me conduce al extremo oriental de la ciudad. Doy unos cuantos pasos más,
y me encuentro en plena campiña obscura y silenciosa. Mi alma se había
alejado de mí en la agitación febril de la vida, y allí se acerca para
decirme al oído algunas palabras misteriosas debajo de la gran bóveda
estrellada. Me siento sobre una piedra, y mis ojos se pasean por el
firmamento, escrutando sus profundos senos.
Allá va la _Lira_ a ocultarse en las lejanías del Poniente. ¡Oh dulce
_Vega_ de inmarcesible luz; tú fuiste el astro virginal de mis ensueños
infantiles! ¡Cuántas veces, al regresar a casa de la mano de mi padre,
mis ojos se levantaban hacia ti! Tú me decías algo divino e
inexplicable, mi pequeño corazón palpitaba, mi alma se llenaba de blanca
claridad como la tuya, y algunas lágrimas temblaban en mis pupilas.
Ahora con velocidad desciendes, arrastrada por tus corceles azulados, y
pronto desaparecerás. Mi infancia, ¡ay!, largo tiempo ha que se ha ido.
Pluguiera a Dios que al morir volase directamente a tí, y en alguno de
los mundos que iluminas volviese a hallar los dulces sueños que me
agitaban cogido de la mano de mi padre.
En lo alto del cenit brilla la hermosa _Capella_, la estrella de mi
adolescencia. Esparce su luz tranquila sobre la tierra, y, vestida de
rayos luminosos, lleva en su seno tesoros de amor. Mi frente pálida se
alzaba hacia ti en otro tiempo bien lejano, y allí ansiaba ir con la
niña de ojos azules, de cabellera de oro, que levantaba la punta de la
cortina de su ventana cuando yo venía de mi cátedra con los libros
debajo del brazo. Allí quisiera también ir cuando me muera.
_Aldebarán_ famoso avanza con rapidez y despliega su cabellera
resplandeciente entre las _Hiadas_. Su ojo fogoso placía a mi juventud,
porque le prometía las emociones cambiantes y violentas que ansía un
espíritu altanero. Yo amaba entonces las armas y la lucha, y soñaba con
la corona del vencedor. Ardiente como tú, avanzaba por la vida
arrebatado y sorprendido de mí mismo. ¿De dónde venía aquella embriaguez
que me impulsaba a destruir y crear al mismo tiempo? ¿Por qué temblaba
de ira, y un minuto después temblaba de amor? Quizás tú, desde lo alto
del espacio, enviabas a mi alma esa divina inquietud, ese tormento
delicioso que consumía mi corazón y lo hacía florecer. Entonces las
crestas azuladas de los montes murmuraban alegrías para mí, los rumores
del bosque y el silencio de la noche me infundían ansias locas de
voluptuosidades desconocidas, ardores insensatos de amor y de muerte.
Allí quisiera también ir.
Descansando sobre el horizonte, el gigante _Orión_, amo del cielo,
ostenta con calma el tesoro de sus luces. Invencible y generoso _Orión_,
tú fuiste la envidia de mi edad viril: a ti demandaba el valor y la
abundancia, la paz y la sabiduría de que estaba sediento. Opulento y
feliz, gozas de la afluencia gloriosa de tus astros, posees todos los
bienes del cielo y conduces tu carro cargado de riquezas, alumbrando la
obscuridad de los espacios insondables. Tú eres el primero entre los
gigantes que cruzan el firmamento, y tus brazos poderosos se extienden a
una distancia que la mente humana apenas puede imaginar. Naces y brillas
en diferentes hogares, desarrollas tu inmortal poderío entre millones de
globos, y, animado siempre del mismo vigor, eres el símbolo de lo que ha
sido mi más constante anhelo en este mundo, eres el símbolo de la fuerza
en el reposo.
Pero ya se huyó también mi edad viril. Mi frente fatigada se inclina
hacia la madre tierra, mis fuerzas decaen, las luces de este mundo
palidecen, mis ojos se preparan a dormir. ¿Qué debo esperar cuando
despierte? Un sol mucho más grande, más santo, más luminoso que el que
nos alumbra, un sol maestro de pureza que no ilumine la traición, que
desvanezca la mentira, que acaricie al inocente y abrase al malvado, un
sol de amor y de justicia cuyo aliento envíe a sus hijos una eterna
primavera que derrita los hielos del egoísmo y de la envidia. ¡Helo allí
ese sol en la región lejana enganchando ya sus corceles para subir!
