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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (nota del transcriptor)
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO XVI
PAPELES
DEL
Doctor Angélico
MADRID
Librería general de Victoriano Suárez.
Calle de Preciados, número 48.
1921
OBRAS DE PALACIO VALDÉS
4 PESETAS TOMO
EL SEÑORITO OCTAVIO, un tomo.
MARTA Y MARÍA, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al
ruso y al tcheque.
EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francés y al tcheque.
AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al
inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tcheque. Edición española
con notas y vocabulario en inglés.
JOSÉ, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés,
al sueco, al tcheque, al danés y al portugués. Edición española con
notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.
RIVERITA, un tomo. Traducida al francés.
MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés.
EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.
LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al
holandés, al ruso, al sueco y al italiano. Edición española con notas y
vocabulario en inglés.
LA ESPUMA, un tomo. Traducida al inglés.
LA FE, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.
EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
LOS MAJOS DE CÁDIZ, un tomo. Traducida al francés, al holandés y al
noruego.
LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT, un tomo. Traducida al francés, al inglés,
al sueco, al holandés y al italiano. Edición española con notas y
vocabulario en inglés.
LA ALDEA PERDIDA, Un tomo.
TRISTÁN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al inglés.
SEMBLANZAS LITERARIAS _(Los oradores del Ateneo, Los novelistas
españoles, Nuevo viaje al Parnaso)_, un tomo.
PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo. Traducidos al alemán.
AÑOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo.
LA NOVELA DE UN NOVELISTA, Un tomo.
LA HIJA DE NATALIA, un tomo.
SANTA ROGELIA, un tomo.
Papeles del doctor Angélico
OBRAS DE PALACIO VALDÉS
CUATRO PESETAS TOMO
=El señorito Octavio.=--Un tomo.
=Marta y María.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al
ruso y al tchèque.
=El idilio de un enfermo.=--Un tomo. Traducida al francés y al tchèque.
=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).--Un tomo. Traducidas al francés, al
inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tchèque. Edición española
con notas y vocabulario en inglés.
=José.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés,
al sueco, al tchèque y al portugués. Edición española con notas en
inglés para el estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos de
América.
=Riverita.=--Un tomo. Traducida al francés.
=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).--Un tomo. Traducida al inglés.
=El Cuarto Poder.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés y al
holandés.
=La Hermana San Sulpicio.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al
holandés y al sueco.
=La espuma.=--Un tomo. Traducida al inglés.
=La Fe.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.
=El Maestrante.=--Un tomo. Traducida al francés y al inglés.
=El origen del pensamiento.=--Un tomo. Traducida al francés y al inglés.
=Los majos de Cádiz.=--Un tomo. Traducida al holandés.
=La alegría del capitán Ribot.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés
y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en inglés.
=La aldea perdida.=--Un tomo.
=Tristán, o el pesimismo.=--Un tomo. Traducida al inglés.
=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas
españoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_).--Un tomo.
=Papeles del doctor Angélico.=--Un tomo. Traducidos al alemán.
=Años de juventud del doctor Angélico.=--Un tomo.
OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO XVI
PAPELES
DEL
Doctor Angélico
MADRID
Librería general de Victoriano Suárez.
Calle de Preciados, número 48.
1921
Gráficas Reunidas, S. A. Madrid.
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PRÓLOGO DEL EDITOR
I
Por qué le llamábamos doctor Angélico? Porque era ya doctor en Ciencias
cuando nosotros cursábamos aún el año preparatorio de Jurisprudencia, y
porque se llamaba Angel, Angel Jiménez. Una bromita de chicos que él no
tomaba a mala parte porque era la bondad personificada.
La primera impresión que Jiménez producía era de desvío, casi de miedo.
Unas barbas aborrascadas, unos cabellos crespos, un color cetrino, unos
ojos negros ligeramente hundidos, de mirar insistente y duro; no
exageraría diciendo agresivo. Pocos hombres serían capaces de resistir
aquella mirada. Pero en los años que nosotros contábamos todavía no se
tiene miedo a los hombres, y nuestra fuerza de afinidad no ha sufrido
menoscabo. Además, Jiménez era doctor, nos llevaba cinco o seis años de
edad, y en aquel período de la vida tales diferencias constituyen una
superioridad a la cual rendíamos tributo, perdonando sus palabras
sarcásticas y sus modales bruscos.
El primero que se convenció de que aquel hombre no era un ser
atrabiliario fuí yo. Paseábamos una mañana emparejados por los
corredores de la Universidad esperando la hora de clase, pues Jiménez,
que aspiraba a hacerse doctor también en Filosofía y Letras, cursaba
aquel año las mismas asignaturas que nosotros. Le narré, por incidencia,
cierto rasgo de abnegación llevado a cabo por un individuo de mi
familia, y al pasar por delante de una ventana, como la luz le diese de
lleno en el rostro, observé que sus ojos estaban rasados de lágrimas,
aunque sin perder su habitual dureza.
Aquella señal de sensibilidad me lo hizo simpático, y me ligué a él con
franca amistad. Detrás de mí fueron todos. A los pocos días el doctor
Angélico fué estimado como merecía y alcanzó cariñosa popularidad, no
sólo entre nosotros, sino entre todos los alumnos de la Facultad de
Derecho. Seguro estoy de que no vive alguno de mi época que no le
recuerde.
Nuestra amistad, sin embargo, no pasaba del compañerismo de los
corredores. Cuando nos encontrábamos en la calle, solíamos saludarnos y
charlar un rato, y alguna que otra vez me invitó a entrar en un café y
beber una botella de cerveza. Pero ni yo sabía nada de su vida, ni él de
la mía. Él callaba; yo también.
Al terminar la carrera entré en el Ateneo como socio, y allí volví a
encontrarle y nuestra amistad se hizo más estrecha. Entonces pude
obtener casualmente algunos datos biográficos, gracias a un paisano
suyo, socio también de aquel Centro.
