IV

El crítico más hábil y atinado, quizá, entre cuantos hay en España me ha

hecho ya dos o tres veces, al juzgar otras novelas mías, un favor y un

disfavor que no creo merecer; pero si los merezco, esta vez, lejos de

enmendarme, incurro más de lleno que nunca en su censura, que por otra

parte me lisonjea. Supone el crítico que mis personajes todos son yo,

con lo cual hace de mí un Proteo, pues harto diversos caracteres he

retratado; y supone además que todos hablan, como yo en igual situación

hablaría, con erudición, discretas sutilezas y espíritu filosófico

impropios de su condición humilde y hasta de su sexo, ya que a menudo

_mis mujeres se pasan de listas_.

En la presente historia, donde, según el título lo indica, los más

importantes personajes, cada uno por su estilo, van a pasarse de listos,

pecaré, sin poderlo remediar, contra lo que el crítico quiere. La culpa,

si la hay, porque me resisto a declararme culpado, está en la elección

del asunto. Ya elegido, no tengo más recurso que hacer a mis héroes,

conservando a cada uno su índole, sus pasiones y su singular fisonomía,

todo lo más discretos, sutiles y listos que yo sepa y pueda, porque tal

ha de ser el defecto mayor de todos ellos, y sobre todos ellos, del

protagonista de la historia.

Hago aquí esta declaración para que doña Beatriz, a quien pronto oirán

hablar mis lectores, no los coja desprevenidos. Doña Beatriz era

listísima.

No recuerdo en qué libro, tratado o epístola del Antiguo o del Nuevo

Testamento, se dice que _el espíritu sopla donde quiere_: sentencia con

la cual basta y sobra para justificar la verosimilitud de que el

espíritu, ora sea divino, ora sea diabólico, hubiese soplado y penetrado

en el ser de una muchacha de veintidós años, que no tenía más doña

Beatriz, nacida y criada en un lugar de la provincia de Córdoba. Hay

también otra sentencia macarrónica, llena de verdad, que reza de este

modo: _Quod natura non dat, Salamanca non proestad_, de la cual puede

inferirse, según buena lógica, que la madre naturaleza no ha menester de

Salamanca, o dígase de hondos estudios y largo trato de mundo, para

hacer muy sutiles y entendidos a aquellos a quienes gusta de favorecer,

aun cuando sean mujeres, y mujeres de lugar.

En este número se contaba doña Beatriz, la cual, sobre su innato

despejo, si bien no había cursado en ninguna universidad, tenía cierto

saber adquirido en la conversación frecuente de su marido don Braulio,

quien gozaba fama de sujeto muy ilustrado, aunque sólo tuviese 3.000

pesetas anuales de sueldo.

Doña Beatriz e Inesita, huérfanas de padre y madre desde la niñez,

habían estado bajo la tutela y criadas en casa del cura del pueblo. No

eran enteramente pobres. Tenían algunas finquillas, que venían a

producir, bien administradas, unos 4.000 reales de renta para cada una.

Con esto era difícil que en el pueblo, a no infundir una violenta

pasión, se casase ninguna de ellas con los hidalgos o señores ricos; y

como ambas eran muchachas finas, señoritas verdaderas, no era probable

que se hubieran querido casar con ningún arriero palurdo o con ningún

labrador rústico e ignorante.

El padre cura receló, aunque tarde, que había educado a sus pupilas mal

de puro bien, y que, de resultas de su esmerada educación, iban a

quedarse para vestir imágenes. Por fortuna no sucedió así. El

Administrador de Rentas, don Braulio, trató a doña Beatriz, y la halló

tan bonita y discreta que se enamoró de ella. Ella pensó haber hallado

en don Braulio un hombre que, aunque viejo, podía enamorar por su

talento y por otras nobles prendas del alma, y enamorados, o persuadidos

de que lo estaban, se casaron, después de un noviazgo corto.

El cura tutor, que era muy anciano, murió pocos meses después de este

casamiento.

Nada absolutamente dejó a sus pupilas.

De una hermana suya, viuda, tenía el cura un sobrino, de edad de

veintiocho años, llamado Paco Ramírez. Este fué el universal heredero de

su tío, consistiendo el activo de la herencia en la casa con los muebles

y libros, que valdría todo 40.000 reales, y el pasivo en varias deudas,

que pasaban, también en reales, de 30.000.

Paco Ramírez era un mozo muy guapo, y tan morigerado, económico, activo

y fecundo en recursos, que con 50.000 reales que su padre le había

dejado en dinero, empleando en cebada y en trigo, comprando mosto barato

en tiempo de vendimia, haciéndole vino potable en unas cuantas pipas que

tenía, vendiéndole luego por cargas a los arrieros, y, en suma,

trapicheando de otras mil maneras, si bien todas lícitas, no sólo

mantenía con holgura a su madre, sino que se vestía él hasta con majeza

y elegancia, al uso del pueblo, e iba, poco a poco, aumentando el

capital.

Muchas veces había pensado el cura en que su sobrino podría ser un buen

marido para cualquiera de sus dos pupilas; pero, como no era un buen

partido, calló el cura su pensamiento y propósito, y jamás hizo nada por

realizarle.

Paco, Beatriz e Inesita se querían como hermanos. Paco, que tenía seis

años más que la mayor de ellas, y diez más que la segunda, lo cual en la

primera edad parece enorme diferencia, les tenía un cariño que él

calificaba de paternal. Ellas eran hijas del caballero más ilustre del

pueblo, por más que hubiesen venido a tanta pobreza, y él, plebeyo, y

archiplebeyo por todos cuatro costados, y con menos bienes de fortuna

que las pupilas de su tío, ¿cómo había de atreverse ni siquiera a

imaginar que podría casarse con ninguna de las dos?

