VI

A la mañana siguiente Inesita y don Braulio, mientras que doña Beatriz,

menos madrugadora que ellos, estaba aún en cama, tuvieron una larga

conversación acerca sin duda de la carta de Paco Ramírez.

Después fueron juntas a misa las dos hermanas; después almorzaron todos,

y, por último, don Braulio, no sin prometer antes que aquella noche

llevaría a las dos muchachas a los Jardines del Buen Retiro, se fué al

Ministerio de Hacienda. Aunque domingo, don Braulio motivó su ida, o dió

pretexto a ella, suponiendo que tenía ocupaciones extraordinarias.

Ya en su despacho, donde nadie había acudido más que él, don Braulio, en

vez de estudiar expedientes, estuvo largo tiempo sentado, con los codos

sobre su bufete y las manos en las mejillas, estudiándose a sí mismo.

Este estudio no debió de dar muy satisfactorio resultado. Don Braulio

suspiró varias veces; frunció las cejas; mostró cierta cólera dando

algunos puñetazos, y acabó por enternecerse y derramar dos lágrimas, que

lentamente le surcaron el rostro.

Entonces, como por vía de desahogo y consuelo, escribió a Paco Ramírez

la siguiente carta:

«Querido Paco: Anoche cumplí tu encargo con todos los requisitos y

precauciones que me encomendabas. Beatriz ignora y seguirá ignorando el

paso que has dado. Inés es muy sigilosa. En cuanto al efecto que la

lectura de tu carta pueda haber producido en su ánimo, yo no sé qué

decirte. Hoy de mañana he hablado con Inés; pero el corazón de una

doncella es impenetrable, insondable como un abismo. El pudor, la

candidez, la inocencia, todas esas prendas, que los hombres estimamos

mucho, forman no ya un velo tupido, sino una muralla alta y gruesa, que

sirve de reparo al corazón para que no se descubra ni se lea lo que en

él importa leer. De aquí el engaño que padecen con frecuencia los

hombres más despejados; engaño que no ven sino cuando ya no tiene

remedio: después que se casan.

»Inesita parece, y yo creo que es, candorosa, buena, franca, todo lo que

tú te imaginas; pero no deja descubrir no ya si te quiere o no, sino si

tu carta la ha lisonjeado o no la ha lisonjeado. Eso sí: ella se ha

mostrado muy agradecida al cariño y confianza que te infunde. De cuanto

me ha dicho infiero además otra cosa muy importante. Si Inés

reflexivamente hubiera pensado esta otra cosa, sería algo de censurar

tanta reflexión; pero yo creo que ella la siente de un modo instintivo,

sin darse cuenta completa, y atinando, sin embargo, con lo justo. En

suma, Inés no calcula ni reflexiona, sino siente y percibe que tu plan

es malo y ocasionado a error. Tú le propones que se decida en un mes o

por los placeres de esta capital, por los triunfos de amor propio que

aquí pueda tener y por las esperanzas ambiciosas que puedan nacer en su

alma, o por tu persona, tu amor y tu mano. Esto sería discreto si no

hubiese una circunstancia que lo echa a perder y que ha descubierto ella

en seguida.

»Es esta circunstancia tu ausencia. Ausente tú, y presentes todos esos

bienes, aparentes o reales, que ha de abandonar por ti, la partida no es

igual. No eres tú quien lucha, sino tu recuerdo, el cual, si por un lado

vale menos que la persona misma, por otro lado puede valer mucho más si

la poesía le hermosea. En resolución: Inesita no va a abandonar esto por

ti, dado que te prefiera, sino por el recuerdo que tiene de ti, a quien

no ve hace tres años. El recuerdo además tiene que ser confuso,

incompleto, de diversa suerte, y ella tendrá que completarle y

transformarle con la fantasía. Ella no te puede recordar como una mujer

recuerda a un hombre, como una novia recuerda a su novio, sino como una

niña recuerda a su hermano mayor. Tiene, pues, que añadir

imaginariamente la cualidad de amante y pensar en ti de otra manera que

hasta ahora ha pensado.

»Todo esto, y más, que tú comprenderás sin que yo lo diga, se agita en

la mente de Inés. Yo interpreto, acaso me equivoque, pero se me antoja

que ella se pregunta: «¿Me gustaba Paco, cuando le veía en el pueblo,

como debe gustar un novio a su novia? ¿Me gustaba sólo como hermanito? Y

si me gustaba ya como novio, ¿era porque él se lo merece o porque en el

pueblo no había yo visto a otros hombres que se lo mereciesen más? ¿No

podrá acontecer que ahora poetice yo a Paco en mi recuerdo, y que le

halle, cuando le vea, muy por bajo del recuerdo mismo? En su propia

alma, ¿no puede darse un fenómeno semejante? Sea por lo que sea,

explíquelo él como quiera explicarlo, es lo cierto que nada me dijo de

que me amaba cuando vivíamos juntos, y ahora, que no me ve hace tres

años, me declara su amor y quiere casarse conmigo. ¿En qué consiste

esto?» Inés no responde a tales preguntas. No resuelve ninguna de las

dudas que la asaltan. Entiendo, pues, que lo que desea, aunque no se

atrevió a decírmelo, es que tú vengas por aquí; único modo para ella de

verlo claro todo; de convencerse de que la quieres, y de comprender si

ella te quiere a ti, prefiriéndote a todos los encantos madrileños, los

cuales, a la verdad, son mil veces menores de lo que tú piensas, para

los pobres como nosotros.

