obras dramáticas, suelen ser tan interesantes como la obra misma, y
desde luego más inteligibles. Se explica. Las ideas que en la comedia se
revisten de cuerpo y actúan como personas son ideas fragmentarias,
visiones unilaterales del mundo. Pugnan entre sí, acaso una triunfa
sobre las otras; mas no por eso triunfa con ellas la verdad absoluta,
porque las ideas no son por sí la verdad, antes bien, eslabones de la
verdad; no está todo el firmamento en una sola constelación. Y en los
prefacios, Bernard Shaw nos ofrece un epítome concertado de aquellas
ideas entre sí hostiles.
Hojearemos con brevedad el prefacio de _Man and Superman_.
Comienza por indicar que acaso «produzca desilusión una comedia de Don
Juan en la cual no sale ninguna de las _mille e tre_ aventuras del
héroe». Y ya con esto queda dilucidado que para Bernard Shaw la
sustancia o idea del donjuanismo no es cuestión del número de aventuras,
sino del carácter de una sola de las aventuras.
Señala, a seguida, el autor que «el teatro inglés contemporáneo--y el de
todas partes, añadiremos--parece como si estuviera constreñido a
emplearse casi exclusivamente en casos de atracción sexual y amorosas
intrigas, y al propio tiempo le fuera vedado descubrir los incidentes
de dicha atracción o discutir su naturaleza». Por donde se adivina que,
según Shaw, un drama sobre Don Juan debe ante todo descubrir los
incidentes y revelar la naturaleza de la atracción de los sexos.
«Me he preguntado ¿qué es Don Juan? Vulgarmente, un libertino.» Pero,
prosigue Shaw, ese es el lado vulgar de Don Juan, pues no hay carácter
humano que adquiera universalidad si no se le compagina y anuncia con
cierta dosis y algún aspecto de vulgaridad. El verdadero, el que Shaw
busca, es el Don Juan «en su sentido filosófico».
Consagra Shaw un recuerdo al Don Juan de la tradición, tal como
quisieron verlo ojos inquietos y superficiales. Comenzó Tirso con una
pieza religiosa, cuya intención era mover espanto en los pecadores y
persuadirles a arrepentirse con tiempo. El mundo no quiso escuchar el
sabio consejo del fraile mercenario, ni acertó a convencerse de la
urgencia inmediata del arrepentimiento, escarmentando en la cabeza del
Burlador de Sevilla. Por el contrario, la osadía de Don Juan,
declarándose poco menos que enemigo personal de Dios, cayó simpática y
le granjeó la admiración de los hombres, al modo de un nuevo Prometeo.
Sea en uno o en otro sentido, este Don Juan de la tradición lleva
consigo una valuación moral y religiosa. Shaw considera el de Mozart
como el último de estos Don Juanes tradicionales. Al cabo, en el siglo
XIX, Don Juan se define «ha cambiado de sexo, se ha convertido en Doña
Juana». Resultado: «el hombre ya no es, como lo fué Don Juan, el
vencedor en el duelo del sexo. La enorme superioridad de la mujer a
causa de su posición natural en asuntos de amor se robustece cada día
con redoblada fuerza... Así, Don Juan nace ahora a la escena como
figuración tragicómica de la caza amorosa que del hombre hace la mujer:
Don Juan es la pieza, en lugar de ser el cazador. He aquí el verdadero
Don Juan. La mujer necesita de él, no estando por sí sola capacitada
para llevar a cabo la obra más apremiante de la naturaleza».
La misma idea del Don Juan perseguido por sus enamoradas reside en la
última concepción de los hermanos Quintero. Al final del acto segundo,
el propio Don Juan murmura: «¡Mísero Don Juan de la Vega! ¡Cuántas veces
Doña Inés es Don Juan!»
Reparemos en dos frases del prefacio de Bernard Shaw. Una, tan ingenua
en su misma petulancia: «Don Juan, en su sentido filosófico.» Otra: «La
mujer necesita de él, no estando por sí sola capacitada para llevar a
cabo la obra más apremiante de la naturaleza.»
Estas dos frases se avienen malamente una con otra. Veamos.
Como el lector habrá comprendido, lo que Shaw significa con el sonoro y
alto calificativo de «la obra más apremiante de la naturaleza», es la
perduración de sí misma, a través de la reproducción de las especies.
