términos, si la mortificación del cuerpo es un derivado indeclinable del
Evangelio, yo no soy capaz de decidirlo. Muchos católicos y otros que no
lo son, como Schopenhauer y Tolstoi, lo afirman resueltamente; otros,
como San Francisco de Sales, Fenelón, Dupanleup y el teólogo protestante
Harnack, lo niegan. Hay pasajes en el Evangelio que parecen dar la razón
a los primeros: «Si tu mano te hace pecar, córtala; si tu ojo te hace
pecar, arráncalo.» «Anda, vende lo que posees y dalo a los pobres, y
poseerás un tesoro en el Cielo.» «Si viene a Mí alguno y no aborrece a
su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus
hermanas, y aun a su propia vida, no podrá ser discípulo mío.»
Pero otras máximas de Jesús, las reglas de vida que daba a sus
discípulos, y aun su propia vida, indican, por el contrario, que
concedía poca importancia a la penitencia corporal: «Como Juan viniera
sin comer ni beber, decían ellos: es un hombre endemoniado. El Hijo de
Dios ha venido comiendo y bebiendo, y ellos dicen: éste es un tragón y
un bebedor de vino.» Nuestro Señor sabía, pues, que se le juzgaba de
este modo, y no le importaba. Parecía poner empeño en no distinguirse de
los demás exteriormente y en huir del tipo del asceta tradicional.
Visitaba a los ricos como a los pobres, asistía a banquetes y bodas, se
dejaba perfumar con esencias olorosas. En suma, el Redentor no pedía a
nadie que abandonase su estado; a todos pedía únicamente amor y
abnegación.
Imposible negar, sin embargo, que la idea de la mortificación corporal
va unida en la mente de una gran parte de los cristianos a la de la
santidad, muy principalmente entre la gente indocta. Un santo para los
obreros y campesinos significa siempre un hombre que se priva de comer y
de beber, que duerme en el suelo y que se azota furiosamente. Por eso no
sorprenderá a nadie que Pachón de la _Quintana de Arriba_ profesase con
toda su alma esta verdad, y que permaneciese dolorosamente sorprendido
al observar cuán lejanos andaban de las instrucciones de Nuestro Señor
Jesucristo muchos clérigos que él conocía, sobre todo, los canónigos de
Oviedo.
La _Quintana de Arriba_ no era una ciudad muy populosa; se componía de
siete casas, la mejor de las cuales pertenecía a Pachón. Los siete
vecinos vivían casi exclusivamente del pastoreo, porque en aquellas
alturas la tierra no producía más que heno.
Pachón disponía lo menos de una docena de cabezas de ganado mayor y de
algunas docenas de ovejas. No vivía mal; había en su casa borona para
todo el año, judías, cecina y longaniza. Pero viviría mejor,
seguramente, si no debiera pagar todos los años cinco fanegas de trigo
al Cabildo catedral de Oviedo por el derecho de pastoreo que éste le
concedía en aquellas tierras de su dominio.
La renta vencía a mediados de noviembre, pero Pachón la pagaba
ordinariamente en diciembre, y la pagaba en dinero, no en especie,
porque don Luis Barreiro, el canónigo administrador del Cabildo, así se
lo consentía. Pedía el caballo prestado a Martinán, el tabernero de
Entralgo, salía de madrugada de la Quintana, y tornaba a la noche con el
bolsillo vacío y el corazón satisfecho.
¿Diremos que con el estómago repleto también? Sí, también podemos
decirlo, porque doña Tomasa, el ama fiel del canónigo, jamás le dejaba
comer solamente la pobre vitualla que traía para el caso. Le sentaba en
la cocina con los demás criados, y gozaba como ellos de los relieves de
la espléndida mesa del prebendado.
¡Y vaya si era espléndida! Allí el mero con guisantes, allí el salmón
con salsa verde, allí la sopa con tropiezos de jamón, allí las perdices
estofadas y la compota de peras de don Guindo y las manzanas de reineta.
Pachón engullía como un lobo; pero no podía menos de pensar al mismo
tiempo que la salvación de don Luis Barreiro era bastante problemática.
Había oído exclamar en un sermón al capellán de Rivota: «Y vosotros,
miserables glotones, ¿qué habéis de comer en el infierno?» ¡Pobre don
Luis!
