Y ascendemos al peldaño culminante de la síntesis de Weininger: la

construcción de los tipos abstractos de hombre y mujer, H y M. El hombre

es el bien absoluto; la mujer, el mal absoluto. El hombre es Omuz y la

mujer Arimán. El principio cordial de toda moral sana: «robustece en ti

los movimientos nobles, finos y fraternos, extirpa los apetitos de la

materia y las pasiones caóticas», se traduce para Weininger en estos

términos: «exalta los gérmenes masculinos que haya en tu organismo y

ahoga los elementos femeninos».

«El fenómeno lógico y ético, unidos finalmente en un valor supremo de

concepto de la verdad, constriñen a admitir la existencia de un Yo

inteligible, o sea de un alma, una esencia que posee suma realidad,

realidad hiperempírica. Pero tratándose de un ser como la mujer, que

carece del fenómeno lógico y del ético, faltan razones suficientes para

atribuirle un alma. La mujer está desposeída de toda personalidad

suprasexual.»

Y no conforme con lo antecedente, Weininger acarrea en su favor varias

autoridades ajenas.

«Los chinos, desde tiempos remotísimos, han negado alma a la mujer.

Aristóteles propugna que en el acto de la procreación el principio

masculino es la forma, principio activo, _Koyos_, y el femenino

representa la materia pasiva. Los padres de la iglesia, señaladamente

Tertuliano y Orígenes, no disimulan la más baja opinión de las mujeres»,

etc., etc.

Conviene indicar que Weininger era judío, y que de su libro salen los

judíos peor parados aún que las mujeres.

Yo, como perteneciente a la gran comunión

de la estupidez ariocristiana, venero

a la mujer y le envío sahumerios

desde el ara de

mi corazón.

[Nota: _Weininger_]

AL ELABORAR Weininger la tipificación de la

masculinidad, no dice que Don Juan sea su canon perfecto; por el

contrario, advierte en su obra que rehuye afrontar el problema del

donjuanismo. Esto no obstante, nosotros debemos extraer hasta los

postreros corolarios de esa ley de atracción sexual que Weininger

pretende haber sentado científica y definitivamente.

Cada hombre, según la antedicha ley, no puede atraer sino a una mujer

determinada, en virtud de las proporciones recíprocas de masculinidad y

feminidad que poseen él y ella. Pues ¿cómo admitir, y de admitirlo, cómo

interpretar un hombre, Don Juan, que conviene con todas las proporciones

imaginables de feminidad y a todas las mujeres atrae y enamora?

Indudablemente este hombre es la masculinidad absoluta, y así como el

alcohol absoluto encierra las cualidades y gradaciones diversas de todas

las bebidas alcohólicas, así Don Juan resume en sí todas aquellas

proporciones de hombredad que engendran la afinidad y atracción de otras

tantas proporciones de feminidad, porque, donde hay lo más, hay lo

menos. Todas las mujeres le buscan y persiguen fatalmente. Don Juan es

el centro de gravitación amorosa para las mujeres. No así las mujeres

para Don Juan, pues si bien él conviene en todas las proporciones de

feminidad, con él no convendrá sino el tipo absoluto de mujer. De aquí

que Don Juan pasa de una a otra, cada vez más desesperanzado y cada vez

redobladamente enardecido, como jugador perdidoso, sin hallar su mujer

tipo. Jugador perdidoso, sí, que siempre sale perdiendo en el juego del

amor. De aquí, asimismo, que Don Juan esté condenado a no engendrar

hijos; maldito garañón estéril. Y de aquí, en resolución, que en virtud

del principio indefectible de la fusión de los contrarios, Don Juan, tan

hombre aparentemente en los móviles e hitos de su conducta, es femenino.

El doctor Marañón escribe en su reciente y admirable libro _La edad

crítica_: «La misma atracción activa que el Don Juan ejerce sobre la

mujer es un rasgo de sexualidad femenina, pues biológicamente el macho

normal es el atraído por la hembra. El rasgo fundamental, la escasa

varonilidad del tenorio, me parece muy importante para la comprensión

del tipo. El examen objetivo, psicológico y patológico de dos o tres

ejemplares muy caracterizados de tenorios me ha convencido de este

hecho.»

En la tipificación masculina de Weininger es obligado distinguir dos

haces: el psicológico y el orgánico.

