criatura de pocos meses.
Se depositaron aquellos preciosos restos en un ataúd dorado. La
población entera, viejos y jóvenes, mujeres y niños, lo siguieron al
cementerio. El ataúd, cubierto de coronas, marchaba deteniéndose a cada
instante, porque los hombres se disputaban el honor de llevarlo sobre
los hombros aunque fuese un minuto.
Cuando llegó, quedó literalmente sepultado entre flores.
El instinto popular no se había engañado. El alcalde de la villa,
interpretándolo, hizo grabar sobre su tumba estas sencillas palabras:
«AQUÍ YACE PERICO EL BUENO.»
[imagen decorativa]
[imagen decorativa]
LA TIERRA ES UN ÁNGEL
La Tierra es un ángel: yo he leído eso en alguna parte--me decía el
doctor Mediavilla cierta tarde paseando por la Moncloa--. ¡Ah!, sí, ya
me acuerdo; era un filósofo alemán llamado Fechner quien lo afirmaba. Y
en este momento estoy tentado a darle la razón. ¡Vea usted qué luz
irisada se esparce por el cielo!, ¡qué transparencia en el aire!, ¡qué
crestas azuladas aquellas del Guadarrama!, ¡qué dulce sosiego en toda la
campiña! Considerando la Tierra como un ser cuyas vastas dimensiones
exigen un plan de vida completamente distinto del nuestro, no ofrece
duda su inmensa superioridad sobre nosotros. La Tierra no tiene piernas
ni brazos: ¿para qué los necesita, puesto que posee ya dentro de sí
todas aquellas cosas tras de las cuales nosotros corremos anhelantes?
¿Necesita de piernas para caminar con la espantosa velocidad de treinta
kilómetros por segundo? No tiene ojos; pero sigue su camino por el
espacio insondable sin extraviarse. Para llevar su preciosa carga en
todos los momentos, en todas las estaciones--dice aquel ingenioso
filósofo--, ¿qué forma podría ser más excelente que la suya, puesto que
es al mismo tiempo el caballo, las ruedas y el carro? Hay que pensar en
la belleza de este globo luminoso, cuya mitad alumbrada por el sol es
azul, mientras la otra mitad se baña en la noche estrellada. Hay que
pensar en esta cristalina esfera, que gira bañada en luz, como decía
nuestro gran Espronceda; hay que pensar en sus aguas transparentes, en
esos millones de luces y de sombras por las cuales los cielos se
reflejan en los pliegues de sus montañas y en los repliegues de sus
valles. Este globo sería un espectáculo sublime para quien lo viese de
lejos. En él se encuentran a la vez todos los contrastes y todas las
armonías; es decir, todo lo pintoresco, todo lo que puede producir la
emoción estética, la desolación y la alegría, la riqueza, la frescura,
los vívidos colores, los aromas delicados. Envuelta en su atmósfera azul
y en sus nubes, como una desposada en su velo, la Tierra marcha por el
espacio feliz y gloriosa como un ángel.
--Todo eso estaría muy bien--respondí--si la Tierra tuviera conciencia
de sí misma.
--Y ¿por qué no ha de tenerla? No será una conciencia individual como la
nuestra, pero la tendrá colectiva. Habituados nosotros a la relación y
al choque con las conciencias individuales, y observando la unidad que
en nuestro interior se ofrece, nos cuesta enorme trabajo suponer que
existe otro género de conciencia. Y, sin embargo, a cada momento se nos
presenta en la vida. ¿Por qué separamos en una sociedad la intención de
ella de la de los individuos que la componen, y decimos, como aquel
inglés, «la cabilda, mala; la canóniga, buena»? Y con la nación inglesa
constantemente hacemos la misma distinción: decimos que los ingleses
suelen ser hombres generosos, caritativos, rectos en su proceder,
mientras Inglaterra es la más egoísta y pérfida de las naciones. Pero
aún hay más; esta conciencia individual que en nosotros observamos, y de
la cual estamos tan ufanos, acaso sea, en último término, también una
conciencia colectiva; porque así como nuestro cuerpo se halla compuesto
por innumerables células, que todas tienen su voluntad y su iniciativa,
así nuestro espíritu puede haberse formado por la agregación de muchos
espíritus. La experiencia parece que nos lo está diciendo. En el
carácter de cada hombre se hallan unidos los rasgos del carácter de sus
abuelos; en los instantes sucesivos de su vida parece que todos ellos
van asomando la cabeza uno en pos de otro. Cada ser, según su
importancia, tendrá una conciencia más o menos vasta. No negamos que una
sociedad tiene su conciencia, que una nación la posee, pero nos irrita
que se diga lo mismo de un planeta. Figurémonos que un ser inmensamente
mayor que nuestra Tierra la haya venido observando desde que se
desprendió del Sol en estado gaseoso, y la siga observando hasta que
perezca, bien por virtud de una catástrofe, o porque la vida desaparezca
de ella, y su materia, por incesante radiación, se pierda en el éter.