»Inesita no ha expresado, repito, el deseo de que vengas. Yo soy quien

creo adivinar en ella este deseo, que tiene razón para sentir y no

expresar. Ella no puede decir: «Venga usted a ver si me gusta y luego

hablaremos: luego le diré que sí o le daré calabazas.» Esto, sin

embargo, es lo razonable.

»Por lo demás, yo nada tengo que censurar en tus planes, sino mucho que

aplaudir. Si te casas, debes quedarte ahí, donde eres uno de los

primeros, y no venir a grandes poblaciones, donde tendrás que ser de los

últimos.

»Para hombre de cierta clase y casado con mujer de ciertas condiciones

es terrible esta vida.

»A ti sólo, que eres mi amigo más íntimo y leal, puedo decírtelo; y a ti

no puedo menos de decírtelo, a fin de aliviar el peso de mi angustiado

corazón: soy muy desdichado.

»Beatriz se casó conmigo por amor. A pesar de la gran diferencia de

edad, me quiso, no hallándome inferior a cuantos ahí había visto. Creo

que Beatriz sigue queriéndome; pero el temor de que me pierda el cariño,

la sospecha de que el alto concepto que de mí formó vaya rebajándose de

continuo, me tiene constantemente sobresaltado.

»El menosprecio es contagioso. A fuerza de mirar mi mujer el pobre papel

que hago, lo desdeñado que estoy, la humilde posición que ocupo, ¿no

acabará por desdeñarme también? ¿No acabará por odiarme, si considera

que la hago víctima de mi mala ventura? Ahí, aunque pobre, era una

señorita de las primeras. Aquí es la mujer de un obscuro y miserable

empleadillo, de quien nadie hace caso.

»Yo tengo mi teoría, con que me consuelo de mi mala ventura y saco a

salvo mi orgullo. Pero ¿cómo convertir a mi mujer y hacerla creyente de

mi teoría? ¿No le parecerá falsa?

»Mi teoría es como sigue. Yo creo que el entendimiento es uno, y me

figuro un instrumento para medirle semejante al termómetro. Pongamos en

él 100 grados, que es número redondo, y con 20, en mi sentir, bastará

para todo lo práctico de la vida, si la fortuna sopla y las

circunstancias son favorables. Con los 20 grados se llega a ser ministro

celebradísimo, príncipe de gran mérito, presidente de república,

banquero poderoso y hasta cardenal y papa. Para hacer todos estos

papeles medianamente basta con la mitad de los grados; basta con 10.

Seamos, no obstante, pródigos y concedamos 20 a las más altas

notabilidades de la vida social y política. Todos los grados de

entendimiento que tengas por cima de los 20 no sólo te serán inútiles,

sino nocivos; te distraerán de lo que importa a tu interés; te harán

pensar en multitud de asuntos inútiles, en que no piensan los tontos; te

concitarán el odio de los demás hombres, o harán que te miren como a un

bicho raro y estrafalario, y de nada podrán servirte si no llegan a los

100, que son ya los grados del _genio_. Podrán también perjudicarte

excitando tu amor propio y haciéndote pensar que eres _genio_ o estás

cerca de serlo, con lo cual es probable que te pongas en ridículo. Para

ser _genio_ se requieren los 100 grados bien cubiertos, y aun así, el

_genio_ suele quedar latente si el hado propicio no le saca a relucir.

Entonces aparecen Cervantes, Newton, Shakespeare, Hegel y otros tales.

Mientras esto no aparece no hay ser más deplorable y cómico que el

hombre que tiene, en nuestro siglo, más de los 20 grados de

entendimiento, necesarios para llegar a lo más sublime de la vida

práctica, en el medio o ambiente de civilización que nos circunda. Claro

está que, según progrese el género humano, subirá el nivel y serán

menester más grados para lo práctico, así como, en antiguas edades, se

requerían menos. En el estado salvaje, pongo por caso, bastaban dos o

tres grados. No se requería para cazar y pescar, para estratagemas

guerreras, etc., sino cierta astucia, cierto instinto poco superior al

de las bestias feroces. Todos los grados de entendimiento que sobre esto

tenía entonces un hombre eran don funestísimo y absurdo lujo. Ahora,

como ya se han aplicado a la guerra las matemáticas y otras ciencias, y

se caza y se pesca en la Bolsa, en los Congresos, en Sociedades

mercantiles e industriales, no disparando flechazos, sino creando

valores, acciones, obligaciones y otros proyectiles más complicados, los

grados que se necesitan son 20. Repito que, como el mundo va de prisa,

dentro de un par de siglos se necesitarán 40; mas por lo pronto, ya está

aviado el que pasa de los 20. ¡Qué estorbo tan horrible en los grados

que le sobran! El sentido más hondo, más filosófico, más trascendental

de la frase _pasarse de listo_ consiste en esta superioridad lastimosa.

