--Si es la fuerza primitiva del Universo, desde luego no puede ser

conocida en sí misma. Los cristianos dicen lo mismo respecto a Dios.

Pero será conocida por sus atributos, como Él. Veamos estos atributos.

Un esfuerzo sin fin..., un esfuerzo ciego.... Pero ¿es esto realmente lo

que se observa en el mundo? Hay que probarlo. Si la causa del mundo es

un esfuerzo ciego, ¿cómo tenemos vista? Si la esencia del Universo es

ininteligencia, ¿cómo existe dentro de él la inteligencia? En último

resultado, querido amigo, un pesimista, como cualquier otro filósofo,

no es más que un hombre que, tendiendo la vista por el mundo, se pone a

meditar sobre su esencia o sobre su causa. El pesimista dice que no

tiene causa, que sólo hay en él esencia, y que su esencia es el mal.

Esto es ya cuestión de hecho; y lo mismo que su experiencia le dice que

sólo hay mal en el mundo, a otros les dice que sólo hay bien, y a otros,

como a mí, les dice que hay de todo. ¿Vale la pena demostrar tanto

desprecio al materialismo, como hace Schopenhauer, para terminar

afirmando que en el fondo del Universo sólo se oculta una fuerza

estúpida que quiere por querer, y sin saber lo que quiere, y que jamás

consigue lo que quiere? Los empíricos y materialistas tendrían en ese

caso razón contra él. Comer, beber, aprovecharse de la vida; y cuando

ésta no produzca ya placeres, salir de ella por medio de una pistola o

de una cuerda.

--Schopenhauer condena severamente el suicidio.

--Lo sé. Es una de sus flagrantes inconsecuencias. El pesimismo antiguo,

fiel a sí mismo, se guardaba de condenarlo; solamente lo creía casi

siempre innecesario. Pero Schopenhauer se encontró en medio de una

civilización que lo rechaza, y no atreviéndose a chocar abiertamente con

el sentimiento general, para no ser arrollado, ideó el siguiente

artificioso razonamiento: «El suicidio no es la negación del

querer-vivir. El que se da la muerte quisiera vivir; no está descontento

sino de las condiciones en que la vida se le ofrece. Por tanto,

destruyendo su cuerpo, no es al querer-vivir, sino a la vida a lo que

renuncia.» Pero aquí ocurre inmediatamente preguntar: si la vida fuese

buena para todos los humanos, ¿habría alguno que renunciase

voluntariamente a ella? ¿Tendría razón de ser la negación del

querer-vivir? ¿Sería pesimista el mismo Schopenhauer? ¿Habría siquiera

pesimismo en el mundo? Quien renuncia a la vida, sea quien fuere, si le

ofreciesen otra buena y feliz, la tomaría inmediatamente.

--No obstante, en el sermón de Benarés se aconseja la extinción de todo

deseo para terminar con la sed de la vida.

--Ese es un consejo metafísico que nadie ha practicado jamás, porque

sale fuera de los límites de nuestra naturaleza. Los budhistas, que se

tienden delante del carro de los ídolos para ser aplastados, lo mismo

que los que se suicidan lentamente en el desierto privándose del

alimento y del movimiento necesarios, no lo hacen por una necesidad

metafísica de extinguir el principio de la vida en el Universo, sino con

la esperanza de pasar a otra vida mejor.

--¿Y el Nirvana?

--El Nirvana, que en el cerebro del fundador o fundadores del budhismo

significaba el aniquilamiento absoluto, se transformó inmediatamente

para los adeptos en un cielo, en otra vida feliz. En el _Dhammapada_ se

dice: «Aquellos que practican el mal, van al infierno; los que son

justos, van al cielo.» En el _Udanavarga_: «Aquel que practicando su

deber causa alegría a los otros, encontrará alegría en el otro mundo.»

