Bermejo, el moribundo del hospital, después de casado _in artículo

mortis_, ha ido restableciéndose poco a poco y ya le han dado de alta.

Los parientes y el novio de la desposada han ocultado a ésta el

_trágico_ desenlace. En el fondo de todas estas almas grotescas,

penumbrosas, se insinúa el deseo de deshacerse del resucitado; pero como

carecen de la determinación para las acciones violentas se conforman con

preparar cepos en que el imprevisto esposo parezca morirse por cuenta

propia, víctima de la fatalidad. Bermejo no tiene un cuarto al salir del

hospital. Sus inopinados afines le proporcionan vestido y sustento, a

condición de que no aparezca por la casa; vestido, un traje de alpaca

delgadísimo, y estamos en el riguroso enero; sustento, en un restaurante

barato, en donde, por rara casualidad, le sirven setas en todas las

comidas. Pero la fatalidad protege a Bermejo. Carita se ausenta de su

casa por unos días, a pasar en un pueblo, con unas amigas, la primera

temporada del imaginario luto. Y ya puede Bermejo presentarse en la

casa. Viene como un desenterrado. Se deshace en excusas: «Perdónenme que

no me haya muerto; pero es que materialmente no me ha sido posible...

¡Ni con diez y ocho médicos! Todo ha sido inútil. No, no he sabido

morirme.» Ya fuera del hospital, Bermejo ha hecho lo que ha podido por

morirse. Inútil. «Atravieso todas las tardes la Puerta del Sol, de siete

a ocho, y no sé qué hacen esos automóviles que ni me tropiezan. Me

coloco intencionadamente ante los tranvías. Me tocan el timbre, y como

si me tocaran _El conde de Luxemburgo_. Pues nada: me empujan con

delicadeza, me apartan y pasan rápidos.» El tío Segundo dice: «Aceptamos

sus disculpas. No ha podido usted realizar su propósito; ¡qué le vamos a

hacer, paciencia!» Pero el tío Valeriano es más reacio en avenirse:

«¡Paciencia!... Pero perdone que le digamos que, en cierto modo, lo que

ha hecho usted es una informalidad.» Y replica Bermejo: «¿He podido yo

hacer más para fallecer que tomarme todas las medicinas que me han dado?

A mí se me ha inyectado cuarenta y seis clases de vacuna. Se me han

administrado veinticuatro sueros y diez y siete caldos microbianos; a

mí se me han administrado hasta los últimos Sacramentos... Y yo,

tomándomelo todo... ¿He podido hacer más?» Bermejo comunica su

resolución irrevocable de suicidarse allí mismo, lo cual, naturalmente,

impiden los parientes. El tío Valeriano, demostrándole amoroso interés,

le aconseja que, puesto que está decidido, busque un fondo a propósito

donde el suicidio revista caracteres románticos: «Ahí tenemos el Retiro,

la Moncloa, lugares de una belleza y amenidad que envuelven el suicidio

en un ambiente de poesía que conmueve. Espronceda no los hubiera

desdeñado. Y en otro caso, ahí tenemos también el Canalillo. No echemos

el Canalillo en saco roto: una cinta de plata, álamos en las orillas...»

Se aplaza el suicidio, por haber sobrevenido varias peripecias

inesperadas, al cabo de las cuales Bermejo, en un acceso de arrebato, se

arroja por el balcón a la calle. Gritos y lamentos. Reaparece a poco

Bermejo, ileso. Ha caído sobre el toldo de una tienda que pertenece a

unos parientes de su esposa; ha roto el toldo y luego ha venido a dar de

rechazo sobre Hidalgo, aquel estudiante de Medicina que ideó lo del

casamiento _in articulo mortis_, y le derrenga.

En el acto tercero, Bermejo está obeso como un cebón. Asistimos a varias

asechanzas que los parientes e Hidalgo le tienden, por ver si al cabo

revienta. En vano. El tío Valeriano llega a comprender el sentido

trágico a la inversa que preside el curso de la vida de Bermejo. «A ese

hombre--dice el tío Valeriano--le hacen la autopsia y engorda.»

El desenlace de la obra está hallado con notable agudeza.