Parece, según el contexto shawiano, como si la naturaleza poseyese una
voluntad, enderezada con acuciamiento e impaciencia hacia ese fin
imperioso: que seres y cosas se reproduzcan y perpetúen. No ya que la
reproducción de las especies sea la obra más importante o necesaria en
la economía natural, ni siquiera la más permanente, sino la más
apremiante: como si dijéramos, empleando una locución del Don Juan, de
Zorrilla, una obra a «plazo breve y perentorio». ¿Por qué la más
apremiante? Este adjetivo nos induce a perplejidad. El apremio que
Natura fija a los seres para reproducirse, o sea, el período de
incubación y concepción, es tan relativo y elástico, que no hay tal
apremio, a menos de incurrir en abuso de vocablo. Puesto que tratamos de
asunto tan aventurado y propenso a generalizaciones capciosas o
antojadizas, no han de holgar del todo algunas cifras que he leído en
un almanaque.
Períodos de incubación: Gallinas, de veinte a veintidós días. Gansos,
veintiocho a treinta y cuatro días. Patos, treinta y ocho días. Pavo
común, veintisiete a veintinueve días. Gallinas guineas, veintiocho
días. Faisanes, veinticinco días. Avestruces, cuarenta a cuarenta y dos
días.
Períodos de gestación: Conejo, treinta días. Conejillo de Indias,
sesenta y cinco días. Gato, ocho semanas. Perro, nueve semanas. Cerdo,
tres y medio meses. Cabra, cinco meses. Oveja, cinco meses. Vaca, nueve
meses. Yegua, once meses. Jumenta, doce meses. Camella, de once a doce
meses. Elefante, dos años.
Evidentemente, la reproducción de las especies no es la obra más
apremiante de la naturaleza, ni es breve y perentorio el plazo que para
cumplir en este menester se toman las criaturas, sobre todo la hembra
del elefante.
Volvamos a la ninguna avenencia entre las dos frases apuntadas de
Bernard Shaw. «La mujer necesita de él (de Don Juan), no estando por sí
sola capacitada para llevar a cabo la obra más apremiante de la
naturaleza.» Llanamente: la mujer por sí sola no puede tener un hijo,
claro está que no. Pero como la mujer se siente constreñida por la
naturaleza a ejecutar esa obra apremiante, busca... a Don Juan.
Peregrina consecuencia. Para eso no es menester precisamente Don Juan;
basta un hombre cualquiera, en el pleno uso de sus facultades. Y aun
iremos más lejos: es menester precisamente que no sea Don Juan, porque
ya hubimos de observar en Don Juan la idiosincrasia contradictoria del
garañón estéril. Ni Don Juan se sabe que haya tenido hijos de la carne,
ni es de presumir que los llegue a tener. ¿Cómo puede, pues, consistir
la esencia filosófica de Don Juan en su fecundidad, en ser instrumento
de reproducción, subordinado a la concupiscencia femenina?
A Bernard Shaw se le ha echado a veces en cara haberse inspirado
demasiadamente en ideas y principios de otros autores famosos: uno de
ellos, Schopenhauer. Bernard Shaw ha sabido defenderse y justificarse
con agudeza, desparpajo y buen sentido. ¿Por qué no se ha de inspirar un
artista en ideas ajenas, señaladamente ideas de filosófico nutrimento?
Sí, el Tenorio y la Doña Ana, de Bernard Shaw; el eterno femenino y el
eterno masculino, tales como se nos descubren en _Man_ y _Superman_,
buscándose, atrayéndose, persiguiéndose con incidentes varios, son
encarnaciones teatrales, vivificaciones palmarias de ciertas ideas y
principios que anteriormente conocíamos en un fragmento de Schopenhauer
sobre la _Metafísica del amor_ y relación de
los sexos. Sin duda por eso Bernard
Shaw considera que
es el suyo un Don
Juan, en sentido
filosófico.
[Nota: _SCHOPENHAUER_]
NO POR NOCIÓN repetida y casi lugar común es excusado
volver a las teorías de Schopenhauer sobre el amor, siquiera sea con la
intención de desglosar de ellas aquello que ajusta con nuestro
propósito.
