Los poetas dramáticos tienen que hacer hablar a sus personajes según el
carácter, condición y pasiones que representan, sin que en tan estrecho
cuadro, como es el de un drama, haya fácil modo de poner correctivo a
las malas doctrinas o sentencias inmorales que dichos personajes puedan
emitir. Así es que los pobres poetas dramáticos fluctúan entre dos
escollos. O bien convierten a sus héroes en enojosos y pesados
predicadores, o bien, si les dejan hablar lo que la pasión naturalmente
les inspira, se comprometen a responder ante la posteridad, y si sus
obras no llegan tan lejos, ante sus contemporáneos, de todos los
extravíos, delirios y ensueños que ponen por fuerza en boca de los hijos
de su fantasía, acalorados y vehementes. Así, para ilustre ejemplo de lo
dicho, citaremos a Eurípides, a quien, desde muy antiguo, han acusado de
corruptor. Sabido es que César, a fin de justificar todas las
insolencias y maldades de que se valió para apoderarse de la dictadura,
repetía con frecuencia ciertos versos del trágico mencionado.
Yo, en general, soy muy opuesto a enseñar nada en obras de amena
literatura, y mil veces más opuesto si la enseñanza es de máximas
pecaminosas. Por esto escribo novelas, y no dramas. En la novela caben
todas las explicaciones: en pos del veneno se administra la triaca. El
autor puede tomar la palabra en medio de la narración y contradecir a
sus personajes, mitigando o ahogando en seguida el mal efecto que las
opiniones de cualquiera de ellos hayan producido.
Prevaliéndome de este permiso, y para aquietar mi conciencia, harto
escrupulosa, tengo que hablar ahora de don Braulio y de su carta, la
cual contiene proposiciones aventuradas sin duda, y que, creídas por el
cándido lector, pudieran pervertirle con una de las más feas
perversiones que se conocen: la de considerarse _genio_ no comprendido,
ser superior desatendido injustamente.
Don Braulio trabajaba como un negro en su oficina, pasaba por un
empleado probo e inteligente y no descubría sus humos de _genio_ o
_semigenio_ sino con el mayor sigilo y a su amigo más íntimo.
Su teoría orgullosa le servía de consuelo, o al menos de alivio, en
ciertas amarguras y sospechas, que le atormentaban cruelmente, sin que
sepamos aún hasta qué punto doña Beatriz había dado motivo para ello.
Don Braulio, por último, si se juzgaba víctima, no culpaba a la sociedad
en su conjunto, ni a ningún individuo singularmente, sino suponía que
todo emanaba, por manera fatal e inevitable, de la misma naturaleza de
las cosas.
En suma, don Braulio, melancólico por temperamento, poco favorecido de
la fortuna, y enamorado y celoso sin saber de quién, deliraba acaso
forjando teorías; pero no dejaba que dichas teorías trascendiesen a la
práctica, y parecía, a la vista del más lince, como un empleado modesto,
que sabía todo cuanto importaba saber y hacía cuanto importaba hacer
para ganar el sueldo en conciencia y no estafar al Tesoro público o
tomar las oficinas por hospicios destinados a gente de levita o a
mendigos de privilegio.
En cuanto a la teoría en ella misma, no hay poco que decir en contra;
pero aquí no vamos a filosofar, sino a narrar. Diré, con todo, que aun
suponiendo que en cada grado de cultura a que va llegando la sociedad se
requieren sólo ciertos grados de entendimiento para lo práctico y
diario, y que los demás grados son del todo superfluos, inútiles y hasta
nocivos, salvo en casos excepcionales, todavía habrá que conceder que el
entendimiento no es la única potencia del alma que vale al hombre para
lograrse; la voluntad, el carácter, entran también por mucho.
Por otra parte, el entendimiento, en su esencia, es semejante a Dios;
nadie le ve, nadie le conoce, nadie le reverencia y acata sino en sus
obras. Así es que don Braulio, o cualquiera otro, podría tener más de
los 20 grados de entendimiento que, en su sentir, eran necesarios o
convenientes para lo práctico; pero cuando este plus, cuando esta sobra
intelectual no se manifiesta en nada, sino en echar a perder el
entendimiento que está en uso, no hay razón para quejarse de que el
mundo no aplauda ni se pasme de lo invisible y recóndito que no puede
sondear, ni penetrar, ni desentrañar. ¿Quién sabe si el amor propio
engaña y hace creer a muchos que poseen ese entendimiento excesivo y
superfluo, y tal vez no poseen sino una dosis superlativa de fatuidad? Y
si no engaña el amor propio, si en realidad tenemos ese superior
entendimiento, y no llegan las circunstancias favorables en que se
muestre, lo mejor es callarse, resignarse y vivir como viven los hombres
menos despejados, sin presumir de genios, sino trabajando humildemente
para ganarse la vida, tratando de igual a igual con los seres vulgares,
y reservando el superior entendimiento para hablar con Dios o con seres
sobrenaturales, o para conversación interior con uno mismo, si no cree
en nada el semigenio, o si, a pesar de su categoría mental, no se dignan
los ángeles ni los númenes bajar del cielo o del Olimpo a fin de tener
con él un rato de palique.
