procuraba suavemente desviar la nube hacia otro lado, y cuando no
podía, nos dejaba entender a medias palabras que todo el mundo
necesitaba vivir, y que él se ganaba la vida escribiendo artículos y
libros sobre los juegos atléticos. Pero nosotros no escuchábamos sus
gemidos, y, cada día más implacables, le tiroteábamos con refinada
crueldad: «Corrales, el conde de Rebullida tiene un potro que no puede
hacer carrera de él. Yo le hablé de un amigo que en cuanto le echase los
calzones encima le dejaría como una seda, y mañana nos espera en la
cuadra.» «Corrales, me ha sorprendido no ver tu nombre en el programa
del asalto del Círculo Militar.» «Corrales, ¿no es cierto que tú
levantas setenta kilos a pulso con un brazo? Ayer me lo negaba un chico
del gimnasio de la calle de la Reina.»
Llegó un día, no obstante, en que, acorralado como una fiera antes de
morir, nos enseñó las uñas.
He aquí cómo sucedió:
Hacía ya una hora larga que le disparábamos las saetas más envenenadas
de nuestro carcaj, cuando le vimos ponerse pálido y dibujarse en su boca
una sonrisa amarga.
--Pero vamos a cuentas: ¿soy yo el primero que no vive con arreglo a sus
ideas o teorías? Tú, Jiménez, eres un cristiano convencido, un creyente
severo de todos los dogmas de la Iglesia. ¿Cuántas veces te confiesas y
comulgas? ¿Cuánto tiempo pasas en oración cada día? ¿Qué penitencias son
las que haces? ¿Has presentado la mejilla izquierda alguna vez cuando te
abofetearon la derecha? ¿Practicas la caridad, la humildad y la
pobreza?... Tú, Olivares, eres un político, un representante del país.
Hablas mucho de decadencia y de corrupción administrativa en el
Congreso, truenas contra los abusos del caciquismo, y sostienes con gran
calor que mientras los funcionarios públicos no sean inamovibles y no
haya pureza en las elecciones España no podrá regenerarse. Y, sin
embargo, yo veo que recibes todos los días una balumba de cartas de tu
distrito, y corres por los Ministerios con la lengua fuera recomendando
a los hijos de tus electores para que les den algún destino, sin pararte
a investigar si pueden desempeñarlo o hay que dejar cesante a un
desgraciado que cumple con su obligación, influyendo para que adjudiquen
ciertas marismas a uno que no tiene derecho a ellas, obligando al
Tesoro a que pague a tus amigos créditos que no paga a otros acreedores
más antiguos, solicitando el indulto para cualquier bribón que está
merecidamente en presidio, etc., etc.... Tú, Jacinto, presumes de
filósofo; pero en vez de retirarte del mundo para meditar sobre los
grandes problemas metafísicos, paseas tus cabellos perfumados y tu
_monocle_ por todas las reuniones aristocráticas, cenas en el _Ideal
Room_ con las damas elegantes, asistes a las tertulias de los hombres
políticos, aspiras a que te den un distrito, y mientras tanto aceptas la
cruz de Isabel la Católica, te irritas y vociferas cuando hacen ministro
a cualquier zascandil o cuando la prensa elogia a cualquier majadero. Yo
había oído decir que los filósofos son los hombres que miran las
pequeñeces de este mundo desde lo alto y con desdén superior... Y tú,
Rivera, eres un poeta. ¿Qué vida poética haces? ¿Dónde están tus
aventuras románticas? ¿Dónde están esos viajes por el Oriente sobre un
camello? ¿Dónde están esas góndolas venecianas, y esas noches de luna, y
esas dagas damasquinas? Te levantas tarde, generalmente; la patrona te
sirve la consabida tortilla de finas hierbas y el conocido _beefsteak_
con patatas; vienes al café, fumas dos tagarninas, dices algunas
chirigotas; vas a la redacción y dices otras cuantas; después a comer
los garbanzos soñadores; después, al café otra vez; luego, a escuchar
una piececita en Lara o en Apolo, y a la cama. ¡Vaya una existencia
bañada de luz y de color!
Quedamos estupefactos. Aquella inesperada y briosa acometida nos dejó
callados y suspensos por algunos instantes. Olivares fué el primero que
rompió el silencio.
--Venga esa mano, Corrales--dijo alargándole la suya--. Sea enhorabuena.
Cuatro veces te has tirado a fondo, y las cuatro has tocado en el pecho.
