bárbaros. Noté que eran articulados, pero su significación me escapaba
por entero. Al fin creí coger una palabra: era una imprecación. Después
percibí otras cuantas, y acostumbrado mi oído, logré entender que el
titán hablaba en griego. Maximitch puso los dedos en la boca y lanzó un
silbido penetrante. Cesó la voz sobrenatural, pero al momento volvió a
sonar, haciendo una pregunta que no entendí. Maximitch, que sabía un
poco de griego, respondió gritando en francés:
»--Dos hombres estamos aquí.
»--¡Ah, sois dos efímeros!-replicó también en francés la voz
formidable--. ¿De dónde venís?
»--Yo soy oficial ruso--gritó Maximitch.
»--Yo soy corresponsal de _El Pueblo Libre_--grité con todas mis
fuerzas, que eran pocas.
»--No conozco ese periódico... ¡Hay tantos!, ¡tantos!... Esa preciosa
conquista me la debéis a mí, como todas las demás. Gracias a la prensa,
los mortales os ponéis en comunicación espiritual al través de las
distancias, conocéis vuestras miserias y tratáis de remediarlas,
denunciáis las injusticias, difundís las felices invenciones de los
sabios... Yo estaba orgulloso cuando vi, húmeda todavía, salir la
primera hoja periódica de vuestros tórculos. Me aplaudí y me felicité de
haber robado al Olimpo la sagrada chispa que pone en movimiento vuestras
máquinas... Pero ¡ay!, el tirano del cielo, el brutal Júpiter, sabe
desbaratar todos mis planes y los vuestros, y trueca con su mano
vengativa lo útil en pernicioso... Esa maravillosa invención os mantiene
en perpetuo afán, estimula noche y día la soberbia, la envidia, la
cólera, fatales _euménidas_ que no os dejan un instante de reposo.
Destinada por mí a difundir entre vosotros la verdad y la justicia, hoy
parece dedicada a sembrar la frivolidad y la inquietud. La fiebre de la
publicidad os aniquila. Los frutos de la sabiduría no maduran ya en
vuestros jardines, porque con mano ansiosa los recogéis verdes para
nutrir vuestra vanidad. Y esos frutos ácidos os envenenan y
enflaquecen...
»--¡Prometeo, la prensa es quien llama la atención del público hacia el
mérito!--grité yo más irritado que medroso.
»--La prensa no es una corona ya, sino un rasero. El verdadero mérito
corre a esconderse para no ser confundido con las eminencias que
fabricáis a diario con indiferencia inconsciente, no con amor, como yo
esculpía mis estatuas, infundiéndoles un soplo de vida... ¡Cuántos
dolores me habéis costado, cuántos!
»--A ti te debemos, glorioso titán, la chispa del fuego que ha
transformado la tierra por medio de las artes industriales. Nuestro
bienestar, la civilización del género humano, dependen de ese precioso
don que tú nos has hecho--le grité entonces para halagarle.
»Prometeo guardó silencio unos instantes, y al cabo exclamó, con voz aún
más temerosa:
--¡Las artes industriales!... Sí; señaladas estaban en mi pensamiento
para emanciparos del yugo cruel de las fuerzas, que Plutón y Neptuno
manejaban en vuestro daño. Desde esta roca desolada seguí con ansiedad y
alegría vuestros primeros esfuerzos, coronados, como siempre, de éxito
feliz. Fuisteis señores de los mares; pusisteis riendas a los vientos,
dirigiéndolos dócilmente; arrancasteis a Plutón parte de sus tesoros y
calentasteis vuestros días ateridos; aprisionasteis los vapores de la
atmósfera y los hicisteis servir a vuestros menesteres como esclavos de
brazos poderosos; llegasteis a evocar esa otra fuerza indómita y
misteriosa, creadora y destructora de los mundos, y esa fuerza, cediendo
a vuestra ardiente súplica, consintió en iluminar vuestras viviendas con
la clara luz del sol, en transportar vuestro pensamiento y vuestra voz
al través de las montañas y los mares... Por último, llegasteis a lo que
nosotros, los inmortales, jamás logramos conseguir, a burlar la cólera
de Júpiter, desviando de vosotros su rayo abrasador... ¡Cuán orgulloso
estaba yo de vuestros progresos! ¡Qué risa inextinguible me acometía
contemplando la inquietud de Júpiter y los celos de los dioses! Mas,
¡ay!, que no es de vuestra condición el detenerse en la hora que el
tiempo ha señalado, ni tampoco fijar un límite al insaciable deseo. Yo
os había iniciado en la alta ciencia de los números, la que engendra la
armonía entre las cosas creadas, pero vosotros muy pronto la
olvidasteis. Arrastrados por ciego frenesí, no comprendisteis que de
esas artes yo os había hecho el don para elevaros cada día más alto.
