El trapero volvió a encresparse al oir esto, y no sólo se negó a ir con

nosotros, sino que trató de arrebatarnos la niña violentamente; pero

como éramos dos y vió nuestra actitud resuelta, y temiendo acaso

empeorar su situación porque dos mujeres que pasaban a la sazón se

detuvieron a presenciar la escena y tomaron parte por nosotros, la dejó

al fin marchar. Mas no sin proferir terribles blasfemias y amenazas, que

a nosotros no nos impresionaron, pero sí muchísimo a la criatura.

La colocamos entre los dos, llevándola de la mano, y caminamos hacia las

primeras casas del barrio de Salamanca, que no estaban lejos. La íbamos

haciendo preguntas mientras tanto, a las cuales apenas sabía contestar;

pero se encargaba de hacerlo por ella el chico, que a par de nosotros

marchaba.

El trapero era un licenciado de presidio. Estaba amancebado con su

madre. Esta era aún más cruel que él con su hija. Los vecinos que

habitaban en aquel grupo de casas, y también los que se hallaban más

lejos, estaban enterados de los malos tratos que la niña sufría, pero no

daban parte a la autoridad por temor a la venganza del trapero. La niña

no tenía seis o siete años, como nosotros pensábamos, sino diez: su

desmedro provenía de falta de alimentación. «¡Ha pasado más hambre esa

chica que un perro de ciego!», nos decía el muchacho. Las mujeres que

con nosotros marchaban corroboraban este aserto.

Por fin llegamos a la Casa de Socorro, y Jiménez y yo subimos con la

niña. El chico y las mujeres ya nos habían dejado. El médico le curó

inmediatamente la herida de la frente. En cuanto a las manos, cubiertas

de cardenales recientes hechos con las cuerdas, fué necesario

envolvérselas con árnica.

--¿Tienes alguna otra herida?

La niña se quejó de un agudo dolor en un brazo. El médico levantó la

manga, y quedamos horrorizados viendo una llaga bastante extensa.

--¿Con qué te han hecho esto?

--Me lo ha hecho mi madre con una plancha.

--Es necesario reconocer a esta niña--manifestó el médico--. Hay que

ponerla desnuda.

Nosotros nos salimos a la habitación contigua. Al poco rato nos llamó el

facultativo, en cuyo semblante advertimos la cólera y la indignación.

--El cuerpo de esta niña está literalmente cubierto de cicatrices, unas

recientes, otras tan antiguas, que se remontan a algunos años.

Inmediatamente voy a dar parte al Juzgado, y ustedes tendrán la

amabilidad de dejar aquí su nombre y las señas de su domicilio.

La niña no quería hablar, porque se hallaba bajo la impresión del

terror, y temía volver a manos de sus verdugos. Cuando la hubimos

persuadido, con no poco trabajo, que eso ya no podía ser, que la

autoridad iba a encargarse de ella y quedaría depositada en un asilo,

nos refirió balbuciendo una historia de espanto, algo que parecía una

horrible pesadilla; por lo menos, yo creía algunas veces que estaba

soñando. Los martirios a que había sido sometida aquella niña evocaban

la imagen del infierno, y aquellos sus dos diablos atormentadores eran

de lo más refinado que en él pudiera hallarse. Mientras duró el relato,

las lágrimas corrían por las mejillas de Jiménez, y mis ojos no estaban

mucho más secos.

Al fin nos despedimos, prometiendo volver al día siguiente para

enterarnos de las disposiciones del juez.

Salimos silenciosos de las calles, y silenciosos entramos en plena

campiña, caminando la vuelta de la casa de Jiménez. El cielo estaba

límpido, el sol ya declinaba envuelto en un cendal rojizo. Las crestas,

todavía nevadas, del Guadarrama despedían irisados destellos. Algunas

columnitas de humo flotaban tranquilas sobre las viviendas esparcidas

por la vasta llanura. Mi alma estaba henchida de tristeza y de horror a

la vida.

--¿Verdad, Jiménez--dije posando mis ojos en aquellas columnitas--, que

si la materia cósmica no se hubiera condensado en la vía _láctea_ para

formar este puntito obscuro que llamamos Tierra, no se hubiera perdido

gran cosa?

