XVI

Entre las muchísimas faltas que me ponen los críticos, nada me aflige

tanto como que me acusen de pintar siempre mujeres algo levantiscas y

desaforadas. «¿Con quién se trata el autor?--dicen--. ¿No ha conocido

sino mujeres livianas? ¿Por qué no nos presenta en sus historias a las

honradas y puras, a las que cumplen siempre con su deber, a las que

pueden y deben servir de modelo?» «Este autor--añaden--odia a las

mujeres o tiene malísima opinión de ellas.»

En contra de tan injusta acusación me toca decir que ni Clara, ni Lucía,

en _El Comendador Mendoza_, ni menos aún Irene, en _El Doctor Faustino_,

carecen de todas aquellas prendas y requisitos que pueden y deben hacer

de la mujer una criatura angelical. No negaré, en cambio, que doña

Blanca había pecado, y que la ferocidad de su penitencia era peor que

el pecado mismo; que Pepita Jiménez fué demasiado coqueta y más

apasionada de lo razonable, y que una vez enamorada no sabía contenerse,

y se disparaba como una pistola al pelo; que María, la inmortal amiga,

se abandonó a su pasión como si no hubiese tenido libre albedrío, como

si hubiese sido impulsada por una fuerza irresistible; que Constancita

era interesada, calculadora y caprichosa, y que Rosita no reconocía más

ley divina o humana que la de su antojo; pero en todas estas

mujeres--nadie sostendrá lo contrario--se advierten, en medio de sus

mayores extravíos, tal anhelo de infinito amor, tan dulce ternura y tan

fervoroso ahinco de hacer el papel de salvadoras y redentoras, de

proporcionar la bienaventuranza o un asomo de bienaventuranza para el

hombre querido, aun a costa de la propia condenación, que las perdonamos

sin esfuerzo y nos parecen simpáticas.

Por otra parte, lo tengo que repetir aquí, aunque peque de cansado: de

una virtud completa no se puede sacar acción que interese y que tenga

algo dramático, a no imaginar monstruos horrendos, perseguidores de

dicha virtud.

Como también me acusan, y sin duda con más motivo, de pobreza de

imaginación, no debe de extrañarse que yo no haya tenido hasta ahora el

suficiente brío para inventar esos monstruos.

Importa, por último, tener en cuenta que, en estas historias profanas

que llaman novelas, no conviene que sean los personajes como alegorías

de virtudes o de vicios, sino que se tomen de la vida real, donde, por

lo común, se advierte en ellos cierta mezcla de buenas y de malas

cualidades, de vicios y de virtudes, de arranques sublimes y de

flaquezas lastimosas, que es lo que constituye la verdad de los

caracteres y lo que da a los personajes fingidos, si el estilo del autor

es poderoso para tanto, más viva y persistente realidad que a los

personajes históricos.

En una narración poética, que tal es cualquiera novela, aunque en prosa

esté escrita, una mujer inmaculada, una santa, un ángel, no puede

mezclarse en la acción sino a costa de los otros personajes; lo mejor es

que aparezca, sin llegar con el extremo de su vestidura al lodo de la

tierra, y acabe por esfumarse en el éter o por subir al empíreo. Sus

pies apenas si deben tocar al suelo.

En suma: sea como sea de todo lo dicho, pues no aspiro a dar reglas

estéticas para escribir novelas, es lo cierto que yo, no porque opine

mal de las mujeres, sino por falta de imaginación y por el infortunio de

no haber hallado con frecuencia a santas--ni a santos tampoco--en este

mundo sublunar, me he de permitir introducir en esta historia, verdadera

y sencilla, un nuevo personaje, mujer también, que dista más que ninguna

otra de mis heroínas de ser un dechado de perfección; pero que

interviene poderosamente en los sucesos que debo referir.

Esta mujer es una Marquesa. Su título no es menester decirle. La

llamaremos por su nombre de bautismo, como si tuviésemos con ella la

mayor intimidad. La llamaremos Elisa.

Hacía cerca de tres años que se había quedado viuda. No llegaba aún a

los treinta de edad. No tenía hijos. Era riquísima y muy elegante. Ni

sus más acérrimas enemigas negaban que era discreta, ingeniosa,

divertida y alegre. Ni sus más decididos adoradores se atrevían a

llamarla hermosa, ni sus detractores se propasaban jamás a calificarla

de fea. Todos, por unanimidad, la declaraban _distinguida_ en grado

eminente. Pero ¿en qué y por qué se distinguía? No era ni muy alta ni

muy baja, ni muy blanca ni muy morena, ni pelinegra ni rubia. En ninguna

de sus facciones había nada de extraordinario ni de marcado. Su nariz no

era larga ni chata, ni muy regular ni muy irregular; su boca no era ni

grande ni chica; contra sus dientes no podía lanzar nadie un epigrama,

pero tampoco, sin hipérbole, podía compararlos con las perlas. En

resolución: desmenuzadas y analizadas todas las visibles y corporales

prendas de Elisa, como, por ejemplo, manos, talle, pies, brazos,

garganta y frente, nada había que llamase la atención ni por bueno ni

por malo. La simétrica disposición o el orden de todas estas partes nada

tenía tampoco de singular. Lo singular de Elisa estaba en el conjunto,

pero de un modo extraño. La expresión de su fisonomía era sin duda lo

que la hacía notable, lo que, más que notable, la hacía inolvidable para

quien la había visto una vez sola.

