Hay que decir que el pobre Pitágoras había tenido que padecer graves

persecuciones de la familia por esta su manía de filosofar. Destinábalo

su padre allá en Pamplona, donde residía, al noble arte de la

peluquería, que él mismo cultivaba, no sin brillo. Amorós se negó con

obstinación a rapar barbas y cabellos, creyéndose destinado por la

Naturaleza a investigar los principios esenciales de las cosas. Ni los

ruegos de su madre, ni las burlas de los parroquianos, ni los

zurriagazos de su padre lograron disuadirle. Arrojáronle de la casa:

vagó algunos meses medio desnudo y hambriento por la ciudad. Por fin,

una prima de su padre, mujer devota que poseía algunos ahorros, lo

recogió, y oyendo que su sobrino tenía ganas de estudiar, y ser hombre

de carrera, se obligó a pagársela, enviándole a Madrid, pero a condición

de que, una vez licenciado, tomaría las órdenes y se haría sacerdote.

De lo que menos se acordaba Amorós era de la promesa que había hecho a

su tía. Estudiaba firme, es cierto, pero sólo por el placer de averiguar

quién había hecho el mundo, cómo y por qué lo había hecho, y, en último

resultado, si este mundo tenía una realidad absoluta, o sólo relativa.

En cuanto a lo de vestir sotana, parecíale que era hacer traición al

librepensamiento y romper de una vez y para siempre con Krause. Nadie le

haría cometer tal felonía.

Mas si el sobrino no se acordaba de la promesa que había hecho a su tía,

ésta la recordaba admirablemente. Y como ya hacía cuatro años que le

pagaba su cortísima pensión (imposible vivir con ella otro hombre que no

fuese Amorós), y como nada hablaba de seminario ni de órdenes, empezó a

desazonarse, vino a Madrid, averiguó que su sobrino, aunque de conducta

intachable, era grande amigo de algunos profesores herejes que enseñaban

en la Universidad, entre ellos de un cura apóstata, y, alarmada y

enfurecida hasta un grado indecible, se volvió a su pueblo después de

maldecirle.

Aquella noche observé que Amorós había llorado. Era hombre sensible, de

ánimo apocado, y las consecuencias de tal escena harto graves para

cualquiera. Su tía alzó la pensión: no le quedaba al mísero otra

disyuntiva que fenecer de hambre o irse a Pamplona a pelar barbas. Se

pasaron varios días. Amorós se hallaba profundamente triste y

preocupado, pero no por eso dejaba de asistir puntualmente a sus

cátedras. Cuando llegó el fin del mes, escuché en su cuarto fuertes

gritos de doña Paca, que, sin duda, le reclamaba el pupilaje. Al otro

día escuché gritos más altos aún, y al otro, cuando llegué a las once de

mi cátedra de Química, vi un corro de gente delante de la casa y algunos

guardias. Pitágoras se había dado un tiro en su cuarto con el revólver

de un teniente que con nosotros se hospedaba. Subí la escalera a saltos,

y me encontré a mi pobre amigo yacente en su lecho y rodeado de los

huéspedes, del médico y de doña Paca, que se portó en aquella ocasión

mejor de lo que hubiéramos presumido. Amorós, según la declaración del

médico y lo que pudimos observar, no estaba muerto: respiraba y dejaba

escapar débiles gemidos, pero no recobró el sentido hasta algunas horas

después. La bala estaba alojada en los huesos del cráneo; una vez que

cediese la fiebre, se le podría salvar mediante una operación. Doña Paca

no quería que lo llevasen al hospital, pero el médico la convenció de su

necesidad, porque la operación era costosa y los cuidados harto

delicados para una casa de huéspedes.

Lo llevaron, pues, al hospital, y yo puse un telegrama patético a su

tía, que se presentó dos días después. La pobre mujer, juzgándose

causante de aquella desgracia, estaba inconsolable, y no me costó

trabajo persuadirla de que siguiese concediendo la pensión a su sobrino,

sobre todo cuando le insinué la amenaza de que éste volvería a darse

otro tiro en el caso de que no lo hiciese. Tanto le espantó la idea, que

hasta me prometió subirle el sueldo. A menudo iba a verle, y nosotros

también, y sólo cuando la operación se efectuó felizmente, y estaba ya

en plena convalecencia, se decidió a regresar a Pamplona.