Guardó silencio un instante, dirigió también su mirada vaga hacia el

horizonte, y repuso lentamente:

--Sí; se habrían perdido las lágrimas que tú y yo acabamos de verter.

--Entiendo lo que quieres decir. La efusión de nuestras lágrimas te

parece algo precioso y sagrado, como revelador de un sentimiento que

hace felices a los hombres por momentos. No te lo disputo. Hay algo en

la vida digno y hermoso; los diálogos de Platón, la respuesta de

Leónidas, la novena sinfonía de Beethoven, los besos de nuestra madre...

Pero no son más que rayos de luz que esclarecen un instante las

tinieblas en que estamos sumergidos; parecen los sueños de oro que

atraviesan un instante el cerebro de un condenado a muerte. Después,

todo miseria, todo horror. ¿No vale más permanecer sumergidos en la

dulce inconsciencia de la planta? ¿Compensan tales instantes de

admiración y de dicha la tristeza abrumadora de nuestra existencia? ¿Por

qué estos instantes no son todos los instantes? El que nos hace felices

un momento, pudo habernos hecho felices todos los momentos. ¿Por qué no

lo hizo?

--Es la misma pregunta que a Dios dirigía el viejo Job hace algunos

miles de años: «¿Cuándo existencia te pidió la nada?»... Razón tenía el

patriarca judío; la existencia no tiene valor alguno si no la acompaña

la felicidad. Pero ¿qué es la felicidad? Lo que debe ser. No hay

definición que me parezca mejor que ésta. Existencia y felicidad son dos

ideas tan estrechamente unidas, que allá en el fondo de nuestra

inteligencia las juzgamos una misma, y al encontrarlas separadas en la

práctica, nunca dejamos de experimentar sorpresa.

--Pues ya debíamos ir acostumbrándonos--repuse yo de mal humor.

--Jamás, jamás nos acostumbraremos. El hombre busca la alegría como la

razón de su existencia, y cuando tropieza con obstáculos que se la

arrebatan piensa que estos obstáculos no debieran existir, que su

verdadera existencia queda vulnerada, que se ha introducido un desorden

en el plan de la creación.

--Pero esos obstáculos existen siempre, y existen en abundancia. ¿Cuál

es la razón de su existencia?

--Henos aquí llegados de un salto al núcleo de la cuestión: el origen

del mal. Hay sabios antiguos y modernos que niegan su existencia. Dicen

que, no siendo el mal otra cosa que la negación del bien, no tiene

realidad, puesto que es una idea negativa.

--Con la misma razón podemos afirmar que el bien no tiene realidad,

puesto que consiste en la negación del mal.

--Así es; el moderno apóstol del pesimismo, Arturo Schopenhauer, así lo

sostiene. La afirmación de aquellos sabios es tan sofística como pueril.

No basta negarse a ver una cosa para borrar su existencia. Los antiguos

y modernos optimistas se parecen a esos animales que, al ver al cazador,

cierran los ojos y se creen ya lejos de él. El mal es una realidad. El

juicio de los hombres sobre la vida es triste, y ha arrancado de la lira

de los poetas sones bien desesperados. «Después de la felicidad suprema

de no haber nacido, la suerte mejor del que ha venido al mundo sería

morir en el instante mismo», afirmaba la antigua sabiduría; y la moderna

repite idénticas palabras. Pero hay una corriente filosófica que se

niega a repetirlas, y pretende demostrar que el mal es necesario. Si es

necesario de una necesidad absoluta, si hace parte de la naturaleza

misma de las cosas, debe existir; si debe existir, es bueno... ¡Ah!

«¡Desgraciados los que llaman al mal bien, y al bien, mal!», exclamaba

el profeta Isaías. ¡No; el mal es mal, el mal es una realidad; pero el

mal no es necesario! El mundo no sería menos perfecto sin la existencia

del mal, como afirma Plotino, sino mucho más perfecto; el mal no es una

parte del bien, un elemento del mundo primitiva y eternamente necesario,

como sostiene Hegel. Yo imagino que el mundo sería mucho mejor si a los

hombres no se les arrancase el corazón para ofrecerlo palpitante en el

altar de un ídolo de piedra; si no se les cortase la lengua y se les

introdujese plomo derretido en la boca para que no contraríen nuestras

opiniones; si no se martirizase a los niños porque no pueden defenderse.