Así las cosas, se casó don Braulio con doña Beatriz, y a poco, como ya

hemos dicho, murió el cura, que era excelente sujeto.

Inesita, según era natural, se fue a vivir con su hermana y cuñado; los

siguió a Sevilla, y después los siguió a esta alegre capital de las

Españas.

Desde que salieron del lugar dejaron encomendada a Paco la

administración de los bienes que en él tenían, con la seguridad de que

nadie había de administrarlos mejor. Paco, en efecto, respondió a

aquella confianza. Así es que en la época en que comienza nuestra

historia, cuando aparecen en el Buen Retiro nuestras dos heroínas,

tenían entre ambas algo más de 8.000 reales al año, que juntos a los

12.000 mal contados de don Braulio, sumaban una taleguita anual muy

corrida y larga de talle.

Aunque hacían vida retirada, como todo está caro, y se trataban bien, y

se vestían con cierto lujo para su clase, renta y sueldo se consumían

completamente, y gracias si no se hallaban a veces en apuros.

Para salir de ellos, vivir con esplendidez y elevarse a mayor posición

en la jerarquía social, se presentaban dos caminos, iluminados por la

esperanza, a la aguda consideración de doña Beatriz, la cual cavilaba

mucho sobre estas cosas desde que había salido del lugar, ya casada.

Doña Beatriz tenía el concepto más elevado de la inteligencia y del

saber de su marido. Atribuía su poco éxito en el mundo a descuido,

desprecio o desdén que don Braulio tenía de todo lo práctico, a cierta

falta de estímulo que notaba en su alma, y se inclinaba a creer que si

ella estimulaba y aguijoneaba el alma de su marido, apartándola de vagos

ensueños y de teóricas distracciones, que a nada conducían, aun era

posible que le viese de Ministro de Hacienda, o por lo menos de Director

de Rentas Estancadas.

El otro punto, que era como cimiento o piedra angular sobre la cual

levantaba doña Beatriz el alcázar de sus esperanzas ambiciosas, era la

hermosura, el garbo y la distinción de su hermana Inesita.

Doña Beatriz, casada ya con un hombre a quien veneraba y quería, y a

quien era deudora de haber salido del lugar, donde se ahogaba, y de

espaciarse por grandes ciudades, limitaba su misión para lograr el

engrandecimiento a servir como de espuela a la reacia voluntad de su

marido; pero en Inesita, soltera y libre y llena de atractivos, que ella

sabría completar y hacer valer con su prudencia, veía doña Beatriz un

filón intacto aún, un minero riquísimo de todos los bienes,

encumbramientos y prosperidades.

Importa declarar, en honor de doña Beatriz, que al trazar en su

imaginación el proceso ascendente de uno y otro plan de ventura, ora

valiéndose de don Braulio, ora de Inesita, jamás se le ocurría poner en

la composición de su cuadro el menor toque pecaminoso. Nada de

fullerías. Doña Beatriz quería jugar limpio. Don Braulio había de ser

personaje de primera magnitud sin mancharse las uñas, e Inesita había de

ser condesa, marquesa, y quién sabe si duquesa, sin la menor liviandad y

con todos los requisitos eclesiásticos y civiles.

El orgullo de doña Beatriz, su decoro aristocrático, que le tenía,

aunque nacida en pobres pañales, y sus creencias cristianas, vivas y

fervorosas como de persona educada por un sacerdote de ejemplarísima

virtud, repugnaban todo recurso que pudiera mancillar; pero su afán de

elevarse y de elevar a su familia le sugería, a su ver, medios decentes

y honrados por donde lograr riqueza, dignidades y distinciones, con

facilidad y sin desdoro ni culpa.

Doña Beatriz no descubría por completo sus planes y sus esperanzas a don

Braulio y a Inesita. Temía asustarlos y que del susto saliesen la

contradicción y la oposición. Cauta y astuta, soñaba con atraer

diestramente al uno y a la otra por los caminos que ella juzgaba

conducentes al término a que aspiraba, y ya comprometidos y metidos en

él, y cuando fuese muy difícil volver atrás, declarar ella su propósito

y mostrarles el término, si no le veían.

Con Inesita, sobre todo, que era sobrado poética e inexperta, procedía

doña Beatriz con superior cautela y disimulo.

Desde la noche que habían ido al Buen Retiro le había hablado varias

veces del gentil caballero que las había seguido, pero sin descubrir

jamás todo su pensamiento.

Doña Beatriz, por las frases que había oído al Conde de Alhedín y a sus

compañeros, por el coche que había visto y por algunas noticias que

después había recogido con habilidad, sabía que el Conde era soltero,

muy rico, muy noble, huérfano de padre, y con una madre que no tenía más

voluntad que la suya. Ahora bien; ¿qué imposibilidad habría en que el

Conde se enamorase resueltamente de Inesita y se casase con ella? Más

desiguales casamientos se han visto y se ven todos los días.

Con un poco de fortuna y con la rara discreción de que doña Beatriz se

juzgaba dotada, bien podría casar a Inesita con el Conde. Inesita era,

como ya se ha dicho, una criatura adorable. Hasta su indiferencia, hasta

su espíritu, dormido a toda ambición, podría contribuir al triunfo. Nada

suele perjudicar tanto a otras muchachas, en esto de atrapar un buen

casamiento, como el afán cándido y mal encubierto de atraparle.

