padre de Pepita Montes consintió al fin en la boda. Se celebró con
pompa, y la esplendidez del novio concluyó de captarle la benevolencia
pública.
El comercio marchó viento en popa. En poco tiempo Curro se hizo un
chalán de importancia, porque era inteligente y activo; pero saciada su
pasión bestial, fué con la hermosa Pepita lo que era en realidad, un
perfecto infame. Sin motivo alguno, comenzó a maltratarla cruelmente de
palabra y de obra.
La pobre niña soportó aquel cambio más sorprendida que indignada. Como
estaba perdidamente enamorada de él, los cortos momentos de buen humor y
de expansión conyugal la indemnizaban de sus amarguras.
Pero estos momentos fueron cada día más cortos, y la vida de Pepita se
hizo al cabo insoportable. En uno de ellos pasó lo que sigue:
Curro había hecho una magnífica venta de un jaco. Había engañado como a
un chino a un inglés. Estaba de alegrísimo temple, aunque el día fuese
de los más tristes que pueden verse en la Andalucía, encapotado y
lluvioso como si estuviésemos en Santiago de Galicia. Había hecho traer
dos botellas de manzanilla, y habían almorzado, y habían retozado y
charlado por los codos. Curro encendió un tabaco y vino a apoyarse en el
alféizar de la ventana. Pepita, enternecida y mimosa, vino a apoyarse
junto a él. Ambos, con los ojos brillantes y el rostro inflamado,
miraban caer la lluvia pausadamente. Del techo de la casa corrían
fuertes goteras, que formaban ampollitas en el pavimento de la calle.
Curro dejó escapar resoplando una risita burlona.
--¿De qué te ríes?--le preguntó su mujer.
--De nada--respondió con el mismo semblante risueño.
--Sí, sí, guasón; te estás riendo de mí.
Y al mismo tiempo le dió con mimo un pellizquito cariñoso.
--Escucha, Pepa--siguió él, riendo--. ¿Te parece que las burbujitas del
agua pueden ser testigos en algún asunto?
--¡Qué ocurrencia!
--Pues el señor Francisco Calderón lo creía.
--¡El señor Francisco! ¿Qué tiene que ver aquí el señor Francisco?
--Sí; antes de rematarlo de un tiro me dijo que las burbujitas del agua
serían los testigos que me acusaran.
--Pero ¿has sido tú?...
--Debiste de haberlo presumido, hija. ¿Piensas que las monedas que están
en el bolsillo de un hombre pasan al bolsillo de otro por sí mismas,
como en las funciones de escamoteo?
Y, acometido de súbito e irresistible deseo de confesión, narró a su
esposa el crimen con todos sus detalles.
La mujer estaba horrorizada; pero supo disimular su turbación. Por un
lado el miedo, por otro la pasión frenética que aquel hombre todavía le
inspiraba, lograron acallar los gritos de su conciencia. Curro describía
la escena de su horrible crimen con la misma tranquilidad que si
refiriese los incidentes de una cacería.
Transcurrieron los días, y Pepita hacía enormes esfuerzos por olvidar
aquel terrible secreto, que semejaba para ella una pesadilla. Era
imposible. Curro, por su parte, pesaroso de haberlo dejado escapar, la
miraba receloso y sombrío. Un abismo parecía abierto entre los dos.
La cortísima afición que por ella conservaba se había huído con el
temor. Llegó a aborrecerla cordialmente. Sin embargo, se abstuvo desde
entonces de maltratarla.
Una noche, estando en la cama, sacó la navaja que tenía debajo de la
almohada, le puso la punta en el cuello, y le dijo:
--Si se te escapa una palabra de _aquello_, puedes estar segura de que
te siego el cuello como a una gallina.
Pepita no pensaba en semejante cosa.
Pero el odio hizo al cabo su tarea. Cierto día, por un pormenor
insignificante de la comida, Curro se arrojó sobre su esposa, la apaleó
bárbaramente, y tal vez hubiera acabado con su vida (lo que en el fondo
de su alma sin duda deseaba), si la desgraciada no hubiera logrado
escapar de sus manos, lanzándose a la calle y refugiándose en casa de su
cuñado.
Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:
--¡Pero ese bandido quería matarte!
--¡Sí; quería matarme, como al señor Francisco Calderón!
--¡Ah! ¿Le ha matado él?
--Sí, sí; le ha matado...