Jiménez era hijo de un comerciante y banquero que residía en un pueblo
importante del norte de España. Cuando terminó la segunda enseñanza, su
padre, lisonjeado por las notas y premios que había obtenido, y más aún
por los elogios que se hacían de su inteligencia, consintió en enviarle
a Madrid para seguir la carrera de Ciencias. Mas, una vez concluída,
quiso que se restituyese al pueblo y le ayudase en sus negocios. Se iba
haciendo viejo, estaba fatigado, y, sobre todo, no valía la pena de que
su hijo obtuviese, al cabo de largos estudios, una cátedra dotada con
tres o cuatro mil pesetas anuales. Jiménez logró, aunque con trabajo,
que le permitiese seguir la carrera de Filosofía. Llegó a graduarse al
fin, y entonces su padre le hizo saber perentoriamente que, o venía a
trabajar al escritorio, o no contase con él para nada.
Ahora bien, Jiménez odiaba de muerte el escritorio de su padre, no tanto
por el olor de las pieles curtidas que allí había, como por la vista de
las cifras. Una vez puesto en tal disyuntiva, como era tozudo y
orgulloso, rompió por todo y se quedó en Madrid. Se quedó a la clemencia
de Dios y de la patrona.
«¡Pasó aquel chico una _crujía!_» Así exclamaba su paisano cuando me
refería estos datos. En efecto, yo recordaba haberle visto en dos o tres
ocasiones mal trajeado y sucio; pero lo achacaba a desidia. Acometióle
también por aquella época una fiebre tifoidea que le retuvo en cama
cerca de dos meses. Hubiera ido al hospital, seguramente, sin la caridad
excepcional de su patrona, que le prodigó los tiernos cuidados de una
madre.
Por fin, terminaron relativamente sus desdichas cuando entró de redactor
en un diario de la mañana, con doscientas pesetas mensuales de sueldo.
II
Éste era su medio de vida cuando volví a encontrarle en el Ateneo. En su
biblioteca pasaba las tardes devorando libros y sin tomar parte casi
nunca en nuestras discusiones ruidosas de los pasillos.
--Mucho lees, Jiménez--le decíamos alguna vez poniéndole la mano sobre
el hombro.
--Es que no tengo dinero--replicaba tranquilamente sin levantar la
cabeza.
Bien adivinábamos que aquello no era cierto. Su pasión por el estudio
era nativa, no accidental. En su periódico y en algunas revistas
científicas comenzó a publicar artículos que llamaron sobre él la
atención del mundo literario.
Una tarde, el mismo paisano que me comunicara los datos antecedentes,
llegó a mí afectando misterio, y me dijo al oído:
--Sabrá usted que el padre de Jiménez le ha girado quinientas pesetas.
Parece que el buen señor, halagado con el nombre que su hijo se va
haciendo en las letras, ha vuelto sobre su acuerdo.
--Me alegro--repliqué.
--Pues no se alegre usted, porque se las ha devuelto.
Quedé estupefacto. El paisano se desató en recriminaciones contra él,
llamándole necio y orgulloso repetidas veces. Yo le escuché distraído, y
quedé largo rato pensativo.
Posteriormente supe que, por mediación de uno de sus tíos, se había
reconciliado con su padre y había aceptado al fin la pensión. Dejó el
periódico donde trabajaba, y dejó de colaborar en los demás. No volví a
leer su nombre en letras de molde. Entonces pudo advertirse claramente
que no era la falta de recursos lo que le impulsaba al estudio, porque
su afición arreció con tal motivo.
Seguimos siendo buenos amigos, aunque su carácter, profundamente
reservado, no permitía ciertas expansiones que la amistad arrastra
consigo, particularmente entre jóvenes. Paseábamos juntos muchas veces,
nos juntábamos otras en el Ateneo o en el café; pero nada que fuese
personal e íntimo salía de sus labios.
En aquella época comencé yo a escribir novelas y a darlas a la estampa.
El único amigo que no me habló de ellas fué Jiménez. Este silencio
afectado hirió mi amor propio y me causó una sorda irritación que estuvo
a punto de enfriar nuestras relaciones y aun de darlas al traste.
Propenso estuve a achacarlo a miserables celos de oficio. Por fortuna,
obró pronto en mí la reflexión como bálsamo bienhechor. Me persuadí de
que Jiménez estaba por encima de tales ruines pasiones; que era un
hombre de carácter noble, de puras y rectas ideas, aunque un tanto
excéntrico. Había que perdonarle esas y otras extravagancias.
La muerte de su padre le arrancó de aquí. No le vi durante largos años.
Supe que se había casado, y volví a hallarle establecido en Madrid. Poco
después quedó viudo y se marchó de nuevo. Por fin, ya viejo y bastante
quebrantado de salud, vino otra vez aquí, y entonces nuestras relaciones
se anudaron aún más cordialmente. Jiménez huía de todo el mundo, menos
de mí. Esta preferencia me ligó a él de corazón.
Alquiló una casita aislada con jardín en uno de los barrios extremos de
Madrid. Allí habitaba, servido por un ama de gobierno y algunos criados,
y en aquel nido frío y solitario le visitaba una que otra vez, y
charlábamos de nuestros buenos tiempos de Universidad y de Ateneo, y
bebíamos una botella de cualquier cosa. No pasó, sin embargo, mucho
tiempo sin que su salud, ya vacilante, empeorase hasta el punto de
inspirar alarma. Decayó rápidamente. Ignoro si era el hígado, o el
pulmón, o el corazón, pero el doctor Angélico tenía alguna víscera
dañada. Con este motivo, yo solía menudear mis visitas y acompañarle
largos ratos.
Pocos días después de una memorable conversación que sirve de epílogo a
este libro, se presentó en mi casa su criado.
--Señorito, el doctor está muy malito. Por la noche se nos quiso morir
y, en cuanto amaneció, dió orden para que viniese a buscarle.
Comprendí que había llegado el instante supremo.
--Y ¿qué opina el médico?--pregunté hondamente afectado.
--No sé decirle; pero, a juzgar por la cara triste que tiene doña Pepita
(el ama de gobierno), no debe de hallarle bueno.
Tomé un coche y nos trasladamos al hotelito. Hallé a Jiménez con el
semblante terriblemente descompuesto. La muerte estaba ya impresa en él.
Doña Pepita cerró con mano temblorosa la puerta y nos dejó solos.
--¿Qué es eso, doctor?--dije acercándome a su lecho y afectando alegría
para ocultar mi emoción--. ¿Empiezas a ser mimoso como una solterona?
Al mismo tiempo fijé la vista involuntariamente en la reproducción al
óleo de una de las vírgenes de Murillo que pendía sobre su cama. Sujeto
al marco había un magnífico ramillete de flores, recientemente
colocadas allí, a juzgar por su frescura.
