XIV

Después de los cariñosos saludos de costumbre y de un breve preámbulo

sobre asuntos insignificantes, sentados madre e hijo en cómodos sillones

y enfrente ella de él, la Condesa entró en materia de este modo:

--Bien conoces tú, Ricardo mío, que yo me he pasado contigo de

indulgente. Así he perdido toda fuerza moral, y apenas si me siento con

autoridad y valor para darte un consejo.

--La bondad de usted para conmigo no puede ni debe disminuir el respeto

y la veneración con que yo miro a usted, madre mía--respondió Ricardo--.

No ya para aconsejarme, para mandarme tiene usted autoridad, y debe

tener valor. Yo obedeceré a usted si está en mi mano obedecerla.

--No pretendo que me obedezcas, sino que me escuches y que te dejes

persuadir por mis razones. Es una lástima que pierdas tu tiempo como

cualquier mozalbete casquivano, sin dedicarte a nada serio. Hasta

cierta edad es perdonable ese modo de vivir; pero ya eres mayor y

debieras servir a tu patria y mostrar que vales... ¿Por qué no te haces

elegir diputado? ¿Por qué no te interrogas sobre tus propias opiniones,

te forjas tu credo político, te trazas tu línea de conducta, y entras en

la vida pública? ¿Vas a llegar a viejo,

En cínica e infame soltería,

como dijo, quizá harto duramente, el austero y satírico poeta, sin hacer

más que cortejar a mujeres livianas? ¿Por qué no te casas con una mujer

honrada, de tu clase, y te formas una familia?

A esta lluvia de preguntas contestó con mucho reposo el Condesito:

--Todas las excitaciones de usted, querida madre, son tan buenas, que yo

las seguiría sin vacilar si de mí dependiera seguirlas. Por desgracia,

no depende esto de mí. Para ser diputado, importa proponerse algo con

serlo, y yo nada me propongo. Usted misma lo declara: importa tener un

credo político y trazarse una línea de conducta. Pero en balde me

interrogo: yo no sé lo que quiero ni lo que creo. Casi todos los

partidos me parecen bien y me parecen mal. No sé a cuál afiliarme. ¿He

de inventar yo un partido nuevo, cuando ya hay tantos? Además, que no es

tan fácil inventar ese partido. Para su credo, apenas se me ocurre otro

artículo de fe que aquella sentencia constitucional del año de 1812: que

todos los españoles sean justos y benéficos. Lo demás me es

indiferente. Yo amo la libertad como un medio, y el progreso como un

fin; pero los amo de una manera vaga y encumbrada y comprensiva, que se

presta en la práctica a mil interpretaciones. Así es que por un lado me

amoldaría a casi todos los partidos medios, aceptando sus principios, y

por otro lado sería rebelde o indisciplinado en todos los partidos,

porque sus prohombres no me satisfacen. En resolución: yo noto que me

falta vocación para la política. Soy más a propósito para la

contemplación que para la acción. Créame usted, yo lo haría

detestablemente; me desluciría si me metiese a repúblico. ¿Por qué hemos

de ser todos actores en tan pesado drama, que dura siempre sin que se

llegue jamás al desenlace? ¿No basta que esté uno condenado a ser

espectador? Mire usted, madre, yo me canso de asistir a ese drama, que

no termina nunca, que siempre es lo mismo, donde hay enredos sobre

enredos, cambios de decoraciones, y entrada y salida de personas, que

casi todas lo hacen mal, y en cuyo argumento no hay principio ni fin, ni

término ni pensamiento. Imagine usted, pues, si me canso de ser mero

espectador, y mero espectador poco atento y distraído, cuánto me

cansaría si reclamase también un papel y tratase de representarle.

Desengáñese usted: la política es un oficio fastidioso, que sólo deben

ejercer los que no tienen dinero ni posición, y necesitan adquirirlos

ejerciéndole; pero yo, que tengo mi caudal, puedo y debo ser más útil a

mi patria y a mí mismo cuidando ese caudal, mejorándole y aumentando así

la riqueza pública, que no añadiendo un individuo más al número ya

desmedido de los que se disputan las carteras, las plenipotencias y las

direcciones generales. Soy tan escéptico, que no atino a creer en las

creencias de los otros. Se me figura que los más consecuentes suelen ser

los menos sinceros; que son consecuentes a fuerza de ser testarudos.

Adoptan una opinión, como pudieran haber adoptado otra, sin fe ni

caridad; y ya la siguen siempre, para que se diga que hacen bien su

papel, y porque al fin es más fácil representar un papel que diga

siempre lo mismo, sean las que sean las circunstancias, que no otro

papel donde se digan muchas y diversas cosas, según importe quizá en

cada momento no sólo al bien particular o singular, sino al bien

público. Con esta reflexión me siento inclinado a perdonar las

apostasías; pero, como mi espíritu es una perpetua contradicción,

reflexiono en seguida otra cosa y condeno duramente a los apóstatas y

volubles. Los sospecho de interesados y de tunantes. Recelo que no

cambian de buena fe, sino porque quieren estar encima y hacer su agosto.