Así, pues, doña Beatriz dejaba dormir a su hermana y no procuraba

despertar su ambición. Aquel sueño indiferente y sublime era un arma

poderosa de que no convenía desprenderse. Ella, sin decírselo hasta que

llegase la ocasión oportuna, guiaría a su hermana sin sacarla del

poético sonambulismo.

Sonámbula y todo, importaba, no obstante, que Inesita por sí misma se

moviese; y para ello doña Beatriz había ya tocado, y aun pensaba tocar,

cualquiera otro resorte de su alma menos el de la ambición y la codicia.

Con estos planes e intenciones, la noche del día en que el Conde supo en

el Ministerio de Hacienda quiénes eran sus desconocidas, hablaban éstas

a solas en su pobre casa, mientras aguardaban a don Braulio, que estaba

trabajando en la Secretaría.

--No te entiendo, Inesita--decía doña Beatriz, sentada en una butaca

enfrente de su hermana--. Que yo no rabie, nada tiene de particular.

Quiero bien a mi marido; mi deber y el fin de mi vida estriban en

hacerle dichoso, y así nada tengo que buscar fuera de casa. Puedo vivir

encerrada entre cuatro paredes sin desesperarme. ¿Qué voy a hacer yo, a

qué puedo aspirar yo fuera de aquí? Pero tú, soltera, joven y tan

bonita, es un prodigio que te resignes a este retiro y aislamiento en

que vivimos. Braulio es muy bueno; sería un santo si fuera mejor

cristiano; pero es un hurón y tiene sus caprichos. No quiere que

volvamos solas a los Jardines. Y eso que ignora la persecución de aquel

Condesito. Yo deseo llevarte a los Jardines a ver si te distraes, porque

me pareces melancólica; pero, ¿qué le hemos de hacer? Solas no podemos

ir con licencia de Braulio, ni menos aún a escondidas. Dios me libre de

oponerme a lo que él ordena. Además sería fácil que lo supiese todo. No

hay, pues, más recurso que aguardar a que Braulio quiera y pueda

acompañarnos. Pronto acabará su tarea extraordinaria y no tendrá que ir

de noche al Ministerio. Entre tanto no irá mañana, que es domingo.

Mañana nos llevará. Yo lo conseguiré. ¿Te acomoda?

--Yo no tengo impaciencia ninguna ni afán de divertirme--respondió

Inesita--. Comprendo bien que Braulio no quiera que vayamos solas.

¡Somos tan muchachas ambas!... Casi pareces tú más joven que yo. Nos

exponemos a mil sustos... a que nos persigan... a que nos falten al

respeto... como el libertino de la otra noche.

--Tú exageras... el Conde de Alhedín no nos faltó al respeto. El pobre

nos siguió como un tonto... tuvo sus tentaciones de hablarnos, pero al

cabo no se atrevió, e hizo bien. Hubiera sido una botaratada

imperdonable en persona de tantas campanillas y tan corrido. La verdad

es que se entusiasmó demasiado para jactarse de tan hastiado, desdeñoso

e invulnerable. Hija mía, le diste flechazo.

--Hermana--replicó Inesita con la mayor sencillez y naturalidad--, no

trates de lisonjear mi amor propio. No te creo. En todo caso fuiste tú,

y no yo, quien flechó al Condesito: aunque, dejándonos de bromas, lo que

debemos creer es que ni tú ni yo le flechamos. Excitamos su curiosidad

por lo mismo que nadie nos conoce. Como es un vago, quiso seguirnos para

pasar el tiempo. Tal vez la causa de que nos siguiese no fué para

nosotras lisonjera, sino ofensiva; tal vez, al vernos solas y tan

jóvenes, formó de nosotras una idea...

--Es posible... quizá al principio nos juzgó mal; pero, no lo dudes,

juicio tan aventurado y poco favorable fué pasajero. No se sigue a quien

no se estima, como nos siguió el Conde. Aquellas vacilaciones, aquellos

miramientos, aquella timidez en persona tan desenfadada y atrevida,

nacen de respeto, y no de menosprecio. Además, un hombre de mundo,

entendido como es él, no podía caer sino por un breve instante en tan

absurda alucinación. Mírate en aquel espejo--y doña Beatriz señalaba uno

que estaba colgado enfrente, adornando la sala--; sería menester ser un

estúpido para no comprender quién eres tú; para pensar mal de ti al ver

esa cara.

Doña Beatriz dió en ella a su hermana una docena de sonoros besos,

alzándose de su asiento y abrazándola.

--¡Qué buena y qué loca eres!--dijo Inesita.

En seguida añadió:

--Vamos, quiero dar por cierto que el Conde nos siguió con entusiasmo;

pero el entusiasmo ¿por qué había de ser yo, y no tú, quien le

inspirase? ¿Crees tú que el Conde adivinó que estás casada?

--Indudable. No pudo creer de mí otra cosa, al verme sola contigo y al

tenernos por mujeres honradas.

--Pero yo he oído decir que los libertinos persiguen más a las casadas

que a las solteras--prosiguió Inesita con la terrible franqueza de su

inocencia casi infantil.

--No es regla general. Voy, sin embargo, a conceder que lo es. Todavía

afirmo que no hay regla sin excepción, y que en este caso el Conde ha

perseguido a la soltera.

--¿Y por qué lo afirmas?

--Porque lo he visto.

--Yo no vi nada, porque no miraba.

