mimados. Cuando se les deja solos o no se les hace caso, se afligen
horriblemente. Éstos chillan como desesperados. Aquéllos se lanzan de
nuevo a la publicidad, con la esperanza de llamar nuevamente la
atención, y escriben la serie de fruslerías que todos conocemos.
* * * * *
Cuando un hombre aspira a elevarse, con razón o sin ella, sobre los
demás, puede tener la seguridad de que se ha captado el odio de todos.
Este odio, o se manifiesta brutalmente, o se disimula; pero el que tenga
dotes de observador, lo percibirá en los más finos matices de la
conversación. Unas veces se mostrará trayendo la plática a algún asunto
donde no estéis fuertes o donde hayáis sufrido algún revés. Otras el
interlocutor tratará de mostraros su superioridad en algún respecto.
Otras afectará absoluta indiferencia por los asuntos que os ocupan, o
aprovechará hábilmente la ocasión para manifestar su desprecio hacia
aquellos que ejercen la misma profesión que vosotros. Por último, cuando
no pueda de otro modo, verterá su gotita de hiel mirándoos con inquietud
y fijeza:
--¡Hombre, me parece que está usted más delgado que la última vez que le
he visto!
* * * * *
¡Cuán engañado vive el que imagina que por alejarse de los hombres y
abandonarles la parte de botín, gloria o dinero que nos corresponde, se
les aplaca! Si esto hacéis, todo el mundo se dará a pensar que es por un
motivo secreto, que obedece a un plan estratégico para atacarles por
otro lado y sacarles más ventaja. Y si al cabo de algunos años se
convencen de que no existía tal plan, como vuestro desinterés o modestia
os ha captado la estimación de una parte del público, todavía os odiarán
mortalmente por este beneficio.
* * * * *
La gran dificultad que necesita vencer un literato novel es la de
convencer a sus compañeros de que es tonto. Los guardianes de la
república de las letras son desconfiados. A veces tardan años en
reconocer la completa inepcia y poner el marchamo. Pero una vez puesto,
las murallas se abaten, las montañas se allanan, los ríos quedan en
seco, y el escritor, ostentando su preciosa contraseña, penetra en los
jardines perfumados por la lisonja, escala los puestos más codiciados, y
sigue su marcha triunfal escuchando los coros de los querubines de la
prensa, que eternamente cantan sus alabanzas.
* * * * *
¿Por qué enfadarse cuando observamos la reputación inmerecida de un
artista o de un escritor? Hay que comprender que la mayoría de los
hombres es reata. Basta que un burro suene el cencerro para que los
demás marchen detrás.
* * * * *
Se dice, generalmente con amargura, que la sociedad no recompensa a los
poetas ni a los filósofos. ¿Por qué ha de recompensarles? Sólo merece
recompensa la pena; y el trabajo de los poetas y filósofos es placer.
Juzgo, pues, que están suficientemente recompensados con que se les deje
cantar o disparatar.
Nunca he podido concebir que la filosofía, la poesía o el sacerdocio
fuesen profesiones. Y de hecho no lo han sido nunca hasta los tiempos
modernos. Todos ellos se han creído remunerados con el gozo que se
procuraban y procuraban a los demás, con el renombre, con la aureola
divina que les acompañaba a todas partes. Y si extendían la mano para
recibir la dádiva del rico, era para sustentarse, no para adquirir
comodidades que deben repugnar a un ser espiritual.
Admiro al sacerdote asceta, al que se lanza a remotos y mortíferos
climas para iluminar las almas, al que entrega su capa al pobre y su
vida al impío; pero me inspira desdén el que aguarda en la antesala de
un poderoso para obtener una canonjía o una mitra. Me hace gozar el
espectáculo de los rapsodas homéricos, de los trovadores de la Edad
Media atravesando solitarios los campos para posarse lo mismo en los
palacios que en las chozas, y cantar allí, y recibir solamente el
preciso abrigo y sustento; pero me indignan aquellos que hacen de su
musa una muñidora de elecciones y una buscona de destinos. Me
entusiasman, por fin, los filósofos druidas recorriendo medio desnudos
en el invierno los bosques de la Galia en busca del _muérdago sagrado_;
pero no puedo comprender a los filósofos modernos recorriendo los
Ministerios en busca de la _nónima_.
