa que no son los instantes llamados dichosos las

horas de ruidosa alegría las que me atraen y cautivan. En esas horas de

placer me acompañó siempre un sentimiento vago, inexplicable, de miedo;

una voz misteriosa parecía resonar dentro de mi corazón anunciándome su

fragilidad. Creo haber sido más feliz en los días de hastío, cuando

meditaba, cuando soñaba, cuando veía claramente la vanidad de la

existencia y no esperaba nada de ella. Me sentía melancólico, abatido,

pero tranquilo.

Hay indudablemente en este abatimiento y resignación cierta dulzura;

sentimos que estamos pisando terreno seguro, que no nos hallamos ya a

merced de los vaivenes bruscos de la fortuna y hemos dejado un mar

cambiante y proceloso por la tierra firme.

¿Concluiré de aquí que la única felicidad que puede gustarse en este

mundo se halla en la tristeza?

* * * * *

¿Por qué despreciar tanto la materia? De la materia se han formado los

hombres y se formarán los ángeles.

* * * * *

Última vanidad de los hombres vanidosos: disponer en el testamento que

no se pongan coronas sobre su féretro.

* * * * *

¿Pensáis que no hay nada más frágil que el rico cristal de Bohemia?

Decid a un fraternal amigo que no tiene ortografía.

* * * * *

Los hombres sólo son dignos de amor cuando padecen.

* * * * *

La religión nos hace ver la deficiencia de nuestra naturaleza. El arte

nos hace ver su belleza. Por eso no comprendo ni una religión optimista

ni un arte pesimista.

* * * * *

Los hombres que no recelan de nadie, los que creen en la bondad de sus

semejantes, inspiran siempre gran simpatía. Pero se les ama por

inocentes, como se ama a los niños. En el fondo, todo el mundo sabe que

viven engañados.

Yo confieso que los niños me seducen, pero no tanto los hombres-niños.

Prefiero aquellos que, no confiando en los demás, conociendo todo el

egoísmo y maldad que existen en el mundo, tienen ánimo para proceder

rectamente y suficiente grandeza de alma para devolver bien por mal.

Jesús amaba mucho a sus discípulos, pero no creía en su lealtad. «En

verdad te aseguro--respondía a las fervorosas protestas de Pedro--que

tú, hoy mismo, en esta noche, antes que el gallo cante segunda vez, tres

veces me has de negar.»

* * * * *

Todo hombre, por menesteroso que sea, guarda en el fondo de su arca un

pequeño gato de amor y belleza. Es necesario sacárselo: es necesario ser

ladrones del espíritu.

* * * * *

El hombre es un ser tan maravilloso, su naturaleza es tan excelente, que

cuando se la considera serenamente, las diferencias entre unos y otros

hombres aparecen bien pequeñas. Del mismo modo que los altos y los bajos

de nuestro planeta desaparecen al mirarlo de cierta distancia.

* * * * *

Admirar una obra de arte es participar del talento de quien la ha

producido, como admirar una obra de caridad es compartir la bondad del

ser humano que la ha ejecutado. Quien admira de corazón un hermoso

cuadro, se hace digno de pintarlo. Quien siente sus lágrimas correr al

relato de un acto de heroísmo, virtualmente ya ha ejecutado aquel acto.

* * * * *

El que se juzga amado, acaba por ser amado. El que se juzga perseguido,

acaba por ser perseguido. Somos los hombres copartícipes de la esencia

divina, somos rayos refractados del mismo sol, y nos acompaña también su

poder de hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza.

* * * * *

Vive solitario; vive solitario... No vivas demasiado solitario.

* * * * *

Cuando jóvenes, somos siempre más o menos paganos. De viejos somos más o

menos cristianos. Es que cuando jóvenes pensamos que el mundo es

nuestro. Luego advertimos que no es nuestro, sino de Otro.

* * * * *

«¡Oh dulce Niño! ¡Oh Madre feliz! ¡Cómo se regocija ella en Él y Él en

ella! ¡Qué voluptuosidad despertaría en mí esta noble imagen, pobre y

todo como soy, si no me fuera preciso mantenerme frente a ella

piadosamente como el santo José!»

Así exclama Goethe, en hermosos versos, ante un cuadro de la Santa

Familia.

«¡Oh dulce niño! ¡Oh madre feliz! ¡Cuán poco significaríais para mí si

no fueseis más que la hembra que da de mamar a su cachorro; si no

hubiese algo de divino en vosotros!»

