»Escuché; pero no logré percibir más que unos sonidos confusos y

bárbaros. Noté que eran articulados, pero su significación me escapaba

por entero. Al fin creí coger una palabra: era una imprecación. Después

percibí otras cuantas, y acostumbrado mi oído, logré entender que el

titán hablaba en griego. Maximitch puso los dedos en la boca y lanzó un

silbido penetrante. Cesó la voz sobrenatural, pero al momento volvió a

sonar, haciendo una pregunta que no entendí. Maximitch, que sabía un

poco de griego, respondió gritando en francés:

»--Dos hombres estamos aquí.

»--¡Ah, sois dos efímeros!-replicó también en francés la voz

formidable--. ¿De dónde venís?

»--Yo soy oficial ruso--gritó Maximitch.

»--Yo soy corresponsal de _El Pueblo Libre_--grité con todas mis

fuerzas, que eran pocas.

»--No conozco ese periódico... ¡Hay tantos!, ¡tantos!... Esa preciosa

conquista me la debéis a mí, como todas las demás. Gracias a la prensa,

los mortales os ponéis en comunicación espiritual al través de las

distancias, conocéis vuestras miserias y tratáis de remediarlas,

denunciáis las injusticias, difundís las felices invenciones de los

sabios... Yo estaba orgulloso cuando vi, húmeda todavía, salir la

primera hoja periódica de vuestros tórculos. Me aplaudí y me felicité de

haber robado al Olimpo la sagrada chispa que pone en movimiento vuestras

máquinas... Pero ¡ay!, el tirano del cielo, el brutal Júpiter, sabe

desbaratar todos mis planes y los vuestros, y trueca con su mano

vengativa lo útil en pernicioso... Esa maravillosa invención os mantiene

en perpetuo afán, estimula noche y día la soberbia, la envidia, la

cólera, fatales _euménidas_ que no os dejan un instante de reposo.

Destinada por mí a difundir entre vosotros la verdad y la justicia, hoy

parece dedicada a sembrar la frivolidad y la inquietud. La fiebre de la

publicidad os aniquila. Los frutos de la sabiduría no maduran ya en

vuestros jardines, porque con mano ansiosa los recogéis verdes para

nutrir vuestra vanidad. Y esos frutos ácidos os envenenan y

enflaquecen...

»--¡Prometeo, la prensa es quien llama la atención del público hacia el

mérito!--grité yo más irritado que medroso.

»--La prensa no es una corona ya, sino un rasero. El verdadero mérito

corre a esconderse para no ser confundido con las eminencias que

fabricáis a diario con indiferencia inconsciente, no con amor, como yo

esculpía mis estatuas, infundiéndoles un soplo de vida... ¡Cuántos

dolores me habéis costado, cuántos!

»--A ti te debemos, glorioso titán, la chispa del fuego que ha

transformado la tierra por medio de las artes industriales. Nuestro

bienestar, la civilización del género humano, dependen de ese precioso

don que tú nos has hecho--le grité entonces para halagarle.

»Prometeo guardó silencio unos instantes, y al cabo exclamó, con voz aún

más temerosa:

--¡Las artes industriales!... Sí; señaladas estaban en mi pensamiento

para emanciparos del yugo cruel de las fuerzas, que Plutón y Neptuno

manejaban en vuestro daño. Desde esta roca desolada seguí con ansiedad y

alegría vuestros primeros esfuerzos, coronados, como siempre, de éxito

feliz. Fuisteis señores de los mares; pusisteis riendas a los vientos,

dirigiéndolos dócilmente; arrancasteis a Plutón parte de sus tesoros y

calentasteis vuestros días ateridos; aprisionasteis los vapores de la

atmósfera y los hicisteis servir a vuestros menesteres como esclavos de

brazos poderosos; llegasteis a evocar esa otra fuerza indómita y

misteriosa, creadora y destructora de los mundos, y esa fuerza, cediendo

a vuestra ardiente súplica, consintió en iluminar vuestras viviendas con

la clara luz del sol, en transportar vuestro pensamiento y vuestra voz

al través de las montañas y los mares... Por último, llegasteis a lo que

nosotros, los inmortales, jamás logramos conseguir, a burlar la cólera

de Júpiter, desviando de vosotros su rayo abrasador... ¡Cuán orgulloso

estaba yo de vuestros progresos! ¡Qué risa inextinguible me acometía

contemplando la inquietud de Júpiter y los celos de los dioses! Mas,

¡ay!, que no es de vuestra condición el detenerse en la hora que el

tiempo ha señalado, ni tampoco fijar un límite al insaciable deseo. Yo

os había iniciado en la alta ciencia de los números, la que engendra la

armonía entre las cosas creadas, pero vosotros muy pronto la

olvidasteis. Arrastrados por ciego frenesí, no comprendisteis que de

esas artes yo os había hecho el don para elevaros cada día más alto.

