Era noche de grande entrada. Allí estaban casi todos los jóvenes
periodistas, empleados y poetas; cuanta _cursi_ hay en Madrid, esto es,
todas las señoras y señoritas de poquísimo dinero que aspiran a ser
notadas o conocidas en la buena sociedad, o dígase en la sociedad de más
dinero, por mala que sea; muchas familias honradas de la clase media,
sin otras aspiraciones que las de aspirar el aire fresco y distraerse un
poco oyendo la música; las _suripantas_ o _hetairas_ de todos los grados
y categorías, con tal de haberse encontrado poseedoras de una peseta a
la hora de entrar; multitud de hombres políticos notables de los quince
o veinte partidos que hay en España; un centenar de generales; no pocos
diputados, senadores y ministros, y, por último, aquella parte del _beau
monde_ que aun no había salido a veranear, que prometía salir, o que se
hallaba tan segura de su crédito de pudiente, que no temía comprometerle
pasando en Madrid un verano.
Todo este público, o estaba sentado en sillas y bancos, formando corros,
murmurando, politiqueando, coqueteando o enamorándose, o giraba en torno
del quiosco, desde donde sonaba la música, dando vueltas y vueltas,
aunque sea pérfida comparación, como mulos de noria.
El jardín, como nadie ignora, es muy bonito, y por la noche, iluminado
con luces de gas veladas por globos de cristal blanco y opaco, parece
mayor. Aquella iluminación presta a los árboles y a la verde hierba y a
las flores cierta vaguedad y hermosura. La animación y el bullicio dan
al conjunto superior agrado.
Las mujeres, cuando no las ciega la vanidad o el prurito de
distinguirse, van por lo común bien vestidas. De cada veinte se puede
afirmar que una, a lo más, y no es mucho, suele encomendarse al diablo
para que la vista y la peine, por donde aparece en los Jardines hecha
una tarasca; pero las otras diez y nueve van como Dios manda; unas de
mantilla, otras de sombrero, y no pocas son muy guapas, sea como sea lo
que lleven.
Lo único que, en general, pudiera censurarse aquella noche, y puede
censurarse aún en el traje de las mujeres, es lo largo de las colas.
Para ir a pie a los Jardines, y, aunque se vaya en coche, para pasear
luego a pie, es feísimo y sucio todo aquel aditamento de enagua blanca y
de vestido que va arrastrando, llenándose de polvo, levantándole y
esparciéndole en el aire, y barriendo, por último, cuanta inmundicia
encuentra al paso. La cola no está bien sino para andar sobre limpias y
mullidas alfombras, o sobre mármol bruñido y lustroso, o sobre preciosas
y pulidas maderas, incrustadas en forma de primoroso mosaico. Para andar
por las calles o por el campo, donde suele haber lodo y quién sabe
cuántas cosas peores, toda mujer de gusto debe prescindir de la cola.
Algunas, aunque son las menos, prescinden ya.
En la noche a que nos referimos iba declamando contra las colas un
caballerito, como de veintiocho años, recién llegado de Alemania y de
Francia, y de lo más elegante, atrevido y alegre que puede imaginarse.
Rodeábanle, e involuntariamente le admiraban y le reían las gracias,
otros cinco jóvenes de lo más atildado y encopetado de Madrid.
Nuestro declamador había venido tan extemporáneamente para un negocio de
su casa. Pensaba pasar en Madrid tres o cuatro semanas a lo más e irse a
Biarritz en septiembre.
Tenía fama de calavera, pero no de los calaveras víctimas y explotados,
ni tampoco de los verdugos y explotadores. Aunque generoso, no solía
prestar a los que se llaman amigos ni había tomado prestado de los
usureros, y sabía contenerse cuando jugaba y perdía, y no se dejaba
saquear de sus administradores, y llevaba en la memoria todas sus
fincas, rentas y productos, y miraba por todo, y cuando daba era con su
cuenta y razón, y sin cegarse nunca por vanidad o por afecto.
Este caballerito poseía más de 15.000 duros al año; era soltero,
andaluz, no tenía una sola deuda, y llevaba el título de Conde de
Alhedín el Alto.
Jamás había querido estudiar ni seguir carrera ninguna. Era, sin
embargo, curioso y despejado; había leído muchas novelas y libros
populares y amenos de toda clase de ciencias; y con esto, y con el trato
del mundo, y los viajes por lo mejor de Europa, había llegado a tener un
espíritu bastante cultivado y que lo comprendía todo, si bien
someramente.
Detestaba la política. Abominaba de los periódicos. Jamás tomaba uno en
la mano sino para leer anuncios. Los acontecimientos públicos
contemporáneos le fastidiaban, y no quería enterarse de ellos. Hallaba
mil veces más poéticas las historias antiguas que las modernas, y le
interesaba mucho más la caída de Sardanápalo que la de Napoleón III, y
las fabulosas conquistas de Osiris que las del primer Napoleón.
