A la mañana siguiente Inesita y don Braulio, mientras que doña Beatriz,
menos madrugadora que ellos, estaba aún en cama, tuvieron una larga
conversación acerca sin duda de la carta de Paco Ramírez.
Después fueron juntas a misa las dos hermanas; después almorzaron todos,
y, por último, don Braulio, no sin prometer antes que aquella noche
llevaría a las dos muchachas a los Jardines del Buen Retiro, se fué al
Ministerio de Hacienda. Aunque domingo, don Braulio motivó su ida, o dió
pretexto a ella, suponiendo que tenía ocupaciones extraordinarias.
Ya en su despacho, donde nadie había acudido más que él, don Braulio, en
vez de estudiar expedientes, estuvo largo tiempo sentado, con los codos
sobre su bufete y las manos en las mejillas, estudiándose a sí mismo.
Este estudio no debió de dar muy satisfactorio resultado. Don Braulio
suspiró varias veces; frunció las cejas; mostró cierta cólera dando
algunos puñetazos, y acabó por enternecerse y derramar dos lágrimas, que
lentamente le surcaron el rostro.
Entonces, como por vía de desahogo y consuelo, escribió a Paco Ramírez
la siguiente carta:
«Querido Paco: Anoche cumplí tu encargo con todos los requisitos y
precauciones que me encomendabas. Beatriz ignora y seguirá ignorando el
paso que has dado. Inés es muy sigilosa. En cuanto al efecto que la
lectura de tu carta pueda haber producido en su ánimo, yo no sé qué
decirte. Hoy de mañana he hablado con Inés; pero el corazón de una
doncella es impenetrable, insondable como un abismo. El pudor, la
candidez, la inocencia, todas esas prendas, que los hombres estimamos
mucho, forman no ya un velo tupido, sino una muralla alta y gruesa, que
sirve de reparo al corazón para que no se descubra ni se lea lo que en
él importa leer. De aquí el engaño que padecen con frecuencia los
hombres más despejados; engaño que no ven sino cuando ya no tiene
remedio: después que se casan.
»Inesita parece, y yo creo que es, candorosa, buena, franca, todo lo que
tú te imaginas; pero no deja descubrir no ya si te quiere o no, sino si
tu carta la ha lisonjeado o no la ha lisonjeado. Eso sí: ella se ha
mostrado muy agradecida al cariño y confianza que te infunde. De cuanto
me ha dicho infiero además otra cosa muy importante. Si Inés
reflexivamente hubiera pensado esta otra cosa, sería algo de censurar
tanta reflexión; pero yo creo que ella la siente de un modo instintivo,
sin darse cuenta completa, y atinando, sin embargo, con lo justo. En
suma, Inés no calcula ni reflexiona, sino siente y percibe que tu plan
es malo y ocasionado a error. Tú le propones que se decida en un mes o
por los placeres de esta capital, por los triunfos de amor propio que
aquí pueda tener y por las esperanzas ambiciosas que puedan nacer en su
alma, o por tu persona, tu amor y tu mano. Esto sería discreto si no
hubiese una circunstancia que lo echa a perder y que ha descubierto ella
en seguida.
»Es esta circunstancia tu ausencia. Ausente tú, y presentes todos esos
bienes, aparentes o reales, que ha de abandonar por ti, la partida no es
igual. No eres tú quien lucha, sino tu recuerdo, el cual, si por un lado
vale menos que la persona misma, por otro lado puede valer mucho más si
la poesía le hermosea. En resolución: Inesita no va a abandonar esto por
ti, dado que te prefiera, sino por el recuerdo que tiene de ti, a quien
no ve hace tres años. El recuerdo además tiene que ser confuso,
incompleto, de diversa suerte, y ella tendrá que completarle y
transformarle con la fantasía. Ella no te puede recordar como una mujer
recuerda a un hombre, como una novia recuerda a su novio, sino como una
niña recuerda a su hermano mayor. Tiene, pues, que añadir
imaginariamente la cualidad de amante y pensar en ti de otra manera que
hasta ahora ha pensado.
»Todo esto, y más, que tú comprenderás sin que yo lo diga, se agita en
la mente de Inés. Yo interpreto, acaso me equivoque, pero se me antoja
que ella se pregunta: «¿Me gustaba Paco, cuando le veía en el pueblo,
como debe gustar un novio a su novia? ¿Me gustaba sólo como hermanito? Y
si me gustaba ya como novio, ¿era porque él se lo merece o porque en el
pueblo no había yo visto a otros hombres que se lo mereciesen más? ¿No
podrá acontecer que ahora poetice yo a Paco en mi recuerdo, y que le
halle, cuando le vea, muy por bajo del recuerdo mismo? En su propia
alma, ¿no puede darse un fenómeno semejante? Sea por lo que sea,
explíquelo él como quiera explicarlo, es lo cierto que nada me dijo de
que me amaba cuando vivíamos juntos, y ahora, que no me ve hace tres
años, me declara su amor y quiere casarse conmigo. ¿En qué consiste
esto?» Inés no responde a tales preguntas. No resuelve ninguna de las
dudas que la asaltan. Entiendo, pues, que lo que desea, aunque no se
atrevió a decírmelo, es que tú vengas por aquí; único modo para ella de
verlo claro todo; de convencerse de que la quieres, y de comprender si
ella te quiere a ti, prefiriéndote a todos los encantos madrileños, los
cuales, a la verdad, son mil veces menores de lo que tú piensas, para
los pobres como nosotros.
