Los prefacios, a veces muy latos, con que Bernard Shaw acompaña sus

obras dramáticas, suelen ser tan interesantes como la obra misma, y

desde luego más inteligibles. Se explica. Las ideas que en la comedia se

revisten de cuerpo y actúan como personas son ideas fragmentarias,

visiones unilaterales del mundo. Pugnan entre sí, acaso una triunfa

sobre las otras; mas no por eso triunfa con ellas la verdad absoluta,

porque las ideas no son por sí la verdad, antes bien, eslabones de la

verdad; no está todo el firmamento en una sola constelación. Y en los

prefacios, Bernard Shaw nos ofrece un epítome concertado de aquellas

ideas entre sí hostiles.

Hojearemos con brevedad el prefacio de _Man and Superman_.

Comienza por indicar que acaso «produzca desilusión una comedia de Don

Juan en la cual no sale ninguna de las _mille e tre_ aventuras del

héroe». Y ya con esto queda dilucidado que para Bernard Shaw la

sustancia o idea del donjuanismo no es cuestión del número de aventuras,

sino del carácter de una sola de las aventuras.

Señala, a seguida, el autor que «el teatro inglés contemporáneo--y el de

todas partes, añadiremos--parece como si estuviera constreñido a

emplearse casi exclusivamente en casos de atracción sexual y amorosas

intrigas, y al propio tiempo le fuera vedado descubrir los incidentes

de dicha atracción o discutir su naturaleza». Por donde se adivina que,

según Shaw, un drama sobre Don Juan debe ante todo descubrir los

incidentes y revelar la naturaleza de la atracción de los sexos.

«Me he preguntado ¿qué es Don Juan? Vulgarmente, un libertino.» Pero,

prosigue Shaw, ese es el lado vulgar de Don Juan, pues no hay carácter

humano que adquiera universalidad si no se le compagina y anuncia con

cierta dosis y algún aspecto de vulgaridad. El verdadero, el que Shaw

busca, es el Don Juan «en su sentido filosófico».

Consagra Shaw un recuerdo al Don Juan de la tradición, tal como

quisieron verlo ojos inquietos y superficiales. Comenzó Tirso con una

pieza religiosa, cuya intención era mover espanto en los pecadores y

persuadirles a arrepentirse con tiempo. El mundo no quiso escuchar el

sabio consejo del fraile mercenario, ni acertó a convencerse de la

urgencia inmediata del arrepentimiento, escarmentando en la cabeza del

Burlador de Sevilla. Por el contrario, la osadía de Don Juan,

declarándose poco menos que enemigo personal de Dios, cayó simpática y

le granjeó la admiración de los hombres, al modo de un nuevo Prometeo.

Sea en uno o en otro sentido, este Don Juan de la tradición lleva

consigo una valuación moral y religiosa. Shaw considera el de Mozart

como el último de estos Don Juanes tradicionales. Al cabo, en el siglo

XIX, Don Juan se define «ha cambiado de sexo, se ha convertido en Doña

Juana». Resultado: «el hombre ya no es, como lo fué Don Juan, el

vencedor en el duelo del sexo. La enorme superioridad de la mujer a

causa de su posición natural en asuntos de amor se robustece cada día

con redoblada fuerza... Así, Don Juan nace ahora a la escena como

figuración tragicómica de la caza amorosa que del hombre hace la mujer:

Don Juan es la pieza, en lugar de ser el cazador. He aquí el verdadero

Don Juan. La mujer necesita de él, no estando por sí sola capacitada

para llevar a cabo la obra más apremiante de la naturaleza».

La misma idea del Don Juan perseguido por sus enamoradas reside en la

última concepción de los hermanos Quintero. Al final del acto segundo,

el propio Don Juan murmura: «¡Mísero Don Juan de la Vega! ¡Cuántas veces

Doña Inés es Don Juan!»

Reparemos en dos frases del prefacio de Bernard Shaw. Una, tan ingenua

en su misma petulancia: «Don Juan, en su sentido filosófico.» Otra: «La

mujer necesita de él, no estando por sí sola capacitada para llevar a

cabo la obra más apremiante de la naturaleza.»

Estas dos frases se avienen malamente una con otra. Veamos.

Como el lector habrá comprendido, lo que Shaw significa con el sonoro y

alto calificativo de «la obra más apremiante de la naturaleza», es la

perduración de sí misma, a través de la reproducción de las especies.

