DECÍAMOS QUE Don Juan, en Tirso, aparece ya con todas

sus cualidades características, o, si se nos permite la expresión, con

todas sus cualidades biológicas. Y añadíamos que cada Don Juan posterior

nada añade al Don Juan originario, sino que se distingue y define por la

mayor notoriedad o simplificación de alguna de aquellas cualidades con

que ya se nos había mostrado en Tirso.

En este veloz y esquemático análisis que venimos haciendo del carácter

de Don Juan, hemos prescindido hasta ahora de sus cualidades llamativas

y sobresalientes, entre tanto que parábamos cierta atención en aquella

otra cualidad más peculiar y recóndita, de la cual, a nuestro entender,

todas las demás se derivan. Buffon explica la extraña apariencia de la

tortuga a causa de poseer un corazón de hechura extraña. En zoología, la

gran división fundamental--por estribar en el hecho más recóndito y

permanente--en animales vertebrados e invertebrados, es la última que

aparece en el orden del tiempo. Antes de llegar a descubrirla, eran

clasificados los animales conforme a ciertos rasgos externos y

circunstanciales, que en rigor no denotaban ningún parentesco

genealógico ni afinidad de caracteres. Fué menester prescindir de lo más

obvio y superficial, de lo que ante todo se echaba de ver, y profundizar

hasta descubrir lo que estaba encubierto, lo que no se veía, el

esqueleto, lo que realmente diferencia a unos géneros de otros.

Hasta ahora nos hemos detenido a subrayar la cualidad intrínseca de Don

Juan, o sea su obsesión carnal y procedimiento con que la satisface. El

Don Juan, de Tirso, carece de todos los sentidos superiores: el sentido

religioso, el sentido moral, el sentido social, el sentido estético. Los

griegos querían que los sentidos estéticos fuesen el de la vista, que

percibe la hermosura de las formas y colores, y el del oído, por donde

penetra la armonía y el ritmo. Don Juan, huérfano de sensibilidad

estética, no cuida si la mujer deseada es hermosa o fea; le basta que

sea novia o mujer de un amigo. Es más: Don Juan procura el logro de sus

ansias torpes haciéndose pasar por el amado de la mujer, para lo cual

busca que al engaño le venga en ayuda la complicidad de la tiniebla,

celadora de toda hermosura visible. Si del sentido de la audición se

trata, a Don Juan no le hieren los trágicos gemidos de las víctimas ni

las imprecaciones de los vengadores. Toda la susceptibilidad musical del

Don Juan, de Zorrilla, por ejemplo, se contiene y agota en aquella

estrofa inicial del drama:

_Cuál gritan esos malditos;_

_pero, mal rayo me parta,_

_si en concluyendo esta carta_

_no pagan caros sus gritos._

Y en cuanto al sentido del olfato, es de presumir que Tisbea, zahareña

pescadora, no olía a nardos y jazmines. Don Juan, desamparado o

desdeñoso de los tres más finos sentidos, compensa la falta con el

ejercicio infatigable de los dos que le restan: el del gusto y el del

contacto, ministriles acreditados del amor sensual. Don Juan vive para

el amor. Pero Don Juan no es encarnación representativa del Amor, tirano

de la naturaleza. Cierto que el espíritu que impele al mundo en su fluir

perdurable es el amor, puesto que todo tiende a reproducirse. Pero hay

jerarquías de amor. En el mundo inorgánico, la formación de los

cristales es una manera de reproducción; amor purísimo y asexual. En el

reino de los seres organizados, de la cándida cópula de estambres y

pistilos en el cáliz de la azucena, o de la contingencia sexual de la

palmera macho y de la hembra, por delegación en el viento, al amor y

voluptuosas bizarrías de Don Juan, hay notable diferencia. En el amor de

los seres naturales privados de conciencia el acto es inocente y la

finalidad notoria: la perpetuación. Don Juan es--enorme paradoja--el

garañón estéril. No se sabe que Don Juan haya tenido hijos. Si Don Juan

fuese todo esto, pero únicamente todo esto, que es lo externo y

derivado, no pasaría de vulgar libertino. Pero Don Juan, esencialmente,

es el enhechizo por amor, es una idea absoluta en la relación de los

sexos, es la transferencia del centro de la gravitación amorosa desde la

hembra al varón. En la idea occidental, la dinámica humana se sustenta

en equilibrio alrededor del sol de la hermosura, figurado en la mujer.

