El Conde de Alhedín se guardó muy bien de contar en el Veloz-Club su
conato frustrado de persecución y el desdén con que le habían tratado
las dos desconocidas.
«Ya volverán a los Jardines del Buen Retiro--decía para sí--; ya las
encontraré por ahí mañana o pasado. Ellas volverán. No despertemos la
codicia de los amigos con desmedidas alabanzas. Dios sabe cuántos se
empeñarían en la conquista, y me serían estorbo, aunque no me vencieran.
Yo no estoy enamorado de ninguna de las dos. Jamás he creído en pasiones
repentinas. Pero mi curiosidad es extraordinaria. Cada una por su estilo
es hermosa y está llena de no aprendida elegancia. No sé por cuál
decidirme, si por la rubia o por la morena. Esta misma indecisión
aumenta mi deseo de volver a verlas. Lo que observe en la nueva vista me
decidirá o por la una o por la otra. Verdad es que en esta predilección
sólo entra por algo el tiempo. Quiero pasar mi tiempo con ambas; pero
es menester empezar por hacerme querer de una. Si no fuesen hermanas, si
no anduviesen juntas, bien podría yo acometer a la vez las dos
conquistas; pero estando como están, conviene ir por su orden.»
Este soliloquio, hecho y repetido de mil formas, aunque en substancia el
mismo siempre, ocupó el pensamiento del Conde por espacio de dos días y
dos noches.
Hallábanle distraído sus compañeros. El se disculpaba, sin declarar el
verdadero motivo de su distracción.
Entre tanto, ni en las calles, ni en los Jardines de noche, ni en parte
alguna, volvió el Conde a ver a las dos beldades, por más que las
buscaba. Y eso que tenía vista de lince y siempre iba con cuidado para
que si pasaban cerca de él no se le escapasen.
El Conde se creía dotado de prodigiosa sagacidad para averiguar
misterios; para conocer las calidades de las personas sólo por la pista
o el rastro. Se juzgaba tan curtido y experto en lo que atañe a la
sociedad humana, como los antiguos sabios solitarios del Oriente se dice
que lo eran en lo que depende de la madre naturaleza. Zadig había
comprendido y descrito todas las condiciones y circunstancias del
caballo del Rey y de la perrita de la Reina con sólo ver sus huellas
estampadas en el suelo. El Conde, en su arte, no era menos que Zadig, y
daba por seguro que él sabría decir quiénes eran las dos desconocidas
por el mero hecho de haberlas visto un instante; pero no quería
reflexionar, no quería interrogarse sobre este punto. Otra vanidad mayor
que la vanidad de ser tan experto se lo impedía. La vanidad de creerse
sobrado interesante para que aquellas mujeres, que le habían visto y que
habían notado su persecución, volviesen al cabo a buscarle, o
arrepentidas del desvío primero, o no arrepentidas, sino siguiendo en
los mismos propósitos, ya que la fuga, según el Conde, había estado muy
en su lugar, so pena de haberse humillado ellas a pasar por harto
fáciles y livianas, prestándose desde el primer momento a dejarse
acompañar por quien no conocían ni de nombre, sólo porque habían
reparado, sin duda, que era rico, titulado y tenía coche.
El Condesito no quiso, pues, molestarse ni con el pensamiento en buscar
a sus dos beldades, porque estaba casi seguro de que ellas volverían a
buscarle.
Como no volvieron ni la siguiente noche ni la noche después, el
Condesito se sintió picado y hasta ofendido.
En su fatuidad forjó aún varias hipótesis para explicarse, como
involuntaria y muy a pesar de las desconocidas, su ausencia de los
Jardines.
«¿Quién sabe?--pensaba el Conde--. Quizá el marido no las deje salir.
Quizá tenga la casada algún chiquillo con sarampión.»
En fin, todo lo suponía por no suponer que por su libérrima voluntad
dejaban de acudir las muchachas a una cita que, implícita, pero
claramente, él, tan guapo, tan distinguido, tan ilustre, tan rico y tan
seductor, les había dado para los Jardines, no pudiendo entenderse ni
ponerse desde luego en relaciones con ellas por no faltar a los respetos
y consideraciones sociales.
Con tan consoladores discursos el Conde dominó a duras penas su
impaciencia; acudió otras dos noches más a los Jardines, y tampoco vió a
las damas.
