--Eso quise decir. Vosotras no sois abejas, sino mujeres. Los

procedimientos desalmados quedan para los seres que no tienen alma.

Porque estos insectos, tan previsores, tan inteligentes en la

apariencia, tan maravillosos en sus costumbres, carecen de alma y,

porque carecen de alma, carecen de moralidad. En esas colmenas que

tenéis delante reina la fatalidad: lo que hoy hacen esos insectos lo han

hecho hace diez mil años y lo harían exactamente igual dentro de otros

diez mil si el hombre, único ser libre en la creación, no interviniera

modificando con destreza sus costumbres y señalando nuevas direcciones a

su actividad. Las abejas no recuerdan el pasado ni se representan el

porvenir; sus movimientos todos están regulados por las fuerzas

inconscientes de la materia. Si observaseis con un microscopio la

formación de un cristal dentro de cualquier líquido que se cuaja,

advertiríais cómo acuden de un lado y de otro las partículas, con qué

inteligencia se combinan, cómo aceptan todo aquello que puede

convenirles para la construcción de su prodigioso artefacto, cómo

rechazan todo lo que les estorba. En el cristal existe algo que nos

parece inteligencia, como en la abeja. Pero el cristal, la abeja, los

animales todos no son más que los heraldos del espíritu, son las

apariencias de aquello que sólo tiene realidad, los peldaños obscuros de

una escalera que conduce a la luz. El mundo se ha hecho para el

espíritu, y el espíritu se ha hecho para el amor... Esas abejas que ahí

veis, tan previsoras, tan inteligentes, no aman, y porque no aman no

viven en la realidad sino en la apariencia. Nunca me han inspirado

admiración. Las estudio con curiosidad, como estudio las combinaciones

de los cuerpos elementales de la química; pero no las admiro. Reservo mi

admiración para los seres libres, que son los únicos que viven

realmente; porque para mí sólo existe una cosa real y digna de respeto

en este mundo: la caridad... Figuraos por un momento que al salir de

vuestra casa, y caminando para la mía a la orilla del río, veo que un

hombre cae en él y que la corriente lo arrebata y está a punto de

ahogarse. Salto del caballo, me arrojo a socorrerlo, y con riesgo

inminente de mi vida, después de luchar desesperadamente con la

corriente, logro salvarlo. Y figuraos que en aquel momento oigo una voz

en lo alto del cielo que me grita: «¡Has hecho mal!» Yo respondería

inmediatamente sin vacilar a esa voz: «¡He hecho bien!» Y aunque viera

después que la tierra temblaba, que los árboles se desgajaban, que las

piedras rodaban de las montañas para aplastarme, y que delante de mí se

abrían bocas de fuego para tragarme, yo seguiría diciendo

obstinadamente: «¡He hecho bien!» Y después de muerto y pulverizado,

todavía mis cenizas seguirían gritando: «¡He hecho bien!, ¡he hecho

bien!...» Por el contrario, figuraos que hay en mi casa o fuera de ella

una persona que me estorba, que me perjudica en mis intereses y atenta a

mi bienestar. Me decido a hacerla desaparecer de este mundo, y una

noche, cobarde y alevosamente, la asesino por medio del puñal o del

veneno. Pues aunque en aquel instante una voz del cielo me gritase:

«¡Has hecho bien!», yo estoy seguro de que esa voz me sonaría como la

voz del demonio, que no volvería a disfrutar una hora de tranquilidad en

esta vida, que la imagen de mi víctima se alzaría constantemente delante

de mí como un espectro aterrador, que el sueño huiría de mis párpados y

la alegría de mi alma, y que, al cabo, para sustraerme a tan atroces

tormentos, quizás acercase a mi sien el cañón de una pistola, a fin de

caer de una vez y para siempre en el Infierno...

A medida que iba hablando observé que mis primas se ponían cada vez más

pálidas. Cuando llegué a estas últimas palabras, Berenice, la menor de

las hermanas, se llevó la mano al pecho y cayó al suelo privada de

sentido. Acudimos a socorrerla, la transportamos a la cama, le rociamos

las sienes con agua fría, le hicimos oler un frasco de esencia

aromática, y a los pocos minutos logramos que recobrase el conocimiento.

Yo aproveché la ocasión para montar de nuevo a caballo y trasladarme a

mi casa. Jamás volví a parecer por la Rebollada.