En cierta ocasión se descuidó algo más de la cuenta para restituirse a
su casa: había tenido que hacer un encargo del señor cura de Lorío y
otro del capitán de Entralgo. De tal suerte, que cuando vino a
despedirse de doña Tomasa, ésta le dijo:
--Pero, criatura, ¿dónde vas ahora, si muy pronto obscurecerá, y tienes
que andar siete leguas por esos malos caminos, de noche? Mejor será que
te quedes a dormir aquí, y mañana salgas por la fresca.
Pachón no supo resistir a tan amable ofrecimiento, y se quedó.
Después de cenar, la misma doña Tomasa le puso una palmatoria en la
mano, le llevó a un cuarto desocupado, y mostrándole una gran cama que
allí había, le invitó a descansar.
--Esta es la cama donde duerme el señor magistral de Covadonga cuando
viene a Oviedo. No tengo otra en este momento... ¡Pero que no lo sepa el
amo, Pachón!
La cama estaba cubierta toda ella con una gran colcha de percal. Pachón
no comprendió que era necesario despojarla de esta colcha y meterse
entre sábanas. La contempló con admiración unos instantes, y se dejó
caer sobre ella con alegría, con gratitud y con respeto. ¡Dios, qué
blandura! ¡Si parecía hecha de manteca! Y se durmió como un santo.
Dos horas después se despertó, transido de frío. ¡Dios, qué frío hace
aquí! Echó una mirada en torno, por ver si había algo con qué taparse,
pero nada halló para el caso. Largo rato estuvo sin poder conciliar el
sueño. La luz se hizo en su espíritu en estas horas de insomnio. De
repente vió con admirable claridad cuán equivocado había estado al
juzgar a los sacerdotes, y particularmente a los canónigos, por las
apariencias. Verdad que comían bien y bebían según sus deseos; pero,
¡ay!, de sobra estaban compensados estos regalos con la penitencia que
hacían por la noche.
Rezó un padrenuestro fervorosamente para que Dios le perdonase tanto
malo pensamiento como había tenido, y trató de dormirse. Imposible. El
frío arreciaba por momentos, y él no estaba acostumbrado, como el señor
magistral de Covadonga, a estas terribles austeridades.
Nada, nada, no podía resistir más tiempo. Se levantó de la cama y,
aunque era todavía noche bien cerrada, bajó a la cuadra con gran cautela
para no despertar a nadie, aparejó el caballo, y se salió bonitamente de
la casa del canónigo, emprendiendo el trote hacia Laviana. El
remordimiento le seguía atenaceando.
Y sucedió que aquella noche Pachón se hallaba entre los suyos cenando
alegremente al amor de la lumbre. No faltaba allí buen rescoldo de leña
de haya, porque el monte estaba cerca, y los madreñeros, cuando tumbaban
un árbol, apenas aprovechaban más que una parte del tronco, dejando lo
demás para el que quisiera cogerlo. No faltaba tampoco un buen pote de
berzas con tocino y sendas escudillas de leche. Pachón saboreaba estos
regalos con mayor placer que nunca había sentido en su vida. Ya sabía a
qué atenerse sobre los placeres del clero. ¡Cáspita si lo sabía!
Antes de irse a la cama quiso ver el estado del cielo. Abrió la media
puerta superior de su cabaña, y un soplo húmedo y glacial le dió en el
rostro. Hacía un tiempo horrible. Caía la nieve copiosamente, y el
viento la arremolinaba formando torbellinos en la altura antes de caer
sobre el valle. Si seguía unas cuantas horas así, los vecinos de la
Quintana tendrían que hacer un agujero en la nieve para salir al día
siguiente de sus casas. Pachón se apresuró a cerrar la puerta, y
mientras la atrancaba dejó escapar un suspiro, exclamando:
--¡Pobrecitos canónigos, qué frío pasarán esta noche!
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La procesión de los santos
Más de una vez me aconteció penetrar en la vieja catedral gótica a la
caída de la tarde. Allá en el fondo hay una obscura capilla solitaria, y
allá en el fondo un Cristo solitario abre sus brazos doloridos entre dos
cirios que chisporrotean lúgubremente.
En pie frente a El, le contemplo, le imploro y muchas veces también le
interrogo: «¿Quién te ha enseñado esas dulces palabras que salieron de
tus labios? ¿Por qué te has dejado matar? ¿Por qué no has luchado, por
qué no has herido y triunfado? ¿Eres Dios, o eres un iluso? ¿Por qué no
has sido egoísta y vano y cruel como yo lo he sido?»