Rompisteis las cadenas que os sujetaban a la tierra, pero en vez de

remontar el vuelo, os revolcáis groseramente en ella. Vuestras

prodigiosas invenciones no las utilizáis para penetrar el misterio que

os rodea, para depurar y fortificar vuestro espíritu con la belleza y la

verdad, para gozar la gran felicidad que en mis sueños os tenía

reservada, la de amar y vivir los unos para los otros... No; si

arrancáis a la Naturaleza sus secretos, es para aumentar y refinar

vuestro deleite, es para dar gusto a ese vientre, que amenaza tragaros

el cerebro. ¡Ah, las artes industriales sirven para embruteceros, no

para deificaros!... ¿Sois felices? Decídmelo. No; la molicie jamás hará

dichosos a los efímeros. Sedientos de goces y blanduras, erráis al

través de la tierra como la triste Io, la virgen calenturienta y

encornada, que, picada del tábano, salvaba los ríos y las montañas, sin

reposarse jamás...

»--¡Pero hemos conquistado la libertad social, Prometeo!--me atreví a

gritarle.

»--¡Nosotros la estamos conquistando!--gritó Maximitch con orgullo.

»--¡La libertad social!--respondió el titán--. Sí; algunos ya la habéis

logrado... Yo fuí quien os prestó el más eficaz socorro, infundiendo en

vuestros pechos el entusiasmo y el desprecio de la vida. ¡Cuán poco la

habéis aprovechado! ¿Os ha servido para desterrar la injusticia, para

vivir en paz unos con otros? Por un miserable puñado de oro lleváis la

desolación a los pueblos que viven inocentes y tranquilos, bien

apartados de vosotros; por el derecho de sacrificarlos, los que os

llamáis civilizados os destrozáis en el campo de batalla con más furor

que los tigres en el desierto. He querido libertaros de la tiranía de

Júpiter, y los unos habéis caído en la de una mayoría inconsciente y

grosera, los otros bajo la opresión de una oligarquía de políticos

rapaces..., ¿Sabéis lo que pienso?... Que si a mí no me es posible

impetrar ya nada, vosotros aún podéis reconciliaros...

»--¿Reconciliarnos con quién?--preguntó Maximitch.

Al llegar aquí en su maravilloso relato el buen Esteve, levantóse

bruscamente Martínez de la silla, haciendo caer una copa y rompiéndola

en pedazos.

--¡Vive Dios que tales barbaridades ninguna persona formal puede

escucharlas! ¡Este hombre está borracho!

Y se dirigió a la puerta como un rayo. Antes de salvarla, Esteve le

respondió con energía:

--¡No estoy borracho, no, señor mío!--pero inmediatamente añadió,

bajando la voz y guiñándonos un ojo:--En aquella ocasión es posible que

lo estuviese, porque Maximitch y yo amanecimos tumbados en el campo,

bien lejos de la aldea donde debimos pernoctar.

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RESISTE AL MALVADO

Me hallaba sentado en uno de los bancos del paseo del Prado. Delante de

mí jugaban unos niños. Hubo disputa entre ellos, y uno más fuerte

maltrató a otro más débil. Este, llorando desesperadamente, se fué a

buscar a otros amigos que jugaban un poco más lejos; vino con ellos, y

entre todos tomaron cumplida satisfacción del agresor, golpeándole

rudamente.

He aquí el compendio de la sociedad humana--me dije--, he aquí sus

fundamentos. El delincuente, la víctima; después, la justicia

reparadora. Este niño, si hubiera podido devolver los golpes recibidos,

no habría acudido a sus compañeros, los cuales, en este caso, no

significan otra cosa más que una prolongación de sus brazos vengadores.

¿Qué es la justicia humana con sus tribunales, sino una fuerza que se

añade a la nuestra para que tomemos venganza de quien nos ha hecho daño?

