La conversación que tuvo con su madre puso al Conde de Alhedín de muy
mal humor contra los deslenguados, chismosos e insolentes que iban
propalando por todas partes sus amores con doña Beatriz; pero no por eso
procuró en lo sucesivo ser más cauto y mirado a fin de no dar ocasión y
fundamentos a aquellas habladurías.
El Condesito había adquirido tal costumbre de ir todas las noches a la
tertulia de los de San Teódulo, que a cualquiera cosa faltaría antes de
dejar de ir. La misma costumbre había adquirido doña Beatriz. De esta
suerte se veían de diario y en presencia de muchos hombres maliciosos,
amigos de burlas y muy propensos a explicarlo todo por el lado más feo.
Sostenía el Condesito que doña Beatriz era la discreción personificada,
que su conversación tenía un atractivo irresistible, y que su honra y su
castidad estaban por encima de toda sospecha. Así era que él no se
tomaba trabajo alguno para disimular, y hablaba con doña Beatriz
aparte, y horas enteras, en casa de Rosita.
El Conde, y la misma doña Beatriz, en quien al cabo era esto más
disculpable por su falta de mundo, se habían empeñado sin duda en que
las gentes los tuviesen por superiores a toda crítica; en que juzgasen
sus coloquios santos, puros y sublimes, como los que tuvo allá en la
antigüedad Numa con la ninfa Egeria, o como aquellos que en la cumbre
del Purgatorio, y después entre los esplendores del Paraíso, tuvo Dante
con la tocaya de nuestra heroína.
Las gentes, sin embargo, no estaban de este parecer. Apenas si, por lo
común, son capaces de alcanzar tales sublimidades y de prestar crédito a
lo que llaman sutilezas o tiquismiquis amorosos. Creen siempre en algo
menos etéreo, sobresubstancial y trascendente. La amistad de los
espíritus, el platonismo, la adoración desinteresada a una mujer, aunque
se mire como grosero el símil, les parece a manera de salsa picante;
pero entienden que no es plato de gusto aquel donde no hay más que la
salsa. El misticismo es un condimento sin el cual el amor sería
desabrido para los paladares delicados; mas nunca pasa, para las gentes
vulgares, de ser un condimento; es como la sal, la mostaza, la pimienta
y otras exóticas especierías.
Lastimoso, abominable es que las gentes piensen así; pero ello es que
así piensan. Lo que es en la tertulia de Rosita, todos eran bastante
cultos y hasta refinados para no desdeñar la parte mística del amor, y
ninguno era bastante metafísico para conceder a esta parte mística un
carácter _substantivo_, como dicen ahora los filósofos. Del misticismo,
por mucho que le pusiese en prensa allá en la mente, no sacaba ningún
tertuliano el amor, sino un adjetivo, un epíteto, un atributo del amor.
Amor con misticismo era para el más espiritualista de los tertulianos
como miel sobre hojuelas; pero con una diferencia, a saber: que si en
las hojuelas con miel quitamos las hojuelas, la miel subsiste, mientras
que en el amor con misticismo, si se quita el amor... la del humo.
Con este modo de mirar las cosas no es extraño que todos tuviesen por
pretensión exorbitante y por capricho absurdo el afán del Condesito en
querer pasar por un amigo devoto o por un adorador petrarquista de doña
Beatriz.
Alguna disculpa había, fuerza es confesarlo, para tan bellaca
incredulidad. Los antecedentes del Conde y su carácter y posición
militaban en contra de lo que deseaba; no se avenían con el papel que
anhelaba representar.
El Conde de Alhedín tenía fama de conquistador punto menos que
irresistible. Y por otra parte, nadie dejaba de notar que los adoradores
perpetuos, los amantes de eterno suspiro han sido siempre de abajo
arriba, y no al revés. Jamás el rey se enamoró platónicamente de la
pastora, ni el rico de la pobre, ni el duque de la costurera. Lo
general es que en este linaje de amores vea siempre el amante a su amada
como en andas, como sobre un altar, o allá en el cielo, muerta ya, como
Dante la veía. De esta suerte han suspirado los trovadores de humilde
cuna y de bolsa vacía por la gran señora feudal que los recibió benigna
en su castillo; los cortesanos, por alguna linda reina de las que ha
habido virtuosas y ariscas, aunque aficionadas a que suspiren por ellas,
y muchos Gerineldos de mayor o menor jerarquía, por la hermosa dama a
quien sirvieron. Todos estos casos de amor platónico son verosímiles. Lo
es también el de algún colegial o novicio que viene de provincias a la
capital, y cae bajo el poder de cualquiera _lionne_ experimentada,
curtida, deseosa de adoración, y que se aparece como divinidad a los
ojos del inexperto y tímido mancebo.