El me escucha y murmura palabras de consuelo, y algunas veces sus ojos
se clavan en mí con severidad, y alguna vez me sonríen.
Una tarde, de rodillas, apoyé la frente sobre el pedestal de la cruz.
Ignoro el tiempo que así estuve. Al cabo sentí que una mano se apoyaba
sobre mi hombro. Alcé la cabeza, y vi la figura blanca y radiosa de un
hombre por cuya frente corrían algunas gotas de sangre. El Cristo había
desaparecido de la cruz.
--Sígueme--me dijo con voz que penetró hasta lo más profundo de mi
corazón.
Al mismo tiempo, por detrás del altar surgieron otras figuras de hombres
y mujeres, y en un momento se pobló la capilla. La capilla era pequeña,
pero la muchedumbre era grande.
--Seguidme todos--dijo el Señor.
Y nos lanzamos a la puerta en pos de Él los que allí estábamos.
--¡Vamos al cielo!, ¡vamos al cielo!--oía murmurar a los que tenía
cerca.
Salimos al campo. La luna bañaba con su luz tibia los árboles, las
mieses, las praderas. La figura blanca del Cristo se destacaba más pura
y más bella que la de la luna. Marchaba delante, y sus pies parecía que
no tocaban la tierra. Cercanos a El caminaban algunos hombres y mujeres
cuyas figuras creía reconocer. «Ese es Agustín, ése es Bernardo, ésa es
Teresa», me decía. Pero tan cerca de El como éstos marchaban otros
hombres y mujeres completamente desconocidos para el mundo.
La campiña era de plata; el cielo, de oro. Los árboles inclinaban sus
penachos al paso del Señor, murmurando plegarias. El viento dormía. Nada
se escuchaba, ni el ladrido de un perro, ni el canto de un gallo, ni el
rumor lejano de la mar. La procesión caminaba en silencio.
Transponíamos las colinas, trasponíamos los valles. La campiña era cada
vez más amena. Una brisa suave se alzaba del suelo cargada de aromas.
Las rosas abrían sus cálices fragantes; las estrellas dejaban caer sobre
ellos sus luces temblorosas.
Pero algunos íbamos quedando rezagados.
De vez en cuando el Señor se detenía, volvía su rostro hacia nosotros y
nos hacía seña para que nos diéramos prisa. Los demás cumplen sus
órdenes, pero yo cada vez voy quedando más atrás. El cansancio se
apodera de mi cuerpo, y me place detenerme a menudo para contemplar la
belleza de una flor, para escuchar el canto de un pájaro.
Voy quedando solo. Entonces me salen al encuentro hombres guerreros, de
labios blasfemos, de ojos sarcásticos, que me cierran el camino. Lucho
con ellos; logro vencerlos. La procesión se aleja, y pienso con horror
que muy pronto la perderé de vista.
Pero el Señor no se olvida de mí. A menudo se detiene, se empina sobre
sus divinos pies para verme, y, por encima de las cabezas de la
muchedumbre, me insta con la mano para que camine.
--¡Maestro--le grité--, te sigo de lejos, pero te sigo!
Entonces una sonrisa bondadosa iluminó su rostro. El Señor sonreía de mi
petulancia y me hizo con la cabeza un signo de aprobación, permitiéndome
seguirle del modo que pudiera.
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ESTETICISMO
Era yo en otro tiempo un furioso esteticista. La belleza fué mi guía, mi
sostén, el único objetivo de mi vida; el mundo, una gran obra de arte en
la cual el Alma Suprema se conoce y se goza. Nuestras almas, órganos de
Ella, existen únicamente para la felicidad de esta contemplación. Goethe
estaba en lo cierto. Nada hay en la existencia digno sino el culto de la
belleza: nuestra educación debe ser esencialmente estética.
Así, juraba yo con fervor, como Heine, por Nuestra Señora de Milo, me
descubría al pasar por delante de _Las hilanderas_ de Velázquez, y
recorría doscientas leguas para ver unos retratos de Franz Hals. Los
campos y las montañas hacían mis delicias. ¡Oh felices excursiones a las
más altas cimas cantábricas! Los ojos no se saciaban jamás ante aquellos
panoramas espléndidos. El espectáculo de la mar me embriagaba, y el del
cielo estrellado me causaba vértigos. Las horas se deslizaban divinas
espiando el vaivén de las olas, los vivos cambiantes de sus volutas
verdes, los destellos de sus crestas rumorosas. «¿Será posible--me
decía--hartarse de contemplar el mar, de escuchar el canto del ruiseñor,
de ver los cuadros de Velázquez y los mármoles helénicos?»