En las inscripciones sobre la roca de _Asoka_ se lee: «Y ¿cuál es el fin

de todos los esfuerzos que yo hago? Es pagar la deuda que tengo

contraída con todas las criaturas, hacerlas felices en esta vida, y

hacerlas ganar el cielo en la otra.» Y así sucesivamente encontrarás

parecidos pensamientos en los monumentos más antiguos del budhismo, lo

mismo en Ceilán que en el Tibet. Y es que Sakyamuni, como Schopenhauer,

cedió a la tentación del sueño metafísico, a la vanidad que acomete a

todo pensador de _recrear_ el Universo. Pero los hombres exigimos en la

solución del enigma del Universo que se halle conforme con nuestra razón

y nuestra naturaleza: si sale de estos límites, la volvemos la espalda,

por ingeniosa y sutil que parezca. Si el hombre, como afirman el Budha y

Schopenhauer, no es otra cosa que voluntad, si la voluntad agota toda

nuestra esencia, el hombre que odia en él la voluntad, odia su propia

esencia. Esto es más que irracional, es monstruoso. Cómo la esencia del

mundo se objetiva o se individualiza para odiarse a sí misma, la razón

humana no sólo no puede imaginarlo, pero ni siquiera puede concebirlo.

Un Dios creador, omnipotente, padre de todos los seres, no se le

comprende, pero se le concibe. Una fuerza única, primitiva y elemental,

que se individualiza, que se hace inteligente para aborrecerse, ni se

comprende ni se concibe.

--Y, sin embargo, doctor, el Budha ha proferido sentencias admirables

de caridad universal. «Ama a todas las criaturas vivas, ama hasta el

sacrificio absoluto de tu ser, aunque tú no debieras recoger más que

dolor.» «El insensato que me hace mal, yo se lo devolveré protegiéndole

con mi amor: cuanto más mal vendrá de él, más bien vendrá de mí.» Así

hablaba el Budha a sus discípulos.

--En efecto, es una moral pura la que se expone en la mayor parte de los

monumentos del budhismo; pero esta moral flota en el aire sin fundamento

alguno... Digo mal; su fundamento se halla en lo que los Santos Padres

de la Iglesia cristiana llamaban _razón seminal_, derivada del Verbo.

«Todo lo que de bueno ha sido enseñado por los filósofos, nos pertenece

a nosotros los cristianos», decía San Justino. «Todos los hombres

participan del Verbo divino, cuya simiente se halla implantada en su

alma», decía San Clemente. ¿Es posible explicarse de otro modo la pureza

de la moral búdhica, fundada en el ateísmo, en una metafísica absurda y

monstruosa? Si la fuerza primitiva, si la Voluntad, como la denomina

Schopenhauer, que reside en nosotros, que es nuestra propia esencia, es

digna de ser aborrecida, debe serlo lo mismo en nosotros que en los

demás. Un cristiano puede respetar y amar a su semejante porque ve en

él, aunque alterada y borrosa, la imagen de su Dios, de un Dios santo,

puro y amoroso. Pero un budhista o un discípulo de Schopenhauer, ¿por

qué han de amar a su prójimo si no ven en él otra cosa que una

manifestación de esa Voluntad perversa que anima el Universo para su

desgracia, un caso más de la irracional sed de vida que a todos nos

tiene amarrados a ella? «Ama a tu prójimo, ama a todos los seres

vivos--decía el Budha--, porque _tú eres eso_.» Porque _yo soy eso_ le

aborrezco--debiera contestarse--, puesto que yo debo aborrecerme a mí

mismo.

--En el Kempis se dice lo mismo: «Niégate a ti mismo, aborrécete a ti

mismo.»