Rompisteis las cadenas que os sujetaban a la tierra, pero en vez de
remontar el vuelo, os revolcáis groseramente en ella. Vuestras
prodigiosas invenciones no las utilizáis para penetrar el misterio que
os rodea, para depurar y fortificar vuestro espíritu con la belleza y la
verdad, para gozar la gran felicidad que en mis sueños os tenía
reservada, la de amar y vivir los unos para los otros... No; si
arrancáis a la Naturaleza sus secretos, es para aumentar y refinar
vuestro deleite, es para dar gusto a ese vientre, que amenaza tragaros
el cerebro. ¡Ah, las artes industriales sirven para embruteceros, no
para deificaros!... ¿Sois felices? Decídmelo. No; la molicie jamás hará
dichosos a los efímeros. Sedientos de goces y blanduras, erráis al
través de la tierra como la triste Io, la virgen calenturienta y
encornada, que, picada del tábano, salvaba los ríos y las montañas, sin
reposarse jamás...
»--¡Pero hemos conquistado la libertad social, Prometeo!--me atreví a
gritarle.
»--¡Nosotros la estamos conquistando!--gritó Maximitch con orgullo.
»--¡La libertad social!--respondió el titán--. Sí; algunos ya la habéis
logrado... Yo fuí quien os prestó el más eficaz socorro, infundiendo en
vuestros pechos el entusiasmo y el desprecio de la vida. ¡Cuán poco la
habéis aprovechado! ¿Os ha servido para desterrar la injusticia, para
vivir en paz unos con otros? Por un miserable puñado de oro lleváis la
desolación a los pueblos que viven inocentes y tranquilos, bien
apartados de vosotros; por el derecho de sacrificarlos, los que os
llamáis civilizados os destrozáis en el campo de batalla con más furor
que los tigres en el desierto. He querido libertaros de la tiranía de
Júpiter, y los unos habéis caído en la de una mayoría inconsciente y
grosera, los otros bajo la opresión de una oligarquía de políticos
rapaces..., ¿Sabéis lo que pienso?... Que si a mí no me es posible
impetrar ya nada, vosotros aún podéis reconciliaros...
»--¿Reconciliarnos con quién?--preguntó Maximitch.
Al llegar aquí en su maravilloso relato el buen Esteve, levantóse
bruscamente Martínez de la silla, haciendo caer una copa y rompiéndola
en pedazos.
--¡Vive Dios que tales barbaridades ninguna persona formal puede
escucharlas! ¡Este hombre está borracho!
Y se dirigió a la puerta como un rayo. Antes de salvarla, Esteve le
respondió con energía:
--¡No estoy borracho, no, señor mío!--pero inmediatamente añadió,
bajando la voz y guiñándonos un ojo:--En aquella ocasión es posible que
lo estuviese, porque Maximitch y yo amanecimos tumbados en el campo,
bien lejos de la aldea donde debimos pernoctar.
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RESISTE AL MALVADO
Me hallaba sentado en uno de los bancos del paseo del Prado. Delante de
mí jugaban unos niños. Hubo disputa entre ellos, y uno más fuerte
maltrató a otro más débil. Este, llorando desesperadamente, se fué a
buscar a otros amigos que jugaban un poco más lejos; vino con ellos, y
entre todos tomaron cumplida satisfacción del agresor, golpeándole
rudamente.
He aquí el compendio de la sociedad humana--me dije--, he aquí sus
fundamentos. El delincuente, la víctima; después, la justicia
reparadora. Este niño, si hubiera podido devolver los golpes recibidos,
no habría acudido a sus compañeros, los cuales, en este caso, no
significan otra cosa más que una prolongación de sus brazos vengadores.
¿Qué es la justicia humana con sus tribunales, sino una fuerza que se
añade a la nuestra para que tomemos venganza de quien nos ha hecho daño?