Jiménez advirtió la mirada, y dijo sonriendo:
--¡Ya lo ves! El doctor Angélico termina como el doctor Fausto; a los
pies de la Virgen María.
--Pero ¿has tomado la resolución de terminar?
--Ha llegado el _cese_, querido... Acércate un poco... Es posible que te
inspire pavor la muerte... Cuando llegue el momento, ya verás cómo no es
tan fiera como la pintan.
Al pronunciar estas palabras sonreía dulcemente. Yo sentí el corazón
oprimido. Hizo una pausa, y con trabajo siguió diciendo:
--Te he nombrado mi testamentario... Perdóname: no tengo hoy otro amigo
más íntimo... Lo que se ha de hacer con mi fortuna ya lo verás en el
testamento... Toma esos papeles que hay sobre la mesa, y llévatelos a tu
casa...
Sobre la mesa, en efecto, vi dos grandes legajos amarrados con una
cuerda.
--Entre ellos--prosiguió--, los hay puramente literarios. Sírvete de
ellos como quieras, o quémalos... Pero si publicas algo, que no sea con
mi nombre... Al mundo no le importará mucho que haya existido un tal
Jiménez que ha dicho bastantes tonterías y una que otra cosa regular...
En vano traté de infundirle esperanza de curación. Estaba absolutamente
convencido de que moría, y este convencimiento le dejaba tranquilo, como
si fuese a cambiar de domicilio. Comprendí que se fatigaba hablando, y
me resolví a dejarlo. Embargado por la emoción, me marchaba sin los
papeles. El me llamó para recordármelos.
--Volveré a la tarde--le dije.
--No; no vuelvas hasta la noche--me respondió.
Al salir al jardín con los legajos y montar en el coche no pude ya
reprimir las lágrimas.
¿Sabía que iba a morir antes de llegar la noche? Ahora creo que sí.
El criado vino a avisarme al obscurecer de que su amo se marchaba por
momentos. Cuando llegué, el doctor Angélico había dejado de existir. En
torno de su cadáver, aún caliente, se hallaban el médico, un sacerdote y
doña Pepita.
El médico, pálido y triste, exclamaba:
--¡Era un nombre!
El sacerdote murmuraba gravemente:
--¡Era un cristiano!
III
Los papeles de Jiménez necesitaban, como los jeroglíficos egipcios,
prodigios de atención y perseverancia para ser descifrados. Además de su
letra perversa y abreviaturas, se hallaban escritos con lápiz unos,
otros con tinta, en todos los tamaños y formas imaginables: tan pronto
pliegos en folio semejando memoriales a la Alcaldía, como esquelitas
diminutas de las que se envían a la tienda de comestibles. La mayor
parte redactados en español; pero los había también en francés y en
inglés.
No me decidí, por lo pronto, a ser el Champollión de aquella bárbara
escritura. Los dejé dormir largo tiempo en un armario. Pero habiendo
resuelto no escribir ya para el público, y careciendo de otras
ocupaciones que me distraigan, emprendí, pasados algunos años, la tarea;
y después de algunos esfuerzos he logrado, en parte, llevarla a cabo.
Digo en parte, porque los papeles que ahora se publican no son todos los
que me entregó.
Indudablemente, algunos de ellos parecían destinados a la publicidad por
la forma en que están escritos. La gran mayoría, no obstante, son
apuntes o notas rápidas sugeridas por algún incidente de la vida o por
sus lecturas, y desde luego se puede asegurar que sólo los escribía para
descargarse de sus impresiones, necesidad absoluta que experimentan
todos los solitarios.
Mi obra no ha sido de interpretación solamente, sino también de arreglo.
He juntado las notas cuando me ha parecido bien, o las he fraccionado;
también las he completado en ocasiones y las he puesto títulos. Además,
he suavizado algunos conceptos, sobradamente decisivos, porque entiendo
que, de haberlos él publicado, hubiera hecho lo mismo. No se habla en
público como se habla solo.
Estos papeles, tomados en conjunto, resultan una biografía, aunque más
interna que externa. Por ellos se verá con bastante claridad qué clase
de hombre era el doctor Angélico; se comprenderá su espíritu, su
ingenio, sus aficiones, sus odios, sus amores, sus opiniones y sus
manías. Al terminar mi tarea me hice cargo de que no había descifrado
unos manuscritos, sino un carácter. Le había tratado con intimidad
bastante tiempo, y, sin embargo, no había logrado penetrarle por
completo.
Acaso se me moteje por no haber respetado su última voluntad, dándolos
con su nombre a la publicidad. He pensado que, de haberlos impreso bajo
el velo del anónimo o con nombre supuesto, no habría de faltar quien me
los achacase. No quiero ufanarme con plumas ajenas, ni ser tampoco
responsable de las opiniones que acerca de muchas cosas divinas y
humanas se hallarán estampadas en las siguientes páginas. Por otra
parte, no puedo menos de sentir alegría y consuelo difundiendo y, si
fuera posible, perpetuando el nombre de un amigo querido. El lector
decidirá si valía la pena de sacarlo del olvido.
_A. P. V._
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LA SORPRESA
MÁS de una vez me acaeció despertar, tras un corto sueño durante el día,
tan sorprendido de mi existencia como si realmente naciese en aquel
instante.
«¿Qué es esto, qué es esto? ¿Qué soy yo? ¿Por qué estoy en el mundo?
¿Qué es el mundo?», me preguntaba estremecido. Tan grande era mi
estupefacción, que me costaba trabajo el no romper en gritos de terror y
admiración. El velo de lo infinito temblaba delante de mí como si fuera
a descorrerse. Un relámpago iluminaba el misterio. Mi alma en aquel
instante no creía más que en sí misma; pensaba vivir en el seno del
Todo; no se daba cuenta de que ya estaba desprendida, y rodaba como una
hoja que el huracán arrastra. «Estas formas que veo--me decía--son
extrañas a mi ser; yo no pertenezco a ellas, ni ellas a mí. ¿Será verdad
que mi alma sueña los cuerpos?» La muerte me parecía tan inconcebible
como la nada. El relámpago descubría un horizonte indeciso, inmenso,
azulado. En los confines lucía una aurora. «Mi sitio está allí: allí
quiero ir. ¿Pero mis ojos podrán recibir los rayos de ese sol cuando se
levante?»
