Sucede a los escritores muy agasajados de la prensa lo que a los niños

mimados. Cuando se les deja solos o no se les hace caso, se afligen

horriblemente. Éstos chillan como desesperados. Aquéllos se lanzan de

nuevo a la publicidad, con la esperanza de llamar nuevamente la

atención, y escriben la serie de fruslerías que todos conocemos.

* * * * *

Cuando un hombre aspira a elevarse, con razón o sin ella, sobre los

demás, puede tener la seguridad de que se ha captado el odio de todos.

Este odio, o se manifiesta brutalmente, o se disimula; pero el que tenga

dotes de observador, lo percibirá en los más finos matices de la

conversación. Unas veces se mostrará trayendo la plática a algún asunto

donde no estéis fuertes o donde hayáis sufrido algún revés. Otras el

interlocutor tratará de mostraros su superioridad en algún respecto.

Otras afectará absoluta indiferencia por los asuntos que os ocupan, o

aprovechará hábilmente la ocasión para manifestar su desprecio hacia

aquellos que ejercen la misma profesión que vosotros. Por último, cuando

no pueda de otro modo, verterá su gotita de hiel mirándoos con inquietud

y fijeza:

--¡Hombre, me parece que está usted más delgado que la última vez que le

he visto!

* * * * *

¡Cuán engañado vive el que imagina que por alejarse de los hombres y

abandonarles la parte de botín, gloria o dinero que nos corresponde, se

les aplaca! Si esto hacéis, todo el mundo se dará a pensar que es por un

motivo secreto, que obedece a un plan estratégico para atacarles por

otro lado y sacarles más ventaja. Y si al cabo de algunos años se

convencen de que no existía tal plan, como vuestro desinterés o modestia

os ha captado la estimación de una parte del público, todavía os odiarán

mortalmente por este beneficio.

* * * * *

La gran dificultad que necesita vencer un literato novel es la de

convencer a sus compañeros de que es tonto. Los guardianes de la

república de las letras son desconfiados. A veces tardan años en

reconocer la completa inepcia y poner el marchamo. Pero una vez puesto,

las murallas se abaten, las montañas se allanan, los ríos quedan en

seco, y el escritor, ostentando su preciosa contraseña, penetra en los

jardines perfumados por la lisonja, escala los puestos más codiciados, y

sigue su marcha triunfal escuchando los coros de los querubines de la

prensa, que eternamente cantan sus alabanzas.

* * * * *

¿Por qué enfadarse cuando observamos la reputación inmerecida de un

artista o de un escritor? Hay que comprender que la mayoría de los

hombres es reata. Basta que un burro suene el cencerro para que los

demás marchen detrás.

* * * * *

Se dice, generalmente con amargura, que la sociedad no recompensa a los

poetas ni a los filósofos. ¿Por qué ha de recompensarles? Sólo merece

recompensa la pena; y el trabajo de los poetas y filósofos es placer.

Juzgo, pues, que están suficientemente recompensados con que se les deje

cantar o disparatar.

Nunca he podido concebir que la filosofía, la poesía o el sacerdocio

fuesen profesiones. Y de hecho no lo han sido nunca hasta los tiempos

modernos. Todos ellos se han creído remunerados con el gozo que se

procuraban y procuraban a los demás, con el renombre, con la aureola

divina que les acompañaba a todas partes. Y si extendían la mano para

recibir la dádiva del rico, era para sustentarse, no para adquirir

comodidades que deben repugnar a un ser espiritual.

Admiro al sacerdote asceta, al que se lanza a remotos y mortíferos

climas para iluminar las almas, al que entrega su capa al pobre y su

vida al impío; pero me inspira desdén el que aguarda en la antesala de

un poderoso para obtener una canonjía o una mitra. Me hace gozar el

espectáculo de los rapsodas homéricos, de los trovadores de la Edad

Media atravesando solitarios los campos para posarse lo mismo en los

palacios que en las chozas, y cantar allí, y recibir solamente el

preciso abrigo y sustento; pero me indignan aquellos que hacen de su

musa una muñidora de elecciones y una buscona de destinos. Me

entusiasman, por fin, los filósofos druidas recorriendo medio desnudos

en el invierno los bosques de la Galia en busca del _muérdago sagrado_;

pero no puedo comprender a los filósofos modernos recorriendo los

Ministerios en busca de la _nónima_.