Pues bien, sí, me he hartado, me he hartado. En vano hago supremos
esfuerzos de imaginación para representarme con toda su intensidad la
belleza de los objetos, que tan viva emoción me causaba. Esta emoción no
viene. Me coloco frente al mar, y me distraigo mirando el quitasol rojo
de una inglesa que recorre descalza la playa: voy al Museo del Prado, y
más que las _madonnas_ de Rafael me interesan las niñas flacas que las
están copiando: me siento a la orilla del arroyo, bajo los castaños
frondosos, y me sorprendo al cabo de unos instantes limpiándome
cuidadosamente el polvo de los pantalones: hace pocos días sentí náuseas
escuchando un nocturno de Chopin que en tiempos lejanos me producía
espasmos de placer.
Pasó el dichoso período de iniciación. El resorte se ha gastado. Cuanto
he visto hasta ahora me deja indiferente y frío, no por otra razón sino
porque lo he visto demasiadas veces. Me fatiga el mar, y los ríos, y las
montañas, y los cuadros notables, y las mieses, y la primavera, y las
bellas romanzas de las óperas, porque todo es igual, ¡siempre igual!
Necesito otro arte; necesito una nueva Creación.
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UN PROFESOR DE ENERGÍA
Solía poner cátedra en un banco de piedra del paseo de la villa llamado
el _bombé_, contiguo a la ría. En aquel banco y otros adyacentes se
sentaban indefectiblemente por las tardes hasta una docena de indianos,
que contemplaban fumando y silenciosos el escaso trajín del muelle, o
bien departían animadamente narrando historias de sus años de comercio
en las islas Antillas. Todos ellos habían estado en Cuba o Puerto Rico,
y, unos más, otros menos, todos habían labrado un capital que
disfrutaban holgando de aquella guisa. Eran hombres que pasaban, en
general, de los cincuenta, fornidos, rechonchos, algunos apopléticos,
con enormes cadenas de oro, para sujetar el reloj, pendientes del
chaleco.
Pero el que solía llevar la palabra más a menudo entre ellos no era
fornido ni rechoncho, sino un viejecito seco que se acercaría a los
setenta, de nariz aguileña, finos labios descoloridos, ojos de duro
mirar y espesas cejas ya canosas. Don Pancho Suárez, que así se llamaba,
había llegado a la villa hacía más de veinte años con un buen capital,
que había duplicado, al decir de sus compañeros, porque estaba soltero y
era hombre de cortas necesidades y ahorrador. Muy respetado entre ellos
por rico y por filósofo moralista.
Su filosofía era sencilla y expeditiva; su moral, fuerte y audaz. No una
moral de mujer, sino una moral hecha para los hombres y comprendida por
ellos solamente. Cuando don Pancho hablaba, los compadres se guiñaban el
ojo y decían en voz baja: «¡Es fino el viejecito!; ¿verdad, amigo?»
Mi padre solía pasear por aquellos sitios en las horas de la tarde, y
tenía gusto en llevarme y charlar conmigo de cosas serias, aunque yo no
contase más de doce o catorce años de edad. Tal vez que otra se detenía
delante del círculo de los indianos, los saludaba, y descansábamos un
rato entre ellos.
Cuando nos aproximamos una tarde y tomamos asiento, don Pancho hablaba a
sus compañeros de esta suerte:
--Yo he llegado a esta villa antes de cumplir los cuarenta años, con un
capital de doscientos mil pesos. Vosotros habéis venido después de los
cincuenta. No sé lo que habéis traído, ni me importa, pero habéis
llegado viejos, y si os casasteis con mujeres jóvenes, no fué por
vuestra hermosa figura, sino por vuestro repleto bolsillo. A mí me
hubiera querido cualquier muchacha sin dinero cuando desembarqué en
Cádiz.
--Don Pancho, usted debía de ser lindo cuando joven--apuntó melosamente
uno de los tertulios.
--¿Lindo? Cuando tenía veinticinco años, mi cara era la de un
querubín--respondió gravemente el viejo.
Y siguió de esta manera:
--Pero yo siempre me he dicho: ¿por qué partir lo que está entero?