Bermejo es un fresco, un pícaro, mezcla de estoico y sinvergüenza. Así

como el estoico honrado se sobrepone a la fatalidad, aceptándola, el

estoico pícaro se burla de ella, la torea y acaso llega a rendirla en su

favor. Bermejo no es tal Bermejo; se llama Menacho. Los conatos de

suicidio han sido contrahechos. Cuando se arrojó por el balcón, bien

sabía que le amparaba el toldo... Faltándole qué comer y en dónde

dormir, acostumbraba ingresar en los hospitales, simulando insólitas

enfermedades. Cada vez que ponía en juego la combinación necesitaba una

cédula falsa. Afortunadamente, la última cédula pertenecía a un

individuo que ha muerto después de casarse sin saberlo, _in extremis_,

con Carita. Conque ya tenemos a Carita viuda y millonaria.

Apuntemos ahora algunos defectos del teatro de Arniches. Cuando un

escritor posee temperamento y cualidades sobresalientes de autor

dramático--que tal es el caso de Arniches--, sus defectos suelen ser

concesiones al gusto predominante de la época en que escribe: la

inflazón del lenguaje de Shakespeare, el movimiento vertiginoso de las

comedias de Lope, el ergotismo de los dramas de Calderón: la

sentimentalidad de Racine.

Las preferencias y aversiones del espíritu español contemporáneo derivan

de un sentimiento raíz, que difícilmente se hallará tan afirmado en

ningún otro pueblo ni en ningún otro tiempo: el miedo a la verdad. La

España de hoy (el hoy en la historia de un pueblo puede abarcar media

centuria), se estremece con la sola presunción de tener que afrontar en

algún momento la verdad. Quiere ignorar, lo quiere desesperadamente. Y

como la función de patentizar la verdad corresponde a la inteligencia,

España, que había comenzado por abdicar de la inteligencia, ha concluído

por odiarla. El dicterio más apasionado es «intelectual».

El público teatral español pide a sus autores que satisfagan en alguna

medida aquellas dos condiciones: primera, rehuir y rodear, con episodios

y expedientes dilatorios, la emisión sincera y rotunda de la verdad;

esquivar las situaciones extremas, distraer la atención de lo

sustancial hacia lo accidental; en suma: lo que se llama habilidad

comúnmente, y que ya hemos analizado en otro ensayo; segunda, respetar

la abdicación que de su inteligencia ha hecho el público y darle gusto,

abdicando también el autor de cuando en cuando, y no otra cosa es el

retruécano o preferencia por la risa más plebeya y obtusa, la de origen

fisiológico, con daño de la risa noble, de origen intelectual.

Los defectos de las obras de Arniches se ocasionan de la habilidad que

muchos encarecen en este autor, y que las priva de plenitud, y del abuso

del retruécano, que las priva de armonía. Hablo de las obras extensas,

porque en las breves ha llegado con frecuencia a los aledaños de la

perfección. Me queda por estudiar un punto importante: el

_astracanismo_, plausible y artístico en Arniches, deplorable y vacío en

sus imitadores.

Debo anticiparme a una probable objeción. Alguno de esos fiscales

linces, atropellados y reparones, se adelantará a afirmar de ligero que

las observaciones que aquí he explanado sobre la génesis y trascendencia

de las dos obras extensas de Arniches, se las atribuyo, como claros y

meditados propósitos artísticos, al autor, antes de aplicarse a escribir

las obras. Lo rechazo. Tales inepcias no son de mi cosecha. El artista

tiene la virtud de crear; el crítico está obligado a analizar. Encomiar

la exquisitez de un melocotón no significa dar a entender que el árbol

que lo ha producido ha estudiado química orgánica ni arboricultura. El

hombre vulgar distingue un melocotón sabroso de uno insípido, o de uno

de cera, con sólo tocarlo y probarlo. Luego, un químico analiza

la composición del fruto y un arboricultor

declara cuáles son las buenas cualidades

que residen en la condición

del árbol, y cuáles las malas,

que se deben a la condición

del ambiente

o al modo de

cultivo.

