Poco a poco, los caseríos iban haciéndose más raros: caminaba ya en
plena montaña, y no encontraba más seres vivientes que los pájaros. Mi
dulce monólogo proseguía. Me sentí cansado al fin, y me dejé caer sobre
el césped. La ola de mis pensamientos piadosos crecía, me inundaba de
dicha. Recordé la bella efigie de María Inmaculada que mi madre había
colgado a la cabecera de mi lecho infantil, y sacando la cartera, tracé
las siguientes palabras:
«Un estremecimiento de alegría corre por los cielos y la tierra. Los
vientos se callan. Las nubes se arrebolan. Los hombres caen de rodillas.
Por el ambiente se esparce aroma embriagador. De lo alto llega una
armonía dulce y solemne.
»¿Qué pasa?
»Es que cruza la Virgen María. Legiones de ángeles la acompañan
extasiados de dicha. Sobre su inmaculada frente brilla una corona, y
todo su cuerpo va envuelto en radiosa luz.
»Pero sus oídos no escuchan las músicas celestiales, ni sus ojos ven más
que al Eterno Padre, a quien se dirige. El Universo entero canta su
gloria. Sólo Ella, en su profunda humildad, la ignora.»
* * * * *
Me levanto después, marcho algunos minutos, y me doy cuenta de que he
perdido el camino, que no sé adónde dirigirme. La tarde declinaba
velozmente, y si la noche me sorprendía en aquellos parajes corría
riesgo de no reposar en lecho blando. «¡Qué importa!--me dije, sin la
menor inquietud--. La Virgen me acompaña. Por ella dormiré con placer a
la intemperie.»
Y, más alegre todavía que antes, prosigo mi marcha al través de la
montaña. Al doblar un pequeño repecho vi una zagalita de catorce a
quince años que se ocupaba en cortar ramaje para cama del ganado.
--Niña--le dije acercándome--, ¿cuál es el camino de Aránzazu?
Alzó sus ojos serenos y dulces y comenzó a hablarme en vascuence.
--No entiendo; no entiendo tu lenguaje.
De nuevo me habla en vascuence.
--No entiendo. Voy a Aránzazu.
--¡Ah! Bay, bay... Aránzazu.
Y cerrando su navajita, y guardándola en la faltriquera, me hizo seña de
que la siguiese.
Me emparejé con ella y me puse a mirarla con curiosidad. Su perfil era
de una pureza virginal, como muchas veces suele verse en las imágenes
pintadas o esculpidas, aunque pocas en la realidad: llevaba un pañolito
azul ciñendo al estilo vizcaíno sus cabellos rubios; camisa de lienzo
tosco, y sobre ella, tapándole el pecho y la espalda, otro pañuelo de
colores: la falda corta y los pies desnudos.
Yo la examinaba de reojo. Ella miraba al suelo. Intenté hablar otra vez,
mas no siendo posible hacerme entender, me determiné a caminar en
silencio. Pero aquel silencio me fascinaba, llenábame de una suave
inquietud, sin que acertase a comprender por qué me hallaba tan gozoso y
tan conmovido al mismo tiempo. Atravesamos bosques, donde ya comenzaba a
estar obscuro, subimos por senderos escarpados y solitarios. Y aquella
niña caminaba a mi lado confiada, segura, como si una legión de ángeles
la guardase. Un respeto profundo se iba apoderando poco a poco de mí. El
corazón me palpitaba fuertemente. ¿Qué pensamientos alados comenzaron
entonces a revolotear en mi cerebro? Perdonad que no os lo diga.
Después de media hora de marcha, la zagala se apartó bruscamente de mí,
subió un poco más arriba por la ladera y, extendiendo su brazo hacia una
cruz que se divisaba a lo lejos, dijo solamente:
--Aránzazu.
Me encaminé hacia el santuario embargado por viva y extraña emoción, que
estaba a punto de rendirme y hacerme caer al suelo. Mis labios
murmuraban:
--¡Salve, Estrella de la mañana! ¡Salve, Madre Inmaculada!...
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LAS DEFENSAS NATURALES
EL toro, ¿tiene cuernos para defenderse, o se defiende con los cuernos
porque los tiene? Goethe se atiene a lo último, y con él casi todos los
naturalistas. En cambio, los providencialistas creen lo primero. El
asunto vale la pena de ser dilucidado, pero yo no tengo tiempo en este
instante.