Y narró puntualmente la escena, tal como se la había descrito. Después
quiso volverse atrás; pero ya no era tiempo. Su cuñado, que aborrecía
de muerte a Curro, la dejó encerrada en su habitación y se fué desde
allí a ver al juez.
Se le encarceló de nuevo.
El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en
certidumbre, trabajó el asunto con tanto celo y energía, que al fin le
obligó a cantar de plano.
Algunos meses después subía al patíbulo en la plaza de Sevilla. Cuando
se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:
--¡Las burbujas! ¡Las burbujas!
Los que le rodeaban creían que el terror le hacía desvariar.
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EL MINUTO FATAL
Hay horas para mí negras, amargas como la del huerto de Gethsemaní. Al
contemplar la lucha incesante y cruel de todos los seres vivos, al
tropezar dondequiera con la hostilidad y el egoísmo, me siento
desfallecer como el Hijo del Hombre. Entonces, en este minuto aciago de
desaliento y de duda, cuando miro caer pieza por pieza y derrumbarse ese
mundo que la fe en Dios y el amor entre los hombres había levantado en
mi conciencia, no me bastan los filósofos, no me bastan los poetas. Las
palabras, por hermosas y concertadas que sean, no penetran en mi
corazón. Quiero oír el acento de Dios, quiero ver su mano poderosa. Y me
refugio en los conciertos de Weber o en las sinfonías de Beethoven, o
bien corro al Museo y me coloco delante de los cuadros de Rafael y de
Tiziano. Si esto no puedo, saco del armario un precioso grabado que allí
guardo y representa un naufragio. Un buque de alto bordo, repleto de
pasajeros, se va a pique por momentos. Los tripulantes, locos de terror,
se encaraman por la borda sobre el aparejo y tratan de apoderarse todos
al mismo tiempo de un bote salvavidas. Los más fuertes consiguen tocarlo
ya con sus manos. Pero en aquel momento vacilan y vuelven la cabeza
hacia un grupo de mujeres y niños que elevan hacia ellos sus débiles
brazos suplicantes. Debajo de este admirable grabado hay estampadas en
inglés las siguientes palabras:
«¡NIÑOS Y MUJERES, DELANTE!»
Es el grito generoso que se alza en aquel momento por encima de las olas
y los vientos embravecidos. Es la voz que se escucha sobre esta pérfida
y brutal Naturaleza, que nos tritura sin piedad, prometiéndonos la
inmortalidad. Es nuestra carta de nobleza, rubricada por la mano de
Dios.... Contra ella no hay Epicuros y Lucrecios que valgan. Este grito
penetra en el fondo de mis entrañas como una revelación. Mi inteligencia
se ilumina. Las piezas de aquel mundo derrumbado vuelven a juntarse. Mis
ojos se llenan de lágrimas. Me siento repentinamente tranquilo, y,
enjugando mi sudor de agonía, prosigo sereno el camino que el Cielo me
ha trazado en este mundo.
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INTELIGENCIA Y AMOR
Si mi amigo Aldama no me hubiese animado con empeño, y al cabo no se
hubiese brindado a acompañarme, nunca me atrevería a visitar al poeta
Rojas, estoy seguro de ello. Envidio la osadía de esos mancebos que,
apenas llegados a Madrid, llaman a la puerta de un grande hombre, le
interrumpen cuando está tomando su chocolate, le dan la mano con toda
franqueza y le asan con preguntas impertinentes. No era yo de ésos, no,
aunque ardía en deseos de conocer a algunos.
En Madrid existían entonces, como ahora, muchos grandes hombres, pero yo
no sentía curiosidad de conocerlos a todos, sino a tres o cuatro
solamente. Y entre éstos, el poeta Rojas era el que más me fascinaba.
Sus leyendas incomparables, sus versos fragantes y armoniosos me habían
enloquecido. Sabía muchos de ellos de memoria, y me placía recitarlos a
la cocinera cuando mi madre, aburrida, se marchaba a la cama... Es más,
en las horas de estudio, cuando mi padre me veía absorto delante del
libro de texto, yo estaba muy lejos con el pensamiento del libro de
texto, porque componía versos imitando los de Rojas, y los apuntaba con
lápiz en un papel que tenía para el caso oculto entre sus hojas.
Por eso cuando mi amigo Aldama tiró de la campanilla con la misma
negligencia que si tirase de la de su casa, yo pensé desfallecer de
emoción.