De hoy en adelante nadie podrá decir que no conoces la esgrima. Yo
acepto la lección y te la agradezco; pero me vas a permitir que te diga
una cosa, y es que lo mismo tú que nosotros somos unos infelices, porque
las ideas que no se viven, sólo sirven, en último resultado, para
escribir algún artículo.
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EL AMO
Tengo un amo, tengo un tirano que, a su capricho, me inspira
pensamientos tristes o alegres, me hace confiado o receloso, sopla sobre
mí huracanes de cólera o suaves brisas de benevolencia, me dicta unas
veces palabras humildes, otras, bien soberbias. ¡Oh, qué bien agarrado
me tiene con sus manos poderosas! Pero no me someto, y ésa es mi dicha.
Le odio, y le persigo sin tregua noche y día. Él lo sabe, y me vigila.
¡Si algún día se descuidase!... ¡Con qué placer cortaría esta funesta
comunicación que mi alma, que mi yo esencial mantiene con la oficina
donde el déspota dicta sus órdenes! Quisiera ser libre, quisiera escapar
a esos serviles emisarios suyos que se llaman nervios. Mientras ese
momento llega, me esfuerzo en dominarlos. Los azoto con agua fría todas
las mañanas, les envío oleadas de sangre roja por ver si los asfixio, y
me desespero observando su increíble resistencia. Cuantos proyectos
hermosos me trazo en la vida, tantos me desbaratan los indignos. He
querido ser manso y humilde de corazón, y hasta pienso que empecé la
carrera con buenos auspicios. Me pisaban los callos de los pies, y, en
vez de soltar una fea interjección, sonreía dulcemente a mis verdugos;
cuando alguno ensalzaba mis escritos, me confundía de rubor; sufría sin
pestañear la lectura de un drama, si algún poeta era servido en
propinármela; leía sin reirme las reseñas de las sesiones del Senado;
ejecutaba, en fin, tales actos de abnegación y sacrificio, que me creía
en el pináculo de la santidad. Mis ojos debían de brillar con el suave
fulgor de los bienaventurados. Me sorprendía que tardara tanto en bajar
un ángel a ponerme un nimbo sobre la cabeza y una vara de nardo en la
mano. Pero, ¡oh dolor!, bastó que un oficial de peluquería me dijese
con sonrisa impertinente que esta barba apostólica que gasto era cosa ya
pasada de moda y cursi, para que le respondiese con denuestos gritando
como un energúmeno, y estuviese a punto de arrancarle las tijeras de la
mano y arrojarme sobre él como un lobo hambriento. Mi santidad se disipó
en un instante como el humo. El tirano tuvo la culpa; el tirano, que
aquel día, según mis noticias, tenía el estómago sucio. ¿Será necesario
que el hombre, antes de decidirse a ser virtuoso, se mire la lengua al
espejo?
Aun para los goces más honestos y más puros he necesitado contar siempre
con mi amo. ¿Cuál más honesto y más sencillo goce que el de levantarse
un día de madrugada, ir de paseo a los Cuatro Caminos y comer allí una
tortilla presenciando la salida del sol? Pues bien: jamás me lo ha
consentido el infame. Parecía natural que, siendo del temperamento de
Satanás, su poder terminase a la entrada del templo. Tampoco es así.
Muchas veces me he acercado al altar de Dios lleno de fe, con el corazón
contrito, y a los pocos momentos, con el fútil pretexto de que le dolían
las rodillas, o sentía debilidad, o le crispaban las muecas del
monaguillo, me arrancó de allí a viva fuerza. Entonces me acordé de
Jesús. También Nuestro Señor quiso someterse por nosotros al capricho
del tirano; también sintió la cruel impresión de sus garras en el huerto
de Getsemaní y en el Calvario. Este recuerdo endulza mi pena y
humillación. Sin embargo, confieso que siento un placer maligno en darle
de vez en cuando un susto. Cuando paso por el viaducto de la calle de
Segovia, suelo decirle, guiñando un ojo: «Eres muy arrogante y te
consideras bien seguro de tu poder; pero si yo quisiera en este momento,
¿eh?... Ya sabes...» Y el tirano, que es cobarde como todos los tiranos,
se estremece y tiembla.
Hasta he pensado que si la misericordia de Dios, olvidando mis muchos
pecados, me llamase a Sí después de la muerte y me diese a escoger un
puesto en el cielo, yo le diría, confundido de temor y respeto: «Hágase
siempre tu voluntad, Señor; pero, si es posible, no me des la naturaleza
angélica, porque los ángeles tienen alas, y temo que un día me duela una
de ellas y no pueda libremente volar hacia Ti, soberano Rey de los
cielos.»