[Nota: _DON JUAN, BUENA PERSONA_]

CON SU ULTIMA comedia, _Don Juan, buena persona_, los

señores Alvarez Quintero han dado solución a un problema que hasta ahora

se reputaba insoluble: han resuelto la cuadratura del círculo. No se vea

en lo que decimos el menor asomo de ironía. Y aun añadimos que los

señores Alvarez Quintero no han dado por chiripa con aquella peregrina

solución, sino que adrede, en su nueva comedia, persiguieron compaginar

lo que parecía irreductible, la bondad moral y el donjuanismo. No hay

sino leer el título, que no puede ser obra de la casualidad. Don Juan,

buena persona, es una antinomia, y viene a ser como decir la cuadratura

del círculo. Hacer de un círculo un cuadrado no es cosa del otro jueves.

Lo difícil es cuadrar el círculo sin despojarle de su naturaleza

circular. De lo propia suerte, hacer de Don Juan una buena persona, es

verosímil, sólo que al hacerse buena persona deja de ser Don Juan. Los

señores Alvarez Quintero han querido trasmutar la esencia moral de Don

Juan, sin por eso disiparle su legendaria esencia. Ambicioso empeño.

¿Lo consiguieron? Hemos comenzado por conceder que sí.

Recordemos ligeramente la genealogía literaria de Don Juan y algunos de

los rasgos sobresalientes y perdurables con que se ha ido enriqueciendo

su carácter. Comienza por apenas llamarse Pedro. La estirpe originaria

de Don Juan no es noble, es plebeya, al contrario de Hamlet y Don

Quijote, que uno era hijo de reyes y otro vástago de hidalgos. Y

repárese que, dentro de un triángulo, cuyos ángulos fuesen estos tres

personajes, acaso cupiera inscribir la incoercible infinitud y

complejidad del tipo humano; Don Juan, la sensualidad, la ambición de

conquistas palpables y de fama funesta, representa los sentidos, por eso

es plebeyo; Don Quijote, la idealidad, la ambición de conquistas

desinteresadas y de fama pulcra, representa el corazón, por eso es

hidalgo; Hamlet, el examen crítico y trágico del valor último de

cualquier conquista y acción, ya sea palpable, ya sea quimérica, de

donde nace el desdén por la fama, representa la mente, por eso es

príncipe. Don Juan, antes de llamarse Don Juan, es un ser anónimo que

pulula en todas las literaturas populares de la Edad Media; es,

simplemente, un hombre impío, alardoso de su impiedad, que por chanza

convida a comer a un muerto o estatua. Tirso de Molina toma este

individuo anónimo y con él forma su Don Juan Tenorio, burlador de

Sevilla. El Don Juan, de Tirso, posee ya las cualidades donjuanescas

definitivas. Nos encontramos, desde luego, con Don Juan en su plenitud,

a modo de idea platónica, como arquetipo humano. Cada Don Juan posterior

al de Tirso nada sustancial añade al arquetipo originario, sino que se

distingue y define por la mayor notoriedad o simplificación de alguna de

aquellas cualidades con que ya se nos mostró el de Tirso.

El Don Juan, de Tirso, es hermoso, apuesto y arrojado; aunque todavía

mozo, ya corrido en años, y los años, colmados de aventuras y

experiencia; impío, o lo que es lo mismo, despiadado, así para con lo

divino como para con lo profano; es burlador profesional de hembras;