--Esas palabras, en boca de un cristiano, no significan que debamos

aborrecer o negar nuestro ser esencial, nuestra alma, sino las impurezas

que la manchan. «Ama a Dios sobre todas las cosas, y a _tu prójimo como

a ti mismo_», dice el catecismo cristiano. Luego el amor de sí mismo se

prescribe también. Pero lo que en nosotros debemos amar no es nuestro

ser efímero, manchado de vicios, sino nuestra alma inmortal, que no se

disolverá en la substancia divina como un grano de sal en el mar, sino

que permanecerá en su ser eternamente, eternamente será nuestra, gozando

de una alegría sin fin... Por lo demás, Schopenhauer se aprovecha

deslealmente de los místicos y ascetas cristianos para la confirmación

de sus doctrinas. Ningún místico cristiano imaginó jamás que, al negarse

a sí mismo, negaba al propio tiempo el principio de su existencia, la

Voluntad soberana que le había sacado de la nada. El santo cristiano que

se inmola por el amor de Dios siente en ello alegría, porque sabe que va

a gozar de este amor eternamente. Pero ¿qué alegría puede penetrar en el

corazón del que se sacrifica sin más objeto que renunciar a _toda vida?_

Por sutiles que sean las razones con que se lo disfrace, esto no es más

que un suicidio. Nadie lo ha hecho; nadie lo hará. Esta clase de

inmolación sólo ha existido en el cerebro de los filósofos. Los

budhistas, como los cristianos, como los mahometanos, como todo el

mundo, creen en la felicidad, creen que el hombre puede y debe ser

feliz. Es un instinto universal y permanente de nuestra naturaleza, y

los instintos universales y permanentes responden siempre a la realidad.

-Queda todavía una solución, amigo Jiménez. ¿Si el Universo hubiera sido

formado por el concurso de dos principios igualmente necesarios y

eternos? ¿Si entre estos dos principios existiera total independencia?

En la Naturaleza encontramos siempre esta profunda división, la

obscuridad y la luz, el frío y el calor, el macho y la hembra, la

electricidad positiva y la negativa, etc. Parece que un dualismo

primitivo e irreductible tiene dividido en dos partes a nuestro

Universo.

--Sí; Ormuz y Arimán. Ese dualismo ha sido dogma religioso entre los

persas en la apariencia. En realidad, por encima de estos dioses

personales estaba Zerwano Akereno, el tiempo infinito, que los había

sacado a entrambos de su seno. En la metafísica griega también se halla,

no en lo que al bien y al mal se refiere, sino para la explicación del

origen mismo y naturaleza del Universo. Al encontrarse en presencia del

dualismo primitivo y radical que se observa en nuestro propio ser,

proclamaron para la formación del Universo dos esencias diferentes, la

materia y el espíritu. Pero estos dos principios, como los dioses Ormuz

y Arimán, se excluyen entre sí, y en la mente de los filósofos, como en

los espacios cerúleos, el uno concluye por vencer al otro. Si la materia

es una fuerza única esparcida por todo el Universo, una fuerza necesaria

e infinita de la cual los cuerpos no son más que expresiones fugitivas,

entonces no habría necesidad de otro principio, no hay necesidad de

espíritu, porque ella misma contendría todos los atributos de la

inteligencia, inseparables de la fuerza infinita. Mas si concebimos la

materia con las mismas cualidades de los cuerpos, entonces es extensa,

divisible, múltiple, y no puede formar un principio único, sino un

agregado de principios de infinita diversidad. Por eso el dualismo, que

no es más que una ilusión de los sentidos, no ha podido sostenerse, y la

historia de la filosofía hace ver que ha caído prontamente, o en un

panteísmo materialista, o en un panteísmo idealista. La idea de la

existencia de dos principios eternos ha desaparecido de la gran

corriente del pensamiento humano. Nuestra razón, por su misma primordial

naturaleza, busca siempre la unidad en la multiplicidad; es su fondo, es

su ley, y en vano pretenderemos oponernos a ella.