* * * * *

Hubo un santo que se fingía idiota para que se burlasen de él, y ganar

de este modo un puesto en el cielo. El procedimiento me parece

inmejorable para ganar también un puesto en la tierra.

* * * * *

El que vive en la obscuridad, aunque no consiga deshacerse enteramente

de enemigos, les puede huir más fácilmente, porque son menos en número y

menos encarnizados. El hombre famoso no puede: los tiene siempre delante

de los ojos. Esta continua presencia excita sus nervios, le obliga a

aborrecer, y concluye por desmoralizarle.

* * * * *

Sir Nicolás Bacon, padre del célebre filósofo de este nombre, hizo

grabar sobre la puerta de su casa de campo esta divisa: _Mediocria

firma_.

En efecto, sólo quien no aspira a sobresalir y renuncia a las ventajas

materiales de poder y de riqueza, consigue dar un fundamento _firme_ a

su felicidad.

Lord Francis Bacon se encargó de comprobar bien tristemente la enseña

paterna.

* * * * *

El amor a la soledad, cuando no se exagera, nos conviene, porque

engendra la meditación, madre de todos los progresos. Cuando se lleva

más allá de sus justos límites indica, si no aversión, por lo menos

temor de los hombres, y el verdadero sabio «ni debe temer ni debe ser

temido de los hombres», como se dice en el _Bhagavad-Gita_.

Huir de los hombres en el tiempo presente es casi imposible. No sólo

necesitamos aniquilar para ello el instinto de sociabilidad que en todos

existe; pero, dadas las condiciones en que ahora se desenvuelve la vida,

casi todos los hombres, por su profesión, se ven obligados a

relacionarse entre sí. Por otra parte, y esto es lo más importante, sólo

en contacto con ellos se les puede hacer bien. Lejos, únicamente el

escritor o el sabio.

No huyamos, pues, de ellos, pero guardémonos de despertar su envidia.

Pasemos a su lado haciendo el menor ruido posible. Procuremos no ser

presa apetitosa para su paladar. Debilitémonos sistemáticamente;

soltemos las carnes para que su olor no despierte el apetito de la

fiera.

Apenas existe en la Historia hombre elevado a un gran poderío que haya

podido sostenerse hasta el fin. Los grandes conquistadores mueren en las

batallas que les suscitan o en el destierro; los ricos perecen

asesinados; los favoritos de los reyes suben al patíbulo. Aun aquellos

que en la obscuridad disfrutan de cierto bienestar, que no se descuiden.

Una ligera tentación de vanidad, un instante de desvanecimiento les

puede costar enormemente caro.

Oid la historia triste del pobre Fargues. Fargues era un francés que

había tomado parte activa y principal en los disturbios de la Fronde

contra la Corte y el cardenal Mazarino durante la minoría de Luis XIV.

No fué ahorcado, aunque no faltaron deseos de hacerlo. Su partido, aun

temible, guardó su vida: fué comprendido en la amnistía. Temeroso, no

obstante, de la venganza de la Corte, decidió retirarse al campo y pasar

en la obscuridad el resto de su vida. Transcurrieron bastantes años, el

cardenal Mazarino había fallecido; pero nuestro hombre, siguiendo los

consejos de la prudencia, permanecía retirado. Vivía, pues,

tranquilamente en su castillo, no muy lejos de Saint-Germain, al amparo

y a la fe de la amnistía, cuando un suceso imprevisto vino a sacarle a

luz. Acaeció que en una cacería en que tomaba parte el Rey, cuatro o

cinco señores de los que le acompañaban, enardecidos en la persecución

de una pieza, se extraviaron en el bosque. Cerró la noche, y se hallaron

sin saber adónde dirigirse. Al fin divisan una luz, marchan hacia ella,

y se encuentran con una casa de recreo; piden hospitalidad, y el dueño

se la ofrece cortésmente. No se limita a esto, sino que los atiende con

real esplendidez: exhibe su rica vajilla, su mesa bien provista, su

excelente vino, sus lechos de pluma, etc. Los cortesanos quedaron

sorprendidos, encantados, llenos de gratitud. Cuando al día siguiente

regresan a Saint-Germain, refieren delante del Rey su aventura y se

hacen lenguas de la amabilidad y esplendidez de su huésped.

--¿Cómo se llama?--pregunta el Rey.

--Fargues.

