encuentro rostros alegres que me miran sin hostilidad. Sólo allí me
desarrugo y soy exteriormente lo que Dios quiso hacerme. Y he pensado
algunas veces que si trasladásemos las caras de las afueras al centro, y
las del centro las enviásemos a paseo, Madrid ofrecería a los ojos de
los extranjeros un aspecto más hospitalario, más risueño y, sobre todo,
más humano que el que ahora tiene.
No sucede lo mismo con los perros. Encuentro, generalmente, los del
centro apacibles y corteses; los de los barrios extremos, agresivos,
quimeristas y mucho más descuidados en el aseo de su individuo. Sin
duda, la cultura, que ejerce una influencia tan triste en la raza
humana, suaviza y mejora la canina.
Ignoro si el perro con quien tropecé cierto día en una de las calles más
extraviadas del barrio de Chamberí era quimerista y agresivo como sus
convecinos; pero sí puedo dar fe de su escandalosa suciedad.
Flaco, lanudo como esos bohemios que no se recortan jamás la barba y la
dejan crecer por donde salga, cubierto de polvo y con un pegote de barro
en cada pelo, se acercó a mí este repugnante animal moviendo el rabo y
mirándome con ojos humildes.
Yo dí un salto atrás, porque la experiencia me ha enseñado que se puede
mover el rabo humildemente y ser en el fondo malísimo sujeto. Pronto me
convencí de que no había nada que temer. Aquel pobre perro había venido
tan a menos, se hallaba tan desamparado y abatido, que los últimos
rescoldos de su carácter agrio, si alguna vez lo había tenido, se habían
apagado por completo.
Hice sonar con los dedos una leve castañeta, correspondiendo al meneo
vertiginoso de su rabo, y me dispuse a proseguir mi camino. Pero él
agradeció aquella fría castañeta como nadie me agradeció en la vida el
saludo más cordial y cariñoso. Comenzó a brincar delante de mí, y a
retorcerse, y a lanzar suaves e insinuantes aullidos, expresando tanto
gozo como gratitud.
No se agradecen así los saludos en este bajo mundo--me dijo nuevamente
la experiencia--si no se teme o se espera algo. Este perro no tiene amo,
o ha sido arrojado por él de su casa. ¡Pobre animal! Me interesó su
desgracia, y de nuevo hice sonar la castañeta con alguna mayor efusión,
y él con esto renovó las señales de gratitud hasta querer descoyuntarse.
Inmediatamente tomó la resolución de seguirme hasta el fin del mundo.
Yo le veía detrás varias veces, dándome escolta; otras, delante,
sirviéndome de heraldo. Por momentos se detenía; levantaba hacia mí su
hocico peludo, y me miraba con afectuosa sumisión, cual si me quisiera
decir que estaba dispuesto a obedecerme como amo y señor. La desgracia
de aquel animal me conmovió. Era tan feo, que no había motivo para
admirarse de que su dueño le hubiese abandonado.
Y, sin embargo, yo he visto algunas señoras ricas que acariciaban y
mimaban con apasionados transportes de amor a otros perros más feos que
éste, y he visto también a algunos jóvenes elegantes acariciar y mimar a
estas mismas señoras, más feas aún que sus perros.
Me representaba a aquel pobre animal, arrojado ignominiosamente de su
casa, volviendo a ella a demandar gracia, aullando tristemente a la
puerta; le veía marchar errante y hambriento por aquellas calles
solitarias, introducirse en alguna tienda en busca de una piltrafa,
salir de ella molido a palos, seguir a los transeuntes hasta que éstos
le despedían a puntapiés o pedradas.
La compasión se filtraba en mi pecho, y cuando el animal se paraba a
mirarme, le hacía una seña de afectuosa consideración. Entonces se
acercaba a mí rebosando de agradecimiento, y yo, sin temor a mancharme
las manos, como los santos caritativos de la leyenda, le acariciaba la
cabeza.
Pero a medida que transcurría el tiempo, se apoderaba de mí un vago
malestar. ¿Qué iba a hacer de aquel desdichado? A un perro no se le
puede dar una limosna, ni recomendarle a un concejal amigo para que le
coloque de peón en los trabajos de la villa. Necesitaba llevármelo a
casa. Esto era grave. ¿Qué diría el portero, qué dirían los vecinos, qué
diría, sobre todo, mi familia al ver entrar aquel bicho feo y asqueroso?
