Así marchaba distraído, envuelto en una nube de pensamientos suaves.

Poco a poco, los caseríos iban haciéndose más raros: caminaba ya en

plena montaña, y no encontraba más seres vivientes que los pájaros. Mi

dulce monólogo proseguía. Me sentí cansado al fin, y me dejé caer sobre

el césped. La ola de mis pensamientos piadosos crecía, me inundaba de

dicha. Recordé la bella efigie de María Inmaculada que mi madre había

colgado a la cabecera de mi lecho infantil, y sacando la cartera, tracé

las siguientes palabras:

«Un estremecimiento de alegría corre por los cielos y la tierra. Los

vientos se callan. Las nubes se arrebolan. Los hombres caen de rodillas.

Por el ambiente se esparce aroma embriagador. De lo alto llega una

armonía dulce y solemne.

»¿Qué pasa?

»Es que cruza la Virgen María. Legiones de ángeles la acompañan

extasiados de dicha. Sobre su inmaculada frente brilla una corona, y

todo su cuerpo va envuelto en radiosa luz.

»Pero sus oídos no escuchan las músicas celestiales, ni sus ojos ven más

que al Eterno Padre, a quien se dirige. El Universo entero canta su

gloria. Sólo Ella, en su profunda humildad, la ignora.»

* * * * *

Me levanto después, marcho algunos minutos, y me doy cuenta de que he

perdido el camino, que no sé adónde dirigirme. La tarde declinaba

velozmente, y si la noche me sorprendía en aquellos parajes corría

riesgo de no reposar en lecho blando. «¡Qué importa!--me dije, sin la

menor inquietud--. La Virgen me acompaña. Por ella dormiré con placer a

la intemperie.»

Y, más alegre todavía que antes, prosigo mi marcha al través de la

montaña. Al doblar un pequeño repecho vi una zagalita de catorce a

quince años que se ocupaba en cortar ramaje para cama del ganado.

--Niña--le dije acercándome--, ¿cuál es el camino de Aránzazu?

Alzó sus ojos serenos y dulces y comenzó a hablarme en vascuence.

--No entiendo; no entiendo tu lenguaje.

De nuevo me habla en vascuence.

--No entiendo. Voy a Aránzazu.

--¡Ah! Bay, bay... Aránzazu.

Y cerrando su navajita, y guardándola en la faltriquera, me hizo seña de

que la siguiese.

Me emparejé con ella y me puse a mirarla con curiosidad. Su perfil era

de una pureza virginal, como muchas veces suele verse en las imágenes

pintadas o esculpidas, aunque pocas en la realidad: llevaba un pañolito

azul ciñendo al estilo vizcaíno sus cabellos rubios; camisa de lienzo

tosco, y sobre ella, tapándole el pecho y la espalda, otro pañuelo de

colores: la falda corta y los pies desnudos.

Yo la examinaba de reojo. Ella miraba al suelo. Intenté hablar otra vez,

mas no siendo posible hacerme entender, me determiné a caminar en

silencio. Pero aquel silencio me fascinaba, llenábame de una suave

inquietud, sin que acertase a comprender por qué me hallaba tan gozoso y

tan conmovido al mismo tiempo. Atravesamos bosques, donde ya comenzaba a

estar obscuro, subimos por senderos escarpados y solitarios. Y aquella

niña caminaba a mi lado confiada, segura, como si una legión de ángeles

la guardase. Un respeto profundo se iba apoderando poco a poco de mí. El

corazón me palpitaba fuertemente. ¿Qué pensamientos alados comenzaron

entonces a revolotear en mi cerebro? Perdonad que no os lo diga.

Después de media hora de marcha, la zagala se apartó bruscamente de mí,

subió un poco más arriba por la ladera y, extendiendo su brazo hacia una

cruz que se divisaba a lo lejos, dijo solamente:

--Aránzazu.

Me encaminé hacia el santuario embargado por viva y extraña emoción, que

estaba a punto de rendirme y hacerme caer al suelo. Mis labios

murmuraban:

--¡Salve, Estrella de la mañana! ¡Salve, Madre Inmaculada!...

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LAS DEFENSAS NATURALES

EL toro, ¿tiene cuernos para defenderse, o se defiende con los cuernos

porque los tiene? Goethe se atiene a lo último, y con él casi todos los

naturalistas. En cambio, los providencialistas creen lo primero. El

asunto vale la pena de ser dilucidado, pero yo no tengo tiempo en este

instante.