Cuando seamos más, tocaremos a menos. Más barato me saldrá tirar los
calcetines cuando estén rotos, que no poner sombrero y pendientes a una
señora que me los zurza. Luego la botica, las comadres, la escuela del
niño... Nada, nada, bien se está San Pedro en Roma... Pero si no
llegasteis como yo, fué por vuestra culpa. Lo que se hace en un año, se
puede hacer en once meses si se aprieta un poco; y si se aprieta otro
poco, en diez, o en nueve, o en ocho. La cuestión es arrear, y no ser
asno para que le arreen los demás. Yo nunca admití zánganos en mi casa:
el que a mí me ha servido, tenía que andar más listo que una rata y
dormir con un ojo abierto. Todavía me acuerdo de un dependiente gallego
que tuve cuando estaba establecido en Santa Clara. El buen hombre era
listo, y en los primeros meses cumplió como ninguno, trabajaba como un
camello; pero en cuanto se creyó asegurado, se hizo remolón. Yo le vi
venir, y dije para mí: «¡No sabes con quién has tropezado, precioso!» Le
dejé algunos días despacharse a su gusto, y una noche, cuando estaba en
el primer sueño, fuí a su cuarto, le quité la ropa, que yo le había
comprado, y le puse de patitas y en camisa en medio de la calle.
--¿En camisa?--exclamó uno.
--A las doce de la noche.
--¿Y no tenía usted miedo que se acatarrase, don Pancho?--preguntó otro
soltando una carcajada.
--Sin duda, quería usted que no lo comiesen los mosquitos--dijo otro
riendo también.
Don Pancho no replicó, y prosiguió gravemente de esta suerte:
--Las cataplasmas sirven, cuando le duelen a uno las muelas. A un hombre
que no vale para el caso, se le echa a la basura como un trapo sucio. Si
hubierais hecho como yo, y no hubierais andado en miramientos, antes
habríais venido a disfrutar de vuestro trabajo. Todos vosotros
recordaréis a aquel desdichado Perico Barrios, hijo del marqués de Santa
Filomena. Había heredado un bonito capital, y lo deshizo prestando a
este y al otro amigo, que _estaban en un apuro_. Regla general: cuando
uno tiene dinero, los amigos están todos apurados. Ultimamente no le
quedaba ya más que el ingenio de Chirivitas, y vino a mí para que le
diese algún dinero sobre él. Se lo dí; lo gastó; vino otra vez; le dí
más, lo gastó también. Al fin no tuve más remedio que quedarme con el
ingenio. Pues este majadero, después que tiró la última peseta y anduvo
rodando por todas las zahurdas de la población, llegó un día a mi casa
medio desnudo y muerto de hambre a pedirme cinco pesos para comer. Yo le
respondí que no estaba dispuesto a mantener vagos. El hombre se enfadó y
hasta quiso ponerse un poco bravo, y me dijo que me había quedado con el
ingenio por sesenta mil pesos y que valía más de cien mil, y otra
porción de necedades. Yo llamé al criado, y le dije: «Anda, hijo, ve a
buscar un guardia, que este sujeto se pone bravo, y no sé si viene a
robarme.» Allí le vierais marchar echando por la boca espumarajos...
--Yo creo que el ingenio de Chirivitas valía, en efecto, más de cien mil
pesos--manifestó uno.
--Sí que los valía--replicó don Pancho--; pero Dios no manda a nadie ser
jumento. Si valía cien mil, ¿por qué lo soltó en sesenta mil? Porque era
un mentecato, y cuando un hombre es un mentecato, debe dejar paso a los
que no lo son. La finca era buena, pero estaba muy descuidada. La
negrada, no tan mala como acostumbrada a la holganza y la buena vida.
Perico Barrios tenía allí de mayordomo un pariente que poco le faltaba
para dar bizcochos a los morenos y sentarlos a la mesa. En cuanto me
hice cargo de la finca, comprendí que era necesario poner aquello en
orden. Despedí a los mayorales y contraté otros dos, los más avispados
que pude encontrar en todo el departamento. Uno de ellos, sobre todo,
llamado Vicente, era fino, ¡fino!, que apetecía comérselo. Donde aquel
hombre ponía el látigo ya se sabía que levantaba la piel. Un mozo
simpático y gracioso. Mientras arreaba a la gente les improvisaba coplas
que a ellos mismos les hacía reir. Recuerdo que solía mascullar con voz
cavernosa:
Dijo el sabio Salomón,
con su música cantando:
El c... que quiere fuete,
por sí mismo lo está buscando.
»Y tras la copla venía... ¡el diluvio!