Figurémonos que este ser guarda la misma relación con nosotros que un
naturalista con un pequeño y efímero animal. Cuando nuestro planeta
hubiera desaparecido, este ser, este gran naturalista, ¿no guardaría de
él un recuerdo claro y preciso, como el pequeño naturalista lo guarda
del pequeño animal? ¿No podría definir su carácter, sus tendencias, el
lugar que ocupa en el escalafón de los seres, su grado de
espiritualidad, sus cualidades y sus deficiencias? Las conciencias de
los seres que existen dentro de nosotros forman nuestra conciencia,
nuestras conciencias forman la conciencia de nuestra raza, las
conciencias de nuestras razas forman la del planeta, las de los planetas
forman la del sistema solar..., y así sucesivamente hasta llegar a la
conciencia absoluta, que no puede ser otra que la del gran Universo. La
constitución de este Universo es idéntica en toda su extensión. Así como
en nosotros, no sólo cada sensación, sino cada conciencia de una
sensación contribuye a formar una mayor conciencia que llamamos _yo_,
así nuestras conciencias individuales contribuyen a formar la conciencia
de nuestro país, la de nuestra raza, la de nuestro planeta.
--¿De modo que usted cree en el Absoluto de la filosofía alemana?
--Sí; yo creo en un absoluto, pero en un absoluto que pueda
mascarse--repuso riendo--; no en un absoluto sobre el cual no se pueda
hincar el diente. Es decir, que en materia de absolutos prefiero el
sólido al gaseoso, y estoy más por el género inglés que por el alemán.
Hago una excepción en favor de Fechner. Por lo menos, el absoluto ángel
o animal de este filósofo tiene órganos, que somos todos los seres
vivos, y siente y actúa por medio de ellos, mientras el otro, encerrado
en sí mismo, como el _Atman_ de los indios, deja transcurrir la
eternidad pensando: «¡Si yo fuese varios!» Yo creo que el absoluto debe
ser algo más rico, más sustancioso que esa abstracción indigente que nos
ofrece, por lo común, el monismo idealista.
--Y dígame usted, doctor: ¿cómo estas experiencias psicológicas que
residen en el interior de cada hombre se combinan para formar la
experiencia psicológica de ese Absoluto?
Mediavilla soltó una carcajada.
--Veo, amigo Jiménez, que no se anda usted por las ramas, y que de golpe
se lanza usted sobre la raíz del tronco... Confieso que eso no es tan
claro como fuera de desear. La filosofía de lo absoluto explica la
relación de nuestros espíritus con el espíritu eterno afirmando que
nuestras experiencias psicológicas se combinan libremente y se separan
de igual modo, guardando intacta su identidad. El Absoluto, dicen, crea
el mundo por un acto de conocimiento indiviso y eterno. Existir es,
pues, ser tales como él nos piensa. Nuestra existencia real es ésta;
pero fuera de ella hay otra aparente, por la cual cada uno de nosotros
aparece a sí mismo como distinto de los otros. Mas la creencia en esta
vida aparente significa ignorancia: nosotros, en el fondo real de
nuestro ser, formamos uno con el Absoluto, somos sus partes orgánicas, y
no existimos sino en tanto que nos hallamos implicados en su ser. Los
filósofos de lo Absoluto comparan esta ignorancia que nos aisla los unos
de los otros, a la que un individuo experimenta sobre muchas de sus
sensaciones que pasan para él inadvertidas por falta de atención. Estas
sensaciones inadvertidas son con relación a nuestro espíritu individual
lo que nuestros espíritus individuales son con relación al espíritu
absoluto. También comparan nuestras existencias a las sílabas, a las
palabras y a las proposiciones, que forman una frase gramatical cuyo
verdadero sentido sólo comprende el que las pronuncia. Unos no son más
que sílabas en la boca de Dios, otros, palabras, y otros, en fin,
proposiciones; pero todos formamos parte del pensamiento eterno... Vea
usted cómo pudiera explicarse igualmente la conciencia del planeta que
habitamos con relación a nuestras conciencias individuales.