Lo único que diré es que no sólo nuestras cualidades, sino también

nuestros defectos nos son útiles en algunas ocasiones.

Los animales todos utilizan los medios que poseen, fuertes o débiles,

para la lucha con la Naturaleza animada o inanimada. El asno tira coces

porque no tiene garras, el corzo utiliza sus pies ligeros para huir, el

calamar su tinta para enturbiar el agua y ocultarse, y los insectos, que

no poseen otro medio de defensa, se hacen los muertos.

Por eso, nada tiene de extraño, digan lo que quieran, que Morales haya

utilizado en cierta ocasión la mala fama de que gozaba entre sus vecinos

y conocimientos.

Era andaluz, y había llegado al pueblo en compañía de un ingeniero,

sirviéndole de criado y de ayudante en sus trabajos de campo. Cuando el

ingeniero partió de la comarca, Morales se quedó en ella. Logró que le

hiciesen sobrestante en las obras de una carretera, luego fué

destajista; ganó algún dinero. Pronto fué un hombre conocido y hasta

importante entre el paisanaje. En diez leguas a la redonda no había

quien bebiese, quien hablase ni quien mintiese tanto como él. Denunció

una mina de carbón, y se asoció con un pequeño propietario del país

para beneficiarla. Dos años después los trabajos quedaron interrumpidos

y el propietario arruinado. Pero a Morales le vimos tan boyante después

de la catástrofe. Compró un hermoso caballo de silla y comenzó a hacer

una casa. Este fué el primer golpe serio que recibió su reputación.

No mucho después denunció otra mina de hierro. Hizo un viaje al

extranjero, y volvió en compañía de dos blondos ingleses que venían a

reconocerla antes de constituirse la sociedad que había de explotarla.

Los ingleses eran expertos y la reconocieron con toda minuciosidad.

Morales no era tan experto, pero logró engañarles. Los obreros que los

acompañaban, amaestrados por él, llevaban en los bolsillos magníficos

ejemplares de mineral de hierro. Cuando los ingleses les ordenaban

arrancar en los diversos parajes de la mina algunos trozos, al

entregarlos, sabían, como hábiles prestidigitadores, sustituirlos por

los otros.

Sin embargo, aquellos extranjeros comenzaron a dudar de la buena fe de

Morales, o porque advirtiesen sus procedimientos falaces, o porque algún

traidor se los denunciase. Arrojaron los pedazos de mineral extraídos al

río, y una mañana, ellos mismos, provistos de pico y azada, se

dirigieron a la mina, arrancaron los trozos que juzgaron oportuno, los

metieron en un saco, lo precintaron escrupulosamente y se lo llevaron a

la fonda donde se alojaban. Morales se puso al habla con una de las

criadas, le dió un billete de cinco duros, y pudo penetrar de noche en

el cuarto donde se hallaba el saco encerrado. Lo descosió por debajo,

sacó las piedras minerales, introdujo otras, y de nuevo lo cosió.

Cuando el saco llegó a Londres en compañía de los emisarios, y fué

examinado por los técnicos su contenido, causó profunda admiración la

riqueza de aquel mineral, y desde luego quedó constituída la sociedad

que había de beneficiarlo. Se envió un director facultativo, y Morales

fué nombrado administrador gerente.

Grandes preparativos, mucha maquinaria, planos inclinados, pequeñas vías

férreas para la tracción, lavaderos, cargaderos, etc., etc. Todo esto

duró más de un año. Cuando comenzaron los verdaderos trabajos de

explotación no tardó en averiguarse que aquella mina se componía de

pequeñas bolsas, y que si el mineral era rico en alguna de ellas, en la

mayoría valía muy poco. El resultado fué que, algún tiempo después, la

sociedad se vió necesitada a suspender los trabajos, y los ingleses se

retiraron a su país con enormes pérdidas.

¿Perdió también Morales? Lejos de eso, se advirtió claramente que su

fortuna había crecido como la espuma. Compró un coche con dos caballos,

y vivía como un hombre opulento. Los campesinos tasaban su capital en

más de cien mil duros. Es posible que no fuese tanto. De todos modos,

con tal motivo, Morales fué considerado, no sólo en el pueblo, sino en

toda la provincia, como uno de los hombres más inmorales que jamás se

hubieran visto. Fué unánimemente aborrecido y despreciado, pero se le

quitaba el sombrero de lejos.