Salió a abrirnos una criada vieja que saludó a mi amigo como a antiguo
conocido y nos pasó sin ceremonia al despacho del gran hombre. Era una
pieza pequeña, triste, amueblada con refinada vulgaridad.
Paseé atónito la mirada por ella, y creí encontrarme en el escritorio de
algún honrado almacenista de la calle de Toledo.
Pero salió Rojas del gabinete contiguo, y aquel pensamiento tétrico se
desvaneció. No que apareciese vestido con gregüescos acuchillados,
valona y sombrero de plumas; todo lo contrario. Vestía el poeta un
chaquetón de color indefinible, gorra de paño y zapatillas suizas. Pero
estos prosaicos atavíos quedaban ennoblecidos y sublimados por aquella
cabeza de bardo medioeval que la naturaleza, secundada por el arte,
habían asignado al poeta Rojas.
Nos acogió con exagerada alegría, abrazó a mi amigo Aldama
estrechamente, y le dedicó una porción de piropos a propósito de sus
últimos artículos en _El Imparcial_, de sus versos, de su elegante gabán
y de su vistosa corbata. Porque el poeta Rojas había nacido para
esparcir piropos por doquier, y cuando no podía echárselos a una náyade
o a una ondina, se los echaba al primero que llamaba a su puerta.
Yo me sentía cohibido a pesar de todo, porque pensaba en las octavas
reales y en los romances inimitables que aquel hombre del chaquetón y de
la gorra había hecho. Poco a poco, sin embargo, los fuí olvidando, entré
en confianza y perdí el miedo, de tal manera, que a la media hora de
estar allí, sólo faltaba que le llamase Luisillo y le posase la mano
sobre el hombro.
Pero él se encargó de recordármelos y anonadarme y volverme a la tímida
admiración de mi adolescencia. Instado por Aldama, comenzó a recitarnos
la leyenda de _El encapuchado_ con una maestría en la dicción, con tal
voz insinuante y armoniosa, que no podré olvidarlo mientras viva.
Aún no se hallaba a la mitad de la leyenda cuando hizo irrupción en la
estancia una señora con los cabellos grises, más bien gruesa que
delgada, más bien baja que alta, que debió ser hermosa en su tiempo. Nos
hizo un saludo afectuoso inclinando la cabeza, y, pidiéndonos perdón al
mismo tiempo, se encaró con el poeta, diciéndole:
--La Juanita se acaba de ir. Ha venido a decirme que aquella cocinera de
que me ha hablado ya está colocada.
--Y ¿qué le vamos a hacer, hija?
--Es una verdadera contrariedad, porque, al parecer, era lo que nos
convenía. Yo lo siento por ti.
--Pues no lo sientas; ya nos arreglaremos sin ella--repuso alegremente
Rojas.
Y de nuevo cogió el hilo de su leyenda, y la terminó felizmente.
Su esposa, que le había escuchado más distraída que interesada, se
despidió de nosotros cortésmente.
Entonces yo me atreví a suplicarle que nos recitara su famosa
composición titulada _La barca a pique_. Lo mismo que él, me la sabía yo
de memoria, pero quería tener el gusto y el honor de oirla de labios del
mismo poeta que la había forjado. Cedió a ello amablemente. El que no
haya oído recitar a Rojas _La barca a pique_, no sabe lo que es poesía
ni música. Antes de terminarla, de nuevo entró en la estancia su esposa,
esta vez sofocada, roja de emoción, casi saltándosele las lágrimas.
--Perdonen ustedes, señores, que les interrumpa... ¿Sabes lo que acaba
de hacer la Mariana, Luis?... Pues ha roto una taza del juego de Sèvres
que estaba sobre el aparador. Le había prohibido que tocase a esa
porcelana, porque conozco sus manos; pero como es más testaruda que una
mula, bastó que se lo prohibiese para que se empeñara en limpiarla.
--Vaya, no te sofoques, hija mía... ¿Qué se va a hacer?... No vale esa
taza el disgusto que tú te tomas--respondió dulcemente Rojas.
Aldama y yo cambiamos una mirada de sorpresa y de burla. Rojas
sorprendió esta mirada y, cuando su mujer hubo salido, nos dijo
sonriendo:
--¡Qué mujer tan vulgar!, ¿verdad? Parece mentira que el poeta Rojas
esté casado con ella.
--¡Don Luis!...--exclamó Aldama.
