XVII

A pesar de su culto a doña Beatriz, el Condesito seguía yendo a teatros,

paseos y reuniones aristocráticas. En dichos puntos siempre encontraba a

Elisa.

Esta volvió a emplear para cautivarle cuantos medios había antes

empleado; pero el Condesito, firme y frío como una roca, no se mostraba

sensible ni aun se daba por entendido.

Elisa no perdió por eso la esperanza: esforzó sus artes y llegó más allá

del término hasta donde en toda su vida había llevado la _flirtation_.

Tampoco así consiguió que el Conde diera la menor señal de que se

inclinara a rendirse.

Elisa se esmeró entonces en su vestido y peinado; lució nuevas y ricas

galas; aguzó el ingenio para que en las tertulias tuviese mayor hechizo

su conversación; atrajo en torno suyo a cuantos hombres valían más por

cualquier estilo; se rodeó de más brillante y numerosa corte que nunca,

y ni aun así pudo vencer la indiferencia del Conde.

Dióle las muestras más patentes y lisonjeras de su predilección; dejó

mil veces plantado a todo un círculo de admiradores, y rompiéndole, en

los bailes, fué a asirse del brazo del desdeñoso. Para él fueron las más

dulces miradas, las más afectuosas sonrisas; todos aquellos signos, en

suma, que suelen augurar favor y revelar amor, sin traspasar los límites

de la modestia y del decoro.

El Conde no respondía con desvío. Esto hubiera sino menos cruel. El

Conde respondía con gratitud, con cortesanía extremada y con tan glacial

acatamiento, que ponía fuera de sí a la pobre Marquesa.

Imaginó, por último, Elisa, que le iba sucediendo con el Conde lo que al

pastorcillo embustero de la fábula, que gritaba: «¡Al lobo! ¡Al lobo!»

cuando el lobo no venía, y que una vez que el lobo vino, no le valió

gritar «¡Al lobo!» porque los que podían socorrerle no dieron crédito a

sus gritos. Elisa calculó que el Conde no acudía al reclamo, temeroso de

nueva burla. Era, pues, indispensable darle pruebas de completa

sinceridad.

Mucho se violentó antes de resolverse. Su orgullo se resistía. Sus

costumbres, tan contrarias a la humilde franqueza, ponían dique a su

deseo. Elisa sabía prometer, alentar, dar esperanzas de un modo tan

aéreo y confuso, que se pudiese negar hasta ella misma que había

prometido y alentado. Su amor, o más bien el fantasma, la apariencia de

amor que ella creaba y alimentaba en su alma, era tan sutil y vaporoso,

que se deslizaba hasta el seno de los más empedernidos, despertando a

veces tempestades, y no dejaba huella ni rastro de su paso. Se

desvanecía como sombra; era ilusorio, vano como silfo, y tenía la fuerza

de un gigante para destrozar corazones.

Pero este fantasma de amor no le valía ya con el Conde. Verdadero amor,

aunque nacido de envidia y celos, no le valía tampoco. El Conde,

escarmentado ya del amor falso, tomaba por falso el verdadero. Era

indispensable que el amor mostrase su verdad y su realidad, sin que

ofreciese la más pequeña duda. Elisa ansiaba robar a doña Beatriz el

corazón del Conde, costase lo que costase.

En esta disposición de ánimo, Elisa estaba determinada a todo lo que

pudiese asegurarle la victoria. Pero, en medio de sus más violentas

pasiones, la prudencia no la abandonaba. Calculaba con serenidad, como

si estuviese en calma.

Calculó, pues, en esta ocasión, que rendirse sin condiciones no era

triunfo, sino derrota; que podría suceder que el Conde, verdadero

triunfador, volviese a doña Beatriz, ocultándole una infidelidad efímera

o pidiéndole perdón de su culpa. Sólo con pensarlo temblaba Elisa de

despecho.

Su primera idea de que el Conde fuese, si dejaba a doña Beatriz, o su

marido o su amante, se limitó a uno solo de los dos términos del dilema.