* * * * *
Hubo un santo que se fingía idiota para que se burlasen de él, y ganar
de este modo un puesto en el cielo. El procedimiento me parece
inmejorable para ganar también un puesto en la tierra.
* * * * *
El que vive en la obscuridad, aunque no consiga deshacerse enteramente
de enemigos, les puede huir más fácilmente, porque son menos en número y
menos encarnizados. El hombre famoso no puede: los tiene siempre delante
de los ojos. Esta continua presencia excita sus nervios, le obliga a
aborrecer, y concluye por desmoralizarle.
* * * * *
Sir Nicolás Bacon, padre del célebre filósofo de este nombre, hizo
grabar sobre la puerta de su casa de campo esta divisa: _Mediocria
firma_.
En efecto, sólo quien no aspira a sobresalir y renuncia a las ventajas
materiales de poder y de riqueza, consigue dar un fundamento _firme_ a
su felicidad.
Lord Francis Bacon se encargó de comprobar bien tristemente la enseña
paterna.
* * * * *
El amor a la soledad, cuando no se exagera, nos conviene, porque
engendra la meditación, madre de todos los progresos. Cuando se lleva
más allá de sus justos límites indica, si no aversión, por lo menos
temor de los hombres, y el verdadero sabio «ni debe temer ni debe ser
temido de los hombres», como se dice en el _Bhagavad-Gita_.
Huir de los hombres en el tiempo presente es casi imposible. No sólo
necesitamos aniquilar para ello el instinto de sociabilidad que en todos
existe; pero, dadas las condiciones en que ahora se desenvuelve la vida,
casi todos los hombres, por su profesión, se ven obligados a
relacionarse entre sí. Por otra parte, y esto es lo más importante, sólo
en contacto con ellos se les puede hacer bien. Lejos, únicamente el
escritor o el sabio.
No huyamos, pues, de ellos, pero guardémonos de despertar su envidia.
Pasemos a su lado haciendo el menor ruido posible. Procuremos no ser
presa apetitosa para su paladar. Debilitémonos sistemáticamente;
soltemos las carnes para que su olor no despierte el apetito de la
fiera.
Apenas existe en la Historia hombre elevado a un gran poderío que haya
podido sostenerse hasta el fin. Los grandes conquistadores mueren en las
batallas que les suscitan o en el destierro; los ricos perecen
asesinados; los favoritos de los reyes suben al patíbulo. Aun aquellos
que en la obscuridad disfrutan de cierto bienestar, que no se descuiden.
Una ligera tentación de vanidad, un instante de desvanecimiento les
puede costar enormemente caro.
Oid la historia triste del pobre Fargues. Fargues era un francés que
había tomado parte activa y principal en los disturbios de la Fronde
contra la Corte y el cardenal Mazarino durante la minoría de Luis XIV.
No fué ahorcado, aunque no faltaron deseos de hacerlo. Su partido, aun
temible, guardó su vida: fué comprendido en la amnistía. Temeroso, no
obstante, de la venganza de la Corte, decidió retirarse al campo y pasar
en la obscuridad el resto de su vida. Transcurrieron bastantes años, el
cardenal Mazarino había fallecido; pero nuestro hombre, siguiendo los
consejos de la prudencia, permanecía retirado. Vivía, pues,
tranquilamente en su castillo, no muy lejos de Saint-Germain, al amparo
y a la fe de la amnistía, cuando un suceso imprevisto vino a sacarle a
luz. Acaeció que en una cacería en que tomaba parte el Rey, cuatro o
cinco señores de los que le acompañaban, enardecidos en la persecución
de una pieza, se extraviaron en el bosque. Cerró la noche, y se hallaron
sin saber adónde dirigirse. Al fin divisan una luz, marchan hacia ella,
y se encuentran con una casa de recreo; piden hospitalidad, y el dueño
se la ofrece cortésmente. No se limita a esto, sino que los atiende con
real esplendidez: exhibe su rica vajilla, su mesa bien provista, su
excelente vino, sus lechos de pluma, etc. Los cortesanos quedaron
sorprendidos, encantados, llenos de gratitud. Cuando al día siguiente
regresan a Saint-Germain, refieren delante del Rey su aventura y se
hacen lenguas de la amabilidad y esplendidez de su huésped.
--¿Cómo se llama?--pregunta el Rey.
--Fargues.
--¡Fargues, Fargues!... Me suena ese nombre.