--¡Fargues, Fargues!... Me suena ese nombre.

No vuelve a decir otra palabra. Pasa a las habitaciones de la Reina

madre; comprueba que el huésped de sus cortesanos es el antiguo y famoso

revolucionario amnistiado, y se irrita grandemente de que viva tan cerca

de su palacio. Llama al primer presidente, y le encarga que inquiera si,

revolviendo los antiguos procesos de la Fronde y examinando la conducta

de Fargues, se hallaría medio legal de castigar su insolencia de vivir

tranquilo, feliz y opulento próximo a la Corte.

El primer presidente, cortesano ávido y rastrero, resuelve complacerle.

Desentierra los procesos, y encuentra medio de complicar a Fargues en

un asesinato cometido en París durante los disturbios. Se le prende, se

le acusa. Él se defiende perfectamente, y alega además la amnistía

concedida. No le valió de nada. Los nobles que había alojado en su casa

hicieron toda clase de esfuerzos para salvarle. Todo fué inútil. Fargues

fué condenado, y sus bienes confiscados en favor del presidente que

dirigió el proceso. Un ligerísimo descuido, un poco de imprudencia o de

vanidad bastó para que aquel anciano saliese de la tranquilidad y las

comodidades de su casa para subir al patíbulo.

* * * * *

Luchamos con empeño por alcanzar la notoriedad, por hacernos populares,

conocidos de la multitud. Y, sin embargo, ¿qué ventaja positiva nos

ofrece esto? Cuando en otro tiempo tropezaba en mis paseos solitarios

con algún hombre público, escritor famoso o magnate, y nuestras miradas

se cruzaban, la superioridad estaba siempre de mi parte. Sus ojos, al

clavarse en mí, no expresaban más que una vaga e impotente curiosidad.

Los míos, en cambio, le decían: «Te conozco; sé tu historia; estoy al

tanto de tus triunfos y de tus flaquezas, de tu talento y de tus

ridiculeces, del origen de tu fortuna y de tus humillaciones domésticas.

Tú, en cambio, nada, nada sabes de mí.»

* * * * *

No sólo las obras literarias despiertan mortal envidia. También las de

cal y canto. Quien haya tenido medios y gusto de edificar una casa, o

aun de reformar la que posee, habrá tropezado con los obstáculos

pequeños o grandes que la envidia le opone.

Conocí en otro tiempo a un caballero de Madrid que iba a pasar los

veranos en un pueblecillo de la costa septentrional de nuestra

península. Transcurridos algunos años, cuando se hubo cerciorado de que

el sitio le agradaba enteramente, de que el clima era sano y los

habitantes honrados, se decidió a fabricar una mansión para pasar

tranquila y dichosamente los últimos años de su vida. Compró terreno

adecuado, y edificó un lindo hotel con todas las comodidades

imaginables. En su frontispicio hizo esculpir, al estilo francés, esta

inscripción: _Mi reposo_.

Apenas el marmolista había terminado de formar la leyenda, y como si el

último golpe del martillo despertase enfurecido al Destino, un vecino le

promovió pleito sobre luces. Interesóse el amor propio de nuestro

caballero: se encendió más y más el pleito. El vecino tenía numerosos

parientes y amigos, que tomaron parte por él: el forastero, influencia

sobre los jueces. Hubo injurias y amenazas, y luego palos y pedradas, y

hasta un desafío en que el forastero salió con la cara acuchillada.

Por último, después de tres o cuatro años de esta vida _reposada_,

nuestro caballero se vió necesitado a malvender su finca y retirarse de

nuevo a Madrid con el hígado enfermo y la cabeza llena de canas.

* * * * *

«Los autores se ven necesitados a empujar el carro de su propia fama»,

ha dicho el poeta Leopardi.

Es cierto, pero a condición de hacerse invisibles, que no sean caballo,

sino electricidad.

* * * * *

Cuando un escritor principia a comerciar con su ingenio, no tarda en

suspender los pagos.

* * * * *

Cuando se apura de un trago la copa de la gloria, suele subirse a la

cabeza. A veces también produce vómitos. Pero si se la bebe a pequeños

sorbos, conforta la existencia, y es fuente de alegría.

* * * * *

Los libros son como los hijos; se engendran con placer; luego dan

disgustos: por fin amparan la vejez.