Debajo de _Orión_, el claro _Sirio_ comienza a rasar con sus fuegos el
horizonte. Allí quisiera ir, por fin.
III
Pero la noche agita ya sus alas rápidas, y a las sublimes emociones que
me embargan sucede el gozoso recuerdo de mi hogar. Me levanto y busco de
nuevo el tranvía, que me conduce rápidamente a él. Subo la escalera de
mi casa y abro silenciosamente la puerta; entro en mi gabinete de
trabajo, y en medio de él me detengo, contemplando con profundo
sentimiento de piedad el retrato de mis padres. Voy al dormitorio de mi
hijo, y le veo dormir, y escucho con placer el soplo sosegado de su
pecho. Después me dirijo al comedor. Mi esposa inclina su dulce rostro
infantil sobre la costura debajo de la lámpara. Por algunos momentos la
contemplo en silencio. En ella reposa mi corazón, y la paz serena del
amor me inunda de alegría en su presencia. Entonces me acuerdo de
aquellos astros suspendidos en el espacio, donde mi espíritu ansiaba
volar. Un estremecimiento de horror agita mi cuerpo. ¡Oh, no; no quiero
peregrinar solo por esos mundos resplandecientes, no quiero pasar a
vuestro lado, seres adorados, sin amaros, tal vez sin conoceros, no
quiero otras vidas siderales, no quiero ser el favorito de los dioses! A
vuestro lado he gozado horas felices que me envidiarían todas las
estrellas del cielo. ¡O con vosotros, amados de mi alma, o a la negra
fosa, y dormir allí para siempre!
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TERAPÉUTICA DEL ODIO
Estoy persuadido de que lo único que degrada realmente al hombre es el
odio, porque es lo único que le hace retroceder velozmente hacia la
fiera. El hombre experimenta al sentirlo el dolor por excelencia, el
dolor de los dolores. ¡Como que es la ruina de todas sus ilusiones de
grandeza, la pérdida de sus fueros más venerados!
El negocio más importante de nuestra vida debe ser, pues,
desembarazarnos del odio. Cuanto trabajemos en este sentido, será
ganancia para nuestra felicidad.
No basta que nos digan: «Ahí tenéis la religión, ahí tenéis los divinos
preceptos del Evangelio. Ama a tu prójimo como a ti mismo, sé generoso,
sé humilde, sé caritativo, y te desembarazarás del odio.» Esta es una
petición de principio. Desembarázate del odio, y te desembarazarás del
odio. Pero ¿cómo? He aquí el problema. Si se nos otorga lo que el
Cristianismo llama la _gracia_, bien al nacer, o bien por un cambio
brusco, por un verdadero cataclismo operado en nuestro espíritu, todo
está resuelto. ¿Y si no se nos da? Debemos implorarla. Tal creo yo
también; pero mientras llega, debemos empuñar todas las armas de que
disponemos para combatir al enemigo de nuestra dicha.
Tampoco es suficiente apartar los obstáculos que se interponen entre
nosotros y el amor, esto es, los pecados. Se puede vencer la avaricia, y
la lujuria, y la gula, y, no obstante, por una disposición enfermiza de
nuestra naturaleza, por una depresión invencible de nuestro sistema
nervioso, sentir aversión hacia nuestros semejantes, herir y ser herido
por ellos. Un hombre humilde y casto y sobrio y liberal, si no tiene
los nervios bien equilibrados, cae con frecuencia en arrebatos,
suspicacias, antipatías, recelos y rencores que aniquilan su paz
interior y le hacen desgraciado. En el transcurso de mi vida he conocido
bastantes hombres de recto y generoso corazón que no gozaban de paz
interior. La misma religión se convierte en idea fija para las
naturalezas débiles, y las hace caer en tristes aberraciones, en
verdaderas pesadillas.
¿Cuáles son, pues, las armas que debemos empuñar para combatir el odio?
Las que tenemos más al alcance de la mano: nuestras mismas pasiones. Si
no podemos vencerlas y ser santos, debemos encauzarlas por medio del
principio inteligente que en nosotros reside. Voy, pues, a proponer
algunos recursos contra esta inmensa desgracia que los griegos, y
nosotros con ellos, llamamos _misantropía_. Son los míos, son los que a
mí me han servido. Antes de desdeñarlos, que cada cual los ensaye en sí
mismo.