No vuelve a decir otra palabra. Pasa a las habitaciones de la Reina
madre; comprueba que el huésped de sus cortesanos es el antiguo y famoso
revolucionario amnistiado, y se irrita grandemente de que viva tan cerca
de su palacio. Llama al primer presidente, y le encarga que inquiera si,
revolviendo los antiguos procesos de la Fronde y examinando la conducta
de Fargues, se hallaría medio legal de castigar su insolencia de vivir
tranquilo, feliz y opulento próximo a la Corte.
El primer presidente, cortesano ávido y rastrero, resuelve complacerle.
Desentierra los procesos, y encuentra medio de complicar a Fargues en
un asesinato cometido en París durante los disturbios. Se le prende, se
le acusa. Él se defiende perfectamente, y alega además la amnistía
concedida. No le valió de nada. Los nobles que había alojado en su casa
hicieron toda clase de esfuerzos para salvarle. Todo fué inútil. Fargues
fué condenado, y sus bienes confiscados en favor del presidente que
dirigió el proceso. Un ligerísimo descuido, un poco de imprudencia o de
vanidad bastó para que aquel anciano saliese de la tranquilidad y las
comodidades de su casa para subir al patíbulo.
* * * * *
Luchamos con empeño por alcanzar la notoriedad, por hacernos populares,
conocidos de la multitud. Y, sin embargo, ¿qué ventaja positiva nos
ofrece esto? Cuando en otro tiempo tropezaba en mis paseos solitarios
con algún hombre público, escritor famoso o magnate, y nuestras miradas
se cruzaban, la superioridad estaba siempre de mi parte. Sus ojos, al
clavarse en mí, no expresaban más que una vaga e impotente curiosidad.
Los míos, en cambio, le decían: «Te conozco; sé tu historia; estoy al
tanto de tus triunfos y de tus flaquezas, de tu talento y de tus
ridiculeces, del origen de tu fortuna y de tus humillaciones domésticas.
Tú, en cambio, nada, nada sabes de mí.»
* * * * *
No sólo las obras literarias despiertan mortal envidia. También las de
cal y canto. Quien haya tenido medios y gusto de edificar una casa, o
aun de reformar la que posee, habrá tropezado con los obstáculos
pequeños o grandes que la envidia le opone.
Conocí en otro tiempo a un caballero de Madrid que iba a pasar los
veranos en un pueblecillo de la costa septentrional de nuestra
península. Transcurridos algunos años, cuando se hubo cerciorado de que
el sitio le agradaba enteramente, de que el clima era sano y los
habitantes honrados, se decidió a fabricar una mansión para pasar
tranquila y dichosamente los últimos años de su vida. Compró terreno
adecuado, y edificó un lindo hotel con todas las comodidades
imaginables. En su frontispicio hizo esculpir, al estilo francés, esta
inscripción: _Mi reposo_.
Apenas el marmolista había terminado de formar la leyenda, y como si el
último golpe del martillo despertase enfurecido al Destino, un vecino le
promovió pleito sobre luces. Interesóse el amor propio de nuestro
caballero: se encendió más y más el pleito. El vecino tenía numerosos
parientes y amigos, que tomaron parte por él: el forastero, influencia
sobre los jueces. Hubo injurias y amenazas, y luego palos y pedradas, y
hasta un desafío en que el forastero salió con la cara acuchillada.
Por último, después de tres o cuatro años de esta vida _reposada_,
nuestro caballero se vió necesitado a malvender su finca y retirarse de
nuevo a Madrid con el hígado enfermo y la cabeza llena de canas.
* * * * *
«Los autores se ven necesitados a empujar el carro de su propia fama»,
ha dicho el poeta Leopardi.
Es cierto, pero a condición de hacerse invisibles, que no sean caballo,
sino electricidad.
* * * * *
Cuando un escritor principia a comerciar con su ingenio, no tarda en
suspender los pagos.
* * * * *
Cuando se apura de un trago la copa de la gloria, suele subirse a la
cabeza. A veces también produce vómitos. Pero si se la bebe a pequeños
sorbos, conforta la existencia, y es fuente de alegría.
* * * * *
Los libros son como los hijos; se engendran con placer; luego dan
disgustos: por fin amparan la vejez.