Parece, según el contexto shawiano, como si la naturaleza poseyese una

voluntad, enderezada con acuciamiento e impaciencia hacia ese fin

imperioso: que seres y cosas se reproduzcan y perpetúen. No ya que la

reproducción de las especies sea la obra más importante o necesaria en

la economía natural, ni siquiera la más permanente, sino la más

apremiante: como si dijéramos, empleando una locución del Don Juan, de

Zorrilla, una obra a «plazo breve y perentorio». ¿Por qué la más

apremiante? Este adjetivo nos induce a perplejidad. El apremio que

Natura fija a los seres para reproducirse, o sea, el período de

incubación y concepción, es tan relativo y elástico, que no hay tal

apremio, a menos de incurrir en abuso de vocablo. Puesto que tratamos de

asunto tan aventurado y propenso a generalizaciones capciosas o

antojadizas, no han de holgar del todo algunas cifras que he leído en

un almanaque.

Períodos de incubación: Gallinas, de veinte a veintidós días. Gansos,

veintiocho a treinta y cuatro días. Patos, treinta y ocho días. Pavo

común, veintisiete a veintinueve días. Gallinas guineas, veintiocho

días. Faisanes, veinticinco días. Avestruces, cuarenta a cuarenta y dos

días.

Períodos de gestación: Conejo, treinta días. Conejillo de Indias,

sesenta y cinco días. Gato, ocho semanas. Perro, nueve semanas. Cerdo,

tres y medio meses. Cabra, cinco meses. Oveja, cinco meses. Vaca, nueve

meses. Yegua, once meses. Jumenta, doce meses. Camella, de once a doce

meses. Elefante, dos años.

Evidentemente, la reproducción de las especies no es la obra más

apremiante de la naturaleza, ni es breve y perentorio el plazo que para

cumplir en este menester se toman las criaturas, sobre todo la hembra

del elefante.

Volvamos a la ninguna avenencia entre las dos frases apuntadas de

Bernard Shaw. «La mujer necesita de él (de Don Juan), no estando por sí

sola capacitada para llevar a cabo la obra más apremiante de la

naturaleza.» Llanamente: la mujer por sí sola no puede tener un hijo,

claro está que no. Pero como la mujer se siente constreñida por la

naturaleza a ejecutar esa obra apremiante, busca... a Don Juan.

Peregrina consecuencia. Para eso no es menester precisamente Don Juan;

basta un hombre cualquiera, en el pleno uso de sus facultades. Y aun

iremos más lejos: es menester precisamente que no sea Don Juan, porque

ya hubimos de observar en Don Juan la idiosincrasia contradictoria del

garañón estéril. Ni Don Juan se sabe que haya tenido hijos de la carne,

ni es de presumir que los llegue a tener. ¿Cómo puede, pues, consistir

la esencia filosófica de Don Juan en su fecundidad, en ser instrumento

de reproducción, subordinado a la concupiscencia femenina?

A Bernard Shaw se le ha echado a veces en cara haberse inspirado

demasiadamente en ideas y principios de otros autores famosos: uno de

ellos, Schopenhauer. Bernard Shaw ha sabido defenderse y justificarse

con agudeza, desparpajo y buen sentido. ¿Por qué no se ha de inspirar un

artista en ideas ajenas, señaladamente ideas de filosófico nutrimento?

Sí, el Tenorio y la Doña Ana, de Bernard Shaw; el eterno femenino y el

eterno masculino, tales como se nos descubren en _Man_ y _Superman_,

buscándose, atrayéndose, persiguiéndose con incidentes varios, son

encarnaciones teatrales, vivificaciones palmarias de ciertas ideas y

principios que anteriormente conocíamos en un fragmento de Schopenhauer

sobre la _Metafísica del amor_ y relación de

los sexos. Sin duda por eso Bernard

Shaw considera que

es el suyo un Don

Juan, en sentido

filosófico.

[Nota: _SCHOPENHAUER_]

NO POR NOCIÓN repetida y casi lugar común es excusado

volver a las teorías de Schopenhauer sobre el amor, siquiera sea con la

intención de desglosar de ellas aquello que ajusta con nuestro

propósito.

