Calló Jiménez, y callé yo también. Mil pensamientos se atropellaban en

mi cerebro y lo turbaban. Sentía el vigor de sus razonamientos, pero al

propio tiempo sentía el empuje de otros muy contrarios, y la lucha

entablada dentro de mi alma me hacía caminar más aprisa, dejando atrás a

mi compañero. Cuando alcé la vista del suelo columbré la choza del feroz

trapero que había sido causa ocasional de nuestra conversación, y,

temiendo que nos encontrásemos con él, propuse a Jiménez torcer a la

derecha, a fin de no pasar por delante de su casa.

Pocos pasos habíamos andado en esta dirección, cuando vimos a lo lejos

un golpe de gente que hacia nosotros venía apresuradamente y con visible

agitación. No tardaron en llegar a nuestros oídos algunos lamentos e

imprecaciones. Avanzamos rápidamente hacia el grupo para saber lo que

significaba, y pronto nos acercamos. En el centro de él llevaban entre

dos hombres, sobre unas parihuelas improvisadas, a un chico cubierto de

sangre. Inmediatamente reconocimos al chico que había caminado con

nosotros después de la repugnante escena del trapero y la niña, y nos

había enterado de todas las particularidades de su vida. Ésta debió ser

la causa de su desgracia, por lo que en seguida pudimos colegir, pues

aquel bandido marchaba detrás, amarrado codo con codo, custodiado por

una pareja de la Guardia civil y seguido por un tropel de curiosos. La

madre del chico caminaba al lado exhalando gemidos desgarradores.

Nadie sabía entre ellos el motivo por el cual el trapero había apuñalado

al chico, porque éste no podía hablar. Nosotros lo explicamos

prontamente, con lo cual la indignación popular creció de un modo

imponente, y, a no ser por los guardias, no lo hubiera pasado bien el

asesino. Estallaron, sin embargo, las imprecaciones, y cada cual contaba

en voz alta alguna de sus fechorías. Como nos dijeran allí que aquella

desgraciada madre carecía de recursos para vivir, y que aquel niño la

ayudaba a sustentarse repartiendo leche por las casas, lo mismo Jiménez

que yo nos despojamos de casi todo el dinero que llevábamos y se lo

entregamos. En esta generosidad tenía parte también la inquietud de la

conciencia, pues, aunque inocentes por la intención, nosotros habíamos

sido la causa de aquella agresión cobarde.

Pero ya los guardias ordenaban a los hombres de las parihuelas que

prosiguiesen su camino y empujaban hacia adelante al bandido. Éste no

nos había quitado los ojos de encima en los cortos momentos que allí

estuvieron detenidos, unos ojos cargados de odio y amenazas. Cuando la

comitiva se puso de nuevo en marcha, desplegó los labios para decirnos:

--Cuando salga de la cárcel ya nos veremos las caras.

Ni a Jiménez ni a mí nos hizo efecto la amenaza. Nos hallábamos tan

indignados y conmovidos, que el miedo no cabía en nuestro corazón.

Parados e inmóviles, seguimos con la vista por algún tiempo al grupo que

se alejaba, y, al cabo, nos pusimos de nuevo en marcha.

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La matanza de los zánganos.

I

Vivían mis primas en el fondo del valle: su casa estaba situada en una

meseta de la colina, a trescientos pasos del camino. Por detrás se

elevaba un gran bosque de castaños y robles: por delante descendía una

hermosa huerta bien provista de frutales, y después una vasta pomarada

cuya cerca de piedra servía de linde al camino.

¡Pobres chicas! La Providencia les había dotado de un rostro nada

halagüeño y de una madre menos halagüeña aun. Era terrible aquella doña

Teresa, fuerte como un gañán y áspera hasta cuando acariciaba, como la

lengua de una vaca. Y, sin embargo, ¿qué hubiera sido de ellas si

aquella madre no fuese tan hombruna y enérgica? Su difunto padre, uno de

los propietarios más ricos de la comarca, les había dejado casi por

completo arruinadas. Primero jugando y derrochando en la capital,

después, en los últimos años de su vida, degradándose hasta pasar las

noches en las tabernas, vendió cuanto tenía, menos la posesión donde

habitaban y que tenía por nombre la _Rebollada_.