Aquel despertar antojábaseme un sueño, y apetecía dormir para despertar
realmente. Sí; quería despertar para comprender, para vivir; quería
romper los muros de mi propio ser y asomarme a lo eterno. ¡Cómo reía el
espíritu en aquel momento del _protoplasma_, la _generatio spontanea_,
la _teoría celular_, la _evolución_, y de todas las demás explicaciones
que se han dado de lo inexplicable!
Vivimos sobre una pequeña hoja como el gusano, la recorremos lentamente,
descubrimos sus pequeñas vetas, que nos parecen caminos maravillosos;
pensamos conocer los secretos del Universo porque conocemos sus partes
blandas y duras. Llega el relámpago, y los ojos, aterrados, descubren la
miseria de nuestra ciencia. ¡Oh pequeña hoja del saber humano, cuán
pequeña eres!
Pasó el momento de la sorpresa; me levanto del sillón donde he
dormitado; voy a la cervecería; veo al mozo echarme unas gotas de coñac
en el café; oigo a mi lado discutir a unos autores sobre el estreno de
la noche anterior, si ha sido un éxito teatral, o puramente literario. Y
me parece que el mundo no tiene nada de particular.
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La muerte de un vertebrado
ENTRE los concurrentes asiduos a la Cervecería Escocesa, donde
acostumbraba a tomar el café hace años, se contaba el coronel Barrios.
Era un hombre corpulento, de facciones correctas y enérgicas, gran
bigote entrecano y grandes ojos negros. Hablaba poco y acertado, y no
solía mezclarse en nuestras discusiones literarias, que escuchaba
sonriendo; pero cuando se tocaban puntos de ciencia o de filosofía,
echaba su cuarto a espadas, demostrando que conocía las ciencias
naturales y que meditaba sobre sus problemas. Mis apartes con él eran
frecuentes, porque me placía mucho su grave amabilidad, la corrección de
sus modales, la calma y la fuerza que transpiraba toda su persona.
Una tarde se discutió en la cervecería la cuestión de la inteligencia de
los animales. Los unos, sostenían su diferencia cualitativa con la del
hombre; los otros, su diferencia cuantitativa solamente. Había sido
fuerte la disputa, y altas las voces. Cuando, al cabo, se deshizo la
tertulia, quedamos solos delante de la mesa Barrios y yo. Aquél había
tomado parte en la discusión, pero no en los gritos, pues aun en los
momentos de mayor exaltación no le abandonaba la mesura. No obstante, a
pesar de su calma y corrección, sostuvo, como de costumbre, ideas
extremas. Porque Barrios era francamente materialista, a la moda
antigua, sin paliativos ni distingos, como Vogt, como Büchner, como
Haeckel. Quedamos los dos solos, repito, y permanecimos largo rato
silenciosos. El coronel parecía hondamente preocupado por las ideas
vertidas durante la discusión. Al cabo, sacando un cigarro puro y
encendiéndolo, comenzó a hablarme en voz baja:
--Jamás se me ha pasado por la imaginación, después que fuí hombre, que
nuestro planeta, como todos los demás astros, sea otra cosa que una
momentánea y efímera condensación de la materia imponderable que
llamamos éter. Es imposible tomar en serio la idea de un Dios consciente
y providente. La causa suprema del Universo no es una, sino dos: la
fuerza de atracción y la de repulsión. Con estas dos fuerzas, que obran
lo mismo en los astros que en los átomos elementales, se explica
perfectamente todo, desde el nacimiento de un cristal hasta el de un
pensamiento luminoso. Una actividad creadora, sobrenatural, una fuerza
que exista fuera de la materia, es pura imaginación poética. Además,
repito que la considero inútil, porque la creación y la extinción de los
mundos y de la vida que en ellos se desenvuelve, se explica de un modo
perfectamente satisfactorio por las causas mecánicas naturales, por las
fuerzas inherentes a la materia...
Barrios quedó algunos instantes pensativo, y, al cabo, prosiguió en voz
aún más baja:
--Y, sin embargo, en medio de esta perfecta claridad que ilumina a todos
los fenómenos vitales, y a despecho de la lógica inflexible que ha
introducido la doctrina del transformismo en la historia de la creación,
de vez en cuando asoma la oreja una duda, un punto negro, como si
dijéramos, la garra del fantasma teológico que, antes de escapar
envuelto en su velo mítico, nos quiere hacer un pequeño arañazo en la
piel... Yo he sentido este arañazo, y aún lo siento, y es lo raro que
cada vez me penetra más en la carne. Fué allá en Cuba, durante la
guerra. Era yo capitán y mandaba una columna volante, y puedo decir a
usted que era una vida de perros, no de hombres, la que llevábamos.
Meses y meses corriendo la manigua con un calor sobrenatural, padeciendo
el hambre, la sed, los tiros de los insurrectos y, lo que era aún peor,
las picaduras de los mosquitos. En dos años no he dormido una docena de
veces bajo techado. Pues bien, en cierta ocasión, como en tantas otras,
sin que viésemos al enemigo, sentimos de improviso una descarga. Dos
soldados cayeron heridos. Nos lanzamos furiosamente en persecución de
los agresores, y logramos darles alcance: hubo un ligero tiroteo, pero,
al fin, como de costumbre, se me escaparon de las manos, dispersándose.
Cuando llegué, jadeante, a un claro de la manigua, el sargento me dijo:
»--Mi capitán, aquí hay un hombre herido; ¿qué hacemos?
»Dirigí la vista hacia el sitio que me señalaba, y vi un hombre como de
treinta años tendido en el suelo, que se incorporaba trabajosamente
apoyándose en una mano. Entonces la guerra se hacía con extraordinaria
crueldad, y ni ellos nos perdonaban a nosotros, ni nosotros a ellos.
Así, que respondí sin vacilar:
»--Remátalo.