--Apruebo que no mirases. Ese recato, esa indiferencia tuya, picaron al

Conde. Si llegas a mirarle te hubiera seguido, aunque más audaz, con

menos empeño.

--Entonces tú, que le miraste, ya que observaste tantas cosas, ¿cómo no

le hiciste formar ruín concepto de ti?

--Porque las casadas, cuando no somos muy tontas, usamos diversos

estilos de mirar, y yo le miré como debía.

Inesita abrió los ojos y la boca, como espantada, al oír que había

diversos estilos de mirar.

Doña Beatriz, sin desistir de su idea de que el candor de su hermana le

daba más precio, empezó a reflexionar que, si este candor rayaba en

ceguera, podía perjudicar a sus planes. Algo le pareció que convenía ya,

cuando no desatar la venda, aflojarla un poquito. Era tiempo de iniciar

a Inesita en los más sencillos misterios de este pícaro mundo. Movida

por este pensamiento, añadió doña Beatriz:

--Sí, hija mía, hay diversos estilos de mirar.

--Está bien, hermana, ya me lo explico--contestó Inesita--. Aunque soy

bastante boba e ignorante de todo, porque en el pueblo me he pasado la

vida cosiendo, jugando a las muñecas, cuidando a nuestro anciano tutor y

arreglando el altarito donde estaba San Antonio con el Niño Dios en los

brazos, mientras que tú leías, estudiabas y conversabas, todavía se me

alcanza que se mira de distintos modos: por ejemplo, con afecto y con

indiferencia.

--Así es.

--Lo que no comprendo es por qué las casadas saben de eso, y no saben de

eso las solteras.

--Porque las solteras no deben saberlo; porque si lo saben, deben

aparentar que lo ignoran, y porque pierden mucho si miran con arte, a no

ser tan maravilloso el arte con que miren, que ni el más ladino le note.

--Y dime, hermana, ¿no pudiera ser que, sin reflexionarlo, y en virtud

de ese instinto, más inspirado y menos falible que la reflexión, mirase

a veces una soltera boba tan bien o mejor que las más hábiles casadas?

--Todo es posible. El ingenio lo puede todo. Voy, no obstante, a

indicarte los tres principales escollos en que puedes tropezar si te

pones a mirar a los hombres. Primer escollo: que se te vayan los ojos

tras de aquel a quien mires, lo cual es rendirte, entregarte como atada

de pies y manos, hacer que se entibie el amor si ya le inspiras, o que

burlen y profanen y escarnezcan tu amor si no te corresponden. Segundo

escollo: que por timidez o desconfianza mires como asombrada y arisca,

exponiéndote a pasar por boba o por sosa no siéndolo. Y tercer escollo:

que, poseedora de la ciencia del mirar y de las otras ciencias que la

del mirar presupone, no atines a disimular y velar esta sabiduría, y te

acusen y zahieran de lagarta, de licurga, de desenvuelta y libre, y de

harto sabida para soltera.

--Me parece, Beatriz, que para evitar esos escollos lo mejor es dejarse

llevar del impulso.

--¡Ay, hija mía! No hay frase más vacía de sentido. Según Braulio, que

lee muchos librotes en los ratos de ocio, lo menos lleva ya el género

humano doce mil años de civilización. ¿Dónde habrá ido a parar el

legítimo y puro natural impulso, después de tanto jaleo de creencias,

leyes, doctrinas, costumbres, usos, modas y convenciones sociales?

Échale un galgo a tu natural impulso. Hazte salvaje, o búscale entre los

salvajes si quieres tenerlo. Además, que el natural impulso, el impulso

meramente natural, es vicioso y malo. Extraño mucho que una joven, tan

buena cristiana como tú eres, se fíe del natural impulso. Pues buena

quedó la naturaleza después del pecado original, para que de ella nos

fiemos.

--Mujer, me equivoqué, me expliqué mal. Lo que yo quería decir era que

debía dejarme llevar, para mirar, como para todo, de mis sentimientos

cristianos, de ese natural impulso mío, modificado y depurado por la

educación moral y religiosa que, a Dios gracias, he recibido.

--¡Pero ven acá, inocente! ¿Qué trae la doctrina del Padre Ripalda sobre

esos interesantísimos pormenores? No los previó y te dejó a obscuras.

Nuestro tutor, en los largos sermones que nos echaba, jamás tocó este

punto. ¿Cómo habían de calcular el Padre Ripalda ni nuestro tutor que

ibas a pasearte en el Buen Retiro, y que ibas a ser perseguida por un

Condesito, buen mozo, elegante, ilustre, con coche y con más de 15.000

duros de renta? En este caso complicado intervienen mil elementos ajenos

a la teología moral. Y lo que es el coche, la elegancia, el condado, la

renta de los 15.000, los conciertos del Buen Retiro y otra infinidad de

circunstancias, nada tienen que ver con la naturaleza; están por cima de

ella; pueden y deben calificarse de _sobrenaturales_, ya que van

añadidas y como sobrepuestas a lo natural por la cultura del siglo.