Quedó doña Teresa con sus tres hijas Griselda, Erundina y Berenice,

todas tres pasando de los veinte años, y con un chico, Teófilo, que no

contaba aún los quince. No se arredró la vieja. ¡A trabajar, a trabajar!

Se trabajó duro, se trabajó como jumentos; pero se comió, se vistió y se

pagaron algunas deudas. La posesión daba bastante para alimentarlos, y

se hacía algún dinero enviando a la criada con fruta al mercado de los

jueves, con queso y con manteca. Para esto último era necesario que

tomasen la leche descremada, llamada en aquella región _leche fría_. La

madre daba el ejemplo: no se dió el caso durante algunos años de que

bebiese la leche con toda su manteca, ni aun hallándose enferma. Sólo

tenían una criada a su servicio, una moza fuerte y paciente como una

mula, que cuidaba las vacas, traía el agua, la leña, era cocinera,

doncella y mozo de labranza. Las faenas agrícolas de importancia, como

la siega, la recolección de las castañas y, sobre todo, la fabricación

de la sidra, venían a ejecutarlas gratuitamente los vecinos. Doña Teresa

les facilitaba un bálsamo de su confección para las heridas y

quemaduras, agua curativa para los ojos, les enviaba tortas de miel en

la Nochebuena y _monas_ en la Pascua, les recomendaba, cuando les hacía

falta, al alcalde y al escribano. Por estos pequeños favores, y también

por el respeto y cariño que siempre habían inspirado en la comarca los

señores de la Rebollada, todos se creían obligados a acudir cuando doña

Teresa los llamaba.

Vinieron buenos años de sidra, buenos años de avellana, y doña Teresa no

sólo se desembarazó de deudas, sino que empezó a economizar dinero, que

guardaba en los agujeros del desván o enterraba en el establo y en otros

sitios aun más inaccesibles y fantásticos. Pero las niñas no se casaban.

Las niñas se aproximaban a los treinta, y no parecía una mano masculina

que se tendiera para demandar la suya. Con un labrador no podían

casarse, porque aunque ellas lo fuesen también de hecho, no lo eran de

derecho. Para un caballero, aunque fuese de menor cuantía, no ofrecían

atractivos: ni eran ricas, ni eran bellas, ni poseían una educación

esmerada. Además, aquellos nombres ¡eran tan ridículos! Su padre, que

había sido tan aficionado a las novelas románticas como a las

francachelas, logró ponérselo valiéndose de la impotencia de su esposa.

La viril doña Teresa le decía desde la cama con voz quejumbrosa:

--Mira, Perico, te prohibo que pongas a la niña un nombre de novela.

Quiero que se llame Juana, como mi hermana.

Sonreía don Pedro traidoramente, y cuando delante de la pila bautismal

el cura le preguntaba qué nombre se debía poner a la criatura,

respondía:

--Erundina, póngale usted Erundina.

Doña Teresa rugía entre las sábanas cuando se le daba la noticia. El

nombre astronómico de Berenice, particularmente, le produjo tal

sofocación, que en todo el curso de su vida no pudo pronunciarlo sin

rechinar un poco los dientes.

Hacia el fin de ella comenzó a producirle algunos disgustos la conducta

de su hijo menor, Teófilo. Era éste un muchacho espigado y robusto, más

holgazán aun que su padre, pero menos inteligente. Le envió su madre al

Seminario con el piadoso deseo de que fuese sacerdote y amparase a sus

hermanas. De allí fué arrojado por su mala conducta y falta de

aplicación. Pretextó que no estudiaba por carecer de vocación para el

sacerdocio, y, haciendo un esfuerzo heroico, la diligente madre le envió

a la Universidad para que fuese abogado. Idéntico resultado. En el

primer curso logró engañarla falsificando la nota de aprobación; pero en

el segundo se descubrió la trampa. Doña Teresa cogió el palo de la

escoba y le molió las costillas, de tal manera, que en algunos días no

pudo levantarse de la cama. Después, a trabajar el terruño como un

siervo de la gleba.