»Al oir mi respuesta aquel hombre no pronunció una palabra; pero me
dirigió una mirada..., ¡qué mirada, amigo Jiménez! Yo sentí algo, aquí
dentro del pecho, muy extraño. El sargento instantáneamente apoyó el
cañón del fusil sobre su frente, y le deshizo la cabeza. Fué tan rápida
su acción, que, aunque yo quisiera, no habría podido volver sobre mi
resolución. ¿Volvería si me hubiese dado tiempo para ello? No lo sé. De
un lado, la excitación que produce la lucha, por otro, el deber de no
flaquear delante de los inferiores, me habrían obligado quizás a
mantenerla. Lo único que puedo decirle es que, después de muerto aquel
hombre, me sentí profundamente triste. Olvidé por completo el incidente
mientras duró la guerra; pero al volver a España empecé a recordarlo, y
siempre con vivo malestar. Transcurren los años, y cuanto más viejo me
hago, con más persistencia lo recuerdo. Temo, en verdad, que llegue el
día en que no pueda apartar de mí los ojos de aquel hombre.
Guardó silencio el coronel unos instantes, sacudió la ceniza del
cigarro, y añadió después con leve entonación colérica:
--Todo esto es pueril, no hay que dudarlo, y me lo repito cien veces al
día. Los hombres no podemos ahuyentar jamás por completo los fantasmas
con que nos han hecho miedo en nuestra infancia... Porque, en último
resultado, ¿qué tenía yo que ver con aquel hombre? Él y yo no éramos
otra cosa que una agregación de átomos, y luego de células, que, por
leyes mecánicas y fatales, se unen para formar un organismo. Las fuerzas
que a ello han contribuído son eternas, y en el tiempo infinito han
formado otros seres más rudimentarios y los formarán más perfectos. ¿Qué
importa que aquel hombre muera, ni que muera yo, ni que muramos todos?
La hormiga que aplastamos con el pie en el camino es una maravilla de
perfección también. El mismo trabajo le ha costado a la Naturaleza
formar una hormiga que un vertebrado superior; esto es, ninguno. Y, sin
embargo, aplasta usted una hormiga, y ninguna emoción experimenta, corta
usted la cabeza de un vertebrado superior, de un ave o de un mamífero, y
ya comienza usted a sentir cierto sacudimiento nervioso vecino del
remordimiento. Pero mata usted voluntariamente al vertebrado llamado
hombre y la tristeza, más tarde o más temprano, se apodera de usted y no
le deja ya en toda la vida. Se invoca la ley de la solidaridad, es
cierto. Damos un puntapié a un perro, chilla, y los demás se ponen a
ladrar. Pero esta emoción tiene por causa el miedo, no el afecto o la
compasión. Lo mismo aúllan si ven alzado el palo sobre ellos. Se dirá
que en el remordimiento interviene también el miedo a los castigos de la
vida futura. ¿Y el que está perfecta, absolutamente persuadido, como yo,
de que no existe vida futura? ¿Verdad que es extraño, amigo Jiménez?
--En efecto, es un poco extraño.
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LAS LEYES INMUTABLES
El hombre del mundo que yo pensaba menos expuesto a volverse loco era mi
amigo Montenegro.
Era un ser tímido, reflexivo, metódico, lector asiduo de _La Época_,
apuntador incansable de todos sus gastos, hasta de las cajas de cerillas
que compraba.
Y, sin embargo, cayó repentinamente en una espantosa demencia.
Una tarde le encontré en el Retiro, y me pidió un millón de pesetas para
la canalización del río Manzanares. Se trataba de un negocio que
importaría, aproximadamente, cincuenta millones; él se había suscrito ya
por veinticinco: le faltaba la mitad; pero contaba con los banqueros más
importantes de Madrid, y conmigo, por supuesto.
Para llevar a feliz término este proyecto grandioso, le parecía muy
conveniente, se puede decir indispensable, hacerse diputado. «Ya ves, en
España la política lo absorbe todo... Si uno no es diputado», etc., etc.
Montenegro lo fué. Es decir, no lo fué; pero como si lo fuese. Una tarde
se presentó en el Congreso poco antes de abrirse la sesión; hizo avisar
al presidente de que un señor diputado electo deseaba jurar. El
presidente ordenó todo lo necesario para tan solemne acto, el crucifijo,
los Evangelios, etc.
Se dió la voz: «Un señor diputado va a prestar juramento.»
Los que estaban en los escaños se pusieron en pie, y Montenegro, vestido
de etiqueta y escoltado por los maceros, se presentó en el salón y
avanzó majestuosamente hacia la Presidencia.
¿Por qué ríe todo el mundo a carcajadas? Es que Montenegro llevaba un
zapato negro de charol y otro de color. El presidente le pregunta su
nombre, se entera de que no es diputado, sospecha que se trata de un
loco, y lo hace retirar.
Más adelante se presentó en el Palacio Real, dió el nombre de un ex
ministro del tiempo de la República poco conocido personalmente en
Madrid, y logró llegar de esta suerte hasta la cámara regia. Averiguada
en el momento la superchería, le agarrotaron como un paquete postal y lo
enviaron a la cárcel. Costó un trabajo increíble a su familia persuadir
a las autoridades de que no se trataba de un espeluznante complot
anarquista. Convencidas, al fin, lo entregaron, a condición de que se le
recluyese en un manicomio.
Así se efectuó. Mi buen Montenegro pasó algunos meses en un
establecimiento de alienados de Carabanchel. Pero como no había motivo
para tenerle encerrado, porque era el hombre más sensato del mundo, el
director lo restituyó a su familia, manifestando que se hallaba
completamente curado.
Después le encontré en la calle muchas veces, y solíamos charlar un
rato. Algunas veces me convidó a almorzar, y luego nos dábamos un paseo
en coche por el Retiro.
Precisamente durante uno de estos paseos saltó nuestra conversación a la
metafísica. Montenegro había leído bastante, y era hombre que le gustaba
investigar la causa de las cosas y sorprender los secretos de la
Naturaleza. Sostuvo aquella tarde una opinión que a mí me pareció al
pronto paradójica, a saber: que la pretendida diferencia entre las leyes
morales y las leyes físicas no era más que una ilusión del entendimiento
humano.
--No existe ley alguna, amigo Jiménez, que no dependa de una voluntad,
y, por tanto, que no sea moral. Primitivamente, éste fué el concepto de
la ley: una orden, una limitación dictada en nombre de una autoridad.