--¿Por qué, por qué todo eso, querido Jiménez?--exclamé

impetuosamente--. ¿Por qué esos saqueos incesantes en la Historia, por

qué esos niños degollados, por qué esas vírgenes violadas, por qué esos

sabios torturados, por qué ese látigo vibrando siglos y siglos sobre las

espaldas de seres inocentes?

--¿Por qué?, ¿por qué?--repitió Jiménez con voz ronca--. He aquí el

problema de los problemas, el problema pavoroso junto al cual todos

pierden importancia...

Guardó silencio unos momentos. Nuestros pasos sonaban a compás sobre la

tierra dura del sendero. Las sombras invadían lentamente la campiña. Al

fin comenzó a hablar en voz baja:

--Hubo un hombre entre los modernos, el más grande y el más sabio de

todos ellos, que se llamó Leibnitz. Este atleta del pensamiento hizo

esfuerzos vigorosos, desesperados, por abrir paso a la luz entre las

tinieblas que envuelven este problema... O Dios no ha sabido impedir el

mal, o no ha podido, o no ha querido. Entonces, no es Providencia. O ha

sabido, ha podido y ha querido. Entonces, ¿cómo explicar la existencia

del mal? La respuesta de Leibnitz es que el origen del mal debe buscarse

en la naturaleza ideal de la criatura, en tanto que esta naturaleza se

halla encerrada en las verdades eternas que existen en el entendimiento

de Dios, independiente de su voluntad.

--¡Respuesta bien obscura!

--Sí, bien obscura. Leibnitz ha querido decir que el origen del mal es

metafísico, y que depende de la imperfección de la criatura. Por tanto,

es de absoluta necesidad. Volvemos al mismo dilema. Si es de absoluta

necesidad, no es mal, sino bien... Pero ¿es cierto que el mal no es otra

cosa que imperfección? ¿Es cierto que quien dice ser imperfecto, dice

ser desgraciado? Habría que probarlo. Nuestra Tierra no es desgraciada

por no ser tan grande como Júpiter, sino por otras causas diversas;

Júpiter no es desgraciado por no ser tan grande como el Sol; el Sol no

es desgraciado por no ser tan grande como Sirio. Esto sería confundir la

idea de bien y mal con la de más y menos. Cada ser, en su sitio

jerárquico, tiene un destino que cumplir; es feliz si este destino se

cumple sin obstáculos, y desgraciado si no logra cumplirlo. Si para ser

felices necesitáramos ser perfectos, entonces, sólo llegando a ser Dios

seríamos felices... Yo soy una criatura bien limitada, bien imperfecta,

y, sin embargo, hubo un tiempo en que no envidiaba, no diré al Ser

infinito, pero ni aun a cualquier otra criatura colocada más alta que

yo. En mi pobre hogar caminaba con el corazón satisfecho, libre de todo

deseo: me bastaba mi pequeña cocina, mi pequeño comedor, mi pequeña mesa

cubierta con tosco mantel de algodón. Fuera, los días se sucedían, unos,

serenos, bañados de sol, otros, obscuros, aborrascados; soplaba unas

veces el dulce céfiro primaveral, otras estremecía mis cristales el

furioso vendaval; chocaban contra ellos la nieve, la lluvia, las ramas

embalsamadas de las acacias, las alas negras de las golondrinas. Todo me

era igual, todo contribuía a mi dicha. Yo no soñaba entonces con que

necesitaba ser perfecto para ser feliz, yo no sentía el ansia de lo

infinito, sino la de seguir caminando en aquel pobrecito hogar,

arreglado por la mano más dulce que ha creado Dios...