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El pecado de la amabilidad

Era yo joven y me hallaba de visita en casa de una señora anciana de

singular discreción. Entró un caballero de porte elegante, de arrogante

figura. La señora nos presentó el uno al otro. Entablóse conversación, y

yo hice cuanto fué posible por mostrarme amable y hacerme simpático a

aquel desconocido. Hubo unos momentos de alegría cordial, de charla

jocosa, de verdadera expansión. Sin embargo, cuando, al cabo, aquel

caballero se levantó para irse, después de saludar con exquisita y

familiar cortesía a la dama, dirigióme a mí una fría y casi impertinente

inclinación de cabeza que me dejó enfadado. La señora comprendió lo que

por mí pasaba, y, mirándome fijamente con ojos risueños y maliciosos, me

preguntó:

--¿Me permite usted que le haga una observación acerca de su carácter?

--Cuantas guste.

--Pues bien, amigo mío; debo manifestarle que es usted demasiado amable

para hombre.

--¿Qué quiere usted decir, señora?--repuse poniéndome un poco colorado.

--No se asuste usted ni se ofenda. No quiero decir que posea usted un

temperamento femenino. Sólo me atrevo a indicarle que exagera usted un

poco la nota de la amabilidad, y que esto ha de ocasionarle más de un

disgusto en la vida.... Porque, bien mirado, nosotras, las mujeres,

necesitamos a toda costa agradar; es nuestro destino; es la condición

ineludible de nuestra existencia. Pero la de ustedes se puede deslizar

admirablemente sin ella. Ustedes tienen interés en hacerse respetables,

temibles...; agradables, ¿para qué?

--Exceptuando con ustedes.

--Exceptuando con nosotras, desde luego.... Y, sin embargo, todavía hay

mujeres a quienes seducen las formas brutales. Pero son las _refinadas_

y están en minoría.

--¿De modo que me aconseja usted ser grosero?

--No tanto; lo único que aconsejo a usted es que en el comercio de los

hombres no olvide nunca eso que llaman ustedes personalidad, y que a

ratos la deje sentir también un poquito.

--Vamos, me recomienda usted el orgullo.

--No se lo recomiendo, porque sería inútil. Se habla mucho del orgullo

de los hombres. En el curso de mi vida, que ya va siendo larga, no he

tropezado más que con humildes. Los hombres que me han señalado por su

orgullo no tendrían inconveniente en humillarse ante cualquiera en

secreto, con tal de obtener alguna preeminencia ante el público; serían

capaces de sentarse como lacayos en el pescante de un coche si los demás

creyéramos que iban dentro.

--Muchas gracias, en lo que a mí se refiere.

--No puedo referirme a usted. Hemos convenido en que su amabilidad es

exagerada, y aspiro a corregirle de ella.

--Pero la amabilidad, en el fondo, es un acto de caridad con el prójimo.

--Perfectamente. Sea usted amable por caridad, y no tendrá jamás motivo

para arrepentirse de ello, como hace un momento. Porque, aunque usted no

lo piense, nuestra intención se trasluce siempre; somos más

transparentes para los demás de lo que nos figuramos. Si su interlocutor

advierte (y repito que lo advertirá inmediatamente) que es usted amable

con él por caridad, porque le respeta y le ama como prójimo, no como don

Fulano, hombre adinerado, o senador o general, entonces todo marchará

bien. Don Fulano, en el fondo, se sentirá un poquito humillado; pero

esta humillación es saludable para él y le obligará a no abrir las

puertas a la vanidad. ¡La vanidad! Aquí está el toque de todo. Usted es

un joven que comienza a distinguirse en el mundo literario.

--Muchas gracias; esta vez sin ironía.