Pero Don Juan se nos presenta desde su nacimiento como la realización

estética de aquel concepto oriental que Heliogábalo quiso importar a

Roma desde Oriente con el culto de la sagrada piedra lunar, de cónico

perfil, ruda simulación del falo, el cual los semitas imaginaron como

eje donde rueda el Universo.

Trasladada la gravitación amorosa sobre el centro masculino, la

iniciativa pasa automáticamente a la mujer. Ya no son los hombres

quienes buscan la hembra, sino las mujeres quienes persiguen al varón.

Sutilizando un poco más en esta interpretación de las relaciones

sexuales, se advierte que ya no es la mujer juguete o víctima del

hombre, sino viceversa. Dijérase, a lo primero, que Don Juan domeña y

hace víctimas a las mujeres; mas, si bien se mira, él es la víctima y el

domeñado. Por donde ya el Don Juan, de Tirso, es, sin darse cuenta, una

buena persona, en el sentido de infeliz, que piensa estar obrando

libremente y burlando mujeres, como un terrible y desatentado libertino,

cuando el burlado es él y sus acciones le son dictadas por la fatalidad

que consigo lleva.

Después del de Tirso se multiplican los Don Juanes. Pero estos primeros

y numerosos Don Juanes de los siglos XVII y XVIII no reproducen del Don

Juan auténtico sino las cualidades superficiales y derivadas. Son, ante

todo, libertinos sin nobleza ni sensibilidad artística. En el Don Juan,

de Molière, se manifiestan ya ciertas dotes elevadas: es un filósofo, un

hombre refinado, psicólogo penetrante, buen discernidor de belleza.

Pero es menester llegar hasta el don Juan, de Byron, para hallar la

esencia germinal del donjuanismo desarrollada con amplitud y en

abundancia florecida. Comienza Byron por afirmar:

_His father’s name was Jose--Don, of course--._

_A true hidalgo, free from every stain_

_Of moor or hebrew blood._

(El nombre del padre de Don Juan era José--Don, naturalmente--. Un

hidalgo cabal, sin veta alguna de sangre mora ni judía.) En este

particular Byron se equivoca. No cabe duda que Don Juan estaba

infeccionado de morería y judaísmo. Mozalbillo, Don Juan es iniciado en

los turbios misterios del amor carnal por una amiga de su madre. La

primera amante del Don Juan, de Byron, llamada doña Julia, era de

oriundez árabe; su tatarabuela, granadina de los tiempos de Boabdil.

Como se supone, entre una dama ardiente y ducha en ardides de amor y un

mancebo virgen e inexperto, el hombre es el sometido. Don Juan, en

creciendo, conoce--_in sensu bíblico_--copioso repertorio de mujeres;

pero ya para siempre permanece, respecto de ellas, en aquella situación

de inferioridad con que fué iniciado. Los antecesores del Don Juan, de

Byron, eran áridos para el amor cordial, no amaban nunca. El Don Juan,

de Byron, ama siempre, se entrega todas las veces, adora como un niño,

sin por eso dejar de gozarse como un adulto. Muda de amores, no por

saciedad de lascivia y concupiscencia de diversidad, sino porque las

mujeres se lo van arrebatando unas a otras.

Byron expone en su poema del Don Juan una filosofía amorosa cuyos

extremos más simples son éstos: la Eva es eternamente débil; su fuerza

estriba en su misma debilidad; es sacerdotisa del amor, y nada más;

inferior al hombre en todo, le domina por la estratagema amorosa; Don

Juan no es ave de rapiña, sino presa ignorante; no conquista; es

conquistado; hombre y mujer son adversarios, a ver quién vence a quien;

vence la mujer, porque el hombre procede más abiertamente, y, por tanto,

con desventaja.