Psicológicamente, el varón tipo es cifra de perfección espiritual. La

masculinidad se manifiesta como la resultante del paralelógramo de todas

las fuerzas ascendentes que laten en el alma humana: la inteligencia

discursiva y creadora, el juicio ético y estético, el ansia de

perfeccionamiento, el espíritu de justicia, el amor a la acción y a la

especulación, la voluntad de poderío, la libertad, la rebeldía. Sólo el

varón es susceptible de genialidad.

Y sucede que, en su evolución artística, el Don Juan se ha ido adornando

y robusteciendo con todas esas fuerzas ascendentes del espíritu. ¿Y qué

carácter teológico adscribiríamos a esas fuerzas incansables y

soberbiosas? Permítaseme que cite un pasaje de uno de mis libros, _El

sendero innumerable_, «Coloquio con Sant Agostino»:

--Oh tú, diserto prelado,

doctor sapiente,

ardiente africano,

¿qué haces ahí de rodillas?

--Penitencia por un pecado:

el pecado del intelecto,

que es el pecado satánico,

de querer comprenderlo todo

y abarcar los misterios más altos.

--Agostino, obispo de Hipona,

doctor diserto; a lo que alcanzo,

el querer comprenderlo todo

es un anhelo virtuoso y magnánimo.

--Es el pecado de Satanás.

--Y a Satanás, ¿quién lo ha creado?

--Adivinas mi torcedor.

El origen del mal, ¿en dónde hallarlo?

El mal no existe.

* * * * *

Alabemos el acto satánico,

sed, nunca ahita, de saber;

anhelo por cambiar de estado;

ansia de medro, voluntad de conquista,

goce del cuerpo bello y sano,

vehemencia por penetrar del mundo

en los recovecos y arcanos,

concupiscencia sin medida,

ardor inexhausto.

Sin eso, el hombre estaría ahora

como hace dos mil años.

--Tus palabras me dejan suspenso.

Has hecho la apología del diablo.

--Fué Satanás la criatura dilecta

de Dios, según los libros sagrados.

Y entre Dios y sus hombres escogidos

Satanás sirvió de emisario.

Pues qué, ¿hubieras tú sido

de la iglesia el doctor más sabio,

sin la bárbara concupiscencia

con que tus padres te engendraron?

Pues eres escogido de Dios

porque Dios te hizo arrebatado.

Y el querer ser como Dios,

el acercársele en algo,

el amar su proximidad...

eso es espíritu satánico.

Por consecuencia de su espíritu satánico, Don Juan lleva una tara

latente que, tarde o temprano, le consumirá: el sentimentalismo. Dios,

en su serenidad infinita, es invulnerable al tormento y a la tristeza.

Está la quejumbrosa y multitudinosa creación fraguándose perdurablemente

dentro del seno de Dios, sin herirle ni lastimarle, como el agua que

hierve en la vasija. Pero el corazón de Satanás es la sede del gozo

atormentado y del dolor sabroso: gozo de anhelar y de hacer, tormento de

no lograr, sino con mezquindad, lo anhelado. Y, a la postre, melancolía

sentimental.

En el excelente libro de G. Gendarme de Bevotte, _La leyende de Don

Juan_, cabe seguir paso a paso la evolución artística del personaje.

España, en el siglo XVII, adivina confusamente en Don Juan «la expansión

violenta de la sensualidad, burlando las regulaciones impuestas por la

moral y la religión a las pasiones humanas».

Italia ve en Don Juan «la protesta de los derechos del individuo contra

el imperio de las leyes estipuladas por la iglesia y la sociedad».

En Francia, por influjo de ciertas doctrinas filosóficas y éticas, se

yergue Don Juan como «reivindicación del instinto de naturaleza sobre

las restricciones dogmáticas e insubordinación del espíritu humano

frente a Dios».

Todos los anteriores son rasgos y actitudes satánicas, si bien el

satanismo no está del todo definido. El Don Juan propiamente y

deliberadamente satánico es el de los románticos. Las concepciones del

_Sturm und Dranger_, precursoras del romanticismo alemán, influyen sobre

todas las interpretaciones posteriores de Don Juan. Comienza Don Juan

esta fase de su evolución el mismo instante que por primera vez se le

parangonó con Fausto. Ambos son hombres condenados por haber solicitado

de la vida goces imposibles, por haberse obstinado en traspasar, así en

la esfera de los sentidos como de la inteligencia, las lindes con que la

naturaleza limitó y cercó la penetración humana. Doble rebeldía de la

carne y del espíritu.