Dos meses después Pitágoras se hallaba entre nosotros disfrutando de los

amenos garbanzos de doña Paca. Pero Pitágoras ya no era Pitágoras, esto

es, ya no era un hombre que mirase al lado permanente de las cosas. Su

enfermedad le había arrancado, no solamente la afición al estudio, sino

también aquel respeto acendrado y veneración que profesaba a la

Metafísica y a todos los que con brillantez la habían cultivado. Empezó

riéndose de los profesores krausistas de la Universidad, y concluyó por

ir con el teniente de jolgorio por las noches. Por fin, un día me

declaró en la mesa que estaba resuelto a dejar la carrera de Filosofía y

Letras y emprender la de Veterinaria, para lo cual contaba ya con la

autorización de su tía.

Aquel repentino cambio de sus ideas y conducta nos sorprendió a todos,

pero más a mí que a ninguno. Aunque profano a la Metafísica, me agradaba

oírle cuando disertaba sobre los problemas capitales de la existencia,

porque hablaba correctamente y parecía versado en todas las ciencias, y,

además, tenían sus discursos un dulce sabor idealista conforme con mis

tendencias. Por eso, una tarde que estábamos en el café bebiendo una

botella de cerveza mano a mano, me aventuré a preguntarle:

--¿En qué consiste, amigo Amorós, que te veo tan cambiado de poco tiempo

a esta parte? Antes asistías a tus cátedras con puntualidad, y ahora

pareces muy descuidado. Antes pasabas las horas en la Biblioteca

tragando libros, y ahora te agrada más venir con cualquiera de nosotros

al café. No hace siquiera tres meses idolatrabas a tus profesores de la

Universidad, y ahora te burlas de ellos.

Amorós se encogió de hombros y dejó escapar un leve bufido displicente.

--Psch... Estoy cansado de la Filosofía...

--Y ese cansancio, ¿te ha acometido repentinamente?

--Sí, repentinamente.

--¡Es extraño!

Amorós quedó silencioso, como si le molestasen mis preguntas, y cambió

de conversación. Pero no tardó en quedar otra vez silencioso y

taciturno. Al cabo de un momento, me dijo con cierta solemnidad, que me

sorprendió:

--Si me prometes guardarlo fielmente, te confiaré un secreto que hasta

ahora no ha salido de mis labios.

--Puedes estar seguro...

--Sobre todo a los compañeros de la casa, ¿entiendes?... Bastante se han

reído de mí.

Yo me llevé la mano al pecho, prometiendo eterno silencio.

Amorós bebió lo que quedaba en el vaso y, limpiándose los labios con el

pañuelo, comenzó a hablar de esta suerte:

--Has de saber, amigo, que yo he estado en el otro mundo... (Si haces

esas muecas, dejaré de hablar...) No sé cuánto tiempo he estado, pero

certifico que he estado. Cuando me dí el tiro en la frente perdí el

conocimiento, como todos sabéis, y estuve unas cuantas horas sin él...

En efecto, no oí el disparo siquiera, pero al cabo de un instante

desperté trabajosamente de mi sopor y pude darme cuenta de que estaba

vivo y pensaba, pero me hallaba en completa obscuridad. Ya podrás

comprender el terror y la angustia que se apoderarían de mí. Quería

gritar, y no podía; quería moverme, y tampoco. Por fin, al cabo de algún

tiempo, percibí una luz lejana, muy lejana, allá en lo profundo, y

entonces me fué dado levantarme y bajar hacia ella. Oía al mismo tiempo

un débil rumor de voces extrañas que tan pronto semejaban las notas de

un piano, como palabras de cólera, risas y lamentos... Entonces me dije

sin vacilar: «Estoy en el otro mundo.» Por caso extraño, esta idea, ni

me horrorizó, ni me entristeció siquiera. Me puse a caminar, como te

digo, hacia aquella luz tan lejana, y observé que, según iba

descendiendo, las voces extrañas que había oído se iban haciendo más

distintas. Era un rumor de muchedumbre que se agita y habla, pero no

como se agitan y hablan las muchedumbres en la tierra, sino de un modo

musical; parecía como si recitasen al piano alguna poesía. Acerquéme

más; la luz se iba haciendo cada vez más intensa, y al cabo de un

momento llegaron a mis oídos algunas palabras sueltas; después, frases

enteras. «¡No somos nada; no somos nada!», oí repetidas veces...