--Pero, doctor, si, como usted me acaba de decir, el Absoluto nos crea
por un acto de conocimiento, y no tenemos otra existencia que la que
nos comunica este acto, ¿cómo podemos existir de otro modo que como él
nos conoce? Existir, en el caso presente, vale tanto como ser conocido.
Ahora bien, nosotros nos conocemos de otro modo que como nos conoce el
Absoluto, puesto que nos conocemos distintos, aislados... Luego
existimos de otro modo. Me habla usted de sílabas y palabras cuyo
sentido sólo conoce la persona que las pronuncia. Pero las sílabas y las
palabras no se conocen a sí mismas como nosotros. Nosotros, que somos
sus partes integrantes, nos hallamos agitados siempre por dudas, por
inquietudes e ignorancias, y, sin embargo, él posee en toda la eternidad
la ciencia y la calma. El Dios del cristianismo crea los seres
proyectándolos fuera de sí, dotándoles de una substancia: por tanto,
tienen existencia propia. Pero si estos seres sólo son objeto del
pensamiento, sólo son reales para el espíritu que los piensa y en la
manera que él los piensa, ¿cómo es posible que puedan vivir y pensar de
otro modo que como él los piensa? «Es como si los personajes de una
novela--dice un filósofo moderno--saliesen de las páginas del libro y se
pusieran a caminar por el mundo y a vivir por su propia cuenta, fuera de
la imaginación del autor.»
--Ya le he confesado a usted que el asunto no está claro, y que la
solución del problema ofrece más de una dificultad. Sin embargo, estas
dificultades no destruyen mi convicción de que debe ser así. Yo no puedo
comprender ahora cómo sea posible que lo que es realmente uno sea
efectivamente tantas cosas. Porque si nuestros espíritus finitos
formasen, por ejemplo, mil millones de hechos, el ser omnisciente
formaría con ellos un universo constituído por mil millones de hechos
más uno. O hay que admitir un agente distinto de unificación, es decir,
un Dios personal, lo cual para mí es absurdo. Pero debe ser así, lo
repito. Si hallamos que una cosa debe ser necesaria, y es posible, no
cabe duda que existe. El Absoluto, el gran Todo debe resolver estas
dificultades que se nos presentan por vías secretas que le son
peculiares y que nosotros no somos capaces de adivinar, ni aun de tratar
de adivinar.
--¿Sabe usted, doctor, que no deja de ser cómoda esa manera de resolver
los problemas? ¡Y luego se burlan ustedes de Bossuet porque, hablando de
la predestinación, se contentaba con tener asidos los dos cabos, uno el
de la libertad del hombre, otro el de la omnisciencia de Dios, sin saber
dónde y cómo estaban unidos!
En aquel momento oímos no muy lejos el toque áspero de una corneta. Nos
volvimos a la vez, y vimos a un guarda que nos invitaba a volver a la
senda de donde, distraídos, sin duda, nos habíamos salido.
--¡La trompeta del juicio final!--exclamó Mediavilla riendo.
--Cuando suene de verdad esa trompeta--repuse yo bromeando también--,
llegará el momento de que resolvamos de una vez estos problemas que
tanto nos atormentan.
Mediavilla se puso serio, y dijo después de una larga pausa:
--Tengo la desgracia de no creer en otra vida.
--Pues yo tengo la felicidad de no creer en ésta.
[imagen decorativa]
[imagen decorativa]
MERCI, MONSIEUR
No es bueno que el hombre esté solo.
DIOS.
Cuando un hombre habita en un pueblo de provincia y no tiene hijos y
goza de algunos medios de fortuna, si hay Exposición Universal en París,
¿qué remedio le queda más que ir?
--¿Supongo, Jiménez, que dará usted una vuelta por la Exposición?
--¿Estará usted preparando la maleta, de seguro?
--¡Qué feliz es usted, don Angel!
--¿Qué me traerá usted de la Exposición, don Angel!