Más tarde, pasando de la esfera moral a la física, este concepto se
desnaturalizó. Un hecho se reproduce invariablemente y de un modo
inevitable mediante ciertas circunstancias, y lo llamamos ley, esto es,
una orden o prohibición. Nuestros primeros padres así lo comprendieron,
y por eso veían detrás de cada fenómeno de la Naturaleza el agente
secreto o el dios que lo producía. No había leyes inmutables para
ellos, porque todas pendían de una voluntad libre que podía cambiar.
Pero nosotros al observar que el fenómeno se reproduce incesantemente, y
que el agente no se hace visible jamás, deducimos que no existe,
abstraemos los fenómenos de la voluntad y les damos existencia propia...
¡La ley, la ley! ¿Qué es la ley? Para mí, sin la voluntad, es una
palabra vacía.
--Querido Montenegro--le respondí--, me parece que equivocas los
términos. Existen dos clases de fuerzas. Unas tienen conciencia de sí
mismas y obran con intención: son los agentes libres de que tú hablas.
Pero hay otras que no tienen conciencia de sí mismas: son los agentes
ciegos del mundo material. De aquí la necesidad de reconocer dos clases
de leyes, las leyes del orden moral y las leyes del orden físico.
--¡Ahí está el error! Esa separación es puramente arbitraria. Tú ves que
dos bolas de billar se aproximan y chocan. De aquí deduces que hay un
hombre que ha herido una de ellas con un taco. Pero ves que dos astros
en el cielo se aproximan también y chocan, y en vez de deducir que
existe un ser que los ha lanzado el uno contra el otro, te satisfaces
con decir: «Ese choque se ha efectuado en virtud de una ley inmutable.»
Yo digo: esa ley no es más que una abstracción. Si tú no ves los agentes
inteligentes y libres que producen los fenómenos, yo tampoco veo los
agentes ciegos de que me hablas. ¡Agentes ciegos! ¿Qué significa esto?
Si las leyes del mundo moral no pueden aplicarse al mundo físico, ni las
de éste al primero, fuerza es remontarse más alto y concebir un mundo
que los abrace y los comprenda a los dos. Y en este mundo tiene que
existir la inteligencia y la voluntad, porque no puede existir algo en
la parte que no se dé en el todo. Por todos lados veo que eso de la
inmutabilidad es una quimera.
Así continuamos discutiendo hasta que los coches comenzaron a desfilar
hacia la villa. Montenegro me invitó a tomar el té en su casa. Cuando
hubimos terminado, me dijo, no sin cierto aparato de misterio y
solemnidad:
--Voy a darte una prueba de confianza, Jiménez. Voy a demostrarte
prácticamente la verdad de lo que antes te he dicho acerca de las leyes
del Universo.
Altamente sorprendido, me dejé conducir desde el comedor hasta su
gabinete de trabajo. Desde allí, por una puertecita de escape, me hizo
entrar en otro gabinete, en cuyo centro había un gran aparato semejante
a una esfera armilar. El sol era un globo de cristal esmerilado,
iluminado en su centro por una bombilla de luz eléctrica. En torno suyo
giraban, por medio de una máquina de relojería, hasta una docena de
esferas más pequeñas y opacas, las cuales, como los planetas, no sólo
tenían movimiento de traslación, sino también de rotación. Habitando en
estas esferas opacas, me hizo ver gusanos en unas, escarabajos en otras,
y en otras, por fin, grillos.
--¡He aquí el Universo!--dijo sonriendo.
Yo empecé á mirarle con recelo.
--Por medio de este aparato que aquí ves--continuó--y al cual yo,
haciendo de Providencia, me encargo de dar cuerda cada ocho días, estas
esferas giran acompasadas y en orden eternal--como decís los
literatos--las unas en torno de las otras. Los insectos que las pueblan
están acostumbrados, porque han nacido aquí, a que el sol luzca doce
horas seguidas. Yo me encargo de apagarle cuando acabo de cenar, y
entonces enciendo estas estrellitas, que son unas cuantas bombillas de
diferente color. Yo los alimento, los limpio, les refresco la vivienda
cuando hace falta, o se la caliento... En fin, soy un Dios mucho más
benévolo que el nuestro.
Empecé a mirarle con más recelo aún.
--Pero esta vida tranquila y feliz no puede durar eternamente, porque te
repito que eso de las leyes eternas es una guasa. Soy un Dios benévolo
en la apariencia, malo en el fondo, que les tiene preparada una sorpresa
dolorosa, como a nosotros el nuestro, si hemos de dar crédito a San Juan
Evangelista. El día menos pensado...
Quedó unos instantes suspenso, y sus ojos comenzaron a girar de extraña
manera.
--¡Ese día ha llegado!--prorrumpió al fin con acento solemne--. Yo, que
soy su Dios, así lo quiero. Empecemos por los signos precursores.
Y acto continuo, por medio de adecuada manipulación, hizo que las
esferas comenzasen a girar en sentido contrario.
--¡Qué asombro el de estos pequeños seres--exclamó--al observar que el
sol camina hacia su levante! Pero aún lo será mayor ahora.
Y por medio de otra manipulación hizo que las esferas se moviesen como
péndulos, en vez de girar circularmente.
--¡Adiós ley de la gravedad!--profirió soltando una gran carcajada.
Yo me hallaba cada vez más desconfiado, y con unas ganas horribles de
marcharme.
--¡Pero esto no es nada!... Ahora van a ver estos pequeños mortales
cosas mucho más asombrosas.
Apagó repentinamente el foco del globo y, después de una pausa, encendió
otro de un color rojo subido. A su lado encendió otros focos del mismo
color.
--¡El cielo toma un color de sangre! ¡Se acerca el fin del mundo!
Inmediatamente hizo chocar uno de estos globos contra otro, y lo redujo
a polvo.
--¡Comienza el cataclismo!... En este momento se hacen rogativas entre
los escarabajos para desviar de su cabeza la cólera del Eterno... Pero
el Eterno no quiere; ¿lo oís bien? ¡El Eterno no quiere!--exclamó a
grandes gritos--. El Eterno quiere pulverizaros, en castigo de vuestros
pecados...
Hizo estallar otro globo, y después otro y otro, y así sucesivamente.
--¡El cielo ya no es más que un montón de ruinas, un caos! El Creador
reduce a la nada lo que de la nada ha sacado... Ahora os toca a
vosotros, miserables pigmeos, que habéis osado muchas veces dudar de la
omnipotencia divina y blasfemar de mi providencia. ¡Ahora os toca a
vosotros!