Al llegar aquí Amorós, me costó trabajo contener la risa, pero la

contuve. Doña Paca, cuando su huésped estaba yacente, sin dar señales de

vida, había repetido diferentes veces la misma exclamación mientras un

pianillo tocaba en la calle los aires de las zarzuelas más conocidas.

--El camino que yo llevaba se iba esclareciendo. Era un túnel estrecho

cubierto de estalactitas que brillaban como diamantes. Por fin

desemboqué en una gruta inmensa, de una techumbre cuya altura me parecía

prodigiosa. Esta techumbre era toda fosforescente y esparcía una

claridad suave por el recinto, cuyos límites no alcanzaba a distinguir.

Vi unos hermosos jardines adornados de fuentes y estatuas, bosquecillos

de naranjos y limoneros, y percibí un aroma embriagador, en el que

predominaba la violeta...

(No pude menos de recordar que doña Paca le había rociado las sienes con

esta esencia.)

--Una muchedumbre hormigueaba por aquellos jardines, paseando unos,

formando corro otros, y todos hablando. Vestían los allí congregados de

muy diverso modo: había persas, hebreos, griegos, egipcios, romanos,

caballeros de la Edad Media y ciudadanos de la presente. Parecía un

baile de trajes. Me acerqué a dos árabes que venían discutiendo con

calor, y les pregunté cortésmente: «Estoy en los Campos Elíseos,

¿verdad?» «Así es, amigo--me respondió uno de ellos--, y ésta es la

morada feliz de los filósofos. Más allá se extienden los jardines de los

poetas y los músicos.» En efecto, a lo lejos se oía siempre música

deliciosa. Una alegría inmensa se apoderó de mí. Me hallaba para siempre

en los Elíseos, y el Eterno me había colocado en el sitio que yo hubiera

elegido. Frotándome las manos de gozo, me puse a recorrer aquellos

encantadores campos, siempre verdes, esmaltados de flores, ricos en

amenas florestas y en sazonados frutos, que pendían de los árboles

dulces y perfumados, ostentando vivos colores. Todos los rostros que

encontraba expresaban dulce serenidad, y en todos los ojos brillaba una

dicha inmortal. Como ya te he dicho, los filósofos formaban a veces

corrillos más o menos grandes, y, por lo que pude observar, era para

escuchar la palabra de alguno más señalado. Me acerqué prontamente al

corro que me pareció más numeroso, y vi en seguida que se componía de

griegos en su mayor parte. Todos escuchaban con atención y aplaudían a

un hombre que hablaba sobre un pequeño pedestal. Tenía este hombre el

torso atlético, la frente espaciosa, la mirada imponente. Su palabra

fluía sosegada y majestuosa de su boca, y con tal gracia y corrección

que en cuanto escuché algunas me dije sin vacilar: «Este es Platón.»

Abríme paso como pude hasta aproximarme a él, y escuché.

»--¿Acaso, hijos míos, pensaríais que lo intelectual puede separarse de

lo corporal? Jamás, jamás esto puede acaecer, porque lo intelectual y lo

corporal son dos aspectos de la naturaleza humana obrando y reobrando

profundamente el uno sobre el otro. El antagonismo artificial que una

falsa filosofía dualística y teológica había creado entre el espíritu y

el cuerpo, entre la fuerza y la materia, ha desaparecido ante el

progreso de las ciencias naturales. Esa alma de que nos sentimos tan

orgullosos no viene de un falso cielo mitológico en quien nadie cree ya;

tiene un origen animal, se desenvuelve necesariamente con el cuerpo, y

es el resultado de una larga evolución de los elementos primordiales de

la materia. La aparición en la Naturaleza de un nuevo cuerpo, ya sea un

cristal, un infusorio o mamífero, no significa otra cosa sino que

diversas partículas materiales, que preexistían bajo cierta forma, han

adoptado, a consecuencia de modificaciones sobrevenidas en las

condiciones de su existencia, una nueva forma, otro modo diverso de

agruparse. Nosotros no conocemos el origen de esta materia, pero sí

sabemos de un modo evidente que ni una sola molécula puede añadirse o

arrancarse a ella, y que por sí misma es el origen de todo lo que vemos,

de todo lo que tocamos, de todo lo que pensamos y de todo lo que

sentimos...

»--¡Este no es Platón!--exclamé yo entonces en voz alta, sin darme

cuenta de lo que hacía.

»--¡Silencio, silencio!--oí gritar por todas partes--. ¡Dejad hablar al

divino Platón!