Se diría que su aparición tenía para todas las almas una fuerza

semejante a la de la prensa que estampa en el bronce o en el oro, con

indeleble y firme dibujo, la imagen que lleva en sí el troquel. Y Elisa

además hacía de suerte que, cediendo a todas las exigencias de la moda

voluble, adoptando todas sus mudanzas en vestido y peinado, conservaba

siempre inalterable, inmutable, la traza material de su persona, como la

figura que en el troquel de acero está grabada. El tiempo mismo parecía

haberse parado para ella desde hacía ocho años. Al menos se requería

contemplar a Elisa muy de cerca a fin de advertir sobre su rostro alguna

levísima huella del tiempo que había pasado.

Contábanse tales prodigios acerca del poder seductor de Elisa, que hasta

los hombres más fatuos y más preciados de invulnerables temían

enamorarse si llegaban a tratarla mucho. Se suponía que había inspirado

pasiones frenéticas, tercas, profundas y duraderas, y que ella, o había

permanecido insensible, o había cedido por un instante a una efímera

simpatía, a una alucinación momentánea que antes de dominar su corazón

se había desvanecido como sueño. Si había levantado algún ídolo en el

altar de su mente, le había derrocado en seguida.

El Marqués, marido de Elisa, había sido un señor insignificante y muy

_comm'il faut_. Su matrimonio, hecho por razón de estado y de hacienda,

ni había procedido de amor, ni le había creado después. La completa

vanidad, el vacío perfecto de todo cariño, de toda estimación y de toda

confianza, desde el día de la boda hasta el día de la muerte, se había

ocultado primorosamente bajo las formas corteses de la consideración

mutua, del frío respeto y de la más delicada galantería.

Por lo demás, Elisa siempre había pasado por recatada y prudente. No se

citaba, durante su matrimonio, un solo triunfo que el amor hubiese

alcanzado sobre ella. Había sabido infundir, o sin saberlo ni

pretenderlo ella, había infundido esperanzas que no llegaban a

cumplirse.

Hasta ya viuda, Elisa no había tratado con frecuencia al Conde de

Alhedín.

Verle y desear enamorarle fué en ella todo uno. Ella era un genio para

lo que procederíamos rudamente en llamar coquetería, porque su

coquetería era tan sutil, tan aérea y tan refinada, que necesitaba de un

nombre más peregrino y más nuevo. Así es que, según lo que yo he llegado

a averiguar, por causa de Elisa hubo de introducirse en el dialecto

elegante y aristocrático de Madrid el vocablo inglés _flirtation_, que

ya empieza a divulgarse y hasta a avillanarse. Hace algunos años era un

vocablo que no se pronunciaba sino en los salones más elegantes, y

apenas si se aplicaba a otra mujer que no fuese Elisa.

Elisa empezó, pues, a _flirtear_ con el Condesito.

Pronto logró enamorarle un poco; pero no era el Condesito de los que se

rinden y se esclavizan con facilidad.

La _flirtation_ no deja rastro, ni huella, ni señal de la herida, y

puede no obstante penetrar en lo profundo del alma y herirla de muerte.

El más esencial primor de la _flirtation_ consiste, a lo que me han

asegurado, en disparar dardos tan invisibles, que la persona que los

dispara pueda darse por desentendida; en augurar favores sin que se

atine jamás ni con el fundamento ni con el testimonio del agüero, y en

evocar esperanzas en virtud de conjuros tan misteriosos que no los

perciba quien los pronuncie. La duda de que una mujer ha hecho algo para

alentarnos, debe quedar en pie. Sobre esta duda debe aparecer otra no

menos importante, a saber: dado que la mujer haya hecho algo en el

mencionado sentido, ¿lo ha hecho con voluntad reflexiva o arrebatada?

¿Hubo premeditación o fué todo inspiración inconsciente?

Justo es advertir que esta teoría acerca de la _flirtation_ me la ha

explicado una señora de mucho talento y muy docta en tales estudios. De

lo que yo no respondo, es de que el vocablo inglés tenga el mismo

significado por dondequiera. Tal vez _flirtation_ y _coquetería_ sean en

la Gran Bretaña perfectos sinónimos. Pero aquí no tratamos de filología.