No había querido decidir consigo mismo si era realista o republicano,
liberal o no liberal, partidario de esta Constitución o de aquella.
En religión y en filosofía era menos perezoso; pero, si en política era
indiferente, en esto otro era vacilante. En aquéllo, poco le importaba
no resolverse; en ésto, a pesar suyo, no se resolvía.
Por lo demás, en cuanto tenía que hacer con lo práctico de su vida y de
su conducta, el Conde de Alhedín tenía una filosofía propia, una
doctrina determinada, una colección de principios que le servían de
pauta y de norma para su conducta.
Réstame decir que este héroe, que pongo en campaña, era de mediana
estatura, airoso, fuerte y ágil. Tiraba al florete como pocos, y con una
pistola en la mano casi nadie se le adelantaba. Gran jinete y buen
cazador, jamás había presumido de torero. A lo que sí tuvo afición,
durante dos o tres años de su juventud más temprana, fué a imitar a
Leotard, y con tan buen éxito, que volaba por los aires, en los
combinados trapecios, como si fuera brujo. No lo era, sin embargo, sino
un lindo muchacho, moreno, con hermosos ojos, pelinegro y de retorcidos
bigotes y bien peinada y reluciente barba.
Después de haber disertado contra las colas refirió una serie de
anécdotas ocurridas a él o a algún conocido suyo, en las tierras
extrañas de donde venía. Algunas de estas anécdotas eran de caza o de
equitación; las más fueron de amores, hallando medio de divulgar sus
triunfos y conquistas, que aparentaron creer o creyeron sus
interlocutores, o mejor dicho, su auditorio, pues el Conde era de
aquellos que, si bien hablan primorosamente, fatigan y ofenden a los
menos sufridos, monopolizando el uso de la palabra y no consintiendo,
como vulgarmente se dice, que nadie meta baza o cucharada sino ellos.
A pesar de este monopolio no se ha de negar que el Conde era divertido
en su conversación. Hablando, encantaba o deslumbraba. Narraba como
pocos, y con tal arte, que él mismo se creía la historia, aunque fuese
mentira, y el auditorio solía creérsela también. Se diría que la
imaginación y la memoria eran en el Conde una sola y única facultad del
alma.
Era petulante, pero con petulancia graciosa, jovial y dulce, que a nadie
ofendía. Sus finos modales y su simpática figura contribuían mucho a
producir tan buen efecto.
Aquella noche le había dado por denigrarlo todo. Recordando a las
princesas rusas, a las ladies inglesas, a las condesas alemanas, a las
francesas del Faubourg Saint-Germain, y hasta a las griegas fanariotas,
que había tratado con la mayor intimidad, iba sosteniendo que no valían
un bledo todas las mujeres que se paseaban en aquel momento en los
jardines.
«Apenas--decía--si de toda esta desdichada muchedumbre se podrá
entresacar media docena que merezca una declaración de amor.»
Los amigos impugnaban tan cruel censura, y el Conde, para defenderse,
sostenía su opinión con gracia y desenfado.
Conforme iba así disputando y paseando, advirtió de pronto que delante
de él paseaban dos mujeres, pequeñitas ambas, esbeltas, jóvenes al
parecer, aunque sólo de espaldas las veía, y que algo habían oído y
seguían oyendo de su diatriba y de la disputa, porque de vez en cuando
cuchicheaban y se reían, como si hicieran comentarios a la conversación
de los que venían detrás.
No había visto el Conde la cara de ninguna de aquellas dos mujeres. El
traje de ellas nada tenía de notable para ojos vulgares y profanos. La
una vestía de ligera seda negra y la otra un traje obscuro de pobre
percal; las dos iban de mantilla. Había, no obstante, tal pulcritud y
aseo en todo el ser y hasta en el ambiente que circundaba y envolvía a
aquellas mujeres, que, sin atinar con la explicación, el Conde creyó
sentir como una corriente magnética, y se dió a imaginar que aquellas
dos mujeres iban impugnando su aserto, y que cualquiera de ellas se
consideraba, con sobrada razón, un argumento vivo, fortísimo e
irresistible, contra sus fatuas afirmaciones.
Advirtió el Conde además que ambas tenían bonito cuerpo y movimientos
airosos sin afectación, y que llevaban la falda bastante recogida para
que no se manchase o empolvase torpemente en la arena y para que se
pudiesen columbrar de vez en cuando sus pies menudos, afilados, altos de
torso y calzados con esmero de graciosos botincillos.
El deseo de verles la cara se hizo sentir en seguida en el ánimo del
Conde; pero ellas, quizá sospechando aquel deseo, no volvían la cara,
puede que a fin de contrariarle y de hacerle más vivo.