Lo único que diré es que no sólo nuestras cualidades, sino también
nuestros defectos nos son útiles en algunas ocasiones.
Los animales todos utilizan los medios que poseen, fuertes o débiles,
para la lucha con la Naturaleza animada o inanimada. El asno tira coces
porque no tiene garras, el corzo utiliza sus pies ligeros para huir, el
calamar su tinta para enturbiar el agua y ocultarse, y los insectos, que
no poseen otro medio de defensa, se hacen los muertos.
Por eso, nada tiene de extraño, digan lo que quieran, que Morales haya
utilizado en cierta ocasión la mala fama de que gozaba entre sus vecinos
y conocimientos.
Era andaluz, y había llegado al pueblo en compañía de un ingeniero,
sirviéndole de criado y de ayudante en sus trabajos de campo. Cuando el
ingeniero partió de la comarca, Morales se quedó en ella. Logró que le
hiciesen sobrestante en las obras de una carretera, luego fué
destajista; ganó algún dinero. Pronto fué un hombre conocido y hasta
importante entre el paisanaje. En diez leguas a la redonda no había
quien bebiese, quien hablase ni quien mintiese tanto como él. Denunció
una mina de carbón, y se asoció con un pequeño propietario del país
para beneficiarla. Dos años después los trabajos quedaron interrumpidos
y el propietario arruinado. Pero a Morales le vimos tan boyante después
de la catástrofe. Compró un hermoso caballo de silla y comenzó a hacer
una casa. Este fué el primer golpe serio que recibió su reputación.
No mucho después denunció otra mina de hierro. Hizo un viaje al
extranjero, y volvió en compañía de dos blondos ingleses que venían a
reconocerla antes de constituirse la sociedad que había de explotarla.
Los ingleses eran expertos y la reconocieron con toda minuciosidad.
Morales no era tan experto, pero logró engañarles. Los obreros que los
acompañaban, amaestrados por él, llevaban en los bolsillos magníficos
ejemplares de mineral de hierro. Cuando los ingleses les ordenaban
arrancar en los diversos parajes de la mina algunos trozos, al
entregarlos, sabían, como hábiles prestidigitadores, sustituirlos por
los otros.
Sin embargo, aquellos extranjeros comenzaron a dudar de la buena fe de
Morales, o porque advirtiesen sus procedimientos falaces, o porque algún
traidor se los denunciase. Arrojaron los pedazos de mineral extraídos al
río, y una mañana, ellos mismos, provistos de pico y azada, se
dirigieron a la mina, arrancaron los trozos que juzgaron oportuno, los
metieron en un saco, lo precintaron escrupulosamente y se lo llevaron a
la fonda donde se alojaban. Morales se puso al habla con una de las
criadas, le dió un billete de cinco duros, y pudo penetrar de noche en
el cuarto donde se hallaba el saco encerrado. Lo descosió por debajo,
sacó las piedras minerales, introdujo otras, y de nuevo lo cosió.
Cuando el saco llegó a Londres en compañía de los emisarios, y fué
examinado por los técnicos su contenido, causó profunda admiración la
riqueza de aquel mineral, y desde luego quedó constituída la sociedad
que había de beneficiarlo. Se envió un director facultativo, y Morales
fué nombrado administrador gerente.
Grandes preparativos, mucha maquinaria, planos inclinados, pequeñas vías
férreas para la tracción, lavaderos, cargaderos, etc., etc. Todo esto
duró más de un año. Cuando comenzaron los verdaderos trabajos de
explotación no tardó en averiguarse que aquella mina se componía de
pequeñas bolsas, y que si el mineral era rico en alguna de ellas, en la
mayoría valía muy poco. El resultado fué que, algún tiempo después, la
sociedad se vió necesitada a suspender los trabajos, y los ingleses se
retiraron a su país con enormes pérdidas.
¿Perdió también Morales? Lejos de eso, se advirtió claramente que su
fortuna había crecido como la espuma. Compró un coche con dos caballos,
y vivía como un hombre opulento. Los campesinos tasaban su capital en
más de cien mil duros. Es posible que no fuese tanto. De todos modos,
con tal motivo, Morales fué considerado, no sólo en el pueblo, sino en
toda la provincia, como uno de los hombres más inmorales que jamás se
hubieran visto. Fué unánimemente aborrecido y despreciado, pero se le
quitaba el sombrero de lejos.
