A pesar de su culto a doña Beatriz, el Condesito seguía yendo a teatros,
paseos y reuniones aristocráticas. En dichos puntos siempre encontraba a
Elisa.
Esta volvió a emplear para cautivarle cuantos medios había antes
empleado; pero el Condesito, firme y frío como una roca, no se mostraba
sensible ni aun se daba por entendido.
Elisa no perdió por eso la esperanza: esforzó sus artes y llegó más allá
del término hasta donde en toda su vida había llevado la _flirtation_.
Tampoco así consiguió que el Conde diera la menor señal de que se
inclinara a rendirse.
Elisa se esmeró entonces en su vestido y peinado; lució nuevas y ricas
galas; aguzó el ingenio para que en las tertulias tuviese mayor hechizo
su conversación; atrajo en torno suyo a cuantos hombres valían más por
cualquier estilo; se rodeó de más brillante y numerosa corte que nunca,
y ni aun así pudo vencer la indiferencia del Conde.
Dióle las muestras más patentes y lisonjeras de su predilección; dejó
mil veces plantado a todo un círculo de admiradores, y rompiéndole, en
los bailes, fué a asirse del brazo del desdeñoso. Para él fueron las más
dulces miradas, las más afectuosas sonrisas; todos aquellos signos, en
suma, que suelen augurar favor y revelar amor, sin traspasar los límites
de la modestia y del decoro.
El Conde no respondía con desvío. Esto hubiera sino menos cruel. El
Conde respondía con gratitud, con cortesanía extremada y con tan glacial
acatamiento, que ponía fuera de sí a la pobre Marquesa.
Imaginó, por último, Elisa, que le iba sucediendo con el Conde lo que al
pastorcillo embustero de la fábula, que gritaba: «¡Al lobo! ¡Al lobo!»
cuando el lobo no venía, y que una vez que el lobo vino, no le valió
gritar «¡Al lobo!» porque los que podían socorrerle no dieron crédito a
sus gritos. Elisa calculó que el Conde no acudía al reclamo, temeroso de
nueva burla. Era, pues, indispensable darle pruebas de completa
sinceridad.
Mucho se violentó antes de resolverse. Su orgullo se resistía. Sus
costumbres, tan contrarias a la humilde franqueza, ponían dique a su
deseo. Elisa sabía prometer, alentar, dar esperanzas de un modo tan
aéreo y confuso, que se pudiese negar hasta ella misma que había
prometido y alentado. Su amor, o más bien el fantasma, la apariencia de
amor que ella creaba y alimentaba en su alma, era tan sutil y vaporoso,
que se deslizaba hasta el seno de los más empedernidos, despertando a
veces tempestades, y no dejaba huella ni rastro de su paso. Se
desvanecía como sombra; era ilusorio, vano como silfo, y tenía la fuerza
de un gigante para destrozar corazones.
Pero este fantasma de amor no le valía ya con el Conde. Verdadero amor,
aunque nacido de envidia y celos, no le valía tampoco. El Conde,
escarmentado ya del amor falso, tomaba por falso el verdadero. Era
indispensable que el amor mostrase su verdad y su realidad, sin que
ofreciese la más pequeña duda. Elisa ansiaba robar a doña Beatriz el
corazón del Conde, costase lo que costase.
En esta disposición de ánimo, Elisa estaba determinada a todo lo que
pudiese asegurarle la victoria. Pero, en medio de sus más violentas
pasiones, la prudencia no la abandonaba. Calculaba con serenidad, como
si estuviese en calma.
Calculó, pues, en esta ocasión, que rendirse sin condiciones no era
triunfo, sino derrota; que podría suceder que el Conde, verdadero
triunfador, volviese a doña Beatriz, ocultándole una infidelidad efímera
o pidiéndole perdón de su culpa. Sólo con pensarlo temblaba Elisa de
despecho.
Su primera idea de que el Conde fuese, si dejaba a doña Beatriz, o su
marido o su amante, se limitó a uno solo de los dos términos del dilema.