No pude resistir más, y me metí en el tren, y me planté en París. Yo no
tenía deseo alguno de visitar la Exposición; las artes industriales no
ejercen sobre mí gran influencia. Menos lo tenía aún de que me encajasen
en un sexto piso, dentro de un cuarto con vistas a la bóveda celeste,
chiquito, bajito de techo, calentito.
Así fué, no obstante, y afirmo, con la mano puesta sobre el corazón, que
hubiera preferido la habitación amplia de mi casa que da sobre el
jardín, mis siestas sobre el viejo sofá y mi chocolate elaborado a brazo
con cacao superior.
Pero el hombre se debe a sus conciudadanos, y los míos me han exigido
éste y otros sacrificios. Todos los días bajaba de aquel nido encumbrado
a la llanura para trasladarme a la Exposición; ocho o diez kilómetros,
que recorría unas veces a pie, otras en ómnibus.
Uno por uno iba inspeccionando todos aquellos pabellones que no
despertaban en mí el menor interés. Una sala llenita, hasta el techo de
botas de montar, luego otra de cables enrollados, en seguida otra de
faroles de coche, y así sucesivamente.
Religiosamente las iba visitando, pues comprendía que ese era mi deber.
¿Cómo presentarme en el pueblo sin poder afirmar que había visto la
instalación de frenos automáticos, o la de sopas italianas, etc., etc.?
El tedio se iba apoderando de mi corazón. Cuando, al llegar la noche,
subía a mi cuarto y me dejaba caer rendido en la cama, sólo Dios sabe
qué ideas negras cruzaban por mi cerebro. La existencia, vista al través
de aquellas enormes instalaciones de abonos minerales o de ladrillos
refractarios, me parecía, como a Schopenhauer, un monstruoso error de la
Voluntad.
El viento que soplaba en mi sotabanco hacía aún más horrible mi
situación. Toda la noche le oía zumbar, amenazando destruir los frágiles
tabiques y lanzarme al espacio.
Por fin, cierta mañana, al despertarme, un instinto feroz de rebelión se
apoderó de todo mi ser. Lancé un juramento terrible y exclamé en voz
alta: «¡Hoy no he de ver ni los cables, ni los frenos, ni las sopas
italianas, así me...!»
¡Silencio! El hombre dice a veces cosas muy feas cuando está solo y
desesperado.
Me vestí y me acicalé lenta, muy lentamente, con esa rabia concentrada
del hombre que quiere persuadirse a sí mismo de que es dueño y señor de
su voluntad.
Bajé a la calle, y me puse a dar vueltas por los bulevares como el
azotacalles más desocupado que hubiese en aquel momento en París. Mi
actitud era la del que repentinamente vuelve la espalda a todos los
deberes sociales, una actitud insolente, agresiva, una mirada que decía
a los que cruzaban: «A mí, ¿qué?»
Sin embargo, el remordimiento bullía sofocado en mi alma, como un pájaro
a quien se aprieta en la mano.
Entré en un café y pedí un ajenjo. ¿En qué otra bebida podía ahogar
mejor mi amargura?
Por contraste, en una mesa contigua bebía leche a menudos sorbos,
mojando de vez en cuando bizcochitos en ella, una linda francesita de
nariz remangada, de frente estrecha, de ojos picarescos. A su lado había
dos hombres canosos, uno de los cuales debía de ser su padre, a juzgar
por el parecido que con ella guardaba. Los viejos charlaban animadamente
sobre asuntos industriales. La niña se aburría horriblemente.
Ahora bien, cuando una francesita de nariz remangada se aburre, es capaz
de mirar con interés a un esqueleto, si el esqueleto pertenece al sexo
masculino. Por eso me miró a mí, que, a Dios gracias, aún no lo era.
Me sentí de pronto inflamado, pronto a morir por ella. Mi corazón,
cerrado tantos días por la angustia y la impaciencia, se abrió como el
cáliz de una flor al rayo de sol de la mañana. Algo extraño me corrió
por la sangre, y todas mis tristezas huyeron, unas por la puerta, otras
por la ventana, como diablos perseguidos con agua bendita.
Eran sus ojos quienes la esparcían, sus ojos dulces, rientes, en los
cuales bebía gota a gota el néctar del amor. Discretamente los míos
cantaban sus alabanzas, la ilusión de sus cabellos ondeados, la blancura
de su rostro, el encanto de sus labios, la gracia picante de su naricita
remangada. ¡Qué inteligencia animaba aquel semblante divino! Era
perfecta, y ella lo sabía.