Lo primero que debemos hacer es observar nuestro carácter con atención e
imparcialidad. Y así como para resolver una ecuación se simplifican los
términos reduciendo unos a otros, de modo igual debemos esforzarnos en
reducir nuestras pasiones a una sola: _el orgullo_. El orgullo es, en
efecto, la cabal posesión de sí mismo, una absoluta confianza en el
propio valer. Con un poco de perseverancia y astucia, lo mismo la
vanidad que la ambición, la envidia, la ira, etc., pueden fundirse en
aquella única pasión. El orgullo engendra legítimamente el desdén, y el
desdén es un antídoto poderoso contra el odio.
¿Cómo? ¿Combatir el odio con el desprecio? Sí: _simillia simillibus_.
Todo el mundo habrá observado que aquellos hombres llamados orgullosos,
los que están íntimamente persuadidos, con razón o sin ella, de su
excelencia y superioridad, son mucho más propensos a proteger que a
odiar. ¿Nunca os ha posado el brazo sobre los hombros alguno de estos
seres superiores y os ha protegido? Pues a mí sí, y confieso que nunca
ha acaecido esto sin que me dijera: «¿Por qué no seré yo como este
imbécil? ¿Por qué no he de tener, como él, completa, absoluta confianza
en mí mismo?»
He aquí, pues, cómo el orgullo puede ser, si no remedio, un paliativo
eficaz contra el odio. Gran parte de los hombres, para no ser
aborrecida, necesita ser despreciada.
¡Pero este remedio es inmoral! El desprecio es una falta de caridad, es
un pecado.
Despacio. La raza de los hombres, antes de ser moral, ha sido inmoral.
Por tanto, las etapas del camino que el género humano ha seguido para
pasar de la inmoralidad a la moralidad, no pueden llamarse con justicia
inmorales. Son pasos necesarios, pasos trabajosos, donde la fiera
primitiva ha ido limando sus dientes y sus uñas. Ni Zamora se hizo en
una hora, ni la moral tampoco. Y como la historia de la Humanidad se
reproduce infinitas veces en cada individuo (sentiré que esto pueda
parecer una idea fija, pero yo la veo en todas partes), el hombre que
por la gracia divina no haya tenido la dicha de nacer con moralidad,
necesita conquistarla a costa de grandes esfuerzos, empleando para ello
todos los recursos con que la Naturaleza le ha dotado. Históricamente,
no ofrece duda que el sentimiento poderoso de la independencia,
generador del desprecio de los demás, ha precedido al sentimiento de la
caridad. No es necesario apelar a los griegos y romanos. El mismo pueblo
de Israel no consideraba prójimo sino al compatriota, ni pensaba que
Jehová pudiera proteger al extranjero. El pueblo elegido tenía el
orgullo de sí mismo y de su Dios.
El orgullo nos hará _solitarios_. Otra condición inapreciable para no
sentir odio. Petrarca y los que han seguido sus huellas en este punto
consideraban la soledad como único remedio contra la misantropía. No hay
que llegar a tanto; en muchos casos la soledad ejerce una acción
deprimente. Mas tomada en dosis cortas y de un modo intermitente, puede
contribuir con eficacia a mejorarnos.
El orgullo nos hará indiferentes a la simpatía y la antipatía de los
demás. Es la mayor felicidad que puede proporcionarnos. Estoy
íntimamente persuadido de que si cien veces sentimos odio, noventa y
nueve será ocasionado por el secreto despecho de no haber logrado
hacernos amables, o simpáticos, o respetables. Quien logra sobreponerse
al fallo de los demás porque se tiene fallado ya a sí mismo con
sentencia firme, vive exento de rencores. Si, pues, el orgullo es un
pecado, no ofrece duda que es un pecado menor que el odio. En la
necesidad imprescindible de elegir entre uno y otro, el más severo
moralista no dejará de aconsejarnos que elijamos el primero.
Voy a proponer ahora otro remedio que nadie, seguramente, tachará de
inmoral. No sólo no es inmoral, sino que es el principio y raíz de toda
moralidad. ¡Como que es la esencia misma del Cristianismo! Me refiero a
la piedad. ¿Qué es el Cristianismo, en su esencia, sino un estado de
alma, una disposición perpetua a la piedad?