La risa y el buen humor con que doña Beatriz decía todo esto

desconcertaron un poco a Inesita. No sabía si echarlo también a broma o

replicar seriamente. Resolvióse al fin por lo segundo, y dijo:

--Hermana, sean naturales o _sobrenaturales_ las circunstancias,

persisto en creer más seguro que cualquier artificio y estudio esto que

yo llamo mi impulso natural. La sinceridad y la franqueza son siempre lo

que más cuenta nos trae hasta por el lado práctico y útil. Niego esa

ciencia o ese arte de mirar. Para nada le necesito. Una doncella honrada

y modesta debe mirar a todo galán como la buena crianza le aconseja,

para no aparecer grosera, con el afecto general que siente o debe sentir

por todo prójimo, y con la debida circunspección, para que el galán no

interprete mal su benevolencia y se las prometa felices. Si el galán

pasa de galán indiferente a galán amado, ya el amor inspirará a la

doncella el conveniente modo de mirar a quien le enamora, sin que se

canse en aprenderlo por arte.

--Oye, Inesita--dijo doña Beatriz--; no te hablo de broma, sino con gran

seriedad en el fondo. Tú tendrías razón en lo que dices si no hubiese

período de transición entre el estar enamorada y no estarlo. Tú misma lo

has dicho. _Si el galán pasa de indiferente a amado_. Pues bien; para

este paso son las reglas y el arte. A quien te ame y sea correspondido

de veras, mírale como quieras. El amor mismo te enseñará el modo de

mirarle; pero, hija mía, no se trata de eso; se trata de aquel a quien

no amas aún y que aún no te ama.

--A ése le miraré como a prójimo.

--Ahí está tu error, Inesita. Tú no pones término medio entre el desamor

y el amor. Ese salto sí que es antinatural, peligroso e inverosímil.

Nadie pasa, por fortuna, de la indiferencia al amor sin grados, trámites

y términos medios. ¡Pues no faltaba más! Hija, el amor viene poquito

apoco. Desde la indiferencia, o mejor dicho, desde el afecto general a

todo prójimo hasta ese exclusivo sentimiento que se llama amor, hay una

escala gradual, que se va subiendo punto por punto, y que constituye el

período del coqueteo. Sin tal coqueteo, sin irse encaramando por los

grados o escalones de la precitada escala, nadie llega jamás hasta el

templo del verdadero amor, ni alcanza su gloria y sus favores regalados.

--¿Cómo es eso? ¿Conque yo no podré amar ni ser amada nunca sin

coquetear antes?

--No te niego la posibilidad; pero sería difícil, extraordinario. En

novelas, en poesía sólo, se ve, por ejemplo, a un señor que ve pasar por

la calle a una dama, y pataplum..., de repente..., cátale muerto de amor

por ella. Ella también le mira..., y adiós reposo y juicio; sin saber si

es un tunante o un hombre de bien, un tonto o un sabio, un rico o un

pobre, ya la tenemos enamorada. Lo racional no es esto; lo racional es

que las personas se traten, se hablen, se conozcan, se estimen, vayan

aficionándose una a otra, hasta que al cabo se amen. Todo este período

es lo que yo he llamado el coqueteo. Mira tú si el coqueteo es necesario

y útil. Sin él no hay amor. Y si no ponte con una cara que despida

huéspedes, no hagas caso de nadie, no mires a nadie sino como a prójimo

mientras no sientas amor, y el amor ni acudirá jamás a tu alma ni tú le

infundirás jamás en otra alma humana. El coqueteo es, pues, un rito, un

culto, una plegaria, una evocación del amor para que venga. Digo todo

esto a fin de que te dejes de gazmoñerías y vayas siendo algo coqueta. Y

como yo deseo que lo seas con distinción y suavidad, sin desafuero de

ninguna clase, con la compostura y modestia que se requieren, y

conservando ese maravilloso candor, ese aspecto de inocencia purísima

que Dios ha puesto en tu ademán y en tu semblante, por eso te recomiendo

el arte divino.

--Y con ese arte, ¿qué ganaré?

--Ganarás que te amen. Vamos a un caso particular. Hablemos del

Condesito de la otra noche. Bien sé que no le amas. Demos gracias a Dios

de que no te ha hecho tan inflamable que te pongas a amar a un hombre

sólo con verle de pasada. No es de presumir tampoco que él esté

perdidamente enamorado de ti. Tampoco los hombres se enamoran de súbito.

Lo que sí es probable, casi seguro, es que el Condesito te ha encontrado

bella, airosa y elegante; ha imaginado que eres buena y que estás bien

educada, en lo cual no se equivoca, y te admira y le atraen hacia ti

curiosidad, simpatía y otros vagos deseos y pensamientos. Te concedo,

además, que el Condesito, con su petulancia, que es mucha, se promete

triunfos y victorias que no te hacen favor. Pues bien; todo esto es el

fundamento de un coqueteo. Importa no espantar esas simpatías nacientes

poniendo cara de baqueta; importa refrenar las esperanzas infundadas y

atrevidas; es menester domar con el debido respeto todo irreverente

propósito; y se debe, por último, atraer al Condesito, a ver si te ama y

tú le amas.

--Pero si yo no le amo.

--Ya sé que no le amas. ¿No lo he dicho? Ni él te ama tampoco. Pero ¿te

amará nadie nunca ni tú amarás a nadie si sigues así? ¿Cómo ha de acudir

a ti el amor si le oseas cual si fuese pájaro de mal agüero?

Inesita casi se sintió vencida. Su hermana siguió haciendo tan sabias y

profundas reflexiones, que la chica vino a alucinarse y a imaginar que

el coqueteo, dentro de ciertos límites, era un deber, al que estaba

faltando. Inesita prometió, pues, seguir los consejos de su hermana

hasta donde, sin violentarse, le fuera posible, y ser un poquito

coqueta, con dignidad y con el arte que iría aprendiendo.