La voz de Jiménez tembló al proferir estas palabras. Se detuvo un

instante, y, haciendo un esfuerzo para dominar su emoción, prosiguió:

--El argumento de Leibnitz es un sofisma. Llamar a la imperfección _mal

metafísico_ para deducir de ella los dolores de este mundo, es un abuso

de la razón. El mismo, arrepentido, dice que este mal metafísico no

puede ser llamado exactamente mal, sino un _menor bien_. Ya lo sabes;

los martirios que ha sufrido esa pobre niña no son un mal, sino un menor

bien... Si Leibnitz no me convence, menos me persuaden aquellos

espiritualistas refinados que ven en nuestro cuerpo el origen del mal.

¡Pobre cuerpo! Él, en sí mismo, no es malo ni bueno, sino la condición

necesaria para que la vida se produzca. ¿No concibes un cuerpo que,

lejos de estorbar tu felicidad, contribuya poderosamente a ella? Yo, no

sólo lo concibo, sino que he visto en mí mismo realizado ese fenómeno.

Cuando allá en mi juventud al primer rayo de sol saltaba del lecho y

corría al castañar que circundaba mi casa, embalsamado por el olor del

heno fresco y alegrado por el canto de los mirlos, o bajaba a la ribera

y, empuñando los remos, me lanzaba con mi lancha en medio de la mar,

azul y tranquila como un lago, una felicidad inexplicable inundaba mi

corazón. La frescura del cielo, los rumores del aire, la transparencia

del agua, los peces que dentro de ella se deslizan silenciosos, todo me

atraía, todo me agitaba con una dulce embriaguez. La hermosa Naturaleza

parecía soportarme con amor en su seno; yo me dejaba balancear por ella

contemplando los picos azulados de las montañas, que convidan a soñar.

¡No, no! Entonces no necesitaba despojarme de mi cuerpo para ser

dichoso. Lo único que podemos decir con verdad es que en muchos casos el

cuerpo estorba al espíritu, que la relación entre ambos está viciada por

la enfermedad o la flaqueza; pero, no sólo concebimos que esto puede no

ser así, sino que no debe ser así. El mal no es esencial al cuerpo.

Podemos suponerlo siempre en estado normal, o compuesto de una materia

flúida e incorruptible como el oxígeno.

Jiménez hizo una pausa, detuvo el paso y, cruzando los brazos sobre el

pecho, profirió mirando a lo lejos:

--Eliminemos, pues, el cuerpo. ¿Cuál es la causa del mal?

--Acaso sea el gobierno--dije yo.

--No te figures que es la pobre gente del campo quien solamente piensa

así--repuso Jiménez riendo--: ésa es, poco más o menos, la tesis de

Rousseau. El hombre, fuera de la sociedad, es bueno; la sociedad le

corrompe, las instituciones le hacen desgraciado. De aquí los esfuerzos

de Fourier, de Saint-Simon y otros para hacerle feliz por medio de

instituciones adecuadas que vienen a ser los _falansterios_ en una u

otra forma. Todo eso está bien desacreditado. No cabe duda que las

instituciones pueden favorecer el desarrollo del bien o del mal entre

los hombres, que hay instituciones injustas, como la esclavitud o la

guerra, que desenvuelven los sentimientos de tiranía y de odio. Pero

¿son las instituciones la raíz de estos sentimientos? Para que se

desarrollen, ¿no es necesario que su germen haya existido en el corazón

del hombre? ¿Cuál es la razón de la existencia de ese germen? El

problema permanece en pie.

--¿Y si no hubiera razón alguna?--pregunté yo.

--¿Qué quieres decir?

--¿Si el mal llevara en sí mismo la razón de su existencia? ¿Si el mal

fuese lo positivo, lo esencial en la vida, y lo que llamamos bien, un

accidente, una tregua, una negación momentánea de la irremediable

desgracia? Esta doctrina es tan antigua como el mundo; ha contado y

cuenta aún entre los humanos mayor número de prosélitos que ninguna

otra; es la que, transportada del Asia por Schopenhauer, domina todavía

en la Europa culta. «He aquí la verdad santa sobre el dolor--decía el

Budha en el célebre sermón de Benarés--: el nacimiento es dolor, la

vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor, la unión con

lo que no se ama es dolor, la separación con lo que se ama es dolor.

¡Ah, desgraciada juventud, que la vejez debe destruir! ¡Ah, desgraciada

salud, que tantas enfermedades amenazan! ¡Ah, desgraciada vida, donde el

hombre permanece tan pocos días!»