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EL VIAJE DE LA MONJA
El día de Santa Irene fuí a felicitar, como todos los años, a doña
Irene, esposa de mi amigo Requejo. Es éste un médico militar retirado,
alegre, bondadoso, gran jugador de tresillo. Doña Irene, una señora
igualmente bondadosa, menos alegre y detestable jugadora de tresillo.
Esto último era la única causa visible de divorcio que pudiera existir
entre los cónyuges. Porque los dos viejos se amaban con pasión
idolátrica, sobre todo desde que su única hija Rita les había abandonado
para ingresar en la comunidad de las _Hermanitas de los Pobres_. Yo no
gusto de estas niñas que dejan a sus padres ancianos para cuidar a otros
ancianos que no son sus padres, pero la verdad me obliga a declarar que
Ritita, a quien conocí desde su infancia, era una criatura angelical,
tan dulce, tan inocente, que no parecía hecha para este mundo. ¿Por qué
esta niña, alegre como su padre y tierna como su madre, se había
decidido a hacerse religiosa? No por un desengaño de amor, como
bastantes lo hacen, sino porque su alma pura ardía en caridad y ansia de
sacrificio. La vida regalada al lado de sus padres, tan mimada por ellos
y tan festejada por todos, inquietaba su conciencia. Un verano en que
Requejo se trasladó con la familia a Vitoria, huyendo los calores de
Madrid, la chica comenzó a frecuentar el asilo de ancianos, que estaba
próximo a su casa, trabó amistad con las hermanas, tuvo ocasión de
prestarles algunos servicios, y concluyó por ayudarlas en muchas de las
tareas de su ministerio. A medida que penetraba más adentro en esta vida
de caridad y de servidumbre voluntaria, su alma fervorosa iba gozando
delicias ignoradas, transfigurábase su rostro, al decir de sus mismos
padres, sus ojos brillaban con una luz celestial. Por fin, cierto día
dejó una cartita sobre la mesa de noche de su papá, suplicándole, en
términos humildes, que la permitiese ser hermanita de los pobres.
Requejo montó en cólera, amenazó con hacer y acontecer, pero fué más
fácil de pelar que la mamá. Ésta, con sus lágrimas y sus ataques
nerviosos, logró parar el golpe. Regresaron a Madrid; Ritita pareció
resignada, pero se la vió pronto triste, apática y notablemente
descaecida en su rostro. Requejo se alarmó, tuvo una secreta conferencia
con ella, y salió de la estancia exclamando:
--¡Haz lo que quieras! ¡Cada mujer no es más que un capricho con piernas
y brazos!
Efectivamente, aquel verano fueron de nuevo a Vitoria, y allí se quedó
nuestra Ritita, en el convento, tan gozosa, que a pesar de la mala
alimentación y de su trabajosa vida, no tardó en ponerse gorda y
colorada como una manzana. El buen Requejo sacudía la cabeza riendo,
pero doña Irene no cesaba de verter lágrimas. Aquel rostro marchito, que
lejos de ella se había vuelto sonrosado, le causaba celos y pena. Dos
años hacía que la niña estaba en el convento, y sus padres habían pasado
los dos veranos en Vitoria, cerca de ella.
Los esposos Requejo habitan un pisito confortable en la calle del Pez.
Cuando entré en su casa, el marido se hallaba fuera. Recibióme doña
Irene con su acostumbrada dulzura. Es una señora gruesa, apacible, que
habla con extraordinaria lentitud. Sentados en dos butaquitas, uno
frente a otro, en su gabinete, hablamos--¿de qué habíamos de hablar?--de
Ritita. La pobre madre no tenía otra conversación.