--Pues bien; en las relaciones con sus compañeros, a lo menos en las de

pura cortesía, no tropezará usted con graves dificultades. Los literatos

tienen un temperamento delicado, su inteligencia está cultivada, saben

disimular sus impresiones. Además, si usted logra hacerse un nombre en

las letras, poco o mucho, sus compañeros le respetarán, porque saben

que, al respetarle a usted, se respetan a sí mismos. ¿Pero los demás? El

mundo literario es un grano de mostaza dentro de esta gran bombonera en

que vivimos. En el mundo hay mucha gente ruda, incapaz de ocultar sus

pasiones o, por mejor decir, su vanidad; porque ésta es la pasión

dominante, la que las resume todas. Particularmente los advenedizos, los

recién llegados a la riqueza o al poder, no se andan con melindres para

tirársela a la cabeza a los otros: tienen casi todos la insolencia del

esclavo emancipado y guardan el rencor de los puntapiés recibidos por

ellos o por sus padres. Son gente peligrosa para las naturalezas

susceptibles... Figúrese usted que traba conocimiento con uno de éstos,

con un banquero, con un indiano opulento, con un rentista. En la primera

etapa, su nuevo conocido, cediendo a los instintos de sociabilidad que

todos tenemos, y un poco halagado quizás por hacer amistad con una

persona estimada del público, se mostrará afectuoso y amable. Mas al

cabo de algún tiempo, no mucho, su flamante amigo le tropezará en la

calle, y volverá la cabeza sin saludarle. Se encontrarán de nuevo, y de

nuevo pasará sin hacerle caso, o quizás le dirija a usted una fría

mirada desdeñosa. Usted queda estupefacto: no comprende lo acaecido en

el espíritu de aquel hombre, suponiendo que aquel hombre tenga espíritu.

Pues es muy sencillo. Es que ha nacido en su cerebro la siguiente

terrible sospecha: «Este señor a quien me han presentado es posible que

se considere, porque ha leído muchos libros y le aplauden los

periódicos, superior a mí, que tengo cuenta corriente en tres Bancos

distintos y soy senador vitalicio.» Y atenaceado por tan infernal

pensamiento, sin pararse a averiguar si a usted se le ha pasado por la

imaginación semejante monstruosidad, le dedicará desde entonces un odio

mortal.

--¿Un odio mortal?

--Sí, un odio mortal. En la mayoría de los corazones hay tal vacío que,

en cuanto se le hace un pequeño agujero, el odio se precipita dentro

silbando. Importa, pues, que usted se precava contra estas molestias,

que para los hombres sinceros y afectuosos llegan a ser disgustos. No

sea usted huraño, pero tampoco amable. En una sociedad ruda y grosera el

amable queda sumergido. Cuando usted anude relación con cualquier

persona del sexo masculino, sea quien sea, lo primero que debe

proponerse es hacerle comprender que no la necesita, que no espera nada

de ella.

--Vamos, que no pretenda emplearla como _medio_, que diría Kant.

--No conozco a Kant, ni estudié filosofía; pero yo me entiendo, y usted,

al parecer, me entiende. Para ello, le repito, es necesario que no se

muestre excesivamente cortés. Los hombres no atribuyen jamás una gran

amabilidad a la efusión natural de un corazón bondadoso, sino al deseo

de captarse su simpatía con algún fin. De aquí que inmediatamente se

pongan en guardia. Un poquito frío, un poquito despegado siempre;

naturaleza de anguila, que se deslice de las manos fácilmente. Hágase el

distraído alguna vez en la calle, no sea usted puntual a todas las

citas, no devuelva todas las visitas... ¿Se ríe usted? En efecto,

comprendo que éstas son minucias despreciables. Las mujeres no sabemos

otra cosa. Pero una chinita introducida entre el calcetín y la bota es

también una minucia..., y ya sabe usted lo que ocurre.

Todavía me dió la buena señora otros consejos y me hizo multitud de

observaciones que ahora no recuerdo. Han pasado desde entonces muchos,

muchos años. En el transcurso de ellos tuve no pocas veces ocasión de

exclamar:

--¡Oh, Solón, Solón!

Pero no; aquella vieja sabía mucho más que Solón.

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Una interviú con Prometeo

El amigo Esteve era un amigo intermitente. A temporadas asistía con

puntualidad a la cervecería donde nos reuníamos a tomar café algunos

literatos con más o menos letras. De pronto se eclipsaba, y no parecía

por aquel centro científico de murmuración en tres o cuatro meses.

Se hacían supuestos graves o ridículos, pero siempre temerarios, entre

nosotros. Unos decían que le tenía secuestrado su patrona y amarrado a

una argolla sobre un felpudo; otros aseguraban que andaba por las

tabernas de los barrios bajos conspirando contra las instituciones

vigentes; otros, en fin, afirmaban que había empeñado toda su ropa y se

veía obligado a guardar cama desde hacía cuarenta y dos días.

Cuando menos lo pensábamos aparecía nuestro Esteve a la hora del café

con su eterna sonrisa y su cigarro de diez céntimos, casi tan eterno, en

la boca. Y todos le recibíamos con alegría cordial y algazara. «¡Bravo,

Esteve!» «¡Siéntate aquí, Esteve!» «No; aquí, a mi lado; tengo que

contarte.» «Pues yo quiero que él me cuente.»