Ya entonces resolvió emplear su sagacidad y su actividad para buscarlas.
«Si huyen, si se ocultan--dijo--, es porque me temen. Yo las buscaré. Yo
las encontraré.»
Justificado así el trabajo que en discurrir iba a tomarse, el Condesito
discurrió lo que en resumen vamos a exponer.
Las desconocidas eran sevillanas. No podían ser malagueñas, como
presumió aquel ignorante. Confundir a una sevillana con una malagueña es
un error tan craso en un galanteador andaluz, que debe saber de mujeres,
como en un cazador confundir una codorniz con una tórtola. Era también
evidente que una era casada; entre otras razones, porque, de ser
solteras ambas, no irían solas. La casada era la morena. En esto tampoco
cabía duda. Se conocía en tener más edad y en otros indicios que, juntos
todos, llegaban a la más completa certidumbre. ¿Con quién estaba casada
la morena? Ambas eran forasteras: recién llegadas a Madrid, ya que nadie
las conocía. No era probable que hubiesen venido a Madrid a divertirse,
porque entonces el marido, labrador, hacendado, mercader o algo así, de
alguna población de Andalucía o de Sevilla misma, las hubiera
acompañado, y él también se divertiría y curiosearía. El marido debía
ser un hombre ocupado. ¿Y qué ocupación podía tener el marido en Madrid,
sino la de un empleo del Gobierno? El Conde decidió, pues, que el marido
era un empleado. Calculó, por último, por el aire algo misterioso que
tenían las desconocidas, por cierta inquietud que había creído notar en
ellas, que la noche que estuvieron en los Jardines habían venido sin
previa licencia del marido, improvisando aquella excursión en un momento
en que él faltaba de casa, salva la prudente lealtad de decírselo luego
para que aprobase y legitimase el hecho consumado. Si toda esta
suposición era exacta, el marido trabajaba a veces de noche, lejos del
hogar doméstico. De noche se trabaja en muchas oficinas; pero en ninguna
son tan frecuentes las largas veladas como en Gobernación o en Hacienda.
El marido estaba, por lo tanto, empleado en uno de estos dos
Ministerios.
Descubierto ya el enigma hasta dicho punto, faltaba saber el nombre del
marido y dónde vivía; pero esto era muy fácil.
Antes de proceder a las convenientes investigaciones, ya que el nombre
de una persona y el número y calle de una casa no pueden adivinarse por
mero discurso, aunque se tenga un entendimiento agudísimo, el Conde,
aficionado a ejercitar el suyo, pensó también lo que sigue.
La sociedad elegante es más fácil, más abierta en Madrid que en ninguna
otra capital de Europa, hasta para las mujeres. Aquí no se le pregunta a
nadie, antes de dejarle entrar, si es más o menos noble de nacimiento,
más o menos rico. La dama más encopetada no desdeña por amiga, ni se
avergüenza de ir acompañada de las hijas o de la mujer de un empleadillo
cualquiera, con tal de que por sus modales y facha no sean
impresentables. La pobreza del vestido se perdona también, como no se
haga notar por presumida extravagancia o por abominable mal gusto. No
hay señora principal ni semi-principal que no acoja bien a la más
modesta provinciana, que conoció en el campo o en algunos baños o en
alguna ciudad de provincia, y que no la llame prima y la trate como a
pariente, si por acaso lo es.
«En Madrid--pensaba el Conde--falta ahora mucha gente por el verano,
pero Madrid no se ha quedado desierto. Mis niñas--que así las llamaba
ya--son un primor de bonitas: son natural e ingénitamente distinguidas.
¿Cómo es que no tienen amigas o parientes entre las personas que yo
trato? ¿Cómo es que, habiendo en Madrid tanta gente de Sevilla, o que ha
estado en Sevilla, mis niñas no conocen a nadie? En ninguna casa las he
visto. ¿Por qué viven tan aisladas? En la misma Sevilla han de haber
vivido en el mayor aislamiento.»
De aquí infería el Conde que sus desconocidas, aunque sevillanas, habían
vivido lejos del mundo, o por carácter tímido, o por excesiva pobreza, o
por extravagancia del marido.