»Inesita no ha expresado, repito, el deseo de que vengas. Yo soy quien
creo adivinar en ella este deseo, que tiene razón para sentir y no
expresar. Ella no puede decir: «Venga usted a ver si me gusta y luego
hablaremos: luego le diré que sí o le daré calabazas.» Esto, sin
embargo, es lo razonable.
»Por lo demás, yo nada tengo que censurar en tus planes, sino mucho que
aplaudir. Si te casas, debes quedarte ahí, donde eres uno de los
primeros, y no venir a grandes poblaciones, donde tendrás que ser de los
últimos.
»Para hombre de cierta clase y casado con mujer de ciertas condiciones
es terrible esta vida.
»A ti sólo, que eres mi amigo más íntimo y leal, puedo decírtelo; y a ti
no puedo menos de decírtelo, a fin de aliviar el peso de mi angustiado
corazón: soy muy desdichado.
»Beatriz se casó conmigo por amor. A pesar de la gran diferencia de
edad, me quiso, no hallándome inferior a cuantos ahí había visto. Creo
que Beatriz sigue queriéndome; pero el temor de que me pierda el cariño,
la sospecha de que el alto concepto que de mí formó vaya rebajándose de
continuo, me tiene constantemente sobresaltado.
»El menosprecio es contagioso. A fuerza de mirar mi mujer el pobre papel
que hago, lo desdeñado que estoy, la humilde posición que ocupo, ¿no
acabará por desdeñarme también? ¿No acabará por odiarme, si considera
que la hago víctima de mi mala ventura? Ahí, aunque pobre, era una
señorita de las primeras. Aquí es la mujer de un obscuro y miserable
empleadillo, de quien nadie hace caso.
»Yo tengo mi teoría, con que me consuelo de mi mala ventura y saco a
salvo mi orgullo. Pero ¿cómo convertir a mi mujer y hacerla creyente de
mi teoría? ¿No le parecerá falsa?
»Mi teoría es como sigue. Yo creo que el entendimiento es uno, y me
figuro un instrumento para medirle semejante al termómetro. Pongamos en
él 100 grados, que es número redondo, y con 20, en mi sentir, bastará
para todo lo práctico de la vida, si la fortuna sopla y las
circunstancias son favorables. Con los 20 grados se llega a ser ministro
celebradísimo, príncipe de gran mérito, presidente de república,
banquero poderoso y hasta cardenal y papa. Para hacer todos estos
papeles medianamente basta con la mitad de los grados; basta con 10.
Seamos, no obstante, pródigos y concedamos 20 a las más altas
notabilidades de la vida social y política. Todos los grados de
entendimiento que tengas por cima de los 20 no sólo te serán inútiles,
sino nocivos; te distraerán de lo que importa a tu interés; te harán
pensar en multitud de asuntos inútiles, en que no piensan los tontos; te
concitarán el odio de los demás hombres, o harán que te miren como a un
bicho raro y estrafalario, y de nada podrán servirte si no llegan a los
100, que son ya los grados del _genio_. Podrán también perjudicarte
excitando tu amor propio y haciéndote pensar que eres _genio_ o estás
cerca de serlo, con lo cual es probable que te pongas en ridículo. Para
ser _genio_ se requieren los 100 grados bien cubiertos, y aun así, el
_genio_ suele quedar latente si el hado propicio no le saca a relucir.
Entonces aparecen Cervantes, Newton, Shakespeare, Hegel y otros tales.
Mientras esto no aparece no hay ser más deplorable y cómico que el
hombre que tiene, en nuestro siglo, más de los 20 grados de
entendimiento, necesarios para llegar a lo más sublime de la vida
práctica, en el medio o ambiente de civilización que nos circunda. Claro
está que, según progrese el género humano, subirá el nivel y serán
menester más grados para lo práctico, así como, en antiguas edades, se
requerían menos. En el estado salvaje, pongo por caso, bastaban dos o
tres grados. No se requería para cazar y pescar, para estratagemas
guerreras, etc., sino cierta astucia, cierto instinto poco superior al
de las bestias feroces. Todos los grados de entendimiento que sobre esto
tenía entonces un hombre eran don funestísimo y absurdo lujo. Ahora,
como ya se han aplicado a la guerra las matemáticas y otras ciencias, y
se caza y se pesca en la Bolsa, en los Congresos, en Sociedades
mercantiles e industriales, no disparando flechazos, sino creando
valores, acciones, obligaciones y otros proyectiles más complicados, los
grados que se necesitan son 20. Repito que, como el mundo va de prisa,
dentro de un par de siglos se necesitarán 40; mas por lo pronto, ya está
aviado el que pasa de los 20. ¡Qué estorbo tan horrible en los grados
que le sobran! El sentido más hondo, más filosófico, más trascendental
de la frase _pasarse de listo_ consiste en esta superioridad lastimosa.