--No me lo nieguen ustedes: eso se estaban diciendo a sí mismos en este
momento, y se lo comunicarían uno a otro en cuanto bajaran la
escalera... No me sorprende. Pero es el caso que donde ustedes observan
vulgaridad, yo veo encantadora inocencia; donde ustedes encuentran
rudeza, yo encuentro graciosa espontaneidad; donde ustedes ven prosa, yo
veo poesía... ¿Saben ustedes por qué? Pues por una razón muy sencilla,
por la única que existe en el mundo para explicar todas las cosas
buenas: porque la amo. Y como la amo, la comprendo. Adoro su increíble
candidez, su ternura, sus cóleras infantiles, sus caprichos, hasta su
indiferencia por el arte. Tal como era a los veinte años, lo es ahora
que tiene sesenta. Como la amo, he penetrado su esencia angelical, y
vivo unido a ella en perpetua y beata adoración. Para comprender
cualquier cosa en este mundo, amigos míos, es necesario amarla. Sin
amor, no hay comprensión, no hay inteligencia. Vosotros tenéis madres,
que para vuestros amigos acaso aparecerán como seres vulgares; pero
vosotros sabéis bien que no lo son. Y cuando vais de paseo con vuestro
padre, que no ha escrito libros, ni dramas, ni poesías, ni siente la
pasión del estudio como vosotros, camináis a su lado con más alegría que
si fueseis con un sabio o con un poeta eminente, acogéis sus palabras
con respeto, aprobáis sus observaciones, reís con sus chistes...
¿Quiénes son los equivocados, los que juzgan a nuestros padres y a
nuestras esposas como seres insignificantes, limitados, indignos de
parar la atención en ellos, o nosotros, que los veneramos y admiramos?
Indudablemente, ellos. La esencia divina, la bondad y la belleza
inmortales se hallan esparcidas por todos los seres humanos, y aquel se
acerca más a Dios y participa de su inteligencia soberana, quien se une
a sus criaturas con más amor... Nadie puede ahondar en una ciencia sin
amarla; nadie puede descollar en las bellas artes sin ser su apasionado.
Para ser devoto, es necesario amar la religión. Cuando yo leía el
_Camino de perfección_ de Santa Teresa, recuerdo que me pareció pueril
aquel encargo que hace de no hablar ni oir hablar con desprecio de
ninguna cosa que se refiera a la religión. Más tarde comprendí que
estaba en lo cierto. No es posible ver el lado obscuro de una cosa y
ligarse a ella de corazón. Cuando una mujer empieza a encontrar defectos
a su marido, es que ya no le ama. Y, en realidad, ¿tenemos defectos los
seres humanos?, me he preguntado muchas veces. ¿Es posible que las
criaturas salgan malas de las manos de su Creador? El defecto, como la
misma palabra indica, no es algo substancial, sino negativo; es un _no
ser_. Nuestro verdadero ser, lo que hay de substancial en nosotros, es
siempre bueno. Por eso, repito, el que ama a otro, es quien sabe lo que
este otro es, quien penetra su esencia. O lo que es igual, el amor no
quita el juicio como el vulgo supone, sino que lo da... Pero, sin darme
cuenta de ello--añadió riendo y cambiando de tono--, les estoy espetando
un sermoncito. ¡Menos mal que no es de pasión, sino de resurrección!...
Vamos otra vez a _La barca a pique_.
Y don Luis de Rojas terminó de recitar su hermosa poesía. Pero yo le
escuché distraído.
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BIENAVENTURANZA
En la plaza de la villa se celebraba el mercado semanal los lunes. Allí
se congregaban las campesinas de los contornos con sus cestas repletas
de huevos y frutas y manteca. Gritaban las aldeanas ofreciendo sus
mercancías, gritaban más alto aún las obreras y domésticas de la villa
ofreciendo por ellas precios irrisorios, piaban las gallinas, gruñían
los cerdos, mugían los terneros, relinchaban los potros. Todos estos
ruidos envueltos llegaban hasta mí como un sordo rumor que me producía
somnolencia.
Los lunes por la tarde no teníamos escuela a causa del mercado. El
Municipio dejaba generosamente al maestro todo este tiempo para
proveerse de comestibles. No necesitaba tanto.
En casa no querían que saliese a la calle, por miedo a los coches, a los
borrachos, a las brujas, etc. Tampoco querían retenerme dentro de ella,
porque molestaba con mis juegos ruidosos. Adoptábase un justo medio; me
enviaban al _almacén_.