Si quieres no padecer la enfermedad del odio, compadece. Muchos
fisiólogos modernos y filósofos tan grandes como Aristóteles y Espinosa
aseguran que la piedad es un sentimiento deprimente. No hay que
pensarlo. Todos los sedantes son deprimentes en cierto sentido, pero
necesarios para que el dolor no aniquile el organismo. ¿Ves ese hombre
que acaba de inferirte una ofensa o de robarte algún bien? Considéralo
atentamente, examina las circunstancias de su vida, y te persuadirás de
que no es feliz, sino un desgraciado como tú, acaso mucho más que tú. O
es pobre y necesita luchar por la existencia, o su mujer le es infiel, o
le martiriza con su carácter, o tiene un hijo díscolo o pródigo o
enfermo, o él mismo padece una enfermedad crónica y dolorosa, o ha visto
morir a los seres más queridos de su corazón, o ha experimentado graves
quebrantos en su hacienda, o sufre, en fin, las mordeduras de su
temperamento atrabiliario o de un carácter altanero y envidioso.
Y si, por rareza, nada de esto existiese, evoca con la imaginación la
hora de su muerte. Míralo tendido en el lecho del dolor, tendido para
siempre. El rostro amarillo, la nariz afilada, los ojos hundidos y
aterrados. Comienza el estertor de la agonía. Dentro de un instante
traspasará los umbrales de la muerte para no volver jamás. ¡Jamás! ¿No
sientes en tu conciencia que aquel hombre merece compasión? ¿Qué ha
ganado con haberte herido? Si disfrutó de los bienes de este mundo, en
cambio, murió atormentado por la ambición, por el odio y por la envidia.
Y si hay algo más allá de esta vida... ¡Oh!, entonces... ¡Pobre
hombre!, ¡pobre hombre! Ninguno existe que, bien considerado, no merezca
piedad. Y la piedad es el principio del amor, es el amor mismo. Si
logras compadecer, toda tu saña se fundirá inmediatamente, como la nieve
al influjo de un rayo de sol.
Tal es la cura antiséptica que propongo contra la úlcera del odio.
Recomiendo además la esponja empapada en agua fría al levantarse de la
cama.
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VIDA DE CANÓNIGO
Las ideas de mi tío don Sebastián acerca del ascetismo de los canónigos
eran mucho más decididas que las de Pachón de la Quintana de Arriba.
Nada de vacilaciones en este punto: ya sabía a qué atenerse. Para él la
imagen de un canónigo evocaba un sinfín de representaciones cómodas,
deleitosas y suculentas.
No es extraño. Si se hablaba de un vino añejo bien confortable, le oía
llamar «vino de canónigo»; si se trataba de un chocolate exquisito,
«chocolate de canónigo»; si de un colchón blando y relleno, «colchón de
canónigo»; etc.
Toda su vida había sentido una envidia ruin por el alto clero, y
deploraba amargamente que su padre no le hubiese dedicado al estado
eclesiástico, en vez de dejarle al frente del comercio de ferretería que
tenían en la planta baja de la casa. Porque si le hubiese enviado al
Seminario, tal vez a estas horas sería canónigo. ¿Por qué no? ¿No lo era
su primo Gaspar, que pasaba por un zote en la escuela? ¡Y nada menos que
arcediano de la santa iglesia catedral de León!
Verdad era que el trato que sus hermanas le daban no era a propósito
para ahuyentar de su carne los apetitos concupiscentes. Eran feroces
aquellas dos hermanas que su padre le había dejado con el comercio de
ferretería. No se sabe si se habían propuesto hacerse ricas a costa de
las susodichas carnes de su hermano, o es que pensaban con terror en la
muerte de éste y en la necesidad de traspasar el comercio, o, ¡quién
sabe!, tal vez en su matrimonio. Porque, si bien mi tío don Sebastián no
había mostrado jamás veleidades matrimoniales el día menos pensado
podía atraparle cualquier pelafustana. La mujer que se casa con un
hombre que tiene dos hermanas solteronas, siempre es una pelafustana. De
todas suertes, estas dos hermanas le escatimaban el pan, la carne y el
vino, el betún para las botas, las toallas para secarse, y hasta el agua
para lavarse.