Así vivió feliz y respetado en la apariencia algunos años. Pero las
leyes morales, vulneradas por su homónimo, exigían una reparación, y al
cabo se les fué otorgada. Nuestro flamante capitalista tenía un espíritu
inquieto y ambicioso; no le bastaba el dulce bienestar que tan
inmerecidamente disfrutaba: apetecía ser un millonario. Vió la ocasión
de conseguirlo, quiso aprovecharla, y sucumbió.
A pocas leguas del pueblo donde habitaba existía un coto minero
compuesto de varias pertenencias que aún se hallaban por explotar. Todo
el mundo se hacía lenguas de aquel coto: se decía que eran las más ricas
minas de carbón que había en la provincia: los ingenieros y capataces
corroboraban este aserto. Morales supo que se hallaban a la venta y que
sus propietarios las tasaban en quinientas mil pesetas. No tenía
bastante dinero para comprarlas, pero se trasladó a la capital de la
provincia, habló con Miranda y con Ulloa, los dos banqueros más ricos,
les hizo ver claramente las ventajas del negocio, y después de repetidos
viajes y conferencias se decidió que las comprarían entre los tres.
Morales aportó doscientas mil pesetas, y ciento cincuenta mil cada uno
de los banqueros.
Miranda y Ulloa no eran dos cándidas palomas. Si algún símil pudiéramos
extraer para ellos del reino animal, más bien pudiéramos compararlos a
dos zorros viejos. Así, que a todo el mundo sorprendió que se asociaran
con aquel aventurero tan desacreditado y peligroso. Ellos sonreían
bondadosamente cuando se hablaba del asunto, y respondían que Morales no
era tan pícaro como la gente lo pintaba.
Sin embargo, no le concedieron la administración del negocio, como
habían hecho los ingleses. Nombraron para este cargo a un yerno de
Ulloa. Además, quedó estipulado en el contrato de sociedad que cada uno
de los socios aportaría, para comenzar los gastos de explotación,
cincuenta mil pesetas, y otras cincuenta mil en el caso de que los
beneficios no bastaran a cubrir los gastos.
Ahora bien, setenta mil duros era todo el capital que poseía Morales.
¿Lo sabían Miranda y Ulloa? Hay que suponer que lo sabían. Porque,
concluído el segundo dividendo pasivo, como las minas no diesen aún lo
suficiente para cubrir los gastos de explotación, se negaron a facilitar
más dinero y suspendieron las obras.
Morales se mesaba los cabellos. Aquello era un absurdo. Todos los
técnicos afirmaban que no había otras minas más ricas en la cuenca
carbonífera. Era seguro que antes de un año comenzarían a rendir enormes
ganancias. Miranda sacudía la cabeza con un gesto escéptico.
--Desengáñese usted, Morales. Hemos hecho un mal negocio. Confesemos que
nos hemos pasado de cándidos prestando confianza a los ingenieros. Los
negocios parecen siempre bien sobre el papel, pero en el terreno son
distintos. No hay más que cerrar el portamonedas, y a pensar en otra
cosa.
¡Cerrar el portamonedas! Demasiado sabían Miranda y Ulloa que el
portamonedas de Morales lo mismo podía estar ya abierto que cerrado.
Pero aparentaban ignorarlo y le trataban como uno de sus pares, esto es,
como un hombre que tuviese en reserva algunos millones. Si él quería
proseguir la explotación por su cuenta, se celebraría entre ellos un
nuevo contrato, y les daría por tonelada extraída el tanto por ciento
que se conviniese.
Morales no quiso confesar su situación. Hipotecó la casa que había
construido, y prosiguió durante un corto tiempo la explotación. Pidió
dinero después en todas partes, y en todas partes le cerraron las
puertas. Las obras quedaron al fin definitivamente en suspenso.
Entonces Miranda le llamó a su despacho, y en nombre suyo y en el de su
compañero Ulloa le propuso... (¡Cuesta trabajo decirlo! Pocas veces se
habrá visto en el mundo una burla tan escandalosa.) Le propuso comprarle
su participación en las minas por la cantidad de ¡diez mil duros!