Pero no abusaba de su perfección. Satisfecha de sus ojos, de sus
cabellos, de su naricita, entregaba todo ello a la admiración del
extranjero, y se ingeniaba para hacerle feliz.
Posaba los labios en el borde del vaso, y, alzando al mismo tiempo sus
ojos, me decía con ellos: «Ya sé, joven extranjero, que te complacería
aplicar la boca a este mismo sitio para saber mis dulces secretos. No es
mía la culpa si no puedes hacerlo.» Otras veces se aliñaba ligeramente
los cabellos. «También sé que serías feliz jugando con estos rizos
dorados, de los cuales vive en este momento suspendido tu corazón.»
Otras, en fin, extendía su manecita blanca y delicada como un capullo de
rosa, y la colocaba sobre el respaldo de una silla, muy cerquita de mí.
«Te agradaría besar esta mano breve y tersa, ¿verdad? Pues bésala,
joven extranjero, bésala con el pensamiento, ya que no puedes con los
labios.»
Y yo la besaba obediente, la besaba una y otra vez con ardor, hasta que
ella la retiraba al cabo, levemente ruborizada.
«¡Oh niña preciosa, de ojos picarescos, de naricita remangada; yo
quisiera volar contigo allá lejos, donde florecen los claveles, bajo los
bosques de tilos bañados de sol! Una casita blanca, una pradera que se
extiende delante de ella, un arroyo cristalino que la circunda, las
esquilas del ganado, el canto de los mirlos... ¡Ven, niña mía, ven!»
La niña se levantó, en efecto, pero no fué a mi conjuro, sino al de los
dos viejos, que pagaron al mozo para irse.
Al cruzar por delante de mí retiré galantemente la silla, a fin de que
pasase con toda comodidad. Sus ojos risueños me dirigieron una mirada, y
sus labios murmuraron dulcemente:
--_Merci, monsieur_.
«¡Gracias, Señor!--murmuré yo también, elevando mi pensamiento al
Cielo--. Esta niña se va, y no volveré a verla más, pero ya ha cumplido
la misión que Tú la encomendaste.»
Sentí mi corazón bañado de frescura, penetrado de dulce sumisión. Todos
mis deberes me parecieron fáciles de cumplir, y, llena mi alma de una
santidad agradecida, salí a la calle y monté en el ómnibus para ver de
nuevo los frenos automáticos y los cables enrollados.
[imagen decorativa]
[imagen decorativa]
ARTE ARCAICO
Por qué hablaban los espíritus libres del Arte? ¿Hay arte posible
arrancando al artista la noción del bien y del mal? Si se exceptúan tal
vez la escultura, las artes todas tienen por base esas _telas de araña_
que se llaman Dios, alma, bien, verdad. La arquitectura sin religión no
sería arte bella, sino de pura utilidad, una arquitectura de castor. La
música, si quedase plenamente demostrado que no existe más mundo que el
de los fenómenos, si no despertase en nuestra alma dulces y vagos
presentimientos de otra patria, ¿ejercería encanto alguno? Una vez
persuadidos, absolutamente persuadidos de que su influencia es puramente
fisiológica, que no tiene otra finalidad que la de activar las funciones
vitales por medio del ritmo, acelerando la digestión o la circulación de
la sangre, huiríamos como de un veneno de la música de Beethoven.
Buscaríamos algún wals de Strauss o un pasodoble de Chueca a título
solamente de licor estomacal.
Y si consideramos el arte por excelencia, el arte de la poesía, no
hallaremos en todas sus manifestaciones más que esa lucha profunda,
desesperada, trágica y cómica a la vez, entre los ciegos apetitos de
nuestra naturaleza animal y las aspiraciones elevadas de nuestro ser
espiritual.