¡Vaya unas protestas, vaya una zambra, vaya una risa que se armaría en
mi casa! Se me puso la carne de gallina.
Comprendí inmediatamente todo lo falso de mi situación.
Entonces hice con aquel perro lo que conmigo hacen los amigos cuando mi
presencia les molesta; me hice el distraído. Cuando me miraba con sus
ojos afectuosos, volvía la cara hacia otro sitio; si se acercaba a mí,
fruncía el entrecejo como si no le viese, y seguía mi camino. En fin,
adopté un continente tan glacial como significativo. Pero él no vió la
significación, o no quiso verla. Sin darse por enterado, persistía en
sus muestras de adhesión incondicional, teniéndose siempre por mi
protegido.
Una de las veces que mi mirada se cruzó con la suya, vi en sus ojos una
expresión de sorpresa y de súplica tal, que el corazón se me apretó. Sin
embargo, lo que pedía no era posible.
Mi inquietud iba en aumento, y ya pensaba en la barbarie de arrojarlo de
mi lado violentamente, cuando observo que viene hacia nosotros un
tranvía. Entonces, cautelosamente me agarro a él y monto. Desde la
plataforma veo a mi perro que camina tranquilo y confiado, vuelve de
pronto la cabeza, queda sorprendido, olfatea el aire con desesperación,
y, por fin, baja de nuevo su cabeza hacia la tierra resignado, como los
seres que han conocido todo el dolor de este mundo y saben lo que se
puede esperar de la existencia.
Jamás pude olvidarlo. Y al acordarme de él, no puedo menos de pensar que
cuando algún día me vea ante el supremo tribunal de Dios, y se juzguen
todos los actos de mi vida, y se cuenten mis faltas y desaciertos, he de
verle aparecer, con su hocico peludo y su aspecto dolorido, a dar fe de
mi cruel egoísmo.
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Opacidad y transparencia
Hay pocos hombres con los cuales me agrade tanto el encontrarme como con
el doctor Mediavilla. Es afable, despreocupado, culto, observador,
ingenioso y siempre ameno. No es frecuente que nos tropecemos, pues
gravitamos en órbitas distintas; pero cuando esto sucede, pasamos largo
rato departiendo en medio de la acera, o bien me invita a entrar en el
café más próximo, y bebemos una botella de cerveza.
Sólo tiene para mí una desventaja su conversación. Nunca discurre acerca
de lo que más sabe y pudiera instruirme, de las ciencias físicas y
naturales, en las cuales está reputado como sabio eminente. O por la
necesidad de reposarse de estos estudios y cambiar momentáneamente la
dirección de sus ideas, o impulsado por una cortesía mal entendida,
suele hablarme de literatura y de política. Lo hace muy bien, mejor que
muchos literatos y políticos de profesión; pero no hay duda que sería
para mí más provechosa si la plática versara acerca de las ciencias que
cultiva.
Otro reparo pudiera acaso oponer a su amenísima charla. El doctor
Mediavilla es un pesimista convencido, y presiento que si le tuviera
siempre a mi lado concluiría por fatigarme. A largos intervalos, y
sazonado por un ingenio sutil y penetrante, su pesimismo interesa y
convence.
No hace muchos días, la casualidad me hizo dar con él no muy lejos de la
puerta de su casa, hacia la cual se encaminaba. Caían algunas gotas de
lluvia, y no habiendo por allí ningún café próximo, y no queriendo
privarse del gusto de charlar un rato, me invitó a subir a su domicilio.
Resistí un poco: las presentaciones a la familia me molestan.
Comprendiólo él, y me aseguró que no entraríamos en sus habitaciones,
sino que subiríamos directamente al laboratorio que tenía instalado en
el cuarto tercero de la misma casa.
Era ésta suntuosa: portero de flamante librea, amplia y tapizada
escalera, etc. Bien se echaba de ver que el doctor poseía una extensa y
opulenta clientela. Pero una buena parte de las ganancias que sus
visitas le reportaban servía para el sostenimiento de su famoso
laboratorio.