Lo que no era verosímil, lo que no cabía en la cabeza de nadie era que
el dichoso, que el hastiado, que el rico y noble Conde de Alhedín,
delicia de la corte, suspirase no por emperatriz, reina o gran duquesa
siquiera, sino por una muchacha obscura, pedestre, venida de un lugar y
casada con un casi escribiente feo y viejo.
El Conde, sin embargo, se empeñaba en que esto se había de creer, o más
bien algo más extraordinario aún. Ni el suspiro en balde quería él que
se creyese. El Conde no suspiraba, porque no se suspira por lo
inasequible; no anhelaba, porque no se anhela lo que no se puede
alcanzar, y no deseaba, porque el deseo presupone esperanza, por remota
y leve que sea. El suspiro, además, el anhelo y el deseo, aunque nunca
se logren, implican algo de ofensivo para la mujer deseada: son la
infracción de un mandamiento cuando esa mujer es de otro. Y con doña
Beatriz--tal era el respeto y consideración que quería se le tuviese--el
Conde se enojaba de que alguien pudiera imaginar que él se atrevía a
desearla.
El Conde quería, pues, aparecer como amigo finísimo, como admirador
constante y como el que se deleita en hablar, en ver, en comunicar
pensamientos, sin el menor interés ni propósito que no sea limpio como
el cristal y el oro. Para esto no había necesidad de disimular que
hablaba largos ratos al oído con doña Beatriz. No era el secreto a fin
de ocultar lo pecaminoso, sino a fin de no contaminar lo santo. No era
el misterio en que se envuelve el delincuente con respecto a las
personas honradas, sino el misterio del iniciado con relación al profano
vulgo.
Por desgracia, el profano vulgo no se conformaba con creer en la
santidad del misterio, y se le explicaba de un modo harto poco
edificante.
Casi todas las noches doña Beatriz y el Condesito tenían un dúo
larguísimo, inaudito para todos, salvo para ellos.
Delante de don Braulio tenía lugar el dúo misterioso lo mismo que cuando
don Braulio estaba ausente. Ni ellos se recataban, ni don Braulio se
inquietaba. Se diría que los tres vivían convencidos por igual de la
inmaculada inocencia de todo aquello, si bien se diría asimismo que la
convicción se había consumido por completo en ellos tres, no quedando
nada para el resto del mundo.
Todos los tertulianos murmuraban por lo bajo de la impostura y de la
desvergüenza, que por tal la tomaban, del Conde, de doña Beatriz y hasta
del excelente don Braulio, en quien, merced a la fama que iba
adquiriendo de pasarse de listo, no había persona que supusiese candidez
e ignorancia, sino notorio y ruin disimulo.
Quien más extremaba y propagaba esta mala opinión era Arturo, el poeta.
En sus versos era casi siempre religioso y moral; ya ascético, ya
místico, sin mezcla de molinosismos; pero en prosa, como si ya en los
versos hubiese gastado toda la poesía de su alma, era de lo más prosaico
y _realista_ que puede imaginarse. De esta disonancia entre su palabra
rítmica y su palabra desatada del ritmo resultaba una extraña
contradicción. El metro y los consonantes parecían el imperativo
categórico de su conciencia. Recitaba sus poesías, y los oyentes se
inclinaban a considerarle como a un santo padre, doctor iluminado y
bendito siervo de Dios. Hablaba sin número y sin rima, y daba miedo
oírle; era un desenfrenado galopín, sin creencias y sin respeto a cosa
alguna.
La noche que siguió a la mañana en que tuvo lugar la conferencia entre
el Conde y su madre, el Conde, por lo mismo que estaba de mal humor, se
mezcló poquísimo en la conversación general de la tertulia de Rosita.
Habló cuatro palabras con ella; habló un momento con Inesita, que
también estaba allí; saludó a los tertulianos, y se fué a hacer su
aparte con doña Beatriz, el cual fué más prolongado y en apariencia más
íntimo que nunca.
Aquella noche vino don Braulio y vió el aparte con la serenidad de
costumbre.
La tertulia duraba de ordinario hasta cerca de las dos; pero don Braulio
y sus damas solían irse antes de la una. Así lo hicieron aquella noche.
El Conde de Alhedín, aunque no tenía gana de más tertulia, no se atrevió
a irse cuando se fué doña Beatriz, ni inmediatamente después. Se quedó,
entrando en el corro general de los que estaban allí hasta última hora.
No hablaba el Conde, sin embargo, porque estaba ensimismado e
imaginativo.
El poeta, por lo regular era quien hacía el mayor gasto de palabras
cuando no hablaba el Conde. Aquella noche el poeta estaba en vena.