Y así habían traspasado los tres la edad de cuarenta años. Don
Sebastián, a quien la Naturaleza había dotado de un temperamento muelle
y voluptuoso, se autorizaba cuando podía, a escondidas de aquellas dos
fatales euménidas, algunos regalos. Un día se iba con don Hermenegildo,
el piloto, al Moral para comerse una cesta de percebes y beberse algunos
litros de sidra, otro se colaba bonitamente a las once en la tienda de
la Cazana y tomaba una rosquilla rellena y media botella de vino de
Rueda, o bien entraba por la tarde en el café Imperial y pedía un
sorbete de fresa.
Pero de todos estos atentados tenían noticia al día siguiente las dos
vírgenes agrias. Su policía era más exacta y más fiel que la del Sultán
de Turquía. ¡Cielos, qué escándalo!, ¡qué pataleo!, ¡qué imprecaciones
temerosas! En cierta ocasión, una de ellas llegó a darle un formidable
escobazo en la cabeza.
De todos estos ultrajes supo vengarse bien y de una vez mi tío don
Sebastián. No tenéis más que preguntarlo a cualquier viejo de la
población, y os lo contará medio sofocado por la risa. El caso fué como
sigue:
Un día subió don Sebastián de la tienda con una carta en la mano. Era
del primo Gaspar. En ella le decía que se hallaba en Oviedo pasando una
temporada con el señor obispo que, antes de ser preconizado, había sido
su compañero y amigo íntimo en León; al mismo tiempo le hacía saber que
en la diligencia del día siguiente iría a hacerles una visita y pasar un
par de días con ellos.
La turbación que esta noticia produjo en las dos solteronas fué
indescriptible. ¡Tener por huésped al arcediano de León, a un amigo
íntimo del señor obispo, a cuya mesa se sentaba y a quien tuteaba en
secreto, según se decía! Ya no se acordaban de aquel primo Gaspar a
quien recosían los pantalones para que su madre no le zurrase la badana
si llegaba con ellos rotos a casa y a quien habían dado bastantes
pescozones llamándole animal. Para ellas ya no existía más que un
personaje eminente rebosando de teología y respetabilidad.
Pasada la primer impresión de estupor, hizo explosión en ambas
solteronas una cantidad imponente de actividad doméstica. Se quitaron el
corsé, se liaron un pañuelo a la cabeza, y dieron comienzo por sí mismas
a la limpieza y arreglo del «cuarto de respeto». La gran cama de
palosanto, con pabellón y colcha de damasco encarnado, fué objeto de un
minucioso reconocimiento. Se batió bien el colchón de miraguano y las
almohadas de pluma, se le pusieron sábanas de fina batista, bordadas,
que jamás de memoria de hombre habían salido del armario, y a su lado un
hermoso tapiz que les había traído de Manila otro primo ya fallecido.
La criada fué expedida en diferentes direcciones. A la confitería de
Nepomuceno, para encargar una tarta, mitad de almendra y borraja, a casa
de Facunda, la pescadera, para que buscase algunas docenas de ostras y
se las llevase a las once en punto de la mañana, a la fábrica de
vidrios, para recabar de don Napoleón, el contramaestre, que saliese de
madrugada a cazar unas arceas, etc., etc.
Mi tío don Sebastián seguía estos preparativos con respetuosa atención,
pero sin osar emitir ninguna palabra. Bastaría la más corta frase para
oirse llamar ganso, y no tenía deseo alguno de servir de pretexto a este
símil zoológico.
Al día siguiente por la mañana se acicaló convenientemente, y a las once
y media salió a esperar la diligencia de Oviedo, que llegaba siempre a
las doce. La mesa estaba ya puesta; una mesa deslumbrante, con antigua y
rica vajilla atestada de confites y frutas en almíbar. A las doce y
cuarto llegó don Sebastián con la cabeza baja, diciendo que el primo
Gaspar no había llegado en la diligencia de Oviedo. El abatimiento más
profundo se pintó en el rostro de las dos hermanas. Transcurrieron
algunos instantes de silencio doloroso. Al cabo, don Sebastián profirió
con tono fúnebre:
--Yo pienso que habrá perdido la diligencia de la mañana. Seguramente,
llegará en la de tarde...
Bastaron estas sencillas y razonables palabras para que sus dos hermanas
se encarasen con él como dos fieras y le llamasen... ¿A qué decir cómo
le llamaron?