Así vivió feliz y respetado en la apariencia algunos años. Pero las

leyes morales, vulneradas por su homónimo, exigían una reparación, y al

cabo se les fué otorgada. Nuestro flamante capitalista tenía un espíritu

inquieto y ambicioso; no le bastaba el dulce bienestar que tan

inmerecidamente disfrutaba: apetecía ser un millonario. Vió la ocasión

de conseguirlo, quiso aprovecharla, y sucumbió.

A pocas leguas del pueblo donde habitaba existía un coto minero

compuesto de varias pertenencias que aún se hallaban por explotar. Todo

el mundo se hacía lenguas de aquel coto: se decía que eran las más ricas

minas de carbón que había en la provincia: los ingenieros y capataces

corroboraban este aserto. Morales supo que se hallaban a la venta y que

sus propietarios las tasaban en quinientas mil pesetas. No tenía

bastante dinero para comprarlas, pero se trasladó a la capital de la

provincia, habló con Miranda y con Ulloa, los dos banqueros más ricos,

les hizo ver claramente las ventajas del negocio, y después de repetidos

viajes y conferencias se decidió que las comprarían entre los tres.

Morales aportó doscientas mil pesetas, y ciento cincuenta mil cada uno

de los banqueros.

Miranda y Ulloa no eran dos cándidas palomas. Si algún símil pudiéramos

extraer para ellos del reino animal, más bien pudiéramos compararlos a

dos zorros viejos. Así, que a todo el mundo sorprendió que se asociaran

con aquel aventurero tan desacreditado y peligroso. Ellos sonreían

bondadosamente cuando se hablaba del asunto, y respondían que Morales no

era tan pícaro como la gente lo pintaba.

Sin embargo, no le concedieron la administración del negocio, como

habían hecho los ingleses. Nombraron para este cargo a un yerno de

Ulloa. Además, quedó estipulado en el contrato de sociedad que cada uno

de los socios aportaría, para comenzar los gastos de explotación,

cincuenta mil pesetas, y otras cincuenta mil en el caso de que los

beneficios no bastaran a cubrir los gastos.

Ahora bien, setenta mil duros era todo el capital que poseía Morales.

¿Lo sabían Miranda y Ulloa? Hay que suponer que lo sabían. Porque,

concluído el segundo dividendo pasivo, como las minas no diesen aún lo

suficiente para cubrir los gastos de explotación, se negaron a facilitar

más dinero y suspendieron las obras.

Morales se mesaba los cabellos. Aquello era un absurdo. Todos los

técnicos afirmaban que no había otras minas más ricas en la cuenca

carbonífera. Era seguro que antes de un año comenzarían a rendir enormes

ganancias. Miranda sacudía la cabeza con un gesto escéptico.

--Desengáñese usted, Morales. Hemos hecho un mal negocio. Confesemos que

nos hemos pasado de cándidos prestando confianza a los ingenieros. Los

negocios parecen siempre bien sobre el papel, pero en el terreno son

distintos. No hay más que cerrar el portamonedas, y a pensar en otra

cosa.

¡Cerrar el portamonedas! Demasiado sabían Miranda y Ulloa que el

portamonedas de Morales lo mismo podía estar ya abierto que cerrado.

Pero aparentaban ignorarlo y le trataban como uno de sus pares, esto es,

como un hombre que tuviese en reserva algunos millones. Si él quería

proseguir la explotación por su cuenta, se celebraría entre ellos un

nuevo contrato, y les daría por tonelada extraída el tanto por ciento

que se conviniese.

Morales no quiso confesar su situación. Hipotecó la casa que había

construido, y prosiguió durante un corto tiempo la explotación. Pidió

dinero después en todas partes, y en todas partes le cerraron las

puertas. Las obras quedaron al fin definitivamente en suspenso.

Entonces Miranda le llamó a su despacho, y en nombre suyo y en el de su

compañero Ulloa le propuso... (¡Cuesta trabajo decirlo! Pocas veces se

habrá visto en el mundo una burla tan escandalosa.) Le propuso comprarle

su participación en las minas por la cantidad de ¡diez mil duros!