Era éste una vasta pieza vacía y polvorienta, con ventana abierta al
soportal, pues la calle era de arcos, como otras muchas de la villa en
que habitábamos. Prohibición absoluta de saltar por esta ventana al
soportal. Llevaba, pues, mi pelota, mi peonza, mi escopeta de muelles, y
me entretenía lo mejor posible en aquellas largas horas vespertinas. De
vez en cuando me acercaba a la ventana, apoyaba los codos en el
alféizar, y miraba cruzar a los transeuntes.
El único que me interesaba entre ellos era Nabor, mi amigo Nabor, un
niño rechoncho y mofletudo que pasaba tristemente hacia su clase de
latín con los libros bajo el brazo. Sólo tenía un año más que yo, y
había asistido conmigo a la escuela hasta hacía poco tiempo; pero,
debiendo partir en breve al Colegio de Artillería, sus padres le habían
sacado de ella para que aprendiese latín, convencidos tal vez de que sin
entender a Virgilio no dispararía jamás bien un cañón.
La cátedra de latín funcionaba los lunes por la tarde. Nabor recordaba
con pesar su tiempo de escuela a causa de esta circunstancia. Por eso,
al cruzar cabizbajo por delante de mi ventana, me miraba enternecido y
me decía con acento patético: «¡Adiós, Angelito!»--«¡Adiós, Nabor!»,
respondía yo lleno de compasión.
Pero alguna vez se detenía, cambiábamos algunas palabras, y yo le
sugería diabólicamente la tentación de abandonar la cátedra y quedarse
allí conmigo. El mofletudo Nabor vacilaba presa de horrible
incertidumbre, acometido de negros presentimientos. Tenía miedo de que
le viesen el tío Agapito, o el tío Esteban, o el tío Hermene, o el tío
Borja, etc. Porque poseía una ristra interminable de tíos paternos y
maternos, todos los cuales indefectiblemente habían de pasar por allí,
en su opinión. Por último, me decía:
--Si cierras la ventana, me quedo contigo.
Sin oponer ningún inconveniente, yo cerraba la ventana, y quedábamos en
completas tinieblas. Nos sentábamos en el suelo, y entre los dos
poníamos una lata vacía de petróleo, sobre la cual tocábamos con sendos
palitroques marchas guerreras. Yo las cantaba al mismo tiempo; pero él
se guardaba bien de hacerlo. ¿Quién sabe si el tío Agapito, el tío
Esteban, el tío Hermene, el tío Borja, etc., estarían allá fuera con el
oído pegado a la cerradura?
Cuando nos fatigábamos de tocar el tambor, nos entregábamos a las más
dulces confidencias. Nabor me contaba su triunfo sobre Pepón, el hijo
del carnicero, a quien había logrado hinchar las narices, metiéndole
adecuadamente para ello la cabeza debajo del brazo izquierdo, y
ejecutando tan delicada operación con la mano derecha. Yo le describía
las tres batallas descomunales que había sostenido contra Manolín, el
hijo del chocolatero, de las cuales había ganado las dos primeras y
perdido la última, porque, traidoramente, me había echado la zancadilla.
O bien, explorando con nuestra imaginación lo por venir, nos veíamos ya
tenientes del Ejército, luego capitanes, luego coroneles y generales.
Nabor sería artillero, pero yo estaba resuelto a pertenecer al arma de
Caballería.
--Escucha, Nabor--le decía, metiéndole la boca por el oído--; cuando tú
seas capitán y mandes una batería, yo mandaré también un escuadrón. Si
te encuentras en algún apuro, si los moros se echan sobre ti (para
nosotros no existían más enemigos que los moros) y quieren arrancarte
los cañones, gritarás: «¡Aquí, Angelito! ¡Nabor te necesita!» Entonces
cargaré como un rayo sobre ellos con mis jinetes, y, ¡zis, zas!, por
aquí, ¡zis, zas!, por allá, cortaremos cabezas con nuestros sables hasta
que tú puedas revolverte y poner en salvo los cañones.
Nabor, conmovido por esta prueba de amistad y de valor, me abrazaba con
efusión y me anunciaba proféticamente que por aquella hazaña me darían,
sin duda alguna, la cruz laureada de San Fernando. Yo, a mi vez, estaba
persuadido de que a él no podían dejarle sin la cruz roja del Mérito
Militar.
Una vez condecorados, nos poníamos a engullir el pan y las ciruelas
pasas que me habían dado para merendar. Después volvíamos a empuñar los
palitroques, y otra vez a las marchas bélicas: ¡españoles valientes, a
vencer o a morir!