Por eso el conde Tolstoi, grande y escrupuloso lector del Evangelio,

sostiene que no deben existir los tribunales de justicia. No resistáis

al malvado; no juzguéis a vuestros hermanos; presentad la mejilla

derecha cuando os hayan herido en la izquierda, etc., etc.

Pero ocurre preguntar: si los hombres no volviéramos mal por mal, y si

no lo hubiéramos devuelto en una larga, serie de siglos, ¿existiría la

sociedad humana? ¿Existiría el Cristianismo? ¿Evangelizaría a los rusos

el conde de Tolstoi desde su finca de Moscou? El mensaje de Cristo es

para la eternidad, y El mismo afirmó que los tiempos no estaban aún

maduros para que fructificase su semilla. Arrojada en un campo inculto,

queda asfixiada instantáneamente por las malas hierbas. Un tipo de

sociedad, y de sociedad bien organizada, es necesario para que los

hombres comprendan y acepten la ética del Evangelio.

Cierto que el ejemplo tiene poder sobre los hombres, pero es a condición

de que el medio en que se produce sea adecuado. Un misionero todo

dulzura y mansedumbre va a predicar moral evangélica a un país de

antropófagos, y se lo comen; otro va después, y pasa lo mismo. Y aquel

estado de antropofagia se prolonga varios siglos. Pero envía Inglaterra

un buque de guerra, dispara unos cuantos cañonazos, establece una

factoría, y, al cabo de pocos años, aquella tribu de hombres feroces se

transforma en una ciudad cristiana.

Esta es la historia de la Humanidad. La palabra de Cristo se dirige al

hombre, no al bruto. Para que el reino de Dios venga a nosotros, es

necesario que la espada lo prepare. Domesticar al bruto es la obra de la

civilización, y quien a ella se oponga, no quiere el reinado de Dios. A

la Humanidad no le interesa mucho que exista un San Francisco de Asís,

si en su misma atmósfera alentaban cien mil verdugos. Lo que

verdaderamente le importa es que exista un medio social en que estos

verdugos no sean posibles. La religión obtendrá en este mundo la última

palabra, pero el género humano ha pronunciado antes, y todavía, ¡ay!,

debe pronunciar, otras bien amargas.

¡Oh, Maestro Divino!, triste es confesarlo, pero hay que confesarlo:

para subir a la Montaña en que has pronunciado aquel sermón de amor

necesitamos un ferrocarril funicular. Las sublimes palabras que

balbuceaste desde la Cruz no llegan a nuestros oídos si no vienen

precedidas del estampido del cañón.

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PERICO EL BUENO

Nuestros ideales no siempre se armonizan con las tendencias secretas de

nuestra naturaleza, como afirman los filósofos moralistas. Por el

contrario, he visto en muchos casos producirse una disparidad

escandalosa.

He conocido avaros que admiraban profundamente a los pródigos, que

hubieran dado todo en el mundo por parecérseles..., menos dinero. Había

un comerciante en mi pueblo que pasó toda su vida contándonos lo que

había derrochado en un viaje que había hecho a París, sus francachelas,

la cantidad prodigiosa de _luises_ que había esparcido entre las

bellezas mundanas. Se le saltaban las lágrimas de gusto al buen hombre

narrando sus aventuras imaginarias.

Voy a contar ahora la de _Perico el Bueno_. Ni yo ni nadie en el pueblo

sabía de dónde le venía este sobrenombre. Pero menos que nadie lo sabía

él mismo, a quien enfadaba lo indecible. No había en el Instituto un

chico más díscolo y travieso. Era la pesadilla de los profesores y el

terror de los porteros y bedeles. En cuanto surgía en el patio un motín

o una huelga, podía darse por seguro que en el centro se hallaba _Perico

el Bueno_; si había bofetadas, era Perico quien las daba; si se

escuchaban gritos y blasfemias, nadie más que él los profería.

Parece que le estoy viendo, con un negro cigarro puro en la boca,

paseando con las manos en los bolsillos por los pórticos y arrojando

miradas insolentes a los bedeles.

--Señor Baranda--le decía uno cortésmente--, tenga usted la bondad de

quitar ese cigarro de la boca: el señor Director va a pasar de un

momento a otro.

--Dígale usted al señor Director que me bese aquí--respondía fieramente

Perico.