Doña Beatriz dió por cierto que a la noche siguiente, en el Buen Retiro,

hallarían al Condesito, serían perseguidas por él y habría ocasión de

que Inesita mostrase su aptitud, no probada aún, para la coquetería.

Según doña Beatriz, todo el papel de Inesita en la noche siguiente debía

limitarse a decir con los ojos, por estilo vago y claro sin embargo, con

tal arte que pareciese la frase irreflexiva y espontánea, con impecable

pureza y sencillez de intención y sin prometer nada que pasase de

amistad: «Me es usted simpático, aunque deploro que sea usted un tanto

cuanto fatuo. Me alegraré de tratar a usted, mas para ello quiero que

sea usted menos presumido y más comedido, y que se haga presentar como

la buena sociedad exige y de modo que no choque.»

Inesita sostenía que con los ojos era imposible enjaretar tan larga

perorata. Doña Beatriz, por el contrario, aseguraba que con los ojos se

decía todo sin dificultad alguna.

En esta cuestión estaban, cuando llamó a la puerta don Braulio, y entró

luego en el cuarto, interrumpiendo a las dos hermanas.

El hombre era según se le habían descrito al Conde de Alhedín: flaco,

calvo, pequeño de cuerpo, nada bonito; y, aunque sólo tenía cuarenta y

cinco años, parecía tener diez más, porque el trabajo, los cuidados y

los disgustos le habían envejecido. Estaba vestido con limpieza y

sencillez. Su rostro moreno tenía admirable expresión de bondad y de

inteligencia. Sus ojos negros, única cosa bella que había en él,

brillaban a cada mirada con luz viva y penetrante. Sus mejillas,

hundidas, estaban surcadas de arrugas; pero en su boca, más bien grande

que pequeña, había firmeza y brío, y sus labios delgados se plegaban con

gracia, prestando animación a toda la fisonomía y dejando ver dos

hileras de dientes blancos, sanos y bien puestos. La nariz de don

Braulio, aunque no deforme, era un si es no es acaballada o de pico de

loro.

Don Braulio venía muy fatigado, y a las pocas palabras que habló con las

mujeres pensaron todos en retirarse a dormir.

La primera que salió de la sala fué doña Beatriz.

Don Braulio quedó un momento solo con Inesita. Acercóse entonces a ella

y le dijo en voz baja:

--Inés, tengo que cumplir con una comisión que para ti me han dado. Toma

esta carta, guárdala y léela con detención y reposo. El que la escribe

exige que no hables con nadie de la carta, sino conmigo si quieres.

Hasta para tu hermana ha de ser un secreto. ¿Lo entiendes? Hay además

otra condición extraña. La contestación que has de dar no se te admite

hasta dentro de un mes, y se te suplica al mismo tiempo que no retardes

el darla más de cuatro meses.

Don Braulio, dicho esto, puso la carta en manos de Inesita, y se fué por

donde su mujer había ido, sin aguardar a que Inesita leyese la carta o

le hiciese alguna pregunta sobre ella. Parecía que don Braulio deseaba

también que Inesita meditase con sosiego, antes de hablarle del

importante negocio de que sin duda la carta trataba.

V

Apenas Inesita se quedó sola miró el sobrescrito de la carta, y, sin

emoción, casi sin curiosidad, al menos perceptible, iba a abrirla y a

leerla, cuando apareció en escena un nuevo personaje, que hizo que la

muchacha se guardase precipitadamente la carta en el bolsillo.

Este nuevo personaje era el ama Teresa. Llamábanla ama no porque jamás

lo hubiera sido de cría, sino porque había sido ama de gobierno del

señor Cura. Estaba ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta

años, y había cuidado con grande esmero y cariño de Beatriz y de Inés

desde que ellas habían quedado huérfanas. A las dos las quería mucho;

pero, como había cuidado a Inesita desde más niña, y como Inesita seguía

soltera, tenía con ella mayor familiaridad y confianza.

Por extraña alucinación, más frecuente de lo que se piensa, el ama, como

si los años hubieran pasado en balde o no hubieran pasado, no veía en

Inesita a la mujer ya formada, sino a la niña pequeñuela que había

mimado tanto.

Seguía, pues, mimándola y tratándola como si Inesita tuviera cinco o

seis años. Sus acciones con relación a Inesita se resentían de dicha

alucinación; pero en sus discursos, cuando hablaba con ella, había una

combinación graciosa de los mimos e inocentadas con que se habla a las

criaturitas, y de los esfuerzos de ingenio y de estudiada discreción con

que las personas ignorantes y rudas procuran nivelarse con aquellas de

cuyo saber e inteligencia han formado el concepto más ventajoso.

En cuanto tenía o creía tener por experiencia alguna superioridad, el

ama hablaba a Inesita con dulce imperio, mientras que en negocios de más

alta trascendencia, en lo que iba más allá de lo material y presuponía

cierta cultura del espíritu, el ama se dirigía a Inesita con respeto

profundo y con el afán de ponerse a su altura. Por lo demás, el ama se

complacía en discretear con Inesita, en contarle sus impresiones y en

buscar modo de poder decir que discurría como ella; que su espíritu y el

de Inesita estaban en completa consonancia.

--Vamos--dijo el ama--, ¿qué haces aquí tonteando? Ven a acostarte. Nada

es más dañino para la salud que esta picara usanza de Madrid de hacer

del día noche y de la noche día.

--Ya voy--contestó Inés.

Y siguió al ama, que la acompañaba siempre, la ayudaba a desnudarse,

como a vestirse, y nunca se apartaba de ella por la noche hasta dejarla

en la cama.

