Después de los cariñosos saludos de costumbre y de un breve preámbulo
sobre asuntos insignificantes, sentados madre e hijo en cómodos sillones
y enfrente ella de él, la Condesa entró en materia de este modo:
--Bien conoces tú, Ricardo mío, que yo me he pasado contigo de
indulgente. Así he perdido toda fuerza moral, y apenas si me siento con
autoridad y valor para darte un consejo.
--La bondad de usted para conmigo no puede ni debe disminuir el respeto
y la veneración con que yo miro a usted, madre mía--respondió Ricardo--.
No ya para aconsejarme, para mandarme tiene usted autoridad, y debe
tener valor. Yo obedeceré a usted si está en mi mano obedecerla.
--No pretendo que me obedezcas, sino que me escuches y que te dejes
persuadir por mis razones. Es una lástima que pierdas tu tiempo como
cualquier mozalbete casquivano, sin dedicarte a nada serio. Hasta
cierta edad es perdonable ese modo de vivir; pero ya eres mayor y
debieras servir a tu patria y mostrar que vales... ¿Por qué no te haces
elegir diputado? ¿Por qué no te interrogas sobre tus propias opiniones,
te forjas tu credo político, te trazas tu línea de conducta, y entras en
la vida pública? ¿Vas a llegar a viejo,
En cínica e infame soltería,
como dijo, quizá harto duramente, el austero y satírico poeta, sin hacer
más que cortejar a mujeres livianas? ¿Por qué no te casas con una mujer
honrada, de tu clase, y te formas una familia?
A esta lluvia de preguntas contestó con mucho reposo el Condesito:
--Todas las excitaciones de usted, querida madre, son tan buenas, que yo
las seguiría sin vacilar si de mí dependiera seguirlas. Por desgracia,
no depende esto de mí. Para ser diputado, importa proponerse algo con
serlo, y yo nada me propongo. Usted misma lo declara: importa tener un
credo político y trazarse una línea de conducta. Pero en balde me
interrogo: yo no sé lo que quiero ni lo que creo. Casi todos los
partidos me parecen bien y me parecen mal. No sé a cuál afiliarme. ¿He
de inventar yo un partido nuevo, cuando ya hay tantos? Además, que no es
tan fácil inventar ese partido. Para su credo, apenas se me ocurre otro
artículo de fe que aquella sentencia constitucional del año de 1812: que
todos los españoles sean justos y benéficos. Lo demás me es
indiferente. Yo amo la libertad como un medio, y el progreso como un
fin; pero los amo de una manera vaga y encumbrada y comprensiva, que se
presta en la práctica a mil interpretaciones. Así es que por un lado me
amoldaría a casi todos los partidos medios, aceptando sus principios, y
por otro lado sería rebelde o indisciplinado en todos los partidos,
porque sus prohombres no me satisfacen. En resolución: yo noto que me
falta vocación para la política. Soy más a propósito para la
contemplación que para la acción. Créame usted, yo lo haría
detestablemente; me desluciría si me metiese a repúblico. ¿Por qué hemos
de ser todos actores en tan pesado drama, que dura siempre sin que se
llegue jamás al desenlace? ¿No basta que esté uno condenado a ser
espectador? Mire usted, madre, yo me canso de asistir a ese drama, que
no termina nunca, que siempre es lo mismo, donde hay enredos sobre
enredos, cambios de decoraciones, y entrada y salida de personas, que
casi todas lo hacen mal, y en cuyo argumento no hay principio ni fin, ni
término ni pensamiento. Imagine usted, pues, si me canso de ser mero
espectador, y mero espectador poco atento y distraído, cuánto me
cansaría si reclamase también un papel y tratase de representarle.
Desengáñese usted: la política es un oficio fastidioso, que sólo deben
ejercer los que no tienen dinero ni posición, y necesitan adquirirlos
ejerciéndole; pero yo, que tengo mi caudal, puedo y debo ser más útil a
mi patria y a mí mismo cuidando ese caudal, mejorándole y aumentando así
la riqueza pública, que no añadiendo un individuo más al número ya
desmedido de los que se disputan las carteras, las plenipotencias y las
direcciones generales. Soy tan escéptico, que no atino a creer en las
creencias de los otros. Se me figura que los más consecuentes suelen ser
los menos sinceros; que son consecuentes a fuerza de ser testarudos.
Adoptan una opinión, como pudieran haber adoptado otra, sin fe ni
caridad; y ya la siguen siempre, para que se diga que hacen bien su
papel, y porque al fin es más fácil representar un papel que diga
siempre lo mismo, sean las que sean las circunstancias, que no otro
papel donde se digan muchas y diversas cosas, según importe quizá en
cada momento no sólo al bien particular o singular, sino al bien
público. Con esta reflexión me siento inclinado a perdonar las
apostasías; pero, como mi espíritu es una perpetua contradicción,
reflexiono en seguida otra cosa y condeno duramente a los apóstatas y
volubles. Los sospecho de interesados y de tunantes. Recelo que no
cambian de buena fe, sino porque quieren estar encima y hacer su agosto.