Yo estaba aterrado, y dirigí una mirada de angustia a la puerta, que,
afortunadamente, no estaba lejos.
--¡El ángel del Señor se va a encargar de destruiros!
Agarró una trompeta que tenía sobre la mesa, la llevó a los labios, y
produjo un sonido horrísono. Luego tomó un martillo y se puso a dar
golpes furiosos sobre las esferas opacas, haciéndolas pedazos en pocos
momentos. Y a grandes gritos comenzó a proferir:
--¡El juicio final! ¡Llegó vuestro día!... ¡Morid, réprobos, morid!...
¡El Apocalipsis!... Pero ¿dónde está la bestia? ¿Dónde está la bestia
del Apocalipsis?... ¡Ah, ya la veo!--exclamó dirigiéndome una mirada de
extravío--. Allí está... Allí está la bestia con sus siete cabezas y con
sus diez cuernos, semejante a un leopardo, blasfemando contra mí, contra
el Creador de todas las cosas. No blasfemes, malvado; no blasfemes
contra tu Dios... Yo soy el Primero y el Último, el que era, el que es,
el que será. Mi mano omnipotente te va a pulverizar...
Y diciendo y haciendo, se lanzó hacia mí con el martillo levantado. Pero
yo, que estaba prevenido, me puse de un salto cerca de la puerta y salí
gritando:
--¡Socorro! ¡Socorro!... ¡Sujetad al loco!
A mis voces salieron los criados y un hermano de Montenegro, le
arrojaron a los pies una silla, y le hicieron tropezar y dar de bruces
en el suelo. Entonces lograron sujetarlo, y yo escaparme, jurando no
volver a tener conexión en la vida con los que alguna vez han sido
locos.
* * * * *
Sin embargo, la compasión me arrastró un día a visitarle en el manicomio
de Carabanchel. No me permitieron hablarle, pero le pude ver paseando
por el jardín con otros enfermos. El doctor, que era un eminente
alienista, me dijo que Montenegro seguía empeñado en que no existen
tales leyes inmutables, y, en apoyo de su tesis, proyectaba construir un
universo con dos solas dimensiones.
El doctor me refería estas cosas sonriendo. Yo, que estaba preocupado y
aún lo estoy con este problema metafísico, le dije con acento reflexivo,
como si hablara conmigo mismo:
--¡Oh, las leyes inmutables!... Nos reímos de Montenegro; pero, en
último resultado, ¿quién sabe?... Hay mucho que hablar acerca de la
eternidad de las leyes.
El doctor se puso serio y fijó en mí una mirada profunda y escrutadora.
Yo me puse un poco colorado y me apresuré a despedirme.
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SOCIEDAD PRIMITIVA
La verdad es que para indemnizarme de los juegos de los hombres grandes,
no encuentro nada más agradable que los juegos de los pequeños. Los de
los primeros son pesados, nocivos, melancólicos, particularmente la
política; los de los segundos, alegres, expresivos, llenos de profundas
enseñanzas.
Por eso, cuando paseo en el parque del Retiro, acostumbro a sentarme en
cualquier banco de madera (nunca de piedra, por razones que me reservo),
y paso momentos bien gratos contemplando el bullicio de los niños.
En este pequeño mundo, como en el otro, existen toda clase de pasiones,
desde la envidia rastrera hasta el sublime heroísmo; el amor, los celos,
la arrogancia, el valor y el miedo. Pero todas ellas son adorables,
encantadoras, porque todas son naturales. La Naturaleza no produce cosas
feas. Es nuestra infame reflexión quien las introduce en la vida.
Luego, aquellas escenas que presencio me transportan a las primeras
edades del mundo y a los comienzos de la sociedad humana. ¡Qué santa
libertad para anudar y deshacer relaciones! La amistad cordial, el odio
franco, la envidia declarada, la vanidad ostensible, el miedo confesado.
Es una sociedad primitiva; es el ser humano independiente y libre,
dominador de la existencia y recreándose en ella.
Una niña cruzó por delante de mí con paso lento, casi solemne,
dirigiendo miradas de atención complaciente a todas partes. Era una
preciosa criatura de seis a siete años, rubia como una mazorca. Su
mamá, sin duda, era aficionada a las flores. Ella las miraba y remiraba,
parándose delante de una y de otra, acariciándolas alguna vez con su
manecita, tan blanca, tan primorosa, que no desmerecía de ellas. ¿Su
mamá era inteligente en jardinería? Pues ella también lo era, y lo
demostraba cortando con unas tijeritas las hojas que les sobraban.
¡Y que no estaba ella poco ufana de sus tijeritas, que pendían de una
cinta azul de seda sujeta a su cintura! ¡Con qué placer las contemplaba
balancearse al compás de su marcha! ¡Qué alegría se pintaba en sus ojos
azules al recortar delicadamente con ellas las hojitas que sobraban a
las flores!
Pero, ¿les sobraban realmente a las flores aquellas hojitas? Es lo que
se permitió dudar un guarda de grandes bigotes negros, que le gritó con
voz formidable:
--¡Eh, niña, cuidado con tocar a las flores, porque te llevaré a la
Dirección y te encerraré en el calabozo!
La niña quedó pálida, yerta. ¡Virgen de Atocha! ¡La Dirección, el
calabozo! ¡Y no ver más a su mamá, ni a Melita, ni a _Chichí!_...
Afortunadamente, llegó corriendo la Pepa, su vieja ama seca, que la
zarandeó por un brazo.
--¡Angelina! ¿Qué es lo que has hecho? ¡Tonta, retonta, atrevida! ¿No
sabes que las flores no se tocan?...
Indudablemente, ni aquel guarda tan feo ni la Pepa sabían una palabra de
jardinería, porque su mamá cortaba a menudo las hojas de las flores de
la terraza.
Se alejó el guarda descontento, se alejó la Pepa descontenta, y ella se
quedó descontenta también. Pero no tardó en contentarse. Olvidó
instantáneamente su crimen, y deplorando, como es justo, la falta de
instrucción agrícola de ciertas personas, prosiguió inspeccionando las
últimas plantaciones del Municipio, dejando a sus tijeritas inactivas.