mendaz de amor, artimañero, no solicita de la mujer sino los deleites

efímeros de la carne, y, en habiéndolos gustado, olvídase de quien

apasionadamente se los brindó. A pesar de todas estas cualidades, Don

Juan no dejaría de ser un hombre reduplicadamente vulgar, puesto que no

se mueve sino hacia la consumación del acto más vulgar de la existencia,

acto que Don Juan jamás se cuida de ornamentar con arrequives y

sutilezas estéticas ni espirituales; para él tanto monta la amorosa y

pulida dama como la bronca y maloliente pescadora. Pero, en este copioso

acarreo de vulgaridad, Tirso acertó a desentrañar un agente, un espíritu

misterioso. Y así, Don Juan no sólo deja de ser vulgar, sino que

representa una nueva interpretación de la vida humana y de las

relaciones de los sexos. En otra parte (_Las máscaras._ Volumen I) hemos

escrito: «La verdadera esencia del donjuanismo es el poder misterioso de

fascinación, de embrujamiento por amor. El verdadero Don Juan es el de

Tisbea, en Tirso de Molina, mujer brava y arisca con los hombres, pero

que, apenas ve a Don Juan, se siente arder y pierde toda voluntad y

freno; el Don Juan de Doña Inés en Zorrilla. Y en lo que aventaja

Zorrilla a Tirso, es en haber exaltado poéticamente esta facultad

_diabólica_ de Don Juan. Don Juan no es Don Juan por haber ganado

favores de infinitas mujeres con mentiras y promesas villanas, sino por

haber arrebatado, aun cuando sea a una sola mujer, por seducción

misteriosa, y empleo aquí la palabra seducción en su sentido propio,

como enhechizo.»

En materias de amor, el arquetipo opuesto a Don Juan es Werther. Don

Juan domina al amor. Werther es dominado por el amor. Mas no debe

olvidarse que Werther no es un arquetipo creado por Goethe, ni

representa una nueva interpretación de las relaciones de los sexos

opuesta a otra preexistente: Don Juan, sí. El amor de Werther es el amor

caballeresco y cristiano de la Edad Media europea, es el amor de Macías

y Amadís, el amor sin carnaza, el amor puro, que mata al amador. Antes

de Don Juan, era noción comúnmente recibida como evidente que el centro

de la gravitación amorosa residía en la mujer; que el enhechizo o

misterioso poder de fascinación y embrujamiento dimanaba de la mujer;

que el varón iba a la hembra como van los ríos al mar (la Doña Inés, de

Zorrilla, dice a Don Juan que se siente, arrastrada hacia él como va

sorbido al mar un río), y por ende, que el primero en prendarse era el

varón, y no aspiraba a ser correspondido sino después de acreditar altos

merecimientos y fidelidad sin tacha. Donjuán viene a mudar los naturales

términos de la mecánica del amor; el centro de gravitación y el fluido

capcioso se oculta en él y de él dimana: Don Juan no ama, le aman. Y así

resulta, curiosa paradoja, que el más varonil galán, galán de

innumerables damas, pudiera asimismo decirse que es la dama indiferente

de innumerables galanes, ya que ellas son quienes le buscan y siguen y

se enamoran de él, que no él de ellas. Ninguna hace mella en su corazón

ni en su recuerdo, y así a todas posee como esclavas (la servidumbre y

rendimiento que cumple a todo fino amador, según el código amatorio

caballeresco, los acoge para sí la dama frente a Don Juan, habiéndose

manumitido Don Juan de tales preceptos; la amada pasa a ser amadora);

pero de ninguna es poseído. Don Juan es como rey pródigo que va acuñando

con su efigie monedas en metales diversos--oro, plata, cobre--, para

luego despilfarrar el tesoro y olvidarse de cómo lo ha ido

desparramando.

La hermosura y la impiedad, así religiosa como cordial, del Don Juan, de

Tirso, se han perpetuado en todos los sucesores, a excepción del marqués

de Bradomín, el cual, como se sabe, fué un Don Juan admirable y único:

feo, católico y sentimental. Pero del marqués de Bradomín no es lícito

afirmar que fué una buena persona, en el sentido corriente en que

aplican este calificativo los señores Alvarez Quintero a su flamante Don

Juan: _buena persona_, sinonimia de _infeliz_. En el marqués de

Bradomín, a pesar de su catolicismo, acaso por eso mismo, lo diabólico

del carácter donjuanesco adquiere señalada importancia y significación;