Por eso el conde Tolstoi, grande y escrupuloso lector del Evangelio,
sostiene que no deben existir los tribunales de justicia. No resistáis
al malvado; no juzguéis a vuestros hermanos; presentad la mejilla
derecha cuando os hayan herido en la izquierda, etc., etc.
Pero ocurre preguntar: si los hombres no volviéramos mal por mal, y si
no lo hubiéramos devuelto en una larga, serie de siglos, ¿existiría la
sociedad humana? ¿Existiría el Cristianismo? ¿Evangelizaría a los rusos
el conde de Tolstoi desde su finca de Moscou? El mensaje de Cristo es
para la eternidad, y El mismo afirmó que los tiempos no estaban aún
maduros para que fructificase su semilla. Arrojada en un campo inculto,
queda asfixiada instantáneamente por las malas hierbas. Un tipo de
sociedad, y de sociedad bien organizada, es necesario para que los
hombres comprendan y acepten la ética del Evangelio.
Cierto que el ejemplo tiene poder sobre los hombres, pero es a condición
de que el medio en que se produce sea adecuado. Un misionero todo
dulzura y mansedumbre va a predicar moral evangélica a un país de
antropófagos, y se lo comen; otro va después, y pasa lo mismo. Y aquel
estado de antropofagia se prolonga varios siglos. Pero envía Inglaterra
un buque de guerra, dispara unos cuantos cañonazos, establece una
factoría, y, al cabo de pocos años, aquella tribu de hombres feroces se
transforma en una ciudad cristiana.
Esta es la historia de la Humanidad. La palabra de Cristo se dirige al
hombre, no al bruto. Para que el reino de Dios venga a nosotros, es
necesario que la espada lo prepare. Domesticar al bruto es la obra de la
civilización, y quien a ella se oponga, no quiere el reinado de Dios. A
la Humanidad no le interesa mucho que exista un San Francisco de Asís,
si en su misma atmósfera alentaban cien mil verdugos. Lo que
verdaderamente le importa es que exista un medio social en que estos
verdugos no sean posibles. La religión obtendrá en este mundo la última
palabra, pero el género humano ha pronunciado antes, y todavía, ¡ay!,
debe pronunciar, otras bien amargas.
¡Oh, Maestro Divino!, triste es confesarlo, pero hay que confesarlo:
para subir a la Montaña en que has pronunciado aquel sermón de amor
necesitamos un ferrocarril funicular. Las sublimes palabras que
balbuceaste desde la Cruz no llegan a nuestros oídos si no vienen
precedidas del estampido del cañón.
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PERICO EL BUENO
Nuestros ideales no siempre se armonizan con las tendencias secretas de
nuestra naturaleza, como afirman los filósofos moralistas. Por el
contrario, he visto en muchos casos producirse una disparidad
escandalosa.
He conocido avaros que admiraban profundamente a los pródigos, que
hubieran dado todo en el mundo por parecérseles..., menos dinero. Había
un comerciante en mi pueblo que pasó toda su vida contándonos lo que
había derrochado en un viaje que había hecho a París, sus francachelas,
la cantidad prodigiosa de _luises_ que había esparcido entre las
bellezas mundanas. Se le saltaban las lágrimas de gusto al buen hombre
narrando sus aventuras imaginarias.
Voy a contar ahora la de _Perico el Bueno_. Ni yo ni nadie en el pueblo
sabía de dónde le venía este sobrenombre. Pero menos que nadie lo sabía
él mismo, a quien enfadaba lo indecible. No había en el Instituto un
chico más díscolo y travieso. Era la pesadilla de los profesores y el
terror de los porteros y bedeles. En cuanto surgía en el patio un motín
o una huelga, podía darse por seguro que en el centro se hallaba _Perico
el Bueno_; si había bofetadas, era Perico quien las daba; si se
escuchaban gritos y blasfemias, nadie más que él los profería.
Parece que le estoy viendo, con un negro cigarro puro en la boca,
paseando con las manos en los bolsillos por los pórticos y arrojando
miradas insolentes a los bedeles.
--Señor Baranda--le decía uno cortésmente--, tenga usted la bondad de
quitar ese cigarro de la boca: el señor Director va a pasar de un
momento a otro.
--Dígale usted al señor Director que me bese aquí--respondía fieramente
Perico.