Morales quiso arrojarse sobre él: los dependientes del banquero se lo
impidieron. No pudieron estorbar que soltase por la boca todos los
epítetos que la fantasía andaluza y su educación plebeya le sugirieron
en aquel instante. Como había testigos, se le podía procesar por
injuria; pero Miranda era un hombre práctico y frío. Prefirió esperar, y
tomar una venganza más sabrosa. Después de todo, aquel desdichado tenía
razón para enfadarse. Acababa de invertir, entre la compra y los
trabajos, más de setenta mil duros.
Entonces comenzó para Morales una época bien aciaga. Sin dinero, sin
reputación, sin amigos, pasaba la vida del uno al otro café del pueblo
vociferando contra Ulloa y Miranda, narrando sus infamias. La gente le
escuchaba guiñándose el ojo. Todo el mundo comprendía que aquel hombre
había caído en un pozo. En cuanto volvía la espalda, soltaban a reir
alegremente.
Descaeció notablemente en su aspecto físico. Andaba pálido, ojeroso,
sucio, y últimamente empezó a darse a la bebida. Llegó a faltarle lo
necesario para vivir, y apeló entonces a subterfugios y trampas que
estuvieron a punto de dar con él en la cárcel. Si alguien le insinuaba
la idea de que aceptase los diez mil duros que le ofrecían Miranda y
Ulloa, ¡eran de oír sus blasfemias e imprecaciones!
Sin embargo, Ulloa y Miranda, cuando se les hablaba del asunto, dejaban
escapar una risita burlona y mostraban completa seguridad de que no
tardaría mucho en venir a ellos con el sombrero en la mano demandando
las cincuenta mil pesetas.
Mas antes de que esto se realizase, llegó a la provincia un míster
Burke, representante de una poderosa Compañía inglesa, acompañado de su
secretario, llamado míster Smith, y recorrieron toda la cuenca
carbonífera. Cuando lo hubieron hecho minuciosamente, decidieron comprar
el coto de Santa Bárbara, que era el de nuestros asociados, y se
presentaron a Miranda y Ulloa.
Miranda y Ulloa abrieron el ojo, presintiendo un buen negocio.
Comenzaron negándose a enajenar las minas. Eran las mejores que existían
en toda la provincia: no necesitaban decírselo, puesto que él mismo las
había reconocido como tales por el hecho de gestionar su compra.
Terminaron pidiendo por ellas tres millones de pesetas.
Hubo largas conferencias, consultas a la casa, regateos y amenazas de
abandonarlo todo y marcharse. Ulloa y Miranda se mantuvieron firmes. Por
fin, míster Burke aceptó el precio. Se convino en celebrar el contrato
tres días después, cuando la casa hubiera girado el millón y medio de
pesetas del primer plazo, pues había de pagarse en dos, uno de presente
y otro a los seis meses.
Pero aquella misma tarde, antes que Ulloa y Miranda hubieran avisado a
Morales (¡y lo hacían con harto dolor de su corazón!), míster Burke les
llamó a la fonda, y con semblante hosco y en español chapurrado les
dirigió este discurso:
Señores, tengo el sentimiento de anunciar a ustedes que nuestras
negociaciones quedan definitivamente rotas. Acabo de enterarme
casualmente de qué clase de persona es el socio que representa el
cuarenta por ciento en la propiedad de las minas. La casa cuyos
intereses gestiono no me perdonaría jamás el haberla rebajado hasta el
punto de celebrar contratos con un hombre que sin escrúpulo alguno la
arrastraría a un pleito o la molestaría por cuantos medios se le
ocurrieran. Nosotros estamos acostumbrados a tratar con personas
honorables, y desde el instante en que tenemos duda de la buena fe de
alguna nos apartamos inmediatamente de ella. Aquí no hay duda ninguna.
El socio de ustedes goza de una reputación pésima, se acumulan contra él
cargos gravísimos. Lo que ha hecho hace tiempo con algunos compatriotas
míos le hubiera imposibilitado, en cualquier otro país que no fuese
España, para seguir habitando en él.
Ulloa y Miranda quedaron consternados. En vano trataron de demostrarle
que, una vez celebrado el contrato, la casa nada podía temer de Morales.
Míster Burke se hizo el sordo. Se hallaba resuelto a abandonar el
negocio, con tanto más gusto, cuanto que las minas seguían pareciéndole
carísimas.