La Marquesa, tan libre hasta allí, decidió sujetarse al dominio de

aquel hombre. Era rica; a pesar de sus vanos coqueteos, su reputación se

había conservado sin mancha; era de una familia no menos ilustre que el

Conde; era para el Conde un excelente partido; ¿por qué no habían de

casarse los dos? Era el único medio seguro que tenía Elisa de triunfar

de doña Beatriz.

En mujer tan orgullosa como Elisa no cabía una insinuación directa con

el Conde: no cabía que ella se le declarase. Decidióse, pues, a dar un

paso, que no comprometía su buena fama, que la dejaba ilesa, aunque

pudiese mortificar su vanidad.

Llamó a su casa a un anciano tío suyo que le inspiraba la mayor

confianza; hizo con él confesión general de sus coqueteos con el Conde

de Alhedín; reconoció que con el amor no hay burlas; declaró que,

burlando ella con el amor, era ya la burlada, la cautiva y la enamorada;

y suplicó al prudente tío que viese a la madre del Condesito, y que,

como cosa suya, si bien dando a entender que le constaba que la Marquesa

estaba propicia, propusiese a dicha señora tan brillante matrimonio para

su hijo.

El tío cumplió con discreción y habilidad el delicado encargo. La

Condesa viuda de Alhedín halló que su hijo no podía soñar con mejor

boda, y se puso enteramente de parte de la Marquesa, cuya decidida

voluntad en favor del Conde la lisonjeaba en extremo.

No hay que decir que esta negociación se llevó con el mayor sigilo.

La Condesa de Alhedín tuvo con su hijo una larga conversación: le habló

de la boda propuesta como de una gran dicha para su casa; como de un

fausto suceso que merecería toda su aprobación, y trató de apartarle de

los enredos galantes que le suponía, pintándole las delicias del hogar

doméstico y repitiendo lo que otras veces había manifestado, de que ya

era tiempo de que tuviese una familia, adquiriese otra gravedad y

respetabilidad y emplease su vida y las altas prendas que Dios le había

dado en asuntos serios, que redundasen en pro y mayor lustre de su

nombre y en bien de su patria.

El Condesito volvió a negar a su madre que él tuviese relaciones con

doña Beatriz, y le confesó que había estado prendadísimo de la Marquesa;

pero añadió que su coquetería sin entrañas le había curado de aquel

principio de amor, y que tan radicalmente le había curado, que le era ya

imposible amar a la Marquesa, y por consiguiente casarse con ella, si

bien reconocía que era merecedora de llevar el nombre de él y de ser su

compañera de toda la vida.

En resolución, aunque de un modo indirecto, y con el más profundo

sigilo, y suavizando el golpe los dos medios por quien pasó, a saber:

primero, la Condesa, al hablar con el tío, y el tío luego al hablar con

la sobrina; ésta, como dura lección y como castigo de sus _flirtations_,

recibió lo que vulgarmente llamamos unas terribles calabazas.

La soberbia de Elisa, ofendida y humillada en lo más vivo, pedía

venganza desde el fondo de su corazón.

Jamás Elisa había previsto, ni en sus sueños más negros y desesperados,

que un hombre se había de resistir a sus atractivos poderosos y a la

magia de sus coqueteos; que este hombre la había de enamorar cuando era

ella la que solía enamorar a todos los hombres, y que al fin la había de

impulsar hasta el punto de tomar la iniciativa y de mendigar su mano, y

de recibir de él una repulsa insolente y desapiadada.

La causa de todos estos males era doña Beatriz. Por culpa de doña

Beatriz creía Elisa que se había enamorado del Conde; por culpa de doña

Beatriz creía que el Conde la desdeñaba.

La cólera se apoderó de su alma; la cólera arrojó de allí todo

sentimiento generoso, todo escrúpulo, toda consideración que se opusiera

a la venganza.

Con tal de vengarse no le arredraba ya ni el delito; no le sonrojaba

meditar en los medios más viles y llegar a valerse de ellos.

Pasarse de listo · 第 18 / 24 题