Trató Schopenhauer de la relación y jerarquía de los sexos en dos
pasajes: uno en las observaciones complementarias al cuarto libro de su
gran obra _Die Welt als Wille und Vorstellung_, el mundo como voluntad y
representación, y el dicho capítulo se titula: «Metaphysik der
Geschlechtsliebe», o sea, Metafísica del amor sexual; el otro, en uno de
los ensayos de «Parerga und Paraliponena», acerca de las mujeres, «Ueber
die Weiber».
Hojeemos someramente la Metafísica del amor.
Por lo pronto, para Schopenhauer no existe sino el amor sexual: «El
amor, por muy etéreas que sean sus trazas, alimenta sus raíces en el
instinto sexual. Imaginad, por un instante, que el objeto que hoy os
inspira sonetos y madrigales hubiera nacido diez y ocho años antes, y
de seguro no merecería de vosotros una sola mirada.» La razón no es muy
concluyente. Pero nos abstendremos de señalar reparos. Prestemos
atención a la doctrina solamente.
Vaya una definición escueta del amor: «Se trata, en rigor, de que cada
Hans encuentre su Gretche.» Como si dijésemos: de que cada Juan tropiece
con su Juana. Y por si la definición no es bastante expresiva,
Schopenhauer añade en una nota: «No he podido explicarme más
abiertamente. Puede el lector, si así le place, traducir esta frase en
términos aristofanescos.»
El amor no es sino «una estratagema de que la naturaleza se sirve para
lograr sus fines», o sea la continuidad de la vida, la propagación de la
especie.
«El amor del hombre disminuye sensiblemente luego de satisfecho. La
mujer, por el contrario, ama más desde el punto de entregarse a un
hombre. Resulta esto de los fines de la naturaleza, dirigidos de
continuo hacia la conservación, y, de consiguiente, hacia la mayor
multiplicación posible de la especie. Por lo tanto, la fidelidad
conyugal es natural en la mujer y artificial en el hombre.»
«La mujer prefiere el hombre de treinta a treinta y cinco años sobre el
adolescente, no obstante representar éste la perfecta belleza humana; y
no es que la mujer se determine por su gusto, sino por instinto,
adivinando plenitud de virilidad en el hombre que ha franqueado la
adolescencia.» Esta observación es valiosa para nuestro asunto. En todas
sus personificaciones literarias Don Juan representa un hombre hecho,
acaso maduro: jamás un mancebo. A no ser transitoriamente en Byron, que
refiere la vida de su Don Juan desde el momento de nacer.
En la Metafísica del amor, Schopenhauer inquiere menudamente en el
porqué de la preferencia amorosa. «Estudiando el amor en sus grados
diferentes, desde la más pasajera inclinación hasta la pasión más
violenta, hallaremos que la diversidad resulta del grado de
individualización que concurre en la preferencia.» Este teorema, un
tanto equívoco, recibe más adelante cumplida aclaración. «Para que
sobrevenga un amor apasionado, es necesario que se produzca cierto
fenómeno, semejante a la combinación de algunos elementos químicos; las
dos individualidades de los amantes deben neutralizarse recíprocamente
como un ácido y un álcali se combinan para formar un neutro. Toda
individualidad implica especialización del sexo. Esta especialización es
más o menos acentuada y perfecta, según las personas; por donde cada
cual se completará y neutralizará con un individuo determinado del otro
sexo. Los fisiólogos saben que así la masculinidad como la feminidad se
manifiestan a través de innumerables gradaciones. La neutralización
recíproca de dos individualidades exige que el grado de masculinidad en
el uno corresponde al grado preciso de feminidad en la otra, y de esta
suerte las dos naturalezas unilaterales se anulan exactamente. Conforme
a este principio, el hombre más viril busca la mujer más femenina, y
viceversa, y todo individuo se afana en hallar aquel otro cuyo grado de
potencia sexual corresponde al suyo propio.»
Esta sutil y sagaz teoría de la especialización individual nos trae a la
memoria un recuerdo clásico, en que las mismas hipótesis se revisten de
aparato metafórico y mítico. Aludimos al diálogo platónico conocido por
el Symposion o Banquete. He aquí su asunto. A fin de celebrar el primer
éxito escénico del joven poeta Agathon (año 416 antes de J. C.), un
núcleo escogido de amigos, entre ellos Sócrates y Aristófanes, se reúnen
en casa del poeta. Dedícanse durante un día a los deleites de la mesa;
al día siguiente resuelven, estando congregados todavía, usar con
templanza las libaciones y platicar de materias elevadas. Despiden a la
flautista, y ya a solas eligen el amor como tema del coloquio. Cada uno
pronuncia una breve plática sobre lo que él entiende por amor, y cuál
sea el origen de este sentimiento. Tócale la mano a Aristófanes, el cual
habla con vena abundante, grotesca y desenfadada. En el principio el
género humano se componía de tres sexos: hombres, mujeres y andróginos.