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EL VIAJE DE LA MONJA

El día de Santa Irene fuí a felicitar, como todos los años, a doña

Irene, esposa de mi amigo Requejo. Es éste un médico militar retirado,

alegre, bondadoso, gran jugador de tresillo. Doña Irene, una señora

igualmente bondadosa, menos alegre y detestable jugadora de tresillo.

Esto último era la única causa visible de divorcio que pudiera existir

entre los cónyuges. Porque los dos viejos se amaban con pasión

idolátrica, sobre todo desde que su única hija Rita les había abandonado

para ingresar en la comunidad de las _Hermanitas de los Pobres_. Yo no

gusto de estas niñas que dejan a sus padres ancianos para cuidar a otros

ancianos que no son sus padres, pero la verdad me obliga a declarar que

Ritita, a quien conocí desde su infancia, era una criatura angelical,

tan dulce, tan inocente, que no parecía hecha para este mundo. ¿Por qué

esta niña, alegre como su padre y tierna como su madre, se había

decidido a hacerse religiosa? No por un desengaño de amor, como

bastantes lo hacen, sino porque su alma pura ardía en caridad y ansia de

sacrificio. La vida regalada al lado de sus padres, tan mimada por ellos

y tan festejada por todos, inquietaba su conciencia. Un verano en que

Requejo se trasladó con la familia a Vitoria, huyendo los calores de

Madrid, la chica comenzó a frecuentar el asilo de ancianos, que estaba

próximo a su casa, trabó amistad con las hermanas, tuvo ocasión de

prestarles algunos servicios, y concluyó por ayudarlas en muchas de las

tareas de su ministerio. A medida que penetraba más adentro en esta vida

de caridad y de servidumbre voluntaria, su alma fervorosa iba gozando

delicias ignoradas, transfigurábase su rostro, al decir de sus mismos

padres, sus ojos brillaban con una luz celestial. Por fin, cierto día

dejó una cartita sobre la mesa de noche de su papá, suplicándole, en

términos humildes, que la permitiese ser hermanita de los pobres.

Requejo montó en cólera, amenazó con hacer y acontecer, pero fué más

fácil de pelar que la mamá. Ésta, con sus lágrimas y sus ataques

nerviosos, logró parar el golpe. Regresaron a Madrid; Ritita pareció

resignada, pero se la vió pronto triste, apática y notablemente

descaecida en su rostro. Requejo se alarmó, tuvo una secreta conferencia

con ella, y salió de la estancia exclamando:

--¡Haz lo que quieras! ¡Cada mujer no es más que un capricho con piernas

y brazos!

Efectivamente, aquel verano fueron de nuevo a Vitoria, y allí se quedó

nuestra Ritita, en el convento, tan gozosa, que a pesar de la mala

alimentación y de su trabajosa vida, no tardó en ponerse gorda y

colorada como una manzana. El buen Requejo sacudía la cabeza riendo,

pero doña Irene no cesaba de verter lágrimas. Aquel rostro marchito, que

lejos de ella se había vuelto sonrosado, le causaba celos y pena. Dos

años hacía que la niña estaba en el convento, y sus padres habían pasado

los dos veranos en Vitoria, cerca de ella.

Los esposos Requejo habitan un pisito confortable en la calle del Pez.

Cuando entré en su casa, el marido se hallaba fuera. Recibióme doña

Irene con su acostumbrada dulzura. Es una señora gruesa, apacible, que

habla con extraordinaria lentitud. Sentados en dos butaquitas, uno

frente a otro, en su gabinete, hablamos--¿de qué habíamos de hablar?--de

Ritita. La pobre madre no tenía otra conversación.