Voy a poner por caso la vida de Spinoza. Esto explicará mejor mi idea.
Figurémonos que aquel sabio no hubiese escrito sus obras filosóficas;
que por cualquier motivo se hubiese llevado al sepulcro el secreto de su
admirable, aunque extraviada, aptitud para las más profundas
especulaciones metafísicas. Claro está que, abrumado dicho hombre
extraordinario por sus sublimes y extraños pensamientos, no hubiera sido
en la vida práctica ni rico fabricante, ni mercader dichoso, ni hábil
hombre político, ni nada por este orden; pero hubiera trabajado en pulir
vidrios para lentes o en hacer zapatos, o en cualquiera otro oficio o
menester mecánico, y no hubiera tomado por pretexto lo de sentirse genio
para ser un vago sin oficio ni beneficio, y lo que es peor, no un vago
divertido y alegre, sino un vago quejumbroso y llorón o maldicente,
mordaz y ponzoñoso como las víboras.
Disculpemos, pues, o al menos seamos indulgentes con nuestro don
Braulio, cuyo orgullo se quedaba escondido en el centro del alma,
revelándose sólo al más íntimo de sus amigos en el momento en que se
mostraban también las heridas más profundas de su corazón.
Don Braulio había sentido la necesidad de confiar sus penas a un amigo,
a fin de no ahogarse; pero, salvo esta confidencia, si pecaba por algo
era por reconcentrado y lleno de disimulo.
Su mujer no había advertido aquel disgusto, aquella sospecha que le
atosigaba el alma.
Su mujer parecía que le amaba; sin embargo, su carácter alegre y su
temprana juventud la excitaban al regocijo y la impulsaban a que
tratara de distraerse y divertirse.
No era doña Beatriz despilfarrada, sino ordenadísima y económica. Era,
sí, ambiciosa y amiga del lujo y de las galas; y si bien no la
atormentaban la envidia ni el despecho al ver a otras mujeres, menos
bonitas y menos distinguidas por naturaleza, lucir joyas, sedas y
encajes, ir en coche y circundarse de la resplandeciente aureola que
ofrece el lujo a la hermosura, anhelaba gozar de todo esto, y no
acertaba a ocultarlo a su marido.
De aquí el dolor y el punto de partida de las sospechas de don Braulio.
Si don Braulio no hubiera amado a su mujer; si hubiera creído este
anhelo un capricho irracional, quizá le hubiera importado poco de todo;
pero don Braulio la amaba, y además, según su modo de considerar las
cosas de la vida, doña Beatriz tenía razón de sobra para ambicionar. Su
anhelo, aunque la llevase hasta el extremo más lastimoso para él, era,
según él, fundado, y sobre fundado, involuntario, fatal, preciso.
Don Braulio se culpaba a sí mismo, y no culpaba a doña Beatriz. ¿Por qué
doña Beatriz le había amado? ¿Por qué se había casado con él? No era por
lo lindo, ni por lo joven, ni por lo galán, ni por lo rico, ni por lo
glorioso; era sólo por el entendimiento superior, que la había seducido.
Si este entendimiento se evaporaba, si no servía para nada, si doña
Beatriz dudaba de él, y quizá con razón, ¿qué fundamento le quedaba para
seguir amando a don Braulio? Antes tenía fundamento para aborrecerle.
Aunque sea mala comparación, nadie, que no esté demente, compra un rico
vaso de china, un artístico jarrón de porcelana de Sevres para ponerle
en el corral y echar en él afrecho que coman las gallinas. Para esto
basta y sobra con un lebrillo o con un tinajón de Lucena. El vaso
artístico requiere un bello salón donde colocarle: pide flores
peregrinas que luzcan en él. Así, una mujer como doña Beatriz estaba
pidiendo lujo, regalo, elegancia, adoración, incienso; pasear en coche,
y no a pie; vivir en un palacio, y no en un piso tercero; no ocultarse
entre el vulgo, sino resplandecer en la sociedad más elevada.
Al pensar don Braulio en esto decía siempre para sí: «¿Por qué me casé
con ella?» Y él mismo se contestaba lo que ya decía en la carta a Paco
Ramírez: «Yo la amaba, y esto lo explica todo; ella me ha amado, quizá
me ama todavía; su amor, aunque hubiera sido sólo de un día, compensa
todos los males que presiento y que en adelante pueden sobrevenirme.»
Con tales sentimientos ocultos en el seno, don Braulio, aparentemente
gustoso y hasta regocijado, llevó a su mujer y a su cuñada a los
Jardines a eso de las nueve de la noche.
Ambas iban de mantilla, con vestidos de seda obscuros, sin nada chillón
ni disonante en colores ni adornos; con una innata elegancia, que se
exhalaba como perfume de la misma sencillez y modestia de sus trajes.
Don Braulio era en el suyo, aunque limpio, harto descuidado. Su levita y
su sombrero tenían la forma en moda hacía ocho o diez años. Su corbata
negra estaba algo raída, y el cuello de la camisa, recto y sobrado
grande, le llegaba casi hasta las orejas.