Todos poseían cuerpos dobles, y así, por virtud de su forma redondeada,
estando provistos de cuatro brazos y cuatro piernas, se movían en todas
direcciones con extraordinaria rapidez. Estaban dotados de fuerza enorme
y desenfrenado orgullo, a tal extremo, que amenazaron la soberanía de
los mismos dioses. Juntáronse los dioses en conciliábulo, acerca de lo
que habían de hacer. Hubo división de pareceres, porque aniquilar el
género humano equivalía a perder para siempre el culto que se les rendía
y las ofrendas con que se les brindaba. Entonces Zeus ideó un
procedimiento saludable: «Partamos los hombres por la mitad, de modo que
sean más débiles, y al propio tiempo recibiremos dobladas ofrendas y
sacrificios propiciatorios.» Como se verificó. Los hombres fueron
partidos por la mitad, «al modo como se cortan con un hilo los huevos
cocidos». Desde entonces, cada persona anda hostigada por el deseo
amoroso de volver a unirse, siquiera sea momentáneamente, con la que fué
su mitad. Y como quiera que en un principio unos hombres tenían doble
sexo masculino, otros doble femenino y otros masculino y femenino
juntamente (los andróginos), así se comprende que haya en el mundo tres
linajes de amor: el homosexual, de hombre a hombre, el lésbico y el de
hombre a mujer y mujer a hombre. Tal es la plática de Aristófanes.
Habla, al cabo, Sócrates, que dice haber sido iniciado en la esencia
misteriosa del amor por una profetisa: Diótima de Mantinea. Plutos (el
Dinero) y Penia (la Penuria) se encontraron en las fiestas con que se
celebraba el nacimiento de Afrodita; se unieron por designio e industria
de Penia, hallándose Plutos ebrio de néctar, y aquel mismo día fué
concebido Eros, el amor. Eros es un filósofo o perseguidor de la verdad,
porque no siendo rico ni pobre se mantiene a igual distancia de la
sapiencia como de la insensatez. Y como concebido el día del nacimiento
de Afrodita, diosa de la Belleza, enseña a los hombres a desear la
hermosura. A seguida se extiende Sócrates a presentar como en una escala
ascendente los órdenes del amor, desde el amor físico hasta el amor
genuino y celeste, el cual es amor, puro y desinteresado, al arquetipo
o manadero original de toda Belleza. La Belleza vive por sí; es un ser
eterno que no nace ni perece, no crece ni decrece, sino que se sustenta
sin mudanza; y las cosas y seres perecederos son hermosos por participar
en algún reflejo nacido de la increada Hermosura, a los cuales el fino
amador aprende a amar, no con bajos apetitos, antes por vislumbres e
indicios de la oculta e inmortal Belleza. Tal es lo que de entonces acá
se denominó «amor platónico», la más sublime poesía metafísica sobre el
amor.
Estando en esto penetra en el recinto del Symposion un tropel de alegres
mozos, capitaneados por Alcibiades, que conduce del brazo a una
flautista, coronado de hiedra y violetas y el cabello sujeto con cintas.
Comienza por decorar las sienes de Agathon con las flores y el follaje,
y echando de ver que se halla Sócrates presente, traslada, no sin algún
desconcierto, las cintas de su tocado a la cabeza de Sócrates. Crúzanse
ciertas chanzas sospechosas, referentes al amor y a los celos, entre
Alcibiades y Sócrates. Acerca del amor de Sócrates y Alcibiades hay otro
pasaje en Platón, al principio del _Protágoras_, y dice: «¿De dónde
vienes, Sócrates? Mas, qué pregunta. ¿De dónde has de venir, sino de
perseguir la belleza de Alcibiades?» De aquí, que ese tipo de amor
sospechoso (sospechoso para nosotros, pero no para los griegos) se
conozca con el nombre de «amor socrático».