--Verá usted, Jiménez, cuando mi marido me despertó esta mañana, salía

de un sueño delicioso. Soñaba que mi Ritita abría la puerta de la alcoba

y se acercaba a mi cama. Estaba preciosa con el hábito de monja, con su

cofia blanca ceñida a la cara. Sonreía dulcemente, y acercándose a mí me

echaba los brazos al cuello y me besaba con ternura. Yo, apretándola

contra mi pecho, le pregunté: «¿Cómo estás aquí, hija mía?» Ella me

respondió: «He venido a darte los días con permiso de la superiora.» No

me sorprendió mucho, porque creía estar en Vitoria, y no en Madrid. En

seguida me invitó a levantarme, y me ayudó a vestir como hacía en otro

tiempo. Después me dijo: «Ahora voy a peinarte» (porque antes nadie me

peinaba más que ella, ¿sabe usted?) «Pero, hija mía, ¡no podrás con el

hábito!» «¡Oh, ya verás como sí!» Y quitándose la capa, y dejándola

sobre una silla, me obligó a sentarme frente al espejo, y comenzó a

peinarme riendo y charlando alegremente. Yo sentía palpitar mi corazón

de gozo. Cuando terminó, me dijo: «Ahora me darás una batatita de Málaga

escarchada, ¿verdad? No las he comido desde que tomé el hábito, pero hoy

son tus días, y Dios me perdonará el exceso. Es la única golosina con

que sueño alguna vez.» Fuí al comedor, le traje una bandeja de dulces,

tomó una batata, bebió una copita de jerez, y sacando su relojito de

acero, dijo: «Ya son las nueve; me voy.» Y tomó la capa de la silla y se

la echó encima de los hombros. «Pero, hija, ¿te vas sin aguardar a tu

papá?» «No puedo esperarle; no tengo permiso por más tiempo... Además,

mamaíta, esta visita ha sido para ti, exclusivamente para ti.» Y

abrazándome otra vez, me dió un sinfín de besos: luego, poniéndose de

rodillas, me pidió la bendición, y salió de la alcoba, y todavía,

teniendo alzado el portier con una mano, me tiraba besos con la otra...

Al ruido que hizo la puerta me desperté. Era mi marido que entraba, y

que se rió no poco con mi sueño...

--¡Ya lo creo que me he reído!--exclamó Requejo, que entraba en aquel

instante, apretándome la mano--. No sabe usted qué cara de beatitud

tenía esta mujer cuando entré a despertarla esta mañana. El placer y el

dolor se reparten el mundo de los dormidos como el de los despiertos.

¿Vendrá usted a almorzar con nosotros?

Acepté la invitación. Al cabo de unos instantes nos trasladamos al

comedor y nos sentamos a la mesa, bien provista y aderezada. Requejo,

muy tolerante en los demás órdenes de la vida, se transforma en feroz

intransigente así que se acerca a la cocina. Dió comienzo el almuerzo, y

una vez más tuve ocasión de advertir y de interesarme por el contraste

que ambos esposos ofrecían. El marido charlaba, gesticulaba, reía,

gritaba sin cesar: la esposa hablaba con suavidad quejumbrosa, poniendo

los ojos en blanco y elevándolos al cielo.

Antes de llegar a los postres, sonó el timbre de la puerta. La muchacha

entró con una carta que doña Irene reconoció de lejos.

--¡Es de Ritita! ¡La esperaba!

Se apresuró a abrirla pidiéndome permiso, aunque su marido la representó

que, por bien del apetito y la digestión, nunca deben abrirse las cartas

mientras se come.

Doña Irene se puso roja leyendo la epístola de su hija, y, dejando el

papel sobre la mesa, juntó las manos con ademán de asombro y alzó los

ojos al cielo, exclamando:

--¡Lo estoy viendo y no lo creo!

Requejo tomó el pliego y se puso a leer, y el asombro también se pintó

en su semblante.

--¡Vaya un caso extraño!... Tome; lea usted esa carta.

Y me la alargó por encima de la mesa. La carta decía como sigue:

«Mamaíta de mi alma: Mañana son tus días, y no quiero dejar de

felicitarte; pero no me contento con hacerlo por carta. Mañana, después

de misa, pediré permiso por una hora a la superiora y me trasladaré por

los aires a Madrid; te iré a despertar, mamaíta, porque tú siempre has

sido dormilona, te daré muchos, muchísimos besos, te ayudaré a vestir, y

después te peinaré, como hacía siempre cuando estaba a tu lado, y

charlaré y reiré hasta que te ponga alegre. Luego tú, en recompensa, me

darás una batatita confitada; ¿verdad que me la darás? Y después de

besarte mucho otra vez, sin que se entere papá, se vendrá por donde se

ha ido tu hija más sumisa, que te quiere con todo su corazón en el

Sagrado y Amoroso de Jesús Nuestro Señor,

»RITA.»

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THEOTOCOS

Fué una criadita guipuzcoana quien me sugirió la idea de visitar el

santuario de la Virgen de Aránzazu. Había nacido en sus cercanías, y en

su infancia apacentó un rebaño de ovejas en aquellos montes. Cuando nos

daba cuenta de su vida monótona, inocente, al pie de la mole de piedra

que guarda la milagrosa imagen, su palabra sonaba dulce, intermitente,

como las esquilas del ganado, me traía a la imaginación el amable

sosiego y los aromas de la montaña.