Entonces los banqueros, en el colmo de la desesperación, le ofrecieron
arreglar el asunto, quedándose ellos como únicos propietarios del coto
de Santa Bárbara, si dilataba su marcha cuatro días. Míster Burke se lo
otorgó. Le pidieron asimismo que no hablase con nadie del asunto durante
estos cuatro días. Míster Burke se lo otorgó igualmente.
Enviaron acto continuo un emisario a Morales, con orden de traerle, si
fuese necesario, por los pelos. No fué indispensable. Morales se
presentó al día siguiente en el despacho de Miranda tan sucio y tan
torvo como solía andar en los últimos tiempos. Miranda le acogió con
sonrisa afectuosa y campechana.
--Vamos a ver, Morales, nos hemos enterado de que usted persiste en la
idea de que Ulloa y yo hemos querido arruinarle intencionadamente, para
aprovecharnos de su ruina y quedarnos con las minas por un pedazo de
pan. Nos han dicho que en todas partes y ocasiones nos recrimina usted
con palabras insultantes. Es preciso que esto concluya de una vez.
Juzgamos el negocio malo, y hemos ofrecido a usted una cantidad que, en
realidad, parece irrisoria. Tal vez nos hallemos equivocados, y el coto
tenga un gran porvenir. El presente, bien lo sabe usted, no puede ser
más desastroso. De todos modos, como usted ha hecho sacrificios enormes,
y para arrancar a usted de la cabeza la idea de que hemos pretendido
arruinarle, estamos dispuestos a sacrificar nuestros intereses
entregando a usted la cantidad que por las minas ha dado; esto es,
doscientas mil pesetas.
Morales permaneció silencioso y movió la cabeza lentamente, haciendo un
signo negativo.
--¿No acepta usted?--preguntó Miranda con sorpresa.
El mismo silencio y el mismo signo negativo.
Hubo una pausa.
--¿Pues qué es lo que usted quiere por su parte en el coto?
--Dos millones de pesetas--repuso Morales en el tono más natural del
mundo.
Miranda se puso pálido.
«Este bribón lo sabe todo», se dijo inmediatamente. Por unos segundos se
miraron ambos a la cara en silencio y con los ojos muy abiertos.
--Si es broma, puede pasar--dijo al cabo el banquero riendo--. Ya sé que
ustedes los andaluces las gastan muy alegres.
--Hablo en serio, don Rafaé; usted no sabe lo que son esas minas, don
Rafaé--repuso Morales en tono candoroso--. Si usted supiese qué tesoro
tenemos en ellas, no hubiera usted hecho lo que hizo, abandonar los
trabajos y dejar que algunas galerías se viniesen abajo y las máquinas
se echasen a perder. Yo estoy completamente seguro de que más tarde o
más temprano ese coto nos ha de hacer ricos a todos.
Miranda le clavó una mirada penetrante, tratando de investigar si aquel
sujeto se estaba burlando, o nada sabía de lo ocurrido.
El aspecto tranquilo, inocente, de Morales le aseguró, aunque no por
completo.
--Vamos, no sea usted niño, Morales. Sólo con una imaginación tan
exaltada como la que usted tiene se pueden concebir esas locas
esperanzas. Deje usted la fantasía, vuelva a la razón, y acepte usted el
negocio que le proponemos, porque si ahora lo rehusa, acaso no vuelva
para usted la ocasión.
--Le repito, don Rafaé, que usted no sabe lo que son esas minas. ¡Hay
que haber oído a los capataces!, ¡hay que haber visto trabajar a los
mineros!... ¡Una seda!, ¡un tarro de manteca, don Rafaé!
Éste sacudía la cabeza riendo, como si se tratase de las palabras de un
niño o de un loco.
De pronto el semblante de Morales cambió de expresión. Su frente se
contrajo, sus ojos relampaguearon, su voz temblaba de indignación.
--¡Parece mentira, don Rafaé, parece mentira que usted y su compañero
Ulloa sean dos personas apreciadas y respetables! ¡Después de haberme
dejado en la miseria, después de haberme puesto entre la espada y la
pared, ahora que Dios quiere sacarme de la ruina y hacerles a ustedes
también un favor, todavía intentan ustedes engañarme miserablemente y
despojarme de lo que me pertenece!... Que eso lo hiciese un petate como
yo, podía pasar; ¡pero un senador!, ¡un millonario!