Importa poco el valor etimológico y genuino de la palabra. Lo que nos

importa resolver es que la palabra _flirtation_, en los salones

elegantes de España, tiene un valor muy distinto; significa un

refinamiento, un alambicamiento de coquetería, y no la coquetería llana

y sencilla que por lo común se estila.

Desgraciadamente para nuestra Marquesa, el Conde de Alhedín no era

hombre contra quien pudiesen valer artes tan sutiles. El Conde quizá

gustaba de reposarse tranquilamente en la duda cuando se trataba de

otras materias; pero en negocios de amor, gustaba de salir de la duda

cuanto antes.

Los coqueteos de Elisa no tuvieron, pues, el éxito que con otros hombres

habían tenido.

El Conde planteó el problema de tal suerte, que fué menester que la

incógnita se despejase. Elisa escamoteó, negó todos sus coqueteos, y el

Conde se apartó serena y hasta fríamente de su pretensión amorosa.

Volvieron los coqueteos; se renovaron las exigencias; ella negó de

nuevo, y el Condesito, sin darse por ofendido, desistió por completo de

hacer la corte a Elisa. Todo coqueteo ulterior fué trabajo perdido. El

Condesito ni siquiera dió a Elisa una satisfacción de amor propio,

dejando ver su enojo o exhalando una queja.

El último coqueteo, la última _flirtation_ a que el Conde se había

mostrado sensible, había sido en París, durante la primavera. En París

sobrevino también la firme decisión del Conde de no mostrarse sensible

nuevamente. Y el Conde supo cumplir su firme decisión. Conquistas más

fáciles le consolaron y distrajeron de aquel ligerísimo contratiempo.

Mil veces más mortificado quedó en esto el orgullo de Elisa que el del

Conde. Poco acostumbrada Elisa a que los galanes desistieran tan pronto

de pretenderla y se retirasen además con tan glacial reposo, se sintió

algo picada, si bien disimuló el pique.

El Condesito y ella quedaron, en apariencia, al menos, muy amigos.

Tuvo él que venir a Madrid para negocios, y prometió a Elisa ir a

Biarritz a pasar el verano.

Ocurrió, estando en Madrid el Conde, la aparición de doña Beatriz y de

Inés en los Jardines del Buen Retiro; el empeño del Conde en conocerlas

y tratarlas, y cuanto a la larga hemos ya referido.

El Conde no fué a Biarritz a cumplir su promesa amistosa.

Elisa, al principio, distraída con otros coqueteos, circundada de

adoraciones y triunfante como nunca, no echó de menos la falta del

Conde. Supuso que sus negocios duraban aún y le retenían en Madrid.

Más tarde, cuando llegó a los oídos de ella que al Conde le retenían en

Madrid nuevos amores, Elisa se sintió un tanto cuanto contrariada; pero

no bien averiguó que los nuevos amores no eran con ninguna gran señora,

con ninguna dama encopetada y célebre, sino con una lugareña, mujer de

un escribiente o cosa por el estilo, le entró una terrible gana de reír

y de burlarse del Condesito, y olvidó sus brillantes victorias pasadas,

considerándole como un infeliz parapoco, que se refugiaba entre las

_cursis_, o por no lograr nada en esferas superiores, o por tener ánimo

abatido, o gusto estragado, ruin y plebeyo.

Volvió Elisa a Madrid. Vió al Conde en teatros, paseos y tertulias, y

halló en él tanta cordialidad y tan amistoso afecto, que tuvo por más

cierta que nunca su indiferencia para con ella en punto a los amores. La

indiferencia no podía ser afectada o fingida de aquella manera.

Esto empezó a herir la vanidad de Elisa. No nos atrevemos a asegurar que

hiriese también alguna otra fibra de su corazón, menos mezquina que

aquella que a la vanidad corresponde.

Se apoderó asimismo del ánimo de Elisa la más viva curiosidad de conocer

a la mujer del empleadillo, de quien todos afirmaban ya que el Conde

andaba enamorado.

Pero doña Beatriz no había penetrado en más salones que en los de la

Condesa de San Teódulo; no iba a paseo en coche, por la sencilla razón

de que no le tenía, y a misa iba a otras iglesias y a otras horas que

las de Elisa.

Sea como sea, se pasaron meses sin que Elisa llegase a ver a doña

Beatriz. Bien es verdad que, si Elisa andaba curiosa, andaba también

temerosa de verla. Tenía miedo de hallarla hermosa y naturalmente

distinguida. Se deleitaba con fingírsela vulgar y ordinaria.