Las faenas agrícolas no arrancaron, sin embargo, a Teófilo por completo

el sello de su nacimiento señorial. Aunque durante la semana se

distinguiese muy poco por su indumentaria del resto de los labradores,

cuando llegaba el domingo se ponía para ir a misa camisa almidonada con

cuello alto, corbata de seda, un traje de americana color canela y

sombrero hongo. Además, se había dejado para adorno de la cara unas

patillas largas y sedosas que contribuían en gran manera a separarle de

los paisanos, todos humildemente rasurados. Se le llamaba don Teófilo; y

como estaba privado de los placeres dispendiosos, porque su madre no le

daba más que un par de pesetas los domingos, se entregó en cuerpo y alma

al amor. Penetró en las enramadas, sorprendió los caseríos, traspasó los

cerros, ocupó el llano, y en todas partes dejó, como un torbellino de

fuego, señales aciagas de su paso.

Doña Teresa sonreía cuando le venían a noticiar algún resultado

fehaciente de sus empresas galantes. Pero cuando le hicieron saber, por

medio de algunas cartitas, que Teófilo había contraído deudas en las

tabernas del concejo, no se dibujó sonrisa alguna en su rostro severo.

Antes comenzó a rodar sus ojos de un modo siniestro, lanzó algunas

imprecaciones temerosas, y, empuñando el consabido mango de la escoba,

lo puse inmediatamente en contacto con la piel del voluptuoso mancebo.

Pero he aquí que un día el buen Teófilo, escarbando por casualidad en el

establo, tropezó con un bote de hoja de lata, y en él guardadas algunas

monedas de oro. Hay que dejar bien sentado que fué por casualidad, a fin

de que los futuros cronistas de aquella región no caigan en el

lamentable error en que cayó la familia y todo el vecindario, afirmando

que el buen Teófilo no escarbó en aquel sitio casualmente, sino buscando

el precioso bote.

De todos modos, no se creyó en el caso de comunicar con su familia el

descubrimiento. Acaso haya padecido un error en este punto; pero no hay

que reprochárselo demasiado, porque todos estamos sujetos a equivocarnos

en este mundo. Lo que no ofrece duda es que hizo mal en convidar a sus

amigos en las tabernas, dando en pago con cierta ostentación monedas de

oro. Porque no se pasaron muchas horas sin que llegase la especie a los

oídos de doña Teresa. Subió ésta como una flecha al desván, inspeccionó

sus tesoros, y los halló intactos; bajó a la huerta, escarbó debajo del

montón de la leña, y pudo cerciorarse de que allí tampoco había andado

nadie; levantó después uno de los ladrillos del horno, y el mismo

satisfactorio resultado. Pero se le ocurre ir al establo, cava debajo

del pesebre, y...

Justamente en aquel instante penetraba en el establo nuestro Teófilo

silbando dulcemente, descuidado y alegre como un mirlo. Doña Teresa

saltó sobre él como una pantera. Pocos segundos después, una de las

rubias, sedosas patillas del mancebo había desaparecido de su rostro.

Convertida en asqueroso puñado de pelos, tremolaba siniestra en la mano

derecha de su madre. A los gritos de la víctima y a los rugidos de la

fiera acudieron la bucólica Griselda y la astronómica Berenice, que,

secundadas por un vecino que a la sazón cruzaba, lograron, aunque a

duras penas, que Teófilo no sufriese la extirpación de su otra patilla,

pues su madre mostraba vivo interés en realizar esta obra de simetría.

¿Por qué esforzarse tanto en impedirla? ¿No la afeitó inmediatamente el

mismo interesado?

Fue la última operación quirúrgica llevada a cabo por la respetable

viuda. Aquella misma tarde sufrió un ataque de apoplejía, y unos días

después se extinguía en los brazos de sus hijas.