Calló Jiménez, y callé yo también. Proseguimos silenciosos nuestra

marcha por algunos instantes. Yo le pregunté al cabo:

--¿De suerte que no hay solución para el problema? ¿Jamás sabremos qué

viento arrastra la nube sombría del dolor sobre nuestras cabezas? ¿Jamás

sabremos el por qué de nuestros sufrimientos?

El doctor Angélico no respondió. Todavía proseguimos algún tiempo

nuestra marcha silenciosos.

--Hay una solución; sí--dijo al fin, volviendo su rostro hacia mí--.

Pero esta solución, la única accesible a nuestro entendimiento, la

rechazan hoy los llamados intelectuales, porque viene envuelta en un

dogma, en las enseñanzas de una doctrina religiosa. El hombre no quiere

reconocer límites a su razón, huye irritado de quien se los señala, y

buscando con anhelo la razón, cae con frecuencia en la sinrazón....

Existe el mal, no es posible negarlo; el mal es esencial a nuestra

condición. Pero ¿es necesario? He aquí el verdadero problema. Si lo es,

hay que declararse ateo, como los primitivos budhistas o los modernos

pesimistas. La idea de un Dios consciente es incompatible con la

presencia eterna del mal. Si Dios existe, el mal no puede ser otra cosa

que un castigo...

--¡Un castigo!--exclamé sorprendido--. ¿Cómo es posible, si acabas de

decir que es esencial a nuestra condición?

Jiménez sonrió, diciendo:

--Efectivamente, la tesis es paradójica y desde el primer momento parece

inadmisible; pero ten la bondad de escuchar un momento... El castigo

supone siempre una voluntad libre, por una parte, y por otra, una

obligación. Pero ¿existe la voluntad libre?, ¿existe la obligación?

--Demos eso por supuesto, aunque sea largo y difícil de probar. El

pecado, que es a lo que tú te refieres, es la calificación de un acto, y

todo acto no puede ofrecer duda a nadie que es individual. Por tanto, el

pecado supone siempre un agente libre, y es cosa incomprensible que

pueda pertenecer, no a nuestra voluntad, sino a nuestra naturaleza.

--Sí, sí; no te esfuerces más en mostrar la paradoja: ya he convenido yo

en ella... Mas ¡si existiese un elemento de pecado en la naturaleza

humana independiente de las voluntades individuales!... Parece

monstruoso, ¿verdad? Examínate a ti mismo, sin embargo; escruta los

senos de tu conciencia, y hallarás que cometes algunas faltas sin darte

cuenta precisa de ellas, que eres arrastrado a cometerlas, no por un

acto firme y deliberado de tu voluntad, sino por un impulso que te

parece irresistible de tu corazón, en realidad, por la fuerza del

hábito. ¿Qué es lo que llamamos en el terreno moral _un pecador

empedernido_? Un hombre que, por la costumbre de practicarlo, no puede

resistir ya a la fuerza del mal. Aquí tenemos, pues, una naturaleza

viciada, esto es, una naturaleza en la cual el mal que se produce no

proviene directamente de la voluntad. Pero si no proviene directamente y

en cada momento, su origen se halla, no obstante, en ella. Es un acto

primitivo de su libertad quien lo ha engendrado; el mal ha penetrado en

su alma porque voluntariamente le ha dejado la puerta abierta, y una vez

entrado, se ha apoderado de él y de su misma voluntad. No hay duda,

pues, que es posible la existencia de una naturaleza corrompida. La

voluntad no es siempre el origen de nuestros actos.

--Pero como tales actos provienen de un acto primitivo engendrado por la

libertad individual, resulta que ha habido siempre un agente libre, y

que a éste se le puede exigir la responsabilidad. No es éste el caso de

la responsabilidad exigida por los actos ejecutados por otro.