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La unidad de conciencia
Mi padre acostumbraba a decir que las conciencias de los hombres eran
tan diferentes como sus fisonomías. Yo tenía pocos años entonces, y no
era capaz de discutir tal opinión. Ahora tengo muchos, y tampoco sé bien
a qué atenerme.
Porque esta sencilla proposición arrastra consigo nada menos que el gran
problema del bien y del mal. ¡Un grano de anís!
Si no existe la unidad de la conciencia en el género humano, dicho se
está que la justicia, el honor, la caridad, son cosas convencionales que
se hallan a merced de la opinión, que cambian con el transcurso de los
años como cambian las mangas de las señoras, unas veces estrechas,
otras, anchas. En otro tiempo era de moda el asesinato. Ahora ya no lo
es. Quizás mañana vuelvan otra vez las mangas anchas.
Estoy seguro de que mi padre no se daba cuenta de las graves
consecuencias metafísicas que sus palabras engendraban. De todos modos,
no era hombre que emitiese sus opiniones en abstracto como un profesor
de filosofía, sino que, invariablemente, las apoyaba en algún ejemplo
bien concreto. Para sostener la proposición enunciada, tenía siempre a
mano varios casos interesantes. Pero el que usaba más a menudo era el
caso de don Robustiano.
Don Robustiano era un notario que vivía en la casa contigua a la
nuestra; un hombre alto, anguloso, blanco ya como un carnero. A mi
hermano y a mí nos inspiraba un terror loco. Jamás le habíamos visto
sonreir. Tenía tres hijos de la misma edad, poco más o menos, que la
nuestra, a los cuales trataba con despiadada severidad. Se decía que los
azotaba con unas correas hasta hacerles saltar la sangre. En efecto,
raro era el día en que no oíamos lamentos al través de la pared. Y una
vez en que, por casualidad, me llevó uno de sus hijos hasta el cuarto de
su padre, vi colgadas de un clavo las fatales disciplinas, que me
hicieron dar un vuelco al corazón.
¡Qué diferencia entre aquel pálido demonio y mi buen padre, tan
cariñoso, tan tierno, tan indulgente!
Mas el terror que inspiraba a todos los chicos de la población no era
comparable al que infundía a los labriegos de los contornos. Así que se
mentaba el nombre de don Robustiano, no había paisano que no quedase
repentinamente serio, por alegre que se hallase.
Había motivo para ello.
Cuando había cerrado los ojos un labrador medianamente acomodado, si la
partición no se hacía a puertas cerradas, y bien cerradas, esto es, si
algún malaventurado heredero tenía la torpeza de no conformarse y daba
lugar a que don Robustiano se presentase en la casa, ya podían todos
ellos decir adiós a los mejores prados y tierras del difunto. Don
Robustiano era el águila que caía sobre aquel rico vellón y lo
arrebataba por los aires. Mejor, era el lobo hambriento que penetraba en
la casa y no salía hasta saciarse.
De este modo y de otros había logrado hacerse considerablemente rico.
Era dueño de bienes territoriales en casi todas las parroquias del
contorno. Sus colonos, modelos de exactitud en el pago. ¿Quién sería
osado a no pagarle la renta el mismo día que venciera?
Cuando algún tunante poseía una finca indebidamente, y su dueño legítimo
se disponía a reclamársela, ya sabía que no tenía más que traspasarla
por la mitad de su valor a don Robustiano, y el pleito quedaba segado en
flor. No había en todo el partido judicial un valiente que se atreviese
a pleitear con don Robustiano.
Aquel hombre exprimía a sus semejantes, como si fuesen manzanas, hasta
la última gota. En cierta ocasión tuvo una idea feliz. Se le ocurrió
vender todas sus propiedades a los mismos arrendatarios. No había que
apurarse; se las pagarían en dos plazos: la mitad, de presente, la otra,
a los cuatro años, con el rédito consiguiente. Los infelices cayeron en
el lazo: buscaron dinero para pagar el primer plazo; pero al llegar el
segundo, muchos de ellos, o se descuidaron, o no hallaron quien se lo
diese, y don Robustiano se quedó otra vez con sus propiedades y con el
dinero percibido. De este paso heroico salió con las costillas molidas
cierta noche al retirarse a casa.