Morales quiso arrojarse sobre él: los dependientes del banquero se lo

impidieron. No pudieron estorbar que soltase por la boca todos los

epítetos que la fantasía andaluza y su educación plebeya le sugirieron

en aquel instante. Como había testigos, se le podía procesar por

injuria; pero Miranda era un hombre práctico y frío. Prefirió esperar, y

tomar una venganza más sabrosa. Después de todo, aquel desdichado tenía

razón para enfadarse. Acababa de invertir, entre la compra y los

trabajos, más de setenta mil duros.

Entonces comenzó para Morales una época bien aciaga. Sin dinero, sin

reputación, sin amigos, pasaba la vida del uno al otro café del pueblo

vociferando contra Ulloa y Miranda, narrando sus infamias. La gente le

escuchaba guiñándose el ojo. Todo el mundo comprendía que aquel hombre

había caído en un pozo. En cuanto volvía la espalda, soltaban a reir

alegremente.

Descaeció notablemente en su aspecto físico. Andaba pálido, ojeroso,

sucio, y últimamente empezó a darse a la bebida. Llegó a faltarle lo

necesario para vivir, y apeló entonces a subterfugios y trampas que

estuvieron a punto de dar con él en la cárcel. Si alguien le insinuaba

la idea de que aceptase los diez mil duros que le ofrecían Miranda y

Ulloa, ¡eran de oír sus blasfemias e imprecaciones!

Sin embargo, Ulloa y Miranda, cuando se les hablaba del asunto, dejaban

escapar una risita burlona y mostraban completa seguridad de que no

tardaría mucho en venir a ellos con el sombrero en la mano demandando

las cincuenta mil pesetas.

Mas antes de que esto se realizase, llegó a la provincia un míster

Burke, representante de una poderosa Compañía inglesa, acompañado de su

secretario, llamado míster Smith, y recorrieron toda la cuenca

carbonífera. Cuando lo hubieron hecho minuciosamente, decidieron comprar

el coto de Santa Bárbara, que era el de nuestros asociados, y se

presentaron a Miranda y Ulloa.

Miranda y Ulloa abrieron el ojo, presintiendo un buen negocio.

Comenzaron negándose a enajenar las minas. Eran las mejores que existían

en toda la provincia: no necesitaban decírselo, puesto que él mismo las

había reconocido como tales por el hecho de gestionar su compra.

Terminaron pidiendo por ellas tres millones de pesetas.

Hubo largas conferencias, consultas a la casa, regateos y amenazas de

abandonarlo todo y marcharse. Ulloa y Miranda se mantuvieron firmes. Por

fin, míster Burke aceptó el precio. Se convino en celebrar el contrato

tres días después, cuando la casa hubiera girado el millón y medio de

pesetas del primer plazo, pues había de pagarse en dos, uno de presente

y otro a los seis meses.

Pero aquella misma tarde, antes que Ulloa y Miranda hubieran avisado a

Morales (¡y lo hacían con harto dolor de su corazón!), míster Burke les

llamó a la fonda, y con semblante hosco y en español chapurrado les

dirigió este discurso:

Señores, tengo el sentimiento de anunciar a ustedes que nuestras

negociaciones quedan definitivamente rotas. Acabo de enterarme

casualmente de qué clase de persona es el socio que representa el

cuarenta por ciento en la propiedad de las minas. La casa cuyos

intereses gestiono no me perdonaría jamás el haberla rebajado hasta el

punto de celebrar contratos con un hombre que sin escrúpulo alguno la

arrastraría a un pleito o la molestaría por cuantos medios se le

ocurrieran. Nosotros estamos acostumbrados a tratar con personas

honorables, y desde el instante en que tenemos duda de la buena fe de

alguna nos apartamos inmediatamente de ella. Aquí no hay duda ninguna.

El socio de ustedes goza de una reputación pésima, se acumulan contra él

cargos gravísimos. Lo que ha hecho hace tiempo con algunos compatriotas

míos le hubiera imposibilitado, en cualquier otro país que no fuese

España, para seguir habitando en él.

Ulloa y Miranda quedaron consternados. En vano trataron de demostrarle

que, una vez celebrado el contrato, la casa nada podía temer de Morales.

Míster Burke se hizo el sordo. Se hallaba resuelto a abandonar el

negocio, con tanto más gusto, cuanto que las minas seguían pareciéndole

carísimas.