Así exclamaría yo, que soy infinitamente más pobrecito, ante una familia

que no es la Santa.

* * * * *

Díme, amigo; si reniegas de Dios y del alma, ¿a qué te ha sabido el beso

que te dió tu madre al morir?

* * * * *

El arte es la forma más noble de vivir para sí. Por eso, ni aun el arte

puede darnos la dicha.

* * * * *

En un estado de egoísmo completo no puede existir el arte. En un estado

de abnegación absoluta, tampoco. El arte refleja el estado de transición

entre la ausencia y la presencia de la ley moral, las interesantes

peripecias de la lucha entre el ángel y la bestia que en el hombre

coexisten.

De aquí se infiere que el artista, trabajando por espiritualizar la

naturaleza humana, trabaja por la destrucción del arte.

* * * * *

Aconsejarnos que en medio de los goces de este mundo amemos a nuestros

semejantes, es inútil. Nuestro egoísmo es un árbol demasiado frondoso

para consentir que otra planta prospere cerca de él. Podemos primero el

árbol, descarguémosle de su ramaje, y entonces el sol del amor podrá

pasar a vivificarla.

* * * * *

Si no existe algo psíquico fuera de la conciencia humana, la vida más

pura como la más perversa me producen un efecto cómico.

* * * * *

Cuando un hombre deja de ser un dios para su esposa, puede tener la

seguridad de que ya es menos que un hombre.

* * * * *

Para ser un buen literato es necesario no ser literato, esto es, se

necesita vivir todas las vidas posibles, excepto la vida literaria.

* * * * *

Como no voy al Parlamento hace años, pregunté a un diputado amigo mío

por los oradores que hoy hacen más figura.

--¿Qué tal N***?

--¡Oh, N***! Es un hombre de mucho talento, perspicaz, erudito..., pero

carece de sonoridad.

--¿Y X***?

--X*** ya tiene más sonoridad, y logra algunos éxitos.

--¿Y Z***?

--¡Oh, Z***! Ese es un inmenso orador. ¡Admirable de sonoridad,

encantador, avasallador!

Y mi amigo arqueaba las cejas y elevaba las manos al cielo en acción de

gracias.

Yo también las elevé para bendecirlo porque, al fin, había un país en el

mundo en que la política se rige, como había soñado Pitágoras, por las

leyes sublimes y matemáticas de la música.

* * * * *

La grandeza de los hombres depende de una monstruosidad espiritual, de

una protuberancia o joroba en su inteligencia. Son grandes hombres

aquellos que han visto con exagerada intensidad una verdad parcial,

hasta el punto de no ver otra cosa más que ella en el campo del

pensamiento. Pero el espíritu general, que es más seguro, hace entrar

cada verdad en sus límites, admirando, sin embargo, el ingenio soberano

de quien le ha sacado de ellos.

De aquí deduzco que los hombres razonables no pueden nunca ser grandes

hombres.

* * * * *

Los que defienden su vida a tiros y los que la entregan voluntariamente

a las fieras, como los primeros cristianos, quieren por igual

_perseverar en el ser_, obedecen al instinto de conservación. Los unos

quieren conservarse unos cuantos días más. Los otros quieren conservarse

eternamente. Lo primero es mucho más seguro, pero más limitado. Lo

segundo, más halagüeño, pero más incierto.

Tan sólo en aquellos que renuncian a toda vida, a ésta y a la otra,

falta por completo el instinto de conservación. Pero ¿existen tales

seres? O lo que es igual, si a estos hombres fatigados del vivir, que

_no pueden más_, se les pusiera en la mano una vida feliz, ¿la dejarían

escapar?

Y aun suponiendo que tal milagro acaeciese, ¿no es el instinto del

reposo lo que les empujaría a ello? ¿Y qué es el reposo sino una

necesidad fisiológica del ser, que aspira a acumular nuevas fuerzas para

vivir?

* * * * *

En cierta ocasión preguntaba yo a un novelista amigo mío cómo era que,

profesando principios religiosos tan arraigados, no combatía por ellos

abiertamente en sus novelas.

Me respondió sonriendo:

--Yo no arrojo el arpón a las almas, como a las ballenas, para

desangrarlas. Me contento con sonar la flauta para atraerlas. Además, el

arte es un país neutral: en cuanto se entra en él, hay que entregar las

armas.