El bedel se arrojaba sobre él; le agarraba por el cuello para

introducirle en la carbonera, que servía de calabozo. Perico se

resistía; acudía el conserje: entre los dos, al cabo de grandes

esfuerzos, se lograba arrastrarlo y dejarlo allí encerrado.

Parece que le veo también en la clase de _Psicología, Lógica y Ética_

disparando saetas de papel y haciéndonos reir con sus muecas. El

profesor era un hombrecillo redondo y bondadoso que gustaba de los

símiles.

--Señor Baranda, a la manera que la manzana podrida se separa de las

otras para que no las contamine, me hará usted el favor de apartarse de

sus compañeros y sentarse en aquel rincón de la derecha.

Perico no se movía una pulgada de su puesto.

--Señor Baranda, hágame usted el favor de separarse--repetía el

profesor.

--¡Que se separen las manzanas sanas!--respondía Perico alzando los

hombros con ademán desdeñoso.

El profesor insistía, trataba con razones y amenazas de persuadirle.

Todo era en vano. Al cabo nos decía, un poco avergonzado:

--Vaya, vaya; tengan ustedes la bondad de separarse y dejarlo solo.

Y henos aquí a los treinta o cuarenta muchachos que componíamos la clase

levantándonos de nuestros asientos y apartándonos algunos metros del

rebelde.

Por supuesto, estoy en fe de que no se le formaba consejo de disciplina

y se le arrojaba para siempre del Instituto por respetos a su padre, don

Pedro Baranda. Este señor era un industrial que poseía una fábrica de

ladrillos en las afueras de la población, excelente persona y, además,

uno de los jefes del partido republicano. Como nos hallábamos en plena

revolución, ningún profesor osaba malquistarse con él.

Perico sufría horriblemente cada vez que se oía llamar _el Bueno_.

Rechinaba los dientes, y si era algún chico de su edad quien le

injuriaba de este modo, se arrojaba sobre él y le hinchaba las narices.

Porque es de saber que Perico era bravo, y, aunque no muy fuerte,

prodigiosamente ágil y diestro en toda clase de ejercicios. Nadie le

aventajaba en la carrera ni en el salto, ni nadie jugaba como él a las

_puentes_ y al _pido campo_. Recuerdo que una tarde en que por

instigación suya hicimos novillos y, en vez de asistir a la clase de

Retórica y Poética, nos fuimos a poetizar al campo, como nos alejáramos

demasiado y se llegara el crepúsculo, tuvimos miedo de no estar al

Angelus en casa, como nuestros padres nos tenían prevenido. Nos

hallábamos cerca del puente por donde cruzaba la vía férrea. Perico ve

llegar el tren a toda marcha y, sin decirnos palabra, se encarama sobre

la barandilla y se arroja sobre una de las plataformas, logrando ganar

sano y salvo la población en pocos minutos.

¿Por qué no he de confesarlo? Yo le admiraba, y fuí su amigo sincero. Él

me mostró siempre también particular predilección, y desahogaba conmigo

sus penas. Una de las mayores era aquel ridículo apodo que sobre él

pesaba. Le parecía el colmo de la degradación.

--¡Mira tú--me decía algunas veces sonriendo, con amargura--que llamarme

a mí Perico _el Bueno_, cuando soy más malo que un dolor a media noche!

No podía sacarse esta espina del ojo.

Cuando nos hicimos bachilleres le perdí de vista. Yo me vine a Madrid, y

él se quedó en el pueblo. Algunos años después le hallé completamente

transformado. Había muerto su padre, y se había puesto al frente de la

fábrica, y se había metido en política. Era un hombre grave, silencioso,

pero siempre enérgico y dispuesto a encolerizarse por cualquier

bagatela. Sus ideas políticas, exageradamente radicales, casi

anarquistas, y cuando llegaba el momento, las expresaba con una

violencia y un cinismo que ponía en suspensión y espanto a los pacíficos

habitantes de nuestra villa. De religión no había que hablar: Perico se

había declarado enemigo nato del Supremo Hacedor, y al final de

cualquier francachela con sus amigos hablaba, como cosa natural y

sencilla, de beber la sangre del último rey en el cráneo del último

sacerdote.

¡Y, sin embargo, en la población seguía nombrándosele _Perico el Bueno!_

Claro está que era por la espalda, pues cara a cara nadie hubiera osado

darle este apodo infamante.