--Verá usted, Jiménez, cuando mi marido me despertó esta mañana, salía
de un sueño delicioso. Soñaba que mi Ritita abría la puerta de la alcoba
y se acercaba a mi cama. Estaba preciosa con el hábito de monja, con su
cofia blanca ceñida a la cara. Sonreía dulcemente, y acercándose a mí me
echaba los brazos al cuello y me besaba con ternura. Yo, apretándola
contra mi pecho, le pregunté: «¿Cómo estás aquí, hija mía?» Ella me
respondió: «He venido a darte los días con permiso de la superiora.» No
me sorprendió mucho, porque creía estar en Vitoria, y no en Madrid. En
seguida me invitó a levantarme, y me ayudó a vestir como hacía en otro
tiempo. Después me dijo: «Ahora voy a peinarte» (porque antes nadie me
peinaba más que ella, ¿sabe usted?) «Pero, hija mía, ¡no podrás con el
hábito!» «¡Oh, ya verás como sí!» Y quitándose la capa, y dejándola
sobre una silla, me obligó a sentarme frente al espejo, y comenzó a
peinarme riendo y charlando alegremente. Yo sentía palpitar mi corazón
de gozo. Cuando terminó, me dijo: «Ahora me darás una batatita de Málaga
escarchada, ¿verdad? No las he comido desde que tomé el hábito, pero hoy
son tus días, y Dios me perdonará el exceso. Es la única golosina con
que sueño alguna vez.» Fuí al comedor, le traje una bandeja de dulces,
tomó una batata, bebió una copita de jerez, y sacando su relojito de
acero, dijo: «Ya son las nueve; me voy.» Y tomó la capa de la silla y se
la echó encima de los hombros. «Pero, hija, ¿te vas sin aguardar a tu
papá?» «No puedo esperarle; no tengo permiso por más tiempo... Además,
mamaíta, esta visita ha sido para ti, exclusivamente para ti.» Y
abrazándome otra vez, me dió un sinfín de besos: luego, poniéndose de
rodillas, me pidió la bendición, y salió de la alcoba, y todavía,
teniendo alzado el portier con una mano, me tiraba besos con la otra...
Al ruido que hizo la puerta me desperté. Era mi marido que entraba, y
que se rió no poco con mi sueño...
--¡Ya lo creo que me he reído!--exclamó Requejo, que entraba en aquel
instante, apretándome la mano--. No sabe usted qué cara de beatitud
tenía esta mujer cuando entré a despertarla esta mañana. El placer y el
dolor se reparten el mundo de los dormidos como el de los despiertos.
¿Vendrá usted a almorzar con nosotros?
Acepté la invitación. Al cabo de unos instantes nos trasladamos al
comedor y nos sentamos a la mesa, bien provista y aderezada. Requejo,
muy tolerante en los demás órdenes de la vida, se transforma en feroz
intransigente así que se acerca a la cocina. Dió comienzo el almuerzo, y
una vez más tuve ocasión de advertir y de interesarme por el contraste
que ambos esposos ofrecían. El marido charlaba, gesticulaba, reía,
gritaba sin cesar: la esposa hablaba con suavidad quejumbrosa, poniendo
los ojos en blanco y elevándolos al cielo.
Antes de llegar a los postres, sonó el timbre de la puerta. La muchacha
entró con una carta que doña Irene reconoció de lejos.
--¡Es de Ritita! ¡La esperaba!
Se apresuró a abrirla pidiéndome permiso, aunque su marido la representó
que, por bien del apetito y la digestión, nunca deben abrirse las cartas
mientras se come.
Doña Irene se puso roja leyendo la epístola de su hija, y, dejando el
papel sobre la mesa, juntó las manos con ademán de asombro y alzó los
ojos al cielo, exclamando:
--¡Lo estoy viendo y no lo creo!
Requejo tomó el pliego y se puso a leer, y el asombro también se pintó
en su semblante.
--¡Vaya un caso extraño!... Tome; lea usted esa carta.
Y me la alargó por encima de la mesa. La carta decía como sigue:
«Mamaíta de mi alma: Mañana son tus días, y no quiero dejar de
felicitarte; pero no me contento con hacerlo por carta. Mañana, después
de misa, pediré permiso por una hora a la superiora y me trasladaré por
los aires a Madrid; te iré a despertar, mamaíta, porque tú siempre has
sido dormilona, te daré muchos, muchísimos besos, te ayudaré a vestir, y
después te peinaré, como hacía siempre cuando estaba a tu lado, y
charlaré y reiré hasta que te ponga alegre. Luego tú, en recompensa, me
darás una batatita confitada; ¿verdad que me la darás? Y después de
besarte mucho otra vez, sin que se entere papá, se vendrá por donde se
ha ido tu hija más sumisa, que te quiere con todo su corazón en el
Sagrado y Amoroso de Jesús Nuestro Señor,
»RITA.»