»Y cien miradas iracundas se clavaron en mí. Aléjeme de aquel sitio, y

me dirigí a otro círculo menos numeroso, donde peroraba un viejo de

aspecto noble, vestido con sencillez a la moda del siglo XVII.

»--Es preciso que os persuadáis, señores--decía el viejo--, de que el

conocimiento metafísico, esto es, el conocimiento de la esencia y de la

última razón de las cosas, no es posible sino por las ideas, y que el

problema de las ideas es el problema fundamental de la ciencia. No

examinemos este problema desde el punto de vista puramente psicológico,

porque esto sería mutilarlo. Buscar el origen de las ideas en la

sensación conduce indefectiblemente al materialismo más grosero.

Tratemos de averiguar lo que significan las ideas, cuál es su valor

ontológico y objetivo, sea que se las considere en sí mismas, o en su

relación con las cosas. Yo os afirmo, señores, que sin el idealismo no

hay verdadera ciencia. Toda doctrina que no sea idealista, concluye

necesariamente en la negación del conocimiento. ¿Cuál es la condición

esencial de la ciencia sino el estar fundada sobre leyes inmutables,

sobre principios necesarios y absolutos? Que se supriman los principios,

y no quedará más que el fenómeno, esto es, un elemento contingente,

relativo, que, no bastándose a sí mismo, tampoco puede proporcionar una

base firme e invariable al conocimiento...

»--¿Quién es este viejecito tan simpático?--pregunté en voz baja a uno

que tenía cerca.

»--¡Cómo! ¿No conoce usted a míster Locke, al más grande de los

filósofos ingleses?

»--¡Locke!--exclamé yo a mi vez, en el colmo de la sorpresa. Y me alejé

de allí persuadido de que aquel viejo era un farsante como el otro que

había suplantado a Platón.

»En el centro de otro grupo numeroso vi a un hombre, anciano también,

con el pecho cubierto de bandas y condecoraciones, que peroraba con

palabra solemne. Hablaba en latín, como el otro. Ya sabes que yo conozco

regularmente esta lengua, y, por tanto, nada tiene de particular que

comprendiese lo que decían. Pero Platón, o el falso Platón, hablaba en

griego, y, a pesar de no tener más que un conocimiento muy superficial

de este idioma, le entendía igualmente a la perfección. Esto es

maravilloso, y me convence más y más de que, en realidad, me he hallado

en la región de los muertos.

»--El solo hecho psicológico--decía el anciano de las

condecoraciones--que sea primitivo e irreductible, es la sensación. La

idea no es más que una sensación continuada o debilitada. La volición no

es más que un movimiento producido por la sensación dominante. La

libertad, esto es, el poder determinarse a sí mismo, pura ilusión; todo

se encadena en nosotros según las leyes de sucesión uniformes. La

espontaneidad y la actividad sólo son apariencias que se reducen a

sensaciones sucesivas. Cuando creemos percibir en nosotros una acción

motora de nuestros órganos no percibimos, en realidad, más que una

sensación de movimiento que sucede a un sentimiento de deseo.

Igualmente, cuando pensamos ejecutar un acto de voluntad independiente

no hay en nosotros sino un deseo más fuerte o una idea más poderosa

seguida de ejecución. Siendo, pues, la esencia de la vida sensación, y

nada más que sensación, los fenómenos placer y dolor es lo único que en

ella importa. Sensaciones dolorosas o placenteras, ésta es nuestra vida,

ésta es la vida del mundo. Pero el placer es negativo, mientras el dolor

es positivo. El placer se origina de una necesidad satisfecha, esto es,

de la desaparición de un dolor; pero como la satisfacción que el ser

experimenta con esta desaparición no puede ser permanente, pues apenas

satisfacemos una necesidad otra nace en seguida, podemos afirmar que el

dolor es la verdadera esencia del mundo. El mundo más perfecto es aquel

en que las sensaciones son más complicadas y más intensas; luego el

mundo más perfecto será el más doloroso. El último mundo, creado por

Dios, será, pues, el peor de todos. Nosotros, en la tierra que ya

dejamos, hemos vivido en el peor de los mundos posibles...

»No necesité escuchar más, supuesto lo que me había acaecido con los

otros. Así, que dije al que tenía a mi lado:

»--Este es el barón de Leibnitz.

»--Justamente--me respondió.