Pronunciaba conferencias en el Centro Obrero y arengaba a las masas en

todas las manifestaciones republicanas con mucho más calor que

elocuencia. Su espíritu no se nutría más que de los artículos de fondo

de los periódicos radicales y de los libros de los filósofos

materialistas de última hora. El de Büchner _Fuerza y materia_ era su

evangelio. Pero en los últimos tiempos, poco antes de llegar yo al

pueblo, habían caído en sus manos algunas obras de Federico Nietzsche y

las había devorado con verdadera glotonería, y sin digerirlas muy bien,

hacía uso de ellas para aterrar a sus convecinos. Todas las virtudes

eran para él objeto de feroces sarcasmos: la bondad no significaba más

que impotencia; la humildad, bajeza; la paciencia, cobardía. Exaltaba,

en cambio, la crueldad, la astucia, la audacia temeraria, el carácter

agresivo, como instintos preciosos que aumentan nuestra vitalidad y

hacen la vida más bella y más intensa. «¡Es menester decir «sí» al mal y

al pecado!», repetía a cada instante en el Casino, en medio de la

estupefacción de los inocentes burgueses que le escuchaban. Hablaba de

demoler los hospitales, los asilos y hospicios, como centros de

putrefacción donde se guarda con esmero la podredumbre humana, que luego

se esparce y nos envenena a todos; se entusiasmaba con la costumbre

espartana de despeñar a los niños mal configurados, y hasta hallaba

razonable la de sacrificar a los viejos e impotentes... En fin, un

verdadero horror.

Si alguno de los circunstantes quería atajarle y responder a tales

atrocidades, Perico se encrespaba, y chillaba tanto y tan alto, que

había que dejarle.

Cierta tarde, en el Casino, se complacía en atacar y burlarse de la

santidad, repitiendo las paradojas del filósofo que le había sorbido el

seso.

--Existen ciertos hombres--decía--que sienten una necesidad tan viva de

ejercitar su fuerza y su tendencia a la dominación, que, a falta de

otros objetos, o porque han fracasado siempre, concluyen por tiranizar

alguna parte de su propio ser. La santidad, en último término, es

cuestión de vanidad.

Un ilustrado profesor del Instituto tuvo la mala ocurrencia de

replicarle:

--Pero, señor Baranda, ¿hay hombre alguno sobre la tierra, tan

desprovisto de fuerza, que no pueda hacerla sentir de algún modo a sus

semejantes? Yo he conocido mendigos tullidos, enfermos, seres sumidos en

las más profunda abyección, que dejaban cerillas encendidas en los

pajares y ponían cristales en los caminos para que se hiriesen los

transeuntes.

Perico reprimió con trabajo su cólera y trató de hablar con calma.

--Le digo a usted que es cuestión de vanidad y, además, de pasión. Bajo

la influencia de una emoción violenta, el hombre puede determinarse, lo

mismo a una venganza espantosa, que a un espantoso aniquilamiento de su

necesidad de venganza. En un caso o en otro, sólo se trata de descargar

la emoción.

--Pero la pasión no es más que la exaltación del sentimiento--manifestó

el catedrático--. Para que exista la emoción religiosa capaz de producir

el ascetismo, es necesario que haya existido antes el sentimiento

religioso. No es, pues, la pasión religiosa la que usted nos debe

explicar, sino el sentimiento de donde procede. Que el hombre, acometido

y dominado por una excesiva emoción, puede determinase a obrar de un

modo monstruoso y hasta contrario, no ofrece duda. Pero el «porqué» y el

«cómo» se ha producido tal emoción es lo que debemos investigar. Si en

algunos casos los efectos del amor y del odio pueden ser los mismos,

porque el fuego de la exaltación consuma y borre las diferencias, no por

eso dejarán de ser radicalmente sentimientos distintos y contrarios.

--Bien; pues aunque no fuese cuestión de vanidad y de pasión, yo no

puedo menos de despreciar profundamente a esos castrados--repuso con

tono y gesto despectivo Perico--. Después de todo, esos eunucos,

incapaces de gozar de la vida, sólo tratan de hacerla más llevadera

sometiéndose vilmente a una voluntad extraña o a una regla. Son en el

fondo unos epicureístas, aunque bien ridículos.