«¡Oh amor!--exclama Byron--, ¿por qué conviertes caso funesto el hecho

de ser amado? ¿Por qué ciñes con guirnalda de ciprés las sienes de tus

devotos, y has elegido el suspiro como tu mejor intérprete?» Y más

adelante: «En su primera pasión, la mujer ama al amador; en todas las

demás, ya no ama sino el amor. El amor se convierte para ella en una

rutina, y va ajustándose los amores sucesivos con frágil indiferencia,

como un guante holgado. Sólo un hombre agitó su corazón en un

principio; luego prefiere del hombre el número plural. ¡Oh melancólico y

temeroso signo de la fragilidad humana, de la humana locura, también del

humano crimen! Amor y matrimonio, rara vez van de concierto, aunque uno

y otro descienden del mismo origen; pero el matrimonio sale del amor,

como el vinagre del vino.» He aquí la razón de que Don Juan no se case.

Don Juan ama; más aún: Don Juan ama a todas las mujeres con quienes ha

tropezado. Don Juan, en la pérfida liza del amor, se conduce como una

buena persona.

El Don Juan, de los Quintero, es, en el conjunto de todos los Don

Juanes, el más próximo al Don Juan, de Byron; así como la Amalia, de

_Don Juan, buena persona_, se ajusta al tipo sintético de la Eva

byroniana. En el poema de Byron consta--para que nada se eche de menos

en el mujeril repertorio--el amor que Don Juan provoca en la mujer

intelectual, en la bachillera. También en la comedia de los Quintero,

una bachillera (a lo español, claro está) traza su órbita propia entre

los satélites de Don Juan. Estas coincidencias, que nada tienen de baja

imitación literaria, pueden ser obra, bien de un lícito propósito

deliberado, o bien de la intuición artística de los Quintero. Si lo

primero, demuestran maduro talento; si lo segundo, revelan rara

sagacidad humana. En uno y otro caso, merecen admiración.

Otro día proseguiremos examinando más

Don Juanes célebres, y su reflejo o

correspondencia en la última

comedia de los

Quintero.

[Nota: _DON JUAN, BUENA PERSONA_

(_Continuación_)]

HEMOS DICHO que la idea vertebral de Don Juan, la fuerza

interior que le sustenta tan arrogante y erguido frente al mundo,

recóndita la médula que se alberga en sus duros huesos, es aquella

noción semítica de que el centro de gravedad sexual reside en el varón y

no en la hembra. Presentábamos, como noción exactamente contrapuesta, el

devoto culto grecolatino y occidental por la mujer, cuya liturgia más

rica y poética se canonizó en la doctrina amatoria provenzal. Y

atribuíamos la boga y pronto suceso de nuestro sevillano burlador al

contraste insolente que ofrecía junto a los acostumbrados donceles

caballerescos.

Hasta ahora nos hemos estrechado a describir la línea genealógica de

aquellos Don Juanes que muestran, sobre todo, acusada la cualidad

hereditaria más característica, o sea la de atraer el amor, en lugar de

sentirse atraídos por el amor. Y de esta línea genealógica señalábamos

como vástago conspicuo el Don Juan, de Byron. Pero en Byron, inglés y

romántico, la medula de los huesos era caballeresca, que no semítica, y

así, el Don Juan que engendró, aunque más Don Juan que casi todos los

anteriores, siente bullir en sus entrañas el atavismo occidental y cae,

no pocas veces, en flaquezas sentimentales a lo Amadís. El Don Juan, de

Byron, aspira hacia el amor puro, platónico; se pasma, dolorido, de que

amor y matrimonio no se compadezcan, porque el matrimonio se origina del

amor, como el vinagre del vino. Así pensaban los exégetas y teólogos de

amor en Provenza. Los testimonios que permanecen de las cortes de amor

provenzales, compuestas y presididas por damas donosas y honestas, como

la condesa de Champaña, hija de Leonor de Aquitania, y la vizcondesa

Ermengarda de Narbona, determinan que el amor verdadero no cabe entre

casados, y así, se recuerda que un tal Perdigón rehusó tomar en

matrimonio a Isoarda de Roquefeuille, por temor a dejar de amarla, caso

extraordinario de amorosa determinación, aunque no tanto como lo

acaecido a Pons de Capdeuil, que perseveró en amar a Blanca de Flassens

a pesar de haberse casado con ella.