--¿Nunca se te apareció la Virgen en alguna gruta, como a Bernardetta en

Lourdes?--le pregunté yo con sonrisa de burla.

--¡Oh, no!... La Virgen a mí no quiere... Mala que soy--respondía

ruborizándose.

¡Vaya si la quería! No tardó mucho tiempo en arrastrarla a un convento y

hacerla fiel servidora de sus altares.

--Si alguna vez voy a tu país, te prometo visitar el santuario de

Aránzazu y rezar una salve delante de la Virgen.

--¡Oh, señor!... Hágalo, hágalo...--exclamó con los ojos brillantes de

alegría--. ¡Quién sabe! Usted verá algún milagro.

--Soy viejo ya para ver milagros--respondí con poca delicadeza.

--La Virgen es Madre de todos--replicó alzando con gravedad los ojos al

cielo.

Pasaron algunos años. La casualidad me llevó un día a las montañas de

Guipúzcoa, y en ellas me asaltó el recuerdo de la monjita guipuzcoana

que había sido mi criada, y de la promesa que le había hecho. Amigo

tanto como Rousseau de los campos y de las excursiones a pie, resolví ir

a Aránzazu, no por la carretera, sino por trochas y senderos al través

de los montes.

Cuando salí de Mondragón, poco después de almorzar, me hallaba en un

estado de sobreexcitación intelectual y sensible que parecía alzarme

considerablemente sobre mi ser normal. Lo que pensaba, pensábalo con

sorprendente claridad; lo que sentía, penetraba en mi corazón con fuerza

avasalladora. «Entre cada una de las horas de nuestra vida--dice

Emerson--hay una diferencia de autoridad y de efecto subsiguiente.

Nuestra fe nos ilumina por intervalos; nuestro vicio es habitual; sin

embargo, hay en estos breves momentos tal profundidad, que nos vemos

forzados a atribuirles más realidad que a todas las otras experiencias.»

Estaba en una de esas horas de interna iluminación. Fatigado de tanto y

tanto voltear en los abismos de la metafísica, mi alma se inclinaba

hacia la fe de Cristo. El Evangelio me aparecía con una nueva luz; los

vulgares argumentos de la incredulidad antojábanseme tristes y

ridículos: por milagro y favor de la Providencia, en plena madurez de

juicio, cuando más sano me encontraba de cuerpo y de alma, volvía a

creer como un niño.

Vigoroso y alegre, pues, como jamás lo estuviera, marchaba flanqueando

las verdes cañadas que los montes formaban, procurando ganar la altura.

Cuando tropezaba con un campesino, le preguntaba para cerciorarme del

camino. El camino era largo, pero la tarde lo era también. Fiaba en mis

piernas, y tenía seguridad de llegar al santuario antes del crepúsculo.

«¡Cómo reirían mis amigos del Ateneo--iba pensando--si ahora me viesen

caminando como un peregrino para rezar una salve a la Virgen de

Aránzazu! Podría responderles que Descartes, el padre de la moderna

filosofía, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la

Saleta, como acción de gracias, cuando terminó una de sus obras. Pero

no; no les respondería nada.» Cuando somos felices, nos parecen locos

los que argumentan contra nuestra felicidad. Yo era feliz creyendo en la

Virgen María.

«¿Por qué asombrarse?--exclamaba en mis adentros--. ¿No ha dicho Goethe,

con aplauso de todos, que el Eterno Femenino nos atrae al cielo? Pues el

Catolicismo cristiano había expresado ya esto mismo, enseñándonos que la

Virgen María nos conduce a Dios. El eterno femenino, que es la esencia

de la pureza y la humildad, se halla en el corazón de la Santa Virgen

elegida por Dios para madre del Verbo, y cuantas mujeres hay en el mundo

puras y humildes llevan en su pecho un pedazo del corazón de María. Si

Cristo es el alma de la religión, María es el perfume, es la perpetua

revelación de una verdad que ha flotado siempre en el espíritu humano, a

saber: que, en el Universo, la suprema piedad se identifica con la

suprema justicia.»

Papeles del doctor Angélico · 第 13 / 23 段