--Desde luego que no es el mismo caso. Lo único que quería dejar sentado

es que no somos totalmente responsables de nuestros actos en muchos

casos, sino solamente de un modo parcial y relativo, o, lo que es igual,

que en el curso de nuestra vida solemos ser esclavos de nuestras

tendencias y aficiones. Que tales tendencias hayan sido provocadas por

el uso anterior de nuestra libertad no impide que formen parte ya de

nuestra naturaleza. Pero ¿no existen en nuestra naturaleza otras

tendencias que las engendradas por el uso de nuestra libertad? Recuerda

a tu padre, y dime sinceramente si en tu modo de proceder en la vida, si

en tus aficiones o en tus manías no existe en tu naturaleza una gran

parte de la de él. Tu padre podría decir lo mismo del suyo, tu abuelo

igual, y así sucesivamente. El pecado, pues, sin dejar de ser pecado,

esto es, el acto de un agente libre, es transmisible. El pecado, aunque

proceda de un acto de libertad, se halla incorporado a nuestra

naturaleza. Y que nuestra naturaleza está viciada, no puede ofrecer

duda. En todos los países y en todos los tiempos que nosotros podamos

recordar, el hombre, si sale inocente del vientre de su madre, no tarda

mucho en mostrar su tendencia al mal, en afirmar su miserable _yo_,

desconociendo el derecho de los demás seres. ¿Procederá esta tendencia

perversa de la constitución misma de nuestra naturaleza? Entonces el mal

es necesario, y ya no será mal, sino bien; porque lo que no puede ser de

otro modo que lo que es no debe ser designado por una negación, sino

por una afirmación; entonces el mal no es el desorden, sino el orden, y

la naturaleza misma nos abre el camino para que sigamos francamente por

él, sin cuidarnos de otra cosa. ¿Procederán las malas tendencias de

nuestro corazón de un acto primitivo de libertad? ¿Quién ha realizado,

entonces, este acto, mediante el cual nuestra naturaleza se ha

corrompido? Necesariamente ha de ser un agente libre, y éste ha de ser

un individuo humano. Pero este individuo humano, ¿habrá sido como

nosotros? Desde luego, pero al mismo tiempo necesitaba ser distinto de

nosotros, porque si no hubiese en él más que una naturaleza individual,

la responsabilidad exigida a los demás por sus actos sería una

monstruosa injusticia. Para que tal responsabilidad tenga lugar,

necesario es que ese agente libre sea la raíz misma del género humano;

que no sea un individuo en el sentido corriente que damos a esta

palabra, sino un individuo primitivo que encierre dentro de si el germen

de todos los demás individuos que componen la Humanidad. Sus actos no

eran solamente individuales, sino universales, porque en él estaba

presente la Humanidad entera. Existe, pues, un desorden esencial,

fundamental, en la Humanidad, que es el origen del mal; este desorden es

el efecto de una caída, de una degradación; esta caída es la obra de

nuestros primeros padres.

--Es difícil, doctor, que podamos resignarnos al castigo de un acto

ejecutado por otros. El hombre encuentra repugnancia en sentirse ligado

a otros hombres de tal modo, que su alma forme parte de la suya.