* * * * *

No basta hacer bien en el mundo: es menester hacer el bien con

prudencia. Esto no es apartarse de la doctrina cristiana ni falsificar

el imperativo categórico de la conciencia. Es, sencillamente, aplicar la

idea de arte a la ejecución del bien. Y el arte es aplicable a toda

nuestra actividad. Debemos procurar que el bien se extienda, que cada

bien engendre otro bien. Tampoco esto significa que el fin justifica los

medios, sino que, al cumplir con los mandamientos de la conciencia, que

son absolutos y apremiantes, tenemos el deber, por el hecho de ser

inteligentes, de que nuestra actividad se produzca mediante las leyes de

la razón.

* * * * *

Desde que se cesa de luchar por ella, la vida ya no tiene sabor.

* * * * *

Por más que se aprieten, los hombres como los átomos, no consiguen jamás

tocarse.

* * * * *

Donde empieza el odio, empieza el error.

* * * * *

Cuenta Camila Selden en su libro _Les derniers jours de Henri Heine_

que al terminar éste sus memorias, poco tiempo antes de morir, soltó una

carcajada de cruel satisfacción.

--¡Los tengo!, ¡los tengo!--exclamó levantando la cabeza--. Muertos o

vivos, ya no me escaparán. ¡Ay del que lea estas líneas si se ha

atrevido a atacarme! Heine no muere como un cualquiera: las garras del

tigre sobrevivirán al tigre mismo.

Penosa impresión causan estas palabras. Aquel moribundo, postrado en el

lecho desde hacía varios años como tumba anticipada, y atormentado de

dolores, todavía escupe hiel contra sus enemigos. Es el ejemplo más

triste de la influencia venenosa que los ataques de la envidia producen

sobre los temperamentos exaltados, por más que nativamente no sean

malos. Heine era un poeta: por tanto, un hombre de corazón delicado,

piadoso, capaz de todas las emociones buenas.

* * * * *

Los que sólo admiten en el hombre la naturaleza bestial, no dejan de

exigir alguna vez a sus esposas y a sus amigos la naturaleza angelical.

* * * * *

Ni los hombres ni los dioses se entregan sino al que persiste.

* * * * *

Ver el aspecto afirmativo de las cosas, es, sin disputa, más noble, más

espiritual y santo, tal vez más razonable, y desde luego mucho más

higiénico, que ver el aspecto negativo. Pero ¿está en nuestra mano? ¿No

depende del grado de viveza de nuestra imaginación, de la constitución

misma de nuestro cuerpo?

En todo caso, debe uno esforzarse porque así sea.

* * * * *

Una tarde, paseando por el parque del Retiro, me paré a escuchar a un

ruiseñor que cantaba sobre un árbol. Poco después otro paseante

solitario como yo detuvo el paso también; luego otro también, y otro, y

otro. Al poco rato formábamos un grupo, casi un público. El ruiseñor,

como se sintiese admirado, redoblaba sus trinos y los hacía cada vez más

dulces y armoniosos. Los paseantes nos mirábamos los unos a los otros

extasiados y sonreíamos con admiración. Uno de ellos no pudo reprimirla

más tiempo, y exclamó: «¡Bravo!» Otros exclamaron también: «¡Bravo!»; y

estalló un aplauso.

El ruiseñor calló repentinamente y se alejó volando, y no volvió a

parecer por allí.

Fué el único artista modesto de verdad que he conocido en mi vida.

* * * * *

Algunas veces la soberbia individual se transforma en colectiva, y

entonces se llama patria.

Yo soy un desdichado que habita el barrio más sucio y más infecto de

Londres. Sólo tengo harapos por vestido; carezco de alimento y de

lumbre. Pero mi país es el más rico y poderoso de la tierra. Donde la

Gran Bretaña pone el peso de sus libras, allí está la victoria.

Yo soy un comisionista de vinos de Bordeaux. No tengo en el cerebro más

que ideas vulgares y ramplonas. Toda la ciencia, toda la literatura y

toda la filosofía que poseo las he aprendido en _Le Petit Journal_...

Pero Francia es la maestra de las naciones. París es el cerebro del

mundo.

Yo soy un escribiente con mil pesetas anuales en el Ministerio de

Hacienda. Todo el mundo se ríe de mí por lo infeliz que soy. Mi mujer me

llama _calzonazos y Juan Lanas._ Días pasados un compañero en la oficina

me dió una bofetada, y me quedé con ella... Pero ¡hay que ver la

Infantería española! ¡Qué sobriedad!, ¡qué coraje!, ¡qué cargas a la

bayoneta!

No lo dudes, lector: la patria es el maná maravilloso que la

misericordia divina ha enviado para los desheredados de la gloria, para

los que en este mundo padecen hambre y sed de adulación.