El bedel se arrojaba sobre él; le agarraba por el cuello para
introducirle en la carbonera, que servía de calabozo. Perico se
resistía; acudía el conserje: entre los dos, al cabo de grandes
esfuerzos, se lograba arrastrarlo y dejarlo allí encerrado.
Parece que le veo también en la clase de _Psicología, Lógica y Ética_
disparando saetas de papel y haciéndonos reir con sus muecas. El
profesor era un hombrecillo redondo y bondadoso que gustaba de los
símiles.
--Señor Baranda, a la manera que la manzana podrida se separa de las
otras para que no las contamine, me hará usted el favor de apartarse de
sus compañeros y sentarse en aquel rincón de la derecha.
Perico no se movía una pulgada de su puesto.
--Señor Baranda, hágame usted el favor de separarse--repetía el
profesor.
--¡Que se separen las manzanas sanas!--respondía Perico alzando los
hombros con ademán desdeñoso.
El profesor insistía, trataba con razones y amenazas de persuadirle.
Todo era en vano. Al cabo nos decía, un poco avergonzado:
--Vaya, vaya; tengan ustedes la bondad de separarse y dejarlo solo.
Y henos aquí a los treinta o cuarenta muchachos que componíamos la clase
levantándonos de nuestros asientos y apartándonos algunos metros del
rebelde.
Por supuesto, estoy en fe de que no se le formaba consejo de disciplina
y se le arrojaba para siempre del Instituto por respetos a su padre, don
Pedro Baranda. Este señor era un industrial que poseía una fábrica de
ladrillos en las afueras de la población, excelente persona y, además,
uno de los jefes del partido republicano. Como nos hallábamos en plena
revolución, ningún profesor osaba malquistarse con él.
Perico sufría horriblemente cada vez que se oía llamar _el Bueno_.
Rechinaba los dientes, y si era algún chico de su edad quien le
injuriaba de este modo, se arrojaba sobre él y le hinchaba las narices.
Porque es de saber que Perico era bravo, y, aunque no muy fuerte,
prodigiosamente ágil y diestro en toda clase de ejercicios. Nadie le
aventajaba en la carrera ni en el salto, ni nadie jugaba como él a las
_puentes_ y al _pido campo_. Recuerdo que una tarde en que por
instigación suya hicimos novillos y, en vez de asistir a la clase de
Retórica y Poética, nos fuimos a poetizar al campo, como nos alejáramos
demasiado y se llegara el crepúsculo, tuvimos miedo de no estar al
Angelus en casa, como nuestros padres nos tenían prevenido. Nos
hallábamos cerca del puente por donde cruzaba la vía férrea. Perico ve
llegar el tren a toda marcha y, sin decirnos palabra, se encarama sobre
la barandilla y se arroja sobre una de las plataformas, logrando ganar
sano y salvo la población en pocos minutos.
¿Por qué no he de confesarlo? Yo le admiraba, y fuí su amigo sincero. Él
me mostró siempre también particular predilección, y desahogaba conmigo
sus penas. Una de las mayores era aquel ridículo apodo que sobre él
pesaba. Le parecía el colmo de la degradación.
--¡Mira tú--me decía algunas veces sonriendo, con amargura--que llamarme
a mí Perico _el Bueno_, cuando soy más malo que un dolor a media noche!
No podía sacarse esta espina del ojo.
Cuando nos hicimos bachilleres le perdí de vista. Yo me vine a Madrid, y
él se quedó en el pueblo. Algunos años después le hallé completamente
transformado. Había muerto su padre, y se había puesto al frente de la
fábrica, y se había metido en política. Era un hombre grave, silencioso,
pero siempre enérgico y dispuesto a encolerizarse por cualquier
bagatela. Sus ideas políticas, exageradamente radicales, casi
anarquistas, y cuando llegaba el momento, las expresaba con una
violencia y un cinismo que ponía en suspensión y espanto a los pacíficos
habitantes de nuestra villa. De religión no había que hablar: Perico se
había declarado enemigo nato del Supremo Hacedor, y al final de
cualquier francachela con sus amigos hablaba, como cosa natural y
sencilla, de beber la sangre del último rey en el cráneo del último
sacerdote.
¡Y, sin embargo, en la población seguía nombrándosele _Perico el Bueno!_
Claro está que era por la espalda, pues cara a cara nadie hubiera osado
darle este apodo infamante.