» Apartéme de aquel grupo, cada vez más confuso y asombrado, y comencé a

dar vueltas por los amenos jardines, sin pretender acercarme a ningún

otro. Viendo cruzar a mi lado un griego, de rostro agradable y franca

mirada, me aventuré a dirigirle la palabra (en griego, por supuesto).

»--Amigo, si tienes espacio y no te molesta conversar con un recién

llegado, yo te ruego que me saques de la confusión y perplejidad en que

me hallo. Acabo de escuchar a tres de los más grandes filósofos que

hemos tenido allá en la Tierra, y los tres han expresado ideas

contrarias a las que en vida sostenían. ¿Qué significa esto?

»--Con todos te pasará lo mismo--me respondió sonriendo--. Los filósofos

que aquí llegan, cambian de opinión y se pasan resueltamente a la

opuesta en un período que fluctúa entre los ochenta y cien de vuestros

años. Algunos, mucho primero. Ahí tienes un poco más lejos a

Schopenhauer, que, recién venido, no cesa de cantar himnos a la vida y

de narrarnos prolijamente lo bien que lo pasaba en ella con su flauta,

con sus libros y sus fáciles conquistas.

»--Te digo, en verdad, que esto es asombroso.

»--Pues en verdad te digo también que no hay motivo para que te

asombres. Qué; ¿no has observado allá entre los mortales cómo los

filósofos, si Dios les otorga larga vida y acomodo para filosofar, van

modificando lentamente sus ideas? No hablemos de los nuestros, que

apenas conocéis, si se exceptúan Platón y Aristóteles. Dirige una mirada

hacia los tuyos. ¿Es lo mismo Kant en sus primeros tiempos que en los

últimos? Pregúntaselo a Schopenhauer. ¿Es el mismo Fichte en la

_Doctrina de la Ciencia_ que en el _Método para la vida feliz?_ ¿No ha

modificado Schelling profundamente sus opiniones en los últimos

escritos? Y Goethe, hablando en su vejez con tal benevolencia del

Cristianismo, ¿es el furioso irreconciliable enemigo de la Cruz que en

su juventud? Por fin, vivo está todavía el filósofo más notable que hoy

tenéis, Herbert Spencer, y sabes bien que ya no es, ni mucho menos, el

materialista intransigente de sus primeras obras. Así, pues, amigo, deja

de admirarte de que aquí esos grandes filósofos hayan cambiado de

opinión hasta pasarse a la contraria, porque en la Tierra, de haber

continuado viviendo, hubiera acaecido otro tanto más tarde o más

temprano. Si hay cambio, si hay modificación, por leve que sea, a la

larga, los resultados serán enormes. Ya ves que el alzamiento de una

pulgada en el espacio de un siglo en el fondo del mar ha causado la

aparición de nuevos y grandes continentes... Mira--añadió con su fina

sonrisa enigmática--, ése es el único ser que no cambia jamás.

» Volví los ojos hacia donde me señalaba, y acerté a ver una gran

estatua de bronce que representaba la Fe sobre alto pedestal. En las

gradas de este pedestal vi también algunos hombres que parecían dormir.

»--¿Qué hacen ahí esos hombres tumbados a los pies de la

estatua?--pregunté a mi interlocutor.

»--Esperan tranquilamente a que se le caiga la venda de los ojos;

esperan que llegue el día en que, como dice vuestro Malebranche, la fe

se convierta en inteligencia.

»A mí me atacó en aquel instante un fuerte deseo de dormir también. Me

acerqué a ellos, me acosté a su lado, y quedé traspuesto... El vivo

dolor que me produjo la sonda del médico al hacerme la cura fué lo que

me despertó, trayéndome de nuevo a la vida.

Calló Amorós, y yo también guardé silencio, meditando sobre su relato.

Al cabo, mi compañero profirió, alzando los hombros con ademán

desdeñoso:

--¿Para qué estudiar Metafísica a sabiendas de que lo que hoy juzgas

verdad te parecerá mañana mentira?

No repliqué, porque me hallaba profundamente preocupado. Al fin, dejé de

pensar en aquellas arduas cuestiones, y le pregunté maliciosamente:

--Dime: tu gran maestro Krause, ¿había cambiado también de opinión?

--¡Krause!--exclamó mirándome con los ojos muy abiertos--. ¿Sabes que he

preguntado a mucha gente, y nadie me ha dado cuenta de él? ¡Nadie le

conocía!... Es curioso, ¿verdad?--añadió soltando una carcajada.