Otra vez oímos altas voces en la calle; nos asomamos al balcón y vimos a
un hombre que salía de casa del escribano con las manos en la cabeza,
gritando: «¡Oh, qué ladrón!, ¡oh, qué ladrón!» La gente se agolpó en
torno suyo, le hacía preguntas; pero él, convulso, horrorizado, no sabía
más que repetir: «¡Oh, qué ladrón!, ¡oh, qué ladrón!» Después supimos
que era un hermano de don Robustiano, a quien éste había seducido para
que pusiese a su nombre una finca heredada de sus padres con objeto de
librarle de un embargo. Así que la vió a su nombre, se quedó con ella.
Sin embargo, ésta fué la única ocasión en que las hazañas de don
Robustiano hicieron ruido en la calle. Generalmente, desollaba vivas a
sus víctimas, o las asaba en parrilla, apagando cuidadosamente sus
gritos. Era un hombre decoroso en todos los actos de su vida, decoroso
en su marcha, en sus saludos, en su pechera almidonada y en sus botas de
campana.
Para este hombre decoroso llegó, no obstante, el fin, como llega para
todos los que tienen o no tienen decoro.
Un día fuimos sorprendidos con la noticia de que le iban a traer el
Viático. No sabíamos que se hallaba enfermo. Verdad que nuestras
relaciones de amistad no eran muy estrechas. A pesar de eso, mi padre se
dispuso a recibir a Nuestro Señor a la puerta de la calle con un cirio
en la mano, me hizo tomar otro, y le acompañamos hasta el cuarto mismo
del moribundo.
Jamás olvidaré aquella espantosa visión. Don Robustiano, ordinariamente
feo, pálido y anguloso, estaba ahora, a punto de dejar la vida, tan
horrible, que recuerdo su figura como una pesadilla que no puede
borrarse de la imaginación.
En torno suyo se hallaban su mujer y sus hijos y unos cuantos vecinos.
Se incorporó con entereza para recibir la comunión, y dijo las oraciones
con voz firme, sin asomo alguno de miedo. Cuando el sacerdote hubo
partido, dijo, paseando su mirada siniestra por todos nosotros y
fijándola después en sus hijos:
--Vais ahora a ver cómo muere un cristiano. Traedme ese crucifijo...
Se hizo como pedía, se abrazó al crucifijo de metal, y comenzó a repetir
oraciones, unas en latín, otras en castellano. Al cabo de media hora
dejó de pronunciar palabras, comenzó el estertor, y poco después expiró.
Yo estaba asombrado de no ver en torno suyo las consabidas sabandijas y
alimañas de los cuadros que representan la muerte del pecador.
--¡Muere como un santo!, ¡muere como un santo!--oí murmurar a un vecino.
Y he aquí por qué mi padre sostenía que cada cual tiene una conciencia
para su uso particular.
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PRAGMATISMO
El sol se puso rojo. La negra, horrible nube se acercó, y las tinieblas
invadieron el cielo, momentos antes sereno y transparente.
Entonces los camellos se arrodillaron, y los hombres se volvieron de
espalda y se prosternaron también. Los caballos se acercaron temblando a
los hombres, como buscando protección.
El furioso khamsin comenzó a soplar. No hay nada que resista al
impetuoso torbellino. Las tiendas, sujetas al suelo con clavos de
hierro, vuelan hechas jirones, y la arena azota las espaldas de los
hombres; sus granos se clavan en los lomos de los cuadrúpedos,
haciéndoles rugir de dolor.
Aguardaron con paciencia por espacio de dos horas, y la espantosa tromba
se disipó. Entonces el sol volvió a lucir radiante; el aire adquirió una
transparencia extraordinaria.
Los pacientes camellos se alzaron con alegría, los caballos relincharon
de gozo, y los hombres lanzaron al aire sonoros hurras. Estaban
salvados.
Habían salido de Río de Oro hacía algunos días, y, audaces exploradores,
se lanzaron por el desierto líbico para alcanzar el país de los árabes
tuariks. Les faltaba el agua; pero esperaban llegar aquel mismo día al
gran oasis de Valatah. Así lo pensaba y lo prometía su guía Beni-Delim,
un hombre desnudo de medio cuerpo arriba, de tez rojiza, nariz aguileña,
cabellos crespos y mirada inteligente.
--¡Beni-Delim! ¡Beni-Delim! ¿Dónde está Beni-Delim?
Beni-Delim había desaparecido.
Entonces la consternación se pintó en todos los semblantes. El traidor
había aprovechado los momentos de obscuridad y de pánico para huir,
dejándolos en el desierto sin guía. Estaban perdidos.