Pronunciaba conferencias en el Centro Obrero y arengaba a las masas en
todas las manifestaciones republicanas con mucho más calor que
elocuencia. Su espíritu no se nutría más que de los artículos de fondo
de los periódicos radicales y de los libros de los filósofos
materialistas de última hora. El de Büchner _Fuerza y materia_ era su
evangelio. Pero en los últimos tiempos, poco antes de llegar yo al
pueblo, habían caído en sus manos algunas obras de Federico Nietzsche y
las había devorado con verdadera glotonería, y sin digerirlas muy bien,
hacía uso de ellas para aterrar a sus convecinos. Todas las virtudes
eran para él objeto de feroces sarcasmos: la bondad no significaba más
que impotencia; la humildad, bajeza; la paciencia, cobardía. Exaltaba,
en cambio, la crueldad, la astucia, la audacia temeraria, el carácter
agresivo, como instintos preciosos que aumentan nuestra vitalidad y
hacen la vida más bella y más intensa. «¡Es menester decir «sí» al mal y
al pecado!», repetía a cada instante en el Casino, en medio de la
estupefacción de los inocentes burgueses que le escuchaban. Hablaba de
demoler los hospitales, los asilos y hospicios, como centros de
putrefacción donde se guarda con esmero la podredumbre humana, que luego
se esparce y nos envenena a todos; se entusiasmaba con la costumbre
espartana de despeñar a los niños mal configurados, y hasta hallaba
razonable la de sacrificar a los viejos e impotentes... En fin, un
verdadero horror.
Si alguno de los circunstantes quería atajarle y responder a tales
atrocidades, Perico se encrespaba, y chillaba tanto y tan alto, que
había que dejarle.
Cierta tarde, en el Casino, se complacía en atacar y burlarse de la
santidad, repitiendo las paradojas del filósofo que le había sorbido el
seso.
--Existen ciertos hombres--decía--que sienten una necesidad tan viva de
ejercitar su fuerza y su tendencia a la dominación, que, a falta de
otros objetos, o porque han fracasado siempre, concluyen por tiranizar
alguna parte de su propio ser. La santidad, en último término, es
cuestión de vanidad.
Un ilustrado profesor del Instituto tuvo la mala ocurrencia de
replicarle:
--Pero, señor Baranda, ¿hay hombre alguno sobre la tierra, tan
desprovisto de fuerza, que no pueda hacerla sentir de algún modo a sus
semejantes? Yo he conocido mendigos tullidos, enfermos, seres sumidos en
las más profunda abyección, que dejaban cerillas encendidas en los
pajares y ponían cristales en los caminos para que se hiriesen los
transeuntes.
Perico reprimió con trabajo su cólera y trató de hablar con calma.
--Le digo a usted que es cuestión de vanidad y, además, de pasión. Bajo
la influencia de una emoción violenta, el hombre puede determinarse, lo
mismo a una venganza espantosa, que a un espantoso aniquilamiento de su
necesidad de venganza. En un caso o en otro, sólo se trata de descargar
la emoción.
--Pero la pasión no es más que la exaltación del sentimiento--manifestó
el catedrático--. Para que exista la emoción religiosa capaz de producir
el ascetismo, es necesario que haya existido antes el sentimiento
religioso. No es, pues, la pasión religiosa la que usted nos debe
explicar, sino el sentimiento de donde procede. Que el hombre, acometido
y dominado por una excesiva emoción, puede determinase a obrar de un
modo monstruoso y hasta contrario, no ofrece duda. Pero el «porqué» y el
«cómo» se ha producido tal emoción es lo que debemos investigar. Si en
algunos casos los efectos del amor y del odio pueden ser los mismos,
porque el fuego de la exaltación consuma y borre las diferencias, no por
eso dejarán de ser radicalmente sentimientos distintos y contrarios.
--Bien; pues aunque no fuese cuestión de vanidad y de pasión, yo no
puedo menos de despreciar profundamente a esos castrados--repuso con
tono y gesto despectivo Perico--. Después de todo, esos eunucos,
incapaces de gozar de la vida, sólo tratan de hacerla más llevadera
sometiéndose vilmente a una voluntad extraña o a una regla. Son en el
fondo unos epicureístas, aunque bien ridículos.