porque, para ser diabólico, lo primero creer en el diablo. El marqués

de Bradomín en cuanto católico creyente, es mucho más diabólico que el

Don Juan de Zorrilla. Este último se mofa de las cosas invisibles de

ultratumba porque no cree en ellas; luego su impiedad es fanfarronada

gratuita ante un enemigo imaginario. Por eso, cuando a la postre ocurre

que las cosas de ultratumba, abandonando el hermético reposo, vienen

hacia él, a Don Juan se le eriza el cabello, cae de rodillas y

encomienda su alma a Dios. Este Don Juan, de Zorrilla, con todas sus

fanfarronadas y canallerías, en el fondo es un infeliz, una buena

persona. Hasta en el _ars amandi_ se delata de no muy docto, pues al

habérselas por vez primera frente a la feminidad selecta y cándida

adolescencia de Doña Inés se entrega como un doctrino, abomina de su

mala vida pasada y quiere contraer matrimonio. Si en tal coyuntura el

Don Juan, de Zorrilla, no ingresa en el apacible gremio de los casados,

es por culpa del Comendador, que es un bruto, y no achaque ni tibieza de

Don Juan. En lo que es sutilmente diabólico, aun sin él mismo

proponérselo, el carácter del Don Juan, de Zorrilla, es en la facultad

de seducción con que enhechiza a Doña Inés, en el encanto irresistible

que de su persona se desprende y que, atravesando de claro los recios

muros del convento, llega hasta la celda en donde vive, recoleta,

la novicia, y la envuelve, penetra y

enamora, de suerte que ya, antes de

haberlo contemplado con ojos

mortales, Doña Inés se entrega

a Don Juan en

pensamiento.

[Nota: _DON JUAN, BUENA PERSONA_

(_Continuación_)]

EN SUS OJOS RESIDE el amor; por lo cual, cuantas mira le

parecen hermosas y amables. Por donde él pasa todas las hembras se

vuelven a contemplarle y pone miedo en el corazón de aquella a quien

saluda.» ¿Es esto una pintura de Don Juan? No..., es la pintura de

Beatriz por el Dante; claro está, con leves modificaciones, y trocados

los géneros:

_Negli occhi porta la mia donna amore;_

_Per che si fa gentil ciò ch’ella mira:_

_Ov’ella passa, ogni uom ver lei si gira,_

_E cui saluta fa tremar lo core._

Hay en la declinación de los siglos medios europeos un menudo, soleado y

florido trozo de la tierra, en el cual la visión y conducta de la vida

alcanzaron sutilidad y pulcritud insuperadas. «Todas las cosas divinas

de la existencia hanse propagado--escribe un poeta inglés moderno, Ford

Madox Hueffer--desde aquel paraje en donde se alza el Castillo del Amor,

entre Arlés y Avignon. De allí remontaron el curso del Ródano, cruzaron

la Isla de Francia y el Paso de Calais, arribaron al puerto de Londres,

a Oxford, a Edimburgo, a Dublin, y pasaron también, aunque corto trecho,

allende el Rhin.» Las cosas divinas de la existencia, a que alude el

poeta, los adorables ornamentos de nuestros días mortales, la finura y

delicada susceptibilidad, así del ánima como de los sentidos, todo eso,

que todavía hoy perdura y hace hermandad de cuantos hombres--dondequiera

que hayan nacido--en ello fían y hacia ello anhelan, ese ideal supremo

en lo humano, se realizó por vez primera en Provenza, jardín dilecto de

la sapiencia elegante, terruño de Francia empapado en sustancia

italiana, grecolatina. Olvida el poeta inglés añadir--y no es como para

que nos enojemos--que la sonrisa provenzal, cabalgando la barrera áspera

de los Pirineos, divagó, a lo largo de las calzadas romanas de

Cantabria, con derrota a Compostela; prendió en los labios líricos del

alma galaico portuguesa, y de allí pasó a Castilla, donde mostrarse con

un gesto huidero, acaso mentido, a flor de piel.

Y ¿qué fué la Provenza de los postreros años medioevales y los presuntos

años renacentistas? Fué el connubio perfecto, largos siglos presentido y

a la postre consumado, del cristianismo y del paganismo, del culto del

espíritu y del culto de la forma. Cientos de años antes, en Alejandría,

cristianismo y paganismo se habían buscado, en cópula frustrada. Mas

Provenza fué como una maravillosa trasustanciación; paganización del

cristianismo o cristianización del paganismo, tanto monta.

En Provenza, el hombre se coloca al fin en una posición ecuánime frente

al Universo. El pagano no veía en el mundo sino las actitudes formales

de la materia, su necesidad, su equilibrio, su belleza

sensible--_mundus_, en latín, quiere decir limpio y hermoso--. El

cristiano desdeñaba la aplaciente corporeidad del mundo, como apariencia

engañosa; para él no existía la materia, sino el principio creador, el

espíritu arcano, la realidad moral de la conciencia. Funde el provenzal

entrambas emociones, y exclama: el mundo es bello, amable y sin tacha,

por ser expresión patente del espíritu, de la belleza increada. La

Verdad, el Bien y la Belleza son uno y lo mismo, como quería Platón.