Charlaba mucho, decía mil jocosidades, se las reían, y él era de los que
se embriagaban con hablar y con ser aplaudidos, más que bebiendo vinos y
licores. Arturo, quizá sin haber llevado una copa a sus labios, estaba
borracho.
Viendo, pues, al Conde silencioso, empezó a estimularle para que
hablara, lanzando algunas mal encubiertas pullas sobre las pasiones
meramente espirituales; sobre lo felices y tranquilos que deben de vivir
los maridos cuyas mujeres tales pasiones inspiran, y sobre los coloquios
semi-divinos que deben de tener los que así aman.
--Dios--decía el poeta--les desanuda la lengua y les infunde por fuerza
un idioma más rico y perfecto que todos los conocidos entre los míseros
mortales. Los primores que tienen ellos que decirse no hallan adecuada
expresión en esta jerga en que nosotros nos entendemos. ¿Cómo es posible
que con el habla misma con que pedimos nosotros de comer, de beber y
otros menesteres mecánicos, se pida lo que tales amantes pedirán y
obtendrán? Hasta la idea de lo que piden y obtienen apenas se percibe
por los profanos sino de un modo confuso, allá en lo más recóndito y
tenebroso del alma, allá en los abismos insondables del sentir con el
sentido del espíritu, abstrayéndose de los otros sentidos.
Siempre que Arturo hacía algunas frases pomposas e irónicamente elevadas
por el estilo las terminaba exclamando:
--¿Qué tal? ¿Me explico? ¿Entiendo o no entiendo la metafísica de amor?
El Conde reprimía su disgusto: no se daba por aludido cuando podía, y si
decía alguna palabra era con gravedad, sin seguir la broma.
--Hay multitud de amores--continuaba el poeta--, hijos todos de las
ninfas: Amores terrenales que son los que nosotros por lo común
conocemos; pero hay además un solo y único Amor, hijo de Venus Urania,
el cual, según refiere el fabulista Esopo, y después han repetido muchos
otros poetas y fabulistas, vive casi siempre en el cielo. Los dioses
inmortales no pueden vivir sin él. La presencia de este Amor constituye
la bienaventuranza de los dioses. Sin embargo, este amor es tan bueno y
tan piadoso, que, lastimado de la miseria y bajeza de los hombres, pide
de vez en cuando licencia a Júpiter para descender a la tierra y
traernos consolación y cierto reflejo de la luz de la gloria. Con
dificultad concede Júpiter esta licencia: a él y a los demás inmortales
les es en extremo penosa la ausencia de Amor; pero cuando concede la
licencia, que es de siglo en siglo a lo más, y por breve plazo, Amor
desciende entre nosotros, y dejando siempre que sus hermanitos menores
le remeden, hiriendo a las almas vulgares, emplea sus flechas de oro en
atravesar pocas almas encumbradas y divinas. De estas almas, así
heridas, brota entonces un raudal de ideas puras, de sentimientos
sobrehumanos y de conceptos cercanos de la perfección, que vienen a ser
como faros luminosos colocados de trecho en trecho en la historia, en el
obscuro y áspero camino que sigue la humanidad errante. ¡Gran noticia,
señores, gran noticia! _La Correspondencia_ no la ha publicado aún, pero
ténganla ustedes por cierta. Este Amor celeste ha venido recientemente
entre nosotros. Por más que se oculte por modestia, hemos llegado a
verle. Está lleno de gracia y de verdad. Su gloria nos deslumbra, mas no
nos ciega.
Tampoco a esta parodia de la más bella fábula de Esopo ponía el Conde el
menor comentario.
El poeta prosiguió más excitado:
--El Amor del cielo va hiriendo, como he dicho, algunas almas _di primo
cartello_; pero al cabo, mientras que vive por acá, en la tierra, no
anda siempre errante y sin hogar. Elige el alma más noble, más pura y
más bella, y allí hace su morada. Esta alma suele ser la de una mujer,
con frecuencia, casada. Imagínense ustedes, ¡qué honra, qué distinción
para el marido! En el caso presente, en la venida de Amor, en nuestra
descreída y viciosa edad de hierro, la mansión de Amor, su cuartel
general, como si dijéramos, es el alma de una mujer casada. ¿Estará
hueco y ufano su marido?
Ya aquí el Conde no pudo contener y disimular su enojo. Reprimió, no
obstante, la lengua, porque en plena tertulia le parecía ridículo y de
mal gusto desatarse en injurias contra el procaz Arturo. Sus ojos sólo
denotaban su furor. Miraba al poeta como si quisiera devorarle con el
fuego de su mirada.