En fin, ¿para qué hablar más? Soy incapaz para la política. Más fácil me
sería echarme a filósofo, a naturalista o a poeta. ¿No es mejor, sin
embargo, que cuide de mi hacienda en santa paz, y procure ser un buen
ciudadano, un miembro útil y activo del cuerpo social, y un caballero
agradable y entretenido? Ahora, que apenas hay majadero o galopín que no
se meta a sabio o a gobernador del pueblo o a personaje importante;
ahora, que todos los hombres se pasan la vida echando discursos en las
sociedades científicas, en los clubs, en las asambleas y en otros focos
de luz, ¿no es conveniente que haya algunos que se vayan a los salones
para que las pobres mujeres no se queden solas, sin nadie que les hable
y las entretenga un poco? Ya ve usted si tengo razón en seguir apartado
de la política. En cuanto al otro consejo capital de usted, nada tengo
que objetar. En efecto, debo casarme; pero yo no quiero casarme por
casarme. Para contraer esa temerosa unión, que sólo la muerte rompe,
quiero hallar mujer en quien confíe y a quien ame, y cuyo espíritu se
abra al mío y me muestre que puede estar en duradera, firme, santa e
íntima comunión con él. Deje usted que halle esa mujer y al punto me
verá casado.
--Perdona que te diga, Ricardo--replicó la Condesa--, que todo cuanto
estás diciendo es un cúmulo de sofisterías y de extravagancias. Si doy
por cierto, y no lo doy por cierto, que la política es sólo un medio de
medrar en la mayoría de cuantos a ella se dedican, culparé más aún a los
egoístas que no quieren intervenir en la política porque ya están
medrados. Todavía se debe presumir que el que busca materialmente su
medro personal busca también el aplauso, la gloria, y se siente movido
por el deseo de hacer el bien de todos, que al cabo no es incompatible
con el bien singular suyo; pero del perezoso, del frío de corazón, del
descreído, que por no molestarse y porque no necesita medro, porque ya
le tiene, no interviene en nada, y no sabe más que censurarlo todo, y
señala mil males y no pone remedio a uno solo, de éste, digo, no hay
alma, por generosa y benévola que sea, que se preste a suponer nada
bueno. Este último es peor y más ruin que el más interesado buscavidas
de los políticos activos. Buscándosela, trabaja al fin, y sirve de algo,
y tal vez hace el bien general, o procura hacerlo, a costa de fatigas y
peligros, cuando procura asimismo, como es lícito y natural, su propio
encumbramiento y provecho. ¿Qué héroe antiguo, qué guerrero, qué gran
político de los que ensalza la historia ha sido tan absurdamente
desinteresado como sería menester serlo para estar libre de tus
invectivas? Esto en cuanto a la política. En cuanto a tu casamiento, no
debo negarte que tienes razón en desear para mujer propia una que tenga
las prendas de que me hablas; pero ¿por qué no la buscas? ¿Ha de pasar
ella casualmente delante de tus ojos? ¿Ha de abrir su espíritu al tuyo y
ha de mostrarte que merece entrar en íntima comunión con él, sin que te
tomes siquiera el trabajo de llamar a la puerta? ¿Vas a buscar acaso ese
tesoro que necesitas entre las aventureras, entre las damas galantes,
entre las mal casadas a quien enamoras?
--Madre, yo no enamoro ni pretendo ahora a ninguna aventurera, a ninguna
dama galante, a ninguna mal casada. Si tiene usted noticias tales, está
usted mal informada.
--Pues entonces, ¿por qué no te dedicas a tu prima Adela? Se diría que
el cielo la destina para ti. ¡Es tan buena, es tan discreta en medio de
su inocencia! Y hablando en confianza..., la creo muy propensa a
prendarse de ti. Estoy segura de que te adoraría.
--El amor de madre acaso ciegue a usted; pero, aunque ella propendiese a
amarme, ¿cómo he de mandar yo a mi corazón que la ame? No la amo, y sin
amor no me casaré con mujer alguna.
--Tú amas, lo sé, a la que no puede ser tu mujer, porque lo es de
otro--dijo al fin la Condesa, no pudiendo sufrir más las rebeldías de su
hijo.
--Ya he dicho a usted que no amo ahora a ninguna mujer casada.
--Me han dicho que estás en relaciones con la mujer de un empleadillo en
Hacienda, con una aventurera que va a casa de la Condesa de San Teódulo.
--Madre, los que tal han dicho mienten. Ni yo estoy en relaciones con
esa mujer, ni esa mujer es una aventurera. Caro le costaría a cualquier
hombre que se atreviese a calificarla de tal en mi presencia.
--Tú mismo te delatas. Esa vehemencia con que la defiendes me prueba más
aún que la amas. Tal vez esa mujer te ha hechizado. La cosa es peor de
lo que yo presumía. No es un capricho, es una verdadera pasión.
--Si la estimación y la amistad son pasiones, estoy apasionado de ella,
lo confieso. Por lo mismo, madre mía, suplico a usted que desmienta mis
relaciones amorosas con esa mujer, y que no contribuya a difamarla y
hacer acaso la infelicidad de su marido, que es un hombre excelente. Si
el infeliz llegase a saber lo que, tan a pesar mío y tan sin fundamento,
dice de nosotros la maledicencia, se moriría de dolor. ¡No lo permita
nunca el cielo!
La Condesa no se atrevió a continuar la conversación, al ver lo exaltado
que su hijo se ponía, y la vehemencia con que hablaba en pro de doña
Beatriz.
Allá, en el fondo de su alma, la Condesa se afligió mucho, imaginando
que su hijo no tenía unas relaciones vulgares, un pasatiempo inmoral,
pero sin consecuencias, sino una pasión vivísima. Pensó, además, que la
ocasión era menos favorable que nunca para inducir a su hijo a que se
dedicase a la política y a su prima Adela, y, muy contrariada, dió otro
giro a la conversación, esperando mejores días.