Pero Verdad, Bien y Belleza, los más altos, los primordiales, residen,

como atributos, sólo en Dios; y las cosas perecederas de aquí abajo,

todas ellas creación y reflejo gradual del espíritu y voluntad divinos,

desde la materia inerte hasta la materia más embebida de conocimiento--o

sea, la criatura humana--, se van ordenando en una jerarquía ascendente

de mayor Verdad, Bien y Belleza, según se aproximan más a su origen

eterno y espejan más de cerca el rostro de Dios, incógnito si no es a

través de sus obras terrenales. El agente del universo, la energía que

todo mueve, propaga y muda, es Amor. Amor de mejores quilates y más

subida progenie cuanto más digno es su objeto y más sus actos se

emancipan de la tutela y halago de los sentidos. Y aquel último estadio

del amor ideal se ha de llamar, a la griega, amor platónico. La vida, en

Provenza, se exalta en su sentido religioso y ritual. La religión es la

del Amor. Se codifica el amor y se teologiza sobre el amor. En el Código

del Amor (siglo XII) constan estos artículos: _Nemo duplici potest amore

ligare_, no cabe entregarse a dos amores; _Verus amans nihil beatum

credit, nisi quod cogitat amanti placere_, el verdadero amador nada

halla agradable sino en lo que presume que ha de agradar a la amada;

_Non solet amare quem nimia voluptatis abundanta vexat_, estorba al amor

el hábito de la baja voluptuosidad. Y Dante, gran teólogo de Amor, como

Petrarca, inicia su alada canción de «La Vita Nova»: _Donne, che avete

intelletto d’amore_. ¿Por qué el Amor ha de cobijarse ante todo en el

entendimiento? Porque el verdadero Amor se orienta hacia la hermosura

ideal, la cual percibe el entendimiento. En el epistolario de Lope de

Vega al duque de Sessa, leemos: «_Amor, definido de los filósofos, es

deseo de hermosura_; y de los que no lo somos es deleite añadido a la

común naturaleza.» Vemos cómo Lope, creador de la dramaturgia hispana,

burla discretamente el sentido filosófico del Amor y no advierte en él

sino el deleite que apetece la común naturaleza.

¿Y cuál era, según la doctrina provenzal, objeto más digno de amor,

hermosura más acrisolada y eminente, forma mortal más pareja del

inmortal arquetipo: la belleza masculina o la belleza femenina? La

mujer. Y así, la mujer ocupaba el solio de la belleza visible; era la

reina de las Cortes de Amor, y el hombre su rendido cortesano. Dante va

más allá: encumbra a Beatriz hasta el Paraíso, para que desde allí

declare el orden del Universo.

Tal fué el concepto del amor trovadoril y caballeresco. La almendra de

este árbol benigno y perfumado hay que ir a buscarla, centurias hacia

atrás, en el sombroso y contemplativo huerto de Academo. Este concepto

es una prerrogativa occidental y grecolatina.

Frente al concepto caballeresco del amor se yergue alardoso Don Juan, y

desenvainando su espada de gavilanes, éntrase, hazañero y sin

escrúpulo, por los dominios en donde la mujer imperaba como soberana, la

destrona, la somete y proclama al varón rey del sexo. Don Juan es un

revolucionario del amor tradicional, sin duda; pero su concepto del

amor, ¿es acaso invención personal suya?