Entonces los banqueros, en el colmo de la desesperación, le ofrecieron

arreglar el asunto, quedándose ellos como únicos propietarios del coto

de Santa Bárbara, si dilataba su marcha cuatro días. Míster Burke se lo

otorgó. Le pidieron asimismo que no hablase con nadie del asunto durante

estos cuatro días. Míster Burke se lo otorgó igualmente.

Enviaron acto continuo un emisario a Morales, con orden de traerle, si

fuese necesario, por los pelos. No fué indispensable. Morales se

presentó al día siguiente en el despacho de Miranda tan sucio y tan

torvo como solía andar en los últimos tiempos. Miranda le acogió con

sonrisa afectuosa y campechana.

--Vamos a ver, Morales, nos hemos enterado de que usted persiste en la

idea de que Ulloa y yo hemos querido arruinarle intencionadamente, para

aprovecharnos de su ruina y quedarnos con las minas por un pedazo de

pan. Nos han dicho que en todas partes y ocasiones nos recrimina usted

con palabras insultantes. Es preciso que esto concluya de una vez.

Juzgamos el negocio malo, y hemos ofrecido a usted una cantidad que, en

realidad, parece irrisoria. Tal vez nos hallemos equivocados, y el coto

tenga un gran porvenir. El presente, bien lo sabe usted, no puede ser

más desastroso. De todos modos, como usted ha hecho sacrificios enormes,

y para arrancar a usted de la cabeza la idea de que hemos pretendido

arruinarle, estamos dispuestos a sacrificar nuestros intereses

entregando a usted la cantidad que por las minas ha dado; esto es,

doscientas mil pesetas.

Morales permaneció silencioso y movió la cabeza lentamente, haciendo un

signo negativo.

--¿No acepta usted?--preguntó Miranda con sorpresa.

El mismo silencio y el mismo signo negativo.

Hubo una pausa.

--¿Pues qué es lo que usted quiere por su parte en el coto?

--Dos millones de pesetas--repuso Morales en el tono más natural del

mundo.

Miranda se puso pálido.

«Este bribón lo sabe todo», se dijo inmediatamente. Por unos segundos se

miraron ambos a la cara en silencio y con los ojos muy abiertos.

--Si es broma, puede pasar--dijo al cabo el banquero riendo--. Ya sé que

ustedes los andaluces las gastan muy alegres.

--Hablo en serio, don Rafaé; usted no sabe lo que son esas minas, don

Rafaé--repuso Morales en tono candoroso--. Si usted supiese qué tesoro

tenemos en ellas, no hubiera usted hecho lo que hizo, abandonar los

trabajos y dejar que algunas galerías se viniesen abajo y las máquinas

se echasen a perder. Yo estoy completamente seguro de que más tarde o

más temprano ese coto nos ha de hacer ricos a todos.

Miranda le clavó una mirada penetrante, tratando de investigar si aquel

sujeto se estaba burlando, o nada sabía de lo ocurrido.

El aspecto tranquilo, inocente, de Morales le aseguró, aunque no por

completo.

--Vamos, no sea usted niño, Morales. Sólo con una imaginación tan

exaltada como la que usted tiene se pueden concebir esas locas

esperanzas. Deje usted la fantasía, vuelva a la razón, y acepte usted el

negocio que le proponemos, porque si ahora lo rehusa, acaso no vuelva

para usted la ocasión.

--Le repito, don Rafaé, que usted no sabe lo que son esas minas. ¡Hay

que haber oído a los capataces!, ¡hay que haber visto trabajar a los

mineros!... ¡Una seda!, ¡un tarro de manteca, don Rafaé!

Éste sacudía la cabeza riendo, como si se tratase de las palabras de un

niño o de un loco.

De pronto el semblante de Morales cambió de expresión. Su frente se

contrajo, sus ojos relampaguearon, su voz temblaba de indignación.

--¡Parece mentira, don Rafaé, parece mentira que usted y su compañero

Ulloa sean dos personas apreciadas y respetables! ¡Después de haberme

dejado en la miseria, después de haberme puesto entre la espada y la

pared, ahora que Dios quiere sacarme de la ruina y hacerles a ustedes

también un favor, todavía intentan ustedes engañarme miserablemente y

despojarme de lo que me pertenece!... Que eso lo hiciese un petate como

yo, podía pasar; ¡pero un senador!, ¡un millonario!

Miranda tenía la cara dura, pero así y todo le salieron los colores a la

cara.