Trató Schopenhauer de la relación y jerarquía de los sexos en dos

pasajes: uno en las observaciones complementarias al cuarto libro de su

gran obra _Die Welt als Wille und Vorstellung_, el mundo como voluntad y

representación, y el dicho capítulo se titula: «Metaphysik der

Geschlechtsliebe», o sea, Metafísica del amor sexual; el otro, en uno de

los ensayos de «Parerga und Paraliponena», acerca de las mujeres, «Ueber

die Weiber».

Hojeemos someramente la Metafísica del amor.

Por lo pronto, para Schopenhauer no existe sino el amor sexual: «El

amor, por muy etéreas que sean sus trazas, alimenta sus raíces en el

instinto sexual. Imaginad, por un instante, que el objeto que hoy os

inspira sonetos y madrigales hubiera nacido diez y ocho años antes, y

de seguro no merecería de vosotros una sola mirada.» La razón no es muy

concluyente. Pero nos abstendremos de señalar reparos. Prestemos

atención a la doctrina solamente.

Vaya una definición escueta del amor: «Se trata, en rigor, de que cada

Hans encuentre su Gretche.» Como si dijésemos: de que cada Juan tropiece

con su Juana. Y por si la definición no es bastante expresiva,

Schopenhauer añade en una nota: «No he podido explicarme más

abiertamente. Puede el lector, si así le place, traducir esta frase en

términos aristofanescos.»

El amor no es sino «una estratagema de que la naturaleza se sirve para

lograr sus fines», o sea la continuidad de la vida, la propagación de la

especie.

«El amor del hombre disminuye sensiblemente luego de satisfecho. La

mujer, por el contrario, ama más desde el punto de entregarse a un

hombre. Resulta esto de los fines de la naturaleza, dirigidos de

continuo hacia la conservación, y, de consiguiente, hacia la mayor

multiplicación posible de la especie. Por lo tanto, la fidelidad

conyugal es natural en la mujer y artificial en el hombre.»

«La mujer prefiere el hombre de treinta a treinta y cinco años sobre el

adolescente, no obstante representar éste la perfecta belleza humana; y

no es que la mujer se determine por su gusto, sino por instinto,

adivinando plenitud de virilidad en el hombre que ha franqueado la

adolescencia.» Esta observación es valiosa para nuestro asunto. En todas

sus personificaciones literarias Don Juan representa un hombre hecho,

acaso maduro: jamás un mancebo. A no ser transitoriamente en Byron, que

refiere la vida de su Don Juan desde el momento de nacer.

En la Metafísica del amor, Schopenhauer inquiere menudamente en el

porqué de la preferencia amorosa. «Estudiando el amor en sus grados

diferentes, desde la más pasajera inclinación hasta la pasión más

violenta, hallaremos que la diversidad resulta del grado de

individualización que concurre en la preferencia.» Este teorema, un

tanto equívoco, recibe más adelante cumplida aclaración. «Para que

sobrevenga un amor apasionado, es necesario que se produzca cierto

fenómeno, semejante a la combinación de algunos elementos químicos; las

dos individualidades de los amantes deben neutralizarse recíprocamente

como un ácido y un álcali se combinan para formar un neutro. Toda

individualidad implica especialización del sexo. Esta especialización es

más o menos acentuada y perfecta, según las personas; por donde cada

cual se completará y neutralizará con un individuo determinado del otro

sexo. Los fisiólogos saben que así la masculinidad como la feminidad se

manifiestan a través de innumerables gradaciones. La neutralización

recíproca de dos individualidades exige que el grado de masculinidad en

el uno corresponde al grado preciso de feminidad en la otra, y de esta

suerte las dos naturalezas unilaterales se anulan exactamente. Conforme

a este principio, el hombre más viril busca la mujer más femenina, y

viceversa, y todo individuo se afana en hallar aquel otro cuyo grado de

potencia sexual corresponde al suyo propio.»

Esta sutil y sagaz teoría de la especialización individual nos trae a la

memoria un recuerdo clásico, en que las mismas hipótesis se revisten de

aparato metafórico y mítico. Aludimos al diálogo platónico conocido por

el Symposion o Banquete. He aquí su asunto. A fin de celebrar el primer

éxito escénico del joven poeta Agathon (año 416 antes de J. C.), un

núcleo escogido de amigos, entre ellos Sócrates y Aristófanes, se reúnen

en casa del poeta. Dedícanse durante un día a los deleites de la mesa;

al día siguiente resuelven, estando congregados todavía, usar con

templanza las libaciones y platicar de materias elevadas. Despiden a la

flautista, y ya a solas eligen el amor como tema del coloquio. Cada uno

pronuncia una breve plática sobre lo que él entiende por amor, y cuál

sea el origen de este sentimiento. Tócale la mano a Aristófanes, el cual

habla con vena abundante, grotesca y desenfadada. En el principio el

género humano se componía de tres sexos: hombres, mujeres y andróginos.