Todos los tiros que se disparan se escapan por cima del blanco. La

crítica asesina precede además a toda inspiración y te la mata. No haces

mil cosas porque te parecen tonterías; otro las hace, y medra. En

cambio, lo que tú haces por parecerte discreto, o mal comprendido, o

juzgado sólo por el éxito, que suele ser deplorable, parece tonto a todo

el mundo.

»Tal es, en resumen, mi teoría. Con ella trato en balde de consolarme de

mi corta ventura, teniendo la inocente vanidad de creerme con más de los

20 grados y de _pasarme de listo_ en el sentido más profundo y

filosófico de la frase.

»Esta triste satisfacción que yo me doy es por demás alambicada para que

le valga a mi mujer. Ella no mira sino que va a pie, que vive en pobre

casa, que nadie la atiende, y que el respeto, la consideración y la

lisonja de que anhela verse rodeada le faltan por mengua mía.

»Yo noto, mido, calculo instante por instante el rápido progreso que

hace este mal en el corazón de ella. En esto también me paso de listo.

Soy listo para atormentarme. Me comparo al médico cuando advierte los

progresos de la tisis en una persona querida, prevé los estragos que va

a hacer y no sabe ni evitarlos ni remediarlos.

»De sobra veo patente el desprecio de mí que poco a poco va entrando en

el corazón de Beatriz y devorando el afecto que me tiene. Pero ¿cómo

impedir esto? ¿Cómo probarle que valgo más que los dichosos y

encumbrados y ricos? Cuanto discurso haga contra ellos parecerá sugerido

por la envidia y me hará más despreciable a sus ojos.

»Si yo fuera joven, hermoso y robusto, me quedaría la esperanza de que

por ello siguiese Beatriz amándome, aunque dejase de tener elevada

opinión de mis prendas intelectuales; pero estoy viejo y achacoso, y soy

enclenque y feo como el demonio. Me aplico, pues, con amargura aquella

pregunta del poeta:

¿Qué le queda al demonio, ¡vive Cristo!,

Si se le quita la opinión de listo?

»Y sin vacilar respondo: Nada. Pronto no quedará nada para mí en el

corazón de ella, sino ofensiva compasión, si no gasta toda la que tiene

en compadecerse a sí misma. Y más vale que no me compadezca. Bien dice

nuestro inmortal novelista: «Y sobre todo, el cielo te guarde de que

nadie te tenga lástima.»

»Yo estallaría, me ahogaría si no comunicase con alguien mis penas. Por

eso te las confío. Beatriz no advierte nada. ¿Cómo, de qué, por cuál

motivo quejarme con ella y de ella?

»Yo la amo con toda mi alma, y necesito para ser feliz que ella me ame

y me respete. Pero aquello de que el amor impone el amor es una mentira.

Y tampoco quiero yo que me ame y me respete para cumplir una obligación:

en virtud de un contrato.

»Veo, pues, que voy perdiéndolo todo en el alma, de Beatriz, y no le doy

a conocer que lo veo. Percibo claramente el abismo en que voy a caer, y

sigo caminando hacia él, sin que me sea posible torcer por otro camino o

cegar el abismo.

»Esta es mi horrible situación. A nadie, ni a ti mismo, debiera

confiarla; pero necesito depositar en alguien mi secreto dolor. Ven por

aquí a consolarme. Ven también por Inesita. Acaso te ame. Es buena y

cariñosa como Beatriz, y no tiene ambición como Beatriz. Además, tú eres

joven y buen mozo... ¡Qué desatino hice en casarme! Pero ¿qué había de

hacer, si estaba enamorado? ¿Quién me quitará la gloria de haber sido

amado de ella? Ella me ha amado; ella me ama todavía. ¿De qué voy a

arrepentirme? ¿Quién, por temor de perder el bien, se lamenta de haberle

logrado?»

Tal era la carta que escribió don Braulio, que cerró cuidadosamente y

que certificó para que no se perdiera, antes de confiarla al correo.

Hechas ya sus delicadas y lastimosas confidencias se sintió algo más

aliviado y sereno, y se dispuso resignado a cumplir la promesa de llevar

aquella noche a Beatriz y a Inesita a los Jardines del Buen Retiro.

Pasarse de listo · 第 8 / 24 题