¡Qué dulces momentos! ¡Qué íntima y pura felicidad! ¡Qué obscuridad tan
luminosa! Si echo una mirada al curso de mi vida, no encuentro en toda
ella un minuto de dicha más perfecta que la que experimentaba en aquel
polvoriento almacén con las ventanas cerradas. Por eso tal vez no he
podido representarme jamás el cielo sino en tinieblas. No hay quien me
saque de la cabeza que el día en que me muera, si Dios me tiene en su
gracia, nadaré solo por los espacios tenebrosos hasta que un ángel se
acerque a mí, roce mi frente con sus alas, me eche los brazos al cuello,
me bese y me invite dulcemente a tocar el tambor.
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INTERMEDIO DEL EDITOR
En los últimos tiempos de su vida, cuando ya se advertían en su rostro
las huellas de la enfermedad que le llevó al sepulcro, solíamos pasear
algunas tardes por las cercanías de su hotel, situado en la parte
oriental de Madrid, cerca del barrio de la Prosperidad. No es un paisaje
riente ni variado el que por allí se descubre; pero la vista se extiende
sin obstáculo por la llanura, el pecho se dilata, hay un derroche de luz
y de aire que infunde alegría. Allá a lo lejos se divisan las crestas
azuladas del Guadarrama.
En una de estas tardes caminábamos silenciosos, el uno en pos del otro,
por el sendero que bordeaba un campo de trigo. Habíamos hablado
bastante, y este silencio forzado a que nos obligaba la angostura del
camino, nos servía de descanso. De pronto, al pasar cerca de un grupo de
casas, o, por mejor decir, chozas, donde se albergaban los que recogen
por las mañanas la basura de la capital, escuchamos desgarradores
lamentos. En el mismo instante, una criatura de seis o siete años salió
de la casa corriendo, y vino a abrazarse a mis rodillas gritando:
--¡Perdón, perdón!
Casi en el mismo instante que ella salió un hombre en su seguimiento con
un manojo de cuerdas en la mano. Rugía como un tigre hambriento, y
soltaba por la boca palabras más nauseabundas que la basura que apilaba
cerca de su vivienda. Al acercarse a nosotros la niña, presa de
indescriptible terror, y volviendo hacia él sus ojos extraviados,
gritaba:
--¡Perdón, padre, perdón! ¡Es que me he caído, padre! ¡Es que me he
caído!
El bárbaro, sin aplacarse, trató de apoderarse de la criatura, que
seguía cogida a mis rodillas. Entonces Jiménez se interpuso, poniéndole
las manos sobre el pecho.
--¿Quién es usted--vociferó aquel salvaje--para impedir que castigue a
mi hija?
Un muchacho de catorce o quince años, que pasaba a la sazón con unas
vasijas de leche en la mano y se había detenido a mirar, le hizo signos
negativos a Jiménez por detrás del enfurecido trapero.
--Pero ¿es hija de usted?--le preguntó Jiménez clavándole una mirada
severa.
--Sí, señor, es mi hija.
El chico le hizo nuevos y más enérgicos signos negativos a espaldas del
otro.
--Fíjese usted bien en lo que dice... ¿Es hija de usted?--repitió
Jiménez mirándole con mayor severidad.
--Bueno, como si lo fuera... Es mi hijastra--repuso visiblemente
turbado.
El chico continuó haciendo signos negativos.
--Tampoco eso es cierto. ¿Está usted casado con su madre?
--Pero ¿a usted qué mil rayos le importa? Déjeme usted pasar, o le
atropello.
Mientras tanto, yo había observado que la niña tenía una herida en la
mejilla, de la cual manaba abundante la sangre, y sus tiernas manecitas
cubiertas de terribles cardenales.
--No le dejes paso, Jiménez. Ese hombre es un criminal, y tendrá que dar
cuenta a la policía.
Al escuchar esta última palabra, el feroz trapero se aplacó un poco y
quiso venir a las buenas, haciéndonos saber que había enviado a aquella
chica a la taberna por una botella de vino, y se la había roto.
--¡Es que me he caído, padre!, ¡es que me he caído!--gritó la niña con
angustia.
--¿Te has caído, eh, buena pieza? Yo te enseñaré a tenerte sobre los
pies.
--Bueno, por lo pronto, a esta niña hay que llevarla a la Casa de
Socorro, y usted vendrá con nosotros--manifestó Jiménez.