De todos modos, no hubo más remedio que sentarse a la mesa y comer. Don
Sebastián lo hizo lindamente. Sus hermanas charlaban como dos cotorronas
que eran, haciendo sobre el caso los más disparatados comentarios. Él
engullía en silencio, pausada y sabiamente, alegrando los bocados
exquisitos con un trago de vino de las Navas. Después de los postres se
levantó de la silla como si hubiese cumplido con un penoso deber, y
salió, como siempre, para el Casino. Así que dió la vuelta a la esquina
de la calle encendió un cigarro puro de los que había comprado para el
arcediano y, chupándolo voluptuosamente, se fué a jugar su partida de
tresillo.
En la diligencia de las siete tampoco llegó el canónigo. Don Sebastián
comunicó la infausta nueva a sus hermanas con la misma cara que si les
leyese la sentencia de muerte. La consternación les paralizó a todos la
lengua. No hubo comentarios, no hubo protestas y lamentaciones. Un
silencio funeral cayó sobre aquella afligida familia.
Pero la mesa estaba puesta. Salmón, arceas estofadas, riñones al jerez,
pechuga de gallina a la besamela, compota de membrillo, bizcochos
borrachos, fresas con crema. Don Sebastián dirigía miradas furtivas y
ansiosas a tales riquezas. Las hermanas, presas de muda desesperación,
no daban señales de acercarse a ellas.
--Vaya, vamos a cenar... De todos modos, el gasto está ya hecho...
Estas palabras provocaron una crisis de lágrimas, pasada la cual se
sentaron los tres a la mesa. Ellas comían a la fuerza y exhalando
suspiros dolorosos. Él comía con fuerza y absorbiendo tragos exquisitos.
Cuando se levantaron, don Sebastián se tambaleaba. El dolor suele
producir estos efectos deprimentes. Para esparcirlo un poco, dijo que
iba a dar una vuelta por el muelle. Cuando dobló la esquina volvió a
encender otro de los magníficos habanos destinados al arcediano, y fué a
sentarse en uno de los bancos del parque, donde se estuvo hasta que el
fresquecillo le echó hacia casa.
Sus hermanas se habían encerrado ya en el dormitorio. La casa estaba
silenciosa y triste, cual si se hallase bajo el peso de una desgracia.
Mi tío don Sebastián se desnudó lentamente pero, en vez de meterse en su
cama, tomó la palmatoria en la mano, se asomó con ella al pasillo, y,
después de cerciorarse de que nadie le veía salvó con gran sigilo la
distancia que le separaba del «cuarto de respeto» y se deslizó dentro
del gran lecho de palosanto.
¡Oh dulce y blando colchón!, ¡oh tiernas almohadas!, ¡oh sábanas
finísimas!
Mi tío don Sebastián se sentía inundado de una felicidad celestial. Dió
un soplo a la luz, cerró los ojos, y murmuró sonriendo a las tinieblas:
--Ya no me muero sin saber lo que es la vida de canónigo.
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GLORIA Y OBSCURIDAD
Acaece a los hombres que han gustado las dulzuras de la gloria lo mismo
que a los que frecuentan las salas de juego. Éstos ya no encuentran en
el mundo nada que les complazca, sino las fuertes emociones de ganar o
perder dinero. Aquéllos ya no pueden vivir sino siendo a todas horas y
por todos lisonjeados. Cuando las lisonjas no llegan, se va a buscarlas
con mil artificios y violencias. Se adula a los seres más despreciables
para obtenerlas; se urden intrigas; se hacen favores a aquellos a
quienes se odia; se escuchan dramas soporíferos y se leen libros
indigestos; se sube a las buhardillas y se baja a los sótanos; se
practican todas las obras de misericordia sin misericordia. Se vive,
últimamente, en un estado de perpetua inquietud y vigilancia. ¡Todo para
cazar la gacetilla arrulladora!
Esta es la _vida feliz_ que disfrutan la mayoría de los llamados grandes
hombres. Voltaire, Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Castelar, no
han llevado otra.
Y es que el manjar de la gloria tiene un sabor tan pronunciado, que
quita el gusto a todos los demás platos.
* * * * *
Siempre y en todas partes la envidia se ha cebado en los hombres de
verdadero mérito. Por lo cual ocurre preguntar: «¿Cómo es posible que
los necios hayan visto tan claro, siendo necios, el mérito de los
hombres superiores?» Solamente porque la envidia es una pasión que en
vez de turbar el cerebro, como las otras, lo esclarece. Gracias a ella,
cualquiera puede sin esfuerzo separar el oro del similor en los dominios
de la inteligencia.
* * * * *