--Mi mujer odia de muerte el laboratorio--decía mientras ascendíamos
lentamente la escalera--. Yo odio de muerte las visitas y consultas.
Para las mujeres, todo lo que no se traduzca inmediatamente en especies
sonantes, es, sencillamente, aborrecible. Temblando estoy que el día
menos pensado suba y haga pedazos mis frascos e instrumentos. Aunque
ustedes los poetas no se harten de llamarlas ángeles y cantar su
idealismo, yo no conozco nada más prosaico y mezquino que el alma de una
mujer.
--Las mujeres no son poetas ni comprenden casi nunca la poesía, es
cierto; pero consiste en que son ellas mismas poesía. El conocimiento no
puede conocerse a sí mismo.
--¡Hombre, tiene gracia la explicación!--exclamó riendo--. Sin embargo,
mi mujer ha dejado ya de ser poesía por dentro y por fuera.
Llegamos al tercero, apretó el timbre, y salió a abrirnos un joven flaco
metido en un blusón que le llegaba a los pies.
--¡Señor doctor! ¡Buenos días, señor doctor!--balbució deshaciéndose en
genuflexiones.
Mediavilla apenas se dignó responderle. Pasamos por delante de él,
entramos en un amplio salón cuyas paredes estaban guarnecidas por
armarios con puertas de cristal, al través de las cuales se veían
redomas, frascos, alambiques y no pocos instrumentos de física;
atravesamos luego otro semejante, y penetramos, al cabo, en un gabinete
lindamente amueblado, donde el doctor se despojó de su levita y
sombrero de copa, vistiéndose en su lugar una bata chinesca y un gorro
turco.
--Es increíble lo que contribuyen estos dos sencillos aditamentos--dijo
sonriendo maliciosamente--para infundir veneración a mi fámulo.
--¿Qué fámulo?
--Ese que usted acaba de ver. También yo tengo mi Wagner como el doctor
Fausto, tan sediento de ciencia, tan pedante y tan crédulo. Cuando me
pongo esta bata y este gorro, me juzga capaz de levantar todos los velos
de la Naturaleza y de evocar los espíritus activos y misteriosos que
trabajan dentro de ella.
Le dirigí una mirada, y no pude menos de excusar el respetuoso temor del
fámulo; porque Mediavilla, de aquella forma ataviado, con sus gafas de
oro y su barba tallada en punta, semejaba, en efecto, un nigromántico.
--Ea, charlemos un rato--dijo arrellanándose frente a mí en una
butaca--. ¿Qué me cuenta usted del drama de Romillo?... Un tiro,
¿verdad? Estos jóvenes satánicos concluirán por quitar también a Satanás
la opinión de listo.
--Doctor--respondí yo un poco vacilante--, perdone usted..., pero en
este momento..., dentro de un laboratorio y al lado de un hombre de
ciencia tan notable, no puedo menos de sentir alguna curiosidad
científica. ¡Si usted fuese tan amable que me mostrase alguna
preparación... o me hiciese presenciar cualquier experimento!...
Mediavilla se puso serio repentinamente, me miró con sorpresa y
atención, y exclamó, al cabo, sacudiendo la cabeza:
--¡Hombre, un literato!... Vamos, usted es como mi fámulo, sabe muchas
cosas, pero desearía saberlo todo.
Luego, alzándose de la butaca y abriendo la puerta, gritó:
--¡Morlesín!
--Señor doctor.
--¿Qué estaba usted haciendo cuando entramos?
--Estaba filtrando las ondas lumínicas.
--¿Y para qué hacía usted eso?
Morlesín tardó algunos instantes en responder.
--Me preocupa mucho la constitución de la materia--dijo al cabo--.
Quisiera saber lo que hay dentro de los átomos.
--Lo sabrá usted.
--¿Cree usted, señor doctor...?
--Sí, sí; lo sabrá usted.
Y gravemente pasó por delante de él, invitándome a seguirle.
--Es un experimento antiguo, pero siempre curioso--me dijo--. Física
recreativa... Morlesín, haga usted delante del señor el experimento.