Sobre este particular del amor socrático, escuchemos las prudentes
indicaciones de Goëthe: «Semejante aberración proviene de que
estéticamente el hombre es más hermoso y perfecto que la mujer, dígase
lo que se quiera. Pero este sentimiento degenera fácilmente en grosero
materialismo y animalidad. Está en la naturaleza, aunque es contra la
naturaleza; pero el sentido moral del hombre se ha sobrepuesto
a este instinto, y lo que la civilización
ha salvado de la ceguedad
natural, domeñando a la misma
naturaleza, debe conservarse
por todos los
medios.»
[Nota: _SCHOPENHAUER_
(_Continuación_)]
REPASEMOS ahora algunas opiniones de Schopenhauer sobre
la mujer.
«Al formar a las jovencitas, la naturaleza ha preparado lo que en
términos teatrales se llama un _efectismo_, porque les acumula en muy
breves años, y con detrimento del resto de la vida, tan llamativa
belleza y hechizo, que en este corto plazo fascinen la fantasía de un
hombre al punto de hacerle afanarse en tomar a su cargo el mantenimiento
de una esposa, ya para siempre; determinación que de seguro el hombre no
tomaría si se parase a meditar acerca del trance.»
«La naturaleza ha destinado a las mujeres, como sexo débil, a valerse
mediante la astucia. De aquí que el disimulo es innato en ellas, igual
en las tontas que en las listas, y por eso desenmascaran tan rápidamente
el disimulo ajeno.»
«En verdad, las mujeres existen solamente para la propagación de la
especie, y con esto concluye su destino.»
«Únicamente el hombre, cuyo cerebro está enturbiado por el instinto
sexual, puede llamar _bello sexo_ a una raza achaparrada,
hombriangosta, anquiboyuna y piernicorta. Más justo sería llamarle el
sexo antiestético.»
«Los antiguos y los orientales supieron colocar a la mujer en su puesto,
mejor que nuestras viejas ideas francesas de galantería, caballería y
veneración, producto refinado de la estupidez cristiano-teutónica.»
Basta ya de Schopenhauer, que, dicho sea de paso, se pirraba por las
hembras; lo cual en nada menoscaba la sinceridad de sus teorías. Claro
está que el polígamo no estima espiritualmente a la mujer.
Gira, pues, la metafísica del amor de Schopenhauer en torno a unas pocas
ideas cardinales: la naturaleza está animada de una voluntad constante
de perduración; esta voluntad se infiltra en las especies como instinto
sexual, y así, genio de la especie vale tanto como voluntad procreante;
en la dualidad de los sexos, la mujer es instinto sexual, y nada más que
instinto sexual; el varón es instinto sexual y algo más, y, en tanto la
mujer sólo vive para procrear, el hombre sólo procrea accidentalmente;
la naturaleza, para inducir al hombre a que procree, le excita con
cierto cebo o incentivo, que es atracción carnal de la mujer (y así, «la
mujer persigue al hombre, no estando capacitada ella por sí para llevar
a cabo la obra más apremiante de la naturaleza», según las frases de
Bernard Shaw); la mujer, como mero instrumento de la voluntad de la
naturaleza, es un sexo inferior en todo al hombre, menos en las
estratagemas del amor: como la naturaleza aspira a la perfección del
tipo futuro, se esfuerza en juntar, por medio del genio de la especie,
aquellos individuos que cabalmente se completan.
Surge una cuestión: si cada individuo masculino tiene acomodada
especificación sexual o complemento en una mujer única, y viceversa; si
no cabe que sea de otra suerte, ¿qué hombre es ese Don Juan a quien
todas las mujeres desean y buscan? ¿Qué otra cosa será sino la
especificación absoluta de la masculinidad y complemento teórico de
todas las feminidades?
La filosofía de Schopenhauer nos induce a imaginar un mito del varón: el
varón por excelencia. Mas ya antes el arte había creado este mito: el
Don Juan. Y últimamente la ciencia tomó por su cuenta el mito, con
propósito de convertirle en verdad demostrable.
El año de 1903 se suicidaba un joven doctor vienés, Otto Weininger, de
edad de veintitrés años. Poco antes había publicado un libro voluminoso,
_Geschlecht und Charakter_, sexo y carácter, acogido con extremada
admiración y entusiasmo, en términos que hubo quien proclamó al autor
como un nuevo Nietzsche.