Gendarme de Bevotte opina que Hoffmann es el primero que infunde en Don

Juan carácter diabólico. En este autor, Don Juan incorpora un doble

ideal de belleza física y moral consumiéndose en una llamarada

recóndita, de cuyo ardor no sospecha el hombre vulgar, y solicitado,

acezado, con qué ahitar la inmensidad de sus deseos, hasta conocer a

Doña Ana, imagen de pulcritud y pureza, destinada por el cielo a

realizar el ideal de Don Juan, descubriéndole a flor de alma lo que

oscuramente hay de divino en él. Tardío encuentro. Don Juan ya no se

satisface sino en el goce diabólico de perder a Doña Ana.

Y el Don Juan sentimental por antonomía, un Don Juan sensitivo y

femenino, es el de Musset.

Para Stendhal, Don Juan es «una víctima de la imaginación y de los

deseos burlados por la vulgaridad de la vida. Egoísta orgulloso que cree

haber hallado en su juventud el gran arte de vivir, y a lo mejor de su

triunfo ilusorio se le escapa la vida».

Pedro Leroux (_Primera carta sobre el furrierismo_): «Don Juan, alma

fuerte que desprecia las supersticiones y rompe con los impedimentos. Lo

interesante no es el objeto hacia el cual endereza su carácter, o sea el

amor, sino su mismo carácter, mezcla de grandeza y tenebrosidad, de

arrojo y cobardía, de virtud y crimen.»

Peladan, en _La decadencia latina_, denomina a Don Juan «alquimista de

la sensación, caballero de la pasión; consagrado a un gran empeño

anímico, busca el crisol en donde depurar su deseo prodigioso».

Gautier (_Historia del arte dramático en Francia_) presenta así a Don

Juan: «Pobre inocente que tiene el candor de creer en la duración del

deleite; Titán que en vano procura apagar la sed de amor que abrasa sus

anchas venas.»

Barrière, en _El arte de las pasiones_, exalta a Don Juan: «Admirable

producto de la naturaleza, hombre tipo agraciado con las más felices

cualidades físicas e intelectuales de la especie: guapo, fuerte,

elegante, psicólogo sin par, artista exquisito, maravilloso evocador,

_summus artifex_.»

Y Coleridge, en el prólogo al _Don Juan de Byron_, destila el vino

embriagador del donjuanismo en un extracto quintaesenciado. Don Juan es,

en última síntesis, egoísmo. Sagaz alquimia

psicológica. Egoísmo, radical levadura de

la materia y del espíritu, sal incorruptible,

agente de conservación,

sin el cual el orbe

caería de pronto convertido

en ceniza

letárgica.

[Nota: _EL DONJUANISMO_]

DON JUAN TENORIO, como Palas de la sien flamígera de

Zeus, brota de la testa tonsurada de un frailecico de la Merced, con

ciertos rasgos peculiares e indelebles que le imprimen carácter. En la

vasta dinastía de los Don Juanes, se distinguirá el Don Juan auténtico y

de pura sangre del Don Juan bastardo y genízaro, según que en el

individuo perseveren aquellos rasgos nativos.

La confusión más frecuente es entre el Tenorio y el libertino. Pero

donjuanismo no es sinónimo de libertinaje. Don Juan fué sin duda un

libertino, pero un libertino _sui generis_. Por otra parte, la mayor

parte de los libertinos no son ni siquiera aspiran a ser Don Juanes. La

diferencia es notoria. El donjuanismo está con respecto al libertinaje

en la misma relación de la especie y el género. El género es la unidad

común; la especie es la variedad y oposición dentro de aquella unidad

común. Perro, verbi gracia, es el género; perro pachón, perdiguero,

galgo, mastín, etc., etc., son las especies. Hay, pues, el género

canino, y luego la especie de los pachones, la de los mastines, y así

sucesivamente, todas las cuales se diversifican y aun oponen entre sí.

Libertinaje es desenfreno, falta de respeto a las leyes y a las

costumbres, y sobre todo deseo inmoderado de goces para los sentidos.