El Don Juan byroniano, mestizo de inglés y andaluz, se purga de toda

reliquia occidental y caballeresca, y aunque del todo inglés en lo

episódico, es al propio tiempo del todo semítico en lo sustancial al

rebrotar en uno de los más nuevos retoños del donjuanismo, el Don Juan,

de Bernard Shaw.

El Don Juan, de Bernard Shaw, lleva por nombre _Tanner_, reminiscencia

deliberada del Tenorio español; sólo se llama Don Juan en una expedición

soñada que hace al infierno. La comedia en que figuran Tanner y Don Juan

se titula _Man and Superman_.

Analizar esta obra dentro de la dramaturgia de Bernard Shaw nos

alargaría demasiado lejos. Pero no será inoportuno insinuar lo más

preciso acerca de su dramaturgia.

La originalidad de Bernard Shaw en la historia del arte dramático no

consiste en una diferencia de manera o estilo, ni en la invención de un

nuevo procedimiento, ni en la mayor intensidad de sus creaciones, ni en

la asimilación de asuntos y temas que antes de él se reputasen

irrepresentables. Es la suya una originalidad de concepto. Expliquemos

este distingo. Todas las maneras, procedimientos y asuntos del arte

dramático hasta Bernard Shaw, aun los más dispares y contrapuestos,

tenían esto de común; el concepto de que la materia estética del arte

dramático abarca únicamente la vida emocional de los

individuos--sentimientos, afectos y pasiones--. El autor dramático se

propone una empresa sobremanera dificultosa: amalgamar lo disperso,

infundir homogeneidad en lo heterogéneo, fundir una muchedumbre de

personas en una sola persona colectiva, unificar lo vario y discrepante.