El cuarto de dormir de Inés estaba puesto con singular esmero y

limpieza. Sobre la cómoda, en una urna de vidrio, se veía un San Antonio

de Padua, de bulto, hecho de barro cocido y pintado por no vulgar

artista. El joven Santo, gloria de Lisboa, era muy lindo de cara, tenía

buenos colores, como si la vida penitente no le hiciese mella por la

gracia de Dios, y se mostraba alegre y extasiado mirando al Niño Jesús,

el cual estaba en sus brazos y le prodigaba mil regalados favores.

La pobre cama de Inesita, las tres sillas que tenía y un pequeño

velador, sobre el cual había recado de escribir, eran la pulcritud

misma. Completaba el mueblaje un armario de pino con puertas vidrieras,

dentro del cual había varios libros y no pocas curiosidades y primores

de casi ningún valor, pero que allí estaban custodiados como si fueran

los más portentosos objetos de arte. Allí aparecían, colocados en buen

orden, los reyes magos y algunos pastores y zagalas de un antiguo

nacimiento, un ángel, dos muñecas vestidas con mucho aseo, y varias

cajitas y otros juguetillos que daban testimonio de lo cuidadosa y

guardadora que era su hermoso dueño.

La ropa blanca de Inesita estaba en la cómoda, y los vestidos y demás

galas se conservaban en un cuartucho obscuro, inmediato a la alcoba,

donde había perchas, y donde los cubrían algunas colchas viejas de

indiana y de coco.

Lo primero que hizo Inesita fue esconder la carta con el mayor disimulo

entre la almohada de su cama y la funda. Luego dejó reposadamente que el

ama la ayudara a desnudarse, lo cual fué obra de pocos minutos. Y quedó

al fin en la cama, con el pelo no recogido en red ni en cofia, sino

suelto en rica y adorada madeja.

Dijo Inesita que no tenía ganas de dormir, y rogó al ama que la dejase

luz para leer en un libro devoto durante media hora siquiera. El ama,

aunque a regañadientes, tuvo que aproximar a la cama el veladorcito y

dejar en él encendida una vela.

Durante todo esto no estaba ociosa la lengua del ama. Inesita casi

respondía siempre por monosílabos, deseosa de que terminase la charla y

de quedarse sola; pero el ama estaba en vena aquella noche y no acababa

con sus reflexiones y discursos.

Entre otras cosas decía:

--Hija, no se me alcanza el gusto que puedan tener tu hermana y su

marido en vivir en este laberinto de la corte. ¡Cuánto mejor estábamos

en nuestro pueblo! Verdad es que allí el sueldo era más ruin; pero... si

allí con una peseta se hace más que aquí con un duro... Yo, lo confieso,

me ahogo en estos tabuquillos y chiribitiles en que vivimos. ¡Cuánto

echo de menos aquellos patios, aquellos corralones de mi tierra! ¡En la

cocina del señor Cura cabía toda esta habitación y sobraba sitio! ¡Y

luego... vivir tan altos... tan encaramados! ¡Vaya si hay escalones

hasta llegar aquí! Y no es esto lo peor. Lo peor es el poco o ningún

caso que le hacen aquí a una. Todavía no tengo en Madrid persona con

quien hablar. Allá en el pueblo, ¡qué delicia! Salía yo a la calle y no

había perro ni gato que no me dijese: «Dios guarde a su merced; adiós,

ama Teresa. ¿Cómo lo pasa usted, señora?», y otras cosas por el estilo.

Aquí no hay un alma que me dirija la palabra y me dé los buenos días.

Luego todo está carísimo; se come oro: o es menester ponerse a dieta, o

gastar en comer cuanto dinero hay. Dentro de poco empezarán los

zorzales, y en nuestra tierra llegan a ponerse hasta a cinco cuartos el

par. Vé tu a comerte aquí dos zorzales tan gordos como aquéllos. Ya,

ya..., trabajo te mando... Sobre que no los hay... Y toma... Si los

hubiera, costarían un ojo de la cara. ¡Pues a fe que te gustaban a ti

poco los zorzales! ¿Y las anguilas? ¿Y las ancas de rana? Nada de esto

está por aquí a nuestros alcances sino cuando repican recio.

--No seas golosa, ama; no seas golosa; no te acuerdes tanto de las ollas

de Egipto, como decía el señor Cura, quien te solía reprender por ese

vicio de la gula--dijo Inesita riendo.

--No es gula, ingrata. Yo me lamento por ti, y no por mí. A mí me basta

con un plato de alboronía o con un gazpacho. Por otra parte, yo no me

duelo sólo de la comida, sino también de otras cosas. Y me duelo con

razón. Y si no, seamos francas... ¿Crees tú que es tan fácil que en

Madrid te salte un buen novio?

--Déjalo..., que no me salte. Si yo no estoy impaciente por tener novio.

--Pues ¿qué quieres tener? ¿Qué diablos han de tener las muchachas?

--Nada, mujer, nada...

--No, señorita; es menester que salte un buen novio y casarse. Tu

hermana es excelente, tu cuñado es un santo; pero no has de vivir toda

la vida con ellos y medio a expensas de ellos.

Inesita exhaló un suspiro, y el ama prosiguió:

--En el pueblo, para ti, que eres una real moza, ¿cómo había de faltar

algún rico hacendado, algún propietario o labrador con el riñón bien

cubierto, que aspirase a tu mano? Pero aquí me parece difícil. Los ricos

andan embaucados con las marquesas y con las duquesas, o con mil

tunantas de mala ralea, que los explotan. ¿Qué es lo que queda para

señoritas pobres como tú? Nada..., el apodo de cursis que suelen

prodigaros..., y algún Don Líquido degollante, con más hambre que

vergüenza y con más trampas que medios de ganarse la vida.