Pasando luego del pensamiento a la acción, abandonando el método
especulativo y apelando al estudio y averiguación de los hechos, el
Conde, que tenía en todas partes buenas relaciones, fué al jefe del
personal del Ministerio de Hacienda y le preguntó por los nombres de los
más recientes empleados que en todas aquellas dependencias había. La
lista era larga, porque no hacía mucho tiempo que había habido cambios,
renovación y trasiego de empleados; pero no faltaba un oficial en el
personal que tuviese algunas noticias biográficas de todos los nuevos.
«Don Anacleto Pérez», decía, por ejemplo, la lista.--¿De dónde ha venido
éste?--preguntaba el Conde.--De la Coruña--contestaba el oficial.--¿Es
casado?--Es soltero.--Pues adelante--replicaba el Conde.
Así fué el oficial indicando varios nombres, hasta que dijo:--Don
Braulio González.--¿De dónde ha venido?--preguntó el Conde.--De
Sevilla--contestó el oficial.--¿Es casado?--volvió a preguntar el
Conde.--Es más que casado--dijo el oficial--: podemos calificarle de
bígamo, porque, a más de su mujer, que es muy guapa, tiene consigo a su
cuñada, más guapa aún, si cabe, y rubia como unas candelas.--Ese es el
que yo busco--dijo el Conde. Luego recomendó de nuevo, pues ya antes lo
había hecho al jefe del personal, el sigilo respecto a su investigación.
Por el oficial supo el Conde asimismo que don Braulio no hacía más que
un mes que estaba en Madrid; que disfrutaba un sueldo de 3.000 pesetas,
menos el descuento; que tenía fama de excelente empleado; que la iba
justificando con trabajos que el mismo Ministro le encomendaba; que era
un hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años de edad, aunque parecía
más viejo, porque estaba bastante calvo y muy achacoso; que sólo llevaba
tres años de matrimonio; que no tenía hijos; que su mujer, doña Beatriz,
y la hermana de su mujer, llamada Inesita, eran de un lugar de la
provincia de Córdoba, donde él había estado de Administrador de Rentas;
que poco después de la boda le habían trasladado a Sevilla con ascenso;
que en Sevilla él y su familia habían vivido muy apartados del trato de
las gentes; que ahora vivían en la calle del Olivo, en el piso tercero
de una casa cuyo número también le dió, y que eran todos tan hurones,
que apenas se trataban en Madrid con alma viviente.
Enterado el Conde de todo, volvió a sus meditaciones y cálculos. Había
dado el primer paso; pero era menester dar el segundo. Sabía ya con
quién tenía que habérselas; pero esto de nada servía si no lograba con
tino ponerse en comunicación con don Braulio y su familia.
El Conde distaba infinito de ser un atolondrado. Si bien no le arredraba
ningún peligro; si bien no le dolía tener que aventurar la piel, temía
siempre dar un golpe en vago, hacer alguna cosa que pudiera ponerle en
situación desairada y ridícula. De esto tenía más miedo, no ya que de
una espada desnuda, sino que de quince ametralladoras que fuesen a
dispararse contra él.
Dada esta su natural condición, las dificultades no eran pequeñas.
¿Cómo hacerse presentar en una casa donde nadie de su clase, y quizá
nadie tampoco de otra clase cualquiera, entraba de visita? ¿Qué pretexto
alegar para encajarse de patitas en la morada de aquella pobre gente?
La presentación es el medio más correcto de conocer y tratar a las
personas; pero el Conde no se sentía con la desvergüenza suficiente para
ser allí presentado.
¿Escribiría un billete amoroso a fin de entrar en relaciones?
Sobre cartas de este género, su uso, utilidad, inconvenientes y
ventajas, el Conde, que, según hemos dicho ya, era muy circunspecto y
arreglado, tenía formuladas sus leyes y hechas sus consideraciones, a
las que procuraba ajustar siempre su conducta.
Escribir de amor a las mujeres le parecía un excelente recurso. Casi
todas dan más solemnidad e importancia a lo que se les escribe que a lo
que se les habla. Muchas cosas, de que se ofenden o sonrojan si las
oyen, las pesan y las meditan, y se deleitan en ellas con amorosa
delectación cuando las leen. Si contestan de palabra a un galán que de
palabra las pretende, les es fácil esquivar las cuestiones graves,
tomándolo todo a risa. Lo escrito infunde o impone, por el contrario,
casi inevitable seriedad. Contestar de palabra, dejar entrever de
palabra algún átomo, rayo o vislumbre de esperanza, apenas compromete.