El jefe de la expedición, un italiano hercúleo de facciones enérgicas y
agraciadas, les gritó:
--¡No hay que acobardarse, amigos! Cuando ese miserable ha huído, el
oasis no debe de estar lejos. ¡En marcha!
Caminaron todo aquel día, sufriendo horriblemente; pero la noche se
llegó, y no había señales del oasis. Se tendieron sobre la arena
silenciosos, esperando que el sueño les libraría por algunas horas de
aquel tormento.
Cuando amaneció el jefe dió la orden de marcha. Algunos le dijeron:
--Pietro, déjanos aquí. No podemos más. Más vale morir de una vez que
prolongar algunas horas nuestra agonía.
El italiano lanzó un juramento espantoso y les obligó a levantarse
pinchándoles con su cuchillo.
Y volvieron a caminar jadeantes y silenciosos bajo un sol abrasador.
Poco tiempo después un hombre cayó al suelo. El jefe le vió caer; pero
siguió caminando como si no le hubiera visto; los demás hicieron como
él. Una hora después cayó otro; luego, otros dos. La caravana seguía
marchando, mejor dicho, seguía arrastrándose sobre la candente arena. El
sol comenzaba a declinar. De pronto suena entre ellos un grito de
alegría:
--¡Mirad! ¡El oasis!, ¡el oasis!
En efecto, el oasis se hallaba enfrente de ellos. No muy lejos se
divisaban las crestas azuladas de sus montañas. Los exploradores se
abrazan llorando de alegría.
--¡Animo, compañeros!--grita Pietro--.¡Un esfuerzo más, y estamos
salvados!
Pero en aquel instante un hombre enjuto, de barba rala y canosa y ojos
penetrantes revestidos de gafas, avanza algunos pasos sobre la arena,
saca de su mochila unos gemelos de mar, y escruta el horizonte por todos
lados. Era el sabio de la expedición.
--¡Esperad! ¡No os alegréis tan pronto, desgraciados! Eso que percibís
no es el oasis, sino la imagen de las montañas que dejamos muy atrás. La
capa de aire en contacto con la arena se hace, por el calor que ésta
irradia, menos refractiva que las que están sobre ella. Los rayos de los
objetos distantes, que caen oblicuamente sobre esta capa, no la
atraviesan sino que resbalan antes de penetrarla, y se reflejan
totalmente a lo alto. Ese fenómeno de espejismo ha sido fatal a muchos
en el desierto.
Estas palabras alzaron un coro de lamentos e imprecaciones en la
caravana. Pietro le enseña los puños, gritando:
--¡Maldito seas, sabio!, ¡maldito seas!--Y dirigiéndose a sus amigos,
les dice:--Ya lo oís: no nos queda ninguna esperanza. Sepamos morir como
hombres, y ya que tenemos en nuestras manos la carga de pólvora que
puede librarnos de algunas horas de agonía, utilicémosla en nuestro
provecho.
--¡Todavía no!--gritó una voz alegre.
Era un estudiante aficionado a la filosofía, que se había unido a ellos
por el gusto de viajar y hacer observaciones psicológicas.
--Efectivamente--continuó--, allí no hay oasis: la ciencia lo demuestra.
Mas ¿por qué abatirse? Caminad como si lo hubiera, y esa esperanza os
sostendrá largo rato todavía. Durante algún tiempo viviréis consolados,
no lo pasaréis del todo mal, y, ¡quién sabe!, tal vez, al cabo, tengamos
la buena suerte de tropezar con una fuente.
Los exploradores quedaron un instante suspensos. El jefe dejó escapar
una carcajada, y los demás le imitaron. Por algunos momentos reinó la
alegría en aquella gente infeliz.
--¡Gracias, filósofo!--exclamó Pietro--. Gracias por el buen rato que
nos has hecho pasar antes de morir.
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LAS BURBUJAS
Un hombre puede obrar como un insensato
en los desfiladeros de un desierto,
pero todos los granos de arena parecen
verle.
EMERSON.
El guapo Curro Vázquez, de tierra de Jaén, tuvo ocasión de comprobar
estas palabras del filósofo americano hace ya bastantes años.
Curro Vázquez, aunque no tenía corazón, estaba enamorado. Es ésta una
paradoja que se repite con frecuencia gracias a la confusión lamentable
en que al Supremo Hacedor le plugo dejar lo físico y lo moral.