Para eso, el autor dramático lo primero que procura es despertar el

interés, atraer la atención. Pero el autor dramático sabe, o debe saber,

que la atención, en cuanto operación intelectual provocada por estímulos

intelectuales, es aptitud rarísima, de que son capaces, por excepción,

las inteligencias superiores y cultivadas. ¿Cuántos oyentes consiguen

escuchar atentamente el curso de una conferencia, aunque no dure más de

media hora? Escasísimos. Por eso, el interés intelectual no puede ser el

agente de cohesión de un público. El público de una conferencia no está

unificado, como lo está el público de una obra dramática. Si la atención

intelectual es rara, la atención emocional es el más espontáneo raudo y

general movimiento de la humana psicología. Trece mil espectadores hay

en una plaza de toros--lo mismo da si fuesen ciento treinta mil--; están

viendo siempre las mismas cosas, siempre con la misma atención. En una

casa de vecindad se oye un grito lamentoso. Al instante, ventanas y

corredores se pueblan de rostros expectantes. Se ha suscitado, al

proviso, el interés emocional. «Algo grave ha pasado», piensan los

curiosos. Justamente, la atención emocional se designa en el uso común

como curiosidad. La curiosidad apetece acontecimientos graves e

insólitos. Los sucesos graves e insólitos se engendran, o bien por

casualidad, y es una desgracia que apenas sostiene unos instantes la

atención de los curiosos, o bien por conflagración y choque de

sentimientos y pasiones, como en un crimen, y entonces sirve de pábulo

inagotable a la curiosidad. De aquí que el arte dramático, cuya

finalidad inmediata siempre será unificar a las muchedumbres mediante el

interés emocional, si bien con diversas fórmulas, procedimientos y

asuntos, según cada autor, se ha ceñido constantemente a presentar en

escena seres humanos muy individualizados que hubieran podido vivir en

la vida real tales cuales son en la vida escénica, de suerte que el

espectador asiste, como desde dentro de las almas, ya a los

acontecimientos sucesivos por cuya virtud e influencia se van

desarrollando en algunos de aquellos seres humanos de clara

individualidad un sentimiento, un afecto o una pasión, en suma, un

carácter, o ya a los acontecimientos insólitos, por lo cómicos o por lo

graves, que sobrevienen a causa del choque de los afectos, sentimientos

y pasiones con que aquellos mismos individuos se nos dan a conocer

desde luego en el principio de la obra dramática como caracteres. La

materia estética del arte dramático, hasta Bernard Shaw, encerraba

exclusivamente la vida emocional de los individuos. ¿Y el teatro de

ideas?, se nos objetará. El mal llamado teatro de ideas es asimismo

teatro de emociones, teatro de acción. Recordemos la obra más conocida

de Ibsen, _Casa de Muñecas_. Sus personajes centrales son un marido y

una mujer, Torvaldo y Nora, fuertemente individualizados en su fisonomía

y en sus sentimientos. Torvaldo no es el marido en abstracto, entelequia

ideal de aquello en que son semejantes todos los maridos, ni es Nora la

esposa en abstracto, uno y otro tales como los imaginaría el moralista y

el legislador, a fin de persuadir y obligar a las normas y leyes por que

ha de regirse la unión matrimonial, en abstracto. Nada de eso. Torvaldo

es Torvaldo; Nora es Nora; él es él, y ella es ella; individuos

concretos, diferentes de todos los maridos y mujeres habidos y por

haber, aunque, como todos ellos, ligados por la atadura connubial, y

sólo en este extremo semejantes a los demás matrimonios. Y sin

embargo--quizás alguno prosiga objetando--, _Casa de Muñecas_ es un

drama de ideas, encierra una tesis y pretende demostrar un principio de

conducta. Es un drama de ideas, sí. Pero ¿cómo? ¿Acaso porque su materia

estética son las ideas en lugar de los afectos? No. La protagonista

sostiene el derecho de la mujer a emanciparse. Cierto. Pero lo sostiene

al final de la obra. En el resto de la obra hemos presenciado una serie

de acontecimientos, motivados en la vida afectiva, por cuya virtud e

influencia se han ido modificando los afectos de Nora, hasta alcanzar un

climax tan intenso dentro de la conciencia, que exigen perentoriamente

ser traducidos en una expresión precisa y absoluta, esto es, en una idea

o sistema de ideas, y es lógico que en este punto concluya la obra. Así,

es obra de ideas, dramáticamente, aquella en que el autor nos inicia en

la misteriosa transformación de lo concreto en abstracto de lo emocional

en intelectual; pero la materia estética no por eso deja de ser lo

concreto y lo emocional, aunque su finalidad sea de linaje intelectual o

ético, como una estatua no deja de perseverar en su naturaleza

escultórica, esté destinada a un jardín, a un templo o a decorar un

edificio. Dicho en otras palabras, el drama de ideas legitima las ideas

haciéndonos asistir al acto de su nacimiento. El teatro de Shakespeare

es, sin duda, un vasto almacén de ideas; pero las ideas aquí no son

madres, como en un tratado de filosofía, sino hijas de una poderosa

emoción o pasión, y su doloroso alumbramiento nos es visible y sensible

porque participamos de aquella misma emoción o pasión. Esto en cuanto a

las ideas. ¿Y en cuánto a que una obra dramática demuestra una tesis? Si

la materia estética es lo concreto y emocional, el drama no puede

demostrar una tesis, porque una tesis se demuestra, o por vía lógica, o

por vía experimental: lo lógico contradice lo emocional; y en lo

atañedero a lo experimental, la demostración procede por la acumulación

de casos idénticos, y la obra dramática se halla circunscrita a uno

solo. Cuando el autor dramático es, además, un pensador, y se inclina

hacia una misión apostólica, entonces _muestra_ una tesis, pero no la

_demuestra_. La tesis es, o de orden moral, o de orden jurídico. La

ética no se aviene con la demostración. La demostración viene a decir:

«esto tiene que ser así, fatalmente». La ética se conforma con

aconsejar: «esto debiera ser así». La tesis jurídica es tesis por estar

en oposición con una ley establecida, pues, de estar en conformidad,

nada habría ya que mostrar ni demostrar. La ley sólo es ley exacta y

justa en tanto previene y comprende todos los casos, todas las

posibilidades que le conciernen. El pensador--sea autor dramático, sea

tratadista--_muestra_ aquellos casos, quizás aquel caso único, en que la

ley, por deficiente, causa quebranto y desdicha. No entra en el ánimo

del pensador _demostrar_ que aquel único caso se convierta

necesariamente en ley general, sino _mostrar_ que la ley, en un caso

único, es injusta, y, por lo tanto, _debe_ sufrir enmienda. Muy

profundamente advierte Stuart Mill que en un país en donde todos los

habitantes profesan la misma religión basta que uno solo comulgue en

otra distinta para que se deba promulgar la ley de la libertad de

cultos.