Todos poseían cuerpos dobles, y así, por virtud de su forma redondeada,

estando provistos de cuatro brazos y cuatro piernas, se movían en todas

direcciones con extraordinaria rapidez. Estaban dotados de fuerza enorme

y desenfrenado orgullo, a tal extremo, que amenazaron la soberanía de

los mismos dioses. Juntáronse los dioses en conciliábulo, acerca de lo

que habían de hacer. Hubo división de pareceres, porque aniquilar el

género humano equivalía a perder para siempre el culto que se les rendía

y las ofrendas con que se les brindaba. Entonces Zeus ideó un

procedimiento saludable: «Partamos los hombres por la mitad, de modo que

sean más débiles, y al propio tiempo recibiremos dobladas ofrendas y

sacrificios propiciatorios.» Como se verificó. Los hombres fueron

partidos por la mitad, «al modo como se cortan con un hilo los huevos

cocidos». Desde entonces, cada persona anda hostigada por el deseo

amoroso de volver a unirse, siquiera sea momentáneamente, con la que fué

su mitad. Y como quiera que en un principio unos hombres tenían doble

sexo masculino, otros doble femenino y otros masculino y femenino

juntamente (los andróginos), así se comprende que haya en el mundo tres

linajes de amor: el homosexual, de hombre a hombre, el lésbico y el de

hombre a mujer y mujer a hombre. Tal es la plática de Aristófanes.

Habla, al cabo, Sócrates, que dice haber sido iniciado en la esencia

misteriosa del amor por una profetisa: Diótima de Mantinea. Plutos (el

Dinero) y Penia (la Penuria) se encontraron en las fiestas con que se

celebraba el nacimiento de Afrodita; se unieron por designio e industria

de Penia, hallándose Plutos ebrio de néctar, y aquel mismo día fué

concebido Eros, el amor. Eros es un filósofo o perseguidor de la verdad,

porque no siendo rico ni pobre se mantiene a igual distancia de la

sapiencia como de la insensatez. Y como concebido el día del nacimiento

de Afrodita, diosa de la Belleza, enseña a los hombres a desear la

hermosura. A seguida se extiende Sócrates a presentar como en una escala

ascendente los órdenes del amor, desde el amor físico hasta el amor

genuino y celeste, el cual es amor, puro y desinteresado, al arquetipo

o manadero original de toda Belleza. La Belleza vive por sí; es un ser

eterno que no nace ni perece, no crece ni decrece, sino que se sustenta

sin mudanza; y las cosas y seres perecederos son hermosos por participar

en algún reflejo nacido de la increada Hermosura, a los cuales el fino

amador aprende a amar, no con bajos apetitos, antes por vislumbres e

indicios de la oculta e inmortal Belleza. Tal es lo que de entonces acá

se denominó «amor platónico», la más sublime poesía metafísica sobre el

amor.

Estando en esto penetra en el recinto del Symposion un tropel de alegres

mozos, capitaneados por Alcibiades, que conduce del brazo a una

flautista, coronado de hiedra y violetas y el cabello sujeto con cintas.

Comienza por decorar las sienes de Agathon con las flores y el follaje,

y echando de ver que se halla Sócrates presente, traslada, no sin algún

desconcierto, las cintas de su tocado a la cabeza de Sócrates. Crúzanse

ciertas chanzas sospechosas, referentes al amor y a los celos, entre

Alcibiades y Sócrates. Acerca del amor de Sócrates y Alcibiades hay otro

pasaje en Platón, al principio del _Protágoras_, y dice: «¿De dónde

vienes, Sócrates? Mas, qué pregunta. ¿De dónde has de venir, sino de

perseguir la belleza de Alcibiades?» De aquí, que ese tipo de amor

sospechoso (sospechoso para nosotros, pero no para los griegos) se

conozca con el nombre de «amor socrático».