En fin, ¿para qué hablar más? Soy incapaz para la política. Más fácil me

sería echarme a filósofo, a naturalista o a poeta. ¿No es mejor, sin

embargo, que cuide de mi hacienda en santa paz, y procure ser un buen

ciudadano, un miembro útil y activo del cuerpo social, y un caballero

agradable y entretenido? Ahora, que apenas hay majadero o galopín que no

se meta a sabio o a gobernador del pueblo o a personaje importante;

ahora, que todos los hombres se pasan la vida echando discursos en las

sociedades científicas, en los clubs, en las asambleas y en otros focos

de luz, ¿no es conveniente que haya algunos que se vayan a los salones

para que las pobres mujeres no se queden solas, sin nadie que les hable

y las entretenga un poco? Ya ve usted si tengo razón en seguir apartado

de la política. En cuanto al otro consejo capital de usted, nada tengo

que objetar. En efecto, debo casarme; pero yo no quiero casarme por

casarme. Para contraer esa temerosa unión, que sólo la muerte rompe,

quiero hallar mujer en quien confíe y a quien ame, y cuyo espíritu se

abra al mío y me muestre que puede estar en duradera, firme, santa e

íntima comunión con él. Deje usted que halle esa mujer y al punto me

verá casado.

--Perdona que te diga, Ricardo--replicó la Condesa--, que todo cuanto

estás diciendo es un cúmulo de sofisterías y de extravagancias. Si doy

por cierto, y no lo doy por cierto, que la política es sólo un medio de

medrar en la mayoría de cuantos a ella se dedican, culparé más aún a los

egoístas que no quieren intervenir en la política porque ya están

medrados. Todavía se debe presumir que el que busca materialmente su

medro personal busca también el aplauso, la gloria, y se siente movido

por el deseo de hacer el bien de todos, que al cabo no es incompatible

con el bien singular suyo; pero del perezoso, del frío de corazón, del

descreído, que por no molestarse y porque no necesita medro, porque ya

le tiene, no interviene en nada, y no sabe más que censurarlo todo, y

señala mil males y no pone remedio a uno solo, de éste, digo, no hay

alma, por generosa y benévola que sea, que se preste a suponer nada

bueno. Este último es peor y más ruin que el más interesado buscavidas

de los políticos activos. Buscándosela, trabaja al fin, y sirve de algo,

y tal vez hace el bien general, o procura hacerlo, a costa de fatigas y

peligros, cuando procura asimismo, como es lícito y natural, su propio

encumbramiento y provecho. ¿Qué héroe antiguo, qué guerrero, qué gran

político de los que ensalza la historia ha sido tan absurdamente

desinteresado como sería menester serlo para estar libre de tus

invectivas? Esto en cuanto a la política. En cuanto a tu casamiento, no

debo negarte que tienes razón en desear para mujer propia una que tenga

las prendas de que me hablas; pero ¿por qué no la buscas? ¿Ha de pasar

ella casualmente delante de tus ojos? ¿Ha de abrir su espíritu al tuyo y

ha de mostrarte que merece entrar en íntima comunión con él, sin que te

tomes siquiera el trabajo de llamar a la puerta? ¿Vas a buscar acaso ese

tesoro que necesitas entre las aventureras, entre las damas galantes,

entre las mal casadas a quien enamoras?

--Madre, yo no enamoro ni pretendo ahora a ninguna aventurera, a ninguna

dama galante, a ninguna mal casada. Si tiene usted noticias tales, está

usted mal informada.

--Pues entonces, ¿por qué no te dedicas a tu prima Adela? Se diría que

el cielo la destina para ti. ¡Es tan buena, es tan discreta en medio de

su inocencia! Y hablando en confianza..., la creo muy propensa a

prendarse de ti. Estoy segura de que te adoraría.

--El amor de madre acaso ciegue a usted; pero, aunque ella propendiese a

amarme, ¿cómo he de mandar yo a mi corazón que la ame? No la amo, y sin

amor no me casaré con mujer alguna.

--Tú amas, lo sé, a la que no puede ser tu mujer, porque lo es de

otro--dijo al fin la Condesa, no pudiendo sufrir más las rebeldías de su

hijo.

--Ya he dicho a usted que no amo ahora a ninguna mujer casada.

--Me han dicho que estás en relaciones con la mujer de un empleadillo en

Hacienda, con una aventurera que va a casa de la Condesa de San Teódulo.

--Madre, los que tal han dicho mienten. Ni yo estoy en relaciones con

esa mujer, ni esa mujer es una aventurera. Caro le costaría a cualquier

hombre que se atreviese a calificarla de tal en mi presencia.

--Tú mismo te delatas. Esa vehemencia con que la defiendes me prueba más

aún que la amas. Tal vez esa mujer te ha hechizado. La cosa es peor de

lo que yo presumía. No es un capricho, es una verdadera pasión.

--Si la estimación y la amistad son pasiones, estoy apasionado de ella,

lo confieso. Por lo mismo, madre mía, suplico a usted que desmienta mis

relaciones amorosas con esa mujer, y que no contribuya a difamarla y

hacer acaso la infelicidad de su marido, que es un hombre excelente. Si

el infeliz llegase a saber lo que, tan a pesar mío y tan sin fundamento,

dice de nosotros la maledicencia, se moriría de dolor. ¡No lo permita

nunca el cielo!

La Condesa no se atrevió a continuar la conversación, al ver lo exaltado

que su hijo se ponía, y la vehemencia con que hablaba en pro de doña

Beatriz.

Allá, en el fondo de su alma, la Condesa se afligió mucho, imaginando

que su hijo no tenía unas relaciones vulgares, un pasatiempo inmoral,

pero sin consecuencias, sino una pasión vivísima. Pensó, además, que la

ocasión era menos favorable que nunca para inducir a su hijo a que se

dedicase a la política y a su prima Adela, y, muy contrariada, dió otro

giro a la conversación, esperando mejores días.

Pasarse de listo · 第 15 / 24 题