Todos los tiros que se disparan se escapan por cima del blanco. La
crítica asesina precede además a toda inspiración y te la mata. No haces
mil cosas porque te parecen tonterías; otro las hace, y medra. En
cambio, lo que tú haces por parecerte discreto, o mal comprendido, o
juzgado sólo por el éxito, que suele ser deplorable, parece tonto a todo
el mundo.
»Tal es, en resumen, mi teoría. Con ella trato en balde de consolarme de
mi corta ventura, teniendo la inocente vanidad de creerme con más de los
20 grados y de _pasarme de listo_ en el sentido más profundo y
filosófico de la frase.
»Esta triste satisfacción que yo me doy es por demás alambicada para que
le valga a mi mujer. Ella no mira sino que va a pie, que vive en pobre
casa, que nadie la atiende, y que el respeto, la consideración y la
lisonja de que anhela verse rodeada le faltan por mengua mía.
»Yo noto, mido, calculo instante por instante el rápido progreso que
hace este mal en el corazón de ella. En esto también me paso de listo.
Soy listo para atormentarme. Me comparo al médico cuando advierte los
progresos de la tisis en una persona querida, prevé los estragos que va
a hacer y no sabe ni evitarlos ni remediarlos.
»De sobra veo patente el desprecio de mí que poco a poco va entrando en
el corazón de Beatriz y devorando el afecto que me tiene. Pero ¿cómo
impedir esto? ¿Cómo probarle que valgo más que los dichosos y
encumbrados y ricos? Cuanto discurso haga contra ellos parecerá sugerido
por la envidia y me hará más despreciable a sus ojos.
»Si yo fuera joven, hermoso y robusto, me quedaría la esperanza de que
por ello siguiese Beatriz amándome, aunque dejase de tener elevada
opinión de mis prendas intelectuales; pero estoy viejo y achacoso, y soy
enclenque y feo como el demonio. Me aplico, pues, con amargura aquella
pregunta del poeta:
¿Qué le queda al demonio, ¡vive Cristo!,
Si se le quita la opinión de listo?
»Y sin vacilar respondo: Nada. Pronto no quedará nada para mí en el
corazón de ella, sino ofensiva compasión, si no gasta toda la que tiene
en compadecerse a sí misma. Y más vale que no me compadezca. Bien dice
nuestro inmortal novelista: «Y sobre todo, el cielo te guarde de que
nadie te tenga lástima.»
»Yo estallaría, me ahogaría si no comunicase con alguien mis penas. Por
eso te las confío. Beatriz no advierte nada. ¿Cómo, de qué, por cuál
motivo quejarme con ella y de ella?
»Yo la amo con toda mi alma, y necesito para ser feliz que ella me ame
y me respete. Pero aquello de que el amor impone el amor es una mentira.
Y tampoco quiero yo que me ame y me respete para cumplir una obligación:
en virtud de un contrato.
»Veo, pues, que voy perdiéndolo todo en el alma, de Beatriz, y no le doy
a conocer que lo veo. Percibo claramente el abismo en que voy a caer, y
sigo caminando hacia él, sin que me sea posible torcer por otro camino o
cegar el abismo.
»Esta es mi horrible situación. A nadie, ni a ti mismo, debiera
confiarla; pero necesito depositar en alguien mi secreto dolor. Ven por
aquí a consolarme. Ven también por Inesita. Acaso te ame. Es buena y
cariñosa como Beatriz, y no tiene ambición como Beatriz. Además, tú eres
joven y buen mozo... ¡Qué desatino hice en casarme! Pero ¿qué había de
hacer, si estaba enamorado? ¿Quién me quitará la gloria de haber sido
amado de ella? Ella me ha amado; ella me ama todavía. ¿De qué voy a
arrepentirme? ¿Quién, por temor de perder el bien, se lamenta de haberle
logrado?»
Tal era la carta que escribió don Braulio, que cerró cuidadosamente y
que certificó para que no se perdiera, antes de confiarla al correo.
Hechas ya sus delicadas y lastimosas confidencias se sintió algo más
aliviado y sereno, y se dispuso resignado a cumplir la promesa de llevar
aquella noche a Beatriz y a Inesita a los Jardines del Buen Retiro.