Sobre este particular del amor socrático, escuchemos las prudentes

indicaciones de Goëthe: «Semejante aberración proviene de que

estéticamente el hombre es más hermoso y perfecto que la mujer, dígase

lo que se quiera. Pero este sentimiento degenera fácilmente en grosero

materialismo y animalidad. Está en la naturaleza, aunque es contra la

naturaleza; pero el sentido moral del hombre se ha sobrepuesto

a este instinto, y lo que la civilización

ha salvado de la ceguedad

natural, domeñando a la misma

naturaleza, debe conservarse

por todos los

medios.»

[Nota: _SCHOPENHAUER_

(_Continuación_)]

REPASEMOS ahora algunas opiniones de Schopenhauer sobre

la mujer.

«Al formar a las jovencitas, la naturaleza ha preparado lo que en

términos teatrales se llama un _efectismo_, porque les acumula en muy

breves años, y con detrimento del resto de la vida, tan llamativa

belleza y hechizo, que en este corto plazo fascinen la fantasía de un

hombre al punto de hacerle afanarse en tomar a su cargo el mantenimiento

de una esposa, ya para siempre; determinación que de seguro el hombre no

tomaría si se parase a meditar acerca del trance.»

«La naturaleza ha destinado a las mujeres, como sexo débil, a valerse

mediante la astucia. De aquí que el disimulo es innato en ellas, igual

en las tontas que en las listas, y por eso desenmascaran tan rápidamente

el disimulo ajeno.»

«En verdad, las mujeres existen solamente para la propagación de la

especie, y con esto concluye su destino.»

«Únicamente el hombre, cuyo cerebro está enturbiado por el instinto

sexual, puede llamar _bello sexo_ a una raza achaparrada,

hombriangosta, anquiboyuna y piernicorta. Más justo sería llamarle el

sexo antiestético.»

«Los antiguos y los orientales supieron colocar a la mujer en su puesto,

mejor que nuestras viejas ideas francesas de galantería, caballería y

veneración, producto refinado de la estupidez cristiano-teutónica.»

Basta ya de Schopenhauer, que, dicho sea de paso, se pirraba por las

hembras; lo cual en nada menoscaba la sinceridad de sus teorías. Claro

está que el polígamo no estima espiritualmente a la mujer.

Gira, pues, la metafísica del amor de Schopenhauer en torno a unas pocas

ideas cardinales: la naturaleza está animada de una voluntad constante

de perduración; esta voluntad se infiltra en las especies como instinto

sexual, y así, genio de la especie vale tanto como voluntad procreante;

en la dualidad de los sexos, la mujer es instinto sexual, y nada más que

instinto sexual; el varón es instinto sexual y algo más, y, en tanto la

mujer sólo vive para procrear, el hombre sólo procrea accidentalmente;

la naturaleza, para inducir al hombre a que procree, le excita con

cierto cebo o incentivo, que es atracción carnal de la mujer (y así, «la

mujer persigue al hombre, no estando capacitada ella por sí para llevar

a cabo la obra más apremiante de la naturaleza», según las frases de

Bernard Shaw); la mujer, como mero instrumento de la voluntad de la

naturaleza, es un sexo inferior en todo al hombre, menos en las

estratagemas del amor: como la naturaleza aspira a la perfección del

tipo futuro, se esfuerza en juntar, por medio del genio de la especie,

aquellos individuos que cabalmente se completan.

Surge una cuestión: si cada individuo masculino tiene acomodada

especificación sexual o complemento en una mujer única, y viceversa; si

no cabe que sea de otra suerte, ¿qué hombre es ese Don Juan a quien

todas las mujeres desean y buscan? ¿Qué otra cosa será sino la

especificación absoluta de la masculinidad y complemento teórico de

todas las feminidades?

La filosofía de Schopenhauer nos induce a imaginar un mito del varón: el

varón por excelencia. Mas ya antes el arte había creado este mito: el

Don Juan. Y últimamente la ciencia tomó por su cuenta el mito, con

propósito de convertirle en verdad demostrable.

El año de 1903 se suicidaba un joven doctor vienés, Otto Weininger, de

edad de veintitrés años. Poco antes había publicado un libro voluminoso,

_Geschlecht und Charakter_, sexo y carácter, acogido con extremada

admiración y entusiasmo, en términos que hubo quien proclamó al autor

como un nuevo Nietzsche.