II

Lo mismo en vida de su madre que después de fallecida, solía hacer

alguna visita a mis primas durante el verano. Generalmente eran dos: una

cuando llegaba a aquel mi valle natal en el mes de julio, y otra en

septiembre, cuando regresaba a la capital. Por impulso adquirido, tal

vez por la fuerza del hábito, que tiene más fuerza en los espíritus

limitados, o, lo que es aún más probable, porque lo llevasen en la

sangre, mis tres primas eran otras tantas doña Teresa pocos años después

de fallecida ésta. No la imitaban ciertamente en la energía; pero la

igualaban, y aun la superaban, en la avaricia.

Me acuerdo que uno de los últimos días de septiembre monté a caballo por

la tarde y me dirigí a la Rebollada, que distaba de mi casa poco más de

una legua. Griselda, Erundina y Berenice me acogieron, como siempre, con

dulces sonrisas y palabras cariñosas. Hasta, si mal no recuerdo, una de

ellas me abrazó y me besó en la frente. Debió de ser Griselda, la más

vieja y la más fea, porque siempre tuve la misma fortuna con las damas.

Pero no pasó de ahí, esto es, nadie me ofreció otra cosa, ni un vaso de

vino, ni un poco de mermelada. Ya lo sabía, y por eso cuando iba a

visitar a mis primas de la Rebollada, llevaba, como hombre prevenido,

una onza de chocolate en el bolsillo.

Después de los primeros momentos de expansión vinieron lamentaciones

sin cuento, amargas reflexiones, suspiros, gemidos, furiosas

exclamaciones de cólera y dolor. El gran Teófilo, una vez libre y sin

aprensión por la integridad de sus patillas, pasaba una vida dulce y

regalada como la de un canónigo. No es mía la comparación, sino de

Berenice. Yo la hice observar que los canónigos estaban obligados a

guardar las horas canónicas y ciertas abstinencias, canónicas también, a

las cuales no se sujetaba su hermano. Convinieron todas conmigo, y me

hicieron saber que desde la muerte de su madre no había tocado en un

instrumento de labranza ni se cuidaba apenas del ganado. Había tomado su

parte de dinero, del dinero escondido por doña Teresa, había comprado un

jaco, y andaba de feria en feria, sin parecer a veces en quince días por

casa. Lo que no me dijeron fué que gracias a Teófilo pudieron hallar

este dinero, y que sin su habilidad de zahorí para adivinar los agujeros

hubieran perdido más de la mitad. Pero no habían parado ahí las cosas,

sino que, después de derrochado todo este dinero, les había vendido su

parte de la posesión y se la gastó alegremente también, y después de

gastada siguió comiendo y durmiendo en la casa de sus hermanas, como si

nunca hubiera dejado de ser la suya. Tampoco habían parado aquí las

cosas, y esto es lo que hacía estremecer las entrañas de las tres

vírgenes, sino que Teófilo había descubierto ya varios agujeros donde

guardaban el fruto de sus economías, y se los había dejado limpios. No

hacía aún quince días que les había sustraído dos mil reales en monedas

de cinco duros. Mis primas lloraban a hilo mientras narraban este último

crimen de un modo tan desesperado, que si no fuera porque me acometieron

ganas de reir, me hubiera echado también a llorar, seguramente.

Por último, Teófilo había profanado de otro modo el santuario del hogar.

Aquella criada mixta de dama de compañía y mozo de labranza que ellas

guardaban hacía años como preciado tesoro en su casa, fué corrompida por

él, y a la hora presente se hallaba encinta. Como yo la veía por allí

desempeñando sus tareas tranquilamente, pregunté sorprendido:

--¿Y cómo no la habéis despedido ya?

Las vi un poco confusas para responder, y deduje que la avaricia había

vencido a la delicadeza. Por el corto salario que la daban no hallarían

una moza tan fuerte y trabajadora.

Cuando se hubieron calmado un poco salimos a la huerta y me mostraron la

gran riqueza de legumbres y frutas que allí había. En verdad que en

pocas partes había visto tierra tan feraz y bien cultivada. Griselda me

ofreció dos grandes peras..., pero de las que se hallaban caídas en el

suelo. Bajamos a la pomarada, donde había manzana aquel año para llenar

cincuenta pipas. Una verdadera riqueza, pues cada pipa valía diez duros.