Beatriz se había medio peleado con su marido para obligarle a llevar más
bajos los cuellos y a comprar nuevo sombrero y nueva levita. No había
podido conseguirlo. «¿Qué quieres?--decía don Braulio--. Manías del
señor mayor. Así iba yo cuando muchacho, y no quiero variar. Así te
enamoré; así me quisiste; así te casaste conmigo.»
Doña Beatriz no sabía al cabo qué responder; se callaba, y dejaba ir a
don Braulio como le daba la gana.
Aquella noche, pues, no hizo la menor observación sobre el traje de don
Braulio; pero no por eso dejó de anudarle con gracia el lazo de la
corbata, ni de alisarle el pelo, ponerle pomada y peinarle lo mejor que
supo.
Los tres tomaron un cochecito con bigotera y se fueron a los Jardines.
En el camino decía don Braulio:
--Me parece, y lo siento, que se van ustedes a fastidiar. No tenemos
amigos. Ni siquiera tenemos conocidos. En medio de aquel bullicio vamos
a estar como en un desierto. ¿Quién ha de hablarnos? ¿Quién ha de
acercarse a nosotros?
--Hombre, no te apures por tan poco--respondía doña Beatriz--. Si no
conocemos a nadie, si nadie nos habla, a bien que ni tú ni yo nos
sabemos aún de memoria. Hablaremos; nos diremos cosas nuevas, nos
haremos la tertulia entre los tres, oiremos la música y tomaremos el
fresco.
--Para tomar el fresco--replicó don Braulio--lo mismo es ir allí que al
Prado.
--Y aun se ahorraría el dinero de las entradas--dijo doña Beatriz.
Inesita iba silenciosa, y dejaba que siguiese el diálogo entre marido y
mujer.
--No lo digo por la miseria del gasto, Beatriz. Ya sabes tú que no soy
mezquino, aunque soy pobre.
--Lo sé. No creas que sospeche yo que te duela gastar el dinero en
obsequiarnos. Lo digo sin ironía. Lo digo sólo para que comprendas que,
vistas las cosas como tú las ves, es una tontería ir a los Jardines;
pero yo, y sin duda Inés más que yo, las vemos a través de otro prisma.
Gustamos de ver gentes, aunque no reparen en nosotras. La animación, la
alegría, el espectáculo del lujo nos recrean. Aunque no nos forjemos la
ilusión, ni esperemos, ni deseemos siquiera ser vistas y admiradas,
queremos ver y admirar la gala, la hermosura y la elegancia de los
otros.
--Tienes razón, hija mía, tienes razón. Yo me olvido de que eres una
muchacha. Tus gustos son como de muchacha. Mal hiciste en casarte con un
viejo... y con un viejo pobre y obscuro. ¿Querrías tú ser conocida y
celebrada por ti, quedando tu marido en su obscuridad y en su pobreza?
¿Querrías tú que llegase yo a ser conocido como el marido de doña
Beatriz?
--No lo quiero, ni eso es posible. Todo el que me conozca habrá de
conocerte a ti; y, conociéndote, no podrá menos de estimarte por lo que
tú vales, que es mucho, y no porque seas mi marido. Los que son sólo
conocidos como maridos es porque de otro modo no merecen serlo. Nadie se
acordaría de ellos a no ser por sus mujeres. En cuanto a tu vejez, a tu
obscuridad y a tu pobreza, me enamoran más, bien lo sabes, que la
juventud, la brillantez y la riqueza en cualquiera otro. Si algo vale mi
cariño, baña en él tu alma y te sentirás remozado. ¿No me hablas a veces
de la dulce luz de mis ojos? Pues ilumina con esa luz tu obscuridad. ¿No
afirmas que mi cariño es un tesoro? Pues ¿cómo te atreves, ingrato, a
sostener que eres pobre?
Don Braulio, que iba sentado en la bigotera, al oír tan cariñosas frases
en tan linda boca no pudo contener la emoción; se le saltaron las
lágrimas y, tomando la mano de su mujer, la besó fervorosamente.
Doña Beatriz sintió en su mano una lágrima, que cayó sobre ella al dar
el beso don Braulio.
Entonces dijo doña Beatriz:
--Vamos, vamos..., dejémonos de niñerías. No me pruebes ahora no ya que
eres viejo, sino que eres mucho más niño que yo. Alegrémonos,
serenémonos y vamos a divertirnos hasta donde sea posible. Apliquemos al
caso presente aquel refrán que dice: «En casa del pobre más vale
reventar que no que sobre.» Es menester sacarle bien el jugo a las
pesetillas que vamos a gastar. ¡Pues no faltaba más! Sería un
despilfarro hacer el gasto y no divertirse luego.
Don Braulio se serenó siguiendo los consejos de su mujer: procuró reír y
mostrarse contento, y hasta excitó a su mujer y a Inesita a que se
divirtieran.
De esta suerte llegaron a los Jardines, tomaron billetes y entraron.