El fámulo se apresuró a obedecer. Cerró los balcones, y con una pequeña
lámpara de arco voltaico produjo el espectro, haciendo atravesar el rayo
luminoso por un prisma de cristal. Entonces pude ver cómo el espectro se
extendía más allá de los límites del rojo, haciendo subir el termómetro,
y más allá del violeta, haciendo surgir la luz en un papel impregnado de
sulfato de quinina. Los rayos invisibles tenían, pues, una eficacia
superior a los visibles. Después, por medio de soluciones adecuadas, me
mostraron la causa determinante de los colores. Unos cuerpos absorben
ciertas ondas luminosas, y dejan pasar libremente las otras. Estas
últimas son las que prestan su color a los cuerpos. Por fin, pude
observar que este poder de elección que los cuerpos tienen para las
ondas luminosas, no solamente se extiende al espectro visible, sino
también al invisible. El agua, por ejemplo, era perfectamente
transparente para la luz, y opaca para los rayos caloríferos. Otros
líquidos, viceversa, eran opacos para los rayos visibles, y dejaban
pasar los invisibles ultrarrojos o ultravioletas.
Morlesín, rojo y hasta ultrarrojo de placer, me dió una explicación
acabada de estos fenómenos. El éter lumínico, substancia imponderable e
infinitamente elástica que llena los espacios interestelares, penetra en
todos los cuerpos, rodea los átomos, que nadan en él como nuestra tierra
nada en la atmósfera. Las vibraciones de este éter son la causa de la
luz y del calor. Estas vibraciones u ondulaciones del éter difieren en
el período de duración. Las más cortas son las ultravioletas, que se
llaman también rayos químicos, porque su rapidez las hace más aptas
para la descomposición de los cuerpos; las más largas, las ultrarrojas,
generadoras del calor. Pues la causa de la opacidad o transparencia de
los cuerpos para unas u otras ondas consiste en que el movimiento de
estas ondas coincida o no con el movimiento de los átomos. Si el período
de vibración de una onda coincide con el período de vibración de los
átomos que componen un cuerpo, los dos movimientos se acumulan, y el
cuerpo absorbe aquella onda, o, lo que es igual, resulta opaco para
ella. En cambio, dejará pasar libremente las otras.
Mediavilla, que había escuchado con sonrisa burlona la disertación de su
fámulo, exclamó:
--Ya ve usted que el amigo Morlesín habla de las cosas que pasan ahí
dentro como si fuese un gnomo testigo de todas las operaciones
misteriosas de la madre Naturaleza.
Morlesín dió las gracias ruborizado. El doctor me echó el brazo por la
espalda y me llevó de nuevo a su gabinete.
--Acaba usted de presenciar un experimento de física--me dijo--. ¿Quiere
usted ver este mismo experimento transportado al mundo psíquico?...
--No entiendo...
--Sí; esta misma filtración de las ondas lumínicas al través de los
cuerpos, voy a hacérsela a usted ver al través de las almas.
Le miré con estupefacción, sin comprender. Mediavilla, sin explicarse
más, se acercó a un aparato telefónico que tenía cerca de la mesa y
llamó a su casa.
--¿Está la señorita Luisa?--preguntó al criado--. ¿Sí?... Pues dile que,
si no le sirve de molestia, tenga la bondad de subir un momento.
--Es mi hija mayor--dijo colgando el auditivo--. Tiene veintidós años.
Será la redoma al través de la cual vamos a filtrar la luz de esta
lámpara.
Y llevó la mano a un estante de su biblioteca y sacó de él un libro. Yo
le miraba cada vez con mayor sorpresa.
No tardó en aparecer una joven más baja que alta, más gruesa que
delgada, de rostro fresco y sonrosado. El doctor me presentó a ella como
gran literato, y le endilgó la patraña de que estaba escribiendo un
libro sobre el arte de la lectura, y tomaba notas y hacía observaciones
en cuantos sujetos me era posible, hombres, mujeres, jóvenes, niños y
viejos.
--¡Si tú fueses tan amable que leyeses en alta voz un capítulo de esta
novela!
--¡Oh! ¡Yo leo muy mal!--exclamó la joven poniéndose encarnada como una
cereza.
--No es exacto. Pero aquí no se trata de la mayor o menor perfección en
la lectura, sino de ciertas observaciones que el señor está efectuando
acerca del acento, del timbre de la voz, del ritmo, etc., etc.