El Conde tuvo que caminar más de prisa y pasar delante de ellas para
mirarlas. Entonces vió con grato asombro que ambas eran lindísimas. En
el rostro iban declarando que eran hermanas. Se parecían con ese
parecido que llamamos aire de familia, y eran, con todo, muy diferentes.
La mayor de edad y menor de estatura, la del traje de seda, era
trigueña, con ojos y pelo negros, labios colorados como una guinda y
blanquísimos dientes, que mostraba riendo. La menor, la del vestido de
percal, era más alta; parecía tener cuatro o cinco años menos que la
otra, diez y ocho a lo más; era blanca y rubia, y con ojos azules, y
propiamente semejaba un ángel. No reía tanto como la mayor, y se
mostraba más seria y menos desenvuelta. Tenía singular expresión de
dulzura, serenidad y apacible contentamiento.
Bien conoció el Conde que las para él desconocidas, ni eran de lo que
llaman _la sociedad_, ni podían tampoco colocarse en ninguno de los
grados de la jerarquía del _heterismo_.
Su mirada penetrante y experimentada conoció en seguida que eran ambas
de la clase media, o pobres, o muy modestas; que la morena debía de
estar casada y que era soltera la rubia. Vió que nadie las acompañaba, y
creyó notar que estaban apuradas y como arrepentidas de haber venido
solas y que, si por un lado les lisonjeaba el amor propio haber llamado
la atención de tan desdeñoso galán, por otro andaban recelosas, casi
consternadas de aquel pequeño triunfo.
Entre los amigos del Conde los había que se jactaban de conocer a todo
Madrid, alto, bajo y mediano, con tal que perteneciesen las personas al
sexo femenino. El Conde les preguntó quiénes eran aquellas muchachas.
Todos las miraron, y todos dijeron que no las conocían.
--Serán forasteras--añadió uno.
--Serán recién llegadas a Madrid--dijo otro.
--Deben de ser o malagueñas o sevillanas--exclamó un tercero.
--Sevillanas son--repuso el Conde--. No me cabe la menor duda.
Entonces hizo un pomposo elogio de las sevillanas en general con claras
alusiones a las dos que iban delante y que por tales tenía, y habló en
voz mucho más alta que la que había empleado en la diatriba, a fin de
que le oyesen ellas y sirviese su discurso como función de desagravios.
Pero las damas parecían temer los encomios y no las sátiras. No bien se
oyeron encomiar apretaron el paso, y aprovechando un momento de
confusión y bullicio, trataron de escabullirse.
El Conde tenía fija la vista en ellas. Siguió aquel movimiento; vió que
se iban del jardín, y aprovechándose él también del bullicio, se separó
de sus amigos, como si por acaso los perdiese, y tomó la misma calle de
árboles por donde vió que las dos jóvenes se habían precipitado buscando
la puerta del jardín.
Ridículo le parecía que hombre tan corrido como él corriese entonces
desalado en pos de dos pobres chicas. No se juzgó conde aristocrático y
soberbio, sino estudiantillo novato o alférez recién salido de la
escuela. Mas, a pesar de sus juiciosas reflexiones, el Conde fué en pos
de aquellas mujeres, y hasta formó el propósito de hablarles en cuanto
saliesen del jardín, a fin de que, en el caso de un sofión, que harto le
merecía por su vulgar mala crianza, no le viesen sujetos que lo pudieran
contar.
Al salir del jardín vió el Conde a su lacayo, que iba a llamar al
cochero para que se acercase con la victoria.
--¡Ramón!--dijo el Conde--. Id a aguardarme a la puerta del Veloz-Club.
A poco la victoria partió.
El Conde siguió a pie a las dos mujeres.
Dos o tres veces se acercó a ellas y quiso hablarlas. Las miró, se
encaró con ellas, casi las detuvo; pero hallaba tan feo, tan plebeyo,
tan de mala educación, abusar así de que iban solas dos mujeres, y
perseguirlas y querer hablar con ellas, que se contuvo y no les habló.
En medio de estas vacilaciones, las dos mujeres vieron pasar un coche
vacío. Se apoderaron de él rápidamente, dieron la dirección al cochero,
le pagaron adelantado y doble para que picase, y salieron como
escapadas, subiendo por la calle de Alcalá y entrando luego por la del
Turco.
El Conde quiso seguirlas, pero su coche había ido a parar al Veloz, y
coches de alquiler no parecían.
Quedóse, pues, nuestro héroe parado como un bobo a la altura de la
fuente de la Cibeles y burlándose de sí propio por la serie de tonterías
y chiquilladas que acababa de hacer.
¿Quién sabe si serían algunas costurerillas, algunas profesoras de
primera enseñanza que habían venido a oposiciones, o algo no menos
_cursi_, aquellas dos que le habían hecho hacer lo que no hizo jamás ni
por reinas y emperatrices?