A la vista de tan espléndida cosecha se serenó la fisonomía de mis

primas y comenzaron a mostrarse joviales. Me llevaron por fin al sitio

de las colmenas. Recogían de ellas todos los años más de doscientas

libras de miel y bastante cera, que vendían a los cereros de la capital.

Nos acercamos con alguna precaución y estuvimos un rato entretenidos

mirando. Mis primas, aunque apicultoras, sabían poco acerca de la vida

de las abejas. Yo, que siempre sentí afición hacia estos maravillosos

insectos, les fuí dando a conocer algunos de sus secretos; cómo se

construían su ciudad, cómo se distribuían el trabajo entre ellas, cómo

se entienden entre sí por medio de un lenguaje que eternamente será para

nosotros un secreto. Gracias a él, no sólo se comunican lo necesario

para realizar sus complicadas operaciones, sino que también se

participan las noticias favorables y adversas, la pérdida de la madre,

la entrada de una reina intrusa o de un enemigo, el descubrimiento de un

tesoro, esto es, de algunas nuevas flores o de algún tarro de miel. Pero

la maravilla de las maravillas es la producción de la cera. La miel se

transforma en material de construcción por un misterioso procedimiento

químico que se realiza en el cuerpo de estos animalitos. Son las abejas

más jóvenes las que proporcionan la cera. Cuando llega el instante de

construir su fábrica, éstas escalan las paredes del tronco nuevo de

árbol donde generalmente edifican, otras las siguen y se sujetan por las

patas, formando largas columnas o guirnaldas, y así permanecen inmóviles

horas y horas, hasta que por un misterio admirable empiezan a sudar esa

materia blanca que se llama cera. Con ella construyen rápidamente su

gran falansterio, cuyas celdas tienen invariablemente una forma

hexagonal. Hay cuatro clases de celdas: las celdas reales, las grandes

celdas, destinadas a la cría de los machos y para almacenar las

provisiones cuando abundan las flores, las celdas pequeñas, que sirven

de cuna a las obreras y de almacenes ordinarios, y las celdas de

transición, que sirven para enlazar las grandes a las pequeñas.

Mis primas me escuchaban con interés, y no se hartaban de hacerme

preguntas. Cuando llegamos a la tragedia que anualmente se representa en

aquellos pequeños mundos, a la matanza de los zánganos, les expliqué

cómo después de la fecundación de las reinas la presencia de los machos

en la colmena no sólo es inútil, sino muy perjudicial, porque, sin

trabajar, devoran las provisiones, interrumpen los trabajos, ensucian

las celdas, obstruyen el paso y se conducen de un modo grosero e

intolerable. Las abejas los toleran todavía algún tiempo; mas, perdiendo

al cabo la paciencia, un día circula entre ellas la orden, sin saber

quién la da, y se preparan a hacer sangrienta justicia. Una parte del

enjambre no sale aquella mañana al trabajo. Son los verdugos. Mientras

los pobres zánganos duermen tranquilos, se prepara silenciosamente su

ruina. Al despertarse se encuentran rodeados cada uno de tres o cuatro

de sus enfurecidas hermanas, que fríamente los despedazan, les cortan

las alas, les atraviesan el vientre con sus dardos venenosos, les

amputan las antenas y los dejan en un estado tan lamentable, que a

cualquiera movería a piedad. Pero aquellas crueles obreras no la

sienten; los persiguen por todas partes, y cuando, heridos y maltrechos,

un grupo de ellos se refugia en algún rincón, lo bloquean y le hacen

morir de hambre. Muchos de ellos consiguen escapar; se lanzan al campo;

pero cuando a la caída de la tarde, acosados por el frío y el hambre,

tratan de ganar su casa, se encuentran con la puerta cerrada, son

rechazados por las inflexibles centinelas, y perecen aquella noche

implorando en vano abrigo y alimento.

--¿Sabéis una cosa?--les dije cuando terminé mi relato--. Si vosotras

fueseis abejas en vez de ser mujeres, ya habríais matado a vuestro

hermano Teófilo.

Las tres soltaron una carcajada.

--¡Qué ocurrencia! ¡Es de veras gracioso! ¡Siempre serás el mismo,

Angel!