Entre tanto, vino a noticia de Elisa algo que hubo de mortificarla más

que nada: el empeño del Conde en hacer creer que sus relaciones con doña

Beatriz eran el propio petrarquismo. Fuese esto verdad o mentira,

implicaba una consideración, un respeto, una atención tan delicada hacia

la mujer del empleadillo, que Elisa se llenaba de ira y hasta de envidia

cuando en ello cavilaba. Mientras más esfuerzos hacía por no cavilar,

más frecuentes eran las cavilaciones.

Todavía se conformaba Elisa con explicárselo todo por cierta cobardía,

desidia o pobreza de espíritu, que retraía al Conde de lo difícil y le

inclinaba a lo fácil; que le inducía a apartarse de los caminos ásperos

y de escarpada subida para seguir los senderos trillados y llanos. Lo

que no podía sufrir con paciencia era que el Conde se complaciese y aun

se gloriase de ir subiendo por mayores asperezas, y de estar luchando

con dificultades más rudas que las que ella le había excitado en balde a

subir y a vencer.

A pesar de su empeño en fingirse todo lo contrario, Elisa insistió

entonces en formar gran idea del mérito de doña Beatriz.

--Debe de ser--decía para sí--una mujer diabólica, hermosa, discreta,

poseedora de infernales recursos, cuando ha logrado hechizar y embobar

al Conde, que no es ningún chico inexperto ni ningún majadero.

Con estas y otras parecidas reflexiones la Marquesa se atormentaba casi

de continuo.

La nueva, por último, del duelo del Conde con el poeta Arturo por

defender la inmaculada pureza de la mujer del empleadillo, estalló como

una bomba en el corazón de Elisa.

--La quiere, la adora con frenesí--decía Elisa en el fondo del alma--.

¿Qué habrá hecho ese demonio para cautivar aquellos libres pensamientos,

para turbar aquella mente despejada y serena, para mover una tempestad

de pasiones en aquel espíritu tan calmoso?

Nada de fijo se contestaba Elisa a tales preguntas; pero vagamente se

fingía ya a doña Beatriz tan bella, tan discreta y tan elegante como lo

era en realidad, y suponía asimismo en doña Beatriz un arte no

aprendido, una sabiduría infusa tal y tan extraordinaria, que todas las

_flirtations_ que ella solía emplear eran burdas, pueriles o necias, en

comparación de las de aquella obscura y venturosa provinciana.

En esta situación de ánimo ocurrió un día la maldita casualidad de que,

yendo Elisa a paseo en landó, al pasar por la Puerta del Sol a eso de

las cuatro de la tarde, se interpusiesen unas mujeres distraídas y

estuviesen a punto de ser atropelladas. El hombre que las acompañaba las

libró del peligro agitando su bastón delante de los caballos, los

cuales, espantados, se alzaron de manos, y encabritándose y manoteando

estremecieron el landó y asustaron a su vez a Elisa.

¡Cuán sorprendida no quedaría ésta al reconocer en el hombre que le

acababa de dar el susto al propio Conde de Alhedín, quien la saludaba

cortésmente y le pedía por señas humilde perdón de aquella

imprescindible irreverencia!

No hubo tiempo para que el Conde hablase a Elisa, cuyos caballos,

apartado el Conde que les estorbaba el paso, arrancaron con furia, a

pesar del brío con que los retenía el cochero.

Elisa tuvo tiempo, no obstante, para mirar, para examinar a ambas

mujeres. Al punto adivinó quiénes eran.

Cruel fué el resultado de su examen. Absorbida su atención en Beatriz,

apenas se fijó en Inesita; pero a Beatriz la vió, la contempló, la

estudió con una intensidad tan honda, que compensó de sobra lo breve del

tiempo que duró el estudio.

En lo más íntimo de su conciencia, en aquel abismo adonde no llega el

amor propio por grande que viva en nosotros, y hasta donde el

entendimiento penetra rara vez ofuscado, Elisa se reconoció por un

instante muy inferior en todo a doña Beatriz.

Pronto, sin embargo, volvió su ánimo de la postración; se recobró del

amilanamiento, del desmayo en que había caído.

La reacción del orgullo herido fué violentísima y poderosa.

Entonces, corriendo en su coche por la calle de Alcalá abajo, Elisa juró

guerra a muerte a doña Beatriz, la cual estaba muy ajena de que se

alzaba contra ella tan temible enemiga.

En nombre del orgullo, en nombre del amor, que con el orgullo nació de

súbito en su alma, si bien con bastardo e impuro nacimiento, Elisa se

resolvió a luchar, a aventurarlo todo por atraer de nuevo al Conde y por

quitárselo a doña Beatriz y tomarle ella.

Marido o amante, todo le era igual en aquel momento de ira: lo que le

importaba era rendir al Conde, conseguir que no fuese de doña Beatriz,

lograr que aquella mujer se viese abandonada.

Pasarse de listo · 第 17 / 24 题