Pero hay infinitas especies de libertinaje: el crapuloso o borracho, el

jugador, el tragón, el tronera, el danzante, todos ellos son libertinos.

Los son asimismo, el charlatán o libertino de la oratoria; el poeta

hebén, o libertino de la rima; el sofista, o libertino del pensamiento.

El mujeriego es también una especie de libertino. Pero no basta ser

mujeriego para ser tenorio. El mujeriego se conforma con la posesión de

la mujer. Don Juan Tenorio es bastante más exigente y no se satisface

sino con que la mujer se enamore de él. Sin embargo, esta comezón de

enamorar mujeres no es sólo por sí uno de los rasgos peculiares del

auténtico Don Juan, pura sangre, si bien es suficiente para constituir

un Don Juan mestizo y bastardo, de esos en quienes destaca más la nota

genérica del libertinaje que la específica del donjuanismo.

El Don Juan, pura sangre (pura sangre frailuna, en cuanto hijo

espiritual de Tirso de Molina), cierto que no se satisface sino con que

la mujer se enamore de él; pero él no hace nada por enamorarla. La

mujer ha de enamorarse de él a la vista, como ciertas letras de cambio,

de sopetón, porque sí, de flechazo, como si dijéramos, por obra y gracia

del Espíritu Santo; y perdónese la irreverencia, que no es nuestra, sino

del propio Don Juan, el hombre más irreverente y sacrílego que ha parido

madre. Porque esta es la pura verdad y aquí reside la esencia del

donjuanismo genuino; las mujeres se enamoran de él como por obra y

gracia del Espíritu y Santo, sólo que es por obra y gracia del diablo.

En Don Juan se encierra un agente diabólico, un enhechizo de amor, el

diablo es seductor por excelencia, y a la máxima, primieva y sempiterna

seducción del diablo se le llama pecado contra el espíritu santo. Por

eso, los que más se parecen a los sucedidos por obra y gracia del

Espíritu Santo son los sucedidos por obra y gracia del diablo. En el

_Flos sanctorum_ rara será la vida del santo que no haya padecido el

torcedor de la duda ante ciertas inspiraciones que recibía, las cuales

no acertaba a discriminar si provenía del Espíritu Santo o del diablo.

¿Y cuál es la máxima, primieva y sempiterna seducción del diablo? No es,

no, el «¿qué importa comer esta manzana?»; esto es el pecado de

flaqueza, el cual nunca afligió mayormente con remordimiento a los

santos. El pecado contra el Espíritu Santo es el «seréis como dioses»,

la apetencia deliberada y voluntad engañosa de poseer el sumo bien. El

hecho de comerse la manzana, por gusto, por capricho, por ligereza, sin

conceder gravedad a la desobediencia, es un pecadillo. El pecado contra

el Espíritu Santo es el del pensamiento, me han prohibido comer esta

manzana porque en su caspia se esconde el sumo bien; precisamente por

eso me la como. ¿Quién resistirá a semejante seducción? ¿Quién, teniendo

la absoluta felicidad al alcance de la mano retraerá el brazo? El hecho

de entregarse una o muchas mujeres a un hombre, por gusto, por capricho,

por ligereza (y no digamos por vanidad), es mero pecadillo y no eleva al

hombre a la categoría de Don Juan, de Don Juan auténtico y pura sangre.

Pero si una sola mujer piensa: «yo no sé si es cosa de Dios o del

diablo, mas ese hombre me arrebata; de sus labios manará mi elíxir de

vida o mi sentencia de muerte; todo mi ser, a despecho de la voluntad,

siento que cae y se precipita en el cerco de sus brazos»; entonces sí,

se trata del Don Juan pristino e imperecedero, del Don Juan diabólico,

que no pudo nacer sino de la cabeza de un fraile español del siglo

XVII.

Junto a este Don Juan legítimo y español, el Don Juan francés, de

Molière, descubre ciertos signos manifiestos de bastardía. En él, lo

genérico del libertinaje, si bien libertinaje sutil y estético, aventaja

y esfuma lo específico del donjuanismo. El Don Juan, de Molière,

persigue que la mujer se enamore de él. Es cumplidísimo psicólogo, y

hasta sospechamos que antes se complace en la propedéutica y táctica de

la conquista femenina que en su consumación. Es casi un _flirteador_.