Y reían mis primas con tanta gana como si las hubiera leído el capítulo

más chistoso del _Quijote_. Todavía después que volvieron a casa, y

pasado largo rato, recordaban mis palabras y se renovaban las

carcajadas.

III

Aquel invierno supe que la criada de mis primas había dado a luz un niño

en la misma casa, y que aquéllas habían guardado a la madre y al hijo,

en vez de ponerlos en la calle. El sujeto de la Rebollada que me dió la

noticia añadió que a la hora presente se hallaban tan entusiasmadas con

el chiquillo, que eran para él otras tantas madres. Me alegré por la

inocente criatura y por ellas también. Al fin, tenía un sentido su

existencia. El instinto de la maternidad, tan vivo en todas las mujeres,

hallaría satisfacción y las haría felices.

Pero he aquí que pocos meses después me dieron otra noticia mucho más

desagradable; la del fallecimiento de mi primo. El buen Teófilo había

muerto repentinamente. Una noche había cenado en perfecto estado de

salud y se habla acostado. Poco después se sintió indispuesto, llamó a

la campanilla, acudieron en su auxilio, se le prodigaron algunos

remedios caseros, se expidió un propio a caballo en busca del médico, y

se llamó al cura. Éste llegó a tiempo para darle la absolución; pero

cuando llegó el médico ya hacía una hora que había fallecido el enfermo.

Cuando supe la noticia, acudieron a mi memoria las últimas palabras que

les había dirigido, y de pronto nació en mi mente una sospecha terrible.

Esta sospecha me causó impresión tan profunda y tal repugnancia, que no

pude escribirlas dándoles el pésame.

Al mes siguiente, que era el de junio, fuí a Suiza, y sólo pude pasar

unos días del mes de octubre en mi valle natal, que aproveché para hacer

una visita a la Rebollada. Cierto remordimiento me atenaceaba desde

hacía algún tiempo el espíritu. No podía desechar de él las palabras que

por burla había pronunciado el año anterior. ¡Quién sabe si tal burla

habría sido causa ocasional de un crimen! Traté de salir de dudas,

poniendo para ello en práctica los medios que me parecieron más

conducentes.

Hallé a mis primas enlutadas, pero nada tristes. Me recibieron

jovialmente, y acto continuo se pusieron a narrarme las gracias

increíbles de Periquillo, que así se llamaba el niño de la criada y de

su difunto hermano. Pude convencerme en seguida de que aquella criatura

de pocos meses les tenía sorbido el seso. No se hartaban de ponderar su

robustez, su blancura, su dulce mirada, su voracidad, su picardía, su

ático humorismo.

--Verás, Angel--me decía la astronómica Berenice con ojos brillantes de

alegría--. Por la mañana temprano, cuando su madre va al molino, me deja

a Periquillo. A veces tarda más de una hora, y el chiquillo tiene

hambre. Empieza a llorar, y yo, para acallarle, le paseo y le meto mi

lengua en la boquita, que chupa como si fuese el pecho de su madre. Pero

al cabo se convence de que no puede sacar nada, y llora mucho más

fuerte. Pero hoy, cuando fuí a hacer la misma operación, levantó hacia

mí sus ojitos sonrientes como diciendo: «¡Ya estoy al tanto de la

burla!»

Griselda y Erundina rieron con el mismo placer que ella, y se hicieron

lenguas del prodigioso talento de aquel chiquillo.

Salimos, como siempre que las visitaba, a la huerta, recorrimos la

pomarada, y después me encaminé resueltamente al sitio de las colmenas.

Nos acercamos a ellas, y noté que mis primas se pusieron repentinamente

serias. Guardé largo rato silencio, en actitud de observar la entrada y

salida de las obreras, y de pronto, volviéndome hacia mis primas y

clavando en ellas una mirada penetrante, les pregunté bruscamente:

--¿Habéis matado ya a los zánganos?

Las tres se pusieron pálidas, y en el primer momento no acertaron a

contestar. Al cabo, Griselda, la más vieja, respondió con sonrisa

forzada:

--¡Qué pregunta! ¡Los habrán matado ellas!

Papeles del doctor Angélico · 第 7 / 23 段