Un poco más lejos había un grupo de chicos, ninguno de los cuales
pasaría de los diez años, que se ocupaban ardorosamente en inflar un
globo de pequeñas dimensiones. Lo habían suspendido a la rama de un
árbol, y quemaban papeles que introducían en él hasta que se consumían,
y volvían a introducir otros, y así sucesivamente. ¡Qué frívola
ocupación!, ¡qué niñería! Angelina, desde lo alto de sus facultades
estéticas, les dirigía una que otra mirada de lástima.
Entre aquellos soplaglobos, el que más se fatigaba y el que parecía
dirigir la operación, era un niño de robusta complexión, con grandes
ojos negros y fieros, cabellos negros también que le caían en rizos
sobre su frente sudorosa, y vestido con traje marinero. Por sus ademanes
imperiosos, por sus miradas terribles, por su gravedad, era un déspota
oriental en miniatura. Los demás le obedecían sin replicar.
Angelina, siempre inspeccionando sus flores, acertó a pasar cerca de
ellos. Uno la miró con el rabillo del ojo, sonrió y dijo algunas
palabras al oído del que tenía más cerca, que también sonrió y habló al
oído del de más allá. Todos suspenden sus trabajos y contemplan
sonrientes a la pequeña hada del jardín. Es decir, todos, no: el
caudillo de la tribu le clavó una mirada altiva, e inmediatamente la
apartó para continuar su tarea.
Angelina sintió sobre su frente el peso de aquellas miradas burlonas, y
se ruborizó.
Pero ¿qué es lo que se dicen?, ¿qué es lo que proyectan aquellos
revoltosos? Angelina no lo sabe, pero observa que se hablan sin dejar de
mirarla, y adivina que se urde una trama contra su persona. Echa una
mirada inquieta en torno suyo, y advierte con espanto que la Pepa se
halla muy lejos y distraída en conversación con otras domésticas. Todo
podía esperarse de aquellos seres primitivos, en los cuales apuntaba
solamente el alba de la conciencia ética.
Y, en efecto, sin darle tiempo a huir, se encuentra rodeada súbitamente
por ellos; la estrechan, lanzan gritos salvajes, ríen brutalmente, como
los héroes de la Odisea, y, por fin, llevan su osadía hasta poner sus
labios en el rostro de la preciosa niña.
La indignación pudo en ella más que el miedo, como ha sucedido siempre
con todas las doncellas cristianas.
--¡Que os pincho!, ¡que os pincho!--comenzó a gritar blandiendo sus
tijeritas.
Pero no llegó a hacerlo, porque se hallaba mucho más alta en la escala
de la evolución, y la horrorizaba verter una gota de sangre de su
prójimo.
Los bárbaros se aprovechan lindamente de aquel delicado sentido moral, y
uno tras otro besan riendo sus cándidas mejillas.
Mas he aquí que la justicia del cielo, revistiendo la forma corporal y
perecedera de la Pepa, cae inopinadamente sobre ellos. Bofetada de aquí,
pescozón de allá, estirón de orejas a uno, de pelos a otro, en mucho
menos tiempo de lo que tarda en decirse, pone en dispersión a aquella
canalla. Y en virtud del impulso adquirido (nos complacemos en
suponerlo), arremete también contra Angelina, y planta dos bofetadas en
aquellas rosadas mejillas, un instante antes tan besuqueadas.
Lloran los salvajes, llora su víctima y, ¡caso admirable!, llora también
la justicia celeste. ¿De ira? ¿De remordimiento?
Un minuto después, allí no había pasado nada. Los salvajes, satisfechos
a medias de su correría, vuelven a la tarea de inflar el globo, y
Angelina es arrastrada al tribunal de las domésticas para ser juzgada.
No se encontró ni sombra de culpabilidad en su conducta. Por tanto, fué
absuelta libremente, con todos los pronunciamientos favorables.
Limpiados sus ojos, restregadas sus mejillas hasta el rojo subido para
borrar las huellas de aquellos besos groseros, Angelina vuelve, como un
pajarito alegre y petulante, a inspeccionar las flores. Poco a poco se
va aproximando nuevamente al aduar de los bohemios, y pasa repetidas
veces por delante de ellos. «¡Oh coquetería femenina, que ya estalla en
un corazoncito de siete años!», exclamarán ustedes filosóficamente. Eso
pensé yo, naturalmente; pero pronto me convencí de que infería una
ofensa a la simpática niña.
Lo que la empujaba otra vez hacia el terreno de la tribu no era la
coquetería, sino un vivo sentimiento de justicia.
A pesar del aturdimiento y angustia en que la había puesto la agresión
de los bárbaros, pudo observar que el jefe de ellos, aquel hermoso niño
de ojos y cabellos negros, no había tomado parte en la algarada. Se
había mantenido en su sitio, contemplando con mirada burlona y desdeñosa
la fechoría de sus compañeros.
Angelina, al pasar por delante del grupo, le dirigía miradas
penetrantes de curiosidad y gratitud. La vi vacilar, dar un paso hacia
él, volver atrás; por fin, se acerca con ademán resuelto y le dice:
--A ti, porque has sido bueno, a ti te doy un beso.
Y, efectivamente, puso sus labios de coral en la atezada mejilla del
caudillo. Éste se deja besar inmóvil como una estatua, le dirige una
larga y orgullosa mirada, y, haciendo un mohín de desdén, vuelve con el
mismo afán a su tarea.
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UN TESTIGO DE CARGO
Hay personas que no pasean jamás sino por calles céntricas. Hay otras
que gustan de las excéntricas y solitarias, en los barrios extremos de
Madrid, lindantes con la campiña. Las hay, por fin, que no pasean ni por
unas ni por otras, y sólo encuentran alegría midiendo el pasillo de su
casa a trancos, y acercándose de vez en cuando a la estufa para
calentarse las manos.
Pues bien; declaro que yo pertenezco a la segunda categoría, aunque
también me agrada recorrer una y otra vez mi pasillo con las manos en
los bolsillos, particularmente cuando llueve, y dar unas cuantas vueltas
por las calles de Alcalá y de Sevilla a las horas de más tránsito.
Cuando esto último acaece, procuro que mi rostro vaya fruncido y
aborrascado para adaptarse al medio ambiente; pero es contra mi gusto,
bien lo sabe Dios, porque mi fisonomía, por naturaleza, es plácida y
sentimental.