»--¡Por su madre, mayoral!--gritaba el negro.
»--Cada azote que te doy, le quito un día de purgatorio--respondía él.
»--_¡Etá_ bueno ya, mayoral!
»--No está bueno todavía; te he de dar hasta que huelas a ajo.
»Con aquel hombre se podía ir a cualquier parte. Cuando llegó la época
de la zafra, le llamé y le dije:
»--Vicente, es necesario que la primera caja de azúcar que salga para
Nueva Orleans sea del ingenio de Chirivitas, aunque reventemos.
»--Pierda usted _cuidao_, mi amo; ninguna otra irá por delante.
»Y, en efecto, cumplió su palabra: despachamos una partida de cajas seis
días antes que todos los demás ingenios de la isla. Habíamos calculado
que enterraríamos seis u ocho hombres: enterramos diez. Pero, echadas
las cuentas y descontadas estas pérdidas, me quedaron aquel año doce mil
pesos limpios.
--¡No ha estado mal!--exclamó uno con admiración.
--¡Usted lo entiende, don Pancho!--exclamó otro.
Todos aplauden las palabras viriles y admiran el espíritu libre de aquel
anciano.
Después de una pausa, uno de ellos preguntó, haciendo un guiño malicioso
a sus compañeros:
--¿Y qué fué de aquella morena con quien usted estaba enredado
últimamente, don Pancho?
--¿La Pepa?... La vendí a Manuel Rodríguez cuando me vine... ¡Lloraba la
pobre que daba pena verla!
--Era una buena mujer, limpia y hacendosa, y le cuidaba a usted
perfectamente.
--¡Ya lo creo que lo era! La hubiera traído si no fuese que aquí se
hacía libre... Además, ya sabes que las negras asustan en España.
--Me parece que tenía usted dos hijos con ella.
--He tenido tres... Los vendí también, cuando me vine, a Rafael Alonso.
--Hombre, ¿los ha vendido usted a ese bruto?
--¡Qué quieres, amigo!--repuso don Pancho riendo--. Tenía prisa, y era
necesario liquidar lo más pronto posible.
Mi padre se levantó y se despidió cortésmente, llevándome consigo.
Aquélla fué mi última cátedra de energía, porque desde entonces, cuando
pasábamos por allí, no volvimos a sentarnos entre los indianos.
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UNA MIRADA A LO ALTO
I
En las primeras horas de la noche me place discurrir por las calles
céntricas. Uno tras otro los arcos voltáicos se encienden, y mantienen a
distancia las tinieblas que la huída del sol convida a descender. Los
coches regresan del paseo, y los nobles brutos que los arrastran se
muestran impacientes ante la muchedumbre que obstruye la vía.
¡Crepúsculo hermoso el de la gran ciudad! Que otros vayan a gozarse
melancólicamente al bosque silencioso, y que miren al sol ocultarse
detrás de los montes lejanos, y que escuchen con placer las esquilas del
ganado y los dulces sones de la flauta pastoril; que corran a la playa
desierta y se deleiten contemplando el romper de las olas espumosas. Yo
gozo mirando las telas y las joyas deslumbrantes que se ostentan en los
escaparates. Pero gozo más cuando alguna bella, desde lo alto de un
coche, como una diosa sobre su trono móvil de seda, me lanza una mirada.
¡Avergonzaos, ricas telas, ocultaos, joyas deslumbrantes!; el sol, al
partir, ha dejado en aquellos ojos toda su luz como en depósito sagrado.
Con tranquilo placer mis pasos errantes se deslizan por la calle. La
muchedumbre se aprieta en torno mío. ¡Escuchad, escuchad esos gritos
gozosos; ved esa larga fila de carruajes que llevan sobre sus ruedas la
belleza, la juventud y la alegría de la villa! ¡Mirad a ese joven
tembloroso que se acerca, embargado de emoción, al borde de la acera, y
recoge al pasar la sonrisa de su amada y una señal de su mano adorada,
de esa mano que él besa furtivamente cuando en el Retiro la dama de
compañía se distrae..., o se hace la distraída! Mis canas me preservan
ya de estos temblores, mas, ¡ay!, no puedo menos de acordarme de ellos.
El tumulto crece por momentos. Todo se agita, todo se mueve. Los
caballos piafan de impaciencia, y las mamás, más impacientes aún,
quisieran estar ya delante de la mesa, donde humea la sopa confortable.
El río de la vida serpentea por las calles.
II