Así como el amor caballeresco es de origen occidental y grecolatino, el

amor donjuanesco es de oriundez oriental y semita. Ya en la Biblia

constan las proposiciones precisamente contrapuestas a los postulados

amatorios de la doctrina provenzal, griega y romana. Platón llega hasta

Dios por la vía intelectual y se lo representa como idea pura, todo

armonía y serenidad. El hebreo necesita ver con los ojos a su Jehová,

tremendo e iracundo, y a poco de no haberlo visto se olvida de él por el

becerro de oro. El ser más vil y despreciado de la Biblia es la

ramera--sacerdotisa del amor--; es, dice el Eclesiastés, como el

estiércol de los caminos, que pisan todos los viandantes. Pero la

ramera, en Atenas, es la hetaira, la cortesana por antonomasia, la flor

de la feminidad, cuerpo adorable y mente deliciosa, solicitada amiga de

filósofos y estadistas. El griego decía a la mujer, su esposa

(Jenofonte, _Economía_): «dulcísima felicidad la mía, pues que tú, más

perfecta que yo, me has hecho tu siervo». Para el hebreo, la mujer era

el vaso paciente de la lujuria masculina. La Biblia, entre las cosas que

pasan sin dejar rastro ni mancharse, enumera la sombra sobre el muro, la

sierpe entre la hierba, el hombre por la mujer, significando, por

analogía del último término con los otros dos, no que en realidad la

mujer permanezca sin rastro (¡vaya si queda rastro!), sino que el hombre

ha de entender que ha pasado sin mancharse.

Dos religiones han derivado del judaísmo: la cristiana y la mahometana;

una occidental, otra oriental. Con decir que el cristianismo es una

religión occidental va presupuesto que su esencia nada tiene de común

con el judaísmo. Si en el acto carnal la mujer, según el judaísmo,

comete abominación, en tanto el hombre sale sin mancharse,

contrariamente el cristianismo comienza por hacer nacer a Dios hecho

carne de una mujer que concibe sin pecado y sin obra de varón. El

judaísmo, con su propensión sensual, luctuosa y materialista, se

reproduce en su hijuela, el mahometismo; y en cuanto a la manera y usos

del amor, el mahometismo exalta la precedencia del varón y exacerba el

sometimiento de la mujer. El varón es el núcleo de un sistema; las

hembras, innumerables, giran en torno, alampadas por un donativo de

amor despectivo o quizás premioso.

Es de protocolo que, cuando un escritor español diserta sobre el tipo de

Don Juan, afirme en un ditirambo de patrio orgullo que Don Juan no pudo

ser sino español. Y las razones que se aducen son su gallardía, su

generosidad, su valor, su vanagloria. Si Don Juan, junto con estas

cualidades, no hubiera acreditado ciertos defectos peculiares suyos,

cierto que no sería Don Juan. Revilla--un crítico olvidado--escribió:

«Como carácter individual, es exclusivamente propio de España. Es la

personificación acabada del carácter andaluz.» Concedido; lo es, no por

alabancioso y alborotado; lo es por su concepto mahometano, semítico,

del amor. En efecto: Don Juan no pudo ser sino español, porque de las

comarcas occidentales sólo en España dominaron siglos los moros. Es

seguro que por las venas de Don Juan corría sangre mora y judía. Como

antecedentes literarios del tipo del Don Juan, de Tirso, se indican

otros dos atropellados galanes: el Leónido, en _Fianza satisfecha_, de

Lope; y el Lencino, en _El Infamador_, de Juan de la Cueva. En cuanto al

Lencino, juzgo evidente la opinión de Hazañas la Rúa (_Génesis y

desarrollo de la leyenda de Don Juan Tenorio_), y de Icaza (edición de

Juan de la Cueva), los cuales niegan todo parentesco artístico entre

ambos personajes, Lencino y Don Juan. Tampoco se echa de ver que Don

Juan venga, literariamente, de Leónido. Pero, aunque no literariamente,

es notorio que Don Juan se asemeja a casi todos los galanes del teatro

de Lope en profesar y cumplir aquella noción semítica del amor, que el

propio Lope profesaba y cumplía, y que con tan paladina sobriedad

formula en su carta al duque de Sessa: amor, antes que deseo de

hermosura, es deleite añadido a la común naturaleza. Ese amador medio

cristiano y medio mahometano--así como el amador provenzal era medio

cristiano y medio pagano--, frecuente e indeterminado antes de Tirso,

cuájase, al cabo, con vida propia y rasgos definidos en el Don Juan

Tenorio. Y acaso al hecho de ser Don Juan tan

distinto y encontrado con todos los demás

galanes de las literaturas europeas

(Don Juan es, come Beatriz, el que

declara un orden del universo)

debió su buena fortuna

por el mundo

el drama de

Tirso.

[Nota: _DON JUAN, BUENA PERSONA_

(_Continuación_)]

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 11 / 15 段