Pepita Montes, su novia, estaba completamente engañada respecto a él. Le
veía joven, hermoso, sonriente, humilde, rendido; y de esto deducía que
era un ángel sin alas. Le amó a despecho de sus padres, que apetecían
para ella un labrador acomodado, y no un mísero dependiente de un
chalán. Porque Curro era un pobrecito muchacho que hacía tiempo había
tomado a su servicio Francisco Calderón, el famoso tratante de caballos
de Andújar. Lo recogió, se puede decir, del arroyo cuando sólo tenía
catorce o quince años, le hizo su criado, y últimamente había llegado a
ser su hombre de confianza. Le pagaba con verdadera esplendidez, le
hacía frecuentes regalos, y gustaba de que vistiese con elegancia y
fuese bienquisto de las bellas.
Curro se aprovechaba de estas ventajas y las enamoraba, y las
abandonaba después de enamorarlas. Mas al llegar a Pepita Montes, quedó
preso de patas como una mosca en un panal de miel. ¿Cómo hacer para
casarse con ella, dada la oposición violenta del bruto de su padre? Este
era el objeto de sus meditaciones más profundas desde hacía tres o
cuatro meses.
Al cabo de ellas, no pudo sacar otra cosa en limpio más que la necesidad
imprescindible de hacerse rico, salir de su estado de criado más o menos
retribuído, negociar por su cuenta, etc.
Cuando un hombre siente la necesidad imperiosa de hacerse rico pronto, y
no tiene corazón, está expuesto a hacer lo que hizo Curro Vázquez.
Era una tarde lluviosa de primavera. Francisco Calderón y su criado
regresaban de la feria de Córdoba y atravesaban la sierra sobre sus
jacos, envueltos en capotes de agua. Calderón estaba de alegrísimo humor
porque había vendido cinco caballos a buen precio. De vez en cuando
desataba el zaque que llevaba pendiente del arzón de la silla, bien
repleto de amontillado, bebía largamente, y daba de beber a Curro. Como
la lluvia arreciase, y pasasen cerca de una concavidad de la peña,
determinaron detenerse allí unos momentos y esperar a que escampase.
Descendieron de sus monturas, guareciéndolas también del mejor modo
posible. Curro desató su carabina de dos cañones y la puso cerca.
--¿Para qué has bajado la carabina?--le preguntó su amo sorprendido.
--Ya sabe usted que _el Casares_ y su partida merodean por aquí.
--_¡El Casares, el Casares!... El Casares_ merodea muy lejos de aquí, y
en su vida se le ha ocurrido venir por estos sitios.
Calderón rió a carcajadas del miedo de su criado.
Se sentaron, y fumaron tranquilamente un cigarro. Cuando Curro tiró la
colilla, se puso en pie, tomó la carabina, se la echó a la cara, y,
apuntando a su amo, le dijo tranquilamente:
--Señor Francisco, prepárese usted a morir.
Calderón respondió que no le gustaban bromas con las armas de fuego.
--Rece usted el credo, señor Francisco.
--¿Qué estás diciendo?--exclamó tratando de alzarse. Un tiro en el pecho
le hizo caer de espaldas.
--¡Me has matado, miserable!
--Todavía no; pero voy a hacerlo--profirió Curro avanzando hacia él.
--¡Asesino, a ti te matarán también!
--Si hubiese testigos, no lo dudo.
--Las burbujas del agua serán testigos de este... Otro tiro le cerró la
boca para siempre.
Curro le registró los bolsillos, se apoderó de todo el dinero que
llevaba, cargó de nuevo su carabina, montó a caballo y se alejó al
galope.
Cuando hubo llegado a un sitio conveniente, se apeó de nuevo y enterró
cuidadosamente el dinero, dejando señal para encontrarlo. Después
atravesó su sombrero de un tiro, se descerrajó otro en la parte blanda
del muslo, y se presentó en el primer pueblo con señales de terror. La
partida del _Casares_ los había sorprendido cuando descansaban y se
disponían a emprender otra vez el camino. Él estaba ya montado, y
gracias a eso había podido escapar. Su amo estaba aún a pie: no sabía si
le habían matado: había oído muchos tiros: a él mismo le habían herido
en su huída, etc.
Todo aquello dió que sospechar al juez, y, después de curado en el
hospital, se le encarceló. Pero como no se le halló ningún dinero, y no
había testigos, al cabo se le puso en libertad.
Pidió prestada una cantidad a un chalán de Sevilla, según dijo, y se
puso a trabajar en el mismo trato que su amo, y comenzó a prosperar.
Algo se murmuraba, y no faltaba quien sospechase la verdad; pero esto
acontece muchas veces en los pueblos, sin que tenga transcendencia.