Dos días después del cruel desengaño de Elisa, don Braulio González, al
ir a sentarse en la mesa de su despacho en el Ministerio, vió sobre el
pupitre una carta que le iba dirigida. La abrió y leyó lo que sigue:
«Señor don Braulio: La fama va esparciendo por todas partes que es usted
listísimo. Yo le he tomado a usted afición y no quiero creerlo. En la
situación de usted, llamarle listo es hacerle la mayor injuria.
Verdaderamente usted no puede ser listo dentro de lo justo. O usted no
es listo, o usted se pasa de listo. Prefiero creer y decir que usted es
tonto. ¡Sería tan infame saber y disimular! No; usted ignora lo que en
Madrid sabe todo bicho viviente. Usted no disimula. No se disimula con
tanta habilidad. Discreto es el Conde de Alhedín, discreta es doña
Beatriz, y sin embargo no han disimulado.»
Así terminaba la infame carta. Ni una palabra más. No tenía firma. La
letra parecía contrahecha.
Don Braulio leyó la carta una, dos, hasta tres veces, como quien no se
entera bien, como quien no da crédito al testimonio de sus sentidos,
como quien duda aún de si es realidad o si es una pesadilla o un delirio
lo que percibe.
Sin alterarse luego, hizo con pausa mil añicos de la carta, incluso del
sobre; después estuvo a punto de echar los añicos en el cesto que tenía
al lado para los papeles rotos; y al cabo, como reflexionándolo mejor, y
como temiendo que la carta destrozada pudiera juntarse y recomponerse,
se alzó don Braulio de su asiento, se dirigió a la chimenea que ardía en
un lado de la sala, y arrojó con cuidado en la llama todos aquellos
pedacitos de papel.
Volvió entonces a su mesa para empezar sus trabajos del día; pero, no
bien dió tres o cuatro pasos, no acertó a tenerse en pie, y cayó
desplomado sobre la estera del suelo que cubría la estancia.
Los compañeros y escribientes que allí se hallaban corrieron a
levantarle.
--¿Qué es esto, señor don Braulio?--dijo uno.
--¡Amigo González!--exclamó otro.
Don Braulio no respondió.
--Es un ataque de apoplejía.
--¡Qué demonio de accidente!
--¿Qué apoplejía?--dijo otro--. Buena facha de apoplético tiene este
señor, más seco que un bacalao.
--Más bien será un desmayo de debilidad--exclamó un cuarto
interlocutor, que despuntaba por lo gracioso--. Su mujer lo gastará todo
en moños, y comerá poco en su casa.
En fin, aunque no eran muy caritativos los compañeros, atendieron a don
Braulio, quien no tardó en volver en sí.
Su primer cuidado fué suplicar a los allí presentes que no dijeran nada
de lo ocurrido, a fin de que en su casa al saberlo no se asustasen.
Todos le prometieron callar.
Don Braulio aseguró entonces que se hallaba enteramente repuesto, y
volvió a su asiento y se puso a trabajar como si nada hubiera pasado.
No salió aquel día de la oficina ni medio minuto antes de la hora de
costumbre.
Cuando volvió a su casa, nadie hubiera notado en su rostro la menor
huella de dolor.
Dijo tranquilamente a su mujer que Paco Ramírez le llamaba al lugar; que
tenía que arreglar allí un negocio importante, y que aquella misma noche
iba a tomar el tren de Andalucía.
Alguna extrañeza causó a doña Beatriz el repentino viaje de don Braulio;
pero éste afirmó con serenidad que no era negocio que debiese inspirar
cuidado, y así desvaneció todo recelo, tanto de la mente de su mujer,
cuanto de la mente de Inesita, la cual se mostró también algo
maravillada al principio.
Don Braulio mismo preparó su maleta auxiliado por su mujer.
Durante la comida apareció alegre y hasta más hablador que de costumbre.
En un momento en que doña Beatriz dejó solo a don Braulio con Inesita,
don Braulio dijo a ésta que cuando él volviese del lugar le traería a
Paco a vistas, y que esperaba que se habían de gustar y se habían de
casar a escape.
Paco no había venido aún, por más que lo deseaba, porque quería dejar
arregladas todas sus cosas y allegar muchos fondos para comprar dijes y
primores que regalar a su futura.
En una palabra; don Braulio lo hizo tan perfectamente que no despertó en
el ánimo de doña Beatriz ni de su linda hermanita la menor sospecha de
que su inesperada y súbita determinación pudiese tener por causa un
pesar acerbo, ni por móvil y propósito nada de siniestro ni de trágico.
Ambas hermanas pugnaron por acompañar a don Braulio a la estación; pero
don Braulio se opuso, sosteniendo que era una incomodidad inútil la que
querían tomarse. Así, aunque a duras penas, las persuadió a que se
quedaran y no fueran a despedirle.
Cuando llegó la hora de la partida, don Braulio hizo venir un cochecillo
por medio del portero, quien bajó la maleta y la colocó en él.
Doña Beatriz abrazó y besó cariñosamente a su marido, y él correspondió
con no menor cariño.
--Cuídate mucho, Braulio, y vuelve cuanto antes--dijo doña Beatriz.
--Adiós, querida mía. Pronto estaré de vuelta--contestó don Braulio.
En seguida bajó la escalera, viéndole bajar ambas hermanas, que hasta la
puerta, al menos, le habían acompañado.
A poco se oyó rodar el coche en que don Braulio iba.
Beatriz e Inés volvieron a entrar en la habitación y se sentaron junto
al brasero, una enfrente de otra.
--¡Qué precipitación de viaje!--dijo doña Beatriz sencillamente.
--¿Estará enfermo Paco?--exclamó Inesita--. Tal vez llame porque esté
enfermo y Braulio no nos lo haya querido decir.
--No lo creas, Inés--contestó doña Beatriz--. Braulio no sabe ocultarme
nada. Va para negocios del caudal, que ni tú ni yo entendemos. Yo tengo
tal confianza en Braulio, que no he querido cansarle en que me explique
de qué naturaleza son esos negocios que tamaña prisa requieren. Bástame
con que me haya dado completa seguridad de que no ocurre nada aflictivo.
¿Cómo, además, había él de ir tan alegre y tranquilo como va si hubiese
que lamentar una desgracia?
De este modo siguieron hablando ambas hermanas hasta que sonaron las
diez, hora en que solían acudir a la tertulia de los de San Teódulo.
Beatriz dijo que como tenía, a pesar de todo, cierta pena por la partida
de su marido, no quería ir a la tertulia aquella noche; pero Inesita la
animó, sostuvo que no había razón para no hacer lo que todas las otras
noches, y al cabo logró de su hermana que fuese como de ordinario.
La anciana ama del cura era quien las acompañaba cuando iban solas y a
pie a la tertulia sin que don Braulio las acompañase. Aquella noche el
ama las acompañó también. Cuando llegaron a la tertulia, ya estaba en
ella el Conde de Alhedín, quien de día en día iba descuidando más sus
otras tertulias y diversiones, y acudiendo más temprano y sin faltar una
sola noche en casa de Rosita.