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THEOTOCOS
Fué una criadita guipuzcoana quien me sugirió la idea de visitar el
santuario de la Virgen de Aránzazu. Había nacido en sus cercanías, y en
su infancia apacentó un rebaño de ovejas en aquellos montes. Cuando nos
daba cuenta de su vida monótona, inocente, al pie de la mole de piedra
que guarda la milagrosa imagen, su palabra sonaba dulce, intermitente,
como las esquilas del ganado, me traía a la imaginación el amable
sosiego y los aromas de la montaña.
--¿Nunca se te apareció la Virgen en alguna gruta, como a Bernardetta en
Lourdes?--le pregunté yo con sonrisa de burla.
--¡Oh, no!... La Virgen a mí no quiere... Mala que soy--respondía
ruborizándose.
¡Vaya si la quería! No tardó mucho tiempo en arrastrarla a un convento y
hacerla fiel servidora de sus altares.
--Si alguna vez voy a tu país, te prometo visitar el santuario de
Aránzazu y rezar una salve delante de la Virgen.
--¡Oh, señor!... Hágalo, hágalo...--exclamó con los ojos brillantes de
alegría--. ¡Quién sabe! Usted verá algún milagro.
--Soy viejo ya para ver milagros--respondí con poca delicadeza.
--La Virgen es Madre de todos--replicó alzando con gravedad los ojos al
cielo.
Pasaron algunos años. La casualidad me llevó un día a las montañas de
Guipúzcoa, y en ellas me asaltó el recuerdo de la monjita guipuzcoana
que había sido mi criada, y de la promesa que le había hecho. Amigo
tanto como Rousseau de los campos y de las excursiones a pie, resolví ir
a Aránzazu, no por la carretera, sino por trochas y senderos al través
de los montes.
Cuando salí de Mondragón, poco después de almorzar, me hallaba en un
estado de sobreexcitación intelectual y sensible que parecía alzarme
considerablemente sobre mi ser normal. Lo que pensaba, pensábalo con
sorprendente claridad; lo que sentía, penetraba en mi corazón con fuerza
avasalladora. «Entre cada una de las horas de nuestra vida--dice
Emerson--hay una diferencia de autoridad y de efecto subsiguiente.
Nuestra fe nos ilumina por intervalos; nuestro vicio es habitual; sin
embargo, hay en estos breves momentos tal profundidad, que nos vemos
forzados a atribuirles más realidad que a todas las otras experiencias.»
Estaba en una de esas horas de interna iluminación. Fatigado de tanto y
tanto voltear en los abismos de la metafísica, mi alma se inclinaba
hacia la fe de Cristo. El Evangelio me aparecía con una nueva luz; los
vulgares argumentos de la incredulidad antojábanseme tristes y
ridículos: por milagro y favor de la Providencia, en plena madurez de
juicio, cuando más sano me encontraba de cuerpo y de alma, volvía a
creer como un niño.
Vigoroso y alegre, pues, como jamás lo estuviera, marchaba flanqueando
las verdes cañadas que los montes formaban, procurando ganar la altura.
Cuando tropezaba con un campesino, le preguntaba para cerciorarme del
camino. El camino era largo, pero la tarde lo era también. Fiaba en mis
piernas, y tenía seguridad de llegar al santuario antes del crepúsculo.
«¡Cómo reirían mis amigos del Ateneo--iba pensando--si ahora me viesen
caminando como un peregrino para rezar una salve a la Virgen de
Aránzazu! Podría responderles que Descartes, el padre de la moderna
filosofía, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la
Saleta, como acción de gracias, cuando terminó una de sus obras. Pero
no; no les respondería nada.» Cuando somos felices, nos parecen locos
los que argumentan contra nuestra felicidad. Yo era feliz creyendo en la
Virgen María.
«¿Por qué asombrarse?--exclamaba en mis adentros--. ¿No ha dicho Goethe,
con aplauso de todos, que el Eterno Femenino nos atrae al cielo? Pues el
Catolicismo cristiano había expresado ya esto mismo, enseñándonos que la
Virgen María nos conduce a Dios. El eterno femenino, que es la esencia
de la pureza y la humildad, se halla en el corazón de la Santa Virgen
elegida por Dios para madre del Verbo, y cuantas mujeres hay en el mundo
puras y humildes llevan en su pecho un pedazo del corazón de María. Si
Cristo es el alma de la religión, María es el perfume, es la perpetua
revelación de una verdad que ha flotado siempre en el espíritu humano, a
saber: que, en el Universo, la suprema piedad se identifica con la
suprema justicia.»