Porque era el amigo Esteve famoso charlatán y compañero amenísimo. No he

conocido otro hombre de imaginación más pintoresca ni embustero más

consecuente. Era tal el calor de su fantasía, que fundía todas las

verdades y las convertía en mentiras, o acaso en verdades más altas y

perfectas, ya que, según afirman los últimos filósofos, el mundo es una

pura representación de nuestra mente.

Sin embargo, había entre nosotros un sujeto que maldecía de aquellas

mentiras pintorescas y nutría en el fondo de su corazón un odio bárbaro

por tan amable embustero. Pero este sujeto era un lobo disfrazado de

cordero. Desempeñaba el cargo de tenedor de libros en una casa de

comercio, y había sido traído a nuestro círculo por un poeta que le

debía algunas pesetas y halló medio de aplacar sus iras recreándole con

la dulce y amena murmuración de una tertulia literaria.

Martínez, que así se llamaba este personaje, pensaba estar allí como el

pez en el agua, y había llegado a persuadirse de que la literatura, en

sus diversas manifestaciones, poesía épica, lírica y dramática, no

consistía en otra cosa que en morderse y zaherirse mutuamente los que

escribíamos, y que, fuera de esto, todo lo demás era secundario y de

escaso valor. Y como él sabía morder y zaherir y ultrajar como el mejor,

se creía ya, por esta razón, a la altura de cualquier poeta antiguo o

moderno.

Nos odiaba a todos cordialmente, estoy seguro de ello; pero dedicaba

particular atención en este respeto al amigo Esteve; primero, por la

poca atención que éste le dedicaba a él, y segundo, porque,

desapareciendo con frecuencia de nuestro horizonte, había más espacio y

acomodo para quitarle el pellejo.

El amigo Esteve había ido agregado el año anterior a una Comisión

enviada por el Gobierno a la Exposición de Amberes. Aquel viaje de tres

meses, fundido, machacado y estirado por su calurienta imaginación,

había llegado a transformarse en una expedición maravillosa, como la de

los Argonautas o la de Vasco de Gama.

--Estando yo en Viena...--comenzaba algunas veces.

--¡Vamos, ya saltó a Viena!--murmuraba entre dientes Martínez.

Otro día dijo:

--Al llegar a San Petersburgo...

--¡Arrea!-gruñó el irascible tenedor de libros--. ¡Nada menos que en San

Petersburgo!

Por fin, una tarde en que el buen Esteve se hallaba de vena, comenzó

tranquilamente su relato de este modo:

--A los dos días de estar en Sebastopol me aburría soberanamente...

--¡Rayo de Dios! ¡Sebastopol... ¡Esto es intolerable!--rugió Martínez.

Esteve levantó la cabeza sorprendido y dirigió una vaga mirada a su

interruptor, sin comprender. Este bajó la suya, y entonces el amigo

Esteve siguió, con la misma tranquilidad:

--Me aburría soberanamente. Un oficial ruso con quien trabé conocimiento

en el hotel me dijo: «Estoy destinado a la fortaleza de Soukhoum-Kaleh.

Mañana me voy. ¿Quiere usted hacer este viaje conmigo? El mismo barco

que nos lleva le puede a usted traer. Es cosa de ocho días la excursión,

y se divertirá y verá cosas nuevas.» Dicho y hecho; al día siguiente me

embarco en un mal vapor, y en dos días llegamos al puerto de

Soukhoum-Kaleh, en la Abkhasia. ¡Caballeros, qué vegetación! ¡Qué

lozanía, qué atmósfera cálida y húmeda! Todo era allí exuberante y

salvaje, lo mismo la tierra que el hombre. Igual impresión produce la

Abkhasia que los alrededores de Río Janeiro...

--Pero, oye, camarada, ¿cuándo has estado tú en Río

Janeiro?--interrumpió uno de los tertulios.

Esteve fingió no oir, y siguió imperturbablemente:

--Se encuentran los mismos árboles que en las regiones más cálidas de

América; pero los naturales, que son verdaderos salvajes, no aprovechan

aquel suelo privilegiado, y sólo cultivan el arroz, la cebada y

verduras. Confieso que a los dos días de estar allí me aburría aún más

que en Sebastopol. Maximitch, que así se llamaba mi compañero, no salía

del café, y me obligaba a beber aperitivos sobre aperitivos. ¡Qué hombre

aquel Maximitch! Pasaba la vida abriendo el apetito, y no se cuidaba de

cerrarlo jamás. Curaçao, _bitter_, _vermouth_, ajenjo, _amer Picón_,

etc., etc. Era un erudito en materia de estimulantes y, cuando llegaba

la hora de comer, prefería quedarse en el café abriendo el apetito. Le

pasaba lo que a aquellos catedráticos que tuvimos después de la

revolución de septiembre, que dejaban transcurrir el año explicando la

introducción al estudio de la asignatura, y llegaba el fin del curso y

todavía no habíamos entrado en ella. Pues, como digo, me aburría, y para

entretenerme hasta la salida del vapor propuse a Maximitch...