Pasemos ahora a examinar por lo somero el concepto dramático de Bernard

Shaw. Este autor, lejos de entender que el dramaturgo persigue la

unificación del público por la simpatía emocional, piensa que, por el

contrario, la obra teatral cumple mejor sus fines cuanto más acremente

diversifica, escinde y opone en varias y litigiosas partes al auditorio,

y esto, mediante ásperos estímulos intelectuales. Si las pasiones,

sentimientos y afectos engendran ideas, no es menos evidente que la

ideas engendran afectos, sentimientos y pasiones. Luego es hacedero, a

veces, despertar y mantener el interés de un público por motivos

intelectuales, a condición que las ideas sean de linaje tan exaltado

que provoquen reacciones apasionadas, ya de adhesión, ya de reprobación.

Prueba de que esto es verdad nos la ofrece la vida cotidiana con sus

infatigables disputas por cuestión de ideas. Pero no basta una idea

cualquiera para ser materia dramática. Han de ser aquellas que Ganivet

denominó «ideas picudas», ideas agresivas; las ideas ya desgajadas de la

matriz emocional, viviendo por sí mismas y luchando por la vida y el

imperio; las ideas en su período de belicosidad, y huelga agregar que

serán ideas mozas y robustas. Así como en los demás autores dramáticos

la cantera de donde se extraen los materiales artísticos es el corazón,

en Bernard Shaw es el cerebro. Cada obra shawiana es una polémica. Los

personajes son entes desencarnados de su individualidad, son criaturas

genéricas. Si a Bernard Shaw se le hubiera ocurrido escribir _Casa de

Muñecas_, Torvaldo sería la síntesis de todos los maridos, y Nora la

síntesis de todas las mujeres casadas, y ya desde la primera escena

comenzarían a discutir el problema del matrimonio: el uno, con ideología

masculina; la otra, con ideología femenina. También los personajes de la

comedia clásica son criaturas genéricas; Harpagón no es _un_ avaro, sino

_el_ avaro, como Tartufo no es _un_ hipócrita, sino _el_ hipócrita. De

aquí que las obras que produce Bernard Shaw son casi todas comedias, y

de ahí la comicidad de su estilo. Pero repárese que los personajes de la

comedia clásica simbolizan un vicio del ánimo, o perversión de afectos,

sentimientos y pasiones, en tanto los de Bernard Shaw representan una

manera de pensar, más que de obrar, o si se quiere, un vicio o defecto

de la inteligencia; el de medir el mundo con escaso rasero. El de

Bernard Shaw sí es teatro de ideas.

Quizás en lo venidero dediquemos a Bernard

Shaw un estudio más circunstanciado.

Por ahora excuse

el lector este

inciso.

[Nota: _DON JUAN, BUENA PERSONA_

(_Conclusión_)]

_MAN AND SUPERMAN_, la obra de Bernard Shaw, es una obra

de ideas. Son ideas dramáticas, polémicas, activas; ideas sobre la

relación de los sexos. No ya sobre la posible armonía o legal

convivencia de varón y mujer, que esto sería ya la idea del matrimonio,

sino sobre la posición originaria, biológica y fatal del hombre con

respecto a la hembra y de la hembra frente al hombre. Y dado el concepto

intrínseco de la dramaturgia shawiana, claro está que los dos

protagonistas _Tanner_ y _Ann_, esto es, Tenorio y Doña Ana, no son dos

personajes individualizados, sino dos ideas genéricas; el eterno

masculino y el eterno femenino. La acción de la comedia se simplifica

así, de suerte que toda ella pudiera condensarse, como corolario de

teorema, en términos no diferentes de éstos; el eterno femenino sigue,

persigue, atosiga y acorrala al eterno masculino. No es Tenorio quien

corteja y engaña a Doña Ana, sino al revés.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 12 / 15 段