--¡Rara manera de hacer la vida dulce el obedecer a un superior

caprichoso, colérico o estúpido!--exclamó el profesor--. Y aunque por un

esfuerzo de la voluntad lograsen no sentir el resquemor de las

humillaciones, ¿cómo evitar el sufrimiento que producen las

incomodidades físicas? ¿Es más ligera la vida para el que no tiene un

instante suyo, a quien se obliga a comer manjares que le repugnan, velar

cuando tiene sueño, dormir cuando no lo tiene, viajar cuando se halla

fatigado y reposar cuando siente necesidad de movimiento, que quien

dispone libremente de su actividad? El filósofo Epicuro se maravillaría,

ciertamente, de que considerasen discípulos suyos a San Antonio y San

Francisco. Porque si para él la serenidad intelectual y moral

significaba el placer más grande de la vida, juzgaba igualmente el

bienestar físico como condición para la tranquilidad moral, y los

placeres del cuerpo, sobre todo el del vientre, como raíz de los

placeres del alma.

Los tertulios se pusieron de parte del catedrático, y con esto Perico se

enfureció y comenzó a disputar a gritos y a soltar interjecciones

soeces, como tenía por costumbre desde niño. De tal modo, que su

interlocutor, impacientado, al fin, alzó los hombros con desdén y no

quiso continuar la discusión.

Pocas semanas después de esto, hallándose bastante gente paseando por la

acera de la plaza de la Constitución, se declaró un violento incendio en

el Círculo Tradicionalista. Ocupaba éste en la misma plaza una casa que

constaba de un solo piso. A esta hora, que era la del crepúsculo, había

pocos socios, que se echaron a la calle prontamente. El conserje había

salido a un recado. La multitud se apiñó delante del edificio y

comenzaron los trabajos de extinción, que se redujeron a que subiesen

algunos a los tejados contiguos con cántaros de agua para impedir que el

fuego prendiese a las otras casas. Se esperaba a los bomberos, pero no

acababan de llegar.

El fuego era terrible, y las llamas salían ya por las ventanas. De

pronto se escuchan lamentos desgarradores en la calle. Una mujer

desgreñada, pálida como una muerta, corría hacia la casa, gritando:

--¡Mis hijos!, ¡mis hijos!

Era la esposa del conserje, que habitaba en los altos de la casa. Nadie

se había dado cuenta de que en ella había encerradas cuatro criaturas,

la mayor de siete años. Quiso lanzarse a la puerta, pero la sujetaron

algunas manos: la escalera estaba ya invadida, y marchaba a una muerte

cierta.

--¿Dónde están sus hijos?--le preguntó Baranda, que la tenía agarrada

por un brazo.

--¡Allí!, ¡allí!--gritaba la infeliz mujer, señalando a la derecha del

edificio--. ¡Soltadme, por Dios!

Perico Baranda la soltó, pero fué para lanzarse a las ventanas enrejadas

del cuarto bajo y escalar con la agilidad de un mono los balcones del

primero. Se le vió desaparecer: un minuto después aparecía con una niña

entre los brazos. De la muchedumbre partió un grito de alegría. Se

arrimó una escala, y varias manos recogieron a la criatura.

Perico se lanzó de nuevo intrépidamente al interior. Poco después salía

con otra niña. Se le vió con la ropa chamuscada, el rostro ennegrecido.

--¡Refrescadme, voto a Dios! ¡Refrescadme, refrescadme!--gritó con voz

ronca.

Desde los tejados contiguos se le arrojaron algunos cubos de agua, pero

no llegaron a él. Un hombre subió por la escala con una herrada, y se la

vertió sobre la cabeza.

Perico se lanzó otra vez al interior, a pesar de que las llamas salían

ya por todas partes y era inminente el derrumbamiento del techo.

Poco después asomaba con otro niño.

--¡Refrescadme, refrescadme!

Esta vez venía tan desfigurado, que apenas se le podría reconocer. A

simple vista se notaba que tenía heridas las manos y el rostro. Parecía

que iba a caer exánime.

--¡Refrescadme, refrescadme!

--¡Basta, Perico, basta!--gritaron algunos.

--¡No basta, mal rayo que os parta, que hay un niño dentro

todavía!--rugió Perico.

Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanzó de

nuevo al interior.

¡Terrible momento de angustia! Todos los corazones latían con violencia.

Un segundo más...

Se escuchó un ruido espantoso. El techo se había venido abajo, y Perico

no volvió a aparecer. Un grito de dolor salió de todos los pechos, y las

lágrimas corrían por todas las mejillas.

Papeles del doctor Angélico · 第 9 / 23 段