--Y, sin embargo, ¡cuán cierto es, querido amigo! Nosotros formamos una

gran unidad; millones de hilos invisibles y misteriosos nos ligan los

unos a los otros; nadie puede aislarse, nadie puede decir: «Este acto es

mío, absolutamente mío.» Para el Ser Supremo, la Humanidad entera es un

solo ser en aquel que los ha engendrado a todos. Lo que te estoy

diciendo no es un producto de la especulación, un dato de la razón, sino

de la experiencia. Gritamos que la responsabilidad debe ser siempre

individual, pero de hecho aceptamos humildemente la colectiva. No hay

hombre que en el fondo de su corazón no se sienta en cierto grado

responsable, no sólo de los actos de su raza, sino también de los de su

nación, y hasta de los de la sociedad de que forma parte o de los del

cuerpo a que pertenece. No hace muchos días que un pobre fraile, recién

llegado de Filipinas, me narraba sus desdichas en las jornadas

desastrosas de hace algunos meses. Le cogieron prisionero los naturales

insurrectos, le maltrataron bárbaramente, le tuvieron encerrado en un

lugar infecto, le hicieron trabajar cargándole como un mulo, y hasta,

¡cosa inaudita!, como un mulo le engancharon a una carreta. Pues bien,

este fraile me decía, bajando tristemente la cabeza: «Ha sido un castigo

justo del Cielo, porque habíamos cometido muchos excesos.» Lo cual

quiere decir que este pobre religioso, que es un santo, incapaz de

cometer el más pequeño exceso, aceptaba resignado la responsabilidad de

los cometidos por sus hermanos de religión... Una de dos, pues, amigo

mío: o el mundo está fundado sobre una monstruosa injusticia, o existe

la responsabilidad colectiva, porque de hecho pagamos siempre las faltas

de los otros. O hay que aceptar la unidad del género humano, o hay que

decir adiós a la idea de justicia, y entonces, ¿de dónde nos viene esa

idea?

--De todos modos, doctor, la solución que me propones es un dogma, no es

una doctrina filosófica.

--Es un dogma que encierra una doctrina filosófica. No te diré que

satisfaga por completo a todas las exigencias de nuestra razón. Los

dogmas no se identifican con la razón, porque entonces no habría

necesidad de ellos. Pero búscame otra doctrina que menos la contraríe.

--El dogma del pecado original supone la procedencia de una sola pareja,

y el darwinismo, que es la última palabra de la ciencia, considera al

hombre como el coronamiento de una larga evolución del reino animal.

--Yo no sé, ni puede saberlo nadie, si el hombre es el resultado de una

evolución. Es verosímil..., acaso sea verdad. Pero si el hombre, con los

caracteres de tal, se ha desprendido del animal, tuvo que ser en un

momento determinado del tiempo. Pues bien, en ese instante feliz y

supremo en que un ser inteligente y libre parece sobre nuestro planeta,

pudo efectuarse el funesto acto de libertad que le ha degradado,

haciéndole perder su inocencia... Por lo demás, ni el darwinismo ni

ninguna otra de las conquistas de la ciencia podrá dañar jamás a la

verdad cristiana si no es momentáneamente. Todas estas conquistas, que

principian oponiéndose a ella ferozmente, terminan convirtiéndose en

leales servidores. Echa una mirada a la Historia... La nave del

cristianismo acababa de salir de los mares de la herejía. Sus velas,

mojadas por los chubascos, pendían flojas y desmayadas de los mástiles.

La tripulación, rendida por la lucha prolongada contra las sutilezas y

sofismas de la Edad Media, dormía esparcida sobre cubierta... Fuerte

sacudida los despertó a todos. Habían entrado sin sentirlo en el mar de

la ciencia. Una ola negra, alta y temerosa avanzaba sobre ellos,

amenazando sepultarlos. Era _la nueva cosmogonía de Copérnico_

pregonando el movimiento de la tierra. La tripulación lanzó un grito de

espanto, creyéndose perdida. Pero la ola batió con furor los costados de

la barca, echó algún agua dentro, y pasó sin hacerla zozobrar. Apenas

repuestos del susto, llega otra: la _antigüedad de la Tierra_. El

Génesis va a quedar deshecho. Los teólogos de la tripulación se

alborotan y gritan. La ola pasó también y dejó la nave intacta. Detrás

viene otra: la _pluralidad de los mundos habitados_. ¡Oh cielo! ¿Cómo

explicar la existencia de otras tierras habitadas con el acto de la

redención? Los teólogos experimentan nueva consternación. Pero la ola

pasa como las otras. El sol de la fe luce más radiante. La redención es

un acto voluntario de Dios, y lo mismo puede producirse habiendo muchos

mundos habitados, que habiendo uno solo... Ya llega bramando otra; la

teoría darwinista de la _descendencia del hombre_. ¡Qué grande es, y qué

negra, y qué aterradora! ¡Infeliz navecilla, de ésta no escaparás! Y, en

efecto, la barca queda sepultada en el obscuro abismo de la ola como en

las fauces siniestras de un monstruo. El Cristianismo ha muerto...