La palabra es vaga, punto menos que espiritual; pasa por el aire y
penetra en el oído sin dejar el menor rastro. Hasta en la memoria se
borra y queda confusa. Tal vez su mayor valer, su más substancial
significado no está en ella misma, sino en el acento con que se
pronunció, en el gesto fugitivo de que fué acompañada, en el mirar suave
y rápido, en un relámpago instantáneo de los ojos, cuando la palabra
brotó de los labios.
En lo escrito no hay nada de esto. En lo escrito, ni el gesto, ni la
mirada, ni la voz pueden modificar palabra alguna y darle un valor
momentáneo que en sí no tenga. Aunque no sea mas que por esto, escribir
es comprometidísimo para las mujeres. La manía de escribir es, con todo,
epidémica en el día, y, como son raras las mujeres que escriben para el
público, cuando presumen de discretas o lo son y alguien les escribe,
sienten las más un invencible prurito de contestar, aunque sólo sea para
lucirse. Una vez puestas en este resbaladero es muy factible que se
deslicen. El mismo sujeto a quien contestan se magnifica y hermosea en
la imaginación, por poco que en realidad se le estime, gracias a que no
se halla presente. El temor del peligro es mayor escribiendo que
hablando; pero también el rubor, la timidez, el recato ceden a veces con
más facilidad estando a solas y cara a cara con el papel que cara a cara
con un hombre, y quizá rodeada la mujer de personas curiosas y que se
supone que serán maldicientes. Así escriben muchas; sueltan prendas que
permanecen, y se ven al cabo comprometidas. Si hubiera estadística de
los enredos amorosos, tal vez más de la mitad de ellos se vería que
habían nacido del prurito de escribir que tienen las mujeres.
Todo esto lo sabía y pensaba el Conde; pero pensaba asimismo que un
hombre prudente y discreto, que no quiere hacer una cadetada, se
compromete en cierto modo y se expone a burlas, risas y desaires si se
adelanta a escribir antes de que llegue cierto período; antes de que se
presente la ocasión oportuna; antes de haber pasado por ciertos
trámites; antes de tener, por lo menos, ciertos indicios racionales de
que será bien recibida la primera carta. Y como ni la casada ni la
soltera, ni con sonrisas, ni con miradas, ni recibiendo de dulce modo
indescriptible, aunque inequívoco, las miradas y las sonrisas de él,
habían dado motivo a que él considerase que la una o la otra, o ambas,
estaban ya, predispuestas a recibir la carta, creía una absurda
temeridad escribirles: lo miraba como un acto de delirio estudiantil,
como un arrebato de hortera o de mozo de café, que en un Conde tan
discreto, atildado y hábil como él; que en un hombre de mundo, conocido
en todos los salones de Europa, casi no tenía perdón ni disculpa.
Por lo pronto, sin embargo, no se le ocurría otra más ingeniosa manera
de entrar en comunicación con las de don Braulio González.
Pero ¿a cuál de ellas escribiría? ¿A la señora o a la señorita?
Una y otra resolución estaban erizadas de gravísimos inconvenientes.
Ninguna de las dos mujeres, valiéndonos de una expresión vulgar, le
había dado pie para nada. Ni le habían excitado, ni le habían animado
mirándole, ni le habían sonreído, ni se habían mostrado enojadas cuando
las siguió, cuando casi las detuvo, cuando descaradamente se quedó
mirándolas. La más glacial indiferencia había aparecido en ambas
mujeres. Habían estado tan dignas, tan severas, tan naturales, tan sin
espantos o alharacas de hembra vulgar que es honrada o presume de serlo,
como si hubieran sido dos duquesas o princesas que hubieran tenido el
capricho de salir de noche a recorrer las calles y se hubiesen visto
perseguidas, durante algunos minutos, por un lacayo mal criado y
bastante vano para creerse seductor.
El Conde, a pesar de todo, quizá porque así fuese, quizá porque el amor
propio le engañaba, había creído notar, en gestos imperceptibles, en el
ademán, en algo que apenas se había podido ver y que apenas se podía
apreciar ni evaluar sino por un entendimiento tan sutil como el suyo y
tan perito en las aventuras amorosas, que la casada se le había mostrado
menos indiferente y más propicia; que se adivinaba en su cara el
contentamiento, la vanidad satisfecha de verse seguida por un joven tan
principal y tan gallardo, y hasta que le miró una o dos veces de soslayo
y con disimulo, con curiosa simpatía.