En _Sexo y Carácter_ parte Weininger de los dos principios amatorios de

Shopenhauer: la especificación sexual y la neutralización recíproca, si

bien asegura con ahinco que ignoraba las teorías del alemán hasta mucho

después de haber descubierto por su cuenta y profundizado la ley de la

atracción de los sexos.

Sostiene Weininger--con acopio de datos extraídos de los trabajos más

recientes en las ciencias naturales, disciplina en que era muy docto--,

que en ningún individuo (planta, animal, hombre) es completa la

diferenciación sexual. «Todas las particularidades del sexo masculino se

encuentran en cierta medida, aun cuando débilmente desenvueltas, en el

sexo femenino; y asimismo, los caracteres sexuales de la mujer yacen

todos, más o menos atenuados, en el hombre. «No hay hombre que sea

totalmente masculino, ni mujer totalmente femenina y entre el varón y la

hembra de sexos más determinados se extiende una variedad indeterminable

de formas intermedias. La atracción sexual (y para Weininger es

atracción sexual hasta la amistad y la simpatía entre hombres) depende

de la proporción correlativa con que ambos sexos residen de consuno en

dos individuos diferentes.» Pues si no existe en la vida la

especificación absoluta de la masculinidad, ¿cómo la ciencia le ha de

prestar atención? Responde Weininger: «La física habla de gases ideales,

que siguen o deben seguir estrechamente las leyes de Gay Lussac (bien

que en la práctica ninguno la sigue) y se parte de esa ley a fin de

comprobar la divergencia del caso concreto. De la misma suerte,

comenzamos por figurar idealmente un hombre y una mujer perfectos,

aunque como tipos sexuales en verdad no existan. Tales tipos no ya

pueden, sino que deben ser construídos idealmente. El tipo, la idea

platónica, no sólo implica el objeto del arte, mas también de la

ciencia.» Y más adelante: «La manía estadística estorba el progreso de

la ciencia por querer llegar al _promedio_, en lugar del _tipo_, sin

alcanzar que en la ciencia pura el _tipo_ es lo que importa.»

La ley de la atracción sexual la formula Weininger expeditivamente:

«Tienden siempre a la unión sexual un hombre completo (H) y una mujer

completa (M), teniendo en cuenta que H y M se hallan repartidos en

proporciones diferentes en cada uno de los dos individuos diversos.»

Es decir, que no hay hombre que lo sea enteramente, sino que encierra

un tanto por ciento de sexo femenino; por ejemplo: ¾ de varón y ¼ de

mujer. El ideal para este hombre será aquella mujer que encierre ¾ de

mujer y ¼ de varón; porque, sumados y neutralizados los dos, producirán

la unión perfecta del tipo puro H (hombre) y el tipo puro M (mujer): ¾

de hombre, más ¼ hombre de la mujer, igual un hombre completo. Y lo

mismo respecto a los elementos femeninos. Weininger se dilata en largas

demostraciones matemáticas de esta ley, y aun se apoya en la física y en

la química. «Nuestra regla guarda exacta analogía con los fenómenos

directos de _la ley de los efectos de la masa_. Un ácido muy fuerte se

mezcla especialmente con una base muy fuerte, como un ser muy masculino

con otro muy femenino.» Se observará palmaria semejanza de las ideas y

aun de las expresiones de Weininger con las de Shopenhauer.

Pasemos ahora a examinar cuál es la relación de varón a hembra y cuáles

son los tipos científicos del hombre y de la mujer, según Weininger.

«La función sexual representa para la mujer la actividad máxima de su

vitalidad, la cual es siempre y únicamente sexual. La mujer se consume

íntegramente en la vida sexual, en su doble aspecto de esposa y madre,

mientras el hombre es un ser sexual y algo más. En tanto la mujer está

ocupada y absorbida por su misión sexual, el hombre se emplea en una

muchedumbre de otras ocupaciones e intereses: la lucha, el juego, la

sociedad, la mesa, la discusión, la ciencia, los negocios, la política,

la religión y el arte. La mujer no se preocupa de asuntos extrasexuales

como no sea por hacerse agradable y atraer al hombre de quien desea ser

amada. Una afición intrínseca por tales asuntos la falta en absoluto. La

mujer es sexual en todo momento; el hombre, con intermitencias. El

hombre limita su sexualidad, y es, según su inclinación, un Don Juan o

un asceta.»

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 13 / 15 段