--¡Rara manera de hacer la vida dulce el obedecer a un superior
caprichoso, colérico o estúpido!--exclamó el profesor--. Y aunque por un
esfuerzo de la voluntad lograsen no sentir el resquemor de las
humillaciones, ¿cómo evitar el sufrimiento que producen las
incomodidades físicas? ¿Es más ligera la vida para el que no tiene un
instante suyo, a quien se obliga a comer manjares que le repugnan, velar
cuando tiene sueño, dormir cuando no lo tiene, viajar cuando se halla
fatigado y reposar cuando siente necesidad de movimiento, que quien
dispone libremente de su actividad? El filósofo Epicuro se maravillaría,
ciertamente, de que considerasen discípulos suyos a San Antonio y San
Francisco. Porque si para él la serenidad intelectual y moral
significaba el placer más grande de la vida, juzgaba igualmente el
bienestar físico como condición para la tranquilidad moral, y los
placeres del cuerpo, sobre todo el del vientre, como raíz de los
placeres del alma.
Los tertulios se pusieron de parte del catedrático, y con esto Perico se
enfureció y comenzó a disputar a gritos y a soltar interjecciones
soeces, como tenía por costumbre desde niño. De tal modo, que su
interlocutor, impacientado, al fin, alzó los hombros con desdén y no
quiso continuar la discusión.
Pocas semanas después de esto, hallándose bastante gente paseando por la
acera de la plaza de la Constitución, se declaró un violento incendio en
el Círculo Tradicionalista. Ocupaba éste en la misma plaza una casa que
constaba de un solo piso. A esta hora, que era la del crepúsculo, había
pocos socios, que se echaron a la calle prontamente. El conserje había
salido a un recado. La multitud se apiñó delante del edificio y
comenzaron los trabajos de extinción, que se redujeron a que subiesen
algunos a los tejados contiguos con cántaros de agua para impedir que el
fuego prendiese a las otras casas. Se esperaba a los bomberos, pero no
acababan de llegar.
El fuego era terrible, y las llamas salían ya por las ventanas. De
pronto se escuchan lamentos desgarradores en la calle. Una mujer
desgreñada, pálida como una muerta, corría hacia la casa, gritando:
--¡Mis hijos!, ¡mis hijos!
Era la esposa del conserje, que habitaba en los altos de la casa. Nadie
se había dado cuenta de que en ella había encerradas cuatro criaturas,
la mayor de siete años. Quiso lanzarse a la puerta, pero la sujetaron
algunas manos: la escalera estaba ya invadida, y marchaba a una muerte
cierta.
--¿Dónde están sus hijos?--le preguntó Baranda, que la tenía agarrada
por un brazo.
--¡Allí!, ¡allí!--gritaba la infeliz mujer, señalando a la derecha del
edificio--. ¡Soltadme, por Dios!
Perico Baranda la soltó, pero fué para lanzarse a las ventanas enrejadas
del cuarto bajo y escalar con la agilidad de un mono los balcones del
primero. Se le vió desaparecer: un minuto después aparecía con una niña
entre los brazos. De la muchedumbre partió un grito de alegría. Se
arrimó una escala, y varias manos recogieron a la criatura.
Perico se lanzó de nuevo intrépidamente al interior. Poco después salía
con otra niña. Se le vió con la ropa chamuscada, el rostro ennegrecido.
--¡Refrescadme, voto a Dios! ¡Refrescadme, refrescadme!--gritó con voz
ronca.
Desde los tejados contiguos se le arrojaron algunos cubos de agua, pero
no llegaron a él. Un hombre subió por la escala con una herrada, y se la
vertió sobre la cabeza.
Perico se lanzó otra vez al interior, a pesar de que las llamas salían
ya por todas partes y era inminente el derrumbamiento del techo.
Poco después asomaba con otro niño.
--¡Refrescadme, refrescadme!
Esta vez venía tan desfigurado, que apenas se le podría reconocer. A
simple vista se notaba que tenía heridas las manos y el rostro. Parecía
que iba a caer exánime.
--¡Refrescadme, refrescadme!
--¡Basta, Perico, basta!--gritaron algunos.
--¡No basta, mal rayo que os parta, que hay un niño dentro
todavía!--rugió Perico.
Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanzó de
nuevo al interior.
¡Terrible momento de angustia! Todos los corazones latían con violencia.
Un segundo más...
Se escuchó un ruido espantoso. El techo se había venido abajo, y Perico
no volvió a aparecer. Un grito de dolor salió de todos los pechos, y las
lágrimas corrían por todas las mejillas.