Rosita, por ligereza de carácter, por irreflexión, se había dejado
llevar de la charla del poeta y le había reído los chistes. Arturo había
estado muy cómico, dando un énfasis chusco a sus expresiones y
acompañándolas con el debido manoteo. Pero Rosita volvió en sí,
advirtió cuán airado estaba el Conde y, aunque tarde, impuso silencio al
poeta.
Cuando los hombres salieron juntos de la tertulia y se dieron en la
calle, ya el Conde no acertó a refrenar su enojo. Olvidó todo respeto,
echó a rodar toda la prudencia, no previó consecuencia alguna, y,
llegándose a Arturo, le dijo, si en voz baja, no tanto que alguno de los
otros tertulianos no le pudiese oír:
--Sábelo para tu gobierno. Ni con fábulas de Esopo, ni con citas de
Platón, ni de manera alguna, por indirecta que sea, consentiré en
adelante que, estando yo presente, y aun cuando no esté yo presente,
pongas en solfa mi amistad con doña Beatriz. Si llego a saber que hablas
otra vez de ella, que aludes a ella, que te burlas de su marido, lo
sentiré mucho, pero te romperé la crisma.
Pronunció el Conde estas frases con tanta seriedad y energía, que Arturo
no pudo escurrirse tomándolas a risa. Era necesario contestar por lo
serio. Y para contestar por lo serio, siendo hombre que se respetaba, no
le quedó más recurso que contestar como contestó:
--También yo lo sentiré muchísimo--dijo--; pero como me conozco, y sé
que he de seguir poniendo en solfa tu amistad con doña Beatriz y he de
seguir burlándome de la credulidad o socarronería de don Braulio cada
vez que se me antoje, es excusada esa tregua o espera que me concedes.
Rompámonos la crisma en el acto, ya que así lo deseas.
Pocas más palabras mediaron entre ambos. De los mismos tertulianos allí
presentes eligieron uno y otro los padrinos, quienes arreglaron un duelo
a sable para el día siguiente por la mañana.
Los padrinos, como personas de juicio, hicieron esfuerzos
extraordinarios para cortar el lance amistosamente, convirtiendo en
súplica cortés la amenaza del Conde, y en promesa generosa y no
arrancada por conminación la del poeta, de no hablar mal del Amor del
cielo; pero Conde y poeta estaban tan acalorados, que ni el primero se
allanaba a hacer el papel de suplicante, ni el segundo, aunque se lo
suplicasen de rodillas, decía que se sentía capaz de callarse y de no
ser maldiciente y burlón, siempre y cuando estuviese de humor para ello,
que era a menudo. No hubo, por consiguiente, más remedio que reñir.
Ya sobre el terreno, percibió el Conde toda la serie de imprudencias que
había cometido para llegar a aquel término, en el cual no podía
retroceder, y del cual todo éxito era malo. Malo y deslucido si por
acaso Arturo, que en la vida había tomado un sable en la mano, le hería
o le descalabraba; malo y cruel si él, que iba todos los días a la sala
de armas, acuchillaba a su sabor al pobre poeta, y malo y remalo, ora
saliese vencedor, ora vencido, porque de todos modos el lance iba a ser
contraproducente. El lance era para que no se murmurase de doña
Beatriz, y con el lance iba el Conde a lograr que resonase el nombre de
ella en las diez mil trompetas de la Fama.
Mas, sobre todo esto hubiera importado pensar a tiempo y no entonces.
Entonces no quedaba otro arbitrio que darse de sablazos.
Los sablazos se dieron, y, como era de prever, los recibió Arturo. Por
dicha, ninguna herida fué de cuidado. Un mes de cama bastó al poeta para
curarse.
También se cumplió, como no podía menos, la otra previsión. No quedó en
Madrid perro ni gato que no hablase del frenético amor del Conde por la
mujer de un empleadillo en Hacienda; de su loca pretensión de hacerla
respetar como criatura angélica, semi-divina, y fuera del orden y
condición que naturalmente se usan; y de su afecto singular hacia el
esposo sufrido, de cuyo sufrimiento tenía el Conde el imposible empeño
de que nadie se percatase ni se riese.
Como el Conde no había de desafiar y matar a todo Madrid,
particularmente a las mujeres, la historia de sus amores con doña
Beatriz, imaginada o real, pero bordada y comentada por todos estilos,
circuló por tertulias, cafés, casinos y teatros.
La reputación de doña Beatriz quedó así más lastimada que el cuerpo de
Arturo, de resulta del lance que tuvo con él el caballeroso Conde de
Alhedín, inhábil, por la persuasión y por la violencia, para convencer a
nadie de su platonismo.