Es de saber que cuando Esteve pronunciaba el nombre de Maximitch,

Martínez lanzaba un quejido apagado, como si le tirasen un pellizco.

--Propuse a Maximitch que hiciésemos una excursión por el país. El

célebre monte Elbrons no estaba muy lejos, y aunque no llegásemos a la

cima, por lo menos visitaríamos sus vertientes, que son muy dignas de

verse. Maximitch accedió de mala gana, pero accedió al fin. Montamos en

un mal carricoche, y nos lanzamos por aquel hermoso país, donde crecen,

como en Nápoles, el laurel, el almendro, el limonero, el albaricoquero y

el moral. Dormíamos en las cabañas, hechas de tablas, de algunos de

aquellos bárbaros, que nos hubieran asesinado por cristianos si no fuese

por el terror que les inspiran los rusos. Según nos acercábamos al

Elbrons, la vegetación iba cambiando. Ya no se veían más que encinas y

chopos y plátanos. Por fin tuvimos que dejar el carricoche, porque los

caminos ya no lo consentían, y montamos en burros para realizar la

ascensión del monte. A las pocas horas de subida ya no se veían en torno

nuestro más que bosquecillos de pinos, abetos y lárices. Encontramos

aguas minerales de muchas clases que aquí serían una riqueza inmensa: el

pórfido verde y encarnado asomaba por todas partes...

¿Por qué estos detalles instructivos ponían tan fuera de sí a Martínez?

No acierto a explicármelo, pero es exacto que bufaba y se espeluznaba

como los gatos acosados en un rincón. Esteve le dirigía de vez en cuando

una mirada de curiosidad benévola, sin sentirse más ni menos turbado por

sus gestos insólitos.

--Subimos hasta una altura muy respetable, pero no nos decidimos a

alcanzar la cima, porque la ascensión era demasiado penosa. Maximitch ya

la había llevado a cabo otras dos veces, y comprendí que no tenía gana

de repetir. Nos detuvimos en una miserable aldea enclavada en la sierra,

y, resueltos a pasar allí la noche, nos metimos a descansar en una

casucha de donde, previamente, Maximitch había arrojado a puntapiés a su

dueño. Nos sentamos a una tosca mesa, y Maximitch sacó de las alforjas

una botella de ajenjo, y nos pusimos a beber, a fumar y a charlar.

Aquel bruto se bebía casi puro el ajenjo: yo le echaba bastante agua.

»--Cerca de estos sitios--le dije al cabo de un rato--fué donde el

tonante Júpiter encadenó al titán Prometeo a una roca, castigando la

audacia de haber robado el fuego al cielo.

»--Ya lo sé--respondió Maximitch chupando un cigarro--. Conozco a

Prometeo.

»Yo le miré sin comprender. Maximitch me miró a su vez con ojos

chispeantes de malicia, gozando algunos instantes de mi sorpresa.

»--Sí; conozco a Prometeo, y conozco el sitio donde se halla todavía

encadenado. En menos de dos horas puede un hombre de buenas piernas

trasladarse allá.

»Os juro, compañeros, que al escuchar tales palabras sentí como si una

nube pasara por dentro de mi cabeza, y temí caerme. Debí de mirarle con

ojos tan espantados, que Maximitch soltó a reir como un loco. Entonces

yo, loco también de cólera, me levanto de la silla y le grito:

»--¡Miente usted!

»Los ojos de Maximitch brillaron con una luz siniestra. Se alzó a su vez

y echó mano al revólver que llevaba en la cintura; pero, haciendo un

esfuerzo, se contuvo y, asiéndome de un brazo, me dijo secamente:

»--Maximitch Ivanitch no miente, y pronto te lo probará. ¡Ven conmigo!

»Salió de la cabaña, y yo le seguí entre amedrentado y curioso. El sol

se estaba poniendo. Habíamos estado charlando más tiempo del que yo

suponía. Caminamos por un sendero áspero, rodeamos un lomo pedregoso de

la montaña, dimos vista a un valle negro, profundo. Sobre este valle

parecían colgados los bosques de pinos y abetos, que se retorcían con

extrañas contorsiones, como en los paisajes dantescos.