Figurémonos por un momento que los espíritus libres vencen en toda la
línea. Queda absolutamente demostrado (de un modo indudable para todos
los hombres, grandes y pequeños) que los llamados valores superiores, el
Ser infinito y eterno, el bien y la verdad, son puros fantasmas, un
síntoma de la vida declinante; el amor, la compasión, el sacrificio por
los otros, enfermedades cerebrales que aparecen cuando los instintos
sanos se debilitan. ¿Qué cantarán ya los poetas? ¿Dónde están los
himnos, los dramas y las novelas? Excluída la lucha interior, la lucha
del mundo moral, la tierra ofrecería un aspecto tan siniestro como
monótono. Obrando sólo la voluntad de vivir o la voluntad de dominar, no
pudiendo considerarse como cosas serias ni el amor, ni la lealtad, ni la
abnegación, la trama de la vida, tan rica y hermosa, quedaría reducida a
una serie de peripecias de orden material engendradas por la diferencia
de fuerza.
Trasladémonos con la imaginación a esos tiempos amenos de la
transmutación de valores. Ya no hay Dios, ni alma, ni compasión, ni
moral, ni nada. No hay más que superhombres. Supongamos que éstos
conservan todavía la antigualla del teatro (en algo se han de divertir).
No sé a punto fijo si predomina el género grande o el chico, pero hay un
género predominante. El cual, como acontece casi siempre, comienza a
aburrir a los espíritus difíciles. Entonces a un truchimán teatral se le
ocurre la feliz idea de exhumar (arreglándola, por supuesto) una obra de
dos mil años de antigüedad, _El rey Lear_, de un tal Shakespeare. Los
espectadores encuentran un poco burda, pero graciosa, la escena en que
Lear reparte el reino entre sus hijas, y la aplauden. Es original la
locura de aquel hombre, que desea ser amado a todo trance. Los
caracteres de Goneril y de Regania, desembarazándose más tarde del loco
de su padre, les parecen nobles, aunque vulgares. Cordelia es un
personaje estúpido, que sirve, no obstante, para realzar la nobleza de
sus hermanas. Pero la obra no tarda en aburrirles. La locura del rey se
hace pesada. Sus imprecaciones a los elementos desencadenados hacen reir
un momento, mas concluyen por fatigar. El auditorio se distrae; luego
tose. Los reventadores taconean. Sin embargo, hay algo que logra
interesarles. La escena en que Regania y Cornuailles arrancan los ojos
al anciano Gloncester les cautiva. ¡Bravo!, ¡bravo! Jamás se ha
expresado con más vigor la sagrada voluntad de potencia. El final les
parece igualmente noble y grandioso. Todos aquellos asesinatos y
envenenamientos son del mejor gusto moderno. Pero queda destruída su
fuerza por la última escena, cuando Lear entra con su hija muerta entre
los brazos. Un loco y una idiota no son personajes para cerrar
dignamente el drama. Luego, aquel duque de Albania, personaje de
extremada debilidad, apunta ideas de moralidad tan anticuadas, que no
pueden menos de repugnar al noble auditorio. _El rey Lear_ no tuvo un
éxito lisonjero, pero se hizo seiscientas cincuenta y nueve veces.
Cubrió los gastos y proporcionó algún dinero al arreglador, quien, por
consejo de la crítica, suprimió la escena final.
Animado con esto, otro truchimán más arcaico desentierra una obra que no
tiene dos mil años de antigüedad, sido cuatro mil: _La Orestiada_, de
Esquilo. La primera parte, _Agamenón_, alcanzó éxito brillante. El
parricidio de Clitenmestra agradó sobremanera. La segunda parte, _Las
Coéforas_, agradó aún más. El parricidio de Orestes era aún más
sangriento y conmovedor. Mas la tercera parte, _Las Euménidas_, ¡oh
dolor!, vino al suelo con estrépito. Aquel hijo, después de hundir su
puñal en el seno de la que le dió el ser, se ve acometido por los
remordimientos, que revisten la forma de Furias. El auditorio, como es
natural, se indignó. Un crítico decía al día siguiente:
«¿Cómo? ¿Qué antigualla nos ha desenterrado el señor López? Antes de
llevar una obra a las tablas, aunque esté defendida por su alta
antigüedad, debiera meditar si esa obra puede herir en lo vivo los
sentimientos nobles de nuestra sociedad. Hay enfermedades tan
repugnantes, que si en los libros se pueden describir, en la escena no
se deben presentar. Quien ataque las bases de la noble moral de nuestros
tiempos, no lo hará impunemente. Sentir remordimientos, no sólo es
inmoral, sino indecente.»
[imagen decorativa]
[imagen decorativa]
ASCETISMO