En rigor, el arte de este tipo de Don Juan, a lo Molière, no es muy

exquisito ni muy dificultoso, siempre que no tercie un marido bravo. Más

que el empeño del seductor coopera en el resultado feliz la vanidad de

la dama, tanto la vanidad de saberse amada y requerida por un galán

afamado o infamado de seductor de infinitas beldades, cuanto la vanidad

de confiar demasiadamente en la propia fortaleza y honestidad.

En un libro raro (_Dictionnaire historique des anecdotes de L’Amour

contenant un grand nombre de faits curieux et interesants occassionés

par la force, les caprices, les fureurs, les emportements de cette

passion_, etc., etc.) hallo un pasaje sobremanera instructivo y

revelador, que viene muy al caso:

«El marqués de Anceny tenía una esposa que, por su mocedad y hermosura,

bien podía ocasionarle alguna inquietud, y más en aquel tiempo en que la

fidelidad de las casadas se consideraba infinitamente inverosímil. Pero

fuese que él tenía el talento de agradar a su esposa, o bien que esta

era lo bastante virtuosa para resistir al contagio general, llegó a

consolidarse la reputación de la marquesa, de manera que se la

mencionaba como modelo de esposas honradas. Era en ocasión que el duque

de Richelieu, adorado por las mujeres más jóvenes y lindas, festejado y

requerido de continuo, no tenía sino presentarse para triunfar. A pesar

de su reconocida inconstancia, las señoras de la más alta prosapia y

hasta princesas de la sangre se desvivían por agradarle. La marquesa de

Anceny, que sabía todo esto, decía dondequiera, vanagloriosa de su

virtud, que aquel hombre de tan brillante nombradía no le inspiraba

ningún recelo, pues le conocía sobradamente para saber guardarse contra

sus artes y que le desafiaba a que la obligase a sucumbir. Habiendo

alcanzado esta fanfarronada los oídos del duque de Richelieu, le indujo

a buscar a la dama que tan segura de sus fuerzas se mostraba. La

encontró en casa de la mariscala de Villars, y al verla tan guapa se

afirmó más en sus proyectos. Muy pronto la marquesa, que se creía tan

cierta de humillarle, comenzó sin darse cuenta a tender sus brazos a que

se los aherrojase. El duque había adoptado un tono tan persuasivo que él

mismo llegó a figurarse que la marquesa podría ser su última y

definitiva amante. La marquesa dudó mucho antes de otorgarle crédito.

Por fin, el amor propio y la confianza en su belleza fueron la causa de

que cayese. Lisonjeábase pensando llegar a ser la primera mujer que

hiciese conocer la constancia a un hombre que, hasta entonces, sólo

había gustado el cambio, y procuraba no enterarse de que otras muchas,

antes que ella, habían acariciado la misma esperanza quimérica. En

efecto: a poco, y ante sus propios ojos, Richelieu reanudó de pasada

unas viejas relaciones íntimas con la mariscala, la cual le había jurado

ser siempre su amiga y confidente; pero, de vez en cuando, quería

representar el papel de protagonista.» Ante el don Juan bastardo, lo que

principalmente pierde a las mujeres no es el amor, antes la ilusión

vanidosa, la infatuación de ser la última y definitiva amante.