Miranda tenía la cara dura, pero así y todo le salieron los colores a la
cara.
--Puesto que usted lo sabe todo--manifestó al cabo con enfado--, no hay
más que hablar. Sin embargo, debo advertirle que la casa inglesa que
desea adquirir las minas no quiere tratos con usted.
--Es igual--repuso tranquilamente Morales--. O conmigo tiene que tratar,
o no puede adquirirlas. Por tanto, ustedes me darán los dos millones de
pesetas.
A pesar de su calma habitual, Miranda experimentó una terrible
sofocación, que contrajo y encendió su rostro de modo alarmante. Por un
momento pudo temerse que le iba a dar una apoplejía. Dejó escapar unas
cuantas interjecciones que no suelen oirse en el Senado; pero, al fin,
logró dominarse y discutir el asunto con relativa tranquilidad.
Morales no insistió mucho tiempo en los dos millones de pesetas. Después
de disputar algunos minutos se avino a percibir el cincuenta por ciento
del precio, esto es, millón y medio. Y como esta cantidad no la
recibiría sino en dos plazos, porque así entregaría el precio la casa
adquisidora, se convino, por fin, en que Ulloa y Miranda le comprasen su
parte por un millón doscientas mil pesetas, entregado en el acto de
celebrarse el contrato.
Celebróse éste en la mañana del día siguiente. Morales cobró el cheque
del Banco y se partió.
Ulloa y Miranda se dirigieron acto continuo a la fonda donde se alojaba
míster Burke. El dueño del hotel les enteró de que míster Burke y míster
Smith, después de pagar su cuenta, habían salido en el rápido de las
once.
Esta vez la apoplejía no se contentó con amagar. Miranda cayó al suelo.
Le transportaron a casa, y aunque salió del ataque, toda su vida renqueó
un poco de la pierna derecha y habló con más dificultad. Ulloa, que no
era sanguíneo, sino bilioso, pagó el disgusto solamente con un fuerte
cólico.
Ambos eran envidiados y aborrecidos en la ciudad, como suele serlo todo
el que se eleva sobre los demás. Así, que el ingenioso artificio de
Morales, o el _timo del inglés_, como se decía, produjo en toda ella una
risa indescriptible. Han pasado veinte años desde entonces, y yo creo
que todavía están riendo.
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PITÁGORAS
Entre los muchos filósofos con quienes tropecé en las casas de huéspedes
que he recorrido mientras seguí la carrera de Ciencias, ninguno más
enamorado de la Filosofía que mi amigo Amorós. Puede decirse que no
vivía más que para esta dama de sus pensamientos. El duro catre de la
patrona, sus garbanzos no mucho más blandos, sus albondiguillas, sus
insolencias, eran para él sabrosas penitencias que ofrecía en holocausto
a su adorada Metafísica. Los demás murmurábamos; a veces rugíamos de
dolor e indignación: él sonreía siempre, no comprendiendo que se diese
tanta importancia a que las sábanas nos llegasen a la rodilla o un poco
más abajo, que el agua de la jofaina tuviese cucarachas, y otras
niñerías por el estilo.
Primero faltaría el sol en su carrera que él a sus cátedras de la
Universidad, y el que quisiera poner el reloj en hora no tenía más que
atisbar sus entradas y salidas en el feo y sucio portal de la Biblioteca
Nacional. Unas veces leía a Platón, otras a Aristóteles; pero el mayor
filósofo, a su entender, que había producido el mundo era Krause, porque
había resuelto el problema de armonizar el panteísmo con el teísmo por
medio de una lenteja esquemática, que nos mostraba poseído de profunda
admiración. Inútil es decir que a los que estudiábamos Derecho, o
Ciencias, o Farmacia, nos despreciaba, mejor dicho, nos dedicaba un
desdén compasivo que a algunos hacía reir, y a otros montar en furor.
Porque éramos seis o siete los que, bajo el yugo ominoso de doña Paca,
estudiábamos en aquel cuarto tercero de la plaza de los Mostenses
diversas carreras liberales. De su desdén nos vengábamos llamándole
siempre Pitágoras, negándole la existencia del espíritu, y pellizcando
en su presencia a la doméstica que nos servía a la mesa. Esto último era
lo que más desconcertaba al bueno de Amorós, que era casto como un
elefante y se enfurecía de que se tomase a la Humanidad como medio, y no
como fin.