* * * * *

Repaso los crímenes, las iniquidades de que está llena la historia del

género humano, contemplo la profunda tristeza, la duda, la miseria, la

perfidia que por todas partes nos rodea, y mi corazón desfallece, y

encuentro la existencia absurda y odiosa.

Me acuerdo de las alegrías de mi infancia, me acuerdo de los sueños

hermosos de mi adolescencia, veo de nuevo ante mí el rostro de aquellos

seres que he adorado, leo en su corazón; y el mío, medio asfixiado,

salta otra vez alegre en el pecho, como un pobre pajarillo que en su

jaula recibe un rayo de sol.

Así mi espíritu se columpia sin cesar, pasando del más alto optimismo al

pesimismo más desesperado.

* * * * *

Asegura un filósofo que nuestras existencias no son más que sueños de la

Divinidad.

Si así fuese, ¡qué dulce sueño el de Dios, amor mío, mientras tú has

pisado la tierra!

* * * * *

Cuando era muy joven, viendo al bueno morir y al malo vivir, al bueno

padecer y al malo gozar, observando la cruel indiferencia con que la

Naturaleza tritura lo mismo al inocente que al malvado, me hice esta

reflexión: «O la bondad, la inocencia y el heroísmo no son más que

ilusiones que los débiles se han forjado para contrarrestar la fiereza

de los fuertes y hacer más llevadero su dolor, o esta misma Naturaleza

es una ilusión, un símbolo que oculta una realidad superior.»

Ya soy viejo, he leído muchos libros, he pasado por muchas cátedras, y

todavía no he podido salir de esta alternativa.

* * * * *

Me dediqué con ahinco al estudio: mi cuerpo se debilitó, mis nervios se

alteraron, huyó de mí la felicidad. Quise ser bueno: cada paso que daba

en el camino de la virtud vigorizaba mi cuerpo, inundaba de paz mi

corazón, acrecía mi dicha.

Esto me hizo pensar que yo he nacido para conocer pocas cosas y para

amarlas todas.

Ignoro si a los demás les sucederá otro tanto, aunque presumo que sí.

* * * * *

Vivo placenteramente en medio de la indiferencia de los que me rodean.

Viviría inquieto con su admiración y su aplauso. Pero la vida me sería

insoportable con su hostilidad.

* * * * *

Hay hombres en los cuales lo mismo simpatía que antipatía, cariño que

aversión, engendran fatalmente odio, porque no cabe otra cosa en su

pecho.

Los hay en quienes tanto el amor como el odio despiertan amor, porque su

alma sublime no puede vibrar con otro sentimiento.

Ambas categorías son excepcionales. En la inmensa mayoría de los hombres

el amor engendra amor, y el odio, odio.

Y en este promedio vulgar se encuentra, por desgracia, este pobre hombre

a quien llaman _el doctor Angélico._

* * * * *

Porque no voy al café ni a las librerías ni a los saloncillos de los

teatros a desollar a mis amigos y compañeros me llaman misántropo. Yo

pensaba que eso era ser filántropo.

* * * * *

«El mundo no es más que un inmenso deseo de vivir y un inmenso disgusto

de vivir», afirma Heráclito.

Ignoro si eso será el mundo, pero puedo asegurar que eso soy yo.

* * * * *

Dios está en todas partes, es verdad, pero yo tengo la desgracia de no

verlo más que en el alma de los seres nobles.

* * * * *

«El alma se une al cuerpo sólo para contemplar la Naturaleza y

conocerla--dice el filósofo indio Kapila--. Una vez adquirido este

conocimiento, el alma ya nada tiene que hacer en este mundo. Puede

permanecer en él como la rueda del alfarero sigue dando vueltas algún

tiempo después que cesan de impulsarla; pero ya ha cumplido su destino.»

Esto será verdad para los otros; pero yo sé, hermosa mía, que sólo he

nacido para unirme a ti. ¡Y si tú te murieses!... ¡Oh, entonces sí que

mi vida daría vueltas sin objeto como una rueda loca!

* * * * *

Sólo sentí la certidumbre cuando me he sacrificado.

Cuando ríes, veo brillar en tus ojos el amor, la felicidad y la

inocencia. ¿Qué son el amor, la felicidad y la inocencia más que el

mismo Dios? Cuando ríes, Dios se asoma a tus ojos, y me llevo la mano al

sombrero como si exhibieran el Santísimo.

* * * * *

Papeles del doctor Angélico · 第 16 / 23 段