--Fácil es el recuento de los dolores de este mundo, y negarse a verlos

es gran demencia. Desde que se abren nuestros ojos a la luz hasta que se

cierran para siempre, la adversidad nos espía, nos persigue... Pero si

el mal es absoluto en la existencia, ¿cómo explicar el bien? ¿Dónde se

encuentra el manantial de nuestras inefables alegrías? Prometeo,

encadenado a la roca, escuchaba un suave rumor de alas, sentía un

perfume indefinible que llegaba hasta él. Era el coro de las ninfas

Oceánidas que, sobre un carro alado, al través de la bruma helada

exhalada por la nieve, llegan para sentarse a sus pies, le calman, y le

consuelan, y le infunden esperanza. Nosotros también, encadenadas a

nuestra roca, sentimos alguna vez ese batir de alas mágicas, percibimos

ese suave perfume embriagador; nosotros también tenemos nuestras

Oceánidas consoladoras, seres dulces, adorables, que no temen pincharse

al arrancar las espinas de nuestra vida, almas celestiales que nos hacen

vivir por momentos en un paraíso. Las ninfas consoladoras de Prometeo

venían del Océano. Pero las nuestras ¿de dónde vienen? Yo no puedo

resignarme a pensar que tu buen padre, modelo de hombres justos, o mi

adorada esposa, hayan sido puras y abstractas negaciones de algo

fundamental y positivo... Y si el mal fuese la verdad, y el bien la

mentira, ¿por qué habíamos de hacer sacrificios a éste, y no a aquél?

Satanás sería la única realidad para el creyente, y a él irían sus

oraciones; Dios, sólo una efímera y vergonzante negación de su majestad

infernal.

--Sin embargo, Jiménez, la doctrina pesimista se impone al espíritu de

un modo avasallador. ¡Ofrece tantas pruebas en el curso de la vida! Por

otra parte, su máximo filósofo en Europa es un escritor de genio que

posee un vigor y una flexibilidad maravillosos. Tomo sus libros en las

manos, e inmediatamente me siento fascinado, me envuelve, me sujeta en

los férreos lazos de sus razonamientos impecables, me alegra con sus

punzantes epigramas, me deslumbra y me arrastra con los arranques

briosos de su estilo. Y, al cabo, soltando el libro, me digo siempre:

¡Todo esto es verdad!, ¡es verdad!

--No te avergüence lo que te ocurre con ese gran filósofo y estilista. A

mí me ha pasado lo mismo con él y con otros varios. Todas las obras

maestras de la filosofía me han convencido. Yo he sido alternativamente

idealista y materialista, epicureísta y estoico, optimista y pesimista,

discípulo de Platón y de Aristóteles, adepto de Spinosa y de Kant, y de

Hegel y Schopenhauer, y de Spencer. Todos los grandes espíritus de la

Humanidad me han dominado, al menos mientras he estado en comercio con

ellos. No sin amarga tristeza me di cuenta, al cabo, de este fenómeno. Y

aunque no soy modelo de humildad, reconocí humildemente que no poseía

dotes de pensador. Me faltaba originalidad; no tenía fuerza para oponer

mi pensamiento al del escritor que estudiaba, era incapaz de convencerme

de una vez y para siempre. Finalmente, diputábame en mi interior por un

ser inconsistente y sugestionable, como suelen serlo las mujeres, por

una naturaleza realmente femenina... No te sorprenderá que este adjetivo

me escociese en el alma de un modo insufrible. Así que, no por amor a la

ciencia precisamente, sino para sacudirlo de mi imaginación, me puse a

estudiar el asunto. La clave para salir de tal incertidumbre me la dió

el mismo Schopenhauer, ese filósofo a quien admiro casi tanto como tú.