La Marquesa, tan libre hasta allí, decidió sujetarse al dominio de
aquel hombre. Era rica; a pesar de sus vanos coqueteos, su reputación se
había conservado sin mancha; era de una familia no menos ilustre que el
Conde; era para el Conde un excelente partido; ¿por qué no habían de
casarse los dos? Era el único medio seguro que tenía Elisa de triunfar
de doña Beatriz.
En mujer tan orgullosa como Elisa no cabía una insinuación directa con
el Conde: no cabía que ella se le declarase. Decidióse, pues, a dar un
paso, que no comprometía su buena fama, que la dejaba ilesa, aunque
pudiese mortificar su vanidad.
Llamó a su casa a un anciano tío suyo que le inspiraba la mayor
confianza; hizo con él confesión general de sus coqueteos con el Conde
de Alhedín; reconoció que con el amor no hay burlas; declaró que,
burlando ella con el amor, era ya la burlada, la cautiva y la enamorada;
y suplicó al prudente tío que viese a la madre del Condesito, y que,
como cosa suya, si bien dando a entender que le constaba que la Marquesa
estaba propicia, propusiese a dicha señora tan brillante matrimonio para
su hijo.
El tío cumplió con discreción y habilidad el delicado encargo. La
Condesa viuda de Alhedín halló que su hijo no podía soñar con mejor
boda, y se puso enteramente de parte de la Marquesa, cuya decidida
voluntad en favor del Conde la lisonjeaba en extremo.
No hay que decir que esta negociación se llevó con el mayor sigilo.
La Condesa de Alhedín tuvo con su hijo una larga conversación: le habló
de la boda propuesta como de una gran dicha para su casa; como de un
fausto suceso que merecería toda su aprobación, y trató de apartarle de
los enredos galantes que le suponía, pintándole las delicias del hogar
doméstico y repitiendo lo que otras veces había manifestado, de que ya
era tiempo de que tuviese una familia, adquiriese otra gravedad y
respetabilidad y emplease su vida y las altas prendas que Dios le había
dado en asuntos serios, que redundasen en pro y mayor lustre de su
nombre y en bien de su patria.
El Condesito volvió a negar a su madre que él tuviese relaciones con
doña Beatriz, y le confesó que había estado prendadísimo de la Marquesa;
pero añadió que su coquetería sin entrañas le había curado de aquel
principio de amor, y que tan radicalmente le había curado, que le era ya
imposible amar a la Marquesa, y por consiguiente casarse con ella, si
bien reconocía que era merecedora de llevar el nombre de él y de ser su
compañera de toda la vida.
En resolución, aunque de un modo indirecto, y con el más profundo
sigilo, y suavizando el golpe los dos medios por quien pasó, a saber:
primero, la Condesa, al hablar con el tío, y el tío luego al hablar con
la sobrina; ésta, como dura lección y como castigo de sus _flirtations_,
recibió lo que vulgarmente llamamos unas terribles calabazas.
La soberbia de Elisa, ofendida y humillada en lo más vivo, pedía
venganza desde el fondo de su corazón.
Jamás Elisa había previsto, ni en sus sueños más negros y desesperados,
que un hombre se había de resistir a sus atractivos poderosos y a la
magia de sus coqueteos; que este hombre la había de enamorar cuando era
ella la que solía enamorar a todos los hombres, y que al fin la había de
impulsar hasta el punto de tomar la iniciativa y de mendigar su mano, y
de recibir de él una repulsa insolente y desapiadada.
La causa de todos estos males era doña Beatriz. Por culpa de doña
Beatriz creía Elisa que se había enamorado del Conde; por culpa de doña
Beatriz creía que el Conde la desdeñaba.
La cólera se apoderó de su alma; la cólera arrojó de allí todo
sentimiento generoso, todo escrúpulo, toda consideración que se opusiera
a la venganza.
Con tal de vengarse no le arredraba ya ni el delito; no le sonrojaba
meditar en los medios más viles y llegar a valerse de ellos.