¿Quién lo ha dicho? ¡Mira, mira hacia arriba! Cabalgando sobre la ola

negra y rugiente, ya asoma de nuevo la velita blanca. Acabo de leer el

libro de un sabio darwinista americano, John Fiske, en que demuestra,

por medio de las teorías de Darwin, que el hombre es el fin de la

creación, y que jamás habrá sobre la tierra un ser más elevado que el

hombre. El libro termina con estas palabras, que parecen de un teólogo

más que de un naturalista: «La revolución operada por Darwin ha colocado

a la Humanidad en el pináculo más alto de cuantos ha ocupado. El sueño

de los poetas, las instrucciones de los sacerdotes y profetas y la

inspiración de los grandes músicos se confirman a la luz del moderno

conocimiento. Del mismo modo que nos congregamos para el trabajo

material de la vida, debemos esperar que pronto lo estaremos en un

sentido más verdadero; cuando llegue a ser este mundo el reino de

Cristo, y reine para siempre como Rey de los reyes y Señor de los

señores.»

--Estás elocuente, y hasta un si es no es poético--dije sonriendo.

Pero Jiménez, sin hacerme caso, continuó:

--Y es que el hombre jamás, jamás podrá desprenderse de esta verdad,

adquirida de un modo sobrenatural y sellada con tanta sangre. La

existencia de un Dios perfecto y de un mundo imperfecto, de una bondad

infinita y omnipotente con las miserias de la vida, es, sin disputa, el

problema de los problemas. Los filósofos deístas más grandes, Platón,

Aristóteles, Plotino, Descartes, Leibnitz, se han esforzado vanamente en

hallar una explicación satisfactoria. Los mismos teólogos, cuando,

sostenidos tan sólo por su inteligencia, lo abordan, se les ve

claramente vacilar, el terreno se hunde bajo sus pies, y, al cabo de

sabias disquisiciones, nos dejan sumidos en las mismas tinieblas. Mas el

grande, el pavoroso problema, que no quiere ser resuelto en la

inteligencia de los grandes filósofos, entrega, no obstante, su secreto

al corazón de los justos. Pregúntale a un hombre de corazón sencillo, a

un espíritu encendido en la llama de la caridad, pregúntale si halla

incompatible la bondad de Dios con las imperfecciones de este mundo, y

te mirará lleno de asombro. Para él semejante problema no existe. Y es

que él no contempla la esencia del mundo desde fuera, como nosotros, no

es un _espectador_ curioso, sino un _actor_ profundamente interesado en

la representación del gran misterio de la existencia. Su alma está

amasada ya, fundida en el alma divina, participa de su sabiduría

infinita, y sabe absolutamente que lo que es, es lo que debe ser, que lo

que él quiere, es lo que quiere Dios. Sabe que su espíritu ha salido ya

del limbo obscuro de la posibilidad para convertirse en acto, y que el

acto es perfección. Es un colaborador del hecho universal; sabe que

viene del amor y que marcha hacia el amor, y sabe que el mundo es lo

mismo que él. En el espíritu del justo lo inteligible y lo real se

confunden, porque su razón está íntimamente unida a la esencia de las

cosas; en él se unen el pensamiento y el ser para constituir la

verdadera ciencia, la ciencia completa, que en los demás está

fraccionada. Nuestra alma está hecha de la misma masa de la verdad. Sólo

cuando dudamos de ella nos hundimos en el error, como se hundía San

Pedro, el pescador, marchando sobre las aguas, cuando sentía vacilar su

fe.

* * * * *

Papeles del doctor Angélico · 第 6 / 23 段