--Puesto que usted lo sabe todo--manifestó al cabo con enfado--, no hay

más que hablar. Sin embargo, debo advertirle que la casa inglesa que

desea adquirir las minas no quiere tratos con usted.

--Es igual--repuso tranquilamente Morales--. O conmigo tiene que tratar,

o no puede adquirirlas. Por tanto, ustedes me darán los dos millones de

pesetas.

A pesar de su calma habitual, Miranda experimentó una terrible

sofocación, que contrajo y encendió su rostro de modo alarmante. Por un

momento pudo temerse que le iba a dar una apoplejía. Dejó escapar unas

cuantas interjecciones que no suelen oirse en el Senado; pero, al fin,

logró dominarse y discutir el asunto con relativa tranquilidad.

Morales no insistió mucho tiempo en los dos millones de pesetas. Después

de disputar algunos minutos se avino a percibir el cincuenta por ciento

del precio, esto es, millón y medio. Y como esta cantidad no la

recibiría sino en dos plazos, porque así entregaría el precio la casa

adquisidora, se convino, por fin, en que Ulloa y Miranda le comprasen su

parte por un millón doscientas mil pesetas, entregado en el acto de

celebrarse el contrato.

Celebróse éste en la mañana del día siguiente. Morales cobró el cheque

del Banco y se partió.

Ulloa y Miranda se dirigieron acto continuo a la fonda donde se alojaba

míster Burke. El dueño del hotel les enteró de que míster Burke y míster

Smith, después de pagar su cuenta, habían salido en el rápido de las

once.

Esta vez la apoplejía no se contentó con amagar. Miranda cayó al suelo.

Le transportaron a casa, y aunque salió del ataque, toda su vida renqueó

un poco de la pierna derecha y habló con más dificultad. Ulloa, que no

era sanguíneo, sino bilioso, pagó el disgusto solamente con un fuerte

cólico.

Ambos eran envidiados y aborrecidos en la ciudad, como suele serlo todo

el que se eleva sobre los demás. Así, que el ingenioso artificio de

Morales, o el _timo del inglés_, como se decía, produjo en toda ella una

risa indescriptible. Han pasado veinte años desde entonces, y yo creo

que todavía están riendo.

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PITÁGORAS

Entre los muchos filósofos con quienes tropecé en las casas de huéspedes

que he recorrido mientras seguí la carrera de Ciencias, ninguno más

enamorado de la Filosofía que mi amigo Amorós. Puede decirse que no

vivía más que para esta dama de sus pensamientos. El duro catre de la

patrona, sus garbanzos no mucho más blandos, sus albondiguillas, sus

insolencias, eran para él sabrosas penitencias que ofrecía en holocausto

a su adorada Metafísica. Los demás murmurábamos; a veces rugíamos de

dolor e indignación: él sonreía siempre, no comprendiendo que se diese

tanta importancia a que las sábanas nos llegasen a la rodilla o un poco

más abajo, que el agua de la jofaina tuviese cucarachas, y otras

niñerías por el estilo.

Primero faltaría el sol en su carrera que él a sus cátedras de la

Universidad, y el que quisiera poner el reloj en hora no tenía más que

atisbar sus entradas y salidas en el feo y sucio portal de la Biblioteca

Nacional. Unas veces leía a Platón, otras a Aristóteles; pero el mayor

filósofo, a su entender, que había producido el mundo era Krause, porque

había resuelto el problema de armonizar el panteísmo con el teísmo por

medio de una lenteja esquemática, que nos mostraba poseído de profunda

admiración. Inútil es decir que a los que estudiábamos Derecho, o

Ciencias, o Farmacia, nos despreciaba, mejor dicho, nos dedicaba un

desdén compasivo que a algunos hacía reir, y a otros montar en furor.

Porque éramos seis o siete los que, bajo el yugo ominoso de doña Paca,

estudiábamos en aquel cuarto tercero de la plaza de los Mostenses

diversas carreras liberales. De su desdén nos vengábamos llamándole

siempre Pitágoras, negándole la existencia del espíritu, y pellizcando

en su presencia a la doméstica que nos servía a la mesa. Esto último era

lo que más desconcertaba al bueno de Amorós, que era casto como un

elefante y se enfurecía de que se tomase a la Humanidad como medio, y no

como fin.

Papeles del doctor Angélico · 第 14 / 23 段