En _Sexo y Carácter_ parte Weininger de los dos principios amatorios de
Shopenhauer: la especificación sexual y la neutralización recíproca, si
bien asegura con ahinco que ignoraba las teorías del alemán hasta mucho
después de haber descubierto por su cuenta y profundizado la ley de la
atracción de los sexos.
Sostiene Weininger--con acopio de datos extraídos de los trabajos más
recientes en las ciencias naturales, disciplina en que era muy docto--,
que en ningún individuo (planta, animal, hombre) es completa la
diferenciación sexual. «Todas las particularidades del sexo masculino se
encuentran en cierta medida, aun cuando débilmente desenvueltas, en el
sexo femenino; y asimismo, los caracteres sexuales de la mujer yacen
todos, más o menos atenuados, en el hombre. «No hay hombre que sea
totalmente masculino, ni mujer totalmente femenina y entre el varón y la
hembra de sexos más determinados se extiende una variedad indeterminable
de formas intermedias. La atracción sexual (y para Weininger es
atracción sexual hasta la amistad y la simpatía entre hombres) depende
de la proporción correlativa con que ambos sexos residen de consuno en
dos individuos diferentes.» Pues si no existe en la vida la
especificación absoluta de la masculinidad, ¿cómo la ciencia le ha de
prestar atención? Responde Weininger: «La física habla de gases ideales,
que siguen o deben seguir estrechamente las leyes de Gay Lussac (bien
que en la práctica ninguno la sigue) y se parte de esa ley a fin de
comprobar la divergencia del caso concreto. De la misma suerte,
comenzamos por figurar idealmente un hombre y una mujer perfectos,
aunque como tipos sexuales en verdad no existan. Tales tipos no ya
pueden, sino que deben ser construídos idealmente. El tipo, la idea
platónica, no sólo implica el objeto del arte, mas también de la
ciencia.» Y más adelante: «La manía estadística estorba el progreso de
la ciencia por querer llegar al _promedio_, en lugar del _tipo_, sin
alcanzar que en la ciencia pura el _tipo_ es lo que importa.»
La ley de la atracción sexual la formula Weininger expeditivamente:
«Tienden siempre a la unión sexual un hombre completo (H) y una mujer
completa (M), teniendo en cuenta que H y M se hallan repartidos en
proporciones diferentes en cada uno de los dos individuos diversos.»
Es decir, que no hay hombre que lo sea enteramente, sino que encierra
un tanto por ciento de sexo femenino; por ejemplo: ¾ de varón y ¼ de
mujer. El ideal para este hombre será aquella mujer que encierre ¾ de
mujer y ¼ de varón; porque, sumados y neutralizados los dos, producirán
la unión perfecta del tipo puro H (hombre) y el tipo puro M (mujer): ¾
de hombre, más ¼ hombre de la mujer, igual un hombre completo. Y lo
mismo respecto a los elementos femeninos. Weininger se dilata en largas
demostraciones matemáticas de esta ley, y aun se apoya en la física y en
la química. «Nuestra regla guarda exacta analogía con los fenómenos
directos de _la ley de los efectos de la masa_. Un ácido muy fuerte se
mezcla especialmente con una base muy fuerte, como un ser muy masculino
con otro muy femenino.» Se observará palmaria semejanza de las ideas y
aun de las expresiones de Weininger con las de Shopenhauer.
Pasemos ahora a examinar cuál es la relación de varón a hembra y cuáles
son los tipos científicos del hombre y de la mujer, según Weininger.
«La función sexual representa para la mujer la actividad máxima de su
vitalidad, la cual es siempre y únicamente sexual. La mujer se consume
íntegramente en la vida sexual, en su doble aspecto de esposa y madre,
mientras el hombre es un ser sexual y algo más. En tanto la mujer está
ocupada y absorbida por su misión sexual, el hombre se emplea en una
muchedumbre de otras ocupaciones e intereses: la lucha, el juego, la
sociedad, la mesa, la discusión, la ciencia, los negocios, la política,
la religión y el arte. La mujer no se preocupa de asuntos extrasexuales
como no sea por hacerse agradable y atraer al hombre de quien desea ser
amada. Una afición intrínseca por tales asuntos la falta en absoluto. La
mujer es sexual en todo momento; el hombre, con intermitencias. El
hombre limita su sexualidad, y es, según su inclinación, un Don Juan o
un asceta.»