--¿Quién sabe, ama?--contestó Inesita--. No te apures tanto por mí. Dios

proveerá. Adiós, y déjame ya sola.

El ama no tuvo más remedio que irse. Besó a su niña, y recomendándole

que apagase pronto la luz y se durmiese, se salió del cuarto, cerrando

cuidadosamente la puerta.

No bien quedó Inesita en la soledad, sacó del escondite la carta y leyó

lo siguiente:

«Mi apreciable señorita y querida amiga: A pesar del respeto con que

siempre he tratado a usted, no dejará usted de haber notado el cariño

más que fraternal que desde que era usted niña le profeso. La diferencia

de clase que hay entre usted y yo, y la escasez de mis bienes de

fortuna, no me dieron nunca ánimo, mientras estuvo usted aquí, ni para

soñar siquiera que podría yo pretender a usted a fin de que hiciese mi

dicha, aceptando mi mano. Desde que usted falta de este pueblo Dios me

ha favorecido, bendiciendo mi trabajo y desvelo, y cuento ya con rentas

y medios para vivir aquí con familia, casi tan bien como los más

pudientes. Este cambio o mejora en mi posición y la consideración de que

su hermana de usted tomó por marido a un hombre honrado y pobre, y de

que usted no ha de ser ni más ambiciosa ni más exigente que ella, me dan

al cabo el atrevimiento que me ha faltado hasta el día, y me llevan a

declararle que la quiero de amor y que sería yo el más dichoso de los

hombres si usted me correspondiese.

»Conozco la nobleza y generosidad del corazón de usted, y sé que jamás

se casará usted por mero cálculo; pero no soy tampoco tan

irreflexivamente entusiasta que no entienda que, al dar paso tan

importante como el de ligarse para siempre y formar una familia, no

deban consultarse, pesarse y medirse las dificultades que ofrece la

vida, y los recursos que hay para vencerlas. Por esto último, digo a

usted con franqueza, sin creer que en ello la ofendo, que tengo hoy

bastantes bienes. De lo que poseo podrá informar a usted

circunstanciadamente su cuñado y amigo mío don Braulio.

»En cuanto a mi persona, usted me conoce y decidirá. Sé que no la

merezco a usted; pero el amor me hace atrevido, y de él imploro que me

preste los merecimientos que me faltan.

»No quiero que usted se decida de repente, sino después de examen muy

detenido, a fin de que no tenga que arrepentirse de una ligereza. La

vida de Madrid debe tener extraordinarios atractivos para las jóvenes.

Quiero que vea usted a Madrid, y que conozca y aprecie todos esos

atractivos, a fin de que renuncie a ellos, sabiendo lo que renuncia,

cuando me dé un sí, si por dicha me le da. Si usted uniese su suerte a

la mía, sería aquí respetada y amada; la rodearía yo de todo aquello que

pudiera serle grato, hasta donde el bienestar y la cultura de estos

lugares lo consienten; pero tendría usted que desistir de toda idea de

volver, como no fuese de paso, a las grandes ciudades. Mi ambición y

todos los planes de mi vida están cifrados en cuidar de mi caudal y en

hacerlo mayor en este pueblo, donde quiero que vivan también mis hijos,

si Dios me los concede. Por esto pongo un plazo a la contestación que

deseo, y suplico a usted que no me la dé precipitada. Mi impaciencia es

grande, pero sé refrenar mi impaciencia cuando se trata de mi felicidad

de toda la vida, y, sobre todo, de la de usted, que me es mil veces más

cara.

»Tengo un capricho, y le llamo capricho porque sería prolijo exponer

aquí las razones en que se funda: tengo el capricho de que usted, con

plena libertad, sin que nadie influya con sus consejos en favor o en

contra, decida de mi suerte, desdeñándome o favoreciéndome.

»Así, pues, esta declaración mía es un secreto para todos, incluso para

su señora hermana de usted, doña Beatriz. Sólo don Braulio sabe el paso

que doy; pero don Braulio me ha prometido no abogar por mí, y se

limitará a dar a usted los informes que usted pida.

»Aguardaré hasta dentro de un mes, lo menos. No atribuya usted a

frialdad de mi alma este largo aguardar que yo mismo impongo. Atribúyalo

a la idea tan alta que tengo de la solemnidad y consecuencia del

compromiso que induzco a usted a contraer.

»De usted depende mi dicha; pero no dude usted de que, aun desdeñado,

seguirá siempre admirándola y amándola su afectísimo, PACO RAMÍREZ.»

Inesita leyó esta carta con muy viva satisfacción, mostrándola en el

carmín que animaba y encendía su rostro. Nadie, sin embargo, que la

hubiese observado en aquel instante, a no poseer facultades

sobrenaturales para leer en las almas, hubiera descubierto si la

satisfacción era sólo de vanidad por verse querida, o también de amor

hacia la persona que se empeñaba en enamorarla.

Leída la carta, Inesita se levantó de la cama, abrió el cajón de arriba

de la cómoda y guardó la carta en él bajo llave.

Luego volvió a acostarse, apagó la luz y se colocó cómodamente para

meditar quizá sobre el contenido del mencionado documento, y para dormir

al fin.

Pasarse de listo · 第 7 / 24 题