¿Escribiría, pues, a la casada? Pero ¿qué derecho tenía para ello? ¿Qué
le iba a decir? ¿Y si el marido era celoso y cogía la carta? ¿No se
exponía desde el principio a imposibilitar o dificultar así grandemente
para lo futuro el buen éxito de su aventura?
El Conde desistió, por consiguiente, de escribir a la casada.
La soltera le parecía más bonita y más distinguida; pero estaba
enojadísimo contra ella. Allí sí que no se forjaba ilusiones: allí sí
que no le cabía la menor duda. Inesita no había hecho más caso de él que
de un perro callejero. No acertando a explicarse aquella serenidad
olímpica, aquel suave endiosamiento, que por extraña contraposición se
conciliaba con la humildad y la modestia, el Conde se daba a sospechar
si Inesita sería idiota; pero recordaba sus ojos, su airoso modo de
andar y la expresión inteligente de su hermosa cara, y tenía que
confesarse que, o él no sabía lo que eran mujeres, o Inesita era de lo
más discreto que había nacido de madre.
¿Cómo, pues, escribir a Inesita? Esto era más difícil que escribir a
doña Beatriz.
No incurramos aquí en la necia hipocresía de suponer, cuando se escribe
una historia, que la sociedad tiene una moral muy superior a la que
realmente tiene. Digamos las cosas como son.
Es singular, es poco lógico, es absurdo, pero ocurre lo siguiente. Está
tan en los usos y costumbres que cualquier caballero diga su atrevido
pensamiento a una mujer casada, que ésta se ofenderá rara vez. Por
virtuosa que sea, se limitará a rechazar o a desengañar con dulzura al
pretendiente. No se dará por ofendida, cuando en realidad le han
propuesto la infracción de una ley moral, civil y religiosa, su deshonra
y la de su casa, y tal vez la vileza de un hurto de bienes materiales,
si llega a tener un hijo. En cambio, apenas habrá soltera, como no esté
completamente perdida, que no se considere injuriada si le piden amor
sin presuponer matrimonio de un modo explícito o implícito; y, en
realidad, la falta a que entonces se induciría a la soltera sería mucho
menor que la que se pretendía de la casada. La soltera, libre, no
engañaría a su marido, no faltaría a ninguna promesa, no se expondría a
dar a nadie por heredero legítimo a aquel que no debiese serlo.
Esto es exacto. No hay argumento que pueda valer en contra. Y con todo,
apenas habrá seductor, por brutal, irreverente y desaforado que sea, que
ose pretender a una soltera, sin proponer _la buena fin_: y apenas hay
Tenorio, por enclenque, canijo y fehuelo que Dios o el diablo le hayan
hecho, que no tiente el vado, se declare con desenfadada audacia y se
atreva a pretenderlo todo de una mujer casada.
Nuestro héroe, sin meterse en filosofar sobre lo dicho, lo tenía más que
sabido. Así es que, por esta consideración, aunque no atendiese a otras,
hallaba más difícil escribir a Inesita que a doña Beatriz. Escribir a
doña Beatriz, como casada, el uso, la práctica, la jurisprudencia
establecida, lo consentía sin que pasase por injuria. Escribir a
Inesita, en cambio, no podía ser sin menospreciarla y vejarla
cruelmente, como el Conde no dijera o diese lugar a que se
sobreentendiera que aspiraba a casarse con ella.
Ahora bien; el Conde ni estaba enamorado, ni pensaba en casarse con
nadie, ni mucho menos con Inesita: sólo aspiraba a pasar el rato; pero
el Conde tenía también su moral, y no había rato, por bueno que fuese,
que mereciera que él se rebajase hasta mentir y engañar a una pobre
chica, haciéndola creer que podría casarse con ella.
Así, pues, el Conde desistió de escribir a doña Beatriz por razones de
prudencia y estrategia amatoria, y desistió de escribir a Inesita por
más delicadas consideraciones. Mas no por eso desistió de conocerlas y
tratarlas a las dos. Dejémosle cavilando y discurriendo el medio más
atinado de lograrlo, y adelantémonos nosotros, penetrando invisibles en
casa de nuestras heroínas y conociéndolas antes que el Conde.