»--Es necesario bajar a este valle--me dijo Maximitch.

»--Bajemos--respondí yo resueltamente.

»Allá abajo hacía noche ya. Por encima de nuestras cabezas, las montañas

se amontonaban afectando formas fantásticas, que se destacaban en el

azul del cielo como gigantes sombríos y amenazadores. Seguimos la

orilla de un riachuelo helado, y, después de caminar largo trecho,

hallamos cerrado el paso por un enorme peñasco. Maximitch se detuvo un

momento vacilante, y comenzó después a buscar algo por los contornos del

peñasco, yendo y viniendo como un perro que olfatea la caza. La noche

había cerrado: allá en el pedazo de cielo que las montañas dejaban al

descubierto, flotaba la luna, amarilla y triste, suspendida como una

lámpara sepulcral. Por fin, Maximitch, separando con esfuerzo las ramas

de los abetos, me hizo ver una abertura de la peña bastante grande para

que pudiera pasar un hombre.

»--¿Te atreves?--me preguntó señalando a la cueva y mirándome con ojos

burlones.

»Yo no me atrevía, estaba más muerto que vivo; pero la honrilla, la

negra honrilla, me hizo responder con voz apagada:

»--Sí; me atrevo.

»Maximitch penetró en la cueva, y yo le seguí. La cueva, estrecha al

principio, se ensanchaba después. La obscuridad era absoluta, pero el

pavimento suave, como formado de arena. Maximitch me había dado el cabo

de su bastón, y, asido a él, marchaba sin temor a quedarme atrás. Cuando

hubimos caminado más de media hora en esta forma mi compañero se detuvo.

»--Aquí hay un paso muy estrecho--dijo--. Es necesario echarse al suelo

y pasar a rastras. Voy a hacerlo yo y, en cuanto esté del lado de allá,

te llamaré.

»Sentí que me dejaba y se echaba a tierra. A los pocos instantes oí su

voz:

»--Ya estoy del otro lado. ¡Al suelo!, ¡al suelo!

»Me eché, en efecto, boca abajo, y penetré por un estrecho agujero, y

comencé a arrastrarme penosamente. Aquello parecía el tubo de una

cañería. Mas he aquí, amigos míos, que al llegar a cierto sitio, o

porque se estrechara más el tubo, o por el gran miedo que yo llevaba,

observo que no puedo avanzar. Aterrado por tal observación, quiero

retroceder, y tampoco puedo hacerlo. ¡Qué angustia horrorosa! Comencé a

sudar por todos los poros de mi cuerpo, pero un sudor frío, el sudor de

la muerte, que vi más cerca que os veo a vosotros. El instinto de

conservación se reveló en mí, sin duda, y dando un grito, y haciendo un

supremo esfuerzo, conseguí arrastrarme, y al instante caí en los brazos

de Maximitch, que me esperaba a la salida. Me preguntó por qué había

gritado; se lo expliqué y noté que se reía, y no me hizo gracia.

Caminamos todavía largo rato por el túnel, en tinieblas. Al fin noté en

el rostro vivo fresco, y Maximitch me dijo:

»--Estamos cerca de la salida.

»Salimos, en efecto, pero fuera hacía casi tan obscuro como dentro: la

luna había desaparecido: sólo brillaban en el cielo algunas estrellas.

Iba a dar un paso, pero Maximitch me retuvo fuertemente por el brazo. Me

explicó que estábamos al borde de una profunda sima.

»--¿Ves ese picacho que tenemos ahí enfrente?--me preguntó--. Pues en

esa roca está amarrado Prometeo.

»Yo me deshacía los ojos, pero no veía más que la enorme y obscura masa

de un monte. Por encima de nuestras cabezas revolotearon con medroso

rumor algunos pajarracos. Maximitch me dijo al oído que eran las águilas

encargadas de roer las entrañas a Prometeo, y que se remudaban sin cesar

en esta feroz tarea. Sentí un escalofrío de terror correr por todo mi

cuerpo, y quise suplicar a mi compañero que diésemos la vuelta y

dejásemos tales horrores; pero en aquel instante llegó a mis oídos un

ruido formidable, como el de un trueno, de una voz y de un aullido al

mismo tiempo. Quedé yerto: los cabellos se me erizaron.

»--¡Escucha; Prometeo está hablando!--me dijo Maximitch apretándome

nerviosamente una muñeca.

Papeles del doctor Angélico · 第 8 / 23 段