La virtualidad diabólica de enhechizo, que es la esencia íntima del

donjuanismo, la posee evidentemente el Tenorio de Tirso, y donde por

modo terrible y patético se pone de manifiesto es en el episodio con

Tisbea. Asimismo, en la obra de Zorrilla, doña Inés recibe la diabólica

contaminación amorosa de Don Juan, filtrándose a través de las paredes

de la celda en donde está recoleta. Pero el autor que más delicadamente

y en un pomo más gentil y transparente ha encerrado esta íntima esencia

del donjuanismo, ha sido un francés: Barbey d’Aurevilly. Cierto que

Barbey fué un magnífico deleitante del satanismo. Aludo a una novelita

de la serie de _Las diabólicas_, cuyo título es _El más bello amor de

don Juan_. Don Juan está en amores con una casada que tiene una hija

apenas púber. La niña, que en su candor no acierta a sospechar aquellos

amores, se acerca cierto día a su madre y a vuelta de infinitos

balbuceos, rubores y angustias, le confiesa que se halla encinta de Don

Juan. La madre, que reputa a Don Juan como hombre capaz de todas las

infamias, escucha sobrecogida la confesión. Pero luego va descubriendo

poco a poco, según habla la niña, que se trata de ilusiones peregrinas,

engendradas por una imaginación inocente y pueril. La niña, ignorante de

los turbios secretos sexuales, resumidos para ella en la milagrosa

noción, aprendida en sus oraciones y en los libros piadosos, de que

María Santísima había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y

viviendo conturbada por la emanación amorosa de Don Juan, refiere así el

lance a su madre: «un día que me senté en una butaca, tibia aun del

calor de Don Juan, que acababa de levantarse, me transió una emoción

angustiosa, un hondo escalofrío, y comprendí que en aquel instante había

concebido por obra y gracia de Don Juan». La madre contiene la risa a

duras penas, sin penetrar aquel oscuro misterio del donjuanismo, tan

cristalinamente revelado por la candorosa niña. (Hace muchos años que

leí esta novelita. No respondo de los pormenores con que desarrollo mi

referencia; de su sentido y sustancia, sí.)

Los Quintero, en su _Don Juan, buena persona_, no han preterido dotar a

su personaje con el satánico don del enhechizo subitáneo. Al final del

primer acto llega a casa de Don Juan, para alojarse en ella, Amalia, una

protegida suya, hija de un antiguo amigo, ausente hace años. Don Juan y

Amalia no se conocían. Amalia, apenas entra y a causa, según ella dice,

del cansancio y mareo del viaje, cae sin sentido. Hállase presente a

todo aquello Ricardita, una solterona bachillera que tiene puesto

romántico asedio al corazón de Don Juan. Ricardita,

con perspicacia y clarividencia de enamorada

celosa, interpretando en

solas dos palabras la causa

del soponcio, exclama:

«La

flechó.»

[Nota: _EL DONJUANISMO_

(_Continuación_)]

OTRO DE LOS rasgos nativos del Don Juan es el

cosmopolitismo. Tanto vale decir cosmopolitismo como universalidad; sólo

que el cosmopolitismo atenúa y restringe la universalidad a ciertos

accidentes frívolos y pasajeros. Lo universal es perdurable; en cambio,

lo cosmopolita evoluciona conforme a la mudanza de los tiempos, de las

costumbres y de los usos.

No juzgo improcedente cotejar por lo explícito el cosmopolitismo con lo

universal. Ya lo hemos esbozado más arriba. Universalidad y

cosmopolitismo están en la relación de la sustancia y el accidente. En

todo momento de la cultura humana hay un algo esencial que es común a

todos los hombres en todos los países; esto es la universalidad. Y hay,

asimismo, en cualquiera época, ciertos pormenores fútiles, caprichosos,

arbitrarios, comúnmente recibidos y aceptados por los habitantes de

todas las comarcas civilizadas; esto es el cosmopolitismo. El

cosmopolitismo atrae mediante el incentivo de la novedad. En cuanto un

fenómeno de cosmopolitismo pierde el lustre de novedad, deja de

existir. La universalidad, por el contrario, lejos de afirmarse a causa

de nuevos visos y apariencias, con su misma novedad provoca el principal

obstáculo donde tropieza antes de que los hombres se le rindan, bien que

una vez afirmada, y en ocasiones se afirma con insólita prontitud,

parece que ha existido de siempre y ha de perdurar ya para siempre. Así

como el cosmopolitismo se cifra en la novedad, la universalidad se cifra

en la tradición y gravita con pesadumbre de siglos.

Cosmopolitismo es voz de origen griego; viene de _Kosmos_, que es el

mundo físico. Se refiere, pues, a ese fluir caprichoso, incansable en la

diversidad de sus apariencias, continuamente distinto, de la materia,

tal como la comprendieron algunos filósofos helénicos. Heráclito decía:

«no podrás bañarte dos veces en el mismo río», porque, en efecto, las

aguas huyen, brotan y discurren otras aguas, y en cada instante y en

cada lugar son ríos distintos.

Universalidad viene de universo, y esta palabra de _unus_ y _verto_, que

significa volver, tornarse, convertirse en unidad. Esconde, por lo

tanto, un concepto intelectual, espiritual. Será, pues, cosmopolita un

hombre cuando se someta a la ley de le necesidad del cambio, formulada

en normas generales o internacionales. Será universal cuando se someta a

una ley constante de unidad del espíritu humano.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 14 / 15 段