Luisa tomó ya sin replicar el libro de manos de su padre, y se puso a
leer en el sitio que éste le designó.
Era una novela histórica de los tiempos primeros del cristianismo en
Roma. En el capítulo señalado por el doctor se describía con brillantes
colores y lujo de detalles la mansión de un patricio. Leyó la joven la
descripción de los suntuosos peristilos de mármol, las estatuas, los
bronces, las pinturas, las alfombras de Persia, las sederías de la
China, las telas bordadas de la India, con indiferencia y entonación
monótona. Pero al llegar a una escena en que la hija del patricio,
altiva e irascible, disputa con una esclava cristiana, la cubre de
burlas y denuestos porque cree en la inmortalidad del alma, y, por fin,
la hiere cruelmente con un puñalito, la voz de la lectora se mudó
ostensiblemente, la respiración se le cortó varias veces, y sus ojos se
rasaron de lágrimas. Luego, la orgullosa patricia, arrepentida al ver
correr la sangre en abundancia, manda curar a la esclava y le regala en
compensación un rico anillo de esmeraldas. Mas al domingo siguiente el
precioso anillo apareció en una iglesia entre las limosnas recogidas
para los pobres. Este último rasgo hizo brillar los ojos de la lectora
con alegría y admiración.
--Está bien, hija mía. Muchas gracias. Puedes bajar cuando gustes; y si
tu hermana Consuelo está desocupada, dile que suba un instante.
Despidióse la primogénita de Mediavilla besando a su padre y alargándome
la mano con timidez y cordialidad al mismo tiempo.
--Ya ve usted que mi hija mayor deja pasar libremente las ondas
luminosas de corto período, los brillantes colores del iris, y sólo
absorbe las vibraciones invisibles ultrarrojas, las que engendran calor
en los corazones.
--Lo he observado con placer. ¡Dichoso el hombre que tropieza en el
mundo con uno de estos seres, cuya alma sólo vibra con el amor y el
perdón!
--Sí; pero ¡desgraciados estos seres si tropiezan con un hombre
deslumbrado, cuyos ojos no son capaces de percibir las ondas preciosas e
invisibles que remueven su alma!--repuso el doctor mientras una arruga
surcaba su frente.
Comprendí que aquella joven era la hija preferida de su corazón, y que
su felicidad le inspiraba un cuidado ansioso y vigilante.
Consuelo, su hija segunda, se presentó. No pude menos de sentirme
subyugado inmediatamente. Un rostro blanco, ovalado, cabellos negros,
ojos rasgados de largas pestañas, alta, flexible y aérea como una hada.
Me saludó con la soltura un poco impertinente de las jóvenes persuadidas
de su hermosura y que la ven celebrada. Su padre le repitió la misma
demanda que había hecho a Luisa, poniéndole el libro delante. La hermosa
joven me dirigió entonces una penetrante mirada de curiosidad, donde se
mezclaba la inquietud y la burla. Luego se puso a leer, y su voz era
también de timbre delicioso. Cuando la Naturaleza decide formar un ser
bello, parece que muestra empeño en no olvidar ningún toque.
No tardé en advertir que la descripción de las riquezas acumuladas en la
casa del patricio romano lograba interesarla; que tanta obra de arte,
tanta joya y tanta elegancia le causaban profunda admiración. En cambio,
cuando llegó a la escena de la disputa entre la esclava cristiana y la
señora pagana, su tono se hizo más indiferente y monótono. Ni aun logró
alterarlo el bárbaro castigo que ésta la infligió. Sus ojos brillaron,
no obstante, cuando la patricia regaló a su esclava el magnífico anillo
de esmeraldas. Pero al leer que este anillo se había encontrado al
domingo siguiente en el cepillo de los pobres, quedó un instante
suspensa sin comprender. Luego hizo una imperceptible mueca de desdén, y
se puso seria.
--Como usted habrá advertido--me dijo su padre cuando partió--, acabamos
de operar con una substancia muy diversa. Esta absorbe todos los rayos
lumínicos y brillantes del espectro visible; pero deja pasar libremente
las ondas más amplias del calor.
Bajé la cabeza sin responder. No me pareció delicado apoyar lo que
decía, pues se trataba, al cabo, de una hija suya.
--Entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo
moral--prosiguió--descubrimos alguna vez una estrecha relación, una
simetría que hace pensar involuntariamente en la _armonía
preestablecida_ de Leibnitz y en las _causas ocasionales_ de
Malebranche...
El doctor comenzó a disertar gravemente, sabiamente, como tenía por
costumbre. Yo le escuchaba con atención y placer, pues su palabra clara,
sus variados conocimientos y su ingenio prestaban verdadero encanto a su
discurso. Mas hete aquí que cuando nos hallábamos enteramente abstraídos
en nuestra plática metafísica, hizo irrupción en la estancia un chico de
diez y ocho a veinte años, vivaracho, ruidoso, que guardaba
extraordinario parecido con el doctor.
--Adolfito... Mi único hijo varón--dijo aquél presentándomelo.
Traía unos cuantos libros debajo del brazo, y me enteré de que estaba
terminando la carrera de Filosofía y Letras, con todas las notas de
sobresaliente y muchos premios. Luego que se hubieron cambiado algunas
frases, quedó el doctor suspenso un instante, y me dijo en voz baja:
--Todavía podemos hacer otro experimento.
Y acto continuo invitó a su hijo en la misma forma, esto es,
anunciándole mi libro imaginario sobre el arte de la lectura, a que
leyese el capítulo de la novela que ya habían leído sus hermanas.
Adolfito tomó el libro y comenzó a leer admirablemente, como quien desea
lucirse. Pero de pronto levanta la cabeza y exclama:
--¡Hombre, esta descripción me parece muy amanerada! El autor acumula en
una casa todos los cachivaches que se hallan descritos en los manuales
de antigüedades romanas.
--Bien... Sigue, sigue--repuso su padre sonriendo.
Al llegar a la disputa filosófica entre la patricia y su esclava, de
nuevo se interrumpe para afirmar:
--Todo esto es de una inocencia paradisíaca. ¡Una esclava que habla como
un profesor de metafísica!
--Sigue, sigue, hijo mío--le dijo su padre, haciéndome al mismo tiempo
un guiño malicioso.
Llegó al final del capítulo, y al leer lo del anillo regalado a la
esclava, y entregado después por ésta a los pobres, cerró el libro con
ademán desdeñoso.
--¡Bah! ¡Bah!... Este golpecito de efecto es de lo más pueril y ridículo
que he leído en mi vida.
El doctor Mediavilla dejó escapar entonces una sonora carcajada, y
exclamó dirigiéndose a mí:
--Amigo mío, por esta redoma pasan libremente todas las ondas del
espectro, menos las ultravioletas, que son los rayos químicos... ¡Los
rayos de descomposición!
Adolfito, amoscado por la risa de su padre, se levantó de la silla, y,
haciendo un frío saludo, salió de la estancia.
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IDEAS CADÁVERES
«Todo hombre tiene derecho a ser feliz como mejor le parezca», decía
Federico _el Grande_. O lo que es igual: todo hombre está facultado por
los dioses para entregarse a la manía que le plazca, siempre que no haga
daño a los demás. Corrales tenía la suya, no perjudicaba a nadie, y, sin
embargo, nosotros le tratábamos como si nos infiriese con ella alguna
ofensa. Todas las noches alusiones picantes, bromitas de mejor o peor
género, sonrisas desdeñosas, etc., etc.
Corrales era un hombre de _sport_. Había escrito y publicado en las
revistas del ramo artículos muy luminosos sobre los caballos sementales
ingleses y sobre la caza del zorro; era el encargado en un periódico de
dar cuenta a sus lectores de las carreras de automóviles y velocípedos;
el año anterior había dado a luz un tratado de _Gimnástica racional_,
con profusión de grabados en el texto, y tenía escrito, y en prensa ya,
un libro sobre _El juego de la espada_.
Pero Corrales era un ser raquítico y patizambo que en su vida se había
subido a un _trapecio_ o a unas _paralelas_, que no había montado ningún
caballo ni velocípedo, ni disparado una carabina, ni asido ninguna
espada francesa o española. Y he aquí lo que despertaba nuestra
indignación y nos tenía sobresaltados y furiosos.