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EXPERIENCIAS Y EFUSIONES

Los niños escuchan con prevención y hostilidad los consejos de los

maestros. En cambio, una palabra sensata, vertida por un compañero en

medio de sus juegos, suele hallar eco en su alma.

¿Serán distintos los hombres? No lo sé; pero yo, cuando quiero insinuar

una verdad, lo hago poniéndoles familiarmente la mano sobre el hombro y

diciéndosela al oído.

* * * * *

Nuestra sociedad está hecha de una materia tan fluida, que los cerebros

llenos se van al fondo. Sólo pueden flotar los huecos.

* * * * *

Si con sinceridad se observa uno a sí mismo, conviene fácilmente en que

el móvil interesado es el más poderoso, el más absorbente, el que unas

veces presentándose con la cara descubierta, otras ocultándose detrás de

velos espesos, decide de _casi_ todas nuestras acciones. Pero en este

_casi_ se encuentra la llave que nos abre el santuario de la verdad. Por

dicha, hay actos que, como valerosos pajaritos, se escapan y burlan

algunas veces las garras del buitre y vuelan al cielo. Y cuando uno de

estos pajaritos logra burlar al ladrón, los genios invisibles que

guardan y presiden nuestra vida estallan en aplausos. Todo hombre los

escucha y su corazón late alegre y triunfante.

* * * * *

El pasado no nos pertenece; el porvenir, tampoco. Agarrémonos al

presente, que es nuestra propiedad. Si gozamos, pensando que es _por

algo_; si sufrimos, pensando que es _para algo_.

* * * * *

Hay que respetar en todo hombre la _posibilidad_, no la _realidad_, que

en la mayoría de los casos no existe.

* * * * *

Cuando nos hayamos elevado a nosotros mismos, podremos elevar a los

demás. Cuando nos hayamos hecho felices a nosotros mismos, podremos

hacer felices a los demás. Y todavía es condición precisa que nuestra

acción sobre ellos no sea violenta y afanosa.

El poeta Shelley, de naturaleza ardiente y generosa, aspiraba a hacer

felices a los hombres a toda costa. Lucha impetuosamente contra las

preocupaciones e injusticias, esparce su actividad y derrocha sus

fuerzas sin conseguir resultado alguno. Por el contrario, en el fragor

de la batalla escandaliza y hiere a muchas buenas almas; hace derramar

lágrimas a las personas más queridas: últimamente, su misma esposa,

abandonada por él, se suicida en un acceso de celos.

El poeta Goethe, de temperamento más egoísta, por su actividad continua

y serena, por el hábil aprovechamiento de las facultades con que Dios le

había dotado, sin pensar mucho en los demás, les hace, sin embargo, más

felices. Su influencia benéfica no sólo se ejerce sobre los que le

rodean, sino que se extiende al través de las generaciones.

* * * * *

La vida es un misterio; pero tiene un resorte por donde se descubre,

como los tesoros de los cuentos árabes. El hombre bueno aprieta el botón

sin vacilar y penetra en el palacio encantado. El egoísta pasa la vida

tanteando y no logra dar con el secreto.

* * * * *

He observado que los que son locos en las palabras lo son menos en las

acciones, y viceversa, los que parecen cuerdos en sus discursos, obran

algunas veces como dementes.

¿Será que a todos los humanos nos haya tocado una cantidad igual y

determinada de locura, que cada cual distribuye a su modo?

* * * * *

No tomes demasiadas posiciones en la vida, porque de todas te arrojará

pronto el enemigo. Clava tu tienda en cualquier paraje y espera

tranquilo el toque de retirada.

* * * * *

El hombre serio es quien triunfa _en_ la vida; pero el hombre que no es

serio es quien triunfa _de_ la vida.

* * * * *

Asciende si puedes con la inteligencia y el corazón a las más altas

cimas, paséate sobre las crestas nevadas, comunícate con las nubes y las

aves del cielo. Para vivir escoge la falda de la montaña.

* * * * *

En la guerra contra la estupidez es menester conducirse como hábil

general. Atacándola de frente, hay seguridad de ser arrollado. Se toman

posiciones, se combinan movimientos, se la ataca por los flancos, se la

pica por la retaguardia, y entonces es posible obtener buen resultado.

* * * * *

Papeles del doctor Angélico · 第 15 / 23 段