El arte de persuadir, según él, reposa en la desnaturalización de las

relaciones que existen entre los conceptos. El artificio a que se

recurre de ordinario es el siguiente: cuando la esfera del concepto que

se medita no se halla comprendida más que _parcialmente_ en otra

distinta, se la da por contenida _totalmente_ en una u otra, según el

interés de aquel que habla. De aquí se desprende que el error en un

sistema o en una demostración cualquiera no se halla en las premisas,

sino en las deducciones. Sea con premeditación, o de un modo

inconsciente, el orador o escritor que aspira a convencernos se

transforma casi siempre en un escamoteador. Y el escamoteo de las ideas,

lo mismo que el de las pesetas, consiste siempre en hacer ver que se

hallan en sitio distinto de donde están realmente. Cuando el

escamoteador es hábil, esto resulta a maravilla. Schopenhauer ofrece un

ejemplo muy sugestivo en aquel cuadro esquemático que tú recordarás,

donde el concepto de _viajar_ resulta, por medio de una serie de

deducciones, malo y bueno al mismo tiempo. Confieso que este cuadro,

donde se observa gráficamente de qué modo las esferas de los conceptos,

penetrando las unas en las otras, aunque sin contenerse totalmente, nos

consienten pasar de una noción a otra, y al cabo deducir conclusiones

por completo diversas, me impresionó profundamente. Desde entonces, en

cuanto tomo un libro entre las manos y me pongo en relación con un

pensador cualquiera, me coloco en la actitud recelosa del paleto cazurro

que asiste a un espectáculo de prestidigitación. ¿Por dónde le

descubriré yo a este señor la trampa? Y no dejo jamás de aplicarle el

famoso cuadrito de Schopenhauer. Con lo cual he llegado a convencerme de

que todos los filósofos tienen razón, y ninguno la tiene... Pero he aquí

que se me antojó dar al maestro cuchillada. Un día le apliqué al propio

Schopenhauer su cuadrito, y resultó que él también había usado de igual

escamoteo para deducir su pesimismo. Con otro cuadro semejante al suyo

he podido comprobar que la vida puede ser considerada como buena y como

mala al mismo tiempo.

--¿De suerte que has llegado al escepticismo? ¿Te encuentras en la

cómoda situación del buen Montaigne?

--Todo lo contrario: yo pienso que en el fondo de todo sistema

metafísico se oculta una gran verdad... pero una gran verdad exagerada.

«Todo hombre en posesión del poder--decía Montesquieu--, tiende a abusar

de este poder.» Pues yo digo: todo hombre en posesión de una verdad,

tiende a abusar de esta verdad. Es una pendiente fatal por la cual nos

deslizamos sin sentirlo. No busques otro origen al error. Debajo de

cada uno de ellos, hasta de los más monstruosos, vive una pobre verdad a

medio asfixiar. Y, ¡cosa singular!, es el poder mismo del genio quien la

tiene sofocada. Los hombres de genio en este mundo son aquellos que ven

con extraña y maravillosa intensidad una parte de la verdad. Gracias a

esta visión original, logran dar un paso en el mundo de las ideas y

plantar un jalón en el camino de la ciencia; pero, ¡ay!, el fulgor de

esta verdad parcial les oculta no pocas veces las demás verdades que

cerca de ella viven. Por eso, aunque te parezca mi aserción extraña, no

tengo por seguros guías para la orientación de nuestras ideas a los

grandes pensadores, sino más bien aquellos otros dotados de fino

espíritu crítico y recto sentido...

--¿A los que tienen una linterna más chica?

--Eso es; a los que recorren el campo de la verdad sin estar ofuscados

por ninguna. El pesimismo es una gran verdad, y pienso que, después de

Sakyamuni, nadie la ha visto con más sorprendente intensidad que Arturo

Schopenhauer... pero es sólo _una_ verdad, no es _toda_ la verdad. El

pesimismo se halla en terreno firme dentro de la crítica. En efecto, en

nuestro mundo pululan muchos males, muchos, muchos; mas al llegar a la

explicación, no sabe decir sino _Atman_, con el asceta Gotama, o

_Voluntad_, con Schopenhauer. Y ¿qué es el Atman?, ¿qué es la Voluntad?

--Schopenhauer responde que la Voluntad, no estando sometida al

principio de razón, no puede ser conocida. Lo mismo sucede con cualquier

fuerza elemental, con la electricidad, con la gravedad, de las cuales no

podemos preguntar la causa.

Papeles del doctor Angélico · 第 5 / 23 段